9. El fin del principio
Sentía frío. Una de sus manos estaba caliente y eso la reconfortaba un poco. Quiso abrir los ojos, pero no pudo. El cansancio le impedía hacer cualquier movimiento, incluso le costaba respirar. Lo único que logró fue mover apenas uno de sus dedos. Luego, oyó un suspiro por parte de alguien que parecía ser el que sostenía su mano. Al escucharlo, usó todo lo que le quedaba para entreabrir sus ojos. Por suerte fue suficiente como para divisar entre la penumbra quién era aquel que la acompañaba.
Ulquiorra estaba sentado junto a la cama, con los ojos cerrados mientras sostenía la mano de Orihime. Se veía calmado, pero había algo extraño en él, algo que compungió el corazón de ella. Tenía unas marcadas ojeras alrededor de sus ojos y parecía más pálido de lo que habitualmente era. No lograba entender qué era lo que estaba sucediendo. ¿Por qué él estaba allí? Además, ¿dónde estaban? No era la bonita casa del bosque. Intentó pronunciar su nombre pero nada salió de sus cuerdas vocales. Le dolía el cuerpo. Miró hacia abajo y notó que estaba vendada.
Ulquiorra se movió, apretando la mano de Orihime y dijo algo que ella no pudo oír. De pronto, recordó todo. Recordó la escena, la última escena que había vivido. Y recordó lo que había dicho, le había dicho que lo amaba. Y realmente lo hacía. Sonrió levemente.
− Hola, Orihime − la voz de Ulquiorra se coló por sus sentidos. No sabía si era real o si su mente le estaba jugando una broma. Pero luego vio los ojos verdes de él mirarla. Ella apenas podía verlo a través del pequeño espacio que sus párpados habían logrado abrir. Intentó responder, pero no lo logró.
Él la observaba. No podía afirmar que estaba despierta, pero tenía confianza en que lo haría. Sabía que estaría bien, que se recuperaría y que volvería a ver su hermosa sonrisa. Su rostro se ensombreció y volvió a su lugar estático en la silla.
La puerta de la habitación rechinó al abrirse. Soltó la mano de Orihime y se mantuvo en silencio. Unos pasos se acercaban. Reconoció inmediatamente de quién se trataba y apretó los dientes.
− Ichimaru sama − dijo. Gin, sonrió.
− Aizen taicho te llama. Solicita tu presencia inmediatamente − hizo una leve pausa. − Parece molesto − giró su cabeza y miró a Orihime. Ulquiorra volteó rápidamente, mirándolo con ojos turbios.
− Iré en un momento − fue lo único que salió de su boca, intentando sonar como siempre.
− No − Gin entornó sus ojos hacia él, muy serio. − Vienes ahora conmigo − volvió sus ojos a la mujer. Ulquiorra se levantó en silencio, colocó sus manos en los bolsillos, miró de reojo a Orihime y se dispuso a salir junto a Gin.
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− Al fin llegas, Ulquiorra − fue el saludo de Aizen. − Me extrañó que no hayas venido a hacer ningún reporte de lo sucedido en el mundo humano, teniendo en cuenta estas tan especiales circunstancias − miró al Espada a los ojos. Estaba sentado en su sillón con una taza de té en sus manos. Ulquiorra clavó su mirada en él fríamente, queriendo averiguar qué era lo que quería decir. − ¿Por qué actuaste de esa manera, Ulquiorra? − preguntó a continuación. Tomó de su té. Ulquiorra estaba confundido. ¿Qué quería que le respondiera? ¿Realmente sabría algo de lo que pasó entre ellos mientras estuvieron en el mundo humano? Abrió la boca para contestar, pero se detuvo cuando Aizen sonrió. − ¿Ella falló? ¿Fue por eso que tú la mataste?
− La mujer no falló − respondió inmediatamente. − Y yo… yo no la maté
− ¿No? − tomó otro sorbo de té. − Entonces dime, ¿por qué tiene una herida que la atraviesa desde la espalda hasta el pecho, un pulmón colapsado y varias costillas rotas hecha con tu zampakutoh? − enumeró irónico. − Ah, me olvidaba de que el 80% de su cuerpo está quemado
− Fue un accidente − parecía defenderse de las palabras de Sosuke. Le costaba mucho esfuerzo no decir nada más. Apretó sus puños dentro de los bolsillos del hakama. ¿Tanto daño le había hecho a Orihime? ¿Por qué había salido de esa estúpida forma a defenderlo? Ella sabía que no podía hacer nada.
− ¿Accidente? Oh, ya veo. ¿Pasó algo que no tenía que pasar? − hizo una pausa sin dejar de mirarlo fijamente. Mantenía una sonrisa en el rostro. Luego, dejó su taza sobre la mesa y se puso de pie. Se acercó a Ulquiorra que permanecía estático. − ¿Acaso tuviste que castigarla porque se quitó la pulsera? − colocó la mano izquierda en el hombro izquierdo de Ulquiorra. − ¿O tal vez alguien la vio?
No podía contestarle. Menos aún decirle la verdad, ya que quedaría muy en evidencia Orihime y eso no era lo que él quería. Además, no podía comprender la postura de Aizen. Por primera vez en su existencia estaba atormentado y tuvo que ceder su mirada porque no podía sostenerse frío.
Ella se había quitado la pulsera, era verdad. Pero decirle que se había interpuesto entre Kurosaki y él para protegerlo sería mucho peor. No sabía qué era lo que debía hacer. Y tampoco podía mentirle a Aizen.
− ¿No tienes respuesta, Ulquiorra?
− ¡Aizen sama! − el grito de un arrancar de la enfermería cortó el ambiente tenso. − ¡Disculpe! − estaba agitado. Aizen quitó su mano del hombro de Ulquiorra.
− ¿Qué es lo que quieres? − preguntó de mala manera.
− La humana, Inoue sama − Ulquiorra lo miró fijo − despertó
− ¿Algo más? − Aizen le quitó importancia al mensaje.
− Si, señor. Pidió ver a Ulquiorra sama
− Muy bien − Sosuke giró su cabeza hacia Ulquiorra. − Parece que mi prisionera quiere ver a su carcelero − fue irónico. Dio dos pasos hacia atrás. − Ve Ulquiorra sama − lo invitó a retirarse con una reverencia actuada. − Más tarde continuaremos nuestra plática − el Espada movió sus pies. − Ve a terminar tu trabajo − casi ordenó. Ulquiorra quiso ignorar el sentimiento que apareció al escuchar lo que Aizen dijo. ¿Qué sería aquello? ¿Por qué estaba reaccionando así a las palabras de Aizen? Él, él no podía matarla. Jamás.
− Parece que tendremos problemas, Aizen taicho − dijo Gin cuando Ulquiorra cerró la puerta.
− No − sonrió. − Yo diría que todo salió a la perfección − Aizen giró y volvió a su asiento.
− ¿Te diviertes jugando con sus sentimientos?
− ¿Qué es la diversión, Gin? − Ichimaru lo miró. − Esto no es más que una muestra de lo ridículo que puede llegar a ser un ser que tiene este tipo de sentimientos. ¡Ja! Ni siquiera se dieron cuenta de que nada fue real − Gin no pronunciaba palabra. − Si alguien no es capaz de ver a través de las cosas sin importar lo que siente, no me sirve. Pensé que Ulquiorra sería más útil
− ¿De qué hablas, Aizen taicho? − Sosuke sonrió.
− ¿No lo comprendes, verdad? Él actuó sin ver a través de las cosas, actuó por impulso. Al final, no es mejor que la humana
− ¿Otra víctima más?
− Yo diría − se puso de pie − otra basura quitada del camino
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Ulquiorra abrió la puerta con temor. Ansiaba volver a ver la sonrisa de Orihime, pero tenía miedo de que ella no estuviera allí, de que se hubiera desvanecido después de todas esas palabras dichas por Aizen. No había dejado de pensar en ella en ningún momento, la había acompañado pero justamente cuando despertó, él no estaba con ella. Sacudió levemente la cabeza, no podía estar pensando todas esas cosas. Realmente él no era así y menos pensaba en alguien más que no fuera él mismo. Entró y cerró la puerta.
La habitación estaba en penumbras pero podía distinguir perfectamente la cama donde yacía Orihime, apoyada sobre varias almohadas. Se acercó lentamente, observándola. A pesar de sus vendajes y de que ahora sabía muy bien el daño que tenía, se veía tranquila.
− ¿Ul… quio… rra…? ¿Eres… tú? – hablaba con dificultad y se escuchaba muy agitada. Él apuró su paso, sin decir nada, quedando frente a ella. Orihime sonrió. Las vendas cubrían parte de su cara, pero se podía ver su ojo derecho y su sonrisa.
− ¿Estás bien? – dijo él, mirándola con la misma mirada fría de siempre. Lágrimas asomaron en el ojo libre de la mujer. Ulquiorra abrió los suyos un poco más y se sentó en la cama, a un costado.
− Per…don… − ¿qué era lo que estaba diciendo? ¿Por qué pedía disculpas? Si ella era la que se había arriesgado por él, recibiendo el ataque. Él no tenía ni un solo rasguño. Continuó observándola unos segundos más. La lágrima cayó.
− ¿Por qué lloras? − su tono de voz y su mirada cambiaron. Estaba preocupado. Orihime acercó una de sus manos al rostro de él, que se sorprendió. Rozó su mejilla y sonrió tristemente.
− Lloro… por… que… te… dejaré… solo… otra… vez… − dijo entre lágrimas y jadeos. ¿Solo? ¿Por qué? Si había despertado, tenía que estar mejor. − Yo… no… puedo… seguir… a… tu… lado… − seguía sonriendo y mirándolo con ternura, mientras acariciaba su cara y su cabello. Él la miraba desconcertado. – Me… estoy… muriendo… Ulquiorra…
− No digas eso − Ulquiorra apartó sus ojos de ella. Pero Orihime se incorporó juntando todas sus fuerzas, quedando sentada en la cama. Tomó la cabeza de Ulquiorra entre sus manos, obligándolo a que la mirara a los ojos. Pudo notar algo extraño dentro del verde esmeralda. Pudo notar dolor y perturbación. Lo besó tiernamente.
Ulquiorra la abrazó y ella apoyó su cabeza en el hombro de él. Podía sentir perfectamente el débil latir del corazón de la mujer. Su respiración era dificultosa y jadeaba. Orihime se estrechó fuertemente contra su pecho.
− Gra… cias…
− Soy yo el que debería agradecerte – hizo una pequeña pausa. – Ya no estoy solo y no lo estaré nunca más − sintió cómo los brazos de la chica cayeron precipitadamente a la cama. ¿Qué estaba sucediendo? La separó de él y pudo ver que sus ojos ya no tenían brillo. − Orihime… te − una lágrima rodó por una de sus marcas en la cara – amo – volvió a abrazarla.
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− Aizen sama − llamó con timidez el arrancar de la enfermería que hacía unos minutos había avisado sobre el llamado de Orihime. Sosuke se encontraba en uno de los jardines dentro de Las Noches, asoleándose sentado en una silla de jardín. Sobre una mesa había unos vasos y una jarra con un líquido rosado.
− Dime − la voz del ex capitán sonaba cansada. No miró al hollow.
− La señorita Orihime Inoue ha muerto − anunció sin pesar. Aizen giró su cabeza, mirándolo fijamente.
− Oh… ya veo − comentó fingiendo un tono de resignación. − ¿Y Ulquiorra?
− Ulquiorra sama sigue en la habitación de la humana − afirmó.
− Bien − tomó uno de los vasos. − Puedes retirarte − sonrió.
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Ulquiorra permanecía sentado en el sofá dentro de la habitación de Orihime, mirando por la ventana que dejaba ver la Luna a través de los barrotes. Observaba detenidamente aquel brillo enceguecedor que desprendía. Pero esa no era la misma Luna que miraba en el mundo humano, no era la misma que se veía desde el bosque perdido en la nada. Sentía que su corazón se agitaba con el sólo hecho de pensar en que jamás debió haber salido de aquel lugar solitario.
Habían pasado casi dos horas desde que se habían llevado el cuerpo inerte de Orihime. Pero él no había podido abandonar su habitación. Todo le recordaba a ella. Los olores y los recuerdos lo invadían constantemente y le impedían pensar con claridad. Aspiró con fuerza, con el afán de sentir aún más hondo la esencia de Orihime. Pero al exhalar cayó nuevamente en cuenta que ella ya no estaba allí con él.
Notó que la puerta de la habitación se abría y se cerraba, pero no movió ni un músculo.
− Ulquiorra, estás aquí − afirmó una voz poco amigable.
− ¿Qué quieres? − contestó él, deseando que se fuera.
− Es que − se acercó tres pasos − estuve con Syelaporro y me dijo que la humana murió − Ulquiorra se alteró levemente pero no se movió. − Me preguntaba − dijo − si sabes qué sucede cuando un ser humano muere fuera de su mundo − Ulquiorra volteó violentamente a verlo. Los ojos de Nnoitra estaban fijos en los suyos. Su expresión era irritante. − ¿No lo sabes? Pues, creo que no − bromeó. − Será mejor que me vaya, hoy no estás de humor y seguramente no te interesa lo que estoy diciéndote − giró sobre sus talones.
− Nnoitra − Ulquiorra hizo que se detenga, con una sonrisa en su rostro que él no pudo ver.
− ¿Si? − respondió saboreando la victoria en aquella conversación.
− Las almas van a lugar al cuál pertenecen − Nnoitra, después de unos segundos, se retiró sin decir palabra.
De nuevo estaba solo en la habitación. No podía dejar de pensar en la pregunta estúpida que había hecho Nnoitra y rondaba en su cabeza. ¿Podría ser que ella en verdad hubiera ido a la Sociedad de Almas a pesar de que su cuerpo yacía en Hueco Mundo en vez de en el Mundo Humano? ¿Sería posible aquello? Se puso de pié y casi enfurecido salió de la habitación en dirección al laboratorio de Syelaporro. Pero no tardó en dar con él en el pasillo.
− ¡Oh! Miren nada más, Ulquiorra sama − lo reverenció burlonamente. − ¡Que coincidencia! − gritó. − Estaba buscándote − su mirada cambió drásticamente a una muy seria. Ulquiorra no dijo nada. − Aizen sama tiene un recado para ti − prosiguió. − La humana Orihime Inoue ya no está más entre nosotros, ni forma parte de nuestro mundo − Ulquiorra abrió sus ojos fuera de si y se abalanzó sobre la Octava Espada tomándolo con ambas manos del cuello. − ¡Cálmate! − gritó, intentando no perder su compostura. − Eso es muy bueno y alentador − sonrió. − Parece que tu zampakutoh hizo un excelente trabajo − fue irónico, pero logró hacer que Ulquiorra lo soltara.
Definitivamente no tenía caso seguir con aquella riña. Si de verdad ella no pertenecía más a ese mundo, quería decir que su alma no estaba en Hueco Mundo. Pero, ¿estaría a salvo? ¿Realmente estaría en la Sociedad de Almas, como todos los humanos que mueren? El único que podría saber la respuesta era Aizen. Él era un shinigami y por supuesto sabría aquello. Pero no podía ir y preguntárselo así sin más, eso sería ponerse en evidencia frente a él. Además, no tenía sentido alguno saber eso. Después de todo él era un hollow y ella un alma humana.
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Sabía que el tiempo había corrido. No sabía si habían pasado días o meses, pero sabía que hacía demasiado tiempo que estaba allí encerrado. El vacío en su interior no lo dejaba respirar con normalidad. Tragó saliva y notó su boca empastada y seca. Nadie se atrevía a molestarlo desde hacía bastante. La última vez que alguien le había llevado comida lo echó violentamente. Y a partir de allí sólo escuchaba rumores a través de la puerta. Se había transformado en un verdadero monstruo y se sentía realmente así. Se sentía muy solo, tan solo como antes.
Dos golpes lo sacaron de sus pensamientos.
− Vete − fue lo único que dijo. Su tono era fuerte y voraz.
− ¿Acaso pretendes no atenderme? − dijo una voz mientras se abría la puerta.
− Aizen sama − Ulquiorra sonaba fatigado. Su voz cargaba angustia y rabia. Aizen sonrió al notarlo tan desesperado.
− Sólo quería saber si te interesaría ir en misión − Ulquiorra volteó a verlo a los ojos. Él seguía sonriendo. No podía entender qué era lo que estaba pensando ese hombre. − Es una misión al mundo humano − el Espada volvió su mirada a la ventana. − Necesito de tus maravillosas habilidades para quitar la basura molesta − dijo y se retiró inmediatamente, dejando la puerta abierta.
− Kurosaki − apretó los dientes con bronca. ¿Realmente era ese shinigami quién tenía la culpa de todo lo que había sucedido? Si tan sólo ella no se hubiera entrometido. Pero estaba seguro que Orihime había actuado porque él estaba allí. Era él el que tenía toda la culpa, era él el que tenía que pagar. Se levantó raudamente y casi corrió hacia el lugar donde suponía se hallaba Aizen. Quería ir. Definitivamente terminaría con la vida de Ichigo Kurosaki.
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− ¿Y ahora qué pretende Aizen taicho? − Gin ya no entendía lo que Aizen quería.
− Aprovechar toda esa ira que siente Ulquiorra para derrotar al shinigami sustituto − Ichimaru se sorprendió. − ¿Qué sucede Gin? ¿Todavía no entendiste qué fue lo que sucedió? − Ulquiorra ingresó en la sala de reuniones y el silencio reinó por unos segundos. − Me alegra que hayas decidido aceptar esta misión, Ulquiorra − Aizen sonrió. − Deberás ir al mundo humano a matar a Ichigo Kurosaki y todos sus amigos
− Como diga, Aizen sama − no podía levantar su mirada del suelo. Nunca en su vasta vida había sentido tanto rencor en contra de nadie. Pero algo en su interior era diferente, algo le decía que el que provocaba aquel sentimiento no era el shinigami sustituto. Levantó la vista.
− Siempre me ha gustado tu actitud, Ulquiorra. Siempre me has sido muy útil − enfatizó su sonrisa. − Ahora ve y termina con tu trabajo − el Espada lo miró fijamente.
− ¿Terminar?
− Si, termina con lo que comenzaste. Y sí que lo hiciste muy bien − Ulquiorra no podía comprender a qué se refería Aizen. − Realmente se te da bien terminar con la basura
Ulquiorra de pronto comprendió todo. En un impulso asesino, desenvainó su katana y se lanzó sobre Aizen, que lo detuvo con la mano sin ningún esfuerzo.
− No, no, no − dijo moviendo su cabeza, ante los ojos sorprendidos de Ulquiorra. − ¿Te das cuenta, Gin? Lo que hace en las personas ese sentimiento nefasto. Pensar que yo confiaba en ti, Ulquiorra − su mirada se volvió fría y siniestra. − Hado 90, Kurohitsugi − un ataúd negro cubrió a Ulquiorra y explotó, destruyendo gran parte de su cuerpo.
− Como suponía, aún sigues vivo − comentó Aizen luego de unos minutos. − No puedo tolerar que mis súbditos me desobedezcan, así que debo castigarte − sonrió nuevamente. Desenvainó su zampakutoh y atravesó el corazón de Ulquiorra. Pero, para la gran sorpresa de Aizen, el Espada sonrió.
− Muchas gracias, Aizen sama − dijo mientras se desvanecía.
