NdA: Gracias por comentar!

Capítulo 9 La visita de James y Lily

Harry no podía creerlo, no podía creer que los espíritus de sus padres hubieran aparecido ante él.

-Hola, cariño –dijo su madre-. No te preocupes por Draco, se recuperará en cuanto amanezca y descanse un poco. Lo que le pasa forma parte del ritual.

-¿Cómo…?

Su padre se sentó en el suelo y les indicó a él y a su madre que hicieran lo mismo. Harry obedeció, usando el almohadón que le había dado Draco. Se sentía como en un sueño. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía haber hecho eso?

-Tu Malfoy ha usado un ritual arcaico de invocación –le explicó su padre-. Sólo puede funcionar en Samhain y no se puede usar para invocar muertos de tu propia sangre. Tampoco es bueno usarlo con muertos recientes porque podrían quedar atrapados, como un fantasma.

-Oh, James, no es bueno usarlo nunca –corrigió su madre-. Harry, no debes dejar que Draco lo haga de nuevo, ¿de acuerdo? El precio es demasiado alto.

A pesar de la emoción que sentía al ver a sus padres, al hablar con ellos, Harry se alarmó de nuevo.

-¿Qué precio? Has dicho que iba a estar bien.

-Lo estará. Pero para invocarnos ha usado… Ha usado parte de su fuerza vital. Ha perdido unos meses de vida.

-¿Qué? ¡No! –exclamó, girándose para mirarlo. No quería eso, no quería ver a sus padres a costa de la vida de Draco.

-Salir ahora del círculo ya no va a cambiar eso, Harry; lo siento –dijo su padre a toda prisa-. La invocación ya ha sido hecha.

-Quédate con nosotros hasta que amanezca, cariño –le pidió su madre, alargando un brazo hacia él-. Es lo que Draco quiere. Si terminas el ritual ahora, habrá hecho ese sacrificio por nada.

Harry se pasó las manos por la cabeza.

-Oh, Dios… Pero, ¿qué quiere decir que ha perdido esos meses de vida?

-Si su corazón estaba destinado a fallar de manera natural a los ciento cincuenta años, ahora lo hará unos meses antes. Pero no debes obsesionarte por eso, Harry –dijo su padre-. Draco ha arriesgado varias veces la vida luchando a tu lado, como has hecho tú. Podríais haber muerto. Todavía podríais morir luchando. O dentro de cincuenta años podrían idear una poción que alargara la vida de los magos hasta los doscientos años. El futuro no está escrito.

-Invocarnos con este ritual ha sido una locura, estamos completamente de acuerdo contigo. No queremos que lo vuelva a hacer, puedes decírselo también de nuestra parte. Pero ahora ya no podemos deshacerlo. Y si Draco lo ha hecho, ha sido porque quería darte esto, Harry. Quería que tuviéramos esta oportunidad y creo que le dolería que la malgastáramos.

Harry se acordó del énfasis que había puesto Draco en que no se preocupara por él y no saliera del círculo antes de tiempo. Sí, eso era lo que aquel idiota quería, aunque fuera una locura. Así que honraría su deseo y después le echaría una bronca de cien pares de cojones y le haría jurar que jamás volvería a hacer algo así bajo ninguna circunstancia y después probablemente se lo follaría hasta la extenuación porque maldita sea si podía amarlo más de lo que le amaba en ese momento.

-Tienes razón… - Harry trató de dejar para después su preocupación por Draco y de concentrarse en sus padres. Aún que no terminaba de creerse que estuvieran allí-. Entonces, ¿no os vais a ir hasta que amanezca?

Ellos sonrieron.

-No. Tenemos toda la noche.

Toda la noche… Harry sólo había podido ver los espíritus de sus padres en momentos tensos en los que su vida estaba en juego. Nunca habían tenido tiempo de charlar, de conocerse. Y ahora…

-Es genial… -dijo, sonriendo también. Oh, Draco… Nunca iba a olvidar aquello.

-Sí… Hay tantas cosas que nos gustaría decirte, cariño… Cualquiera de los dos habríamos dado el mundo con tal de poder estar contigo, sobre todo cuando eras pequeño. Nunca podré perdonar a Petunia que te tratara así, nunca. Pero estuvimos allí, Harry. Sé que no podías vernos, ni oírnos ni sentirnos, pero estábamos allí, contigo, cada vez que te encerraba en esa alacena o eran horribles contigo.

Su padre asintió, corroborando con seriedad las palabras de su madre.

-No os preocupéis –dijo Harry, con un nudo en la garganta-. Estoy bien. Cuando recibí la carta de Hogwarts, todo cambió.

-Estamos muy orgullosos de ti, hijo –dijo su padre-. Y no sólo nosotros… Tus abuelos, Sirius, Remus… Fuiste tan valiente… Sigues siendo valiente.

-Y tan guapo –añadió su madre, orgullosa.

A Harry se le escapó una pequeña carcajada avergonzada.

-Mamá…

-Es la verdad. Eres tan guapo como tu padre.

Su padre le guiñó el ojo.

-Eso es ser muy guapo, Harry.

Harry sonrió dándose cuenta de lo mucho que su padre le recordaba a su hijo James en ese momento.

-¿Habéis visto a James, Albus y Lily?

Aquella pregunta hizo que sus padres comenzaran a hablar agitadamente, emocionados, interrumpiéndose el uno al otro para poder expresar lo encantados que estaban con los tres, lo dulce y maravillosa que era Lily, el coraje y la determinación de los chicos, la inteligencia de Albus, el encanto de James con las chicas. Mientras los escuchaba, Harry se dio cuenta de que había empezado a llorar, lágrimas de emoción, de alegría, que era incapaz de contener. Y algo le decía que le esperaban más lágrimas buenas en lo que quedaba de noche.

-Nos gustaría poder contarte cosas sobre el futuro, sobre los Parásitos –dijo su padre-. Pero no funciona así. Hemos cruzado el portal como tus padres y todo lo que sabemos ahora mismo es básicamente lo que habríamos sabido si no hubiéramos muerto.

Harry se mordió los labios un momento.

-Yo estuve en King's Cross, con Dumbledore y Voldemort.

Ellos asintieron con expresiones serias.

-Estuviste en el portal –contestó su padre-. Como Señor de las Reliquias, se te ofreció la oportunidad de regresar. Nos alegra que decidieras hacerlo. No era tu hora.

-¿Qué ha pasado con Voldemort? –preguntó, cediendo a la curiosidad en cuanto la pregunta se le pasó por la cabeza.

-Su camino es otro –le explicó su madre-. Pero incluso él lo comprenderá, al final. Verá la imagen completa.

-Pero ¿cómo funciona el Más Allá? –preguntó, dándose cuenta de que estaba ante la oportunidad de averiguar lo que ningún vivo sabía.

-Ya te ha dicho tu padre que hemos venido aquí como tus padres. Podemos hablar de lo que hablaríamos si estuviéramos vivos.

-¿No podéis decirme nada de eso? –insistió-. Si existe Dios o algún dios al menos o…

-No –dijo su madre, paciente.

-Vamos, Harry, ¿es realmente de metafísica y teología de lo que quieres hablar cuando tienes la oportunidad de pasar unas horas con tus viejos?

No, la verdad era que no. Podía esperar para descubrir qué había más allá de la muerte, más allá del portal, pero no quería esperar un segundo más para saber más cosas de sus padres. Así que meneó la cabeza negativamente, disfrutando como un loco con la mirada de ligero reproche de su padre porque a partir de ese día podría contar una historia sobre esa vez en la que su padre le había hecho ver lo idiota que estaba siendo al malgastar así una oportunidad de conocerlos. Cuando comprendió la magnitud del regalo que Draco le había hecho, tuvo ganas de llorar de nuevo.

-No. No, quiero saber cuáles son vuestros platos favoritos. Y a qué os gustaba jugar cuando erais pequeños. Y qué pensasteis de Hogwarts cuando lo visteis por primera vez.

Ellos sonrieron y empezaron a contestarle.


Las horas pasaron demasiado deprisa, llenas de historias, de risas y de algunas lágrimas. Harry no sentía sueño, podría haber estado allí toda su vida, escuchando a sus padres, hablando con ellos, conociéndolos como nunca había imaginado que podría conocerlos. Una noche en la que supo que le gustaban casi los mismos dulces que a su madre, que Sirius los había convencido una noche, cuando aún estaban en Hogwarts, para ir a un concierto de AC/DC, y que su padre también encontraba horrorosa la sopa bullabesa, con esas gambas bigotudas flotando, y los ojos

Era imposible hablar de sus tiempos en Hogwarts sin mencionar a Pettigrew y su padre no escondía el pesar y la decepción que sentía por la traición de su antiguo amigo. Al contrario que Voldemort, que había nacido ya sin la capacidad de amar, Pettigrew había sido un niño sano y normal que al convertirse en adulto había traicionado a todos sus amigos.

-¿Sabéis por qué lo hizo?

-Miedo, debilidad, ansias de grandeza –contestó su padre-. Siempre es por lo mismo. Pero… si se hubiera entregado después de vendernos a Voldemort, después de su muerte, al menos habría demostrado que estaba arrepentido. Pero siempre que pudo elegir, eligió mal. Excepto cuando pagó la deuda de vida que te debía.

A pesar de su disgusto, no había rencor en sus ojos. Sus padres siempre aparecían ante él con la edad que habían tenido al morir, pero Harry no se había sentido más viejo que ellos aquella noche: había una sabiduría y una serenidad en ellos que no era propia de veinteañeros. Sólo las menciones a Vernon y Petunia les hacían parecer un poco enfadados. No eran los únicos que le habían hecho daño mientras crecía, pero esos otros no habían sido las personas encargadas de cuidarlo, sangre de su sangre. La traición les parecía mayor. Harry era sincero al decir que había dejado todo aquello atrás, pero presenciar la indignación de sus padres le hacía recordar todas esas noches que había pasado en la alacena, pensando en todo lo que dirían ellos si supieran cómo le trataban los Dursley. Deseó ser capaz de visitar a aquel niño y asegurarle que sus padres lo sabían y que todo saldría bien.

Pero ese fue un tema entre los centenares que trataron esa noche, importantes y superficiales, divertidos y tristes. Harry estaba en el séptimo cielo y no escondió su decepción cuando su madre dirigió la mirada hacia uno de los ventanales y anunció que se acercaba la hora de despedirse.

-¿Ya?

El cielo aún parecía oscuro a sus ojos, pero se dio cuenta de que las velas blancas del suelo estaban prácticamente consumidas.

-Sí, sólo quedan unos minutos… -Su madre observó a Draco-. Ah, Slytherins… No saben hacer nada a medias… Dile que me gusta. Dile que todos pensamos que lo está haciendo bien. Ginny me gustaba también, pero es Draco quien puede hacerte feliz ahora. Me habría encantado poder ejercer de suegra con los dos.

A pesar de la inminente separación, Harry sonrió ante la idea.

-No voy a mentir –dijo su padre-, me resulta un poco duro aceptar que estás enamorado del hijo de Lucius Malfoy, entre todos los asnos pretenciosos del mundo. Pero supongo que la reacción de Lucius cuando lo supo valió la pena.

Su madre soltó una risita.

-Oh, sí.

Aquello confirmaba sus sospechas de que Lucius debía de estar retorciéndose en su tumba con todo aquello, pero Harry no tenía nada en contra de fastidiar un poco al que habría sido –glups- su suegro.

-Ahora en serio, Harry, me alegra que seas feliz con él –dijo su padre, con cariño en los ojos-. Eso sí, no dejes que te vuelva demasiado pijo, ¿eh?

Harry se rió.

-Prometido.

-Sí, aunque tú también eras un poco pijo en tus tiempos, James –le chinchó ella.

Su padre se llevó melodramáticamente la mano al corazón.

-¿Vas a comparar? ¡Yo no tenía ropa interior de seda!

Harry alzó las cejas.

-Eeeh, no voy a preguntar cómo sabes qué clase de ropa interior tiene mi novio.

Su madre se reía y le tendió la mano a su padre como señal de paz. Después, con las manos enlazadas, se giraron hacia él.

-Siempre estaremos contigo, cariño –dijo ella-. En esta vida y en la siguiente.

Se iban… El corazón se le encogió en el pecho.

-Nunca olvidaré esta noche.

-Nosotros tampoco –dijo su padre-. Te queremos mucho, Harry.

Las velas eran charquitos de cera, llamas vacilantes. Afuera, daba la sensación de que el horizonte era un poco menos oscuro que el resto del cielo.

-Yo también os quiero.

-Díselo también a los niños. Diles lo orgullosos que estamos de los tres y cuánto nos habría gustado conocerlos.

Harry sonrió, lloroso de nuevo.

-Lo haré.

Su madre alargó la mano hacia él como si quisiera acariciarle en la mejilla.

-Cuídate, cariño.

Harry asintió, paseando la vista por ellos como si quisiera grabar cada detalle, desde el vestido de su madre hasta el pelo alborotado de su padre, tan parecido al suyo y al de Albus.

-Os quiero –repitió.

Las velas se apagaron a la vez. La habitación quedó apenas iluminada por la luz del amanecer y ellos se fueron. Harry inclinó la cabeza y se echó a llorar.


Había un poco más de luz cuando Harry salió del círculo de velas derretidas y fue a por Draco, que había dejado de emitir ese fulgor lechoso en cuanto sus padres habían desaparecido. Harry le acarició la cara, apartándole un par de mechones rebeldes de los ojos.

-Draco…

Él parpadeó y lo miró con ojos entreabiertos.

-¿Harry? –Sonrió un poco-. ¿Ha ido todo bien?

Harry lo abrazó con fuerza.

-Sí… Sí… Ha sido… -Se apartó para que Draco pudiera verle bien la cara, para que pudiera ver hasta qué punto hablaba en serio-. Nunca podré pagártelo, Draco… Nunca.

-No tienes por qué, idiota –dijo Draco débilmente, mientras trataba de ponerse en pie.

Si Harry no lo hubiera sujetado, se habría caído al suelo.

-¿Estás bien?

-Sí, sí… Esto es normal. Necesito dormir.

Harry pasó el brazo de Draco por sus propios hombros y le pasó el suyo por la cintura para ayudarlo a caminar. Mientras lo llevaba a su cuarto, -Draco estaba prácticamente dormido-, no podía parar de decirle lo mucho que le quería, lo absolutamente prohibido que tenía volver a hacer algo así, lo loco que estaba por haber sacrificado un año de su vida y lo agradecido que se sentía él por una noche tan maravillosa, tan especial. En ese momento habría sido capaz de atacar a cualquiera que se hubiera atrevido siquiera a mirar a Draco de mala manera.

Había amanecido, pero en Malfoy manor todos dormían excepto él y no se encontró a nadie por el camino. Harry supuso que Narcissa ignoraba lo que su hijo había hecho, ella se habría disgustado mucho. Era mejor no dar explicaciones. Cuando llegó al dormitorio, forcejeó un poco para poder abrir la puerta sin soltar a Draco y después lo depositó sobre la cama. Draco esbozó una sonrisa de satisfacción y se acomodó contra la colcha. Harry empezó a desvestirlo con cariño hasta dejarlo en calzoncillos y después consiguió meterlo debajo de las sábanas. Impaciente por abrazarlo de nuevo, él se desnudó también, usó el Avisador para informar de que no iba a ir a trabajar ese día y se metió en la cama junto a Draco, estrechándolo entre sus brazos. Le habría gustado hacer el amor con él en ese momento, cubrirlo de besos, pero sabía que Draco necesitaba dormir y se contentó con notar cómo le devolvía el abrazo y murmuraba su nombre con voz somnolienta.

-Te quiero –dijo Harry una vez más.

Él ya no le escuchaba. Harry le acarició el hombro, le besó y se dispuso a dormir también, con la mente rebosante de nuevos recuerdos y el corazón lleno de alegría y nostalgia.


Draco despertó con la sensación de que podría haber dormido un par de días más, abrazado a un Harry que le acariciaba suavemente. Al abrir los ojos le vio, observándolo con tanto amor que Draco se quedó casi sin aliento.

-Buenos días –dijo Harry-. O mejor dicho, buenas tardes. Es casi la hora del té.

-¿La hora del té?

Podía creerlo, porque se sentía terriblemente hambriento.

-Me he despertado sobre la una y le he dicho a tu madre que ibas a dormir hasta tarde, pero creo que ya estaba empezando a olerse que te pasaba algo.

-Dime que no se lo has contado –dijo, un poco alarmado.

-No, y sabes por qué, sabes que te echaría una bronca que duraría hasta Navidad. –Entrelazó los dedos con los suyos-. Fue el mejor regalo que me han hecho nunca, Draco. El mejor. –Draco se había sentido pocas veces más orgulloso de sí mismo-. Pero prométeme que no lo harás nunca más. Tienes que prometérmelo.

Como nunca había tenido intención de repetirlo, asintió sin problemas.

-No lo haré más.

-¿Te encuentras bien? ¿Te sientes raro?

-Harry, estoy bien –dijo, apartando la mano que Harry había colocado en su frente pata ver si tenía fiebre-. Seguro que no he perdido más que unos pocos días de vida, eso no es nada.

-¿Cómo puedes decir eso?

Entre otras cosas, porque prefería morir antes que Harry. No quería volver a pasar con él lo que había pasado con Astoria.

-Porque no quiero que hagas un drama. ¡Lo que importa es que pudiste conocer más a tus padres! Eso y que soy probablemente el mejor novio del mundo, por supuesto.

-Sin duda –dijo Harry al momento, plantándole un beso lleno de fervor.

El estómago de Draco escogió ese momento para gruñir audiblemente y los dos sonrieron.

-Pídeme algo de comer mientras voy al baño, ¿quieres?

-Claro, ¿qué te apetece?

-Sorpréndeme.

Draco se levantó de la cama y fue al aseo, satisfecho con el resultado de su ritual. Darle esas horas con sus padres había sido una manera de compensarle por todas las veces que, en Hogwarts, se había burlado de su orfandad. Y había valido la pena, cada uno de los días de vida que había perdido había valido la pena. Las posibilidades de que llegara a morir de viejo no eran muy altas y en caso de llegar, a esas alturas lo mismo le daría morir con unos meses más o menos. Y a cambio, le había dado a Harry el regalo que más apreciaría, un regalo que jamás olvidaría y que quizás compensaría un poco por los abusos de los Dursley, por los comentarios en Hogwarts sobre padres muertos.

Cuando regresó a la cama, aseado y peinado, ya le esperaba la bandeja con comida y Draco la observó con apetito e interés. Harry le había pedido una taza de té –imprescindible-, zumo de calabaza, un cuenco de frutas troceadas con miel, dos bocadillos calientes de jamón y queso y otros dos de salmón. Draco, sonriente, se metió en la cama y se bebió con ganas media taza de té antes de empezar con la fruta.

-Buena elección –le dijo a Harry.

-Le he dicho a la elfina que le diga a tu madre que bajaremos para cenar.

-¿Estás seguro de eso? –preguntó, juguetón.

Harry sonrió.

-Tenemos tiempo de sobra… Y siempre podemos excusarnos después de la cena y volver aquí. Pero tenemos que hacer acto de presencia, por lo menos tú; si no, tu madre va a acabar pensando que te tengo secuestrado.

Sin dejar de comer, Draco usó su varita para hacer aparecer pergamino y tintero y le escribió una nota a su madre asegurando que estaba vivo y en perfecto estado de salud y confirmando que bajarían a cenar. Después llamó a un elfo para ordenarle que le diera la nota a su madre y se giró hacia Harry, que estaba sentado a su lado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.

-Listo. Con esto ya podemos estar seguros de que no irrumpirá en mi cuarto preguntando dónde has escondido mi cadáver. –Y entonces sonrió, saboreando sus palabras-. Ya sabes cómo son las madres, siempre están preocupándose.

Harry dio un pequeño y tembloroso resoplido de risa.

-Sí. Lo sé.

Al momento inclinó la cabeza, escondiendo su cara de la vista de Draco y algo hizo que éste pensara que Harry podía estar llorando. No era en absoluto la reacción que esperaba y se preocupó un poco. Permitirle conocer a sus padres implicaba el riesgo de que su ausencia resultara aún más dolorosa: ahora sabía lo que había perdido.

-Eh, ¿estás bien?

-Sí… Lo siento –dijo, con voz ahogada-. Estoy un poco blando con todo este asunto.

Draco comprendió que debía de haber sido una experiencia muy intensa para él, primero por poder pasar toda una noche con sus padres; después, por haber tenido que despedirse de ellos. Tenía derecho a sentirse blando, si quería.

-Tranquilo, Potter –replicó cariñosamente-. Por esta vez no te lo tendré en cuenta.

Harry se echó a reír y se recostó más cómodamente contra él de modo que no le impedía seguir desayunando.

-No sé, me encuentro extraño. Diferente.

-¿En qué sentido?

Hubo una pausa; Harry parecía estar buscando las palabras.

-Cuando tuviste a Scorpius, ¿no te sentiste diferente al pensar que ahora eras padre?

Draco aún no había encontrado las palabras para describir con precisión lo que había sentido ese día, esa mezcla de amor, terror, asombro, humildad.

-Sí.

-Es parecido… pero al revés. Hasta anoche yo no sabía lo que era sentirse hijo de alguien. Los Weasley me quieren mucho y yo los quiero a ellos, pero no es lo mismo, no es como si me hubieran adoptado cuando era un bebé o como si fuera su hijo de verdad. Ahora es como… Bueno, ahora lo sé.

Draco le sonrió, paseando la vista por sus rasgos.

-Eso es lo que quería regalarte. En fin, dime, ¿qué cuentan tus padres? ¿Hablasteis de algo interesante?

-Me dijeron que les caes bien.

-¿En serio? –preguntó, sonriendo y descubriendo que le hacía más ilusión de la que esperaba.

Harry le quitó un trozo de fruta.

-¿Te extraña después de todo lo que has hecho?

-He hecho muchas cosas, Harry, y no todas han sido buenas.

-Todo el mundo se equivoca Y si te sirve de consuelo, también dijeron que todos pensaban que lo estabas haciendo bien. -Esta vez fue Draco quien se emocionó un poco y se quedó en silencio, sin saber qué decir. Para ocultar su turbación le dio un bocado a su sándwich de jamón y queso. Harry le acarició el brazo y siguió hablando-. Lo mejor de todo ha sido conocerlos de verdad, ver cómo hablaban entre ellos y cómo reían. Las otras veces, no tuve tiempo de ver nada de eso. No tuve tiempo de conocerlos. Esto ha sido… increíble. Nunca imaginé que podría pasar media noche hablando tranquilamente con ellos…

-No es un ritual muy conocido –dijo Draco-. Estuvo prohibido algunos siglos.

-No puedo imaginar por qué –replicó Harry, sarcástico.

-En realidad no era por el uso de energía vital. Invocar a los muertos es peligroso si no tomas ciertas precauciones, como no llamar a ningún muerto reciente ni a nadie que tenga lazos de sangre directos contigo. Mucha gente no hacía caso y terminó mal, por eso lo prohibieron. Pero como no es magia negra terminaron haciéndolo legal otra vez. Lo que pasa es que para entonces ya casi nadie se acordaba de él.

Harry le dedicó una sonrisa.

-Pero tú sí.

Lo había encontrado en el Libro de los Malfoy, descrito por su bisabuelo.

-Yo sí –contestó, devolviéndole la sonrisa.

Harry le paseó la mano por la pierna.

-No tardes mucho en terminar de comer.

Draco no lo hizo, porque empezaba a estar hambriento de otras cosas que no eran comida, y cuando desvaneció su bandeja, ya vacía, Harry tardó muy poco en quitarse las gafas y empezar a besarlo lenta, íntimamente. Parecía desear estar al cargo y a Draco no le importó en absoluto dejarse hacer, dejarse mimar. Le encantaba la sensación de las manos de Harry sobre su piel, sus besos, la seguridad con la que lo llevaba hacia el orgasmo. Draco se encontró pronto flotando en una nube de placer creciente, estremecido por las caricias de Harry, por la humedad cálida de su lengua, por las palabras entrecortadas de amor que le dedicaba. Era casi mejor que el propio placer en sí, bañarse en la certeza de que amaba y era amado y ya no volvería a estar solo.

Cuando Harry entró en él, Draco salió a su encuentro, acoplando las caderas a su ritmo maravillosamente enloquecedor. Draco apenas podía pensar ya, sólo sentir, volar. Cerró los ojos, sintiéndose más cerca a cada embestida. Harry… Harry no entendía que él también le había dado un regalo valioso al enseñarle a vivir de nuevo, a forzarlo a salir de su caparazón de tristeza. Harry le había devuelto las sonrisas cómplices, la intimidad de la cama compartida y de los secretos, el sexo que hablaba de amor y de deseo.

Se corrió entre gemidos ahogados, envuelto en Harry, en su calor, y fue como si su cuerpo se disolviera con el universo en un instante perfecto en el que todo tenía sentido. Después se encontró abrazado a él como si fuera su tabla de salvación, jadeante, deliciosamente exhausto.

-Guau, Harry… -dijo como pudo-. Me he corrido tan fuerte que creo que he vuelto a perder otros meses de vida.

Harry rió cansadamente mientras también se abrazaba a él.

-Gracias, pero espero que eso no sea cierto.

Draco le sonrió y cerró los ojos, disfrutando de la paz y del eco de placer que aún sentía por el cuerpo. A veces las buenas acciones hasta tenían su recompensa.


Harry todavía se sentía un poco diferente cuando fue a trabajar al día siguiente, pero al menos había dejado de comportarse como una embarazada en pleno ataque de hormonas. La mañana fue tranquila; sus agentes estaban aún investigando la vieja base de los Parásitos, las propiedades de Grudge, preguntando a sus amigos. El ministerio australiano había encontrado por fin registros sobre Medea Key, nacida Grudge; el equivalente de los Inefables británicos había descubierto que los registros de Medea estaban ocultos bajo un hechizo que hacía que las personas que estaban buscándolos se olvidaran por completo de ellos. Sólo cuando el ministerio australiano había empezado a buscar información sobre Elizabeth Grudge habían empezado a sospechar que algo no cuadraba y habían descubierto las protecciones que rodeaban esos registros. Ahora Harry ya sabía que Medea Key era la cuñada de Grudge, que en su época de estudiante había sido considerada excepcional y que hacía años que nadie sabía nada de ella. Era más joven que Elizabeth y que el marido de ésta, Frederick, y Harry se preguntó si no habría crecido oyendo hablar de la arrogancia de los magos, oyendo decir que tenía el deber de ayudarlos. Sin embargo, eso no cambiaba mucho las cosas. Había ayudado a perpetrar lo de Windfield. Era, de hecho, una de las cabecillas. Se merecía el mismo destino que Grudge y Bouchard.

Al poco de entrar a su despacho le había mandado una nota a Hermione proponiéndole que fueran a buscar a Ron para un almuerzo rápido en el Caldero. Quería contarles a ella y a Ron que había visto a sus padres, quería que supieran lo que Draco había hecho por él. Hermione aceptó y a la hora del almuerzo se reunieron con Ron en la taberna de Hannah, quien los saludó alegremente antes de ponerles delante un plato de salchichas con salsa y puré de patatas.

-¿Qué quieres contarnos, Harry? –preguntó Hermione.

Él sonrió, saboreando por anticipado la sorpresa que iba a darles.

-La noche de Halloween, Draco llevó a cabo un ritual y mis padres me hicieron una visita. Estuve hablando con ellos toda la noche, hasta que amaneció. Fue increíble.

Ron y Hermione sabían perfectamente lo que aquello significaba para él y sus expresiones estaban llenas de alegría y asombro. Los dos empezaron a hacerle preguntas, deseando conocer todos los detalles, y Harry les contestó con mucho gusto, paladeando la sensación de poder hablar de sus padres casi como si estuvieran vivos. Además, quería que Hermione supiera el precio que Draco había pagado por ese regalo. Ella trataba de ser simpática con él, pero estaba claro que aún no se fiaba del todo de su buena voluntad. Harry quería convencerla de una vez de lo mucho que a Draco le importaba esa relación. Y Hermione, ciertamente, pareció impresionada, tanto como Ron, que llegó incluso a reñirle un poco por dejar que "el pobre Draco" acortara su vida por él.

Harry no planeaba ir contándoles a sus amigos uno a uno lo que había pasado, pero sí que quedó con Ginny al día siguiente, en casa de ella. Después de la conversación que había tenido con sus padres, había algo que sí quería decirle cara a cara. Ella lo recibió con curiosidad y un ligero nerviosismo, como si ya hubieran perdido la familiaridad. Harry supuso que después de casi cuatro años divorciados era de esperar.

Resultó que Ginny ya sabía lo de la visita de sus padres; se había enterado por su madre que, a su vez, debía de saberlo seguramente por Ron.

-Me habría gustado saber que ese ritual existía –comentó, casi disculpándose-. Pero me alegro muchísimo por ti, Harry. No puedo ni imaginar lo que sentiste al poder hablar con ellos toda la noche.

Harry le dedicó una pequeña sonrisa, aunque lamentaba que pensara que debía disculparse por no haberlo hecho ella, cuando estaban casados. Pero de eso había ido a hablar, ¿no?

-Fue increíble.

Ginny sonrió también, pero había una tensión bajo esa sonrisa que incluso él podía percibir ahora.

-Draco debe de quererte mucho.

Fue en ese momento cuando Harry supo que Draco había tenido razón al insinuar que Ginny aún sentía algo por él. Algunas cosas que sus padres le habían dicho, y que le habían impulsado a hacer esa visita, también cobraron más sentido. A Harry le sorprendió un poco, porque Ginny lo había mirado bastante mal durante los meses siguientes al divorcio y él siempre había pensado que Caspian Silverstone había sido una señal muy convincente de que Ginny había pasado página. También lo lamentó, porque habría preferido que ella lo hubiera olvidado en ese sentido como él la había olvidado a ella. Pero quizás Ginny sólo había estado enfadada con él y en algún momento de aquellos cuatro años, quizás durante el secuestro de Albus, el enfado había pasado y había dejado al descubierto otras emociones.

-Sí, me quiere mucho. Igual que yo a él –dijo, con voz suave. Quería que Ginny tuviera eso claro; sólo así podría seguir con su vida-. Pero bueno, no venía a hablarte de Draco. Cuando estuve hablando con mis padres, salió el tema del divorcio, de nuestro matrimonio… Y me dijeron algunas cosas en las que no había pensado.

-¿Como qué?

Harry respiró hondo.

-Antes que nada, siento haberme acostado con Cavan cuando aún estaba casado contigo. No estuvo bien. Y créeme, no fue porque no pudiera controlarme ni nada así y menos para hacerte daño. Tú y yo habíamos quedado para hablar esa noche, tú querías arreglar lo nuestro… y yo no quería, me di cuenta de que no quería, y que aun así probablemente podrías convencerme en cuanto hablaras de los niños. No lo planeé, no fue una decisión a sangre fría, pero… lo que pasó con Cavan fue un modo de asegurarme de que ya no habría vuelta atrás.

Ginny se lo quedó mirando durante unos segundos como si le estuviera costando un poco asimilar todo aquello.

-Eso parece bastante… cobarde.

No lo había dicho en tono insultante, parecía más sorprendida que otra cosa. Harry lo dejó pasar, consciente de que de todos modos no había sido su momento más Gryffindor.

-Quizás .

Ginny se mordió los labios.

-¿Por qué me estás contando todo esto?

-Quería que lo supieras. Estuvimos casados más de quince años y juntos, más de veinte. Te mereces saberlo. Y también quería disculparme por haber empezado a ir a La Madriguera con Draco sin consultarte. Es tu casa, tienes derecho a sentirte cómoda allí. Si te molesta, dímelo, y a no ser que sea una celebración que tenga que ver con los niños o algo así, no iremos más.

La idea dolía un poco, para ser sinceros. Le gustaba ir a La Madriguera, adoraba el alboroto que se formaba allí, con todos los niños, con las bromas de George, con las cazuelas en perpetuo funcionamiento de Molly. Pero sus padres tenían razón. Sí, Molly y Arthur le habían hecho saber que era bienvenido allí, con o sin Draco, pero si Ginny tenía algún problema con aquello seguramente se lo habría callado para mantener la paz. Tendría que haberse asegurado de que ella también estaba de acuerdo con todo eso.

Pero Ginny cerró los ojos un momento y chasqueó la lengua.

-¿Cómo voy a prohibirte la entrada a La Madriguera, Harry?

-Gracias, pero sabes que no estoy hablando de eso.

-Draco… El nuevo mejor amigo de Ron. –El momento era serio y Harry ni siquiera sabía si Ginny había tratado de bromear, pero no pudo evitar que se le escapara un resoplido de risa y ella, tras mirarlo con las cejas arqueadas, suspiró-. Dime una cosa, Harry, ¿te gustaba ya cuando nos divorciamos?

-¿Draco? Claro que no, entonces apenas nos soportábamos. No me empezó a gustar de esa manera hasta un año después de lo de Windfield. Poco antes del ataque a Azkaban. –Discusiones sobre matrimonios aparte, Harry se preguntó hasta qué punto era mala señal ya orientarse en el tiempo con los ataques de los Parásitos.

Ginny asintió vagamente y permaneció un buen rato sumida en sus pensamientos, la vista fija en sus manos, Harry aguardó en silencio, comprendiendo que necesitara un poco de tiempo para aclarar sus emociones.

-A mis padres les dolería que dejaras de ir a La Madriguera –dijo ella al final-. Y yo me sentiría culpable, sabiendo cuánto los quieres. No, no dejéis de venir por mí.

-¿Estás segura?

Ella volvió a asentir.

-Sí… Gracias por preguntarme si me parecía bien, de todos modos.

Harry esbozó una sonrisa, sabiendo que había hecho lo correcto.

-Gracias a ti.

Los dos se merecían un final más limpio del que habían tenido. Con un poco de suerte, las cosas irían mejor entre ellos, con más naturalidad. Sabía que era difícil que Ginny y él volvieran a ser buenos amigos, pero esperaba que al menos pudieran llevarse bien.