Lo que experimentaba en la cabeza, no sólo en la parte física concerniente a los órganos escondidos bajo el cráneo, sino también en la mente y en una aureola que parecía superar por algunos centímetros los lindes del cuerpo, más que de dolor se trataba de aletargamiento. Sentía todos los músculos, en especial los de la cara, en exceso relajados, lo cual aportaba a su sensación de liviandad. A veces olvidaba hacia dónde se estaba dirigiendo, por lo que se veía obligado a detener la marcha para hacer memoria. Veía pero no veía. Frente a sus ojos, vacíos y carentes de brillo, así se les hubiesen antojado a cualquiera que los observara en ese momento, se repetían sin pausa ni orden escenas de cuerpos humanos, desnudos, sudados, amontonados unos sobre otros, gimiendo de gozo y de excesos. Y, detrás de ese aglutinamiento deforme, casi monstruoso, pero aún así extrañamente tentador, una figura delgada y de refulgentes ojos violáceos pronunciando un nombre, una y otra vez. Él también lo repitió, saboreando cada sílaba:
—...Pride... Pride... Pride... Yo soy Pride... Yo soy...
Se paró en seco casi de un salto al reconocer la puerta. Ahora se acordaba; estaba dirigiéndose a su casa. Su casa, en donde vivía con su hermano Alphonse, su asquerosamente inocente hermano Alphonse, tan inocente que no había acertado en descubrir lo hundido y atormentado que estaba quien vivía bajo el mismo techo. Su casa, en donde había vivido su madre, quien lo abandonó cuando más creía necesitarla. Su casa, en donde había vivido su padre; no encontraba palabras suficientemente abominables para cualificarlo. Se dio cuenta que de pronto sentía demasiado, que su corazón latía muy rápido, que tanto destape de sentimientos le provocaba náuseas. Sin ganas de buscar su propia llave, oprimió el botón del timbre.
De haber contado con su percepción normal del entorno, habría oído voces lejanas dentro y le hubiese parecido extraño que tardaran tanto en abrirle. Pero no pensó en nada similar ni se movió hasta varios minutos después, cuando los cerrojos crujieron y detrás de la puerta pintada de color crema apareció un rostro conocido.
—Ed... —dijo la rubia muchacha con un hilo de voz. Sus ojos azules, vidriosos, intentaban comunicarle algo que su boca no se animaba a advertir. Los labios le temblaban.
Pero para él, que tenía la mirada y la mente en un sitio bastante lejano, los signos de esa realidad eran mudos e invisibles. Comenzó a caminar hacia el frente, obligando a la muchacha a hacerse a un lado y a empacharse con sus advertencias indecibles y sus temores.
—¡Bienvenido!—oyó que una voz desconocida exclamaba con entusiasmo apenas la claridad de la sala de estar lo cegó casi por completo. En cuanto recuperó la capacidad de ver, lo primero que le llamó la atención fueron dos bultos que yacían sobre el suelo. En uno de ellos reconoció a su hermano menor, atado de pies y manos y amordazado. Y en el otro, encontrándose en las mismas condiciones, reconoció a... No. Imposible.
—Tú...
"... ¿qué haces aquí?", fueron las palabras que se sucedieron en sus pensamientos. Durante una milésima de segundo se desorientó, preguntándose dónde demonios las había oído. Sin embargo, enseguida retornó a la situación. No había tiempo para otra cosa. La sangre parecía haberse suicidado de su cuerpo con tanta violencia que le dolían las venas. Su corazón insistía en enterrársele en el estómago.
—¡¡NOO!!
El agudo grito femenino lo forzó a girarse sobre sus talones por acto reflejo. Pronto comprendió el motivo de tan estridente sonido: alguien, un hombre joven, le apuntaba directamente a la cabeza. Esa cabeza que hasta hacía unos minutos se hallaba tan adormilada, tan volátil, y ahora amenazaba con explotar en cualquier momento debido a semejantes niveles de aturdimiento. Al hombre no lo conocía. Winry, la chica rubia(acababa de atrapar su nombre de entre las miles de palabras que viajaban por su mente a la velocidad de la luz), lloraba.
—No es mi intención matar a la muchacha, Edward, así que si haces lo que te ordeno y la inmovilizas del mismo modo que ella tan obedientemente ató a tu padre y a tu hermano, la dejaré con vida.
Winry lloraba con más ganas, balbuceando —¡Perdón! ¡Lo siento!—entre lágrimas y gimoteos. El aludido no se movía.
—¿No piensas hacerlo?—continuó el extraño. —Bueno, tu amiguita accedió a abrirte la puerta calladita la boca porque le aseguré que si se negaba mataría a Alphonse, cosa que de todas maneras pienso hacer, así que está bien que no confíes en mí. Yo tampoco lo haría—agregó con sorna, mostrando sus dientes un poco filosos tras esbozar una macabra sonrisa. Al no vislumbrar, nuevamente, ninguna reacción de parte del muchacho, estiró la mano para tomar a Winry por los cabellos y la arrastró hasta el baño, cerrando la puerta detrás de ella y colocando una silla para evitar que escapara. —¡Y nada de gritos o tendré que matarte a ti también!
Por unos instantes permanecieron callados, oyendo el llanto entrecortado proveniente del baño. Luego, Alphonse, quien había logrado deshacerse de la mordaza, interrumpió el falso silencio:
—¿Qué quieres? ¿Por qué nos haces esto?—quiso saber, habiendo reconocido a Greed como el guitarrista de Pewflexxx.
—¿Que qué quiero? Mh... Digamos que estoy haciéndole un favor a alguien. Mi amante es terriblemente lento, así que me ocuparé de lo que él ya tendría que haber hecho.— Extrajo un cuchillo de una de sus botas de cuero y se acercó a Edward, quien no había dejado de observarlo fijamente, aunque sin expresar absolutamente nada con su mirada. —Veamos... ¿qué te habría hecho él? Bueno, más allá de todo lo que ya te hizo. Quizá... quizá te habría arrancado uno de esos lindos ojitos dorados que tienes.
Alphonse chilló de terror cuando Greed apoyó la punta del cuchillo sobre el párpado superior de su hermano mayor, pero Edward ni se movió.
—Vamos... ¿No vas a gritar? ¿A suplicar clemencia? ¿Ni siquiera a temblar?
Nada. El rubio parecía en trance aún con los ojos fijos en los del guitarrista. Apenas se lo notaba respirar. Aquella actitud irritó muchísimo a Greed, quien, sin pensarlo, le asestó un fuerte golpe con la culata de la pistola en la cabeza.
La habitación se colmó de los gritos de un atemorizado Alphonse, pero ninguna visible reacción se produjo en Edward.
—¿Así que quieres hacerte el duro, eh? Bien... entonces, te arrancaré los dos ojos y te los haré tragar, y luego te cortaré todos los dedos de las manos y te los introduciré uno a uno en el trasero antes de hacerle lo mismo o algo peor a tu hermanito. ¿Qué te parece? ¿No te parece nada eso?
Y, como la respuesta a todas las amenazas fue siempre la misma, Greed perdió todo control sobre sí mismo y le clavó la hoja entera del cuchillo en uno de sus hombros para finalmente oír el tan esperado grito de dolor de su víctima. Ésta cayó de bruces al suelo, notando cómo una mancha color bordó se expandía en su ropa. El dolor era tan real, tan real...
—¿Sabes, chico?—le dijo, viendo cómo éste se retorcía con el frío metal aún incrustado en su profunda herida.—No son de gustarme este tipo de cosas, pues la tortura y el sadismo son más asuntos de mi amante. Pero si hay algo que me enfurece, es que toquen mis pertenencias... ¡Mis pertenencias no-se-tocan!—exclamaba mientras aferraba el mango del cuchillo para agrandarle la herida.
Fue en el instante en que Edward creyó que se desmayaría a causa del sufrimiento, cuando se oyó a la puerta de entrada abrirse de un golpe. Greed intentó recuperar su arma del cuerpo del joven, pero aquella se encontraba demasiado hundida, así que no logró extraerla ni tampoco hacer reaccionar la mano que llevaba la pistola antes de que Envy le diera una patada que terminó por arrojarlo al suelo.
—Pero miren quién llegó a la fiesta—dijo el castaño, incorporándose sin dificultad y aprovechando que Envy no se había acercado lo suficiente para apuntarle. Éste, reparando por primera vez en el arma de fuego, apretó los dientes y se recriminó el haber escogido un amante tan imbécil.
¿Hay alguien por ahí todavía?
PD: La frase que Edward recuerda ("Tú... ¿qué haces aquí?") es algo que Envy le dijo en el primer capítulo, cuando lo reconoció a la salida del antro, antes de violarlo =D
