(*) Editado el 06 de junio de 2015
9. Dudas y remordimientos
«What am I supposed to want now? What am I supposed to do? Did you really think I wouldn't see this through? Tell me I should stick around for you, tell me I could have it all.
But patience is not my style and I'm so tired and I gotta go».
Zzyxz Rd, Stone Sour
Durante la mañana del lunes el rumor de que Creevey estaba catatónico en la enfermería se extendió como la gripe de dragón. Yo me encontraba en la sala común cuando Greengrass vino a sentarse a mi lado para preguntar:
—Theodore, ¿has visto a Pansy?
—No —murmuré sin bajar la vista del periódico buscando, sin éxito, algo relacionado con la purga que se estaba llevando a cabo en Hogwarts.
—La gente se está volviendo loca con lo del sangresucia petrificado —comentó con desdén mientras se acomodaba entre los cojines—. Incluso se han comenzado a vender amuletos contra el monstruo, ¿te lo puedes creer? No funcionan, por supuesto, pero los compran como idiotas.
Sonreí un poco, divertido. Me reconfortaba ver cómo cundía el pánico entre un puñado de críos mientras yo estaba tranquila y plácidamente leyendo. Sentía cada vez más frecuentemente un agradable cosquilleo en la boca del estómago que con cada bisbiseo histérico que presenciaba por los pasillos del castillo se extendía más y más.
—¿Quién los vende? —pregunté con interés.
—La mayoría salen de los alumnos de quinto y sexto de Slytherin, con eso te lo digo todo.
En ese momento llegaron Crabbe y Malfoy, este último sonriendo anchamente mientras caminaba como si fuera el ser humano más impresionante del lugar a pesar de que casi nadie le prestaba atención.
—Pobre Potter, ya no tiene a nadie que le haga fotos —dijo con fingido pesar, sentándose en frente de nosotros.
—¿De dónde venís? —inquirió Greengrass.
—De la enfermería —contestó Crabbe, socarrón—. Nos hemos colado para echarle un vistazo al sangresucia.
—¡Oh, tendríais que verlo! Se ha quedado petrificado con una cara de imbécil increíble. Deberían sacarlo de la enfermería y ponerlo en los terrenos: haría juego con las estatuas de los cerdos que hay a las puertas del castillo.
—¡Draco! —Parkinson, que acababa de entrar por el hueco de la pared, miró al aludido con una mezcla de horror e incredulidad.
—¿Qué pasa, Pansy? ¿Tú también vienes de ver al sangresucia? —El rubio mantuvo una expresión relajada y jovial, ajeno a los ojos desmesuradamente abiertos de la chica.
La morena se puso blanca y caminó lentamente hasta donde estábamos nosotros, con los puños apretados y un debate interior claramente visible en su mueca. Cuando habló lo hizo con la voz temblorosa y la mandíbula rígida:
—Draco, ¿por qué has ido a ver a Creevey? —Tomó asiento a la derecha del aludido. Parecía estar haciendo muchos esfuerzos por calmarse.
—Para reírme de él, por supuesto —contestó, como si fuera algo obvio, aún con la sonrisa tensándole la piel de las mejillas—. Si quieres podemos ir mañana contigo. Por cierto, ¿dónde te has metido toda la tarde?
—En la biblioteca. —Parkinson respiraba profundamente, muy concentrada en sus inspiraciones y espiraciones.
—¿Qué hacías en la biblioteca cuando podrías estar riéndote de ese cretino de piedra?
Fue entonces cuando ella se puso en pie, con la barbilla temblándole por una sutil e indigesta mezcla de ira y desasosiego. Miró a Malfoy con pena, culpabilizándose antes de tiempo por lo que iba a pasar.
—¡Draco! ¿Qué estás diciendo? —chilló, presa del histerismo—. ¡Es un niño! ¿Qué pasa si no pueden salvarlo? ¿Qué pasa si se queda así para siempre?
Malfoy se quedó estático en su sofá. Boqueó un par de veces, como si no supiera cómo expresar su desconcierto. La sonrisa se evaporó de su pálida cara siendo sustituida inmediatamente por una mueca de asco. Arqueó las cejas y levantó la barbilla, denotando un menosprecio que a Parkinson le supo a lágrimas contenidas.
—¿Y qué más da ese estúpido sangresucia? —escupió.
Eso fue demasiado para ella que, furiosa con él y consigo misma, nos dejó patente su desdicha.
—¡Está así por mi culpa! ¿Es que no lo entiendes? ¡Yo soy la que lo mandó a la enfermería! ¡Yo! ¡Si no hubiera ido esto no habría pasado!
Y ahí fue cuando, ante la atónita mirada de todos, luchó y venció —con una determinación hasta entonces desconocida— por contener el llanto. Yo la miré con curiosidad, palpando esa infelicidad representada en sus manos temblorosas y en sus pupilas brillantes por el arrepentimiento. Malfoy, sin embargo, la contempló con censura y repulsa.
—Pues hiciste bien en mandarlo: está donde se merece.
Parkinson tensó los labios hasta convertirlos en dos finas líneas blancas, se colocó la corta melena detrás de las orejas con calma y, cargando su mirada con todo el odio del que fue capaz que, creedme, era mucho, concluyó diciendo:
—Draco Malfoy, eres un completo gilipollas.
Acto seguido, con la espalda muy recta y la nariz puntiaguda apuntando al techo, se fue directamente a su dormitorio, regalándonos un portazo que retumbó en el oído de Malfoy mucho más que en el del resto.
—¿Qué demonios le pasa? —nos preguntó, intentando reírse de la situación sin conseguirlo.
—Que cree que eres un completo gilipollas, por lo visto —contestó Zabini, tratando de hacer una broma que ni a él le pareció graciosa.
—Creo que está cabreada contigo —le aclaró Crabbe.
—¡Eso ya lo sé, idiota!
Después, negando con la cabeza levemente y aún con la incredulidad esculpida a base de los gritos de una niña, se levantó y se fue a su habitación. Crabbe lo siguió tras dedicarnos un encogimiento de hombros. Zabini esperó unos veinte minutos en los que reinó un silencio a punto de solidificar para decir:
—Esto sí que no me lo esperaba. —Se estiró y concluyó, con expresión neutra—: Ya es hora de irse a la cama, con suerte Malfoy habrá dejado de despotricar. —Miró el reloj y suspiró—. Aunque lo dudo.
Greengrass me escrutó durante unos instantes buscando algo que quizá ni ella supiera. Al poco tiempo se puso en pie y murmuró:
—Voy a ver a Pansy. Buenas noches, Theodore.
Estuve mucho tiempo frente al fuego pensando en Pansy Parkinson. Ella, orgullosa, desagradable. Ella, que siempre antepuso a Malfoy, que se desvivía por apoyar las críticas del rubio. Aquella que en ese momento probablemente estuviera odiándose por haber sido por primera vez quien era y no quien quería ser. Los Gryffindor siempre han destacado por su valor, eso dicen todos. Pero ¿acaso alguna vez han tenido el valor de dejar de lado sus ideales y su educación al permitir que la duda se sembrara en su interior? Las serpientes nunca fueron valerosas, siempre reptaron sobre su intolerancia. Eso siguen diciendo todos. Pero, como en la mayoría de los casos, todos se equivocan. Pansy Parkinson con doce años no se había enfrentado a Voldemort, no había sido alabada por vencer al ajedrez mágico de McGonagall y tampoco había obtenido ciento doce puntos sobre cien en ningún examen. Pero Pansy Parkinson, con doce años, tuvo el valor de anteponerse a todas sus creencias y sentir el aplastante peso de la culpa ante lo que creía que no era correcto. No diré que estaba de acuerdo con ella porque no sería cierto, pero, aun así, fue algo digno de admiración que por supuesto nadie valoró.
Una lechuza de la escuela apareció por uno de los conductos del techo que teníamos habilitados para ellas. Si os soy sincero, no tengo ni idea de cómo funcionaban aquellos pasadizos teniendo en cuenta que nuestra sala común está bajo el lago, pero ¿a quién le importa?
El animal bajó hasta situarse en el reposabrazos del sillón en el que meditaba y me tendió la pata. Desenrollé el trozo de pergamino que llevaba atado a ella y me topé con una letra redonda y ligeramente torcida:
«No todas las mulas son estériles».
Bajo la breve frase —que leí con las cejas alzadas— había pegado un pequeño recorte de un periódico muggle. En él se hablaba de un caso en los llanos de Cojedes, en Venezuela, donde una mula hembra había dado a luz a una cría.
Sonreí al guardármelo en el bolsillo.
—Casi prefería cuando Pansy adoraba a Malfoy, esto es deprimente —me susurró Zabini al día siguiente, de camino a nuestra última hora lectiva.
La situación era la siguiente: Parkinson se negaba a hablar con Malfoy y se esforzaba por no permanecer en el mismo sitio en el que él estuviera más de cinco minutos. Por desgracia para ella, su magnífico plan de evasión no podía llevarse a cabo durante las clases, motivo por el cual arrastraba a Zabini a un pupitre alejado de todos y lo deleitaba durante los sesenta minutos restantes con su mutismo. Y si hay algo que el moreno no aguanta es el silencio: se esfuerza en romperlo cuando este se tensa, pero por lo visto con esa niña le fue imposible.
—En la clase de Binns le dije que tenía una araña en el pelo y lo único que conseguí fue que me mirara con odio. —Suspiró, negando con la cabeza—. Lo peor es que era cierto: se la había puesto yo. ¿Cómo lo lleva Malfoy? Desde que soy secuestrado al menos me ahorro su presencia.
—Con prepotencia y la misma cara que pone cuando hay acelgas para comer —contesté, sin estar especialmente interesado.
Draco Malfoy, orgulloso y desagradable como solo un Slytherin sabe serlo, se dedicaba a ignorar por completo el problema en general y a Parkinson en particular. Caminaba con aún más pedantería por la sala común y se acercaba al resto como de costumbre —forzando que la chica se escabullera con rapidez—. Si no lo conociera tanto y si no supiera lo que pasó después, diría que se la traía floja, que la morena le importaba lo mismo que un par de Hufflepuff jugando con margaritas.
Pero no adelantemos hechos y centrémonos en la clase Defensa a la que llegábamos tarde. Quedaban pocos asientos libres y, para desgracia de Parkinson y Malfoy, todos juntos y prácticamente frente a ese estúpido llamado por algunos profesor. Aún no sabíamos a ciencia cierta que Lockhart era un farsante, pero lo sospechábamos —por mucho que las chicas se desgañitaran acusándonos de envidia hacia ese patético hombre—.
—Atended, alumnos, la clase de hoy es de vital importancia. —Todos lo miraron con sopor, yo me dediqué a la redacción de Snape que tenía a medio acabar—. Hoy os enseñaré cómo vencer a un hombre lobo. —Suspiros de aburrimiento que, cómo no, el profesor malinterpretó—. Sí, chicos, sí, sé que creéis que es imposible y por supuesto aún no estáis ni por asomo capacitados para ello, pero dejad que os ilustre con mi experiencia; quizá así logréis en vuestra vida alguna de las incontables proezas que yo he realizado casi sin esfuerzo.
—Sí, quizá logremos ser tan imbéciles cómo él. Qué bien —murmuró Malfoy con el mentón apoyado en la mano—. Yo creo que se levanta cada mañana para practicar: es imposible ser tan tonto. —Parkinson gruñó desde la primera fila, sin voltearse. El rubio se envaró y añadió, ponzoñoso—: Seguro que sus fans son tan inteligentes como él por dejarse deslumbrar por sus gilipolleces.
Eso fue demasiado para la chica que, con los nervios a flor de piel, se dignó a girarse y espetó:
—Al menos son mujeres. —Miró significativamente a Crabbe y Goyle, provocando las risas mal disimuladas de Zabini.
—Chicos, ¿qué os pasa? —inquirió Lockhart con una enorme, blanca y repugnante sonrisa, mirando a los dos Slytherin como si entendiera el quid del asunto. No lo hizo—. No os peleéis, podéis ayudarme ambos a interpretar una de las escenas del libro, esa en la que venzo a Wagga Wagga. Venga, no seáis tímidos, ¡será emocionante!
—¿Perdón? —Malfoy lo miraba con los ojos como platos y una mueca de asco superlativo.
—Tranquilo, tú puedes representar mi papel. Estoy seguro de que a la señorita Parkinson no le importará hacer de Wagga Wagga —añadió, guiñándole un ojo a la chica—. Venga, en pie.
Ella lo hizo por adoración. Él por no quedar mal y que todos pensaran que se había amilanado. Levanté la vista de mi redacción y los miré: Lockhart los colocaba en frente de todos, a un metro de distancia el uno del otro. La cosa se puso interesante cuando le pidió a Parkinson que aullara. Ella lo miró con horror y, con un abochornado tono rosáceo en sus mejillas, lo hizo.
—Muy bien, muy bien. —Aplaudió el profesor—. Ahora tú. —Cogió a Malfoy por la manga de la túnica ganándose una mirada de odio por parte del chico que no supo o quiso ver—. Colócate aquí, así, y salta con expresión decidida hacia Wagga Wagga. —El rubio le dedicó esa vez cara de psicópata, como si estuviera a un pelo de asesinarlo frente a toda la clase—. No, no, esa no es la cara, es más como con el ceño fruncido, así, con los ojos fijos en tu objetivo como si quisieras matarlo con la mirada. Muy bien, así, pero no me mires a mí, sino a Wagga Wagga. Y ahora tienes que saltar sobre él, o sea, sobre ella, y agarrarle los brazos en el suelo, inmovilizándola para…
—¡No pienso saltar sobre ella! —exclamó, tensándose al ver a Crabbe y Goyle riéndose por lo bajo.
Su rápida negativa ofendió terriblemente a Parkinson que siseó, con todo el doble sentido que pudo:
—Quizá Draco prefiera que Wagga Wagga sea representado por Vincent o Gregory, profesor.
Malfoy gruño, furibundo.
—O quizá Pansy prefiera que usted se lance sobre ella, señor —contestó con retintín y sonrisa agria.
—¡Pues sí! —chilló y mintió la niña, roja de ira y vergüenza. Acto seguido se fue como un torbellino cerrando la puerta de la clase con su acostumbrado portazo.
Lockhart miró a su alrededor durante un minuto, presa del desconcierto.
—Vaya, vaya —nos dijo, deslumbrándonos con su elocuencia—. Vaya, vaya, vaya… Bueno, quizá sea mejor dejar esta representación para otro día. En lo que queda de clase os dedicaréis a componer un poema sobre mi victoria con el hombre lobo que me entregaréis la semana que viene. —Sonrió a los niños que deseaban su muerte—. ¡El autor del mejor poema será premiado con un ejemplar firmado de «El Encantador»!
Seguí con mi redacción de Pociones. Por supuesto me negaba a malgastar mi tiempo en tamaño insulto a mi inteligencia. Cuando el timbre sonó y nos dirigimos a nuestra sala común, Greengrass inquirió:
—¿Habéis escrito algo?
—¿A lo largo de mi vida? Muchas cosas —contestó Goyle, nadie supo si en serio o tratando de hacer una broma. Yo me decanté por la primera opción.
La chica bufó, agarrándose la frente con evidente fastidio.
—Hablo del poema, Gregory, idiota.
—Ah. No, ni si quiera me he leído el libro. —Se encogió de hombros—. ¿Y vosotros?
—Yo sí. —Todos miramos a Malfoy con sorpresa—. Debería publicarlo, es una obra de arte.
—¿Cómo es? —lo animó Goyle.
—Wagga Wagga era un engendro peludo—recitó con tono serio y dramático— que se divertía con Lockhart dándolo por el cu…
—¡Draco! No puedes ponerle eso, te suspenderá —lo regañó Greengrass, en parte molesta porque a ella también le gustaba el profesor, en parte divertida por la salida del chico.
—¿Qué más da? —Hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto—. No creo que a mi padre le importe que no apruebe esa estúpida asignatura.
—Tienes que aprobarlas todas para pasar de curso. Además, ¿qué clase de rima es esa?
—Una válida. Riman las oes de peludo y culo.
Crabbe y Goyle estallaron en carcajadas, palmeando la espalda del rubio para felicitarlo por su ocurrencia.
Después de la cena que Parkinson se saltó, después de que Crabbe y Goyle comieran por ella, por ellos y por su posible descendencia, me dejaron terminar tranquilo mi redacción de Pociones. Estaba repasando el metro y medio de pergamino en busca de faltas ortográficas —sobra decir que no cometí ninguna— cuando Greengrass se situó a mi izquierda y me miró con cara de pocos amigos. Esperé exactamente dos minutos a que se fuera por mi falta de interés o a que dijera lo que tuviera que decir de una maldita vez.
No lo hizo, y estoy convencido de que fue a propósito. Parecía disfrutar especialmente cuando me molestaba.
—Qué —inquirí o, mejor dicho, exigí.
Siempre me ha enervado que la gente tenga a bien dedicarte caras de sufrimiento, odio, embelesamiento o sopor esperando a que preguntes por el motivo de las mismas. Sabía y sé de sobra que el ser humano es una gran suma de incongruencias, pero ese punto en particular colma el vaso de mi paciencia y pasotismo. Para mí es muy simple: si alguien tiene que decir algo, si siente la irremediable e imperiosa necesidad de compartir las estúpidas experiencias de su patética vida, que lo haga. Lo contrario me irritaba casi tanto como la manía de algunos de preguntarte qué tal estás única y exclusivamente para soltarte la perorata cuando tú seas tan iluso como para devolver la cuestión. Por supuesto yo nunca fui tan iluso y los Slytherin no preguntábamos a otros nada por seguir absurdas normas sociales.
—Empiezo a estar harta de todo esto. —Le lanzó una mirada envenenada a Malfoy, que se reía y hacía pantomimas en frente de la chimenea junto a Crabbe y Goyle—. No sé por qué a Pansy le afecta tanto la situación, está claro que a Draco no le importa en absoluto lo ofendida que finja estar.
La miré con indiferencia, esperando a que llegara adonde quisiera llegar con la conversación.
—¿Y?
—Bueno, Pansy lo está pasando mal, ¿sabes?
—¿Y? —repetí, monocorde.
Ella suspiró y, decidiendo inteligentemente que lo mejor era abordar el tema a bocajarro, lo soltó:
—Quiero saber cómo se siente él al respecto —declaró al tiempo que hacía repiquetear sus uñas contra el tablero de la mesa, impaciente.
—Pregúntaselo tú misma.
—No me lo va a decir. —Chasqueó la lengua para demostrar lo que le fastidiaba el hecho—. Y a Vincent y a Gregory no les ha mencionado nada. Con Blaise sabes que no se lleva especialmente bien, así que me quedas tú.
Clavó sus ojos en los míos, buscando mi cooperación. Reconozco que durante unos segundos se me pasó por la cabeza que Greengrass estuviera ayudando de algún modo a Parkinson única y exclusivamente por el apego que sentía hacia su amistad. Por supuesto que había más: pese al grado de compañerismo que tuvieran las dos chicas que, recalcar, siempre fue bastante sólido, en Slytherin solemos dejar que cada uno resuelva sus propios problemas sin inmiscuirnos. Por un lado es ofensivo y atenta contra el orgullo propio el necesitar la ayuda de otros para solucionar algo privado; por otro lado, si alguien está dispuesto a lapidar su ego pidiendo auxilio, está expuesto a ofrecer algo a cambio de él. La cuestión en ese momento era qué le había ofrecido la morena a Greengrass a cambio de sus pesquisas.
—¿Y bien? —forzó, claramente molesta por la labor que desempeñaba. Definitivamente debía interesarle mucho lo que Parkinson le había prometido de vuelta.
En ese momento Malfoy se puso en pie y comenzó a recitarle a su audiencia, compuesta por Goyle, Zabini y Crabbe, otro de sus versos:
—A Pansy le hubiera gustado ser el hombre lobo, para que Lockhart le tocara todo. —Carcajadas que el rubio acalló poniéndose un dedo en los labios—. Es increíble cómo ella puede creer a ese profesor absurdo, cuando está claro que su engaño es de lo más burdo…
Miré a Greengrass, que en ese momento contemplaba a Malfoy como si no creyera que tanta estupidez pudiera caber en una sola persona.
—Creo que eso responde a tu pregunta.
Ella suspiró y negó con la cabeza, visiblemente hastiada.
—Está bien, si te enteras de algo me lo dirás, ¿no?
—Depende.
Y ella no preguntó de qué dependía, como hubiera hecho cualquier otro. Se limitó a asentir con un movimiento seco y a sacar su material de la mochila, desparramando plumas y pergaminos por toda la mesa. Traficar con la vida privada de los demás era muy común en Slytherin; como ya os dije anteriormente: la información es poder. Por lo tanto, en nuestro nido de serpientes los secretos siseados a media luz se comercializaban, y yo en particular los vendía muy caros. Bien es cierto que en esa época aún no estaba del todo familiarizado con los ignominiosos beneficios que podía obtener a cambio de ciertas confidencias, pero con el paso de los años supe sacar mejor partido de mi cooperación para con la curiosidad de otros.
—Me quedan veinte centímetros para terminar la redacción de Pociones —murmuró Greengrass—. Theodore, ¿me dejas leer la tuya? —Sin mirarme, ya sabiendo la cara de escepticismo que tendría, añadió—: Cuando la termine podemos jugar al ajedrez.
—Hecho. —Le tendí mi pergamino y subí a mi dormitorio a buscar el tablero.
La primera en ceder en esa ocasión fue, como seguro habréis adivinado, Pansy Parkinson. Tardó exactamente setenta y dos horas en hacerlo. Cuando bien entrada la noche la niña bajó a la Sala Común, con la bata verde encima de un camisón demasiado largo como para despertar atenciones masculinas, aún no sabía que había perdido esa batalla pero que probablemente acabara ganando la guerra. Y la guerra en la que lucha esa chica es, seguramente, la más dura de todas las que libramos nosotros.
Se sentó en el sofá desde el que yo contemplaba el crepitar del fuego, se giró hacia mí y me miró con sus ojos pequeños y negros surcados de ojeras. Pese a ser prácticamente palpable su sufrimiento ella estaba seria, con la cabeza erguida, guardando con mucho esfuerzo la compostura. Suspiró y dijo:
—¿Qué se supone que debo de hacer ahora?
—Esa no es la pregunta, sino: ¿qué quieres hacer?
Ella tomó aire y se abrazó a las rodillas, apoyando la cara en ellas para ocultarla. Desde su prisión de autocompasión me llegó su voz ahogada.
—Quiero ser feliz.
Así de sencillo era todo y, a la vez, así de complicado. Buscar el camino que nos lleve a la felicidad nos obliga, siempre, a seguir la ruta más escarpada de todas. Y buscar ese camino cerca de la mazmorra en la que dormíamos es aún más difícil.
—¿Por qué lo hiciste? —inquirí, más por curiosidad que por verdadero interés en ella.
—Porque… —Su voz recalcitrante, demasiado aguda para ser considerada bonita, se quebró—: Porque era lo correcto, porque me sentía culpable. Él… a ese niño estúpido no le habría pasado nada de no ser por mí. Ahora… ahora podría estar haciendo cosas patéticas con sus patéticos amigos y yo… yo se lo he quitado.
Observé durante un momento el vaivén de sus hombros convulsionándose. ¿Que si me dio pena? No, la lástima está reservada para aquellos a los cuales consideras inferiores. Ella me inspiró tristeza: tristeza por tener que enfrentarse tan pronto a la cruel realidad, tristeza por saber que nunca quiso toda esa humanidad y conmiseración que tanto pesaban. Parkinson siempre fue una culebra en un nido de anacondas: aunque se esforzara tanto por aparentar ser semejante a sus hermanas, aunque tratara de ocultar su condición de inferioridad. O superioridad, depende del ojo que juzgue. Y es que ella también hizo lo imposible por lograr sus fines, por mucho que fueran distintos a los de los demás.
De hecho… cada vez estoy más convencido de que quizá sea la única que venza en esta guerra.
—Si no le hubieras encargado ir ahora estaría en su cama durmiendo —concedí—, pero habría sido otro el que ocupara su lugar en la enfermería.
—Theodore, tú… ¿tú qué opinas? —Exhaló aire con lentitud y prosiguió—. ¿Qué sientes al pensar en los ataques a los sangresucia?
—Nada.
Ella alzó la cabeza y sus ojos, cargados de lágrimas que derramaba con vergüenza, me miraron buscando la verdad en los míos. La encontraron.
—¿Por qué?
—Porque me da igual lo que les pase a los demás y a los demás les daría igual lo que me pasara a mí —murmuré, sin pesar alguno.
—Pero eso no es cierto, ¡la gente está afectada por lo que ha sucedido! —dijo, suplicando que fueran ciertas sus palabras.
—No, la gente está asustada porque les puede pasar a ellos. Les da lo mismo lo que le suceda a ese Creevey, pero les aterra que eso signifique que ellos también están en peligro.
Ella meditó mis palabras, limpiándose la cara con la manga de la bata.
—¿A ti te importa lo que les pase a los sangresucia?
—No, pero tampoco me importa lo que les pase a los magos de verdad. No me sentiría más afectado de haber sido atacado alguien de sangre pura.
—Yo… yo no sé qué pensar —estalló, con la cara congestionada por el sufrimiento—. Yo sé que ellos son peores, sé que los muggles son malos, que intentaron destruirnos en el pasado. Sé todo eso, sé que es cierto, pero… —Se agarró el pelo con las manos, agobiada—. ¿No podríamos dejarlos en paz? Es decir, que se vayan a estudiar a otro lado y todo arreglado, ¿no?
Es increíble lo simples y certeras que pueden resultar las reflexiones de una cría de doce años. Por desgracia para ella, los que tomaban las decisiones, los que alimentaban el odio, eran adultos que se habían deleitado durante tanto tiempo con el veneno de la intolerancia que ya no atendían a razones prácticas y sencillas. Esos adultos que únicamente creían en el caos como creación de un nuevo orden social.
—Pero el hecho es que no estudian en otro lado y sabes que no van a hacerlo —murmuré—. Entonces, ¿qué?
—Le pediré perdón a Draco —susurró, con sus propias palabras aguijoneándole la conciencia.
Sonreí de medio lado y me recosté en el respaldo del sofá, contemplando el techo con las manos tras la cabeza.
—Perdón… ¿por qué?
—No lo sé.
Y así fue como Pansy Parkinson trató de buscar su felicidad al lado de aquello que la hacía infeliz. Así fue como intentó prosperar con las promesas cargadas de mentiras. Así fue como escogió una bifurcación en su camino hacia el bienestar, una bifurcación que estaba repleta de piedras sobre las que tropezaría una y otra vez, piedras que herirían sus rodillas y su humanidad.
—Pero no quiero estar enfadada con Draco, no soporto que me mire así. —La niña se removió, incómoda—. ¿Crees que a él le importó que le gritara ese día?
Miré hacía la chimenea y arqueé una ceja, divertido.
—Sí —contesté.
Ella sonrió con ilusión y se levantó de un salto. Cuando estaba caminando hacia los dormitorios se giró y me dijo, recuperando ya la compostura y el carácter avinagrado:
—No le hables de esto a él.
—No lo haré.
Cuando hubo desaparecido, cuando estaba ya metida en su cama sintiéndose incómoda por nuestra conversación, le susurré a la chimenea:
—Se te está quemando una esquina de la capa, Malfoy.
La habitación supuestamente vacía me devolvió un gruñido y algún que otro taco. Segundos después un rubio en pijama, con las mejillas sonrosadas por la vergüenza y la furia, apareció de la nada, tiró al suelo su capa invisible y le lanzó un hechizo para extinguir las llamas.
—Solo quería saber qué demonios hacía bajando a estas horas a la sala común. Más te vale mantener la boca cerrada —graznó y, acto seguido, se fue hacia nuestra habitación pisando fuerte y murmurando no sé qué de que las capas de hoy en día eran una chapuza y que deberían ser ignífugas.
Al día siguiente, como si esas setenta y dos horas de comentarios crípticos y miradas de reproche no hubieran existido, Malfoy fue a hablar con Parkinson con normalidad, ahorrándole a la chica todas las disculpas que había ideado esa noche. Si bien el "alcánzame la mermelada de frambuesa, Pansy" no fue especialmente ingenioso, a ella pareció bastarle y sobrarle.
Ya en diciembre, durante la segunda semana, Snape pasó una lista para que nos apuntáramos aquellos que nos quedaríamos en el castillo a pasar la Navidad.
—¿Qué vais a hacer? No os quedaréis, ¿no? —inquirió Greengrass, ignorando el trozo de pergamino.
Parkinson y Zabini negaron con la cabeza.
—Yo sí me quedo, también Gregory y Vincent —anunció Malfoy, encogiéndose de hombros—. Quién sabe, puede que pase algo interesante con lo del heredero y no quiero perdérmelo. Nuestros padres se han negado a decirnos nada, quizá en Hogwarts averigüemos más. De todos modos me enviarán los regalos, así que ¿qué más da?
Sí, el espíritu navideño de ese niño no conoce límites. Hacía unos días había barajado la opción de ir con su familia porque así quizá pudiera interrogar a su padre, pero como Lucius Malfoy le había dejado muy claro tras su segunda carta que no pensaba decirle más del asunto, su vástago se había ofendido y, con orgullo y presunción a partes iguales, había decidido que el colegio era ahora más emocionante que las cenas a la luz de las velas en Malfoy Manor. Goyle y Crabbe, por otro lado, decidieron quedarse por no dejar solo a su amigo —y no exponerse más de la cuenta a sus rubias cejas fruncidas—.
—¿Y tú, Theodore? —me preguntó Parkinson.
—También me quedo.
Greengrass me lanzó una mirada cargada de reproche. Espero que no se os pase por la cabeza la absurda idea de que me había solidarizado con la misión detectivesca de Malfoy. Mis motivos eran simples: no me iba a divertir más en mi casa que en el colegio y, al menos, si estaba aquí me ahorraría a mi putrefacta abuela y a sus putrefactos comentarios.
Una semana después, cuando tras una sesión de biblioteca con Greengrass entramos a nuestra sala común, una Pansy Parkinson demasiado emocionada se acercó corriendo hasta nosotros y empezó a hablar muy deprisa y, para desgracia de los tímpanos de cualquiera, muy alto:
—¡Daphne! ¿No te has enterado? ¿No lo sabes aún? —exclamaba, entre saltitos, agarrando del brazo a la aludida. Esta, que obviamente no sabía de qué demonios no se había enterado todavía, negó con la cabeza dando pie a la perorata hormonal de su amiga—: ¡Lockhart! ¡Va a darnos lecciones de duelo! ¡Esta noche a las ocho! Para prevenirnos contra en monstruo de Slytherin y todo eso…
—Oh, qué bien —comentaba Malfoy desde su sillón, con expresión malhumorada—. Estoy deseando que alguien me enseñe a batirme en duelo con un bicho. Bicho de Slytherin que, por si no os habíais percatado, es nuestra Casa.
Parkinson torció el gesto.
—Pero, Draco, esto puede resultarnos muy útil por si acaso…
—¿Por si acaso? ¡¿Por si acaso qué, Pansy?! —Se levantó del sillón y se acercó a nosotros. Zabini, Crabbe y Goyle lo siguieron—. ¡No nos va a atacar!
—No puedes estar tan seguro. —Se obcecó la niña.
El rubio resopló, visiblemente harto.
—Punto uno, somos sangre limpia. —Enumeró, ayudándose de los dedos de su mano derecha—. Punto dos, es nuestro monstruo, de nuestra Casa. Y punto tres, ¿cómo se supone que te bates en duelo con eso? —Parkinson iba a abrir la boca cuando él, poniendo una voz aflautada muy desagradable, la cortó—: «Oh, perdone señor bicho asesino de sangresucia, hagamos una reverencia y saquemos nuestra varitas a la de tres. ¿Cómo? ¿Que no tiene? Pues lo siento: tendremos que dejar esto para otro momento, váyase por donde ha venido. ¿Qué dice, que viene de la sala común de Slytherin? Oh, qué bien, podemos volver juntos».
—Me da en la nariz que Malfoy no quiere ir —se burló Zabini, provocando una gris mirada de odio.
Greengrass soltó una risita. No nos había dado tiempo a olvidar el altercado en la clase de Pociones dobles del jueves pasado que había provocado que cierta protuberancia del sistema respiratorio del rubio adquiriera el mismo tamaño que su ego. Eso sin contar con los ojos de Goyle al estilo elfo doméstico deforme y con el culo de Parkinson del tamaño del de Millicent Bulstrode. Desde ese día, Zabini se lo estaba pasando cruel y retorcidamente bien haciendo alusiones al asunto.
—¡Pero, Draco, esto puede resultarnos útil para batirnos en duelo con otros magos, por ejemplo! —insistía la morena.
—Pansy, no te esfuerces, creo que Malfoy está hasta las narices de oír hablar de esto.
Hasta Crabbe y Goyle se rieron esa vez.
—Zabini, cierra la boca de una jodida vez —siseó el ofendido—. Iré, pero solo para tener la oportunidad de maldecirte.
—Vaya. —El moreno silbó fingiendo estar impresionado—. Está claro que si me vences me dejarás con… un palmo de narices.
—¡Cállate!
A la hora estipulada, un montón de perdedores entusiasmados se agolpaban en el Gran Comedor en torno a una tarima dorada sobre la que ya se encontraban Lockhart y Snape.
—Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicaba el payaso—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.
Malfoy sonrió a mi lado y le murmuró a Crabbe un «lo dudo» cargado de esperanza. Parkinson se puso las manos sobre la boca, aparentemente preocupada. El gritito angustiado que profirió tras la bochornosa victoria de Snape fue acallado por los silbidos y vítores del resto de Slytherin. Si ya de por sí muchos de ellos adoraban al profesor de Pociones, el que hubiera arrojado a ese imbécil como a un trapo no hizo sino acrecentar esa devoción.
—¡Basta de demostración! —dijo Lockhart, levantándose a duras penas—. Vamos a colocaros por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme…
Mientras que el aludido ayudaba amablemente a poner en ridículo a Potter juntándolo con Malfoy, el profesor de Defensa vino hacia nosotros y decidió que, como su vida era una verdadera mierda, se sentiría mejor si la nuestra también lo era. Colocó a Greengrass con una de las Patil, a Parkinson con un tal Michel Corner, a Crabbe con Zacharias Smith y a Goyle con Hannah Abbott, que lo miraba horrorizada.
—Ven por aquí, chico —me indicó—. Esta señorita está libre.
—Hola, Theodore —me saludó Lisa Turpin, sonriente.
«Estupendo», pensé con amargura.
—¡Poneos frente a vuestros contrincantes y haced una inclinación!
Me negué, por supuesto: todo aquello era una pérdida de tiempo. Si en algún momento de mi vida me batía en duelo con alguien, lo último que me iba a dedicar a hacer eran reverencias. La Ravenclaw rio.
—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres lanzad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Solo para desarmarlo, no queremos que haya ningún accidente. Uno… dos… ¡tres!
Mi expelliarmus fue más rápido y le dio de lleno en el estómago, haciéndola caer al suelo de espaldas. La miré con tranquilidad mientras se frotaba un brazo dolorido. Por supuesto no me acerqué a tenderle la mano.
Oteé a mi alrededor: era evidente que muchos de mis compañeros, y algún otro que no lo era, habían decidido ignorar las indicaciones de emplear únicamente hechizos de desarme. Crabbe y Smith se hallaban en el suelo peleando a puñetazos; Abbott corría despavorida, siendo perseguida por un Goyle que reía como un maníaco; Greengrass le tiraba con saña del pelo a Patil; Bulstrode trataba de ahorcar a Granger y Potter daba estúpidos saltos mientras Malfoy se desternillaba.
—¡Finite incantatem! —rugió Snape, zanjando el caos. Después decidieron, cortesía del jefe de Slytherin, que el cabeza rajada y Malfoy hicieran una demostración delante del resto de los alumnos.
Lisa se acercó a mí, cojeando ligeramente, y dijo:
—¿Te quedarás en Hogwarts durante las vacaciones de Navidad?
—Sí.
Ella, poniéndose de puntillas para ver de qué hablaban Snape y Lockhart, sonrió y añadió con voz cantarina que también se quedaría.
—Vaya, espero que Harry sepa interceptar hechizos porque eso que acaba de hacer el profesor Lockhart no parece muy efectivo —opinó, mientras que al susodicho maestro se le caía la varita por hacer el gilipollas con ella.
Potter miraba con horror cómo Snape le susurraba a Malfoy lo que debía hacer y, con cara de tener problemas gastrointestinales, le pedía al profesor de Defensa contra las Artes Oscuras que le explicara de nuevo cómo era eso de rechazar embrujos.
En ese momento llegaron Greengrass y Zabini por un lado, y Terry Boot por otro. El chico de pelo negro se situó inmediato a su compañera de casa, recolocándose una y otra vez las gafas de pasta sobre la nariz y lanzándome miradas acusatorias, nadie sabía y a nadie le importaba el porqué. Los dos Slytherin se situaron a mi derecha, comentando la pelea entre Crabbe y Smith.
—¿Dónde está Pansy? —preguntó después Zabini.
—En primera fila —dijo Greengrass mientras señalaba a una figura que miraba con preocupación a Malfoy y con odio superlativo a su contrincante.
—¿Estás bien, Lisa? —murmuró Boot—. He visto cómo has caído al suelo, ¿te duele algo? Si quieres podemos ir a ver a Pomfrey.
—No hace falta, Terry, estoy perfectamente —tranquilizó ella.
Él se acercó al oído de la chica, probablemente con intención de que yo no escuchara la tontería que estaba a punto de decir. No lo consiguió:
—¿Qué te ha hecho?
—Un expelliarmus, claro —contestó ella con una leve nota de impaciencia.
—¿Estás segura? Porque yo creo que la varita no estaba precisamente en la posición idónea para…
Estaba a punto de preguntarle a ese Ravenclaw si quería comprobar la idoneidad de la posición de mi varita para con los hechizos, cuando Turpin le dio un manotazo en el brazo y le exigió que dejara de decir tonterías.
—¡Serpensortia! —gritó Malfoy, provocando que una larga serpiente negra saliera de la punta de su varita en dirección a Potter.
—¡Te lo dije, Lisa, es él! —gritaba excitado Boot.
—Eso es un hechizo que podría hacer cualquiera, no el monstruo de Slytherin —bisbiseó ella.
Greengrass me agarró del brazo, clavándome las uñas, y contempló con horror y asco a la serpiente.
Las cosas se complicaron cuando Lockhart hizo alarde de su ineptitud lanzándole el furioso ofidio a Finch-Fletchley. La escena hubiera quedado en un truculento y a la vez satisfactorio incidente si no hubiera sido por la intervención de Potter, que se decidió a deleitarnos con su bilingüismo.
—Parsel —murmuró Boot, atónito—. Sabe hablar parsel.
parsel.
