Capítulo VIII:

Oposiciones

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La bala le pasó cerca, demasiado cerca. Hibari había disparado con toda la intención de volarle los sesos, pero gracias a la rápida acción de Kiril, logró esquivarlo. ¿Quién demonios habría pensado que el maniático del combate cuerpo a cuerpo usaría una pistola? Pero el tiempo no pasaba en balde y los últimos años los habían orillado a hacer muchas cosas. Cosas que, desde luego, involucraban pistolas. De hecho, había sido la molesta insistencia del Haneuma lo que lo había llevado a aceptar usarlas. Por su parte, Chrome, aunque aún tímida y frágil, había probado ser totalmente capaz para desempeñar su papel de guardiana, logrando cumplir con todas sus comisiones hasta la fecha.

Hibari se liberó del resto de la dagas y se levantó con la ayuda de Chrome, no que la necesitara, según él. Una vez en pie, tuvo que pasarle un brazo por los hombros para no perder el balance por la pérdida de sangre. Chrome reafirmó el agarre de su khakkhara mientras Hibari sostenía en su mano izquierda una de sus tonfas y en la derecha el arma. Mukuro apretó su tridente y se levantó también, buscando con la mirada a su compañera, y le sorprendió encontrarla con una extraña llama iridiscente encendida.

―¿Piensas usar tu llama tan pronto? ―le preguntó.

―No pienso morir en este avión. ―Le sonrió Kiril―. Te preocupas demasiado por una chica que te rechazó, Muku-run ―agregó―, aunque tú lo hiciste primero.

Sin tiempo para debates, la llama de Kiril se volvió ámbar y de la palma de su mano emitió una luz cegadora.

―¿Es una ilusión? ―preguntó Hibari.

―No… ―dijo Chrome, cubriéndose los ojos con el dorso del brazo y volviendo su barrera de un color oscuro para desviar la luz de los pasajeros―. Realmente... está usando llamas del sol.

―¿Qué es esto, Trifoglio? ―preguntó Mukuro tratando de visualizarla.

―No te preocupes, Muku-run, soy buena improvisando ―le contestó Kiril cambiando su llama a carmesí.

Luego, de sus manos brotaron pequeños tréboles cubiertos de llamas, muy similares a los que lanzaba la ballesta de Caín. Los impulsó con rapidez, alcanzando a dañar Chrome, por lo que Hibari tuvo que invertir papeles y sostenerla a pesar de sus propias heridas.

―Herbívora ―le habló―, tienes que usar una de esas ilusiones para apagar eso. Necesito verla para morderla hasta la muerte.

Chrome se sentía débil, pero asintió. Concentró su fuerza en el báculo y, fingiendo que dirigía su ataque hacía Mukuro, lo desvió hacia la mano de Kiril, creando una masa oscura que se cerró sobre ella, ahogando la luz. Pasaron unos segundos antes de que sus vistas se ajustaran de nuevo a la iluminación normal, tiempo aprovechado por Kiril para liberar más tréboles de velocidad peligrosa. Siguiendo sólo su instinto, en un destello de pura suerte, Hibari logró evadirlos con la tonfa que sostenía. Sin dar un respiro, Kiril lanzó otra descarga, pero esta vez, cuando los tréboles estuvieron cerca de ser esquivados, los multiplicó al cambiar su llama a morado, de modo que el ataque alcanzó las piernas de Hibari, derribándolos a ambos, él y Chrome. Ésta le lanzó una mirada rápida al guardián e hizo que la masa que aún circulaba la mano de Kiril se contrajera hacía ellos, jalando a la chica en el proceso, mientras Hibari preparaba su tonfa para recibirla con un fuerte impacto. Sin embargo, Mukuro se precipitó a tiempo para interceptar el golpe con su tridente.

―Esperaba que te acercaras lo suficiente ―dijo Hibari, empuñando la pistola.

Apretando el gatillo, le disparó en la muñeca, haciéndolo soltar el tridente. En un rápido movimiento, recuperó ambas tonfas y le lanzó la pistola a Chrome, que le apuntó a Kiril cuando ésta intentó intervenir, aumentando el agarre de la materia ilusoria para mantenerla en su sitio. Hibari se levantó, pero casi volvió a caerse debido a las heridas causadas por Kiril y la turbulencia del avión. Estaban descendiendo. Ignorando las circunstancias, concentró su poder en Roll, que se expandió en torno a ellos, impidiendo a los cuatro moverse de lugar, y se preparó para lanzarse contra Mukuro. Entonces sintió que se iba de lado. El avión se movía de forma extraña.

―¡La cabina! ―Recordó Chrome y todos posaron su mirada en el sitio.

Chrome había protegido a los pasajeros, pero había olvidado a los pilotos. Los tréboles, las ilusiones y la propagación de Roll habían entrado en la cabina. Cuando al fin estaban cerca del aeropuerto, la tragedia había alcanzado a quienes los dirigían a su destino.

―Déjame ir ―dijo Kiril―. Yo puedo manejarlo ―aseguró ante la mirada escéptica del resto, a lo que insistió―: Es en serio.

AEROPUERTO DE NAMIMORI, JAPÓN

En cuanto el auto llegó al aeropuerto, Tsuna descendió y atravesó las instalaciones, seguido de sus dos guardianes y Dino. Observaron cómo el avión logró una maniobra impresionante al aterrizar casi en picada. Varias partes volaron por la pista hasta que al fin se detuvo, llevándose algunos señalamientos en su recorrido. Se acercaron con cautela, pero retrocedieron de nuevo cuando una pared del avión se cuarteó y de ella brotaron los puercoespines de Hibari, seguidos de Mukuro y el dueño de los animalitos detrás de él.

Tsuna se acercó con la intención de detenerlos, pero obviamente Hibari no estaba dispuesto a dejar escapar una presa tan antigua. Por otro lado, Takeshi y Dino ayudaban a bajar a Chrome, que ahora custodiaba a Kiril, quien ciertamente había aterrizado el avión, pero con un grillete, cortesía de Hibari, bien esposado a la muñeca de la ilusionista.

―Décimo, ¿quieres que los detenga? ―preguntó Hayato.

Tsuna frunció el ceño un instante, mientras el personal acercaba la plataforma para evacuar a los pasajeros. Seguro Hibari iba a estar de mal humor cuando eso terminara, pero el hecho de que Trifoglio estuviera en sus manos era suficiente para evitar el riesgo de perderla por una pelea innecesaria, sobre todo considerando que incluso Chrome había desistido de persuadir a Mukuro.

―No te preocupes, yo me encargó ―le contestó entrando en modo Hyper.

Impulsándose con sus llamas, interceptó las tonfas de su guardián y el tridente de quien debía serlo.

―Ya es suficiente.

Hibari chasqueó la lengua y no se reservó la mirada amenazante, al contrario de Mukuro, que lucía una expresión divertida.

―Vaya, Sawada Tsunayoshi ―dijo con falsa cortesía―. No me esperaba esta clase de bienvenida personal al llegar al aeropuerto. Supongo que tampoco esperabas que viniera.

―Mukuro…

―No tienes que decir nada, sabes que no me convencerás ―continuó el ilusionista―. Tal vez por ahora tengas la ventaja, pero no te confíes demasiado.

―¿Qué pretendes quedándote al lado de Trifoglio? ―insistió Tsuna―. ¿No es eso también recurrir al poder de la mafia?

―Te equivocas, Sawada Tsunayoshi ―contestó Mukuro―. Tal vez en nombre lo sean, pero si su objetivo es destruir a Vongola..., creo que puedo confiar más en ellos que en ti. ―Luego, dirigiéndose a su anterior discípula, agregó―: Nagi, has mejorado bastante.

Chrome ignoró el agitado latir de su corazón; Mukuro se iba de nuevo. Extendió su mano como para alcanzarlo cuando empezó a transparentarse, ojalá pudiera detenerlo. Probablemente cuando Tsuna interrumpió la batalla, se había alejado, dejando una ilusión como su remplazo. Hibari lanzó sus tonfas al suelo en señal de reproche mientras Tsuna salía del modo Hyper, algo aliviado de que el ilusionista hubiese decidido terminar la batalla.

―¿Están bien? ―les preguntó a sus guardianes―. Debemos regresar a la base para tratar sus heridas.

―Sí... ―contestó Chrome mientras Hibari pretendía alejarse, caminando con lentitud debido a sus heridas.

―Hey, Kyoya ―le habló Dino―, ¿a dónde planeas llegar en ese estado?

Hibari iba a lanzarle una tonfa como respuesta y buena forma de gastar sus últimas energías, pero sus intenciones se opacaron cuando escucharon el sonido de sirenas acercándose. En un abrir y cerrar de ojos, los siete habían sido rodeados en la misma pista por una multitud de patrullas demasiado sofisticadas para ser de la fuerza local.

―¿Pero qué demonios? ―dijo Hayato―. Creí que habías dicho que tus hombres se encargarían de la seguridad ―agregó dirigiéndose a Dino.

―Ese era el plan, pero… ―le contestó él igual de confundido.

―Tsuna, ¿qué hacemos? ―preguntó Takeshi.

Tsuna chasqueó la lengua. La policía no solía ser un problema, moviendo un par de influencias, era fácil evadirlos, incluso en casos como esos, donde se precipitaban a la escena sin previo aviso. Y justo ahora, cuando al fin tenían a Trifoglio, decidían tomarse su trabajo en serio.

―Intentaremos negociar primero ―dijo.

La puerta de una patrulla se abrió y del interior descendió una chica uniformada. Su cabello color miel se removió con el viento y, sostenido por la firmeza de su sombrero, se reacomodó bajando por sus hombros. Dio un par de pasos al frente, sacando del bolsillo de su falda la insignia que la identificaba como parte de las fuerzas del orden.

―No pienso negociar con la mafia, Sawada Tsunayoshi ―dijo la joven, desafiándolo con la mirada―. ¿Quién habría pensado que en cuanto regresara a Namimori me encontraría contigo?

―Imposible ―dijo Tsuna―. ¿Kyoko-chan…?

RESIDENCIA SLIFER, NUEVA YORK, EEUU

Aunque nunca estaban de acuerdo, a ninguno de los dos les gustaba la situación. Si había algo en lo que debían coincidir aparte del instinto natural de mantenerse vivos, era la seguridad de su persona importante: Yuni. Si bien cada uno a su modo, ambos la protegían con una disposición brutal que era admirada y condenada por otros. Por eso, cuando llegaron a Nueva York y vieron la clase de excéntrico que negociaría con ella, intentaron convencerla de que no lo hiciera.

Los Slifer eran una familia pequeña, ubicada en el noreste de los Estados Unidos, y en los últimos años había adquirido presencia por su buena fama en el tráfico de armas. Con la reputación que les precedía tras liderar el área en un lapso relativamente corto, esperaban que el jefe fuera más... formal, al menos. Sin embargo, rompiendo los estereotipos, el señor Slifer Ion Allen era un chico en sus veintes, de cabellos verdes y ojos alargados de un color entre lila y rosa. De sus características faciales, su amplia sonrisa resaltaba del resto, diluyendo un poco la primera impresión de su llamativa cabellera. Siendo ese su primer encuentro, no se había molestado en sacar de su seguramente amplio guardarropas un traje elegante, al contrario, lucía una sudadera amarilla con estampado de pequeñas donas rosas, jeans rotos y pantuflas con diseño de alpaca.

Sin duda, no era lo que se habían imaginado. La peor parte era que el tipo se había encerrado a solas con Yuni, quien por cierto, había cambiado muy poco físicamente en los últimos años y, siguiendo los códigos familiares de los Giglio Nero, vestía el característico traje de sus predecesoras, para llevar a cabo las supuestas negociaciones. Y cuando ambos rechazaron la idea, Yuni los detuvo y la puerta se cerró frente a ellos.

Así que ahí estaban Ganma y Byakuran, lanzándose de vez en cuando miradas de alerta. Ya había pasado más de una hora y el suspenso empezaba a incomodarlos, cuando un pequeño grito de sorpresa alcanzó sus oídos. Abrieron la puerta de golpe, y los encontraron sentados lado a lado en la espaciosa sala de juntas, con controles en mano, y en la pantalla, en lugar de documentos serios, se proyectaba un videojuego de pelea con caracteres en japonés y chicas en trajes pequeños y reveladores.

―¡Sí, gané! ―anunció el joven jefe, alzando su control en el aire.

―Princesa, ¿qué está sucediendo? ―preguntó Ganma ante semejante escena.

―Ganma, Byakuran, les pedí que esperaran afuera ―dijo Yuni.

―Oh, ¿también quieren jugar? ―preguntó Ion.

―No dejas de sorprendernos, Allen-kun ―dijo Byakuran tras una pequeña risa que ocultaba su enfado.

―Preferiría que me llamaras Ion ―dijo Slifer, regresándole la sonrisa―. No me gusta mucho mi segundo nombre.

―Hmm, creo que prefiero Allen, Allen-kun ―rebatió alegremente Byakuran.

―¿Qué es todo esto? ¿Qué pasó con las negociaciones? ―intervino Ganma.

―Ya terminamos con eso ―le contestó Yuni―. Ion-san fue muy breve, ya que no tiene inconvenientes con las regulaciones de Giglio Nero ni de Vongola.

―Y aunque las tuviera ―dijo Ion―, contigo como intermediaria sería imposible no aceptar. Ese Décimo es inteligente, ¿no? Enviando a una loli súper moe y kawaii, ¿cómo podría decir que no?

―Ya es suficiente ―intervino de nuevo Ganma, al borde de perder los estribos y tomando a Yuni para sacarla de ese lugar―. Princesa, salgamos de aquí.

―Supongo que las negociaciones no llegaron a buen término ―dijo Byakuran con una sonrisa satisfecha.

―Pero Ion-san ya firmó el contrato ―dijo Yuni mientras sus guardianes la encaminaban fuera de la sala.

―Noooo, waaaait ―insistió Ion dejando el control y levantándose de su silla para seguirlos―. Me tomé la molestia de aprender japonés, Italiano y hasta ruso por alguna extraña razón... ¿Y simplemente se irán? ¿Incluso después de cerrar las negociaciones? ¿Qué tiene de malo una linda amistad entre los jefes de Giglio Nero y Slifer?

―Tienes una perspectiva interesante, Allen-kun ―le dijo Byakuran―. Pero ¿ya lo pensaste bien? Dejando de lado la naturaleza amable de Yuni-chan, un trato con la alianza es algo que no puedes tomar a la ligera ―le advirtió―. El Décimo puede ser bastante estricto. ¿Escuchaste lo que sucedió con los Roselli?

Yuni negó con la cabeza e Ion guardó silencio un instante.

―Supe de ellos ―dijo en un tono extrañamente serio―. Hay cosas de este mundo que incluso a alguien como yo le molestan ―admitió―. Me gusta vivir con ligereza, no veo cuál es el problema, de todos modos, el único modo del que saldremos de esto es con una bala atravesando alguna parte vital de nuestros cuerpos. Sé que unirme a la alianza representa un riesgo, pero siendo sinceros, fuera de ella hay muchos más. Ya saben lo que dicen, si no puedes con el enemigo, únetele.

―Oh, ¿dices que somos tus enemigos? ―cuestionó Byakuran, interesando por esa afirmación indirecta.

―Byakuran, por favor, no causes conflictos cuando no los hay ―le dijo Yuni―. Ion accedió a cerrar el trato, por ahora eso es suficiente.

―Yo no confiaría tanto en un contrato, Yuni-chan. ―Le sonrió Byakuran.

―¿Lo dices por mí o por ti? ―preguntó Ion.

―Ion-san, ¿qué quieres decir? ―preguntó a su vez Yuni.

―Sólo míralo, Yuni-tan ―le contestó posicionándose detrás de ella y tomándola por los hombros―. Una persona que sonríe de esa forma todo el tiempo no puede tener buenas intenciones, ¿cierto? Fíjate, cierra los ojos cuando lo hace para esconder su verdadero propósito.

Byakuran se rió ante las acusaciones.

―Pareces ser bastante astuto, Allen-kun ―le dijo―. Veo que no soy el único que sonríe para esconder algo.

―Todos tenemos algo de lo que no deseamos hablar ―dijo Yuni―. Cuando Ion-san esté listo para decírnoslo, lo hará. Además, yo... elegí confiar en la calidez que puedo percibir en su interior, aunque él tampoco sepa que está ahí.

Unos segundos de silencio se colaron en la conversación. El intento de abortar la misión obviamente había fallado. Slifer había ganado la partida gracias a la gentileza de Yuni.

―Creo que nadie me había dicho algo tan lindo ―dijo Ion tras romper la atmósfera complicada con una risa ligera―. Ah, ya sé, ¿por qué no pasan la noche aquí?

―Es mejor que no ―opinó Ganma―. Además, ya tenemos una reservación.

―¿Y qué? Es mejor quedarse en una mansión de lujo que en un cuarto de hotel ―argumentó Ion.

―Ganma, Byakuran, está bien ―dijo Yuni―. Quedémonos aquí por ahora, de todos modos mañana mismo partiremos a Japón para ver a Sawada-san.

―¡Y yo iré con ustedes! ―anunció Ion.

―¡¿Qué?! ―Ganma no disimuló su desacuerdo.

―Ion-san me lo comentó antes de que entraran ―dijo Yuni―. Y creo que es justo que conozca al líder de la alianza a la que acaba de unirse.

―Bien, Yuni-tan lo aprueba ―cantó victoria Ion―. Ahora, ven. ―La tomó de la mano―. Vamos a mi habitación, te mostraré mi colección de videojuegos. Puedes elegir cuáles jugaremos ―dijo mientras la llevaba por los pasillos―. También te mostraré mi colección de figuras, ¡es enorme! Oh, y podemos ver anime también si quieres, ¿te gustan? Aunque también hay un RPG en línea que...

Mientras Ion balbuceaba el itinerario antes de su partida al día siguiente, los dos hombres que temían por la seguridad de Yuni los siguieron, esperando que esas horas pasaran rápido y al fin pudieran arrancar a Yuni de las garras del Sr. Slifer.

AEROPUERTO DE NAMIMORI, JAPÓN

Tsuna sintió que su presión sanguínea aumentaba... o disminuía, no estaba seguro, pero definitivamente no se sentía bien. Y no fue el único sorprendido. ¿Sasagawa estaba de vuelta? ¿No se suponía que tardaría dos meses más? Mientras las interrogantes mudas se perdían en sus gargantas, Chrome se atrevió a dirigirse a la chica, ignorando el hecho de que aún custodiaba a Trifoglio.

―Kyoko-chan, eres tú, ¿verdad?

―Así es Chrome-chan ―le contestó Kyoko, aligerando la mirada―. Sé que éste debería ser un encuentro feliz... Lo siento, chicos, pero no puedo volver con ustedes.

―¿Qué quieres decir? ―le preguntó Hayato con recelo―. ¿Acaso estás del lado de los Trifoglio?

Tsuna se colocó frente a él, no quería aumentar la tensión.

―Kyoko-chan..., ¿por qué estás aquí?

―Supe que Trifoglio dejó Italia bajo circunstancias extrañas ―contestó―. Desde un principio, me pareció sospechoso que Vongola no se moviera a pesar de que ella estaba en su sede principal, así que investigué más al respecto y me enteré de que dos de tus guardianes habían llegado también a Florencia. No era de extrañarse que, habiendo reservado el hotel por sólo una noche, el punto de reunión fuera de vuelta en Japón.

―¡Hey, ¿cómo supiste todo eso?! ―intervino de nuevo Hayato.

―No compliques más las cosas. ―Lo detuvo esta vez Takeshi.

―Está bien, entiendo ―continuó Tsuna, con los nervios destrozándole el sentido―, pero... ¿qué es todo esto?

―Es extraño que me lo preguntes, Tsuna-kun ―dijo Kyoko―, considerando que te lo dije hace apenas unos años. Dime, ¿aún lo recuerdas?

Tsuna lo recordaba bien. Al final de aquel fatídico día, cuando se sostuvieron el uno al otro, ella le dijo que buscaría hacer lo correcto. Él dijo que haría lo mismo. ¿Por qué ahora estaban parados en lados distintos?

―Lo recuerdo ―contestó―. Yo también... lo estoy intentando.

―¿Intentando? ―repitió ella―. ¿De qué hablas, Tsuna-kun? ¿De las decenas de familias que han sido afectadas por las negociaciones de Vongola, a pesar de que ahora estás a la cabeza? ¿O de los cientos de heridos y muertos el día de la sucesión?

Los guardianes de Tsuna y Dino reaccionaron ante la acusación. No es que fuera falsa, pero tampoco del todo justa.

―No..., es que...

―No quiero que intentes justificarte, Tsuna-kun ―lo interrumpió Kyoko negando con la cabeza―. Sé que lo haces con las mejores intenciones, siempre ha sido así. ―Casi sonrió ante el recuerdo―. Sin embargo, no puedo estar de acuerdo contigo. Yo no creo que Vongola pueda usarse para hacer lo correcto. Entrar en ese mundo sólo significa hundirse en él, y has hundido a tantas personas...

No podía decir que mentía. Por su imposibilidad de dejar a quienes había aprendido a querer, se aferró a sus amistades como si no estuviera atado a un trono construido a base de cadáveres.

―Escucha, Kyoko-chan, yo...

―¡Deja de llamarme Kyoko-chan! ¡No pienses que sigo siendo la misma niña ingenua después de todo! ¡Te dije que me volvería fuerte..., y lo hice!

El silencio volvió ante las amargas palabras de la chica. Su angustioso reclamo sonaba como una amenaza, una con nombre y apellido. Y como dándose valor para hablar, sostuvo al frente su insignia, colocando su mano libre sobre su frente a modo de saludo formal.

―Soy Sasagawa Kyoko, jefa del Departamento de Investigación Criminal de la jefatura policiaca de Namimori. Nunca más vuelvas a subestimarme.

―¿Qué... qué demonios significa todo eso? ―preguntó Hayato al tiempo que Tsuna bajaba la mirada, inmóvil, casi derrotado en su sitio.

―Esto no está bien ―concordó Dino, mientras los ojos de Chrome se humedecían.

Tsuna sabía que gran parte de lo dicho era una verdad inamovible, pero también sabía que aceptar que ella tenía razón era aceptar que él estaba rotundamente equivocado y que nada de lo que hacía o hiciera valdría la pena.

―Tal vez tengas razón ―dijo captando la atención de Kyoko―. Pero, a diferencia de ti, lo único que tengo es a Vongola. Si renuncio a ella, ¡no podré hacer absolutamente nada! Sé que he lastimado a muchas personas, que lo poco que he logrado no se compara al montón de errores de mis predecesores, pero aún así no puedo rendirme... No importa qué tan difícil sea, ¡Enderezaré el camino de Vongola con mis manos! Como te lo prometí ese día...

―¿A costa de qué? ―lo cuestionó Kyoko―. Tus buenas intenciones no cambiarán la realidad, mucho menos salvarán a alguien. ¿Por qué no dejas de engañarte a ti mismo y a tus guardianes y aceptas la realidad de una vez? ―le replicó con impaciencia marcada en cada sílaba―. ¿Cuántas personas más tienen que salir lastimadas para que entiendas? ¿Cuánto más tienes que mancharte las manos con sangre para entenderlo? ¿Acaso has olvidado el dolor de ese día?

―Claro que no... ―contestó Tsuna, recordando sin querer―. ¿Cómo podría olvidarlo?

―¿Por qué... tuviste que aceptar? ―preguntó Kyoko, reprimiendo un par de lágrimas que se hicieron notar a pesar de la frialdad que había decidido mostrar.

Tsuna sintió un fuerte dolor en el pecho, mientras el mundo parecía desvaneceré a su alrededor.

―Tsuna, ¿estás bien? ―le preguntó Dino, acerándose al igual que Takeshi.

―¡Décimo! ―se adelantó Hayato.

―Jefe… ―murmuró Chrome, incapaz de acercarse más a la escena.

"Porque esperaba que me detuvieras"... Como si pudiera decirle eso.

―Toma esto como una advertencia ―dijo Kyoko―, pero recuerda: a partir de ahora, me encargaré de erradicar a Vongola.

Regresó a su unidad y antes de entrar en ella le echó un último vistazo, aunque Tsuna no la miraba de vuelta.

―¿Sabes, Tsunayoshi? ―dijo en un tono más bajo― Yo realmente te amaba.

RESIDENCIA SLIFER, NUEVA YORK, EEUU

Ni Ganma ni Byakuran estuvieron seguros de lo que sentían estando en el mundo de Ion, donde lo que menos parecía importar era la realidad. Estaban rodeados de extrañas habitaciones: unas con figuras coleccionables de diferentes tamaños, otras con repisas repletas de videojuegos y DVDs, unas más que parecían bibliotecas repletas de cómics, y otras más con extravagantes trajes de todo tipo.

―Yuni-tan, ¿qué quieres hacer primero?

Yuni tampoco estaba segura de qué hacer en esas circunstancias. Nunca había visto tantas cosas de ese estilo en un solo sitio aparte de los grandes centros departamentales de Akihabara, los cuales en realidad no solía frecuentar. Sin embargo, entre toda aquella variedad de choque cultural que en ninguna de sus visitas a Japón había experimentado, había cierta sección que llamaba su atención. Notándolo, Ion siguió el hilo de su mirada.

―Oh, the cosplay room ―dijo―. Son bonitos, ¿verdad? Tengo varios que podrías usar, ¿quieres probarte algunos?

―¡Desde luego que no! ―intervino Ganma.

―Allen-kun, Yuni-chan no es una muñeca. ―Le sonrió Byakuran, aunque parecía una advertencia.

―¡La princesa jamás usaría esas cosas! ―aseguró Ganma indignado.

Aún así, la mirada de Yuni parecía fijada a la variedad de vestidos que formaban parte de ese amplio armario, como si estuviera frente a ella algo tan increíble como el mismo Tri-ni-set. Específicamente parecía atraída hacia un vestido blanco con encaje y tul rosado y diminutas florecitas amarillas entre listones blancos y rosas. Ion los miró con una sonrisa; victoria, de nuevo.

―¡Yuni-tan! ―la llamó irradiando felicidad―. ¿Quieres probártelo? ―le preguntó casi dando vueltas a su alrededor.

―¿E-eh? No, sólo lo estaba viendo un poco… ―dijo Yuni de pronto sintiéndose un poco avergonzada.

―¿Segura? ―insistió Ion.

Yuni lo pensó un momento. Tal vez la filosofía de Ion no era tan mala, después de todo, al día siguiente volverían a la normalidad.

―¿Puedo? ―le preguntó aún con timidez.

―¡Kyaaa! ―Ion no disimuló su emoción, nunca lo hacía―. Claro que sí ―respondió al instante―. Te ayudaré, vamos.

―Hey, ¿qué quieres decir con que la ayudarás? ―Se apresuró a detenerlo Ganma.

―Yuni-chan, será mejor que no lo hagas. ―Byakuran también se acercó.

Pero la desilusión que se reflejó en la cara de Yuni golpeó a los tres. KO.

―No puedo creerlo... Ustedes... ¡Ustedes no tienen sentimientos! ―dijo Ion dramáticamente―. ¿Cómo? ¡¿Cómo pueden ser tan fríos con Yuni-tan?! ¿Qué tiene de malo la curiosidad humana? Si no fuera por nuestra naturaleza que se aferra a cuestionarlo todo, ¡ni siquiera tendríamos vacunas! ¡Aún estaríamos muriendo de cólera! ¿Por qué limitar el potencial de Yuni-tan de forma tan egoísta?

Interrumpiendo su apasionado discurso, una bala le rozó el rostro. Al volverse, Reborn estaba recargado en el marco de la puerta.

―¡Tío Reborn! ―exclamó Yuni feliz y corriendo hacía el.

―Ciaossu ―saludó Reborn, mirando fijamente a Ion.

―Ci-ciao… ssu… ―le respondió Slifer―. Así que tú eres el famoso Reborn, vaya, tantas sorpresas en un solo día ―dijo intentando simpatizar, pero el rostro de Reborn no cambió, ni un poco.

―Mira, tío Reborn ―le dijo Yuni, señalando el colorido armario―. Ion-san posee una colección bastante única, y dijo que... puedo usar algunos trajes si quiero.

Reborn le echó un vistazo a Ion, quien le sonrió tratando de ocultar su nerviosismo, luego se dirigió a Yuni.

―Si es lo que quieres, adelante ―le dijo―. Te acompaño. No hay problema, ¿cierto? ―le preguntó a Ion sin preguntar realmente.

―¡Claro que no! ―contestó de inmediato―. Adelante, tómense su tiempo.

Después de una corta racha de victorias, la suerte de Ion había llegado a su fin.

BASE VONGOLA, NAMIMORI, JAPÓN

Tras asegurarse de que tanto Chrome como Hibari e incluso Trifoglio recibieran tratamiento médico, Tsuna se encerró en su despacho. A pesar de la insistencia de sus guardianes, se había convencido de que embriagaría su mente con trabajo, perdiéndose entre las líneas y curvas de tratos cuestionables entre familias distinguidas no por las mejores razones. Pero ante la imposibilidad de leer un sólo documento, terminó lanzando contra la pared el primer objeto que encontraron sus manos.

Aún le resultaba difícil recapitular los últimos años de su vida, en los que de repente hubo demasiados cambios en tan poco tiempo. El primero de ellos fue cuando, tras la batalla con Bermuda y los días pacíficos que le siguieron, Reborn les comunicó que estudiarían la preparatoria en Italia. Fue demasiado extraño salir de su pequeña Namimori y alejarse de tantas cosas que amaba, llevándose sólo a sus guardianes consigo. Afortunadamente, Enma había programado su regreso a Venecia (1), y eso le había ayudado especialmente a él a mantener la cordura. En especial cuando no fueron bien recibidos en el prestigioso colegio al que fueron asignados, donde las primeras semanas fueron el peor infierno escolar que había enfrentado hasta entonces. Las cosas cambiaron cuando supieron el nombre de su familia, pero aún necesitaba que sus guardianes estuvieran cerca para mantenerse a salvo o la historia era distinta. En una ocasión lo encerraron en el baño y cuando Takeshi y Hayato dieron con él, ya tenía algunas costillas rotas. Reborn lo había regañado esa vez, justamente en cierto sentido, porque sabía que podía defenderse, pero su miedo a hacerlo siempre lo detenía.

Aún así, los días eran relativamente buenos. Hospedados en la mansión central de Vongola, incluso charlar con el Noveno se convirtió en algo rutinario, y esa confianza que en su infancia le había tenido regresó a tal grado que todos los sábados se reunían a tomar té y compartir sus perspectivas sobre el futuro de la familia, aunque no siempre estuvieran de acuerdo. A veces Reborn se sentaba con ellos y se reía cuando lo veía titubear al argumentar sus propuestas. Parte de él había deseado que Iemitsu estuviera ahí, pero como siempre, su padre estaba ausente. Afortunadamente, supliendo esa falta de atención, tenía también a Dino visitándolos con frecuencia, quien más que todos en Italia, parecía consentirlo como si realmente fuera su hermanito.

Por otro lado, la relación con sus guardianes, aunque con altas y bajas, alcanzó dimensiones a las que, de haber sido las cosas distintas, no habría llegado. Ahora le resultaba mucho más fácil controlar el carácter de Hayato, quien incluso tenía lapsos donde dejaba de verlo como un dios para tratar de comprenderlo mejor. Ahora, tras pasar muchas noches a su lado para comprender cómo funcionaba el cerebro de un niño trastornado por los hilos de la mafia, era mucho más fácil hacer que Lambo se comportara y estudiara de forma regular. Ahora la vida extrema de Ryohei era más fácil de seguir cuando éste parecía hacer pequeñas pausas para que alcanzara su paso. Ahora Chrome dejaba de lado su timidez y se acercaba a él para entablar conversaciones, depositando en él la confianza que sólo a Mukuro le había tenido. Nunca tuvo problemas con Takeshi, pero incluso con él se llevaba mejor. Y Hibari..., bueno, era la excepción, aunque al menos había aprendido que, conforme disminuía la distancia entre ellos, comenzaba a darle importancia a su existencia.

Y después de tres años de una vida frenética, regresó a Namimori y supo que también ahí muchas cosas habían cambiado a pesar de recibir una cálida bienvenida. Y fue precisamente esa calidez lo que distrajo su mente y terminó por sumergirlo en los días casuales, mientras aún pensaba en qué hacer con su futuro. Al menos hasta que unos meses después recibieran la noticia de la repentina y violenta muerte del Noveno. En ese momento, todo se derrumbó y ahí fue donde pisaron el acelerador de la vida a fondo. Otra vez, de la nada estaban en Italia, en un funeral demasiado sombrío, demasiado frío y demasiado triste. Luego, se organizó la sucesión y, sobre una pila de cuerpos y un mar de sangre, se sentó en el trono. Unos cuantos días después, Haru le dijo que quería trabajar con ellos, y Kyoko le contó que estudiaría para ser policía. Él, al igual que Ryohei, apoyó su decisión sin cuestionarla demasiado, sin ver más allá de esa falsa sonrisa, sin descifrar lo que con ella trataba de decirle.

Era imposible decir que no fue él quien la había orillado a tomar decisiones tan radicales como las suyas. Habiendo estado de pie juntos en el pasado, había sido su deseo de mantenerla lejos y segura lo que causó que buscara sus propias conclusiones, y en ese punto era difícil decir quién tenía la razón. Había pasado las últimas horas pensando al respecto y mirando las nubes pasar y el sol escurrirse por el cielo. Mientras que al otro lado de la puerta, varios desfilaron frente a ella, incapaces de hacer otra cosa que pasar de largo. El silencio era asfixiante, pero la falta de palabras adecuadas lo alimentaba. Es decir, después de recibir una mala noticia más en su vida después de tanto tiempo y cuando las cosas parecían marchar a su favor, ¿qué podían decirle?

Después de darle vueltas al asunto, Hayato y Takeshi se dirigieron al despacho de su jefe, topándose en el pasillo. Al parecer ninguno de los dos podía abandonarlo por tanto tiempo. Sin decir nada, se acercaron a la puerta y ésta se abrió frente a ellos. Tsuna también había decidido salir.

―Décimo... ―Hayato quiso decir algo, pero no supo qué.

―Tsuna, vamos a comer algo ―dijo Takeshi―. No nos hemos parado en el comedor en todo el día.

―Cierto. Una vez que comas, te sentirás mejor, Décimo ―dijo Hayato, forzándose a imitar la sonrisa de su compañero.

Tsuna se limitó a asentir. No estaba de humor para negarse ni pensar en algo mejor qué hacer, así que sólo los siguió hasta la cocina, la cual se mezclaba con el comedor tras una barra larga de azulejos claros. Había sillas altas dispuestas frente a ella, pero Hayato y Tsuna se sentaron a la mesa, mientras Takeshi circulaba la barra para revisar la despensa, donde encontró aún intacta la botella que Ryohei había dejado antes de irse. Sonrió ante el detalle que ese hombre extremo había colocado en una pequeña nota colgando alrededor del cuello de la botella, "para Hibari".

―Parece que Hibari ni si quiera probó el vino que trajo Ryohei-senpai ―dijo.

―Ja ―se burló Hayato, acercándose para ver―. Seguro es cualquier... ¡¿Es whisky?! ¿Desde cuándo es tan sofisticado ese cabeza de césped?

―Tal vez está tratando de encontrar algo que le guste a Hibari ―dijo Takeshi, mientras Hayato recargaba su peso sobre la barra―. Siempre trae algo diferente.

―Es un desperdicio tomando en cuenta que siempre lo ignora ―comentó Hayato, aún inspeccionando la botella.

Takeshi echó un vistazo de vuelta a la mesa, pero Tsuna ya no estaba ahí. Estaba de su lado de la estancia, revisando el refrigerador.

―¿Qué haces, Tsuna? ―le preguntó.

La respuesta le llegó en forma material, cuando Tsuna colocó una cerveza helada sobre la barra. Con lentitud, se acomodó en una silla, frente a Takeshi y junto a Hayato. Abrió la cerveza y visualizó la pequeña porción esparcida por la presión ejercida, y las gotas de agua que empezaban a deslizarse del metal a los azulejos con el contraste de temperatura. Takeshi y Hayato intercambiaron una mirada, mientras Tsuna saboreaba la amargura de otra derrota.

―Tsuna ―lo llamó Takeshi―, entiendo cómo te sientes, pero... no sé si esto sea lo mejor.

―Estoy de acuerdo ―dijo Hayato―. Si no mal recuerdo, la última caja que trajeron tenía 24 cervezas y hasta esta mañana estaba cerrada, así que aún quedan 23.

―No dije que iba a tomarlas todas... ―comentó Tsuna, pero su guardián continúo con los cálculos porque su argumento era poco creíble.

―Habiendo tres de nosotros, eso significaría que tomaríamos ocho cervezas cada uno. Que el Décimo tome tal cantidad de alcohol..., no sé si debería permitirlo.

―Sobre todo cuando su tolerancia es más bien baja ―agregó Takeshi.

―Exacto ―dijo Hayato―. Seguramente después de la tercera ronda, el Décimo colapsará... Y mañana será imposible despertarlo a tiempo para la junta programada a las 9:00.

―Además mañana debo recoger al líder de los Heartlock en el aeropuerto ―dijo Takeshi―. Después de perder mi vuelo, decidieron venir ellos mismos. Así que tendrías que encargarte de todo tú solo.

―Imposible ―dijo Hayato―. Sin Reborn-san o el Décimo para controlar a la vaca estúpida, no sé lo que haría.

―¿Quieren dejar de hablar de mí y armar escenarios hipotéticos como si no pudiera escucharlos? ―preguntó Tsuna.

―Pero, Décimo...

―¿Qué te parece esto, Tsuna? ―intervino Takeshi―. Tomemos dos cada uno, ¿sí? Así, mañana puedes concéntrate en los pendientes, yo puedo recoger a los Heartlock, y Hayato no tendrá que lidiar con todo él solo.

―Está bien ―dijo Tsuna, como convencido de que no sería así.

Después de dos bebidas, sólo dos parecerían pocas, tres también. Y es que, ¿por qué embriagarse con líneas confusas de contratos sospechosos cuando existían métodos mejores y más sencillos? Ya mañana, cuando pasara el momento, los golpearía de nuevo la realidad que los había derrumbado y se preguntarían cómo ponerse de pie, mientras tanto, ¿qué tenía de malo tomar sólo un par de cervezas?


(1) El regreso de Enma a Venecia. Sin bien el manga no indica que la última generación de los Simon ha vivido en Italia, en este fanfic vivieron unos años en Venecia antes de regresar a Japón.