Después de cinco mil siglos sin actualizar aquí vengo con un nuevo capítulo. Este capítulo es algo más largo que los anteriores y tiene una cancioncita en medio xD Espero que os guste!
Cinco días ya habían pasado, cinco días en los que nadie se había fijado en el tímido americano que se había perdido con los demás países en esa inhóspita isla. Todas las naciones se despertaban cada día, se peleaban, se besuqueaban las que podían y se iban a dormir, pero nadie reparaba en el invisible Canadá, probablemente ni sabían que estaba ahí. Matthew creía que ya estaba acostumbrado, pero verse allí perdido en una tierra desconocida sin nadie que se acordase de él le hacía sentirse más solitario que nunca. Vale que su hermano no se fijase en él (en realidad no vale pero ya se sabe como es Alfred) pero ni siquiera su compañero de cuarto se daba cuenta de sus existencia. ¿Cómo podía ser que se pasase toda la noche en el mismo cuarto que el francés y este ni se inmutase? ¿No se suponía que era el país del amor? No es como si el muchacho quisiese que Francis le acosase como hacía… ¡con todo el mundo! Pero eso solo lo hacía sentirse como un cero a la izquierda, sobre todo si era Francia el que lo ignoraba… No, no podía pensar en eso o solo conseguiría deprimirse. Girando la cabeza para quitarse todo pensamiento sobre el francés continuó su paseo por el bosque.
Desde hacía tres día Matthew había decidido que intentar trabajar junto con las otras naciones era una pérdida de tiempo, nadie le escuchaba, nadie le pedía ayuda, nadie contaba con él. Prefería pasar el rato explorando la isla, si no tienes a nadie alrededor puedes fingir que no te sientes solo.
Pero llevaba caminando unos minutos cuando una voz conocida llegó a sus oídos.
-Vamos mademoiselle, ven hacia acá, solo tienes que moverte unos centímetros, vamos dulzura ya sé que te gusta chuparlo y manosearlo pero es mío y tengo trabajo que hacer…
Esas palabras se clavaron en el corazón de Matthew. No se esperaba escuchar algo como eso en medio de esa isla, sobretodo proviniendo de esa persona.
Ya debería estar acostumbrado
Pero entre la idea de que estaba con otras personas a tener pruebas había un gran abismo. Sin soportar las lágrimas que ya empezaban a fluir por sus mejillas se dio la vuelta y salió corriendo si mirar en que dirección iba.
Francis empezaba a exasperarse. El muy bruto de Alemania le había mandado a buscar plátanos por esa zona de la isla. Pero él sabía la verdad, el aplasta patatas quería quedarse con la ricura de Italia para él solo y no quería compartir. No sabía como, pero derepente un buen número de países le miraban peor que nunca por intentar repartir amor. ¡Rusia casi lo mata cuando invitó a China a escabullirse entre los árboles! Finalmente había deducido que se estaban formando parejas en esa isla. Le resultaba algo extraño que tan pronto como naufragan la tensión sexual acumulada durante tantos años entre países saliese al exterior. Pero sabía que si quería conservar su integridad física debía mantenerse aparte del mundo de las conquistas hasta que saliesen de la isla.
Como último intento, tiró de esa chimpancé que se había acomodado sobre su cesta con plátanos, no había forma de moverla y se estaba comiendo todos los que había recogido.
-¡Esto es imposible!
Golpeando el suelo con el pie se dio media vuelta. Apunto estuvo de tropezarse con un osito blanco que no parecía muy contento. Más bien parecía magullado, como si se hubiese caído desde algún lugar.
-¿Pero qué hace un oso polar en una isla del sur? Me suena un poco, ¿te he visto antes?
El oso, que por supuesto era Kumajiro, no estaba nada contento. Su dueño (no recordaba su nombre) le había dejado caer al suelo y había salido corriendo mientras lloraba y lo único que podía asegurar era que el culpable de todo ese desastre era el barbudo rubiales de allí. Con un golpe de oso le llamó la atención y le hizo señales para que lo siguiese. A Kumajiro nadie le quitaba su sitio en los brazos de su dueño, llamase como se llamase.
Canadá se sentó sobre una roca, cansado por la carrera, mientras intentaba dejar de sollozar. Con una mano se enjuagó los ojos por debajo de los cristales de sus gafas y miró el cielo con añoranza. Deseaba tanto volver a esos días en los que vivía con el francés. En ese entonces podía abrazarle todo lo quisiese y sus sentimientos no parecían tan complicados…
Recordó ese luminoso día, un día que él nunca podría olvidar aunque Francis lo hubiese hecho, en el que le hizo una promesa que nunca cumpliría. Ese día los dos cantaron una canción que quedó como la única prueba de que no fue un sueño. Respirando profundamente Matthew entonó esa dulce melodía que tantos niños franceses cantaban en su infancia.
L'alouette et le Vinson
Ont voulu se marier
Mais le jour de leurs noces
Ils n'avaient rien à manger.
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Par ici passe un lapin,
Sous son bras tenait un pain
Mais du pain nous avons trop,
C'est d' la viande qu'il nous faut.
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Par ici passe un corbeau,
Dans son bec porte un gigot
Mais d' la viande nous avons trop,
C'est du bon vin qu'il nous faut.
Derepente una voz suave se unió a la suya, los ojos de Matthew se encontraron con los de Francis mientras el alegre ritmo del estribillo volvía a sonar.
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Francis se sentó junto al canadiense sin apartar la mirada, mientras una sonrisa juguetona bailaba en sus labios.
Par ici passe une souris,
À son cou porte un baril
Mais du vin nous avons trop,
C'est d' la musique qu'il nous faut.
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Era como si toda la naturaleza guardase silencio mientras los dos cantaban, como si el mundo hubiese empezado a girar alrededor de los dos. Para el más joven la única palabra que se le ocurría para nombrar esa sensación era magia.
Par ici passe un gros rat,
Un violon dessous son bras
Bonjour à la compagnie,
N'y a-t-il pas de chats ici?
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Entrez musiciens, entrez,
Tous les chats sont au grenier
Du grenier descend un chat
Il emporte le gros rat.
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous ferons la noce,
Ma Nanon tout de bon
Oui bientôt nous nous marierons.
Sus voces se perdieron al final de la última nota pero los dos continuaron mirándose el uno al otro. Finalmente fue Francis quien rompió la conexión.
-¡Vaya! Hacía siglos que no cantaba esa canción. No creí que te acordases aun de ella-, le dijo con una sonrisa tierna, como la de un padre a su hijo.
Esa actitud le molestó, sabía que no había motivo para enfadarse, que debería estar feliz con el simple hecho de que se hubiese dado cuenta del hecho de que se encontraba allí pero ya se estaba hartando de toda esa pasividad.
-¿No deberías estar con tu amante de antes?-, le preguntó fríamente.
Francia le miró sin entender.- ¿De qué amante me hablas? Si me he pasado el día recogiendo plátanos y los más cerca de una relación que he estado ha sido con un chimpancé que se había enganchado a mi cesta y que no había quien la quitase de encima. Y mira que le empujaba pero no podía hacer que parara de chupetear, lamer y mordisquear los plátanos-. Canadá se sonrojó al darse cuenta de su equivocación, hecho que no pasó inadvertido ante el francés-. ¿No será, mi querido Matt, que estabas celoso?-. Preguntó picaronamente.
-¡Claro que no!-. Respondió con un grito que más bien parecía un susurro.
En ocasiones normales Francis ya se habría echado encima de la otra nación, pero esta no era una ocasión normal. Se trataba de Matthew y su corazón le dictaba que debía ser paciente. Puede que a veces se le pasase por alto la presencia del joven pero eso no significara que no sintiese algo grande por él.
Al cabo de unos minutos en los que solo se escuchó el canto de los pájaros Canadá preguntó:
-¿Recuerdas el día en el que me enseñaste esa canción?
Francia lo miró sorprendido por el giro de la conversación pero no tardó en responder.
-Por supuesto. Tú te habías pasado la noche llorando por que habías recibido la noticia de que tendrías que ir a vivir con Arthur. Así que te llevé a ese pequeño prado lleno de flores cerca de Quebec. Comimos unos bocadillos y pasamos el día juntos, a la sombra de los árboles.
-Cuando acabaste de enseñarme la canción comencé a llorar.
Francia dejó escapar una risa ante el recuerdo.- Decías que era muy triste que la alondra y el pinzón no consiguiesen casarse después de tanto esfuerzo por culpa de esa gato. Yo intenté hacerte entender que solo era una canción y que de todas formas los dos se podrían casar cuando quisiesen pero no había forma de hacerte entrar en razón. Así que te prometí…-. Los ojos de Francis se agrandaron el recordar la promesa. Matthew solo fue capaza de sonrojarse.
Con suavidad el francés se puso en frente de él. Sus rostros se encontraban a pocos centímetros el uno del otro.
-Te prometí que ya que el gato había destrozado la boda de la alondra y el pinzón, yo no permitiría que Arthur nos separase para siempre, y que algún día volvería a por ti y que entonces tú y yo… tú y yo nos casaríamos.
-Nunca volviste a por mí-. Murmuró el canadiense.
Francis acarició suavemente la cara del menor.
-Siento llegar tarde-. Susurró el francés justo antes de besarlo suavemente en los labios.
Matthew no podía creerse lo que estaba pasando. Inconscientemente rodeó con sus brazos el cuello del mayor, profundizando el beso. Si no fuese por el estúpido oxígeno nunca nada podría haberlos separado.
-Matt, cierra los ojos-, le pidió Francia. Este hizo lo que le indicaba y cuando los abrió descubrió un anillo hecho con flores en su dedo anular.
-Matthew, siento el retraso, siento haber estado tan ciego. A partir de ahora mis ojos solo estarán fijos en ti. Te quiero y nunca permitiré que nadie nos vuelva a separar.
El joven no pudo articular ninguna palabra, pero la felicidad desbordante de sus ojos fue suficiente respuesta. Y así las dos naciones volvieron a perderse en un beso.
(No hay que decir que en el momento en el que el francés descubrió quién era su compañero de cuarto las horas de sueño de Matthew descendieron drásticamente.)
¿Y qué tal? Me parece que no me ha quedado mal pero espero que no haya salido demasiado empalagoso. Es que El franada es tan, tan W
Si teneis curiosidad la canción que cantan es "La noce des oiseaux" una canción tradicional francesa. Aquí podéis leer la traducción e incluso escucharla:
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Por cada review que dejéis faltará un día menos para la tan maravillosa boda!
