Disclaimer| Yuri on ice [ユ―リ! on ICE] y todos sus personajes pertenece a MAPPA, Sayo Yamamoto, Mitsuro Kubo, Kenji Miyamoto, y todos los correspondientes, yo solo decidí escribir algo que ellos se estaban saltando.

Pareja | Viktor x Yuri [Vikturi] [Chris x Masumi] [Yurio x Otabek]

Advertencia | Este fic tiene una temática omegaverse.

Notas | Espero no haya muchas dedazos, si es así avísenme para corregirlos.


Los amantes de la traición

Viktor x Yuri

―Capítulo 9―

'"Los hombres aman los razonamientos abstractos y las sistematizaciones bien elaboradas, al punto de que no les molesta deformar la verdad; cierran los ojos y los oídos a todas las pruebas que los contradicen con tal de sustentar sus construcciones lógicas."

A medida que el suave vaivén del carruaje comenzaba a detenerse, Yurio soltó el suspiro más largo de su existencia. Le había parecido una ausencia demasiado corta, las horas del día se deslizaron entre sus dedos como si fuesen agua, el sol se ocultaba indiscreto entre los árboles y daba paso a un cálido naranja que pintaba el cielo inmaculado lleno de estrellas y de la caprichosa luna que había refutado el desaparecer aun cuando la luz iluminaba en todo su esplendor. Por supuesto que lo único en lo que podía fijar su mirada era en el exterior, por esa pequeña ventanilla cuadrada del carruaje, así que era más que consiente de lo que estaba sucediendo en el exterior. Cosa que no terminaba de alegrarle, incluso arruinaba su buen humor… o su humor. En un sentido práctico el encuentro con Otabek había fortalecido sus nervios y alejado la ansiedad de su mente, aunque fuese por unos momentos, comer juntos había sido verdaderamente placentero, el alfa tenía la buena capacidad para hacerle sentir escuchado, comprendido y cobijado, aunque al final habían tenido que separarse.

En realidad, no debía de sorprenderse, todos los alfas debían de dar la misma sensación, la cálida e incontrolable necesidad de apoyo y protección. Otabek había sido bueno en ello.

Por otra parte, Mila no dejaba de parlotear, había hablado durante casi todo el trayecto, deteniendo su monologo únicamente cuando estaba falta de aire, para retomar con más intensidad. Aunque hubiera deseado, le era imposible mantener el hilo de la conversación, estaba agotado tanto física como mentalmente, el golpe en la cabeza no había dejado de dolerle desde que emprendió el regreso al internado, después de todo el suceso solo había ocurrido un día antes. Su recuperación no estaba completa.

Pedir un día de descanso extra sería una molestia además de que era totalmente improbable que le fuera concedido, tanto las autoridades del internado como sus estudiantes residentes le odiaban, en grados similares.

Finalmente, el carruaje se detuvo frente al internado, muy por detrás de otras decenas de carrozas que habían partido a la ciudad durante todo el día y ahora volvían ansiosas de continuar con su desagradable intento de burguesía de la que Yuri si había gozado y sido participe, razón misma entre otras para que su vida en el internado estuviera destinada a convertirse en un infierno. Aunque el aun desconocía los límites de lo que esto podía llegar a simbolizar para él.

Entre Mila y él se internaron en el gran edificio, que por fuera no dejaba de tener la apariencia de una bonita mansión, blanca inmaculada y bañada en la pureza de omegas virginales que habitaban detrás de sus preciosos muros, los jardines siempre verdes, cortados y recién regados para mantener su frescor, con árboles frutales y hermosos arbustos rodeando fuentes de agua cristalina. Un puñado de estudiantes se reunían en el exterior todos los días, conversando y presumiendo sus aptitudes en el arte, la literatura y cualquier cosa que les hiciera engrandecer el ego. Yuri era mejor que ellos en todas y cada una de esas aptitudes, no tenía por qué demostrar nada así que se mantenía alejado de los jardines principales tanto como le era posible.

Ya dentro; el edificio estaba visiblemente concurrido, la ausencia de clases hacía que la mayor parte de los internos se mantuvieran en la primera planta, algunos dentro del comedor saciando su apetito voraz, otros en los pasillos movilizándose a sus habitaciones y compartiendo hechos irrelevantes que habían acontecido durante el día. Pero la mayor parte de ellos estaban en la sala común y la biblioteca. Por supuesto Yuri detestaba pasar el tiempo en ambos, le gustaba leer, pero la gran mayoría de libros permitidos para ellos en el recinto eran parte de una colección que él había terminado cuando muchos de ellos apenas estaban dejando sus juguetes, había tenido una educación excesivamente metódica, la otra parte de la literatura estaba prohibida porque podía despertar tanto pensamientos como sensaciones que no eran propias para la comunidad.

A Yuri no le interesaba meterse con esas absurdas reglas, así que se limitó a alejarse del lugar.

Por otra parte, la sala común era una amplia estancia llena de sillones, lámparas y mesitas para tomar él te y pasar alguno de los escasos tiempos libres conversando con tus compañeros, actividad que no solo resultaba inútil sino también detestable para el rubio, así que rara vez lo frecuentaba. Sin embargo, Mila se dirigía ahí sin miramientos.

―¿A dónde vamos? ― preguntó en un susurró cuando cruzaron el marco

―Estoy buscando a Mickey, lo vi en el parque durante el día y quedamos de conversar aquí ¿Te unes?

―Paso ― rechazó la oferta sin siquiera preguntárselo.

No le desagradaba ese omega, en realidad no lo conocía, pero tampoco era parte de su círculo. Si es que tenía un círculo, al menos estaba seguro de que no pertenecía a la comunidad que hacía su vida imposible, por esa razón le tenía cierto respeto, pero no dejaba de mantener una actitud sigilosa hacía él.

Era de Rusia y para Mila esa era razón suficiente para creer que se trataba de buenos amigos.

La pelirroja se movilizó entre los sillones hasta llegar a un largo diván donde el hombre jugaba con un tablero de ajedrez, sin un adversario. En cuanto lo divisaron se saludaron con cordialidad y se sentaron uno al lado del otro. Yuri tomó el lugar del adversario, y admiró las piezas de marfil una por una. Odiaba el marfil. Mickey no le saludó, aquello le heló la sangre, pero sabía que no podía exigir un buen trato si quería mantener cierto respeto en el internado.

― ¿Qué día no? ― preguntó Mila cortésmente

―Ha sido excepcional, estar aquí dentro me enferma, gracias a Dios salimos… no faltará mucho para la próxima fecha libre.

―¿No?

―Pues un par de meses, a lo mucho, dos o tres. Estamos a nada de graduarnos ― sonrió

―Un par de meses, suena eterno…

La conversación tomó un ritmo irrelevante. Al menos para Yuri, no podía dejar de ver el tablero de ajedrez y sus piezas de despreciable marfil, su abuelo le había hablado mil veces del como asesinaban a magnificas criaturas para obtenerlo y a Yuri eso le parecía demasiado reprochable, desde niño prohibió que cualquier objeto de ese material se encontrara bajo su techo. El internado estaba lleno de objetos caros y cosas innecesarias, sobre todo pianos, por supuesto él tocaba el piano, era casi un requisito esencial para ser omega, constantemente se veía tentado a sentarse y deslizar sus huellas digitales entre las piezas de marfil, pero se resignaba, para no destacar y por no favorecer un acto tan cruel.

Suspiró un par de veces, hundiéndose cada vez más en el silloncito de la sala, no escuchaba la conversación de Mila y Mickey más que parcialmente, su mente no dejaba de volar a otras inquietudes; sin duda comenzaba a arrepentirse de no haberle enviado la carta a su tía y todo por culpa de Otabek, claro que había sido un apoyo, pero era momentáneo y mantener contacto con su tía era mucho más importante. Los alfas hacían que uno se volviera imbécil, se maldijo a sí mismo. Lo del día anterior no había estado bien, le humillaron, desnudaron, bañaron en sangre de perro. Su reputación estaba en juego dentro del internado.

―…Pues ya sabes lo que dice, se alborotan con todos los alfas ― murmuró Mickey, muy pero muy cerca del rostro de Mila ―pero había justas razones esta vez.

―Alemania está llena de alfas.

―Pero es rico, casadero y ruso. ― puntuó Mickey como si la idea en si misma fuera muy jugosa ― siempre se quejan de los rusos, que somos salvajes y brutos. Pero en el fondo mueren por pertenecer a nuestro país. Así me hacen sentir patriota.

―Es que te juro que ni le he visto…

―No lo reconocerías ni aunque te golpeara con un guante en la cara ― el omega puso los ojos en blanco ― Peca de guapo, dicen. Le vieron bien.

― ¿Quién sería…? ― se preguntó Mila.

Yuri sabía que estaba fingiendo, era imposible que se encontrara tan calmada cuando estaban dándole semejantes noticias, en el carruaje ella se había retorcido de emoción hablando de la misma noticia que ahora Mickey le informaba. Eventualmente ignoró nuevamente la conversación, pues tuvo la sensación de que el ambiente en el salón era demasiado intenso, seguramente se debía al humor que se cargaban la mayoría de los omegas, estaban profundamente emocionados todavía, sus cuerpos de adolescentes excitados vibraban mientras se reunían en pequeños círculos estudiantiles alrededor de cada esquina de la sala, hablaban en voz alta y gangosa, con tonos chillones y colores en el rostro. Era ridículo. Yuri era menor que todos ellos y tenía muchísima más clase.

―Si, se han paseado, eso dicen.

― Pero ¿quién?

―Quien sabe, son solo rumores.

Mila hace las de que piensa un poco detenidamente. Se toca el mentón con los dedos enguantados y luego se gira a ver al rubio con un poco de entusiasmo, como si hubiera concretado una forma de sacarle una sonrisa.

― ¿Tu qué piensas Yuri?

―Honestamente no sé de qué hablan ― respondió perezosamente.

―Yuri se codeaba con muy buenos alfas en Rusia ― presume la pelirroja al chico moreno de pelo castaño, como si fuese una madre.

Mickey no hace más que levantar ambas cejas. A estas alturas Yuri duda mucho que él no lo supiera, toda la escuela estaba al tanto de su vida social dentro de Rusia, no era un secreto para nadie que fue rechazado por Viktor Nikiforov y lo que más importaba de esa ecuación, que había sido cortejado por Viktor Nikiforov, fue el omega que pudo tener las crías de tan raro espécimen. Y se le había escapado de las manos.

―Definitivamente no eres un omega ordinario ― resolvió el mayor de los tres, con un gesto estoico.

―Hoy me ha confesado que Jean Jacques Leroy le cortejaba ― volvió a interrumpir la pelirroja con un chillido en la última vocal de la palabra

Yuri se esforzó vanamente por ignorar la reacción de Mickey, concentró sus ojos en los estudiantes que no dejaban de moverse y popular sobre las baldosas de mármol, giraban en torno a un objetivo invisible y respondían a una ley que Yuri no podía conocer todavía, de la que no se sentía participe, cada que les miraba era como estar en el banquillo del acusado, de un juicio invisible, eterno y hegemonico rodeado de miles de mentiras y verdades de las que ni su propia palabra podían librarle. Miradas acusativas llegaban hasta su cuerpo una y otra vez, sonrisas supremas y susurros vagos. Tragó saliva.

―Ordinario el omega que enamoró a Viktor Nikiforov ― soltó de pronto solo para desviar la atención que creía tener por parte del resto de internos.

Mila le pegó un codazo, como de broma, juego, un pellizco en la mejilla y ya sonreía nuevamente con el omega sacándole más y más de la jugosa información sobre el alfa que había estado en la ciudad, como si fuera la relevancia más suprema. Yuri no había podido entender las características especiales de este sujeto, pues como bien mencionó la pelirroja Alemania estaba repleto de alfas, no era cosa de celebración ni mucho menos. Pero sus razones tendrían. Palpó el sudor de sus palmas y encajó sus gemas verdosas sobre la masa incorpórea que seguía formulando discursos sobre todo el panel de la habitación, tuvo la oportunidad de excusarse dos veces e ir a su habitación, pero un miedo desconocido le tenía petrificado en esa silla. Ignorando su entorno y también pasando de la elegante conversación de los dos omegas. Como una piedra solida encarnada en un sillón de terciopelo rojo.

Si estaban cerradas las puertas del salón Yuri no lo sabía, pero cuando ingresó el grupo de cuatro personas fue como si hubiesen empujado las dos grandes planchas de madera pulida y estallado contra las paredes del salón, produciendo un eco sordo brutal, como el de un balazo. Un grupo de cinco; cuatro mujeres y un hombre, algunos conocidos, un beta alto como un negro de pelo negro casi rapado a pelo, cara de pocos amigos y traje negro, aparentemente era un sirviente de Henrietta, la secretaria nerviosa a su lado, con sus lentes de botella sin fondo, pero con la boca chueca de coraje, otra vieja pútrida y anciana, omega de años sin marca, con traje y vestido pegado, una cruz en el pecho y una biblia en la mano, el demonio relucía en sus canas relamidas para atrás. La gorda encargada del internado, en la ausencia constante del director, Henrietta, con su mirada de lobo gris hambriento y sus ojos de búho en busca de conejos, por último, la delgada y menuda figura de una omega con mandil que trabaja en la cocina del lugar tenía la cara tierna y pálida, con el pelo rubio, pero dientes amarillos. En silencio servía platillos asquerosos a quienes le desagradaban, entre ellos Yuri.

Para nadie hubo forma de pasar desapercibido, el aire del salón se cortó de pronto, la mirada de Yuri buscó la sorpresa en el rostro de los demás estudiantes y encontró algo indescifrable, algo que le hizo desear ser invisible. No pudo mirar, ni oír, a Mila y a Mickey porque su cuerpo dejó de responder, casi como si se hubiera quedado dormido. Se miró las manos, aun traía guantes y el lindo atuendo que se puso esa misma mañana para salir, la ropa le quemaba un poco, hacía un calor de infierno. Compungido notó que su garganta estaba seca y deseó tomar un poco más de agua.

Los pasos groseros y escandalosos que se adentraron fueron el aviso, decidió ignorarlo porque seguía con esperanzas. Pero cuando los tuvo a menos de un metro, con la cabeza en alto escuchó que Henrietta gritaba su nombre bien alto, para que todos lo oyeran, no solo él, todos los demás.

Y aunque lo dijo claro y a gritos, Yuri aun conservó la esperanza de que se tratara de un error.

― ¡Yuri Plisetski!

De que hubiera dos.

El beta y la cocinera no dieron tregua, no esperaron a que las tres ancianas se acercaran, de inmediato le tomaron de los brazos, uno en cada lado, la fuerza del primero evidentemente más brusca que la de la mujer, pero igual de mortífera. Le hicieron poner de pie, como criminal, no hizo ademán de soltarse, pero si puso todo su peso en el piso, que les costara un poco.

―¡No he hecho nada, lo juro! ― comprendió, con esas palabras que no le fueron solicitadas, dos cosas: que tenía miedo y que no tenía dignidad.

―¡No levantes la voz promiscuo infernal! ― tomó su cruz como si Yuri fuera un demonio.

―¿Cómo es posible? ― Gritó Henrietta enfurecida, con la voz de un dragón ― ¿Cómo te has atrevido omega irrespetuoso?

―Le juro que no he hecho nada ― reiteró sumisamente.

―¿Acaso comprendes la gravedad de tus actos? ― la secretaria le señaló acusatoriamente con su índice tembloroso, de piel delgada y arrugada.

―Pero yo…

―¡Has roto una de las reglas más importantes y ancestrales de este colegio! ― afirmó Henrietta ― parece que no comprendes. Cuando llegaste aquí nadie mencionó que fueras un desequilibrado. Pero lo eres. Yuri Plisetski, te atreviste a pasar el día libre en compañía de un alfa… ¡Tu! Un omega sin marca ¿Sabes lo grave que pudo ser? ¿Qué habría pasado si entrabas en celo repentinamente frente suyo? ¡Este colegio quedaría manchado y en desagracia por tu libidinosa culpa! A los estudiantes de este internado se les conoce por su recato y pureza hasta el matrimonio, tú manchas ese nombre. El contacto con alfas está prohibido, ¡Estrictamente prohibido!

Yuri guardó silencio. No hubo nada que decir en su defensa, apenas procesaba el discurso de la señora cuando supo a que se debía todo, todo el cuchicheo, todo el chisme, la ansiedad esa atmosfera que parecía comerle vivo, era por él… por él, porque le habían visto con Otabek, porque había roto una regla trascendental. Él…

―Yo…

Una bofetada a travesó su rostro. Henrietta pegaba con la mano entera, abierta, los dedos gruesos y la palma callosa de tanto lavar. La sangre se acumuló en su rostro y el aire escapó de sus labios, los ojos se le llenaron de lágrimas. Le había dolido lo suficiente para echarse a llorar.

Henrietta levantó la cara. Le miró desde arriba, como si fuera a escupirle veneno.

―Ahora veo… porque fuiste un omega rechazado ¿Quién podría confiar en ti? Ese alfa que te cortejaba… seguramente se dio cuenta de tu impureza, de tu descontrolado libido, ¿no pudiste mantener la pelvis lejos de un alfa verdad? Ya veo que los rumores de ti son ciertos, la única razón por la que eres tan deseado es porque te restriegas descaradamente contra los alfas… pecoro. No hay lugar en este internado para ti. No hay lugar para ti entre los omegas, siendo tan puerco…

―No hice nada… ― susurró lastimosamente. Pero Henrietta no hizo caso, levantó nuevamente su mano y golpeó la otra mejilla del rubio con la misma intensidad.

Aprendió a no retorcerse. En ambos golpes apenas se había movido, los dedos de las manos de esos opresores se le clavaban en las muñecas, pero estaba sereno, estaba resistiendo las ganas de huir, de correr salir por la ventana y llorar. Nunca volver. Porque nuevamente aquí estaba, estaba frente a todos, siendo humillado, acusado, degradado, escupido. Tachado de mil cosas. Y todos… sonreían.

―Pero no puedo librarme de ti tan fácil ― se paseó ― hice un trato con tu madrina y yo si cumplo con mi palabra.

No se permitió ver la cara de la víbora cuando le atacó, solo la levantó cuando hubo escuchado todo y entonces sí, se retorció.

― ¡Pero no me quedaré con un omega promiscuo insulso! Así como te paseaste en la calle, te pudiste ir a cualquier cuartucho, no veo marca en tu cuello, pero no hay forma de evadir esta revisión… ¡quítenle la ropa, rápido! Revísenlo.

En aquel momento Yuri pensó en la muerte, cosa que no había hecho jamás, apenas tenía quince años, ¿Tendría un olor especial? ¿Una sensación clara? Apenas formuló esas preguntas se dio cuenta que la respuesta era un rotundo no, porque aquello por lo que él estaba pasando era sin duda peor que la muerte; porque estaba vivo. Y lo único que lo rodeaba era una sensación fría y hostil, un montón de espectadores sorprendidos y encantados, la mirada siniestra de la jueza, la forma en la que sus manos se unían tras la ejecución de la orden y la quemadura brutal de los ejecutores. Antes no se había resistido, ahora con las fuerzas se retorció entre las manos.

―¡No, no, no! ― gritó constantemente, consternado, el cabello batiéndose en todas direcciones. Sus rodillas pegadas una con la otra.

Los pies resbalaban entre los mosaicos, la mesilla de té cayó al piso, sus ojos se cerraron. Le arrancaron la ropa. Su fino traje, sus bordados preciosos, se rompieron, la gargantilla de su cuello cayó en pedazos al piso, las perlas corrieron por hilos invisibles de lágrimas que habían bañado el piso. Las uñas de sus dedos rompían la carne de sus propias palmas, los dientes se le trozaban, la garganta cerrada de tanto gemir, resistiéndose.

Convencido de la humillación su desnudez fue el paso principal, el coro del juzgado se sorprendía y murmuraba con cada prenda fuera. Hablaban a sus espaldas, le miraban con arrogancia, se retorcían de gusto al verle despojado cada vez más.

Henrietta le tomó de los cabellos, le levantó la cara al sol, exigiendo una mirada envenenada, pero solo recibió ojos en blanco, como muertos.

― ¿Ahora te cubres tus miserias? ― se burló desdeñosamente ― ustedes, revísenlo.

Se precipitaron a su cuerpo como pirañas hambrientas de carne, no contentas con mirarlo entero, le tocaron. ¿Quedaba algo de su pureza en este mundo? Había perdido ya toda bondad con Dios, pues no uno ni dos, decenas de personas le veían así, le veían desnudo, la piel, blanca preciosa, manchada de sangre, las manos desgraciadas revisándole la piel, recorriéndole el cuello, los brazos, el pecho, buscando un arañazo, un poco de sangre comprimida tras la pálida piel. Henrietta le separó las piernas con la punta de su botita, sus rodillas se doblaron en ángulos poco humanos. Y con la mano enguantada, sin dar un solo respiro, palpó con total descaro la zona entre sus piernas, firme y grotesco, revisando las humedades, analizando el libido, jugando con la hormona.

Yuri ahogó un grito. Lo ahogó, se mordió los labios hasta sangrar y lloró lágrimas de sangre. Cuando apartó su mano, se dejó caer.

Henrietta se miró la mano.

―Que sepas, solo Dios sabe lo que un omega y un alfa hacen cuando están solos. Son cosas de amantes, lo que has hecho se llama traición, me basta con saber que no te ha tocado más. ― la sonrisa siniestra vuelve a aparecer en su deshuesado rostro ― pero no te quedas sin castigo por romper las reglas, denle cubetadas de agua fría para que se le salga el demonio y dos días en el ático. ¡Ya!

El tiempo no le dio tiempo. No hubo oportunidad de detenerse o resistirse ¿para qué? Si el resultado sería el mismo, a este punto, no tenía ganas de salir o quedarse, ya le era indiferente, que podría ser peor para él, había perdido muchísimas batallas, una tras otra, se le presentaban enfrente castigos de penitencia eterna cargada de sangre y dolor, no había forma de resistir el resultado, probablemente no lo merecía, quería estar seguro de eso, pero los rastros serían inevitables, como podía borrar las marcas, manipular los recuerdos, hacer que todos olvidaran. Había perdido la dignidad, la guerra y a sí mismo.

Caer en el sótano del internado era como encontrarse a sí mismo en una zona totalmente distinta a lo que normalmente le rodeaba, pero en esencia no era sino otro lugar igual de desagraciado como los otros, el internado debía ser un lugar que aparentemente derrochara clase y buena conducta, el sótano era oscuro, pútrido, lleno de porquería y con un olor repulsivo. En el interior había un cuarto, con una puerta de madera y tres cerrojos. Le arrojaron en el interior, apenas tenía espacio para su cuerpo, era más como el anexo a un mueble encajado en la pared.

Arrojaron dos cubetas de agua helada sobre su cuerpo y de regalo, sin lastimarle la cara, le golpearon con las ramas de un rosal, las pequeñas espinas se le clavaron en la piel y la sensible dermis afectada por el contacto con el agua bañada en una fina capa de hielo, que incluso para él, un ruso, no hizo más que dejarle morado, comenzaron a circular gotas de sangre sobre sus brazos y su pecho, las partes más sensibles. Encima, su corazón, la sangre escurrió como miel, lento y sin ganas, la piel se contraía.

―Te quedarás aquí dos días hasta que reflexiones. A pan y agua, ¿o prefieres las sobras de los perros? ― la risa gutural que salió de los labios de la secretaria y su acompañante, que no soltaba la biblia le heló más que cualquier ventisca helada ― Henrietta fue demasiado condescendiente contigo. En mis tiempos habrían llenado tus cabellos con petróleo hasta que no pudieras más que suplicar que te los cortáramos de raíz, te habría golpeado las manos y los pies. ¡Eres afortunado! Tus parientes no se enterarán de esto… espero que te sirva para dejar atrás esa actitud caprichosa y malcriada. La próxima serán yagas en tus muslos ¡Que te quede de lección!

Hizo una cruz con las manos y cerró la puerta golpeándole en la frente con rudeza, el espacio era tan pequeño que apenas podía respirar, el suelo humedecido y hongueado.

Cerró los ojos y se dispuso a llorar.

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La frialdad del crudo invierno ruso era simple, helada, alejada de cualquier atisbo de vida, nívea y sepulcral en cualquier sentido, los arboles se sometían decenas de veces a la muerte y revivían en la primavera, al compás del sol y de las estaciones. El invierno era, por sobre todo, lo más perdurable, imperturbable, difícil de distinguir entre las cosas, era imposible discernir si se trataba de un simple invierno o si se trataba de la siguiente estación. Viktor, al camuflaje, era un ente más, vestido de azul, sujetando las riendas del caballo, integrándose en el regimiento del ejército de Moscú, no se preocupaba por el clima, aunque era obvio que el frio nunca se detenía, algo cálido estaba desarrollándose en su interior desde hacía meses, se cosechaba con la dulzura de una rosa, un botón precioso y mágico, encristalado, lleno de miel, cuidadoso, ese era un corazón enamorado, el amor puro que le rodeaba como un aura, solo le alejaba de los placeres más vulgares e inhóspitos.

Había prometido ser discreto con Yuri, lo había jurado con una cruz ante los labios y con su hermosa melena negra azabache danzando entre hilos de viento invisible. No se trataba de una promesa vacía, las palabras temían significados magistrales cuando iban dedicadas a ese ser de luz. Por sí solo le había sido imposible ocultar sus emociones, se convirtió en un loco enamorado intenso sin dignidad, y lo sería de nuevo, solo por intentar conseguir nuevamente la atención del fabuloso omega, gracias a la rápida intervención de algo, la promesa creció en buenas intenciones, el significado de aquella discreción adquirió matices que nadie había conseguido siquiera imaginar.

Los rumores que se habían levantado sobre ambos como olas del mar salado, habían disminuido hasta convertirse en la congelada corriente de un rio casi muerto. ¿Cómo había logrado adquirir esa paciencia? ¿Cómo? ¡Si le amaba con esa locura abismal! Que ante la más corta de las miradas alguien, quien sea, habría adivinado que su ser estaba bajo la absoluta subyugación del más profundo de los lazos amorosos.

Ah, Yuri era un omega demasiado listo, eso era obvio desde que no había cedido a sus impulsos en la primera ocasión, era mucho más recatado que el propio Viktor, pensaba mejor las cosas y lo hacía dos veces si era necesario.

Tras su última conversación, habían acordado aquello. Pero esa simple afirmación tenía un significado incluso más profundo que el que se había presentado en una primera instancia, Yuri había meditado y accedido con su propia voluntad a aceptar a Viktor, de forma discreta. ¿Qué significaba eso realmente? Para Viktor significaba una sola cosa, que ahora podía ir enserio con él, ya no se trataría de encuentros casuales, ni de patéticos intentos de coqueteo, de ahora en adelante podría considerar esto un verdadero cortejo. Uno discreto. Y lo que eso significaba, de forma muy comprometida desde ese instante se detuvieron las salidas en lugares públicos, acordaron ello por medio de cartas, dos para ser exactas una de ida y una de vuelta, los términos y condiciones.

Su primer encuentro y los futuros se desarrollarían rodeados de una vasta soledad, al alejarse el uno del otro, el rumor se extinguió tan pronto como inició, y Viktor estaba muy seguro de que ahora en adelante las sombras se volvieron sus aliadas y el silencio cosería las bocas de ambos, la discreción se volvería el abrigo de los dos y ya nadie pondría en juicio la palabra de ninguno.

Estaba estrictamente prohibido el encuentro de ambos en cualquier lugar que fuese concurrido.

La única carta era concreta y sencilla, pero Viktor la había besado, diez mil veces, olía a Yuri, en todo su esplendor, cumpliría con su palabra y se negaba profundamente tanto a dejarle ir como a dañarle y si con eso debía renunciar a su falta de escrúpulos estaba dispuesto a sumirse en ese completo infierno, pero cubierto de azúcar deliciosa.

A su alrededor, el mismo Edén era poco, para los soldados la música y las mujeres creaban los escenarios perfectos, alguno que otro omega prostituto, un montón de Vodka y un campamento momentáneo del regimiento, estaban de fiesta. Celebraban, ¿Qué celebraban? ¿El cambio en el mundo? ¿La ausencia de las guerras? ¡Simples trivialidades! El mundo externo para Viktor era tan intrascendental, que ser soldado solo era la excusa para alejarse de su familia, podía evitar a la sociedad si de eso se tratara, pero formaba parte de ella, porque era un ser humano y aquello le acomplejaba.

Llevó el vaso de cristal hasta sus labios rosas y tragó el líquido completamente, el alcohol y el puro de su mano comenzaban a salirle por los poros. Una sonrisa firme jugaba en sus fauces y hacía las de debilidad por la mezcla. Todos los soldados se regocijaban y reían, los generales, capitanes y resto, bebían y se perdían entre el mar de sensaciones banales. Viktor los admiraba con profunda felicidad y un poco de respeto, si tan solo pudiera perderse en esos placeres. Esos placeres eran tan poco comparados con la verdadera felicidad. Que poco sabía el mundo del amor, de ser feliz, él era un inculto, pero al menos tenía intención de comprender más que ellos.

―¡Vitya! ― gritó una voz joven profunda y dramática, emergiendo de los recién llegados soldados al campamento.

Sus ojos no tardaron en enfocar al joven de brazos abiertos que lo incitaba a abrazarle como si hubieran pasado décadas desde su último encuentro, aparentemente lo parecía, pues Viktor se levantó del asiento impulsado por la misma necesidad y le abrazó con todas sus fuerzas, riendo tan estrepitosamente como su boca cordial se lo permitía. Tenía el pelo negro de un caballo y el rostro pálido de la nieve, los hombros anchos y la figura fuerte, un semblante ruso magnifico.

―¡Primo! ― se vanaglorio el alfa sujetando de los hombros al menor ― ¡Georgie! ¡Han pasado meses!

―¡Que lo digas, estamos tan separados últimamente!

Se separaron.

―Viktor, pero tú no cambias ― rio graciosamente, demasiado exagerado. Como todo lo que el alfa hacía, Viktor levantó sus cejas plateadas.

Georgie era un primo suyo, pariente cercano al ser el hijo primogénito del hermano de su madre. Su padre era un príncipe de buena familia, con mucho dinero y muchas ganas de tener una familia feliz, desafortunadamente la vida se le fue en los mejores años dejándolo sola a la pobre tía Emogin al cuidado de dos niñas malcriadas, omegas por supuesto y un joven alfa que, si bien, era menor que Viktor había encontrado en él al padre y hermano mayor que necesitaba tener. Le respetaba enormemente, pero como todos mantenía un deseo constate en superarle, aunque fuese en una sola cosa, hecho que hasta ahora no había ocurrido porque Viktor era bueno en todo lo que se proponía.

A razón de esto, el pelinegro dejó a su madre y se alistó en la milicia, siguiendo los pasos de su primo. La cuñada de Lilia, un poco enloquecida, prácticamente vendió a sus hijas a dos buenos condes de los Urales y cobró una pequeña fortuna de ambas, que desaparecieron de San Petersburgo un día y nadie las había vuelto a ver en años. Georgie, quien había sido criado bajo los estrictos valores supremacistas de alfa que solo una madre omega como Emogin podía infundir había rechazado enlazarse con algunos omegas, por considerarlos poco dignos, pero había estado enamorado de uno en específico en quien planeaba encajar sus garras tarde o temprano. Viktor era muy consiente de este hecho, pero nunca se atrevió a reclamarlo, porque veía en Georgie un hombre amable, noble y cortés, que con el empujón adecuado y el dulce sople del amor terminaría por convertirse en un hombre incluso mejor que su padre. Desafortunadamente el omega en quien mostraba interés, era un objetivo no difícil, casi imposible, y de lograrse más que bañarlo en las nieves del amor, terminarían por destriparse.

Ante el repentino silencio de un ya casi ebrio Viktor, el pelinegro tomó nuevamente la palabra:

―Mírate, tan agraciado como siempre. Honestamente, sigues siendo la envidia de la burguesía.

―Al carajo la burguesía, un montón de idiotas sentados diciendo bobadas y actuando como dioses ― rio coquetamente, Viktor tenía la facilidad de soltar aquellas frases como si se tratara de un chiste, sin miedo a que le fusilaran al día siguiente ― por eso somos soldados ¿no?

―Tienes razón ― aceptó el pelinegro invitándolo a sentarse a su lado en la pequeña mesa que Viktor había ocupado antes, sin más miramientos tomó la botella de Vodka y se sirvió un trago ― para escapar de las familias opresivas que tenemos ¿Cierto?

Viktor sonrió y tomó otro frasco.

―Pero parece que no te libras, ni aunque te separen las estepas ― se encogió de hombros ― supe que rechazaste un ascenso…

―Eso no era un ascenso ― negó Viktor con una media sonrisa ― era mi madre intentando infructuosamente manipular mis decisiones. Un logro no es un logro si no lo has conseguido con mérito propio.

―Ah ― Georgie miró abajo, al piso, lento y luego sonrió ― entonces vas a odiarme. Pero, no hay forma de que no te diga esto…

―¿Haz hablado con mi madre? ― preguntó Viktor receloso, levantando una ceja.

―Me mandó a llamar antes de que viniera acá ― continuó con una sonrisa avergonzada ― Ya sabes, cuando te fuiste… las cosas en San Petersburgo se pusieron un poco mal ¿no? Yurio fue enviado a un internado para omegas en Alemania, y la reputación de los Plisetski se tambaleó demasiado… en cuanto a los Nikiforov, las cosas no iban bien, tu madre se ha esforzado ¿sabías? Pero los rumores, bueno, que digo rumores… llegaron hasta allá y fue imposible contenerlos.

―Las personas no saben de otras cosas que meterse en la vida de los demás, el mundo es una trampa y yo estoy atrapado en esas redes ― hizo un mohín y llevó hasta sus labios un nuevo vaso lleno hasta el borde del alcohol.

―Al principio no me lo creí, no me era posible creerlo. ¿Viktor Nikiforov? De verdad… atrás de un omega casado ― Viktor levantó sus ojos dispuesto a callarlo, pero Georgie no le miró ― Para cualquier alfa es importante casarse, cualquiera habría dado lo mínimo por casarse con Yuri Plisetski, tiene un cuerpo celestial y es tan virgen como María, es diminuto…

―Es un niño ― puntuó Viktor con severidad y cierto horror.

Quizá no tenía la mejor palabra para decir aquello, pues no negaba que él había coqueteado con el omega y le había cortejado, pero si tenía que ser sincero hacer eso era algo intrínseco a él, algo inherente, tenía una naturaleza seductiva y Yurio era demasiado joven para comprender que ser un caballero y tratar bien a alguien no significaba precisamente buscar un enlace definitivo. Aunque se le había pasado la mano. Por otra parte, era inútil negar que gran parte de esa intención se debía a su madre y sus intentos perseverantes de unir a ambos, en los que el cedió en parte para no pelear por ella, por ocio y porque Yurio era un omega verdaderamente encantador a la vista. Fuera de eso honestamente consideraba que Yurio era un chico demasiado joven, él tenía veintisiete años y Yurio acababa de salir de los catorce cuando su madre lo lanzó a sus brazos.

¡Por supuesto que era puro! Era un niño, uno que apenas había salido de la infancia. Estaba desarrollado en exceso, en todas sus capacidades de omega, educado para tener la misma seducción mortífera de la que Viktor pecaba. Era natural que la atracción hacía él fuera evidente, por parte de cualquiera, pero por Dios… seguía siendo un pequeño, tener hijos con él, siquiera tocarlo, todo eso le parecía demasiado lejano. Y quizá en gran parte era porque su Yuri llenaba hasta la más remota posibilidad de sentir afecto o gusto a otro omega o siquiera otra criatura.

Había caído demasiado.

―¿Qué más da? No significa que fueras a profanarlo de inmediato ― corrigió Georgie bebiendo un poco más ― lo importante es asentarse Viktor, una vez casado con un omega puedes hacer lo que sea, aseguras la descendencia, cobras la dote, obtienes algo seguro. Ya después puedes meterte con el omega que quieras, vivírtela en los prostíbulos… ir con otro omega casado.

―¿De verdad me estás diciendo esto? ― Viktor se tocó la frente consternado ― las personas se revuelcan en la ira cuando escuchan los rumores de mi persona… pero esto que me dices es muchísimo peor. No quiero casarme para mandar a mi omega al demonio después y pasármela con la primera ramera que se me ponga enfrente, el matrimonio no es así Georgie, el matrimonio es amor…

―Caray, pero si es lo mismo que el omega con el que sales está haciendo ― recriminó ― no se te olvidé que ese omega que tanto adoras está casado. Y con un alto funcionario.

Viktor guardó silencio por unos instantes, luego bajó su rostro y contempló la idea de retirarse. Aquella conversación estaba yendo por un rumbo muy peligroso, teniendo en cuenta que la cantidad de chismes había disminuido considerablemente, recaer en habladurías solo era ir en retroceso. Sin embargo, Viktor tenía una naturaleza parlanchina y una amplia necesidad de defender sus ideales hasta la muerte.

―No es lo mismo, en ninguno de los sentidos Georgie. Los omegas no son como los alfas, eso es terrible ¿entiendes? Ningún omega va a jamás tener la posibilidad de encontrar el amor por su propia cuenta… son obligados a casarse y a pasar sus vidas al lado de alfas que les doblan o triplican la edad. Huir de sus matrimonios no es para ellos un gustito, en muchos casos es una necesidad… ― Viktor se mordió la uña del dedo pulgar, luego le miró con ojos acusativos ― conozco muchísimos alfas casados que tienen la vida que mencionas y nunca me ha parecido nada más repulsivo. El respeto es trascendental entre ambas partes….

―Solo eres una contradicción, Viktor…

―Por supuesto que lo soy, maldición, ¿Cómo no iba a ser yo una contradicción? Los seres humanos somos una contradicción, pertenecemos a sociedades, participamos activamente en ellas y al mismo tiempo no queremos saber nada sobre lo que nos desagrada ― Viktor se frustró nuevamente, bebió solo un poco más y suspiró ― la existencia humana, esa que nos rige y nos mueve, un juicio invisible, obedecemos leyes que no sabemos quién creó ¿Quién nos ha indicado que debemos comportarnos de tal o cual modo? ¡Tonterías! ¿Por qué seguimos haciendo caso de leyes invisibles? Porque no nos damos cuenta de que la libertad que tenemos no es más que una máscara, una condena impuesta por un juicio más alto. Si la mayor verdad en este mundo es que queremos ser felices me niego a renunciar a nuestra felicidad… la sociedad puede irse al carajo.

―Si tanto buscas esa felicidad, deberías de preocuparte más por la felicidad de ese omega en lugar de la tuya propia. ¿Sabes lo mucho que le afecta la posición en la que le has metido? Ya lo has dicho tu… ellos, los omegas, están desvalidos, son juzgados, ante el más mínimo pecado se manchan para siempre y serán culpables ― Georgie le miró con recelo, ojos fríos de hielo ― vas a hacer infeliz a ese omega si sigues así, le harás daño.

―La última de mis intenciones es dañarlo ― Viktor se acercó al rostro de Georgie ― esto que mencionas… me estremece, ¿Acaso crees que no lo he pensado? Todos los días me recrimino a mí mismo por ser un egoísta, por amarle tanto como le hago y no poder detenerme, sé que he destruido su paz. Pero es algo que trasciende a mi razón, en un mundo donde la razón nos domina, los sentimientos nos asustan, a mí me asustan, a mi Yuri le asustan, tenemos miedo, nos escondemos, estamos solos, probablemente destinados al fracaso. ¿Entiendes eso? sí, Yuri y yo estamos destinados al fracaso. Por esa misma razón, ¿porque no habríamos de intentarlo todo…?

Georgie le miró con una capa ligera de incomprensión, pero también de culpa, si bien el alfa era muy consciente de que los intentos de la pareja por pasar desapercibidos eran muy buenos, el conocía bien a Viktor y sabía que no había dejado ni por un instante de acercarse al pobre omega casado, la esperanza era que el resto de la sociedad había dejado de murmurar, de chismosear, parecía que su discreción había sido fructífera, sin embargo no podía dejar pasar la oportunidad de decirle a Viktor lo que él y su madre pensaban.

―Le diré a tu madre que has dejado eso atrás ― juró Georgie ― ella me creerá. El resto de la sociedad también lo cree, pero yo no Viktor, sé la verdad.

―Y eso te hace peligroso… pero recuerda que pudiste ser tu ― Viktor ríe por lo bajo ―no estás hablando de la historia de alguien en particular, estás hablando de alguien que pudo ser cualquiera. Porque no tenemos control sobre lo que nos va a pasar Georgie, hoy estás sentado aquí y el salir puedes encontrarte con una esclava negra que sea tu alma gemela… ¿qué harás entonces?

―Irme.

― ¿Y ser infeliz, miserable y nostálgico toda tu vida? ― Viktor le retó con la mirada ― La razón de los alfas es deficiente, primo. El instinto propicia a perder el control. Y yo soy un ser distinto, Yuri y yo pensamos distinto… tu no lo conoces, pero yo sí. Aunque poco, lo he tratado. Sé que odia esta visión burocrática del mundo y sé que se traiciona a si mismo al ser parte de toda esa falsa burguesía… anhela la libertad y yo también, él, con su boca no me lo ha dicho, pero yo lo he visto, somos pareja destinada y por ende lo sé. Por eso somos el uno para el otro. Bastaría con que sintieras una pizca de lo que yo siento, ni eso… bastaría con vernos juntos para que lo entendieras ¡Con que vieras los ojos con los que me ve! ¡El latir de mi corazón cuando está cerca!…

Viktor estaba emocionado, de pronto su corazón latía desbocadamente. Pero Georgie se levantó, no sin antes llevar a su boca otro trago de Vodka, odiaba admitirlo, pero entendía demasiado bien a que se refería el alfa, le veía ahí, sentado en ese banquillo de madera, con toda la clase que el mejor de los alfas podía tener, porque eso era para la sociedad y, aun así, era más listo que todos ellos. Pensaba distinto. Tenía valores auténticos y estaba profundamente enamorado.

―El día Viktor, el día en que te vea a su lado y los escuche hablar… ese día creeré lo que me dices, no antes.

Viktor se encogió de hombros, en parte buscando ser crítico, pero por otra parte profundamente sentido por la confrontación y nuevamente temeroso por el siempre miedo del latente daño que podía hacerle a Yuri con su arriesgada aventura.

―Te deseo suerte en la carrera, primo ― le palmeó el hombro con una débil sonrisa ― sabes que estaré ahí apoyándote. He visto tu caballo, es una verdadera belleza.

Viktor le sonrió. Una sonrisa sincera y cálida.

―Espera a verlo correr. Te enamorarás.

No sabía exactamente lo que presumía.

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'Pero no estaré solo, Minako estará conmigo' aquellas palabras salieron de su boca de forma precipitada, confusa y un poco sin forma, el tono y la voz con la que lo dijo fueron lo de menos, el significado era importante. El contexto. La mirada recelosa de Celestino cuando descubrió que pensaba salir, el rostro pacífico de Minako antes de saber la verdad, como una chimenea medio apagada, con carbones hirviendo y llamas moribundas. Escasos segundos después entornaron sus botitas hacía el carruaje que desde muy temprano en la mañana los esperaba a la puerta de la mansión, un par de caballos y un cochero beta de pelo rojizo, sobornado.

La sonrisa de Minako era amplia y graciosa como el clima primaveral con el que los favorecía ese sábado, las flores brotaban de el aliento congelado que bañó cada centímetro del suelo, como si se tratara de elegantes margaritas. Los copos congelados lloraban, derritiéndose y formando charcos encima de húmedos pastos amarillos, quemados por el helado invierno y su arrasador abrazo.

Yuri no sonreía, Celestino estaba ocupadísimo estos días, apenas pasaba el tiempo en la estancia, casi ni habían cruzado dialogo desde la ópera. Su casa de verano parecía ser la mejor opción de alojamiento durante, cuando menos, un par de días. La excusa del clima era excepcionalmente acertada, pero la rudeza desafiante con la que Yuri exigió privacidad hizo que el alfa entornara la mirada y Yuri recurriera a un capricho ultimo; un sirviente y su dama. Puestas en la mesa las condiciones el suspiro de alivio fue grande al recibir un permiso, que el en primer lugar, tendría que dar por sentado. Pues Celestino le dejaba hacer lo que sea…

Sentado sobre el sillón de terciopelo Yuri miraba por la ventana intentando distraerse, las casas se hacían cada vez menos y el aire entraba con mejor aroma entre las cortinas doradas. Minako esparcía parte de este delicioso aroma sobre su nariz con un abanico de plumas y arreglaba los pliegues de su vestido una y otra vez. A momentos soltaba un comentario jocoso y llamaba la atención del omega para que le escuchara, pues era notorio su estado.

A ojos de Minako, Yuri tenía cambios constantes, primero parecía un ángel casero construido a la medida de los Cialdini, después se encerraba en la mansión sin poder poner pie fuera, la cosa iba para bien hasta que las salidas comenzaron a convertirse en libertades extras y finalmente mostraba una actitud de completo reposo y meditación, y constante expectativa.

―Estoy ansiosa por llegar a la casa, tiene un par de meses que no la visitamos. Las muchachas seguro la dejaron limpia y reluciente para ti ― comentó Minako jugando con sus guantes ― ¿Qué te gustaría hacer primero? Podemos comer unos aperitivos o jugar algunos juegos… ya no deben faltar más que unos minutos para llegar.

El viaje fue largo, más no tedioso. El alma de Yuri, como Minako bien lo notaba, estaba llena de una calma garrafal, sus pestañas parpadeaban con lentitud y seguridad, sus labios apenas se separaban y su pálido rostro era la misma luna serena, rodeada de un halo oscuro que era su cielo estrellado, en este caso el pelo sedoso y precioso. Sobre sus bien torneadas piernas un hermoso pantalón blanco aperlado, con cierto brillo plateado e hilos rosa pálido, botas blancas hasta la rodilla bien atadas, firmes y lustrosas. El saco preciosamente blanco satinado con brocado plateado y el mismo reflejo rosado del nácar, adornaba sus brazos de una tela floreada y diáfana. En el pecho con un cuello alto lleno de olanes desde la garganta hasta el ombligo, cada uno, como las olas, más grande que el anterior, la tela y sus dobleces en la cintura formaban graciosas flores. El cuello estaba adornado con un moño frontal que relucía entre los olanes y en el centro una hermosa piedra nácar con un ornamento de oro. Sobre sus lindos cabellos un sombrero amplio ladeado adornado con plumas.

Tenía la celestial imagen de un ave cuyas alas alcanzan el cielo azul. Pero sus ojos seguían puestos en la tierra firme que se asentaba bajo sus pies.

―No iremos a la casa de verano ― suspiró sin temor. Firme, pero en voz baja.

Yuri sentía que las miradas eran las más descriptivas en estos casos, pues había experimentado constantemente de ellas en los últimos días, las de Celestino, que le ponían los pelos de punta y las de Pichit, con un aliento animoso, Chris, con la tentación refulgiendo en un brillo gracioso y ahora Minako, al principio ensordecida y luego muda, contemplando con atención el rostro estoico de Yuri, frunce sus cejas delgadas y su boca crea una o redonda sorprendida.

Casi puede sentir la sangre de sus venas correr por sus ojos hasta enrojecerlos y bañarlos de una capa transparente de agua.

―¿Qué quieres decir con eso?

―Iremos, pero después. Ahora vamos a detenernos cerca del lago, cruzando está la casa.

―¿Quieres ir al lago? ― preguntó extrañada

―Tu te quedarás en el carruaje ― ordenó sin firmeza, pero luego reiteró ― o puedes partir a la casa, yo llegaré por mi cuenta. No debes esperarme.

―¿Qué estás queriendo decirme? ¡Porque no eres claro conmigo! ¿Acaso no nos tenemos confianza…?

―Basta ― pidió Yuri sin alterarse ― lo que te estoy diciendo es justamente lo que has escuchado, si quieres ir más allá de mis explicaciones entonces te pido que lo pienses detenidamente y mantengas tu boca cerrada.

Minako se agita, como una madre descontrolada. Al principio Yuri tiene la sensación de que va a desmayarse por la impresión, por supuesto no cabe en sí de pensar que su pequeño Yuri pueda hablarle de ese modo, aunque no ha sido ofensivo en lo absoluto, es firme y firme y omega son características que rara vez van de la mano. Pero no lo hace. Continúa mirándole con el corazón en el puño y los pulmones saliendo de sus fosas nasales, una chispa de intuición se enciende entre sus cejas y sus labios tiemblan.

―Yuri… no podrás hablar… no estarás hablando enserio ― niega lentamente, como si hubiera oportunidad de que le aseguraran que se trata de una broma, sin embargo; convencida, no espera una respuesta― Yo… escuché algún rumor, llegó hasta mis oídos mientras compraba en el mercado ¡en el mercado! ¿Te imaginas? Y lo ignoré deliberadamente porque estaba convencida de que jamás podrías poner tus ojos de ángel en alguien que no fuese tu alfa. Han pasado semanas desde esos rumores, yo estaba segura de que había sido una falsa alarma… pero tu… tu…

―Deténgase por aquí ― pide Yuri con firmeza al cochero.

―¡Yuri! No puedes hacer esto ― le toma de la muñeca antes de que el omega se levante de su asiento y abandone el carruaje, ha encontrado el camino de tierra que lleva al lago.

―Minako, tu, mi niñera, la mujer que más me conoce de la vida ― mencionó cariñosamente ― a este punto deberías entender muy bien porque hago lo que hago. Ha sido muy amable de tu parte el intentar ayudarme, ser amable, sacarme de la casa, traerme los más lindos juguetes y los más deliciosos dulces, pero no soy un niño y no soy un muñeco. Soy una persona que siente, así es… tengo sentimientos. Sé que nadie se preocupa por ellos jamás, pero los tengo y soy la única persona encargada de hacerme feliz ― vuelve a soltar un suspiro cansado y aprovecha para soltarse del agarre de la mujer ―nadie más va a cuidar de mí, por eso aprendí a hacer lo que realmente quiero hacer y en este momento… voy a dar un paso en mi vida que no tendrá reversa nunca. Estoy seguro de que al enterarte de esto me comprenderás y no correrás a delatarme, pues eres muy consciente de lo que eso significa. Una vez vuelva a casa tendrás más explicaciones si es que aun las quieres, pero ahora…

Yuri abre la puerta del carruaje. Mira con cautela y sonríe cuidadosamente.

―Ahora mi mente y corazón están ansiosos por partir a su encuentro.

Cae con ambos pies en el exterior, alisa su traje de forma impecable y toma la sombrilla que descansaba sobre su regazo en un intento de ocultarse aún más de los penetrantes rayos de sol. Lo logra momentáneamente, pero no puede ocultarse de los ojos de Minako y su absoluta incomprensión, su rostro sumido en la desesperación infantil y ese capricho grosero de querer tomarle de los cabellos y sentarlo en el sillón a donde pertenece. Finalmente, no hace nada, solo se miran por una larga eternidad y la puerta del carruaje los separa, el cochero se pone a andar y de alguna forma no siente culpa alguna al verla partir.

Su expectativa y emoción es tan grande que su cuerpo no tiene espacio para otras emociones. Al final después de semanas eternas de espera y trémula separación con una sola carta de ida y vuelta como medio de comunicación habían fijado una cita en el externo de la ciudad, sobre unas tierras propiedad privada muy alejadas y recónditas donde nadie más podría estar observándoles. Aquella carta que señalaba el lugar fue quemada cuidadosamente con un atizador hasta las cenizas, con los ojos castaños de Yuri sobre el reflejo de las llamas, las lágrimas gordas cayendo de sus mejillas como si pactara con un demonio su futura perdición. Después se quemó las manos, malditos dedos desobedientes que no toleraron la separación de su letra, de su tacto en papel y desearon con toda la intensidad de una tormenta reunir en cenizas los fragmentos destruidos del mensaje, atesorarlo como una joya y besarlo hasta que sus labios se coartaran y sangraran como era costumbre desde que se encontraba así de desesperado. Con las manos negras se tocó la cara porque se sorprendía de su propia alteración, de sus turbadas emociones y la forma tan seseante que tenía de lucir esperanzado ante el encuentro.

Hasta ese momento, guardó sus emociones en un cofre y no permitió que nadie más le viera sentir ni la más remota felicidad o el mínimo dejo de melancolía, porque quería guardar cada segundo de su excitación para la mañana del encuentro. Ahora le surcaba la sensación de que nadie más debía ser participe en su vida hasta que no fuese él quien le admirara en todo su esplendor.

Y ahora estaba aquí, con el corazón saliendo de su pecho en carmines chispas y sus ojos alterados buscando la forma inmediata de ingresar a ese bosquecito para admirar los patitos, las flores, la hierba salvaje y el sonido fulgente de la naturaleza rodear su carnal cuerpo, unir sus miradas, con eso le bastaba, no cabía en él de imaginar un tacto, por muy simple o mínimo que fuera, se quemaría ahí mismo de la intensidad. Pero su pudiera, tan solo, ver sus ojos nuevamente, que el diablo le guardara su lugar en el infierno, a su lado, solo por ver sus ojos.

A zancadas y en cierto desespero, que ya era imposible de ocultar comenzó a caminar sobre la tierra húmeda pero caliente, no se ensuciaba porque estaba educado para caminar sobre la mierda y no destruir sus finos ropajes, pero tampoco estaba siendo cuidadoso. Los arboles se cernían sobre su cuerpo cubriéndolo e integrándole a su nuevo espacio, hacendoso y descontrolado de moverse y abrir las ramas, pisar las fresas para salir al otro lado, admirar el lago y concluir ese pequeño tramo de camino.

¿podía ser que él se sintiera igual de desesperado? Quizá hacía unas semanas no, quizá hacía unas semanas aun pensaba con racionalidad, se mantenía cabeza abajo como un tigre y no profesaba de sus pensamientos, pero ahora… ¿Cómo podría ser posible que no se sintiera igual que él? ¡Yuri sabía que si se sentía así era porque principalmente él también se sentía así!

Ya sin escrúpulo alguno tira de las ultimas ramas de verde follaje y admira con júbilo el lago gigantesco y azul que se extiende como un campo de arena liquida. Los rayos de sol pegan contra sus ondas débiles y brillan como diamantes, a lo lejos una gran mansión que casi no se alcanzaba a ver entre tantos arboles titánicos asoma sus techos picudos y un par de ventanas cerradas, la vista es favorable y hermosa. Y Yuri está de pie sobre el pasto, está ahí, hasta que deja caer la sombrilla y sus rodillas parecen flaquear.

El suelo quiere recibirle, pero está colgado de los brazos del otro, que de alguna manera se las arregla para moverse hasta su lado y tomarle de los codos sin hacerle morir en ese instante. Le come los ojos con sus pestañas, le mira con la intensidad de un santo que no perdona nada, porque no necesita perdonarle nada, se lo ha perdonado todo desde el nacimiento. Desde incluso antes.

Yuri le busca los ojos porque necesita beber de ellos, saborear su belleza a miradas, y con lo mucho que quisiera tocarlos y tomarle de la mejilla para después acercarse hasta abrazarse y fundirse en uno solo, como si hubieran sido la misma mitad de algo único todo ese tiempo, cosa que firmemente creía.

―Comenzaba a creer que nunca vendrías ― suspiró Viktor, casi como un jadeo, no le suelta los codos ni le quita la vista de encima ― creí que me habías olvidado.

―¿Olvidarte yo? ― ríe torpemente Yuri ― como podría olvidar al que ha revolucionado mi universo. La única razón por la que habría faltado sería la muerte misma…

―Y yo me habría muerto contigo ahí mismo si ese fuera el caso ― replica con severidad, hasta que sus ojos se hacen de miel y suelta sus brazos ― ¿Cómo he podido vivir tantos años sin tenerte a mi lado? Apenas pasaron unas semanas y estaba por desfallecer…

―Será que Dios puso en ti mi vida y en mi la tuya. No deja que uno se vaya sin el otro y por eso estamos aquí…

Viktor finalmente sonríe. Conduce a Yuri por entre el pasto, con el brazo extendido encima de su cintura dispuesto a que el pelinegro lo tome de la cara interna del codo, cuando lo hace, ninguno de los dos puede evitar sentir que la posición es muy forzada y rara, Yuri gira el rostro rojo apenas disimulado y quita su enguantada mano del saco de Viktor, se le separa incapaz de usar ese viejo y aburrido ademán con él. En la sociedad, lo hace todo el tiempo, le pasa la mano a Celestino y van juntitos del brazo como dos monos de circo, pero con Viktor… no, no puede, no le sale del alma.

―¿Te parece que es muy obsoleto? ― pregunta Viktor sujetándole de la mano, a pasos cortos llegan hasta una sábana blanca que ha tendido en el piso.

―Me parece que contigo no me dan ganas de hacer así las cosas… ― suspira lentamente

Viktor le toma las dos manos. El omega guarda silencio sepulcral, pero algo que bate en su interior le recuerda que su alma y su cuerpo son uno solo y que no puede separarse de ninguno, aunque ahora mismo el control este en la mente, su cuerpo no deja pasar ninguna reacción, se le atropellan encima y Viktor se agita con sus manos, con su sonrisa, le aparta el pelo de la cara y desea besarle con profunda intimidad la punta de los dedos. No lo hace. Pero los aprieta como si fuera necesario sentir la solidez del cuerpo contrario.

―Eres tan revolucionario ― murmura como un cumplido, baja sus ojos de diamante y luego entorna sus gemas nuevamente hasta perforarle la frente ― cosa más extraña ¿no?

―¿El que?

―Morir de necesidad por el encuentro ― sus ojos se abren incrédulos cuando menciona esto ― tu y yo nos hemos encontrado en ese tren… por una casualidad del destino. Pero sabes algo, no creo en la pareja destinada.

―¿No crees en la…? ― Yuri parpadea una y mil veces antes de recriminarle con sus cejas de flecha ― pero incontables me has dicho que lo somos…

―¡Lo somos! Claro que lo somos, pero no creo en el mito, en la historia, en aquel viejo cuento de hadas ― se ríe a medias ― creo en lo que siento cuando te veo. Podría crear mi propio mito, explicar cómo biológicamente nos creamos para ser dos partes de un molde, como nuestro espíritu tiene las cualidades del imán y nos atrae sin separarnos ni una y otra vez. Y lo que más creo es que aun si no existieran las parejas destinadas, al verte por esa coincidencia en el tren, habría tenido exactamente la misma sensación.

Yuri pierde el control de su cuerpo cuando le escucha hablar, con tanta atención, era difícil creer que Viktor fuera un soldado y no un poeta o un escritor, tenía toda la capacidad de serlo. No podía ser un político, aunque tenía la labia, porque en su voz no había mentiras, era descaradamente sincero, no había forma en la que Yuri pudiera siquiera dudar de sus intenciones, se encontraba volviendo a su filosofía una y otra vez, reformulando sus propios sentimientos y emociones, los que le habían enseñado y había creído durante muchos años, y seguramente llevaban cosechándose decenas de años, por eso cuando lo escuchaba tenía la sensación de que ya había oído ese discurso antes… ¡Claro que sí! ¡En sí mismo!

Lo había oído hasta silenciarlo con cansancio muchísimas veces. Cuando tomó clases para ser un buen omega, cuando hizo la comunión, cada que iba a la escuela o a la iglesia, cada vez que pensaba algo se encontraba a si mismo cuestionándose todo con ansiedad perpetua, nervios y sangre, y luego se decía ''Cállate, tú no sabes, las cosas son así'' y se lo creyó tanto que cuando se casó y se fue a llorar el día de su boda una parte en su interior murió y resucitó cuando conoció a Viktor.

―Por eso creo que es extraño que nos precipitemos tanto en encontrarnos ― continuó Viktor ― porque estoy seguro de que sin importar lo que pasara tu y yo volveríamos a vernos, así funciona la casualidad del destino. No se puede huir de esto. Por eso creo que somos pareja destinada…

―Y aun pensando eso, has levantado en este campo un espacio inmaculado para ambos… ― con una sonrisa enorme y sincera Yuri se dejó caer contra la sabana ― a plena luz del día.

―Si, sí que lo he levantado, digo lo que pienso, pero mi cuerpo y alma pierden batallas… no podría haber soportado ni una hora más sin verte, por eso te digo, que es extraño Yuri…

Deja caer sus rodillas sobre la manta que yace encima de un césped verde y recién recortado, la tela de seda cruje bajo la fuerza del impacto y así como así los dos toman posición de picnic con el lago a sus espaldas y los arboles viejos cubriéndoles de sombra fresca en todas direcciones. Así como así, la conversación fluye entre ambos, son hablantes primerizos, bebés soltando palabras sin mucho sentido, unen frases, hacen gestos y mueven las manos como si con ello pudieran representar mejor aquello que buscan comentar uno al otro con emoción, tienen inocencia de infantes a la hora de comunicarse, constantemente viene a la mente de Yuri '¿Acaso yo he podido hablar así con alguien antes?' con alguien, que es un alfa, porque no, eso era imposible para un omega. y ahora podía ser sincero, podía hablar con soltura y naturalidad, no se sentía avergonzado de su conversación de su tono, no tenía miedo de decir algo incorrecto y estaba asombrado por la forma en la que Viktor le escuchaba y a su vez replicaba ansioso dentro del juego del habla.

―El clima aquí es agradable ― asegura Viktor sintiendo un poco de la brisa húmeda contra su rostro ― la combinación entre humedad y calor, la sombra y el manto azulado, todo junto. Es un lugar perfecto.

Yuri se encoge de hombros. Recuerda la primera vez que vino a la mansión de verano de los Cialdini, estaba emocionado como un niño pequeño, ahora el paisaje y sus alrededores le parecían aburridísimos.

―Es pintoresco.

―Cualquier lugar en el que tu estés es pintoresco, eres una mancha tornasol en un paisaje de grises ― Viktor hace un circulo alrededor de su rostro y luego le sonríe ― La razón por la que este clima es agradable, es principalmente porque tú estás aquí Yuri.

No se trataba de un simple halago, no sonaba como tal y pondría sus manos al fuego para asegurarlo. En realidad, era más como si Viktor se dedicara a soltar simples verdades. Los cortejos debían ser algo similar, un alfa dice cosas bonitas y agradables para un omega, pero el factor sorpresa es averiguar si lo dice enserio o no. En este punto Yuri comprende muy bien que Viktor no le miente y la razón de su actitud complacida es únicamente porque los dos están aquí solos, el paisaje es y no tendría que ser un elemento extra fácilmente removible.

―La próxima vez puedes elegir el lugar que a ti te guste ― de rodillas con las palmas entrelazadas sobre sus muslos, Yuri se tomó la libertad de asegurarle a Viktor que la próxima cita se daría irremediablemente.

Viktor pestañea.

―Claro que sí, conozco tus gustos ― le guiña el ojo y Yuri aparta el rostro sonrojado.

Primero deja de mirarle porque la sonrisa se le ha colado en el semblante y las perlas de sus labios de seda se han asomado, el rojo de sus mejillas se difumina hasta que recupera la compostura y con una ligera risa como canto de gorrión le inquiere rudamente:

― ¿Sabes mis gustos? Ni siquiera yo sé mis gustos.

Ríe.

Detrás de aquella simple afirmación iba más una crítica a toda su vida. A la vida misma, a la sociedad en su completa esencia opresiva. Por supuesto que cuando estaba con Viktor, Yuri no sentía esos límites que constantemente se le imponían, todo el tiempo, ahora las barreras estaban difusas o casi inexistentes, solo porque su reacción no dejaba de ser la de un omega frente a un alfa, sin embargo, que Viktor mencionara claramente que conociera sus gustos solo dejó a la vista un hecho predecible: Yuri era una construcción.

Se desconocía un poco. Y los demás creían conocerle, por eso movían las cosas a gusto ajeno y Yuri sentía que, por supuesto aquello le debía gustar, solo para darse cuenta poco después que rara vez disfrutaba de lo que honestamente le encantaba, pues muchas de esas cosas apenas las conocía.

Viktor con tristeza, pero media sonrisa se levantó de la manta y le tomó una mano con cuidado y cariño buscando sus pérdidas pupilas hasta encontrarlas. Luego habló.

―Claro que conozco tus gustos y tú también los conoces, porque tú mismo me los has mostrado ― Viktor sonríe hasta que sus ojos casi desaparecen ― cada que te observaba de lejos podía notar tus pasiones, quizá no porque las expresaras abiertamente como desearía que lo hicieras, porque tus ojos brillan cuando ves algo que te gusta, cuando haces algo que amas. Por ejemplo, sé que amas el patinaje, y la música clásica, te encanta el piano y los cuartetos de cuerdas, lees novelas de romance, pero también historias de aventuras y cuentos tranquilos para pasar la tarde hasta que se te cansan los ojos, sé que te gusta el arte; la pintura. Adoras las nuevas formas de expresión y apoyas a los artistas jóvenes con iniciativa, te gusta la comida salada y con carne, no te encantan los dulces porque te los dan demasiado y tu armario está lleno de telas oscuras, pero adoras los colores vivos… solo que no puedes usarlos. Y sé que te gustan los animales.

Honestamente sorprendido y agitado Yuri tuvo la curiosa ansiedad de soltarse de la tierra y dejarse caer tibiamente contra el pecho de Viktor, escucharle hablar más y más hasta que le hartara y le dijera ¡si, por supuesto! Es que solo tú me conoces tan bien. Incluso cuando el sentía que no se conocía a si mismo Viktor era capaz de ver detrás de todas esas capas, el veía en su interior con una lupa y aquello le hacía temblar de emoción. Atusado, le tomó la mano con la que antes Viktor le había acariciado.

―Si que me gusta todo aquello que has nombrado y creo… que yo también sé lo que te gusta a ti.

―Claro que lo sabes ― suspiro Viktor apretándole entre los dedos, ―porque compartimos muchas cosas y te aseguro que pronto nos conoceremos más, aún más hasta que nos reconozcamos como la palma de la mano. Algún día podré hacer una pintura hasta de como tomas el tenedor Yuri, te lo juro. Y cuando ese día llegue te daré el obsequio que te tengo pensando en tus gustos…

―¿Un obsequio? ― inquirió emocionado, acercándose cada vez más al alfa ― ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué se trata?

―No puedo dártelo todavía, pero estoy seguro de que va a encantarte ― Viktor estiró sus dedos para tomar un mechón de pelo negro que caía juguetonamente sobre la frente de Yuri ― te lo daré cuando por fin estemos juntos sin ataduras…

―¿Y eso cuando va a pasar? ― preguntó con una genuina curiosidad infantil.

―Pronto, espero ― suspiró sonriendo ― pero el obsequio seguirá ahí, ya verás. Pues te gustan los animales ¿no?

―¿Es un animal? ― volvió a acercar su rostro con una sonrisa deslumbrante y curiosa, Viktor no pudo evitar reírse

―Hablando de animales… ― se levantó de la cobija y al soltarle comenzó a sacudir la hierba de su ropa ― hay alguien a quien quiero presentarte.

―¿Eh? ¿Aquí? ― pregunto Yuri siguiéndole, se levantó y a tropezones mostró su faceta más asustada

―Si, aquí mismo. Se trata de alguien a quien amo verdaderamente ― presumió jocoso.

La cosquilla de celos hizo mella en Yuri, intuyendo que se trataba de alguien que desviaba en forma de 'T' los sentimientos de Viktor hacía él. Al principio la sensación fue extraña, desconocida como un nuevo liquido corriéndole en el interior del cuerpo, probablemente debido a que se trataba de la primera vez que experimentaba aquella sensación. Nunca antes había sentido los celos, así como desconocía el amor y Viktor se atrevía a poner en juego ambas cosas al mismo tiempo. Sus negras cejas de flecha se fruncieron y sus labios hicieron un intento de puchero, a los pocos instantes Yuri reparó en su condición y guardó un penoso silencio. Se desconocía.

Viktor soltó una risotada calurosa y Yuri tuvo que mirarle de nuevo. El alfa era descarado.

―No tienes que sentir celos, a ti te amo más. Ahora ven.

Definitivamente, no podía explicar cómo… no podía ponerlo en palabras mucho menos en pensamientos, es solo que Yuri nunca había escuchado esas palabras antes en su vida entera y Viktor era capaz de soltarlas frente a frente como si se tratara de poca cosa, aunque viniera con toda una carga sentimental inmensa, para Yuri escuchar aquello era digno de Shock. Nunca había tenido celos, jamás le habían dicho te amo. La primera vez que lo hubiera escuchado, seguramente había sido en labios de Viktor semanas antes… pero ahora lo soltaba con obviedad. Se acaloraba. Quería entrar en un estado de porcelana eterna, pero Viktor apenas le permitió respirar, pues en ese mismo instante con sus largas piernas de soldado caminó adentrándose apenas a inicios de los corpulentos árboles.

El omega siguió sus pasos con sigilo, incluso él podía sentir un poco de temor al entrar solo al bosque con un alfa, o quizá no es que sintiera temor, sino que le habían programado para creer que eso debía de darle miedo. Y aunque Viktor era Viktor, la forma tan brutal de su andar hacía que su corazón latiera acelerado.

El sentimiento de seguimiento fue corto, pues Viktor apenas caminó zancadas cuando Yuri le alcanzó y vislumbro con sus propios ojos una imagen medio oscurecida por las copas de los árboles, se trataba de una cuerda negra de cuero larga atada en círculo a un tronco rugoso marrón de sauce, el cordón guiaba a la imagen corpulenta de una preciosa criatura, con diamantes en los ojos, satín en el pelo y seda entre sus patas, sus pezuñas eran como garras de león y su pelo brillaba como perlas, ondulaba como olas, batía el aire con unas pestañas tan negras y espesas que parecían el mismo cielo nocturno, con estrellas incluidas. Un hocico suave, músculos de toro y la altura de un ciprés.

Tenía la melena rizada y el pelo café, el hocico rosado y negro. Era un semental de primera clase. El caballo de Viktor.

El caballo de soldado en el que solía montar y Yuri ya le había visto, se trataba de su otra mitad en el mundo animal. Y Yuri contuvo la respiración porque era un cabello bellísimo, que Viktor cuidaba y mimaba con sus propias manos, le acariciaba el hocico y le hablaba con la ternura de una madre.

―Yuri, este es mi Makkachin ― sonrió sujetándole la cabeza ― lo he cuidado desde que era un bebé, mi más inseparable compañero. Mi belleza…

Por supuesto no mentía, el caballo era bello como solo uno en el mundo podía serlo, además era de un tamaño descomunal, y profesaba el cariño de un humano a otro, las barreras de especie casi ni eran notables.

―Ven, acércate… ― Viktor se le puso enfrente y extendió su mano blanca hacía Yuri.

―¿De verdad… puedo? ― preguntó nervioso

―Claro que sí, Makkachin es muy tierno y amigable ― le sonrió con dulzura ― además eres el primer omega que le presento… quiero decir…

Yuri pone los ojos en blanco, Viktor podía ser un poco descuidado cuando soltaba comentarios extraños acerca de su casi extinta vida social, pero para nadie era un secreto, el alfa era un rompecorazones nato. Y aunque trataba de ser halagador al decirle que se trataba del primero, Yuri no pudo dejar pasar aquella sensación nuevamente, los celos. Los cuales enterró con cuidado en su interior y se aceró al animal dignamente, en parte para no alterarle con su propia aura.

Aquel intento fue inútil pues a pesar de ser cuidadosos y un poco temeroso al acercarse e, caballo no le perdonó, de una forma juguetona se le fue encima de inmediato, suplicándole que le acariciara en el hocico o en el pelo y Yuri retrocediera asustado por unos instantes, a punto de huir, de no ser porque Viktor coloco su mano en el hombro del pelinegro y le alentó a tocar al caballo.

―Makkachin, sé más cortés ― sonrió Viktor sujetando al cabello ― lo que tienes enfrente es un ángel con muchísima clase, no es cualquier cosa. Anda Yuri, quiere que lo toques…

―¿No me hará daño? ― pregunta confuso extendiendo suavemente su brazo

―Jamás.

Al mismo tiempo Yuri comienza a sentir el suave pelaje del caballo, a acariciar con cuidado las hebras de pelo sedoso como una tela de la India, su calor y calidez, su hermosa humildad y amigable gesto que no dejaba de frotarse contra el propio brazo del omega, suplicándole que le mimara más y que se regocijara tanto como él en el encuentro.

Suavemente su timidez comenzó a evaporarse, y llevó ambas manos a la crin del caballo, pasándolas una y otra vez encima suyo como si quisiera peinarle los rizos.

―Sería un bonito modelo para practicar peinado, tiene una crin preciosa ― halagó Yuri ― mucho gusto Mi Makkachin, yo soy Yuri Katsuki. Estoy complacido de conocerte…

―Es mi Yuri, Makkachin, del que te he hablado tanto ― menciona Viktor acercándose al encuentro de los dos seres ― Makkachin ha sido mi aliado y compañero desde que yo era joven, crecimos juntos y ahora está en su mejor etapa de vida, es un caballo maduro, sano y hermoso.

―No mientes ― pegado Yuri ya estaba a esa hermosa criatura, le inspiraba un amor y una confianza ciega, rodeaba su cuello con los brazos y pegaba su frente al hermoso caballo ― es encantador.

―Makkachin y yo concursaremos juntos en la carrera ― explicó Viktor soltándole la cuerda

―Será un espectáculo adorable.

―Apuesto todo por él ― rio Viktor en voz baja ― ahora… ven, sube.

―¿Qué? ― asustado Yuri tuvo la extraña sensación de las manos de Viktor en su cintura, empujándole suavemente, la silla del caballo apareció a su lado ― No, Viktor, no puedo subir…

―¿Cómo? ¿No sabes montar? ― se preguntó Viktor antes de impulsarlo arriba

―No es eso, es que… ― balbuceó nerviosamente

―Anda, no tengas miedo, Makkachin sería incapaz de dañarte.

No hubo más remedio, Viktor puso ambas manos a los costados de su delgada cadera y antes de que Yuri pudiera sonrojarse, le impulso arriba hasta que su cuerpo estuvo a la altura de la silla, que parecía demasiado arriba, y le dejó sentar sobre ella, como si fuera un suave cojín de plumas de cisne, Yuri se aferró a las cuerdas en ese mismo instante y Makkachin apenas se movió, parecía un peluche, demasiado cómodo, muy cálido.

―Pero… ¿Qué haces? ― preguntó un sonriente Viktor desde abajo, mirando con desaprobación.

―¿Qué dices? ¡Estoy montando!

―¿Cómo vas a montar con la pierna así? ― inquirió Viktor ceñudo

―Así nos han enseñado, es a la inglesa ― explicó Yuri como si Viktor de verdad desconociera este hecho.

―Mi querido, no necesitas hacer esa ridiculez cuando estás conmigo, siéntete libre de montar de la forma más cómoda que te imagines ― Le sonrió, esa sonrisa ― quiero que estés cómodo, feliz, que te sientas bien, que hagas lo que quieras. No necesitas imágenes falsas, no necesitas complacer a nadie, hazlo como gustes, hazlo todo como gustes, yo nunca te voy a juzgar.

Yuri lo miró, dudando. Parecía que no se cansaba de moverle el piso, la casa, la alfombra, cada construcción social que había taladrado en su mente, la removía con facilidad y jugaba con sus propias consideraciones. Sin nunca haber intentado siquiera abrir las piernas alrededor de un corcel, sin más lo hizo, descubriendo porque los alfas y los hombres en general lo hacían de ese modo, porque la sensación era distinta y mejor, no había un extraño dolor en la cadera y la vista era más amplia y mejor, sonrió con todos los dientes, asombrado del nuevo descubrimiento. Airoso.

―¡Viktor! ¡Quiero montar así por siempre! ― feliz dio un golpecito en Makkachin y comenzó a trotar con él, fuera del bosque.

Viktor le siguió a un lado, paso a paso.

―Quiero que tengas voz, palabra y voto en todo… ― murmuró el alfa con un dejo de sentimentalismo― no porque yo sea un revolucionario. Sino porque para mí, tu eres lo más preciado que existe y tu felicidad es la mía. Monta como gustes, elije siempre.

Yuri le dejó atrás, porque el caballo era rápido, mucho más rápido que Viktor, pero le escuchó con atención. Y sintió por primera vez en su vida que era un ser humano en su total plenitud, no el juguete de alguien y no el omega de cualquiera. Viktor le hizo sentir… pleno.


N/A: ¡Hola! Se que ha sido una eternidad, pero realmente me tardé muchísimo más de lo pensado en este capítulo, sobre todo en la primera parte, quería que el castigo de Yuri fuera perfecto y al final no quedé muy convencida, pero espero que a ustedes se las haya estrujado un poco el corazón.

Por otra parte, perdonen si los atareo un poco con todo el discurso ideológico me parece importante recalcar ese tipo de cosas para que los sentimientos de los personajes queden claros y también sus intenciones.

Muchas gracias por todo su apoyo y por sus reviews, ahora mismo no tengo tiempo de responderlos adecuadamente, pero en el siguiente capítulo sí que lo haré. También miles de gracias a los lindísimos guests. 3

Ya saben que si quieren ver los atuendos y los fanarts que hay de este fic pueden agregarme en mi Facebook; Magi Allie y revisar los albums.

Nos leemos pronto, gracias a todos.