En Inglaterra. Epílogo

Después de la ardua experiencia de ser niñera del buenmozo jovenzuelo inglés un año mayor que ella, Candy debió adaptarse nuevamente a la rutina de ser normal. Bueno, todo lo normal que se puede ser cuando acabas de ser adoptada por una familia que tiene tres guapos primos y dos odiosos primates... sin el afán de ofender a los primates, claro está.

Se divirtió mucho las semanas que pasó en el hotel Savoy junto a Anthony, Stir y Archie, mientras paseaban por los lugares interesantes de Londres y compraban lo necesario para la nueva vida de "señorita" que emprendería Candy en el Real Colegio San Pablo. Aunque de noche, todavía extrañaba a Terry y se preguntaba cómo reaccionaría él al verla como compañera de colegio.

La noche antes de ingresar, no pudo dormir, dándose vueltas en la cama, nerviosa ante la idea de volver a verlo. Claro que jamás se confesó eso, solo se dijo a sí misma que era la emoción de entrar a un colegio tan elegante.

Pero todas sus esperanzas y temores no tenían asidero, pues Terry no apareció. La gente hablaba de él en susurros, claro está, pero no sabían nada de él.

"No tiene amigos" pensaba Candy, que oía las murmuraciones "nadie lo quiere..."

Finalmente llegó el día tan esperado.

Mientras estaban en misa, las puertas se abrieron y unos fuertes pasos interrumpieron la oración.

-¡Terry! - dijo la hermana Grey.

-Hermana Grey – dijo Terry - ¿Usted cree que todos estos chicos están realmente rezando? ¿O solo fingirán que lo hacen, mientras piensan en otras cosas? ¿Qué cree usted, hermana Grey?

-¡Terry, espérame en mi oficina! - ordenó la hermana Grey. Terry sonrió de medio lado y lanzó una despreciativa mirada los alumnos, hasta que sus ojos se posaron en ella.

En su antigua niñera.

Terry, que tenía preparado un magnífico discurso sobre la hipocresía de la clase dominante, se quedó sin palabras, y dominando las ganas de sonreír, se retiró del lugar.

Candy había notado la extraña mueca de Terry, y llena de compasión como estaba por su falta de amigos, abandonó la misa y lo siguió.

-¡Terry! - lo llamó, pero él no le hizo caso.

Anthony, que también había salido de misa, se fijó en lo que había pasado y frunció el ceño.

La amistad con el rebelde inglés no le convenía a su dulce Candy.

Así que Anthony fue esa misma tarde a hablar con Terry, y le hablo de la dura vida que Candy había llevado hasta ese entonces: el abandono que sufrió en la niñez, la etapa de pobreza en el Hogar de Pony, que aunque estaba lleno de amor tenía estrecheces económicas, los meses terribles como esclava de la familia Leagan, los tormentos a los que la sometían Eliza y Neal, los desprecios de la tía abuela Elroy...

Terry no decía nada, pero tampoco lo interrumpió. Cuando Anthony terminó de hablar, Terry por fin abrió la boca:

-¿Qué quieres que haga?

-No te juntes con ella. No digas que la conoces. Si Eliza se entera de que trabajó como sirvienta en tu casa, jamás la dejará en paz, e impedirá que el mundo la reconozca como una dama.

-Ella es importante, aunque no la vean como a una dama.

-Es que ella quiere serlo – terminó de decir Anthony, dejando a Terry sumido en un profundo silencio.

Por eso Terry jamás le habló a Candy. Por eso, cuando ella corría a su lado para conversar, él la ignoraba. Por eso, aunque ella intentó un par de veces conversar con él fue inútil. La chica pensaba que Terry estaba avergonzado del tiempo en que tuvo que convivir con una niñera menor que él, así que se convenció de que lo mejor era dejarlo en paz.

Sin embargo, Terry la observaba. Y un día, aunque había prometido a Anthony no meterse en los asuntos de Candy, no pudo evitar ayudarla.

Porque Neil y una pandilla de chicos idiotas comenzaron a atacarla, en el parque que estaba dentro del colegio.

Nadie más estaba por allí. Candy era una sola, contra cuatro chicos abusivos. Terry se vio obligado a saltar del árbol donde estaba descansando, y arremeter a latigazos contra esos imbéciles que maltrataban a una mujer.

Entre él y Candy casi dejaron aturdidos a los matones de poca monta.

Cansados y sudorosos, los vieron escapar por el sendero hacia el colegio.

-Gracias – dijo Candy después de un rato, mirándolo con esa gran sonrisa. Él, confundido, miró hacia otro lado. Ella le tiró la oreja.

-¡Ay! - reclamó él, recuperando su oreja adolorida.

-¡Vaya! Pensé que no podías hablar. Como no te has dignado a dirigirme la palabra en tantas semanas...

-Creí que era lo mejor – se defendió él.

-Claro, como tengo tantos amigos en este lugar. Por eso lo mejor era no hablarme – se quejó ella.

Él la miró muy serio.

-¿Y Anthony? ¿Y esos dos chicos que siempre andan con él?

-Anthony... - suspiró Candy – Anthony, y esos dos chicos, como los llamas tú, cuyos nombres son Stir y Archie, son estudiantes destacados y están llenos de actividades interesantes. Club de arte, de lectura, de astronomía, de física, de matemática, de moda, de genealogía... es increíble la cantidad de cosas que pueden hacer en un día. A mí me alcanzan con suerte las horas para hacer mis tareas y dar algunas vueltas por el parque.

-¿No tienes amigas? - preguntó él, preocupado.

-La mayoría de las chicas son amigas de Eliza, y ella no es el tipo de persona con el que quiero juntarme. No, no tengo amigas. Hay una chica que me simpatiza, pero está demasiado dominada por Eliza. Así que aquí me tienes, caminando sola.

-Es muy triste no tener amigos – murmuró él.

-¡Miren quién lo dice! - se burló Candy - ¡Tú también andas solo!

-Yo ando solo porque la gente me molesta – dijo él.

-¿Yo también te molesto?

Él guardó silencio un rato.

-Sabes que no me molestas – dijo al fin – y sabes que, si fuéramos mayores, me habría enamorado de ti y podría decirte que cuando nos separamos sentí como si mi piel se hubiese abierto, y que la sangre caía por esa herida tan dolorosa que nada podría cerrar. Pero somos niños, y lo que siento por ti es solo amistad, según dice mi padre.

Candy enrojeció.

-Es verdad, solo somos niños y yo no quiero nada más que amistad. ¿Es muy difícil? - preguntó, sonriendo.

-Cuando sonríes se te marcan las pecas – se burló él. Ella rió abiertamente.

-Eso significa que sí – dijo la chica, y le guiñó un ojo.

-¿Y qué dirá Anthony? ´se preocupó Terry - ¿Y no te molestará Eliza, no se enojará tu tía abuela...? ¿No quieres ser una dama?

-Si tú eres un caballero inglés, no veo motivo para que yo no pueda se una dama – dijo ella.

A Terry le tomó un momento decidir si eso último era o no una ofensa. Finalmente, sonrió y la siguió rumbo al colegio.

La vida escolar era más entretenida con un amigo.

FIN DEL EPÍLOGO

Había soñado con esta escena de Terry y Candy hablando sandeces en el colegio, y al fin la quité de mi sistema.

¡Gracias por leer! :)