9. Sintiendo el futuro

"El largo y sinuoso camino que conduce a tu puerta nunca desaparecerá. He visto ese camino antes, siempre me lleva a ella, me lleva hacia tu puerta…"

Kurt se vio forzado a detener la música que sonaba en la minicadena sobre su mesilla. La había puesto con el único propuesto de camuflar su llanto bajo las voces de The Beatles, pero ahora la melancolía de Paul McCartney se volvía dolorosa e insoportable. Prefería que su familia escuchase sus sollozos antes que tener que soportar lo mucho que esa canción le recordaba a él.

Lo último que le había dicho había sido un optimista "todo va a salir bien" que ni siquiera había salido de su corazón. Lo había hecho por compromiso, pero de algún modo la sonrisa de Blaine y el brillo de sus ojos almendrados había desatado un nudo en sus entrañas que ahora parecía quemarle por dentro. Sentía que había hecho lo correcto, ¿pero para quién? Que Rachel y Blaine se reconciliasen reducía a cenizas cualquier leve esperanza que pudiese quedarle. Sólo le perjudicaba. Por eso ahora sólo tenía ganas de retorcerse sobre su cama y llorar hasta que se le secasen los ojos.

Y pensar que todo había empezado con un simple "¿estás bien?"…

Podía recordar cada ínfimo movimiento que había ejecutado hasta llegar a la habitación de Blaine. Como el solista de los Warblers permanecía alojado entre semana en la academia, a menudo estaba en su cuarto cuando Kurt se marchaba al finalizar la jornada. No le importaba conducir si eso implicaba más pasar más tiempo junto a su familia, algo que Blaine apoyaba totalmente. Por eso Kurt se despedía cada tarde del moreno; porque volver a casa sin articular un cariñoso "hasta mañana" y ver una de esas sonrisas suyas que le robaban la respiración le hacía pensar que su corazón se quedaba clavado en algún rincón de Dalton, esperando esa clase de cariño que su padre, Carole o Finn jamás podrían proporcionarle.

Se había sorprendido al girar el picaporte y darse cuenta de que la puerta estaba cerrada por dentro, pero aún así su sonrisa permaneció impasible. Llamando con suavidad, acercó levemente su oreja a la estructura de madera.

— ¿Blaine, estás ahí?

Pero nadie respondía a su llamada. Kurt lo había intentado un par de veces más, primero con cierto escepticismo, luego con el corazón en un puño. ¿Y si le había sucedido algo? Consideró la posibilidad de avisar a algún profesor, pero se dio cuenta de que la mayoría ya se habrían marchado. Y no quería importunar a ningún encargado con una falsa alarma que pudiese hacerle quedar en evidencia ante todos —especialmente ante Blaine— sin antes estar seguro de lo que ocurría ahí dentro.

Tras clamar el nombre del chico por enésima vez, escuchó pasos acercarse al otro lado de la puerta. Apartándose de un salto para no parecer un chismoso, el tiempo que el moreno tardó en girar la llave se le hizo eterno. Y cuando por fin abrió la puerta, tan sólo asomó levemente el rostro.

Había estado llorando.

—Kurt…

—Oh, Dios mío —aunque su reacción había sido estúpida, Kurt estaba seguro de que no podría haber soltado nada más inteligente en aquel momento—. Blaine, ¿estás bien?

El joven Hummel no era consciente de todo lo que iba a tener que soportar tras aquella pregunta.

No podía dar crédito al entrar en aquella habitación que, a pesar de resultarle tremendamente familiar, ahora parecía la de un completo desconocido. Todo estaba mucho más desordenado que de costumbre, y las cortinas tapaban completamente la escasa luz exterior. Ni siquiera la lámpara del escritorio estaba encendida; aquella oscuridad claustrofóbica hizo que Kurt sintiese escalofríos.

—Esto tiene que acabar.

Descorrió las cortinas. Encendió las luces. Apartó las camisetas, pantalones y chaquetas a un lado, despejando la cama, donde se dejó caer con un suspiro apremiante. Palmeando la colcha, invitó a sentarse a su lado al inerte joven, que todavía lo observaba como si fuese un monstruo de tres cabezas.

—Blaine, si sigues ahí plantado como un zombie sólo conseguirás asustarme todavía más…

Eso pareció hacer reaccionar al moreno, que hizo caso de las indicaciones de Kurt. Allí sentado fue incapaz de continuar llorando; quizá la vergüenza le impedía desahogarse como era debido. Y en parte, Kurt lo agradecía. Consolarle en aquella situación sólo conseguiría multiplicar su rabia interior por mil.

—No pudo dejar de pensar en ella.

—Es normal. Huiste, saliste corriendo. Su vida no será la misma ahora que el padre de su hijo la ha rechazado, pero… lo hecho, hecho está.

Blaine volvió a mirarle como si estuviese loco, pero Kurt no podía ocultar un cierto tono irritado. Si actuaba como una víbora era porque se sentía como tal. Y aún así tenía que morderse la lengua para no soltar cosas peores que, probablemente, fulminarían todo cuanto había entre Blaine y él.

Sólo rezaba para que su propio veneno no terminase intoxicándole.

—No puedo dejarla sola, Kurt —repuso el moreno, apoyando los codos en sus rodillas y enredando los dedos en su desordenado cabello—. Lo he estado pensando, y no he hecho bien.

—Necesitabas pensar…

—Lo sé, pero ya he pensado suficiente —zanjó Blaine, afectado—. Si seguí tu consejo de alejarme de ella un tiempo fue porque me pareció lo correcto… pero ahora sé que eso ya se acabó.

—Entonces, has cumplido tu cometido —mintió Kurt; obviamente, el objetivo de todo aquello era asustar a Blaine, no conmoverlo—. Supongo que ahora tendrás que enfrentarte cara a cara con el problema.

Aquel parecía ser el meollo de la cuestión, a juzgar por la mueca descompuesta de Blaine.

—No puedo —gimoteó, reprimiendo un sollozo—. Sé que es mi responsabilidad, pero también se trata de mi vida —un tenso silencio se adueñó del ambiente, y Kurt notó cómo el chico se estremecía—. ¿Es egoísta pensar en todas las cosas que me perderé si me convierto en padre a los diecisiete?

—No —negó Kurt con convencimiento—. Es racional.

—Aún así, ¿con qué cara me presento yo delante de ella y le digo que lo siento? Soy un cabrón, ¡ni siquiera podrá verme en cuanto aparezca…!

—Pues tendrás que presentarte con la cara que tienes, Blaine. Con tu maldita mejor sonrisa y un buen discurso preparado. No te preocupes: hay casi dos horas de camino hasta llegar a Lima, tendrás tiempo de sobra.

El solista de los Warblers miró incrédulo a Kurt. Ni siquiera el joven de ojos azules podía creer lo que acababa de salir de su boca, y aún así no fue capaz de rectificar.

— ¿Estás diciendo que…?

—Ve con ella —zanjó el muchacho, con una sonrisa de ánimo aflorando entre sus labios—. Ahora mismo tiene ensayo con el Glee, así que todavía estará en el instituto cuando llegues. Siempre suele irse tarde.

Kurt no quiso decir nada más. Sólo se puso en pie y continuó mostrándose amable y comprensivo, o más bien fingiéndolo. No obstante, sabía que aquello era lo mejor para Blaine. Lo correcto.

De repente, la expresión del moreno parecía tan vivaz y alegre como siempre.

— ¿Estás seguro?

—… Sí.

—Pues deséame suerte. Es ahora o nunca.

Blaine se acercó a Kurt, y el más alto no pudo evitar acariciar su espalda con una ternura que, juraría, creía ser incapaz de volver a sentir después de la frialdad con la que había actuado durante los últimos minutos.

—Suerte, Blaine. Aunque no te hará falta: todo va a salir bien.

A pesar del odio que ahora sentía hacia ella, Kurt volvió a cantar mentalmente aquella canción: "muchas veces he estado solo y muchas veces he llorado… de cualquier manera, nunca lo sabrás las muchas maneras en las que lo he intentado". Querría poder estar acostumbrado a aquella sensación de pérdida, pesadumbre, vacío… pero estar llorando en su habitación resultaba tan dolorosamente novedoso como la primera vez. Y ya ni siquiera quería intentarlo de nuevo. Sabía que las cosas con Blaine nunca podrían ser como las había imaginado… y no estaba seguro de poder soportarlo.

No todo había salido bien. Al menos, no para Kurt. Él había perdido… como siempre.

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—He terminado. Podéis marcharos.

Cuando Quinn atravesó la puerta del aula de ensayo sin siquiera pedir permiso, encontró a los músicos recogiendo instrumentos y partituras, y a Rachel apoyada sobre el piano, guardando sus cosas en el bolso. Sin detenerse a esperar a que la sala fuese desalojada, la rubia caminó hacia ella con el ceño fruncido.

— ¿Preparando un nuevo número para deleitarnos en el ensayo de mañana?

—No —negó la morena con la cabeza, apenas alarmada al oír su voz—. Estaba ensayando una canción por mi cuenta… Big Girls Don't Cry.

—Ajá. Todo un cliché. Aunque no sé qué relación tiene ahora mismo con tu vida.

Rachel suspiró, poniendo los ojos en blanco.

—Quinn, para preparar una canción no siempre tienes que sentirte identificada con ella.

Obviamente, a la capitana del coro le molestaba que la ex animadora estuviese revoloteando a su alrededor, indagando en todo cuanto hacía. Pero Quinn no pensaba rendirse tan fácilmente. Iban a ser amigas, ¿no? Las amigas se preocupan las unas por las otras. Y era un hecho que Rachel necesitaba un hombro sobre el que llorar.

—Así que estás feliz —concluyó, siguiendo a la morena, que se dirigió hacia los asientos para coger su bolso.

—Sí. A costa de la entrega de otra persona.

La joven se dejó caer sobre una de las incómodas sillas de plástico, suspirando. Quinn ladeó la cabeza y la imitó, tomando asiento justo a su lado.

—No te sigo.

—Lo único que necesitaba para dejar de llorar por las esquinas y sentirme un cero a la izquierda era la confirmación de que cierta persona se uniría a mí en este viaje horrible, complicado, lleno de dolor…

—No vas a parir un monstruo, Rachel. O… eso espero, al menos —haciendo una pausa, la rubia resopló con pesadez—. Vamos a ver, recapitulemos: se supone que él te ha dicho que estará contigo, ¿no?

—Sí, pero…

—Ya —zanjó Quinn, con una sonrisa comprensiva—. Es lo único que necesitas ahora.

¿De verdad estaba siendo amable con Rachel Berry?

Repentinamente azorada, la rubia borró de un plumazo toda expresión cordial de su rostro. Frunciendo los labios, clavó la mirada en algún punto perdido del aula, al igual que Rachel. Las dos permanecieron en aquella posición durante varios segundos de incómodo silencio.

— ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

— ¿Ser una fulana que se acuesta con tíos sin usar protección?

—Era una pregunta retórica —cruzándose de brazos, Rachel sí se molestó esta vez ante el ácido comentario de la rubia—. Y además, no me refería al embarazo… sino a todo lo que siento. Tú deberías saberlo, ¿no? La soledad, el abandono…

—Como una apestada.

Quinn no pudo creer que aquel triste gruñido hubiese salido de su boca. Enseguida se mordió la lengua para evitar toda la rabia que, al parecer, no había conseguido eliminar desde el año anterior.

—Sí… algo así —asintió Rachel con pesadumbre—. No tendría por qué soportarlo…

—Pero lo harás —interrumpió Quinn, poniéndose en pie; de repente, ya no quería jugar más a las amiguitas con Rachel Berry—. Y no habrá manera de detenerlo. En cuanto las cosas se compliquen, tu vida se convertirá en un tren en marcha a toda velocidad del que no podrás bajarte… y tendrás que aguantar meses de tortura hasta llegar a la última parada.

Rachel no fue capaz de responder. Quizá porque en el fondo sabía que tenía razón.

—Adiós, Rachel. Nos vemos mañana en el ensayo.

La rubia salió del aula tan rápido como había entrado. Se maldijo por no haber indagado más en el asunto "padre de la criatura", pero aquella última confesión de Berry había sido demasiado lapidaria.

Quinn no podía fingir que había olvidado aquella etapa de su vida porque, francamente, no lo había hecho. Y quizá no podía pasar más tiempo con Rachel porque —salvando las distancias— le recordaba demasiado a ella. El dolor de la morena le hacía revivir aquellos días en los que caminaba por el pasillo y la gente se apartaba, como si al tocarla fuesen a contagiarse de una enfermedad tan letal como inexistente. Y eso a su vez la transportaba a todas las noches de insomnio en las que había llorado; maldiciendo a Puck y a sus "confía en mí", maldiciéndose a ella misma, a su irresponsabilidad, al estúpido de Finn por ser tan condescendiente y a todos quienes la juzgaban sin conocer su historia. Odiando cada minúscula parte de su vida. Rogando que todo terminase. Y ahora que por fin había vuelto a la normalidad, todavía no podía deshacerse de aquella indescriptible sensación, repulsiva y pegajosa como un chicle.

Quinn era incapaz de sentir algo por Rachel que no fuese lástima o antipatía, ni de buscar en ella algo más que una simple relación de conveniencia. No obstante, en el fondo deseaba que su cuenta atrás fuese lo más tranquila posible. Porque Quinn sabía que el momento en que viese a su bebé en una fría habitación de hospital sería el fin de aquel infierno, y compensaría con creces todo cuanto había tenido que pasar… y porque ni siquiera alguien como Rachel Berry merecía tanto sufrimiento.


Kurt & Quinn POVs

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Soundtrack (y perdonad el uso indiscriminado de canciones; esta vez no he podido evitarlo)
'The Long And Winding Road' The Beatles
'Big Girls Don't Cry' Fergie
'Feelin' The Future' The Republic Tigers

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Ahora que ya estoy más relajada con los exámenes y he tenido toda la tarde libre... traigo nuevo capítulo :)

Más dosis de Kurt y Quinn en plan zorras implacables, aunque esta vez he sido un poquitín más suave. Escribo lo que me dicta el corazón, y yo en el lugar de ambos me comportaría así... supongo que me identifico demasiado xD No me matéis, por favor.

Aprovecho para decir (una vez más, y todas las que hagan falta) que SOIS LAS LECTORAS MÁS AWESOME DEL MUNDO. Gracias por todo :3
(he empezado a contestar los reviews, y no es que se me dé demasiado bien, así que perdonad mi falta de inspiración y creatividad)