8 Lo no dicho.

Pike se frotó los ojos, interrumpido su silencio por el rumor del corazón warp del Botchok y los murmullos del resto de la tripulación. Sirio y su jaula quedaban atrás, velozmente y Tres y otros dos orionitas –que Pike no había visto- dirigían la nave sin apenas hacer comentarios.

No le sería posible al clon regresar a esa zona, claro y eso parecía ser la razón de su seriedad; había dejado de acosar a Pike o de taladrar con la mirada a McCoy. El resto de la tripulación estaba en sus camarotes y Pike se daba a la tarea de recopilar el informe para la Flota.

En la bodega central de carga, estaban los pequeños Vulcanos, vigilados de cerca por Spock, vestido esta vez en un traje de civil y verdaderamente, después de tantos días de mirarle desnudo, los demás no sabían bien a bien cómo reaccionar frente a él.

Jim, por sobre todos.

Mirando al techo del ridículamente lujoso camarote, acostado en la enorme cama, a Jim le era imposible relajarse. Podía recordar con una claridad mas allá de lo morboso la sensación de su piel contra la de Spock —Spock incluso ahora no dejaba de murmurar su nombre, sin parar, como si alguien pudiera escucharle a través de las paredes divisoria o entre el plasticero de la nave y el mismísimo vacío…

Jim dejó a su antebrazo cubrirle el rostro; el peso de éste le aliviaba la comezón, rastro de los días usando los lentes de contacto carmín.

Y también, quería llorar.

La obligación de tener sexo con alguien a quien amaba, en más de un sentido, no sólo había sido terrible, sino liberador a la vez y Jim no sabía si crucificarse por ello o sentirse bendito y ¡Que extraño sentir sobre sí la vieja noción de pecado y castigo!

Porque Spock sobre su cuerpo había sido todo, menos virginal o tímido; una ola ardiente de sangre verde envuelta en piel magnífica y coronada por ojos perfectos. Las manos, maquilladas de negro y adornados los dedos con las largas uñas lo habían tocado de la forma precisa, hiriendo su espalda y su piel en los varios momentos de cada clímax, sin dejar ni un momento de excitarle y sin que las escamas de Nubaluna tuviesen que ver con ello.

Si Jim hubiera requerido de una droga para tener una perfecta ejecución sexual, con la sola visión de Spock en el degradante traje de esclavo habría bastado.

Y a la vez, el sentimiento de traición no dejaba de acosarle; Spock había estado tan drogado como él, ambos estaban cumpliendo con una distracción para salvar a un montón de inocentes, cincuenta niños dormidos aún en la bodega de la nave, a los que sería difícil rescatar ya no de la hibernación, sino de la posible demencia…

Para eso, habían tenido sexo enfrente del Ccom y su corte de gusanos y si Jim hubiera sido más cínico, habría juzgado el asunto como una aventura más.

El problema es que su cinismo siempre había sido un puro fingimiento, una actuación que engañaba a todos y de ninguna manera a él mismo.

¿Cómo iba a pedirle perdón al Vulcano por aquello? ¿Qué esperanzas quedaban ahora de una posible o futura relación entre ambos? La mitad de él se sentía plena, segura en sí misma; Spock con toda seguridad le amaba igual, por la forma en cómo le había tocado y besado, por como se había entregado a Jim, tal cual si hubieran estado solos y no rodeados de gente.

La otra mitad estaba dividida en infinitos gajos de culpa, el flujo de ideas retorciéndose de ida y vuelta; Spock era, para el resto de la tripulación, la imagen de la formalidad y la decencia misma. Y ahora, se había visto obligado a comportarse como una prostituta, había tenido que amamantar a un crío y como si fuera poco, había tenido sexo en público con su capitán, de quien tenía muchas razones para mirar por encima del hombro.

Jim no se dio cuenta cuando la manga de su camisola terminó empapada.

Las contradicciones lo estaban matando, en una montaña rusa de varios g en sus desaforados ciclos.

El timbre de la puerta sonó como un coro de alegres campanillas; vaya lujo absurdo que se daban los orionitas!

—¡Quien?!—ladró.

Sin esperar a que le dieran permiso, Gaila entró a la habitación, con una charola llena de pequeños sándwiches muy parecidos a hamburguesas y un vaso largo de té helado.

—Pike dice que no has probado nada. Y si Len se entera, los tendrás encima como a papá y mamá…

Jim se levantó frotándose el rostro, como si hubiera estado dormido, para que Gaila no notara huellas de llanto. Que los capitanes no lloran, carajo.

Gaila dispuso la mesa y recorrió una silla. Jim se levantó gruñiendo entre dientes.

—¿Vas a sentarte a verme comer?

La orionita actuó como si nada pasara.

—Tengo entendido que los terranos dicen 'Gracias' cuando te ocupas de ellos. Así que responderé como debe ser; de nada, Jim. Ahora, ven y come.

Jim sabía reconocer una orden cuando la escuchaba y no se trataba de obedecer, era que Gaila también era su amiga y él se estaba portando como un patán. Además, las pequeñas hamburguesas eran pura gloria; se zampó cuatro una tras otra.

—Hey, con calma. No van a escaparse…

Eso logró la sonrisa que Gaila quería. Jim masticó con calma y se bebió medio vaso de té de un sorbo. No sabía que estaba tan hambriento. Gaila le acarició el despeinado cabello, aún platinado por el tinte.

—¿Estás mejor?

Jim asintió.

—¿Sigues llorando por lo que pasó con Spock?

Y claro, eso hizo a Jim atragantarse y escupir lo que quedaba del té. La orionita actuó con eficacia; lo golpeó en la espalda y le secó el rostro y lo salpicado con una de las enormes servilletas.

—Yo no he llorado.

—¿Seguro? Entonces habrá que decirle a McCoy que te inyecte algo, porque tienes los ojos terriblemente hinchados y rojos y se supone que las lentillas de contacto no…

—¡Gaila basta! Por favor, quieres…

—¿Qué me vaya? ¿Que me calle?

Jim se recargó, los codos en la mesa, cubriéndose el rostro, mirando a todos lados sin mirarla. Ella sonrió, dulcemente.

—No deberías estarte atormentando. Ve a verlo.

Jim la miró a los ojos, como si a la orionita le hubieran brotado tres cabezas de repente. Antes de que pudiera contestar nada, Gaila siguió.

—Él está igual. Hasta McCoy tuvo que convencerlo que no necesitaba el Trance para curarse de las dosis de mentisinil. No, nuestro buen Vulcano quería ponerse en coma, para no pensar. Y está ahí, sentado en su tapete, tratando inútilmente de meditar, pensando en ti tooooodo el tiempo—Gaila tomó a Jim por la barbilla—mira nada más como te has puesto esos ojos tan bellos…

Jim se dejó hacer. Gaila era tierna y su actitud, contagiosa. Jim bajó la mirada, aguantándose sonreír. Tomó aire.

—Gaila, entiende. No…no soy capaz de mirarlo, no sé cómo disculparme ni qué decirle y no sé qué actitud va a tomar, cuando regresemos al Enterprise y… no sé qué hacer, la verdad.

Gaila se cruzó de brazos, mirándolo sorprendida.

—¿Este es Jim No-Creo-En-Escenarios-Sin-Salida Kirk?

Jim suspiró, más enojado de lo que podía admitir.

—No es eso, no me entiendes.

—¿No es eso? ¿A qué llamas 'eso'? Te diré que es lo que yo veo; tienes más de un año enamorado de Spock, por lo menos desde la golpiza que te dio en el puente y me atrevería a decir que desde la Academia. Y, por alguna razón que me parece ¿Cómo se dice? Ah sí, ilógica, estás esperando a que maten a alguno de los dos. Así, resolverás tu problema de no haberle dicho jamás lo que sentías por él y a la vez, ¡Tendrás toda la justificación para andar por ahí, con el corazón partido! ¡Qué lindo!

Jim se quedó con la boca abierta.

—Mira Gaila, yo…

—Jim, te conozco y muy bien. Así que no intentes convencerme con tus mentiras. Ya sabes que no te compro nada. Sólo explícame por qué el amigo más valiente que tengo, mi ptujiη, mi verdadero ηit, parte de mi cuiή, ha perdido de repente todo su valor, su nüθ, su chutzpahj!

El joven terrano se mordió los labios ¿Cómo explicarle a Gaila, cuya cultura sentía desapego hacia la idea de una sola pareja y hacia el ideal de amor eterno y romántico que embebía a los terranos desde la infancia?

Y por otro lado, su preocupación era verdadera. Hermano, familiar, clan. Y bravura. Gaila no habría subrayado las palabras en su idioma original, Alto Kolari, de no tomarlo en serio.

Jim cerró los ojos y se lanzó como desde un abismo.

—Lo amo. No sé si puedes entenderme. Sucede que lo amo…no sólo estoy enamorado de él.

Ya estaba, listo, lo había dicho. Y el universo seguía su movimiento y no se había partido en dos. También, él seguía siendo el mismo.

Gaila puso ojos de espiral.

—¡Claro que lo amas! ¡Como sólo lo hacen ustedes, los terranos! ¡Con esa idea sacada de no sé donde, de que el amor debe ser eterno y con esa seguridad irracional de que jamás podrás respirar de nuevo si no lo tienes en tu vida! –maldijo tan complicadamente en su idioma que Jim no la comprendió.

De pronto, se puso en pie y tomó la mano del joven capitán.

—Esto no va a seguir así. Ven conmigo.

Y lo arrastró, fuera del lujoso camarote. Jim no pudo oponer resistencia; Gaila podía ser tan temible como Uhura. O más…

-0-

La luz reinante era como la de un acuario. Zajacil había ordenado instalar las unidades de hibernación en dos muros, de la misma forma que la infame Najebil.

Y, sentado en el pasillo entre ambos 'muros' estaba Spock, en su tapete de meditación.

Sabía que no podía tocar la mente de los pequeños; ese era un trabajo para los sanadores en la colonia, en Nuevo Vulcano.

Pero no podía alejarse de ellos.

Había venido a Sirio para salvarlos y regresaba con un extra; Suren dormía junto a él, en una cómoda canasta –totalmente de estilo siriano- llena de mantitas y abrigada por una unidad térmica especial.

Sabía que no faltarían familias candidatas para quedárselo, una vez que llegaran a Uzh T'Khasi.

De la misma forma que ya se habían dado un par de milagros; dos de los niños tenían familiares vivos. Y aunque los otros hubieran quedado huérfanos y solos, lo estarían por poco tiempo, dada la cantidad de parejas sin hijos y de voluntarios que se habían unido a los Vulcanos, así fuesen de otras nacionalidades planetarias o de diferentes especies.

Y Spock mantenía una de sus manos sobre el borde de la canasta; los sucesos que lo habían ligado al pequeño habían sido traumáticos y se esforzaba en su meditación para desglosarlos de uno en uno, descalificarlos y así, poder mandarlos al olvido.

O esa era su justificación; una pequeña voz interior – condenadamente parecida a la de su anciano contraparte- le decía que estaba usando a los niños y a Suren como pretexto para esconderse de su capitán, que no de Jim.

James…

Se mordió el labio inferior, casi hasta hacerse sangre.

¿Cómo, en el nombre de Khosaar y su helado infierno, iba a mirar Jim a la cara nuevamente?

El mentisinil había hecho su trabajo; permitirle actuar sin ninguna inhibición, pese a la desnudez, la humillación o lo pornográfico de sus actividades, mientras fingiera ser un esclavo.

Eso no implicaba que le hubiera borrado la memoria.

Cosa que el Vulcano no sabía si querer o no.

Spock vacilaba entre temblar de deseo o de esfuerzo para controlar éste; la piel de Jim había sido penosamente fresca, un alivio para su lujuria y un refugio perfecto para todo el amor que el afiebrado cerebro de Spock había estado cocinando en su interior para él.

Casi sin darse cuenta…

¿Cómo había pasado? ¿Cómo era posible que este humano tan absolutamente diferente lo hubiera dominado con una simple sonrisa, hubiera terminado con su calma lógica con un solo gesto de terquedad? Ni siquiera lo absurdo del asunto merecía descalificación y si Spock hubiera sido un Vulcano de la pre-Reforma con seguridad habría gritado "Brujería! Esto es magia negra!"

Suren se movió en el sueño y Spock miró al pequeño; tan distraído estaba en su intento de meditar que el menor ruido lo sacaba de ésta. El bebé estiró la manita y tomó el índice del joven Vulcano con fuerza.

Spock pudo sentir claramente su afecto y su inocencia.

Y entonces, se fijó en sus uñas.

Habían quedado marcadas por el maquillaje negro y, pese a haber retirado las garras artificiales y a haber recortado sus uñas naturales a su forma normalmente usada –la estricta manicura perfecta de un Primer Oficial- el tinte negro no había salido y Zajacil le había comentado que terminaría por caerse con el tiempo. Y en tanto, Tres les había dado una ligera mano de barniz, para que no lucieran manchadas.

Eso, había terminado por dale un decorado…sui géneris –por decir algo- a las manos del joven Primer Oficial; las manos largas y elegantes, de una palidez alienígena, decoradas por uñas negras, perfectamente arregladas.

Ese detalle insignificante lo hizo saltar y soltarse del agarre del bebé.

No pudo evitar sentirse sucio, como si un pecador horrendo tocara algo inocente y puro…

Y eso lo volvió a la razón de su tormento; Jim, a quien idolatraba, lo había visto no sólo como a un esclavo, sino como a uno destinado exclusivamente al placer y, por si fuera poco, habían tenido sexo –que no hecho el amor- y así hubiera sido un regalo involuntario de todos los dioses en los que él no creía, se sentía partido en trozos; uno era el respetable Capitán Kirk y otro, era Jim, el de las innumerables conquistas y amores de una sola noche…

Ahora sí, tendría razones para no tomar a Spock en serio, por más que éste intentara cortejarlo o declararle su afecto.

Ahogó un gemido que habría terminado en llanto, dada su desesperación.

El deslizarse de la puerta lo distrajo de su sentir, pero no alzó la mirada.

Gaila le había llevado té, hacía un par de horas –dos horas con diez minutos y cincuenta y seis segundos- y también, había intentado convencerle de que hablara con Ji…con el capitán Kirk.

Spock tomó aire y elevó sus escudos mentales, pensando que se trataba de la orionita.

-0-

Pero la mirada azul de Jim resaltaba más en la semioscuridad y debido al color de la luz ligera que iluminaba las unidades de hibernación.

A Spock le pareció una criatura mágica, vestido con ropa siriana y con el cabello aún platinado.

El silencio entre ambos permanecía interrumpido sólo por el lejano ronronear del corazón warp del Botchok y el burbujeo intermitente de las unidades de hibernación, igual al de una lujosa pecera.

Jim sintió claramente el hueco bajo sus costillas; recordó el hambre, clavada como una navaja, aquellos noventa largos días de horror en Tarsus IV… y no pudo compararla.

Lo de Tarsus dependió de él, de su terquedad, su capacidad de supervivencia y hasta de su salvajismo.

Pero ahora, frente a él estaba un príncipe, el último de un mundo destruido y ¿Quién era Jim Kirk sino un pobre chico granjero, que en un momento de suerte –o de mala suerte- había terminado rendido a su piel, a su aliento y a su cuerpo, dándose cuenta de que lo amaba, si y que eso mismo lo ponía en la situación de perderlo por siempre?

Spock se aclaró la garganta y se irguió con esa gracia felina que lo caracterizaba, desafiando la gravedad, su sencilla ropa vulcana deslizándose majestuosamente. Hasta por un detalle tan tonto, Jim lo amaba.

—¿Se le ofrece algo, Capitán?

Jim pestañeó, pensando rápidamente.

—¿Se encuentran bien?

¿No estás enojado conmigo? ¿Me perdonarás alguna vez?

Spock miró, desconcertado, a los pequeños Vulcanos y a Suren y dedujo que el Capitán inquiría por el bienestar de los pequeños.

—Se encuentran estables, Capitán. Del resto de sus funciones superiores, aún no nos es posible saberlo.

Jim sonrió apenas. No pudo evitar la tentación; ese Vulcano lo sacaba de sí.

—¿Cómo es eso, Spock? ¿Ni un porcentaje ni un número?

¿Acaso no sabes que hasta eso amo de ti, tu afán de aleccionarme en cada momento?

Spock elevó una ceja y de pronto, bajó la vista.

—Lamentablemente, Capitán, no puedo ofrecerle una estadística válida en este momento. El tiempo transcurrido aunado al trauma y utilizando un recurso que no se utiliza ya, como la hibernación, me dejan sin un cálculo de valores que resulte lógico. Puedo afirmar que sus cuerpos y sus electroencefalogramas son normales. Pero no tenemos más datos, ni siquiera el doctor McCoy…

Jim alzó la mano, deteniéndolo. Suren aprovechó el momento para toser y despertar.

En menos de un segundo, ambos se inclinaron sobre el bebé y Spock lo alzó en brazos, un total contraste los despeinados cabellos del pequeño romulano y el perfecto del Vulcano.

—Hey! ¡Pero mira nada más qué cabecita!—Jim acarició la suave mejilla con un dedo y el bebé bostezó, suspirando, acomodándose en los brazos de Spock. Jim le tocó la diminuta nariz con un dedo al bebé.

—Al menos éste se encuentra perfecto…con todo y peinado.

Spock miró a Jim sin comprender y éste le guiñó un ojo.

—Capitán, el bebé…Suren no está peinado en absoluto es ilógico que…

—Spock, te amo.

El silencio fue perfecto. El Vulcano recordó el toque del vacío, lo que se siente al salir en EVA, con el traje puesto y comprender que el cosmos allá afuera de la nave guarda un silencio capaz de callar al más ruidoso.

Su labio inferior comenzó a temblar y tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para controlar su cuerpo. Y a la vez, sus escudos amenazaban con saltar en pedazos.

Y eso fue lo que hicieron, cuando Jim tomó su barbilla y se inclinó sobre él.

El beso fue indescriptiblemente lento y tierno; los labios de su capitán se veían ligeramente secos, pero estaban suaves y su boca sabía a té negro y a limón y azúcar.

La pequeña mano en la nariz de su Capitán detuvo el beso y Spock contuvo el impulso irracional de retirarla. Fue Jim quien lo hizo; su dedo se veía tosco y enorme y Suren frunció el ceño e hizo un puchero, disponiéndose a llorar.

Jim le tendió los brazos, haciéndole seña al Vulcano que le cediera al bebé.

—Vamos a ver, se supone que ustedes son guerreros temibles, eh? No, no hagas esa cara, oh…

Suren soltó un largo llanto, como el gemir de un gatito y frente a la aprensión del Vulcano, Jim se echó a reír. Spock tuvo que contener su propia sonrisa.

—Tal parece, Capitán, que cualquier romulano que se tope con usted, llorará meramente por esa razón…

Jim lo miró, laser azul atravesando al vulcano.

—"Capitán"?

Spock bajó la mirada.

—Jim, yo…

—James. Me llamaste así. Cuando estábamos en Sirio.

Spock tragó saliva.

—Jim…James…quiero disculparme contigo por el…abuso que…

—¿Abuso? ¿Cuál abuso? Si alguien abusó de la situación, ese fui yo, Spock.

El Vulcano bajó la vista.

Mírate. Eres perfecto. Desde las pestañas hasta el borde de tus labios. Te amo, te amo como un loco, dame una oportunidad, no me rechaces, no…

Jim le alzó el rostro, con ternura, con la misma delicadeza con que había apartado la mano del niño.

—Y, en todo caso, si yo no hubiera abusado de ti y si tú no hubieras cooperado—miró hacia los sarcófagos y a Suren— ellos no estarían aquí. Y traerlos era nuestro trabajo, Spock.

El joven Vulcano se endureció de repente.

—Comprendo.

Jim lo miró, desconcertado al notar su reacción ¿Qué diablos había hecho mal, ahora?

—¿Qué es lo que comprendes?

Spock tomó aire.

—Que el…acto entre nosotros fue un asunto de trabajo, Capitán, Y que su declaración de…afecto es, al parecer, esa necesidad imperiosa de los terrestres de hacer sentir bien a su pareja sexual, en lo que ellos llaman 'la mañana siguiente a una noche fogosa'. Debo recalcarle que yo no tengo esa necesidad.

Jim resopló, aguantando la risa. McCoy se habría soltado jurando furioso. Pike habría silbado. Cualquier Vulcano habría gritado el ritual 'Kroykah', basta, hasta aquí.

Pero éste, era James T. Kirk.

Jim NoCreoenEscenariossinSalida Kirk, para ser precisos.

Con cuidado, Jim puso al bebé en la canasta —y Suren se arrolló en sí mismo, complacido— y en un momento, tomó a Spock por los hombros, mirándolo con una ternura totalmente inesperada para el Vulcano.

—Eres desesperante, terco y orgulloso. Y me sacas de quicio. Y sé que eres un príncipe y yo un plebeyo terrano y no te merezco, ¿sabes? ¡Soy quien menos te merece en el universo entero, con toda seguridad! —Jim se puso serio—pero te amo. Y te hice el amor, lo que pasó en Siro no fue un asunto de trabajo nada más o sólo 'una noche fogosa'. Si no hubiera estado drogado y borracho, no habría tenido el valor ya no de tocarte. Ni siquiera me habría acercado a ti, Spock ¿Es que no lo ves?

Se inclinó para besarlo de nuevo y Spock apoyó las manos en el pecho del joven, para impedirlo. El ademán le recordó inevitablemente, lo que había bajo la ropa; piel dorada y firme, lista para ser besada y arañada por el Vulcano y éste se inclinó a su vez.

Miró sus uñas negras y cerró los puños, avergonzado de nuevo. Tomó aire.

El beso anterior había volado sus escudos y le había dicho la verdad; Jim le amaba.

Pero el Capitán estaba equivocado, el indigno en realidad era él, Spock.

—Capitán…

—Jim.

—Jim…James…la humillación de los días pasados, mi comportamiento como esclavo, yo… No me siento digno.

Jim sonrió con dulzura.

—Entonces, ¿ya te diste cuenta que estamos en igual condición? Ninguno es digno del otro, querido Spock.

Tan querido…

El Vulcano lo miró, asombrado.

—Tengo que admitir tu lógica.

Jim lo tomó de las manos y besó cada uno de sus dedos, lentamente y Spock pensó que iba a pasarle una de dos cosas o las dos juntas; tener un orgasmo repentino e incontrolable y desmayarse después y no sabía en qué orden.

—¿Me aceptas entonces? ¿Me quieres como yo a ti?

Temblando aún, el Vulcano vaciló.

—Jim…sé…los dos sabemos que no eres precisamente un seguidor de la monogamia.

Jim se concentró en besar de nuevo los largos y elegantes dedos, hasta llegar a sus nudillos, sintiendo el temblor en las manos del joven Vulcano. Y el temor, también.

—Por ti, soy capaz de volverme un klingon, Spock.

Jim acarició la nariz de Spock con la suya, rozando sus labios con los del otro.

—Absurdo como suena, te creo…

El joven humano se adelantó, tercamente, buscando besar al Vulcano y aun entonces, Spock lo detuvo.

—Y sí, mi aprecio por ti, mi profundo afecto por ti, iguala al tuyo…

Jim soltó una risita.

—Eso significa "te amo con locura, Jim Kirk"?

Por toda respuesta, Spock se sumergió en la boca del joven Capitán.

En la oscuridad, Suren volvió a quedarse dormido. Ninguno de los dos notó la desaceleración y el cambio en el ritmo del motor; el verdadero regreso a casa, al Enterprise había comenzado…

Música para este capi; Unspoken, del grupo francés Demians, álbum I Empire. Googleadlo; vale la pena y justifica todo el capítulo. Horrendamente difícil de escribir -más de 12 horas de trabajo en sólo tres páginas-. Mil gracias por seguirme leyendo.

DTHS

s'FA