Capítulo ocho
Todo parecía anormalmente lento esa mañana. Al ingresar en su automóvil para ir a trabajar, las largas filas de vehículos no cooperaban para que pudiese llegar a tiempo, el sonido del claxon acompañaba la luz en rojo de los semáforos, el ambiente se llenaba de un par de maldiciones exclamadas por los conductores; llegó alrededor de cuarenta minutos después, a ese gran viaje se le sumó una pila de documentos para los próximos eventos a planear de la empresa, los cuales tenía que revisar, firmar, y si era necesario, editar. Para cualquiera, el inicio de esa mañana era la forma perfecta para llenarse de mal humor, al menos el tiempo que restaba hasta el mediodía.
Para cualquiera... pero no para Viktor Nikiforov; hombre que, contra todo pronóstico, parecía rehusarse a borrar la radiante sonrisa que adornaba su rostro.
Aquella inigualable expresión era observada desde lejos por su secretaria, la cual asomaba levemente la cabeza sobre su escritorio para mirar por la puerta entreabierta del jefe de planeación; el ruso daba una rápida inspección a los papeles como si sus ojos fueran un escáner y finalizaba colocando su rúbrica con ayuda de una pluma dorada, todo acompañado de un leve silbido que abandonaba con suavidad sus labios. Sala arqueó una ceja.
Es decir... no es que su jefe fuera un gruñón o algo parecido, su actitud siempre era la mejor para con los demás y mostraba una expresión amable, sin embargo, cuando estaban en el pico de una nueva tanda de trabajo, el empresario dejaba salir sonoros bufidos mientras recargaba la frente sobre el escritorio en su oscura oficina o masajeaba su sien repetidas veces mientras salía por una bebida a la máquina expendedora del pasillo. Pero eso no estaba pasando ahora, en su lugar, estaba silbando, e incluso, había abierto un poco las persianas, dejando entrar luz suficiente a la oficina para que pareciera más viva.
Definitivamente, algo bueno tuvo que haberle pasado.
—¿Es interesante la oficina de Viktor?
—¡Ah!
La morena hizo para atrás su silla con ruedas en medio del susto que le provocó escuchar la voz del amigo rubio del ruso, el victimario sonrió divertido al ver a la chica llevarse una mano al pecho, recuperándose de su exaltación.
—Lo siento —rió el suizo—. Es que te veías tan concentrada —canturreó, recargándose del escritorio de la pelinegra.
Acomodando un par de mechones que se fueron a su rostro, la aludida reacomodó su silla mientras alineaba un par de documentos sobre la madera, volteando después su rostro para ver al de ojos verdes, y, haciendo una mueca extraña, preguntó:
—¿Viktor está bien?
El suizo se acomodó mejor sobre el inmueble para mirar a la secretaria.
—¿Por qué lo preguntas?
—Bueno… llegó tarde ésta mañana, pero parece que no le afectó mucho.
—No creo que demorarse en el trabajo sea algo por lo que debas enfadarte, es el jefe.
—No, no, espera; le lleve una torre de peticiones de eventos y documentos para que firmara, los aceptó gustoso. Chris, está silbando mientras trabaja —comentó en cierta forma, incrédula, mientras hacía movimientos raros con las manos para enfatizar sus comentarios.
—De acuerdo, puede que a veces no demuestre mucho cariño a este trabajo. Ahora lo hace, ¿y? —respondió a la morena, restándole importancia.
Sala se recargó en la silla y cruzó las piernas, mirando acusadoramente al suizo.
—Algo tuvo que haberle hecho estar tan alegre —inquirió, suavizando segundos después su rostro—. Es raro… pero me alegro por él —finalizó, esta vez con una expresión más tranquila.
—Sí, bueno, ¿puedo entrar a ver a tu jefe? —desvió el tema.
La secretaria volvió a su trabajo mientras señalaba con la mano la puerta de la oficina del empresario.
—Tienes el camino libre.
El rubio caminó los metros que faltaban a la puerta, abriéndola lentamente al estar frente a ella. Tal como había dicho Sala momentos atrás, el ruso silbaba, su mano deslizaba la tinta sobre el papel de forma delicada y rápida, sobre todo, todo el cuarto estaba iluminado por luz natural, ésta vez no podría burlarse de su extraña afición a la oscuridad.
—Hmm… ¿A qué se debe tanta alegría? —pronunció el suizo, anunciado su llegada.
Viktor detuvo brevemente su labor para mirarlo de soslayo y sonreír.
—Me levanté de buen humor —respondió simple.
Chris tomó asiento frente al ruso, posando su mano derecha sobre el escritorio para recargar la barbilla sobre su mano.
—Deberías sonreír más, parece que, para tu secretaria, es algo sumamente extraño verte trabajar a gusto.
El aludido rió, metió los últimos papeles que había firmado en un sobre bolsa y enfocó su atención en su mejor amigo.
—Siempre sonrío —le dijo al de ojos verdes—. Es solo que ella no me había visto actuar cuando inicio el día pisando con el pie derecho —pronunció, guiñando un ojo al final de la oración.
El suizo arqueó una ceja.
—Paso algo ayer, ¿cierto?
—¿Uhm? ¿A qué te refieres? —preguntó Viktor.
—Te quedaste un rato más con el escritor, ¿fue mucho?
Al momento de que la palabra "escritor" abandonó los labios del rubio, su compañero sonrió instintivamente. Así que era eso.
—A decir verdad… Tuvo un aprieto y le ofrecí quedarse en mi casa. —Chris abrió la boca para decir algo, pero fue hábilmente interrumpido por el ruso—. Charlamos unas horas, yo dormí en el sofá…para aclarar —murmuró.
—Aburrido —bufó—. Pero, ¿fue una conversación interesante? ¿Por fin sabes su nombre?
—¿Su qué?
—Su nombre, Viktor. Su nombre. ¿No habías dicho que no lo sabías?
El ruso abrió los ojos al recordar ese hecho, eliminando su expresión de pequeña sorpresa al cabo de unos segundos.
—No, no me lo dijo —respondió, se levantó de su asiento para colocarse de frente al gran ventanal, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón—. Y, bueno, él puede decírmelo cuando quiera…si es que quiere. No me importaría llamarlo Eros toda la vida.
"O podría buscar más formas de llamarlo en ruso", pensó, riendo a sus adentros.
Chris giró la silla para mirar al hombre a unos metros de él; estaba cambiando, no sabía cómo, ni porqué, ni qué era lo que veía diferente en Viktor, si bien, existía una parte de su vida donde el rubio no sabía con exactitud cómo era la actitud de su amigo, había algo ahí que el suizo en todos los años a su lado nunca había notado, una especie de aura que no podía describir, si fuera una especie de foco, diría que ahora emitía un poco más de luz. Probablemente, el ruso ni siquiera se había dado cuenta del cambio casi imperceptible de su personalidad. Eran pequeños detalles que transmitía de forma casi inconsciente.
Si esto era el resultado de salir de su zona de "confort" donde solo trabajaba y él era el único que invitaba al ruso a salir, entonces hubiera preferido convencerlo de hacer tales actos impulsivos desde hace mucho tiempo. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta ver a su mejor amigo sonreír?
—¿Quieres ir a tomar algo saliendo de aquí? —preguntó el jefe de planeación, sacando de sus pensamientos al de ojos verdes.
Despabilándose, se levantó de su asiento para acercarse al de hebras plateadas.
—Me encantaría —dijo—. Pero ahora soy yo el que te va a cancelar. —Posó una mano sobre el hombro derecho del contrario.
—¿Y tú si me puedes decir por qué? —bromeó.
Chris le miró de reojo mientras se alejaba para acercarse de nuevo a su escritorio, el ruso giró su cuerpo mientras le miraba con una ceja arqueada, sus ojos azules conectaron con los contrarios haciéndole llegar el mensaje "¿y bien?".
—Iré a tomar un café con Masumi —dijo, el empresario se acercó.
—¿Masumi?
—Sí, sí, Masumi. El editor de tu escritor, ese Masumi.
El de hebras plateadas rió.
—¿Un día y ya son grandes amigos? —inquirió.
—Tal vez porque yo no ahuyento a la gente el primer día que me conocen —dijo burlón.
—No estaría tan seguro de eso…—murmuró.
—¿Qué, Nikiforov?
—Nada, nada —rió, dirigiendo la mano derecha al escritorio, ya que le había sentido vibrar siendo la fuente de origen su teléfono celular.
Llevando sus pasos a una pequeña mesa de cristal, el suizo tomó un vaso para servirse Vodka. Sintiendo como se reconfortaba al sentir la textura de la bebida alcohólica rozar su garganta, retomó la conversación.
—Bueno, si quieres puedo mover el compromiso otro día —comentó, encontrando al ruso sonriéndole a la pantalla del celular.
Viktor colocó de nuevo el aparato sobre su área de trabajo.
—No te preocupes. También tengo un compromiso —musitó, guiñándole un ojo.
—Sí, eso pensé —comentó el suizo, dando el último sorbo de Vodka—. Bueno, tengo trabajo que terminar. Nos vemos después —se despidió con voz cantarina, cruzando la puerta.
—Adiós, Chris —respondió.
Una vez cerrada la puerta, tomó de nuevo el teléfono celular para leer el mensaje que le había llegado minutos atrás.
De: Eros.
《¿Tienes planes para ésta noche? 》
Que las salidas fueran recurrentes le hacían sentir ansioso por salir de su jornada diaria, como un niño de primaria mirando insistentemente el reloj de salón de clases, esperando el momento de que la campana anunciara que era libre. Sobre todo, que el joven narrador ahora fuera el primero en llamarle, le hacían sonreír encantado. Aquellos gestos eran suficientes para hacerle pensar que, aunque hubiera iniciado con el pie izquierdo con él, ahora avanzaban a pasos agigantados para conocerse un poco mejor.
Sin divagar más en sus pensamientos, tecleó su respuesta.
《¡Soy libre! ¿Alguna idea de qué hacer?》
Bloqueó el celular para guardarlo en su bolsillo, pero la alerta de una respuesta llegó más rápido de lo que imaginó.
《No realmente… ¿Quieres ir a caminar a Central Park? 》
《¡Por supuesto! ¿6:30?》
《6:30…Nos vemos, entonces. 》
Y, satisfecho, continuó con su pila de documentos, esperando a tenerlos listos para salir a las seis en punto.
….
Su lengua pasó por el cono de galleta, evitando que la gota de uno de los dos helados de chocolate, tocara el piso. No había mucha gente alrededor, la tarde era fría pero lo suficiente para soportarla. Miró el reloj en su muñeca, probablemente había llegado un poco temprano.
Los parques no dejaban de ser parte de su fuente principal de inspiración, observar situaciones cotidianas que a ojos de muchos pasarían desapercibidas, era una de sus más arraigadas costumbres. A veces se preguntaba cómo le verían ellos a él; en este momento era un hombre esperando por alguien para caminar a los alrededores, sostenía un helado en cada mano y miraba de un lado a otro, ¿será que alguien que lo viera a lo lejos pensara en una historia sobre su situación, así como él lo hacía cuando estaba sentado?
Si tuviese la oportunidad de mirarse como si fuera alguien más, deduciría que estaba un tanto…inquieto. No era de su agrado llegar tarde, pero odiaba esperar; sin embargo, tampoco le gustaba llegar temprano, porque estaría como en ese momento, conduciendo sus ojos castaños a todos lados, tratando de localizar una singular cabellera color plata.
Su ingenio no había dado para más que repetir la salida al parque, pero esta vez, sería una caminata lo suficientemente larga para entablar una conversación real, un momento verdadero. Después de todo, compartir uno de sus lugares favoritos con alguien más, era sinónimo de relucir una parte de él, lo cual conllevaba a un paso evolutivo para Eros.
Desenfocó su mirada de los alrededores para concentrar sus sentidos en la textura cremosa del postre helado, sintiendo minutos después el tacto de un par de manos sobre sus hombros.
—¿Llevas mucho tiempo esperando? —dijeron a su oído, provocando cosquillas en su piel un par de mechones plata que lo rozaban levemente.
—Vi-Viktor —tartamudeó el escritor, girando su rostro para mirarlo—. No, no mucho… ¡Ah! —exclamó, separándose un poco para colocarse frente a frente—. ¡T-Te compré un helado! Bueno… hace frío, no sé si lo quieras, tampoco si te gusta el chocolate, eh…
El ruso rió al escuchar como el escritor trastabillaba con sus palabras, silenciándolo al rozar su mano para tomar el cono.
—Está bien, me gusta el chocolate —respondió, lamiendo las gotas que empezaban a resbalar por el borde—. Además, me alegra saber que no soy el único que tiene la gran idea de comer cosas frías con el clima así —rió, haciendo sonreír a su acompañante.
Sus movimientos transcurrieron con naturalidad, empezando a caminar en algún punto de su intercambio silencioso de miradas.
—Oh, por cierto, ¿te gustó el desayuno? —preguntó el ruso.
Eros sonrió al recordar la grata sorpresa de tener el desayuno servido.
—Estuvo delicioso, gracias. Me aseguré de dejar todo en su lugar —informó a su anfitrión de la noche anterior.
—No tenías que molestarte por eso —contestó el mayor.
—Irrumpí en tu casa, es lo menos que podía hacer —dijo el japonés.
—No, yo te invité.
—Bueno…tal vez luego te invite yo —pronunció, sonrojándose segundos después al caer en cuenta de sus palabras—. E-Es decir…si quieres.
Los irises color azul brillaron con brevedad.
—Estaría encantado —respondió con suavidad.
El escritor se escudó detrás de su postre, desviando la mirada, mientras el mayor le miraba divertido.
—Después de irme de tu casa fui a ver a Masumi, me dio mis llaves —retomó la conversación—. Quería que tomara algo con él, pero al final también tuvo un compromiso.
—Sí, lo sé… —murmuró el ruso, recordando las palabras de su mejor amigo—. Oh, por cierto, tengo una gran duda —pronunció con deje curioso.
—¿Uhm? ¿Cuál? —preguntó el japonés, terminando la punta del cono de galleta.
—¿Cómo es que Masumi es tu editor?
El escritor terminó de tragar, sus ojos bailaron un poco antes de responder, divagó un poco entre sus recuerdos y preguntó:
—¿La versión corta o la versión larga?
—La que desees compartir —contestó el ruso.
El escritor suspiró antes de comenzar su relato.
—Bueno… al principio, tenía otro editor, pero, tuvimos diferencias y renuncié.
» Existe un espacio en Greenwhich Village cerca de la universidad donde hay un par de bancas, cuando estaba sin editorial, prácticamente iba ahí a diario a escribir lo que se me ocurriera. Un día, olvidé mi libreta, pero sí llevaba un lápiz, cuidadoso de que alguien pudiera verme, empecé a escribir sobre la madera fragmentos que recordaba de las historias de mis viajes. No me preocupaba en borrarlos. Semanas después un mensaje en tinta roja apareció: "¡Eres muy bueno!", me limité a responder "Gracias". Los mensajes siguieron, pero ésta vez, me preguntaba sobre mí, si lo que escribía era un libro, si planeaba publicarlo, etcétera… no respondí.
» Dos días después, seguía escribiendo, pero alguien se posicionó detrás de mí; "creía que nuca iba a saber quién eras", dijo a mi espalda, casi caía de mi asiento. Fueron días constantes de peticiones por parte de él y rechazos por parte mía, aunque exteriorizara mi parte distante, el insistió, insistió hasta que un mes después accedí a mostrarle qué era lo que escribía en esas bancas, Masumi amó cada línea y me propuso hacerlo un libro, lo dijo con tanto entusiasmo que… me contagió, terminé por aceptar. Y bueno… ese es el origen de mi actual saga.
—Vaya…—exclamó Viktor—. No fue fácil para él, ¿eh? —rió.
—No es su culpa —dijo el japonés—. Es difícil que confíe en la gente o entable una verdadera conversación con ellos…eso lo sabes bien —murmuró apenado.
Viktor negó con la cabeza.
—Para nada —respondió—. Tienes tus razones para hacerlo, no soy nadie para juzgarte, ni tampoco los demás —musitó, deteniéndose un momento. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y dijo—: Me gusta creer que todos somos un bello paisaje —comentó—, sin embargo...no cualquiera se toma el tiempo de apreciarnos lo suficiente.
Los irises del escritor brillaron de forma fugaz al escuchar las palabras recién pronunciadas.
—Supongo que, algún día las personas correctas llegarán —rió.
Sin dejar de ver su expresión apacible, los ojos del escritor se abrieron poco a poco, encendiendo algo dentro de su cabeza.
—¿Qué dijiste? —pronunció, el ruso le miró extrañado.
—¿Qué las personas correctas llegarán? —dijo de nuevo.
—No, no, antes de eso.
—¿Somos como un paisaje? —repitió, arqueando una ceja.
Las manos del nipón comenzaron a moverse nerviosas, el escritor daba pequeños saltos mirando a todos lados mientras hurgaba en sus bolsillos en busca de algo.
—Ah…ah…ah —decía de forma incoherente, caminando de un lado a otro.
—¿Estás bien? —preguntó el mayor, dudoso.
El japonés volteó para mirarlo.
—¡Algo para escribir! ¡Necesito algo! —exclamó, revolviendo su cabello en el proceso.
—¿Uh? —dijo con un deje de confusión.
—¡Si no escribo ahora la idea se irá! ¡Me conozco!
Tras escuchar eso, el ruso buscó en sus bolsillos apostando en la poca suerte que tenía para ver si de casualidad encontraba un lápiz, y lo logró, aunque fue un bolígrafo de tinta azul hundido en los bolsillos de su abrigo.
—¡Ahora donde!
—¡Mi brazo! —sugirió el ruso, alzando sus mangas. El escritor rápidamente negó.
—¡No! ¡Lo verás!
—¿No quieres que lo lea? —respondió con un puchero.
—¡No aún! —exclamó. Buscando en los alrededores, tuvo una idea—. ¡Eso! —dijo para sí mismo, se agachó para tomar una hoja de buen tamaño de un tono verde muy claro—. Esto servirá, trataré de marcar la tinta de forma suave.
—¿Estás seguro? —preguntó el mayor. Eros asintió.
Ese tipo de necesidad, era muy recurrente en el escritor, al menos así lo era antes de sentirse apagado para escribir. Uno de los peores momentos, fue cuando tuvo una idea en medio de un baño, salió a toda prisa enredado en una toalla para buscar una hoja y un lápiz para escribir la repentina frase que había creado.
Tomó el bolígrafo y la hoja recién tomada, le bastó no más de dos minutos para plasmar lo que había asaltado su mente de forma tan repentina. Una vez la idea escrita, y el alma del escritor en paz; siguieron cono su camino.
—La-Lamento que tuvieras que ver eso… —comentó el narrador.
—Está bien, la inspiración llega en cualquier momento, ¿no? —dijo.
—Eso creo. Aunque…será mejor que te acostumbres —musitó burlón.
—Lo haré. Como muestra, empezaré a cargar una libreta y un lápiz para cuando suceda, ¿te parece?
—Me parece —contestó riendo, contagiando al ruso.
El tono suave de sus risas fue disminuyendo hasta terminar en una suave curva en ambos rostros, los pasos sobre el pavimento siguieron lentos y despreocupados, disfrutando de la fría brisa que acompañaba su caminata.
Aquel silencio que les acompañaba, últimamente estaba lleno de una especie de tranquilidad que su entorno, haciendo todo un poco más agradable. Hasta ahora, en cada salida que tenían, habían descubierto cosas el uno del otro, unas planeadas otras no tanto…pero, tal vez, podían acostumbrarse a pasear todos los días para ver que nuevas sorpresas les traería el simple hecho de estar juntos.
El ruso hubiera deseado que aquella burbuja no hubiera sido rota nunca, pero la impertinencia de la vibración de su teléfono celular no pensó lo mismo, alertándolo sobre la llegada de un nuevo mensaje de texto.
El de ojos azules gruñó por lo bajo.
—Ah, disculpa —le dijo al japonés, mientras sacaba el aparato electrónico de su bolsillo.
—No te preocupes —negó suavemente el otro.
Observó el remitente y abrió el mensaje nuevo, al leer el contenido, llevó la mano derecha para sostener su barbilla, meditando por breves instantes.
—Eros —le llamó.
—¿Sí? —respondió, alzando el rostro.
—¿Te gusta acampar?
