Hísië (bruma)
III
Nubes oscuras cercaban el rostro céreo de la luna. El aire prodigaba a los hombres dormidos sus caricias. Sentado frente a la hoguera Faramir no hallaba reposo. Entre los árboles se extendía la niebla. Sus ojos vagaban por las sombras del bosque. Eventuales rayos sacudían el silencio sepulcral. El crujir de las llamas le quemaba los oídos.
—Señor ¿gusta? —el soldado que hacía guardia le tendía una botella.
Faramir bebió un trago. El vino era áspero. Los troncos crujían, como si intentaran moverse. Las ramas bajas susurraban, Faramir podría jurarlo; el soldado no lo notaba.
El bosque se mostraba desconfiado con él, pensó Faramir. Leía la deslealtad en su rostro, los engaños, la mentira. Sacudió la cabeza, los árboles no conocían sus intenciones. Ni siquiera él las conocía... ansiaba que llegara la mañana.
—¿Te vas? —la debilidad en su voz lo avergonzó.
Legolas asintió vigoroso, la sonrisa plena. El largo cabello descendía por su espalda. Faramir lo tomó de los hombros. Rememoró la dulzura de la piel. Lo acercó sin hacer nada más.
—Tan pronto —divagó Faramir. Legolas lo miró confuso—. Te acompañaré.
Los cabellos se movieron con la negativa. Faramir perdió sus manos en la cascada de sol.
—Los hombres son lentos —dijo Legolas, los labios rozados y tibios, tentadoramente húmedos, se abrieron—. Un jinete elfo no tiene comparación.
—Escribiré a tu padre. Le pediré tu mano como corresponde.
Legolas lo miró asustado, sus ojos miel imploraban. Faramir lo abrazó.
—Lo prometiste —musitó Legolas.
—No quiero que te vayas. ¡No te dejaré ir! —masculló enfurecido—. El futuro príncipe de Ithilien crece en tu vientre. Nos casaremos, serás feliz —se apresuró a decir—. ¡Te haré feliz!
Faramir lo besó. Estrujó el cuerpo menudo que no se resistía.
—Lo prometiste.
—Quisiera no tener palabra elfo —Faramir le dio la espalda. La amargura no estaba sólo en su voz—. Vete, antes de que me arrepienta...
Faramir aflojó las cintas de la capa. El aire le sabía pesado. Cada día de aquel viaje le parecía interminable, una noche en el bosque era una travesía sin fin. Se pasó las manos por el cabello. Tenía los dedos rígidos, acalambrados. Le desesperaba estar cerca de Legolas y tener que esperar. Miró sobre su hombro, un camino se abría entre los árboles y lo llamaba.
—¿Señor? —preguntó el soldado cuando lo vio levantarse.
—Daré una vuelta.
—¿No has pensado casarte?
Faramir se recargó en la enramada. Las flores amarillas esparcían su olor, el perfume era repulsivo, molesto.
—Conozco a una encantadora princesa —continuó el Aragorn.
—¿Buena esposa y madre? —Faramir sonrió.
—No podría asegurarlo —bromeó Aragorn. Se apoyó en el bastón y puso una mano sobre el hombro de Faramir—. Está enamorada.
—¿De quién?
Aragorn enarcó las cejas. Le dio un manotazo en la espalda.
—No la hagas sufrir. No encontrarás una esposa mejor que la dama Eowyn, créeme.
Faramir aplastó una flor. El pestilente aroma le produjo nauseas...
La hierba murmuraba debajo de sus botas. Los matorrales crujían detrás de él, como si algún animal salvaje intentara alejarlo; al volverse no hallaba nada extraño. Diminutas lágrimas de luna hacían senderos en las copas de los árboles. La noche inquietaba a Faramir. Su respiración se aceleraba. Sentía la piel de su espalda tirante, fría.
—¡Princesa de Ithilien! —cuchicheó Arwen emocionada.
La dama Eowyn sonrió. El vestido azul, entretejido de lazos y cintas, resplandecía con su sonrisa. Su cabello caía suelto sobre los hombros desnudos. Al otro lado de la habitación Faramir brindaba con Aragorn y Eomer.
—Es una gran mujer —dijo Eomer—. Hazla feliz, se lo merece...
Un relámpago partió el cielo. La lluvia cubrió el bosque. Faramir aminoró el paso. El agua no le traía ningún consuelo. Respiró despacio. La fatiga le pesaba en los pies. Las frías gotas le corrían por la cara. Hilos de agua resbalaban por sus manos.
Se cobijó debajo de un árbol. La oscuridad era la sombra del bosque. La luz de la hoguera, el humo, se había dispersado. Estaba perdido, sin embargo no sentía angustia. Aragorn lo buscaría. Le pareció que la lluvia duraba la noche entera, las gotas crepitaban contra la tierra. Riachuelos de hojas secas y tierra corrían entre los árboles.
—Legolas —llamó.
La lluvia fue decreciendo. La luna apareció sobre el bosque. Faramir levantó la cara. Jirones de nubes se disputaban el rostro de las estrellas.
En la lejanía volvió a alzarse la torre de humo. Aragorn ordenó que no se dejara extinguir el fuego. Era una señal para los elfos. Las fronteras del Bosque Negro se hallaban cerca.
—¡Se va! —los ojos de Eowyn se humedecieron.
Arwen la abrazó. Sentía el dolor de su amiga. Unos campesinos encontraron a Hwesta, el caballo de Legolas. Hacía más de dos meses que partiera al Bosque Negro y no se había recibido ninguna noticia. Arwen confesó a Aragorn que al marchar Legolas estaba embarazado. El rey disponía una escolta, y Faramir postergaba su casamiento para ir en busca de Legolas.
—Será poco tiempo —dijo Arwen con voz suave.
—¿Cuánto?
—A buen paso llegaran al Bosque en un mes.
—¿Por qué debe ir? —Eowyn se mordió los labios—. Si el rey se marcha ¿no debería quedarse Faramir? ¿Quién se hará cargo del reino? —dijo inquieta.
—Gondor tiene una reina —respondió Arwen.
—Lo siento —se disculpó azorada—. Ya no sé lo que digo —se frotó las manos—. Faramir no quiere verme. ¡Hay algo extraño, hay algo..!
Arwen estrechó su abrazo. El príncipe de Ithilien iba a pedir la mano de Legolas...
Faramir no encontraba el camino de regreso. Las sendas no eran las mismas. Bordes y recovecos surgían donde el sendero fue plano. Las raíces lo hacían tropezar. Los troncos se inclinaban caprichosos, formaban extrañas figuras, alargaban, amenazantes, sus dedos de madera.
Escuchaba la voz de Boromir, lejana, dispersa entre las ramas y los arbustos, apresada en las flores cerradas. Las enramadas formaban el rostro muerto. La boca se abría en un lamento, un reclamo. La voz de la dama Eowyn corría detrás de él, exigiendo su palabra.
Faramir caminaba cada vez más rápido. Las voces lo acosaban, exigían, imploraban. Las ramas rasgaban su capa, las mangas de su ropaje. Resbaló y se puso en pie. Le faltaba el aire.
Se sentía observado, una poderosa fuerza lo juzgaba. No eres bien recibido, parecían susurrar las hojas, hombre sin honor, vuelve con los tuyos. Faramir miraba a uno y otro lado, el sudor le corría por la frente. Desenvainó la espada dispuesto a atacar al imaginario enemigo. Lanzó un golpe contra un árbol y fue lanzado al suelo.
—Atan (hombre) —la voz surgió de las altas ramas y se repitió entre los árboles.
En las ramas apareció una figura, Faramir entrecerró los ojos. La figura resplandecía, la luz de las estrellas ilumina su cabello y el aura de la luna coronaba sus pies.
—¿Quién eres? —preguntó aterrado.
No recibió respuesta, no había nadie en el árbol. Un sentimiento de humildad ante el bosque surgió en su pecho. Se levantó, tambaleándose por la impresión. Frente a él se abría un sendero libre de maleza.
Empezaba a clarear cuando volvió al campamento. Aragorn ya estaba levantado. Caminaba con dificultad, el lodo entorpecía la fuerza de su bastón. Los soldados lo seguían con la mirada, se mostraban inquietos, no estaban preparados para ver caer al gran rey de Gondor. En la hoguera se cocinaba un guiso de buen olor. Faramir tomó un cuenco y se sirvió.
—Al fin vuelves —le reprendió Aragorn afectuoso. Se sentó a su lado—. Estás hecho un desastre.
Faramir paladeó el caldo. El líquido caliente confortaba su cuerpo.
—Me perdí —sonrió.
—Anoche tuvimos una visita —dijo Aragorn. Tomó el cuenco que le ofrecía un joven soldado, el pedazo de pan que le alcanzó Faramir.
—¡Eran elfos, señor Faramir! —dijo el joven soldado.
Aragorn se río de su emoción. El soldado enrojeció.
—Elfos —murmuró Faramir. La figura resplandeciente apareció en sus pensamientos.
—Era un grupo de exploración —continuó el rey—. Seis, quizá siete, las señales son confusas.
—¿Es bueno?
—Nos esperan, —dijo Aragorn—. Lo que suceda después no sabría decirlo.
—No me iré sin Legolas.
—Primero debemos averiguar si está vivo —el semblante de Aragorn cobró una expresión molesta—. Arwen debió decírmelo, no lo habría dejado partir solo.
—Yo también sabía —replicó Faramir.
—Tú no me creíste, no conoces de elfos, —Aragorn crispó los dedos, bajó la voz—. ¡Arwen conocía el peligro y no me dijo nada! Respetar el silencio de Legolas, ¡tonterías!
—No te enfades con ella, hizo lo que creyó mejor.
—No la defiendas —dijo Aragorn desdeñoso—. Te daré un consejo Faramir, no confíes en ninguna mujer.
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La brisa nocturna permanecía encerrada en la vieja casucha. Un árbol crecía en el centro de la habitación, las ramas se alzaban contra el techo y las paredes. Ruiseñores blancos anidaban en las altas ramas, donde las hojas eran espesas. La tormenta evidenció algunas goteras. Los brillos de agua eran dorados al caer, verdes al encontrarse en el suelo con las raíces, donde formaban pequeños estanques.
Minastan contemplaba las mariposas de lluvia con ojos adormilados. Yacía en el suelo, cobijado con gruesas mantas. La ardilla, una bolita peluda y rojiza, que gustaba de morderle el cabello y las orejas, correteaba entre las mantas. Minastan se sentó, estaba desnudo. Se frotó los ojos. El amanecer, con sus rayos de oro y fuego, se asomaba a la desvencijada ventana. Era temprano, juzgó Minastan, volvió el rostro. Aiwëndil seguía dormido.
—Su majestad es un flojo incorregible —la voz vibró con un eco de dulzura.
Minastan se levantó. Rebuscó en las ramas del árbol hasta dar con un cofrecillo de madera. Volvió al improvisado lecho y se sentó, dándole la espalda al príncipe. Del cofre extrajo un atado de hierbas, un cuenco de madera y una piedra.
Aiwëndil abrió los ojos. Se acostó de lado. Gotas de agua caían desde el techo. Sus ojos vagaron por el fragante musgo de las paredes. Por la espalda de Minastan. La trenza que descendía hasta las nalgas. La ardilla que le mordía una oreja al pelirrojo y corría despavorida cuando éste la espantaba, para regresar a la carrera un instante después.
—Ningún remedio contra el amor, —cantaba Minastan en un murmullo—, ni ungüento, ni leves polvos hay...
Los dedos largos del pelirrojo se cerraban sobre la piedra, estrujaban en el cuenco una mezcla de hierbas y flores. Aiwëndil frunció el ceño. Era el remedio que le impedía a su semilla echar raíces en el fértil vientre.
—Creí que eso ya no era necesario —Aiwëndil remarcó cada palabra. Se sentó y trató de quitarle el cuenco.
—Son otras hierbas —atajó Minastan—, para las molestias... Alassea ree (Buenos días).
—¿Qué hacemos aquí? —inquirió Minastan con aire molesto. Aiwëndil lo sacó de la fiesta cuando los músicos tocaban su pieza favorita—. Ekkaia...
Aiwëndil jaló a Minastan por un brazo, lo acorraló contra el árbol. Reclamó su boca con un ardor que no admitía replicas. Minastan lo empujó. Aiwëndil se apartó, tenía el entrecejo fruncido, los ojos grises brillaban furiosos.
—No lo menciones —siseó. Acarició con lo suyos los labios del pelirrojo—. No digas su nombre.
Minastan no lo escuchó. Se vio a sí mismo en otro tiempo. Esto ya lo viví, se dijo. Se vio joven, ingenuo, con los sentimientos encerrados en la garganta. Rememoró la rabia que le provocaba Aiwëndil cuando lo abrazaba y lo llamaba hermanito. La desesperación, las ganas de que lo tocara para algo más que jalarle el cabello.
Le temblaron las piernas. La boca de Aiwëndil lo asfixiaba. No encontraba la sensatez. Las manos subían dentro de su vestido. Le separaban los muslos.
—Si no dices... que quieres llegar virgen... a la boda —jadeó Aiwëndil— no me detendré.
La vieja broma de novios, recordó como una bofetada la frase que ponía fin a las inapropiadas caricias. Minastan sintió una terrible necesidad de llorar.
—No hay ninguna boda en mi futuro —respondió con voz quebrada. Tenía el pecho agitado, la piel temblorosa. Apretó su erección contra la de Aiwëndil. Ahogó los gemidos en un beso.
Cada caricia, cada palabra de Aiwëndil era un recuerdo. La primera vez que sintió esas manos debajo de la ropa. La patada que Aiwëndil no esperaba... Minastan no podía negar el paso del tiempo. Las tardes viéndolo lijar la cómoda sin forma, los días de intensa felicidad, sus ilusiones quebradas y su amor, incluso el amor, eran parte del pasado.
—Alassea ree —respondió el príncipe con una sonrisa tonta.
Minastan terminó de moler las hierbas en silencio. Aiwëndil le acariciaba la cadera. La ardilla observaba recelosa al príncipe. Consideraba al elfo pelirrojo una ardilla más.
—¿Estás seguro? —preguntó Aiwëndil. Su inquietud era la de un niño al que le prometieron un juguete y temía no recibirlo.
—¡¿Le pregunto a mi atar!? —gritó Minastan exaltado. La ardilla se subió a la cabeza del pelirrojo y miró enojada al príncipe.
Aiwëndil se apresuró a abrazar a Minastan por la espalda. Desde la noche pasada, cuando le diera la noticia, el pelirrojo estaba sereno por fuera, intranquilo por dentro. Aiwëndil le besó detrás de los hombros donde era muy sensible.
—No te enojes, sería prudente.
Minastan lo miró furioso. Aiwëndil rió con ganas. La emoción superaba sus intentos de entender la angustia del pelirrojo. Le hizo cosquillas a la ardilla que huyó ofendida.
—Es injusto —Minastan se soltó del abrazo. Los ojos violetas traslucían frustración—. Se supone que esto no pasaría.
—Atto no cabrá en si de contento —dijo Aiwëndil con frialdad.
Le dolía que Minastan se mostrara decepcionado. Él no podía quitarse la sonrisa y se contenía a duras penas de gritarlo a los cuatro vientos.
Minastan se sobresaltó, intimidado por la dureza del príncipe. Los ojos grises lo miraban sin emoción.
—Hace mucho que alcanzaste la madurez —prosiguió Aiwëndil—, tu atar entenderá que tienes necesidades. Un descuido así le pasa a cualquiera.
—Necesidades —murmuró Minastan con cierta tristeza—. Conoces a mis padres, sabes como piensan.
Aiwëndil lo sabía. Kyermë era un elfo conservador, le gustaba que las cosas se hicieran según las costumbres. Sin embargo Aiwëndil no dudaba que después de algún justo estallido recibiría la noticia con agrado. Kyermë añoraba ver casado a Minastan, con un montón de elfitos en brazos y sobre todo feliz. En última instancia podrían recurrir a Isil para convencer a su testarudo esposo.
—Déjame hablar con ellos —ofreció Aiwëndil otra vez—. Hagamos esto juntos.
—No, ya lo discutimos y mi respuesta es la misma —resopló Minastan—. ¿Trajiste el agua?
—Lo olvidé.
Aiwëndil se echó en las mantas. Olvidó a propósito, esas hierbas, y la renuencia del pelirrojo a casarse, lo ponían de malas.
—Eres un cabeza hueca —Minastan puso el cuenco debajo de una gotera—. Da gracias que la lluvia me ahorró el disgusto.
Minastan se bebió la mezcla de hierbas. Se llevó una mano a la boca, cerró los ojos mientras la nausea pasaba.
—Ven aquí —Aiwëndil tendió sus brazos. Minastan se metió en la cobija. Recargó su cabeza sobre el pecho de su amante. Los brazos de Aiwëndil lo apretaron con cuidado.
—Por qué se aleja de mí tu corazón... —cantó Minastan. Le pesaba el cuerpo de pensar lo que tenía por delante.
Aiwëndil miraba las rojizas pestañas de Minastan. La respiración apacible que seguía con la propia.
—Cásate conmigo —pidió.
Minastan suspiró. Le asustaba estar solo.
—Te amo y quiero casarme contigo —repitió Aiwëndil.
Minastan abrió los ojos, turbado. Aiwëndil lo miraba serio, determinado.
—No, —murmuró apartándose—. No soy el primer elfo soltero al que le pasa, y no seré el último, —sacudió la cabeza, un rayo de sol le iluminó el cabello—. Atto acabará por aceptarlo.
No podía creer en las palabras de Aiwëndil. Le rompió el corazón en dos ocasiones. No le daría la oportunidad de hacerlo de nuevo. Con él Minastan aprendió a resguardar su corazón de las ardientes flechas.
Aiwëndil lo rodeó por la espalda, lo meció. Las palabras de Isil se repetían en su cabeza: "Minastan está asustado y tú sabrás por qué. No estaba así antes de la boda de tu hermano."
—¿A qué le tienes miedo órë (corazón)? —preguntó quedamente.
La segunda vez que le pidió matrimonio, después de acostarse con él, Minastan lo vio con ojos enormes, terminó de anudarse el vestido con manos temblorosas y le dijo que no. Los encuentros, la pregunta y la misma respuesta se habían repetido a lo largo de dos meses.
—A mi atar —respondió Minastan, travieso.
Aiwëndil suspiró y volvió a recostarse. Minastan era una muralla inexpugnable. No encontraba la grieta que le permitiera llegar hasta él. Ningún consejo de Isil lo ayudaba a serenarse.
—Es mi problema —dijo Minastan pensativo. Cerró los ojos disfrutando de sus últimas horas de tranquilidad. Había resuelto hablar con sus padres ese mismo día—. Yo lo solucionaré.
Aiwëndil jaló a Minastan de la trenza y lo tumbó en la manta. Antes de que pudiera hablar lo besó. Larga, apasionadamente, bebió la dulce humedad del pelirrojo. Placenteros escalofríos corrían por la piel de Minastan. El beso fue perdiendo intensidad, hasta convertirse en un sutil roce de labios, en el aliento tibio que tomaban ambos. La respiración de Aiwëndil lo arrullaba, Minastan suspiró, era un sueño, se dijo y estaba a salvo.
—No es problema, capitán, —dijo Aiwëndil autoritario—. Es una bendición y quiero mi parte de ella.
—¡Me dijo que no! —Aiwëndil gritaba sin darse cuenta—. ¡Otra vez!
Isil tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse a carcajadas. Sonrió a medias, tapando su rostro con el bordado que terminaba.
—¡Sufre, bellaco! —gritó Meneltarma desde la cocina.
Aiwëndil se encaminó a la cocina e Isil oyó que le arrojaba algo a Meneltarma, su hijo mayor. Se rió al imaginar la enfurecida cara del príncipe.
—¡Rompiste el compromiso tres días antes de la boda! —decía su hija Tarinya con marcado reproche. Aiwëndil tuvo la mala suerte de encontrar a Isil en compañía de sus hijos.
—¡Eso fue hace cientos de años! —exclamó Aiwëndil—. Estoy a arrepentido, quiero reparar mis errores y no podré si ustedes dos lo mal aconsejan!
—No me culpes a mí —gruñía Meneltarma. Salió de la cocina seguido por Aiwëndil y se plantó frente a Isil—. Atarincë ¿acaso le dije a Minastan que no se casé con éste?
—Ayer mismo le dijiste que aceptara la propuesta de Ingwë, —respondió Isil risueño.
—¡Atarincë! —reclamó Meneltarma, rió nervioso. Aiwëndil le dirigía una mirada asesina.
—Es la verdad —Isil contó las flores que le faltaban por bordar, clavó la aguja en la tela—. Ese elfo no me gusta nada —se sacudió los hilos que tenía sobre el vestido—. Dicen que es muy aficionado al vino. No quiero un marido así para tu hermano.
—¿Qué propuesta le hizo Ingwë? —inquirió Aiwëndil ofendido.
—Boda, casa, hijos —respondió Tarinya y se abrazó a su atarincë—. ¿Tú quieres tener hijos? Minastan sí.
Aiwëndil abrió la boca, la respuesta que iba a dar no correspondía a la pregunta. Tarinya lo tomó desprevenido.
—Ves, —atajó Meneltarma con gesto victorioso—, no eres lo que Minastan necesita.
—¡Todavía no respondo! —se defendió Aiwëndil.
—No es cuestión de necesidades —intervino Isil—, si no de amor.
La tierna sonrisa, tan parecida a la de Minastan, apaciguó al príncipe. Isil le pidió que se sentara a su lado.
—Ayer hablé con Minastan, —Isil descansó las manos en su regazo—. No quiere casarse...
—¿Y qué harás? —preguntó Minastan.
—Si no es por las buenas, será por las malas. Te robaré y tendrás que casarte conmigo.
Minastan le dirigió una triste mirada. Deslizó sus dedos por los cabellos rubios de Aiwëndil.
—Quedémonos aquí todo el día —pidió. Acarició los hombros de Aiwëndil, la piel se erizaba con su toque.
—¿No tenías que ir a palacio? —inquirió Aiwëndil con una ceja levantada—. Si tienes tiempo, hablemos de…
No terminó la frase. Las caricias de Minastan no admitían negativas.
Vardamir se asomó por la ventana de la casucha abandonada. El olor del bosque anidaba en las paredes. A Minastan le gustaba ir allí cuando deseaba estar solo. Un rayo de sol se colaba por el techo agujerado. La luz iluminaba las hojas del árbol, el rostro ruborizado de Minastan, la mano de Aiwëndil perdida en los albos muslos.
Vardamir parpadeó varias veces. La imagen era hermosa. Se enamoró del cuerpo tembloroso que se rendía a su hermano, de los gemidos entrecortados y los temblores de Minastan. Se alejó de la ventana, rodeó la cabaña en busca de la puerta.
—¿A Rivendel?
Minastan se recargó contra el árbol, le fallaban las fuerzas. Sin darse cuenta se llevó una mano al pecho, frotó despacio. Vardamir rodeó con su brazo la cintura de Minastan, lo hizo recargar la cabeza en su hombro.
—Se fue anoche, —dijo Vardamir—, después de... hablar con tu padre.
Minastan lloraba. La herida recién hecha sangraba.
—Me dijo cosas terribles —sollozó.
Vardamir suspiró. No entendía las razones de su hermano.
—Yo me casaré contigo Minastan...
La sangre se agolpó en el rostro y el cuello de Minastan. Vardamir creyó que iba a desvanecerse, lo abrazó contra su pecho.
—¿Por qué me dices esto? —musitó—. ¿Qué me importa a mí lo que Aiwëndil haga de su vida?
—La boda se celebrará aquí.
—No me interesa.
—Vivirán aquí Minastan.
—Tenía que pasar, —Minastan apretó su arco—. Dicen que Arwen es hermosa, la imagen viva de Lúthien.
—La estrella de la tarde es en verdad hermosa.
Minastan asintió lastimado. La mesura de Vardamir lo obligaba a comportarse igual.
—Cuando Aiwëndil rompió el compromiso, —continuó el príncipe—, dijo que no te amaba.
—Lo sé, —Minastan se alejó despacio, ocultando sus ojos cristalinos.
—Aiwëndil es testarudo. No cambia de opinión con ligereza.
Vardamir quería que se desengañara de una vez. Después de la ruptura del compromiso Minastan no se relacionó con ningún elfo. Esperaba a Aiwëndil, todo el bosque lo sabía. Vardamir aborrecía a Aiwëndil por rechazar el amor de Minastan. Su hermano decidió seguir su vida, era tiempo de que Minastan tomara su propio rumbo.
—¿Algo más que deba saber, príncipe?
—En tu calidad de capitán se espera que convivas con Lord Elrond y sus hijos.
—Sé cuales son mis obligaciones.
—Llegarán en una semana.
—Estaré preparado.
—Algún día encontraras un elfo que te quiera, capitán.
Minastan le dio la razón con un leve asentimiento de cabeza. Cruzó los brazos sobre su pecho y se fue sin mirar atrás...
—Vardamir no nos saca a pasear—se quejaba el pequeño Legolas, fingía tristeza y le dirigía significativas miradas a su hermano mayor.
Arwen lo sentó sobre sus rodillas. Le acarició las trenzas peinadas con flores. Vardamir buscó los ojos de Aiwëndil. Su expresión era apacible; en sus ojos no había brillo.
—¿No? —preguntó Arwen con ternura—. ¡Que malo es Vardamir!
Legolas, con los ojos bajos, suspiró.
—Mi bebé se pone triste, —mostró la cara del muñeco envuelto en una mantilla.
Arwen rozó la cara de trapo. Peinó con sus dedos los cabellos de hilo.
—¿Quieres cargarlo? —ofreció Legolas, la tristeza se borró de sus ojos vivarachos.
—Mi atar está ansioso por cargar bebés —sonrió Arwen.
Lord Elrond levantó una elegante ceja. Thranduil soltó la carcajada y Legolas corrió a esconderse detrás de Aiwëndil.
Era una princesa encantadora, Vardamir no podía negarlo. Su paciencia con Legolas era admirable. Vardamir no notó la presencia a su espalda hasta que oyó la voz.
—Los rumores son ciertos —susurró Minastan—. Es hermosa.
Minastan pasó al lado de príncipe. Altivo, donairoso, sin mostrar la más leve señal de dolor, se presente ante el rey.
—¡Capitán! —exclamó Thranduil contento—. Elrond quiero presentarte a Minastan, el hijo menor de Kyermë e Isil.
—¡Minastan! —gritó Legolas arrebatado por una estruendosa alegría.
—¡Anarincë! (¡Solecito!) —Minastan levantó a Legolas en vilo, le besó las mejillas sonrosadas.
Vardamir miró de reojo a Aiwëndil. Había dejado caer su copa y ni siquiera lo notaba.
—¡Querido, el vino! —le indicó Arwen con voz dulce—. ¡Eres tan distraído!
Vardamir se detuvo de improviso al ver a la pareja. Dio la vuelta, maldiciéndose. Ser inoportuno era su cualidad. Se detuvo al escuchar las palabras de Arwen.
—Te gusta, hasta mis hermanos se dieron cuenta.
Aiwëndil deslizó un dedo por la frente, la nariz y los labios de Arwen.
—Me casaré contigo —dijo.
Arwen se mordió los labios. Le decepcionaba que Aiwëndil no lo negara. Se paró de puntitas, el príncipe era alto para ella, lo besó. Aiwëndil le limpió las incipientes lágrimas, como haría cualquiera de los gemelos. No había pasión en ese gesto. El amor no tenía nada que ver con su compromiso. Creí que con el tiempo, pensó la princesa.
—Podemos vivir en Rivendel, —ofreció Aiwëndil.
Arwen escuchó el desánimo en la voz de su prometido. No era por ella y eso la entristecía.
—Mi atar quiere que esperemos. Quizá no sea tan buena idea Aiwëndil...
Vardamir se aclaró la garganta. Hasta sus oídos llegó un suave "¿oíste eso?" Sostuvo la puerta que se mantenía en pie por algún milagro y tocó.
—¡Aiwëndil! —gritó—¡saca la mano de donde quiera que la tengas metida! ¡Minastan, no te escondas, es a ti a quien busco!
—¡Piérdete! —rugió Minastan desde adentro. Vardamir rodeó la casucha.
—¡Inoportuno! —le gritó Aiwëndil al verlo en la ventana.
—Ahora me explico por qué hacían tantas guardias —Vardamir sonrió burlón.
Minastan, sonrojado hasta la punta de las orejas, se ataba las cintas del pantalón. Aiwëndil seguía sentado en el suelo, su desnudez cubierta por la cobija.
—Si dices una palabra de esto...
Minastan le dirigió una mirada asesina. Con un brazo metido en el cuello de la camisa y una bota a medio poner, la amenaza era poco efectiva.
Vardamir se cubrió la boca con una mano. Su expresión era una mezcla de travesura y culpa.
—Demasiado tarde. En éste momento, Kyermë se pregunta dónde pasaste la noche.
Minastan palideció. Los ojos violetas no podían abrirse más.
—¿Tú..? ¿fuiste a mi casa?
—¿Dónde más? —Vardamir se cruzó de brazos—. Pasé la madrugada entera buscándote y no estabas en ningún puesto de guardia, ni en palacio, ni…
Minastan manoteó, aturdido. Se sacó la camisa de la mano y se la arrojó a Vardamir.
—¡Ya entendí!
Vardamir se quitó la camisa del rostro. Sus ojos miel brillaban con un toque de lujuria.
—Capitán ¿harás algún baile sensual para mí?
—¡No digas tonterías!
Las risas de Aiwëndil acompañaron a las de su hermano. Minastan resopló, le arrojó una bota a Aiwëndil.
—Si me hubieran dicho algo de esto —se quejó Vardamir—, los cubriría. Nadie le dice nada a este pobre príncipe. ¿Desde cuándo hacen esto? ¿Cuántas veces por semana?
—¿Por qué la urgencia? —preguntó Minastan malhumorado.
Vardamir dejó de sonreír. La preocupación y la desconfianza se traslucieron en su voz.
—El rey Elessar está en las fronteras del bosque.
