Era uno de febrero y para Rose significaba el inicio de la tortura. Había dormido en las mazmorras de slytherin, porque, después de haber recibido semejante noticia el día anterior, lo que menos quería era cruzarse con Malfoy en la torre de los premios anuales. Había logrado esquivarlo y evitarlo en aquella torre desde que habían sido anunciados como los nuevos premios anuales, y así había podido seguir manteniendo su racionalidad y su cordura intacta, hasta ese maldito día. Porque sabía que de ese día hasta el catorce, tendría que pasar las veinticuatro horas pegada al chico que más odiaba en el mundo y capaz que de paso, perdía esa racionalidad y esa cordura. Y no era para menos. Hacía un par de semanas que otra vez sentía esos estúpidos síntomas que años atrás sufrió antes de darse cuenta de que le gustaba el idiota de Malfoy, o de que estaba enamorada de él. Y no quería que otra vez pasara. Eso para ella no era lo mejor. No.

Iba a hacer todo lo posible para que eso, no volviera a pasar.

En la torre de los premios anuales, se hallaba un Scorpius repasando mentalmente la propuesta que le haría a la pelirroja en unos minutos más. Tenía el chocolate-conseguido gracias a su mejor amigo y los elfos domésticos de las cocinas, que estuvieron entusiasmados de obsequiarle un chocolate para "la señorita Rose" como le decían de cariño más que de respeto, lo que lo sorprendía- envuelto en papel verde plata, los colores de su casa, y la cinta roja, característica de la casa de los leones. Esperaba encontrarla de buen humor porque, sino era así, sería muy complicado poder llevar a cabo la "conversación" que pensaba tener con ella y es más, poder llegar a la tregua. Salió de la torre en el minuto en que Albus llegaba, dispuesto a acompañarlo, y, después de echarse ambos una mirada de reojo, salieron rumbo al Gran Comedor.

La encontró, como supuso, sentada en el centro de su mesa, rodeada de los exquisitos manjares que siempre había en el desayuno, acompañada de sus serpientes. Notó cómo Puckett y Fith se mantenían muy cerquita uno de otro, lo que, extrañamente, lo puso de muy buen humor, al ver al slytherin más pendiente de la rubia que de la pelirroja.

-Buena suerte, compadre.-le deseó el moreno mientras se iba a la mesa de gryffindor.

Scorpius se acomodó un poco el cabello, sostuvo firmemente el chocolate envuelto en su mano derecha y se dirigió con paso seguro a la mesa de las serpientes. Se quedó parado unos segundos ante los rizos bien definidos que coronaban como una aureola la perfecta nuca de la pelirroja, ante la sonrisa divertida de Lily, que lo miraba de reojo. Carraspeó, un poco nervioso, obteniendo atención de Frank y Faith, quienes ladearon la cabeza para mirarlo.

-Este... Weasley, ¿podemos hablar?-logró preguntar, mientras sentía cómo el corazón le latía con violencia.

Frank sonrió burlonamente, y Lily ahogó una risita.

-¿Weasley?-preguntó otra vez con algo más de seguridad en la voz, al ver que la ojiazul no se había dignado ni siquiera a hablarle siquiera, menos a mirarlo.

Silencio. Faith le dio un codazo al ojimiel para que dejara de mirar al gryffindor, y Lily se concentró otra vez en su tazón de cereales.

-Lo que quieras decir, dilo ahora, antes de que me arrepienta y te mande a volar.-respondió la joven fríamente, consiguiendo que los vellos de la nuca se le erizaran al ojigris de tanto odio destilado.

Carraspeó, otra vez, más nervioso que al principio.

-Debido a... debido a que pasaremos dos semanas juntos... Yo, este... pensaba...

-¡Habla rápido, hombre, no tengo todo el día!-espetó Rose, cortándolo de súbito.

Estaba de mal humor. Menuda buena suerte.

-Hagamos una tregua.-dijo alto y claro, con tanta seguridad que no supo siquiera de dónde había salido, ni en qué momento.

La slytherin se dio la vuelta en su asiento completamente, mirándolo con los ojos grandes como platos. Azu,es, cristalizados, profundos y brillantes, con un sentimiento oscilante que siempre le había gustado al gryffindor, aunque eso nunca lo supo la chica.

-¿Perdón?

-Tregua-repitió el joven, sonriendo algo divertido por la cara atónita de la joven.-Tu y yo, estas dos semanas. Es la mejor proposición si no quieres terminar en Azkaban y yo en San Mungo. Hasta te traje una ofrenda de paz para que veas que mis intenciones son sinceras.-le entregó el pequeño paquete, envuelto en papel verde plata y una cinta roja escarlata.

Rose, recelosa y desconfiada, tomó el paquete, mientras delicadamente lo abría. Scorpius observó lo pequeña y finas que eran sus manos, y cuánto habían cambiado desde la última vez que las había visto detenidamente, hacía dos años. Cuando el papel cayó al suelo, Rose no pudo evitar soltar un respingo, mientras que Faith y Lily intercambiaban una mirada cómplice y Frank arqueaba las cejas, incrédulo.

-No tiene nada malo, enserio-aseguró para disipar cualquier duda-, Albus me acompañó al comprarlo, él puede confirmarte que no está hechizado, envenenado, relleno con alguna pócima o de laxante. Quiero paz, Weasley, por mi integridad física y la tuya. ¿Aceptas?

La slytherin arqueó una ceja, mientras dejaba el chocolate en la mesa junto con el envoltorio. ¿Porqué justamente tenía que tentarla con lo que era la mayor debilidad de ella? ¡Albus Severus Potter estaba en problemas, de eso no había duda! El chocolate era demasiado tentador como para rechazar la propuesta del rubio...

-Bonito gesto...-susurró burlona, consiguiendo que Scorpius pensara que había resultado inutil haber improvisado todo aquello-no pensé que un gryffindor como tú se iba a rebajar a tocar siquiera los colores de mi casa.-se acercó lo suficiente como para analizarlo, como últimamente lo hacía con él. Sonrió, aunque el ojigris no supo qué significaba aquella sonrisa.-Pero el esfuerzo lo vale, así que estarás a prueba.-concluyó, volviendo a sentarse.

El chico la miró, confuso.

-¿Eso es un sí?

La joven ladeó ligeramente la cabeza.

-Eso es un tal vez.-respondió sonriendo divertida, pero de una forma algo más diferente a la habitual.

El ojigris le devolvió la sonrisa aunque ésta ya se había volteado a saborear su desayuno. Y, algo más aliviado, caminó a su mesa, donde Albus lo esperaba.

-¿Y? ¿Cómo resultó? ¿Qué te dijo?-interrogó apenas su mejor amigo se sentó.

-Eres más cotilla que tu hermana.-rió-Me fue digamos que bien.

Le refirió la breve conversación que habían tenido y la respuesta que la pelirroja le había dado, sobre todo a la reacción de sorpresa que tuvo cuando vio el chocolate, reacción discordante de cómo era la slytherin. Así estuvieron todo el desayuno, hablando más que nada sobre la respuesta de la slytherin y ciertas actitudes de ella que Albus le aclaraba-o trataba de hacerlo-, para que entendiera más o menos las contrariedades que a veces había en lo que decía o hacía y viceversa.

Ya casi al filo del desayuno, cuando muchos se levantaban dispuestos a ir a clases, el director se levantó de su asiento y, acallando a los alumnos, procedió a explicar los nuevos detalles y planes que habrían para esas dos semanas.

-Hoy día comienza nuestro San Valentín de dos semanas con una salida al Londres muggle-hubieron grititos de emoción y la conversación entusiasmada se hizo notar al instante por entre el comedor-, sin embargo, esta salida no tiene como único fin divertirse y pasarla bien, sino que tiene por principal objetivo el trabajo en equipo con sus parejas. La misión será comprar el inmueble necesario para la que será su residencia durante estas dos semanas, eso quiere decir muebles, ropa, decoración, vajilla y accesorios de baño y cocina, con un tope de presupuesto de diez mil galeones en dinero muggle. Cuando quieran traer algo al castillo solo tendrán que chasquear los dedos y nuestros elfos aparecerán encantados para llevarse todo a sus residencias. Los de primero a cuarto también lo harán pero con destino a decorar sus respectivas salas comunes. Los de quinto a séptimo serán informados a la brevedad de la contraseña para acceder al lugar donde vivirán estas dos semanas. Buena suerte, ya pueden irse, los trasladores estan listos.

Todos comenzaron a buscar sus parejas respectivas, mientras que el cuarteto de slytherin se ponían de acuerdo para viajar juntos al Londres muggle. Kent apareció segundos después que habían decidido aquello, trayendo un ramo de orquídeas blancas, las favoritas de Lily, que lo miró por primera vez con la boca abierta y no lo insultó, sino que le informó en tono aún conmosionado de lo que habían decidido. Rose sonrió fugazmente, satisfecha por su trabajo y por la disposición de Kent de cooperar en el plan de eliminar del mapa sentimental de Lily al idiota de Smith, con quién no había tenido una agradable conversación el día anterior. Esperaba que su prima viera quién en verdad era Kent y se diera cuenta de que le convenía mil veces meterse con él que con el imbécil del ravenclaw. Y así como apareció el gryffindor por arte de magia, apareció también Scorpius, cuidadoso de no hacer algo que a la slytherin le molestara. Ésta apenas lo miró, pero eso bastó para el gryffindor, por lo menos sabía que aún la chica no lo había echado a golpes. Luego que hubieron recibido su dinero, se dirigieron al cuaderno que hacía de traslador, y, suspirando ambos a la vez, tocaron el objeto, sintiendo aquel característico mareo y luego el golpe seco al caer sobre el piso. Scorpius estaba en el piso, evidentemente mareado, mientras que Rose yacía de pie, observándolo, impaciente.

-¿Nos vamos de una vez o todavía tengo que esperar al señorito?-preguntó con los brazos cruzados, resoplando de impaciencia.

El gryffindor se levantó del piso, aún con ese mareo palpitándole las sienes.

-¿Te puedes esperar? No estoy acostumbrado a los trasladores.

La slytherin bufó, en tanto que, dándose media vuelta, comenzaba a caminar hacia la salida del Central Park. Minutos después sintió la respiración agitada del rubio y comprobó, altiva, que al final éste se había resignado y la había seguido. Entraron a un gran centro comercial donde se encontraban Faith, Lily, Frank y Kent, esperándolos, algo impacientes también.

Comenzaron a mirar tiendas y tiendas, las mujeres un poco más emocionadas que los hombres, hasta que llegaron a la parte central del shopping donde se alzaba una gran fuente, en donde habían decidido separarse, total, la tarea era en parejas y mientras más rápido terminaban, más tiempo tenían para divertirse.

La slytherin y el gryffindor se dirigieron a una gran tienda comercial que estaba llena de carteles de oferta por liquidación de temporada. Lo primero que harían sería ir a la sección de casa y hogar, en donde elegirían los muebles y todo lo necesario para la cocina y el baño. Habían recibido una lista con lo que necesitaban comprar, que la pelirroja comenzó a revisar minuciosamente hasta que, dando una furiosa exclamación, se paró de golpe y fulminó con la mirada al gryffindor, como si él tuviese la culpa.

-¿Qué pasa?-preguntó el joven, acercándose a la chica, aunque no tanto, en caso de que a ésta se le ocurriera golpearlo, como era muy común.

-¡Está loco! ¡Loco!-rugió la pelirroja, mirando la lista y al chico alternativamente.-¡Dice que tenemos que comprar una cama matrimonial! ¿Qué se cree? ¡Yo no voy a dormir en la misma cama contigo! ¡Me niego!-declaró mientras movía el papel violentamente.

-¡¿Cómo?-preguntó el ojigris sobresaltado, sintiendo cómo su corazón latía furiosamente.

Le quitó el papel de sus manos, mientras leía, con ese golpe que hacía su corazón con cada segundo que pasaba, casi desesperado.

Un escritorio de madera a elección.

Dos lamparitas de noche y dos cómodas

Un juego de living comedor

Una cama de dos plazas, modelo a elección.

Su cara se desencajó al leer aquello, lo que lo salvó de develar lo que en ese preciso momento estaba sintiendo. La idea de compartir cama con Weasley no le desagradaba precisamente... Y no lo entendía, se suponía que eran enemigos, que se odiaban y se desagradaban, que no soportaban estar en el mismo espacio cuadrado con el otro... Entonces, ¿porqué esa extraña ansiedad? ¿Porqué su corazón no dejaba de galoparle con fuerza, a tal punto de que iba a salírsele por la boca si no se alejaba un maldito rato de la slytherin? Por lo menos ella se encontraba normal, seguía despotricando sobre su mala suerte...

-¿Les puedo ayudar en algo?-preguntó amablemente una señora acercándose a ellos, que por su placa, era una de las que atendían el lugar.

-Quisiera que nos mostrara las camas de dos plazas.-dijo la ojiazul que se había recompuesto ipso facto de su ataque de ira, poniendo una cara indiferente para ocultar las ganas de matar a Malfoy y a su director en un paquete dos por uno.

La mujer los miró con algo de desconcierto en su rostro empolvado y maquillado.

-¿Las camas... matrimoniales?-preguntó lentamente, mirando a ambos jóvenes de pies a cabezas.

-Las mismas, señora.-concedió la slytherin tratando de mantener la serenidad y la paciencia.

La mujer los miró, alarmada, abriendo desmezuradamente sus ojos negros pintados con sombras blancas, mientras balbuceaba cosas que los dos jóvenes no entendían. Los llevó, no sin algo de recelo y horror, a la sección de dormitorios, donde se encontraban todos los modelos de camas. Y ahí, de nuevo comenzó la pelea.

-¡Ya te dije que va a ser una cama americana!-decía Scorpius, señalando la monumental cama con dos colchones que se alzaba a la izquierda.

-¡Y yo te digo que será la florentina!-impuso la joven señalando la señorial cama con finos tallados en el respaldo, y adornado con piedras que podrían pasar por preciosas que se alzaba a la derecha.

La discusión se extendió por un buen rato, hasta que la vendedora, harta y escandalizada por el nivel de furia que había en la pareja en su discusión, dijo:

-Si me permiten señores...-dijo en voz alta mientras carraspeaba, lo que trajo la atención de los jóvenes.-Si me permiten la sugerencia, les puedo mostrar el último modelo que llegó esta semana de Italia-avanzó hasta llegar al final del pasillo que colindaba perpendicularmente con otro-, es una cama de estilo florentino, con incrustaciones de esmeraldas reales hecha a la medida de una cama tipo king americana, acolchada con dos colchones y almohadones de plumas de ganzo y cisne. Es una belleza-la pelirroja sonrió, encantada con el modelo y sobre todo con las esmeraldas verdes, que le daban el toque slytherin que a ella le gustaba-, y además es una cama muy cómoda y resistente-ambos voltearon a ver a la mujer con cara de pocos amigos-, su somier está hecho de madera de roble, por lo que lo hace resistente, como ya había dicho, a la humedad, el tiempo, las termitas o cualquier otro percance como lo puede ser un fuerte terremoto.

Scorpius y Rose se miraron, buscando una respuesta positiva a aquella propuesta. Tenía lo que ambos querían; una cama monumental y señorial, con dos colchones a la americana, pero con la distinción florentina que a la chica tanto le había gustado y bueno, el color verde en las esmeraldas, lo que daba el sello slytherin. Cuando ambos se vieron con la mirada que el otro aceptaba aquello, comunicaron a la mujer que querían comprarla. No les importaba el precio, aún tenían mucho dinero por delante. Encargaron a la misma vendedora hacerse cargo de las demás cosas en la lista y en una hora, tenían todo comprado para su nueva "casa"-que en realidad era la torre de los premios anuales- por dos semanas. Además, la idea de que la mujer los asesoraba, los había vuelto más solícitos uno con otro y más amables, por lo que en todo ese tiempo no hubieron más peleas o discusiones. Pidieron que llevaran toda la mercancía la bodega, asegurando que vendría un camión por las cosas, y duró un buen rato más que los que se encargaban de los fletes se fueran del lugar. Una vez que estuvo vacío, la slytherin chasqueó los dedos, con lo que apareció un pequeño elfo doméstico, que tenía un aspecto asustadizo. Scorpius pensó que la slytherin iría a tratar arrogante y prepotentemente al elfo, como todos los slytherins lo hacían, por eso le sorprendió la amabilidad y la dulzura con que trató a la pequeña criatura. Con aquel elfo, volvió a ver a la Rose de antes, esa que era dulce y tierna con la gente y no miraba fríamente o arrogante, sino que con alegría y sencillez. Quedó con la boca abierta cuando la muchacha, sacando su varita, hizo aparecer un pequeño pastel de manzana para que la criatura se lo comiera, antes de irse. El elfo agradeció a la chica con una sonrisa y una reverencia, y, con un chasquido, desapareció llevándose consigo todo lo que había.

-Pensé que los slytherins consideraban a los elfos como seres inferiores a nosotros.-comentó aún impresionado por el acto de la muchacha.

-No todos son así-espetó ésta, alzando una ceja-, en todos lados hay gente de todo tipo, y en todas las casas hay gente cruel y arrogante y hay gente que considera como pares a esas pobres criaturas que tratan tan mal. Además, fuiste mi mejor amigo, deberías de saber que nunca fuí condescendiente con esa actitud estúpida que muchos de mi casa y de las demás adoptaban con respecto a los elfos.-respondió la muchacha guardándose la varita y volviendo a la entrada a la tienda.

Scorpius la siguió, con una sonrisa disimulada asomándosele por la comisura de sus labios, saboreando ese pequeño pedazo de pasado que había sido la actitud de la muchacha como lo mejor que le había pasado en el día. Bajaron por la escalera mecánica al primer piso en donde se encontraba la sección de vestuario y perfumería, ésta última que estaba abarrotada de mujeres de todas las edades que al parecer, habían sido atraídas por las ofertas de perfumes de última temporada. La chica no lo pensó dos veces y, olvidando momentáneamente al rubio, avanzó a grandes zancadas hacia el estante de oferta. El gryffindor se dio cuenta de que había muchas jóvenes de la edad de la slytherin revoloteando como abejas en torno a la miel alrededor de los perfumes de Ágata Ruiz de la Prada, que eran muy popular entre las estudiantes de Hogwarts. Sus encuentros con varias jóvenes del castillo le habían dotado de un alto olfato para aquellos olores que variaban según el modelo del perfume, pero nunca se le había pasado por la mente que la ojiazul usara el mismo perfume de la misma línea como la mayoría de las estudiantes. Hubo una chica que le llamó especialmente la atención debido al parecido que tenía con Madeleine. No tan alta, delgada, rostro aristocrático, pelo rubio, nariz perfilada, con la única diferencia de que tenía los ojos negros como dos pozos abismales.

Rose había llegado hacia el tumulto de jóvenes que se apretujaban y se empujaban por conseguir cuantos perfumes hubiera de su gusto, y justamente se hallaba atrás de la rubia. Ésta la miró de pies a cabeza, con una cara de arrogancia que podía hacerle competencia a la que la slytherin ponía, lo que divirtió algo al gryffindor. No alcanzó a escuchar lo que la rubia le había dicho a su compañera-supuso que un comentario nada agradable por la mirada de superioridad que le había dado a la pelirroja-, antes de que se diera la vuelta, sin embargo, eso no fue nada con lo que la joven le hizo por aquel acto de desfachatez.

Rió por lo bajo al ver cómo la slytherin agarraba de un brazo a la rubia y la tiraba con todas sus fuerzas hacia atrás, lo que significaba mucho debido a la gran fuerza que la pelirroja tenía por los entrenamientos de quidditch. La chica rubia se tambaleó debido al empuje y llegó a estamparse de trasero en el piso, donde se quedó viendo con cara asesina a la ojiazul que pasaba entre todas sin pedir permiso ni nada hasta llegar a la estantería. Tomó menos de cinco minutos que saliera con dos cajitas de perfumes y, a un gesto de mano, Scorpius la siguió a la caja.

-¿Vas a pagarlo con el dinero que nos sobró?-preguntó algo receloso, si era así él también tenía derecho a comprarse algo.

-No-dijo Rose, sacando unos billetes de su bolsillo-, éste es un regalo, lo justo es que lo pague con mi dinero, no es digno de una mejor amiga pagarlo con dinero ajeno. La ley de las mejores amigas está sobre la ley de todo buen slytherin.

El rubio observó su rostro serio pero sereno, con esa expresión indescifrable en sus ojos azules que le daba ese toque misterioso que a todos los hombres les seducía, sus mejillas blancas teñidas con rubor y sus labios de un apetecible color sandía, humedecidos por el brillo labial que nunca, en sus dos años como Reina de Hogwarts, había desaparecido. Cuando la chica recibió su compra, se giró para decirle al gryffindor que ya iba siendo hora de regresar al punto de encuentro justo en el momento en que éste observaba sus labios. Lo intuyó simplemente por la mirada, había visto muchas veces aquello en los múltiples chicos que le habían galanteado, salido, o que ella les hubiera coqueteado. Por lo mismo creyó haber visto mal porque, una cosa era que muchos hombres la miraran con deseo y otra que Scorpius Malfoy la mirara con ganas de besarla. Era inverosímil, aunque muy en el fondo una parte deseaba que así fuera. Se quedó mirando como idiotizada esos ojos grises, esa piel tersa y pálida, esos labios finos y tan apetecibles...

-Andando.-ordenó, sacando de sus pensamientos al ojigris, en tanto que caminaba hacia la salida, tratando de que sus mejillas volvieran a su color natural y al mismo tiempo, intentando sacarse ese rostro de su mente.

El joven la siguió, aún confundido con lo que le había pasado, con ese momento en que ella y él se habían perdido en los ojos del otro...

-¡Al suelo!-gritó de repente la pelirroja tirándolo al suelo, mientras el estante que estaba detrás de ellos se rompía en mil pedazos.

Por un momento Scorpius pensó que estaban en medio de un asalto a a mano armada, sin embargo, cuando pudo alzar la vista, observó cómo cuatro encapuchados sostenían sus varitas lanzando hechizos a diestra y siniestra. La gente corría despavorida de un lado hacia otro, tratando de buscar una salida, pero cada vez que un grupo de gente iba hacia un sentido, un nuevo encapuchado se encontraba apostado apuntándolos con su varita. La slytherin agarró al ojigris por la muñeca, arrastrándose hacia donde estaban las prendas de ropa en exhibición, camuflándose con ellas. Sacó su varita lentamente, mientras que Scorpius hacía lo mismo, aunque miraba nervioso a la chica, en realidad, no quería que nada le pasara. Sorprendió el rayo eléctrico que cruzó por la estancia hasta alcanzarle a uno de los encapuchados que estaba de espalda, y que generó una nueva oleada de hechizos a diestra y siniestra. Podían oír cómo las mujeres gritaban o algunas que estaban cerca lloraban, y, cuando Rose vió el rayo verde impactarle a una joven que se encontraba a pocos metros enrollada en sí llorando copiosamente, sintió la ira recorrerle las venas. Ordenó al gryffindor que se mantuviera en su lugar y ella, saliendo de su escondite, comenzó a lanzar hechizos a diestra y siniestra, ante el desconcierto de los encapuchados. No obstante, éstos se repusieron muy pronto para disgusto de la chica, contraatacando de igual manera. Escuchaba constantemente "¡Avada Kedavra! ¡Avada Kedavra!" y ella, tal vez por milagro o porque estaba bien entrenada, esquivaba los hechizos por los pelos. La gente que se encontraba cerca, instintivamente se pusieron tras ella, porque aunque eran muggles y no entendían mucho lo que estaba pasando, sabían que ella era "de los buenos" y los otros "de los malos" y que estos últimos... era indudable que querían matarlos.

-¡Aqua Volatem!-rugió la chica al tiempo que una gran bola de agua derribaba a dos encapuchados que lanzaban hechizos hacia las personas que gritaban pidiendo auxilio.

-¡Crucio!-gritó un hombre corpulento, aunque la chica consiguió esquivarlo tirándose al suelo.

-¡Protego Totalum!

Scorpius no podía aguantar estar más escondido entre la ropa viendo cómo su compañera se debatía a duelo con siete encapuchados a la vez. Apreta los nudillos cuando ve cómo la pelirroja cae al suelo, retorciédose de dolor, por lo que decide actuar y desarmar al maldito que había osado en torturar a su compañera. Hizo memoria de todos los hechizos que en esos siete años había aprendido, lanzándolos a cada encapuchado con lo que consiguió buenos resultados al estar oculto y sin que ninguno de ellos lo estuviera viendo.

Entonces vino lo peor. Una voz femenina siseó "Fiendfyre" al momento en que el pasillo se llena de llamas, extendiéndose rápidamente. Un minuto, Rose ve cómo hombres, mujeres y niños corren aterrorizados de las llamas, con una risa desquiciante flotando en el ambiente como el reloj dando la hora del fin para todos aquellos, y al otro, se da cuenta de que los encapuchados han desaparecido, quedando ellos en medio de un infierno. Con sorpresa, el rubio observa el demoníaco fuego devorándolo todo en forma de serpiente quimera, pero lo que más le sorprende es la cara determinante y dura que tiene la pelirroja. Llega corriendo donde ella y juntos, como si hubieran estado conectados, gritan:

-¡Fiendlocked!

El fuego desapareció instantáneamente dejando grandes manchas oscuras calcinadas a su paso. Al instante de aquello, Rose se desploma, ante el espanto del joven y de la demás gente que ha podido volver después de haber visto con sus propios ojos cómo ese maldito fuego desaparecía. Cierra los ojos y respira entrecortadamente mientras que, débilmente, acerca una mano hacia su costado derecho, en donde percibe algo húmedo que Scorpius observa correr, con horror. Tiene pánico, ganas de llorar, desesperación y al mismo tiempo rabia porque sabe que las marcas en su cuerpo son su culpa, si él hubiera peleado en vez de la chica, nada de eso hubiera pasado. Toca su cuello tratando de tomar su pulso y comprueba aliviado que está viva, mal herida, pero aún, aún viva. Trata de tomarla en brazos pero la débil negación de ella lo paraliza. Susurra algo que al principio fue ininteligible hasta que, a la tercera, comprende.

Respira profundo, tratando de que el miedo no lo paralize, sabe que solo tiene unos minutos antes de que sea demasiado tarde.

-Vulnera Sanentum...-susurra, la varita apuntando la zona herida.-Vulnera Sanentum...Vulnera Sanentum...

Los muggles se reúnen en torno al joven, que poco a poco sana las heridas de la chica. La sangre vuelve de donde salió y, poco a poco, se cierra la herida. Oye jadear levemente a la muchacha y sabe que eso es producto de la sangre que no alcanzó a recuperar y que la debilitó. Se sobresalta al sentir una mano en el hombro, y, al mirar, se encuentra con la profesora McGonagall, más atrás los amigos de Rose y varios otros alumnos. El profesor Mortimer apareció al otro lado del cuerpo casi inconsciente de la joven, susurrando "Vulnera Sanentum, Vulnera Sanentum" una y otra vez, como un cántico sin fin ni inicio. Lo mira, tal vez tratando de asegurarse de que no había sido él el responsable de todo aquello o su alumna, mientras que, haciendo un gesto, la anciana profesora lo toma del brazo y se lo lleva lejos, lejos de la joven, lejos del incidente, del siniestro, a un lugar donde respirara tranquilo y calmara sus nervios.

-Cuéntame que pasó Scorpius, y te prometo que después llamaré a un auror para que te acompañe al castillo.

Él suspira, cansado. Comienza a contarle todo, desde el principio lo recuerda pero, después del fuego demoníaco, las cosas se vieron más difusas.