Capítulo VIII: "Mundo" (parte IV)
Siendo sincero, después del segundo o tercer mundo ya me había cansado de escuchar hablar a mi amigo, y comenzaba a tentarme con la idea de golpearlo para que dejara su plática para más tarde. Me relajé paulatinamente a medida que contemplaba los ojos iluminados de Len y comprender que cada experiencia vivida por él formaba, en cierta forma, al muchacho que estaba sentado a mi lado. Lástima que la sed se incrementaba a medida que disminuía mi reserva de agua, aunque, por suerte, tenía cigarrillos para un largo periodo. Intentaba armar la radio en mi regazo mientras escuchaba; con resultados bastantes infructuosos.
La nueva parada le fue algo difícil de explicar, pero básicamente se parecía a un escáner que controla el equipaje, como el que usan los aeropuertos, o por lo menos esa fue la idea que se dibujó en mi cabeza con las descripciones del principito.
Bueno, resulta que en ese lugar se encontraba un joven albino y de ojos verdes mirando con detenimiento cada objeto que pasaba y jalando determinadas palancas, dependiendo el tipo de cosa que veía; tomando, de vez en cuando, un manual sumamente grueso para leer alguna que otra cosa, para después seguir con su labor.
El joven rubio se alegró de encontrar a alguien que estuviera trabajara dignamente en el mundo, así que se acercó tranquilo y formal a la posición del muchacho, que seguía concentrado en su ardua labor, y observó con su característica curiosidad los objetos detrás del vidrio que eran esculcados por el albino.
—Buenos días— saludó respetuosamente al trabajador incansable.
— ¿Qué tienen de buenos? Hoy hay mucho trabajo, como siempre— respondió mientras continuaba jalando las palancas, dependiendo del objeto visto.
De pronto, otro libro mucho más grueso que el anterior cayó del cielo (o algo parecido), lo que hizo al mayor suspirar algo frustrado.
— ¿Y eso?— preguntó el curioso Len frente al objeto.
—Nuevas consignas, nuevas amenazas, más que aprender— contestó con desgano, dejando de lado su tarea para leer las páginas finales. —Los gajes del oficio— bromeó un poco, mirando la figura del principito.
— ¿Y cuál es tu oficio?— La curiosidad es ilimitada en un niño, y el caso de mi amigo no era la excepción.
El de ojos verdes no respondió, sólo dejó el manual en el suelo de nueva cuenta y continuó con su arduo trabajo, dejando escapar de vez en cuando unos pequeños suspiros de cansancio.
—Por lo menos podrías decirme tu nombre— sugirió Len, intentando hablar un poco más con él.
—Piko— Una respuesta sencilla, al mismo tiempo que limpiaba unas pequeñas gotas de sudor de su frente, producto de tanto esfuerzo. —Hay veces que sólo desearía descansar un poco— Se quejó de nueva cuenta.
— ¿Pero cuál es tu oficio?— Volvió a preguntar, siéndole fiel a su hábito de no callarse hasta obtener una respuesta.
—Verás— Comenzó Piko con su explicación, jalando otra palanca —... lo que realizo no es muy complicado: sólo tengo que ver todos los objetos que pasan por aquí— Señaló al vidrio —y decidir si son peligrosos o no—
—Y si es tan simple, ¿por qué te quejas tanto?— indagó Len, ofendido del posible teatro del mayor.
—Que lo que tenga que hacer sea sencillo no hace a la tarea misma algo fácil— repicó enojado. —. Claro, antes había pocas cosas de las cuales cuidarse; pero ahora— señaló el libro —... existe un montón de amenazas que tengo que saber, aprender, detectar y eliminar— explicó, como queriendo que el rubio sintiera empatía por él.
— ¿Y por qué hay amenazas? ¿Acaso alguien está haciendo las cosas mal?— El pequeño relacionó lo que decía Piko con las explicaciones de "desastre" del extraño samurai.
—No, hombre— negó el albino ante tal pregunta —, lo que pasa es que hay gente que quiere información importante de otra; por lo que trata de robarla con estos pequeños objetos del demonio— habló el albino, al momento que manifestaba unas maldiciones a cierto documento que pasaba por la pantalla de cristal.
— ¿Información? ¿Datos? Entonces, ¿por qué no los usan para hablar y compartir entre ellos?— Refiriéndose a su experiencia con el chico del celular.
—No creo que sea una clase de información que se pueda usar para hablar... mucho menos compartir— divagó unos segundos —Las personas son ambiciosas, egoístas, siempre quieren lo de los demás; y las amenazadas no quieren perder lo que con tanto esfuerzo han conseguido— Suspiró de nueva cuenta —El mundo se comprende de conseguir lo que más puedas y evitar que te lo arrebaten—
—Ya entiendo— declaró Len al momento que se acercaba al mayor, para abrazarlo por la espalda —... ¡Eres un héroe!— soltó con toda su admiración. —. Siempre pensando en los demás antes que en ti, trabajando incansablemente para proteger a los demás—
Piko lo miró con estupefacción, para después sonreír y continuar con su ardua labor, al parecer más rápidamente; alentado, tal vez, por las palabras de mi amigo.
Len se fue de ese lugar un poco triste, mirando la espalda del albino, reflexionando qué hubieran pensado los demás de él, aunque poco le importó, lo que le fue más importante fue saber las cosas que tenían en común.
—"Ambos teníamos algo que queríamos proteger, en mayor o menor medida. Él, las cosas de los demás"— Miró a las estrellas al decirme eso. —"... yo, a ella con sus debilidades"— Luego, me miró por un segundo —"Y estoy seguro que también se parece a ti en algo"— No pude evitar abrir un poco mi boca ante tal confesión...
El quinto lugar donde lo dejó el corcel blanco era, posiblemente, el más grande de todos: una biblioteca que llegaba hasta el propio firmamento, con toneladas de libros en cada uno de sus estantes y algunas escaleras que facilitaban el alcance a las repisas más altas. Len sintió cierto aire de similitud con Big Al, pero trató de sacar esa idea de su cabeza, debido al mal recuerdo de la mentalidad del mismo.
—Vaya, bienvenido— saludó amablemente un individuo subido a una de las escaleras, con aires maduros, castaño y que tenía unos finos lentes de lectura. El principito no pudo evitar sonreír ante cálido saludo.
—Buenos días— devolvió la cortesía — ¿Cómo te llamas?—
—Kiyoteru... Dime, pequeño, ¿qué es lo que te trae por aquí?— preguntó el mayor, sin recibir respuesta, obviamente.
— ¿Qué hay en todos estos libros? ¿Información? ¿Conocimientos? ¿Amenazas?— enumeró el rubio, recordando las demás paradas que había visitado.
—De todo un poco— respondió el castaño —, aquí se deja constancia de todo lo que hay en el mundo. Si quieres encontrar algo, sólo pregunta, que lo sabré con exactitud— se jactó un poco, aunque no parecía su naturaleza.
Len se sentó en uno de los peldaños de una escalera. Estaba tan cansado de viajar por todos lados y sólo tenía una pregunta en su cabeza: ¿Cómo estaría ella en ese momento?
—Si te digo un nombre— comenzó a sacar a la luz su duda —... ¿qué puedes decirme sobre él?—
—Todo lo que esté a mi alcance— aseguró, brindándole a su acompañante un poco más de confianza.
—Bien— Sonrió de a poco —, entonces, ¿podrías decirme cómo se encuentra Rin?— La esperanza le dio cierto calor en su pecho.
—Depende— dijo casi al instante —, según mis datos, hay ciento veinticinco objetos que poseen el término "Rin"—
— ¿Cómo es posible? ¡Si ella es única!— respondió con enfado el menor.
—Eso no lo dudo— Intentó calmarlo Kiyoteru —. Pero como yo no la conozco, deberás ser más específico—
Fue entonces cuando Len volvió a desahogarse hablando de su compañera. No se ahorró detalles de nada, comentó desde el sonido de su voz, su carácter y presunta confianza excesiva (que, siempre me aclaraba, sólo era debilidad disfrazada) hasta el tenue olor a naranjas frescas que desprendía; todo con tal de que el de lentes se diera una idea de a quién buscaba y saber noticias sobre ella.
—Lo siento, sigo sin poder ubicarla— Otra negativa salió de los labios del castaño.
— ¿No puedes o no quieres?— El rubio ya se estaba hartando de no obtener lo que quería.
—Tal vez un poco de ambos— Guiñó un ojo en señal de complicidad. —Lo que estoy diciendo es que con información tan... vaga, puede que sea difícil encontrarla— se excusó, quizás tapando su pereza.
— ¿No será... que ella no quiere que la encontremos?— soltó sin más, pensando atormentado si había hecho algo que enfadara a Rin y que la susodicha ya no quisiera verlo nunca más.
Kiyoteru no supo que responder ante el semejante ataque de depresión del chico, que en ese momento envidiaba un poco al chico del celular o la vida despreocupada de Gachapoid. Es más, todos los habitantes de los demás lugares le parecieron más felices que él en ese instante.
—Dime— Levantó la mirada a su interlocutor. —, ¿A dónde me recomiendas ir ahora? Preferiblemente, un lugar muy muy lejos de aquí...—
El mayor divagó un poco, pero al final se decidió por hablar:
—El Mundo Real tiene buena reputación— comentó con semblante pensativo —, puede que allí te sientas a gusto—
Fue de esa forma que Len llegó a su última parada: El Mundo Real, o Tierra para sus habitantes. Eso sí, el descubrir cómo rayos hizo para caer en medio del desierto, sin una computadora o aparato informático a millas de distancia, corre por su cuenta (recuerden su manía de no responder las preguntas).
Resulta que en esta "parada" disponemos de millones y millones de personas trabajando incansablemente en diferentes labores; ya sean administradores de empresas, policías, basureros, médicos, profesores, técnicos en comunicaciones, o una variedad de oficios increíbles y, algunas veces, absurdos; los adultos siempre han tenido una gran visión de lo que había más allá de su nariz, sin entenderlo realmente.
Y lo principal de este planeta eran las grandes dimensiones que poseía, en comparación al pequeño mundo del principito. Una comparación simple puede ser que todo el mundo del rubio se reducía a un grano de arroz, acumulado con otros miles de millones que también estaban sobre la corteza terrestre (cuenten todas las computadoras que existen en este mundo y después me dicen si exagero o no).
Pero eso no significa que los habitantes del mundo ocupemos un gran lugar en el mismo, por más que muchos creamos lo contrario. Es más: podríamos almacenar a toda la humanidad en su estado más básico en una de las computadoras más elementales de la historia.
Incluso sería un experimento divertido: separar a todo lo que compone una persona en pequeñas carpetas divididas en "funciones metabólicas", "funciones cerebrales" y "sentimientos", la última posiblemente con más peso que las otras, por puro valor emocional que le ponemos.
Tal vez muchos adultos estén en contra de mi teoría, puesto que siempre ha estado el cliché de que cada ser es único e irrepetible en este ancho territorio que usamos como casa. Y es que cada uno quiere resaltar, sentirse importante, pensar que pueden cambiar todo con un simple pensamiento o acción... pero no dejan de volverse molestos como un gusano. Aunque... debo admitir que yo también me siento algo degradado con una descripción tan fría como esa.
-.-.-.-
Neko se ha ido a pasear con su imaginación por otros fandoms y ha dejado solo y abandonado su lindo fic demasiado tiempo, me disculpo por eso.
Bien, estoy medio dormida y no tengo idea de lo que acabo de escribir. Así que confiaré en mi instinto y después me dicen, ¿si?
Mi madre me está gritando, así que hasta la próxima será...
Nos vemos~
Neko C.
