N/A: ¡Lo siento mucho! Pero me fue algo más que difícil hacer lo que hice… espero que la espera haya valido la pena, de cualquier forma y tamos en la recta final. Creo, no me hagan mucho caso, que ya quedan solo dos o tres capítulos más. Prometo no tardarme, en serio.

Sobre la "carta" que Kagome le envió a su mamá. No sé francés solo busque en Internet una frase apropiada para la ocasión y salió esa… como ya dijo Abril-chan, no es del todo coherente, pero realizó su cometido, nee?

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IX: Nathalie

Miró fríamente a Kagome por el retrovisor. Ella frunció el ceño.

-¿Qué?- bajó la vista, buscando palabras. -Deja de hacer eso, me pones nerviosa…. ¿Hice algo malo?

Finalmente, él declinó la vista y suspiró.

-Regresaré pronto, no tardaré. Espérame aquí.

-No planeo ir a ninguna parte.

-Buena chica.

Ella le sonrió.

Se paró frente a la tienda. Observó el escaparte y las piedrita que destellaban al mirar el sol. Se inclinó para apreciar una en especial: Era una joya entre sus hermanas, un triunfo de la genética geográfica. Sabía lo que acababa de descubrir, sin embargo, no se atrevía a dar por cerrado el asunto. Pensó que para elegir algo tan importante era necesario más tiempo, dedicación y esfuerzo. Aún no comprendía las corazonadas.

Suspiró por segunda ocasión, con la intención que el aire se llevara la vergüenza de su alma, o siquiera ocultarla y que pasara desapercibida. Luego se dio cuenta de lo infantil que era su actitud. Entraría, buscaría y compraría el anillo perfecto.

Entró a la tiendo, empujando la puerta rápidamente y haciendo sonar la campanita colgada en el techo. Aquel simple suceso le asustó. El sonido, que pasaba como el tilde de una i, pasó a convertirse en un problema de dimensiones estratosféricas. Siendo que, dentro, sólo un curioso volteó y regresó al vista inmediatamente.

Para él, lo difícil apenas empezaba.

-Bienvenido, Vous cherchez quelque chose de spéciale?—la joven le miraba fijamente, con unos lindos ojos grises, como un cielo tormentoso.

-Yo…no, no busco nada en especial.- Mintió.

-¿Está seguro? Si me necesita, llámeme.

-Oui.

Ella le sonrió y podría a ver jurado que se rió de él cuando se dio la vuelta. Se agachó y analizó cada cajita de cristal, fingiendo ver los anillos.

¿Cuál era el maldito problema?

Por naturaleza, sus sentimientos eran propios y nadie, salvo hacía quien los dedicaba, debía saber. Y menos cuando era un sentimiento tan íntimo como lo era el amor para él. Pero, reaccionando, lo conseguía para ella. Por ver ese día su carita chapeada de alegría y sorpresa. Sonrió.

-Señorita, quiero ese.- Concluyó, señalando el que le había robado los ojos desde el principio.

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Mirando a su alrededor, Minoru se dio cuenta de lo poco original de su idea y de lo tradicional que podía llegar a ser. En la mesa derecha había una pareja que acababa de pasar por el mismo camino por donde él planeaba cruzar. No pudo sofocar una risa al presenciar el extraño espectáculo que silenció a todo el restaurante. A su congénere se le cerró la garganta y la lengua tenía tanta movilidad como ceniza húmeda.

Después, la frase salió como un poema aprendido de memoria sin interpretación, la joven lloró y se echo contra sus brazos, deletreando un "sí" un tanto ambiguo y tembloroso. Después todos los comensales rompieron en aplausos y felicitaciones…

¡Dios, era tan difícil!

El quería algo más cómodo, discreto, un grito ahogado… el alivio de una habitación vacía, con solo los murmullos del silencio desquebrajando las paredes, eclipsado el eco del mundo exterior… no, ahora tenía un telón aguardando su entrada.

La extrañaba, moría por verla. Por pasar más tiempo con ella. Por ver el anillo brillar en su marfileño dedo, beber un poco y reír sólo de ver la vela marchitándose ante sus ojos cuando iniciara el día. Nada lo haría más feliz.

Mientras esperaba, planeó comenzar un cigarrillo, para amortiguar la duda, hasta que recordó que su encendedor seguía inservible y no había tenido la delicadeza de cambiarlo. Más bien el permiso. Se limitó a hacer el ademán de buscarlo.

Después, a la lejanía, escuchó el agresivo roce de llantas contra el asfalto, el freno forzado y la última nota del desastre para cerrar el compás. La ola de susurros y curiosos no tardó. Él solía ignorar esas situaciones y esta vez no era la excepción. Seguía tranquilo, con la mirada estoica sobre el mantel. La multitud se agolpaba en las ventanas y en la puerta, buscando solo saciar su insana costumbre.

-…creo que fue un choque de tres.

-Tres involucrados, pero dos dañados.

-El otro se fugó.

-¿Habrá heridos?

-Dicen que fue contra un auto del restaurante.

-Ambos quedaron hechos pedazos, el negro estaba vacío.

Pobre idiota del auto negro, pensó, una noche de mala suerte.

-Fue frente, casi en la entrada.

Hasta que se dio cuenta que él era el idiota desafortunado. Tardó un poco en reaccionar, luego se paró y comenzó a empujar a los demás para salir.

Fuera era un caos. La ambulancia ya venía en camino, según había escuchado. Abriéndose paso llegó hasta su auto, o lo que quedaba de él. Su adorado carro negro que le había costado varios meses de sueldo.

Detrás de los restos del suyo, estaban los restos del otro, el vidrio de enfrente estaba roto y los pedacitos de cristal hacía un siniestro camino hacía la trayectoria.

No quería voltear, no debía y, de alguna forma, sabía que se arrepentiría, pero también sentía que era su deber.

Encontró el cabello azabache derramado por el suelo, recostado de espaldas con la carita oculta de la muchedumbre, el lago escarlata huía, corriendo como un rió de agonía, la vida escapándose por la esquina.

Caminó hasta ella, ante las inquisidoras miradas de los demás, con la esperanza rayando sus pupilas.

La tomó cuidadosamente del hombro y pudo identificar su rostro, aún impactado por la sorpresa. No parpadeaba, pero aún estaba viva. Ella habló primero.

-P-perdón… se me hizo tarde.

Quería hablar, quería decir muchas cosas, pero el iris gritaba lo que callaba, aún eso le parecía insuficiente.

Él la estrechó contra él, y fue testigo de cómo se extinguía la llama en sus ojitos jade, junto con los trocitos de una sonrisa deshecha.

Sintió a la mayoría tras de sí, querían contemplar la sangre, las lágrimas, escuchar el lloriqueo, lo que fuese que saciara su curiosidad. Empezaron a rodearlos poco a poco, como aves de rapiña en busca de carroña.

No. Nadie debía verla.

Cerró sus ojos y comenzó a incorporarse en sí mismo.

-No la vean…- dijo en un susurro, para después convertirse en un ladrido, de la clase que rompen la madrugada.–¡NO LA VEAN!

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Kagome levantó lentamente sus párpados. Enfocó la obscuridad y sintió la cara húmeda y deshecha por la indiferencia. Se apoyó en sus codos y buscó un poco de luz, el guiño de una ventana, los faros de un carro volteando. El calor le agobiaba, en primera instancia, sintió que él era el culpable de su incomodidad, pero luego recordó lo olvidado.

Él volvió a ella…

A decir verdad, si eso hubiese pasado Kagome habría sido algo más que feliz. El desorden se habría vuelto un mal recuerdo, la escuela el vago murmullo de un grito ahogado y lo demás, como una pesadilla ajena a su realidad.

Lo había abrazado, de nuevo en ese fondo obscuro, sintió su cuerpo entre sus brazos, incluso le dedicó un par de frases ambiguas en un tono que sólo él logró comprender.

Pero lo que la tenía deshecha fue la sutil traducción de su gesto, el ademán de dar la espalda sin voltear siquiera para cerciorase que avanzaba.

Temblaba. Ella, sus labios, sus pupilas, sus manos…. tiritando de la frialdad que provocaba la amargura.

Se levantó descalza, sintiendo el suelo desgastar helados suspiros bajo sus pies, hiriendo el talón.

Llegó a la cocina sin prender la luz, deseando encontrar en que distraerse, pero estaba sola. Las sabanas y la almohada ya no eran un consuelo, era morfina desgastada en un sueño insípido, carente de una razón existencial.

No supo como llegó, ni como giró la perilla de la puerta principal. Sólo percibió un ligero cosquilleo en la comisura de su boca, una reacción poco propicia.

No lo reconoció hasta que habló, en sí, antes lucía como Minoru, tenía su cara pero no su gesto. Tenías la mirada añejada en lágrimas, le costaba respirar, pero dejó proferir, bajo cuestionable anhelo de palabra:

-Perdí a alguien.

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La Plaza Roja estaba vacía, frente a mí iba Nathalie.

…Y avanzaba el día, pintando de negro las entradas de madera. Avanzaba, lento y seguro, desgarrando suspiros derrotados por las callejas. Llorando pajaritos azules, desplomándose en picada por el suelo.

Tenía un hermoso nombre, mi guía Nathalie.

Y los brazos, las manos arraigados en brea tibia, manchando la cara con una mueca rencorosa.

La Plaza Roja estaba blanca. La nieve hacía un tapiz y ese domingo frío yo seguí a Nathalie.

La cargaron hasta la reja de hierro, envuelta en pañitos húmedos y conversaciones retóricas. Y el pasillo tranquilo hasta la cama, con la repulsiva sensación de pesadez.

Hablaba en frases sobrias, de la Revolución de Octubre, pasando la tumba de Lenin, fuimos al café Puochkin por un chocolate.

A los pies del sepulcro se llenó el vacío de carmesí, de escarlata silenciosa, de turquesa y más sangre y de pétalos perfumados y perlados. En el centro, el oro, el brillante, la gema que bostezaba a la risueña luna. En el centro, derrumbado.

La Plaza Roja estaba vacía. La tomé del brazo, sonrió. Tenía cabellos rubios, mi guía Nathalie.

Ella se acercó por su espalda, sin atreverse a profanar lo que callaba, las pupilas que gritaban y la sonrisa inherente a lo pasado. Aún así, todos pasaban y le daban una palmadita condescendiente en el hombro, ante los ojos del asesino, recargado en un tronco torcido.

En su habitación, en la universidad, sus compañeros la esperaban impacientes. Nos reímos, hablamos de todo. Nathalie traducía.

Y la fila, las palabras frías y la tierra húmeda abriendo sus fauces rocosas. Minoru sonrió, estaban juntos en el momento más difícil.

Moscú, las planicies de Krim, y los campos Elíseos, mezclamos todo y luego abrimos una botella de Champagne francesa y bailamos.

El hilo infinito del más allá, como dolía el adiós. Estaba tan cansado de estar ahí.

Y cuando la habitación quedó vacía, todos los amigos se habían ido, me quedé solo con mi guía, Nathalie.

…Mientras se planeaba un asesinato en la bañera, sin la penosa necesidad de ocultar el papel, la tinta ni las palabras.

No más frases sobrias de la Revolución de Octubre, me llamaba amor, no me habló de Lenin, me recordó el Café Puochkin y todo, todo cambió.

Ahora mi vida me parecería vacía, si no supiera que ella vendrá a París. Y ese día le serviré de guía a Nathalie…

–…Nathalie.

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Eso fue este capitulito. En cursiva es la canción traducida.

Dudas, sugerencias, amenazas, ofertas… o.o bueno, menos eso. Son aceptados

Abril-chan, PaLaLa, Muchas Gracias :3