Capítulo 9. Visitas

Tom mantuvo su palabra, y después de comer y descansar un rato, entre él y Bill se dispusieron a terminar de arreglar el dichoso trastero.

La tarde era calurosa y la tarea pesada; sin embargo, estando los dos solos pudiendo hablar de mil cosas mientras trabajaban, ésta se hizo más llevadera. Además, de vez en cuando encontraban cosas curiosas entre tanta caja.

—Ey, mira esto... —dijo Bill de pronto, con las manos dentro de una caja de cartón llena de papeles.

«Que no sea otra revista de papá...», rogó Tom mentalmente.

No era una revista, sino una foto vieja enmarcada. El cristal estaba roto justo en la mitad.

Tom arrugó la frente al reconocerse en la imagen. Tendría unos dos años y estaba en la bañera, desnudo.

—No sé por qué mamá dejó aquí esta foto después de la mudanza... —comentó Bill, mirando la fotografía con una pequeña sonrisa—. Le podría haber cambiado el marco...

—Pues está claro —replicó Tom—. ¿Cómo voy a dejar que mamá tenga expuesta en casa una foto mía en bolas?

Bill ahogó una risita.

—Dame esa foto —exigió Tom de pronto estirando la mano.

—¿Uh? ¿Por qué? —replicó Bill alejando el marco de su alcance.

—Para quemarla, ¿para qué va a ser?

El cantante rió de nuevo. En otras circunstancias a Tom le habría encantado ver a su hermano reír así, pero en esos momentos no le hacía ni pizca de gracia.

—Me pregunto qué me daría Georg por ella...

Tom tragó saliva. No quería ni imaginarse lo que podría hacerle Georg con esa foto en su poder. Vengarse por todas sus bromas pesadas, seguro.

—No tiene gracia, Bill —murmuró seco—. Venga, dame la foto.

La mano de Bill que sostenía el marco se alzó un poco más.

—Ven a por ella —le retó divertido.

El guitarrista no se lo pensó dos veces. Dio un rápido paso hacia delante tratando de coger la fotografía con la misma celeridad, pero Bill le dio la espalda manteniendo el marco fuera de su alcance. Entonces vio su oportunidad.

—Tú te lo has buscado...

Y colocando sus brazos alrededor de su cintura, empezó a hacerle cosquillas.

Bill ahogó un grito y se retorció, pero sin lograr escapar.

—¡Mierda, Tom, para! —exclamó entre risas.

—¡Pues dame la foto!

—¡No!

—¡Que me la des!

—¡Que no!

Pasados un par de minutos e incapaz de soportar más la "tortura", pero manteniendo su cabezonería, Bill se dejó caer al suelo para tratar así de librarse de Tom. Pero su gemelo le vio las intenciones y terminó en el suelo con él.

Mientras con una mano continuaba haciéndole cosquillas, con la otra Tom intentó arrebatarle de nuevo la foto. Bill de verdad se esforzaba por mantenerla fuera de su alcance, pero las cosquillas le hacían encoger involuntariamente el cuerpo y finalmente Tom consiguió su objetivo.

—¡Mía!

—¡Mierda!

Tom se incorporó sobre sus rodillas con gesto triunfal. Bill, resoplando, se dio la vuelta quedando boca arriba en el suelo, y entonces el guitarrista se quedó inmóvil.

Un tremendo escalofrío sacudió la espina dorsal de Tom cuando contempló a su hermano en esa posición, tumbado debajo de él, con la camiseta un poco subida, jadeando con los labios entreabiertos y las mejillas sonrojadas por el esfuerzo.

La extraña expresión de Tom alertó a Bill, quien se incorporó enseguida sobre sus codos, preocupado.

—Tom, ¿estás bien?

Pero no escuchó respuesta. Más inquieto aún, el vocalista alargó la mano para tocar a su hermano, pero entonces éste reaccionó y se apartó con un gesto brusco, para a continuación ponerse de pie.

Bill se le quedó mirando desde el suelo, con expresión algo dolida por su rechazo. Entonces Tom se dio cuenta de que había metido la pata y le tendió la mano a Bill para ayudarle a levantarse.

—Lo siento, creo que me he mareado un poco... —mintió a modo de disculpa.

Aliviado, Bill aceptó la mano que le ofrecían y se puso también de pie. Quiso decir algo pero Tom se le adelantó.

—¿Seguimos?

Bill asintió. Tom se dio la vuelta y se dispuso a seguir recogiendo, tratando, sin mucho éxito, de alejar aquella imagen de su hermano de su pervertida mente.

xXx

Eran las seis de la tarde cuando los dos gemelos bajaban por la trampilla, ambos cubiertos de polvo. Bill se toqueteaba el ya completamente deshecho moño, notando hastiado que también tenía el cabello lleno de motas.

—Necesito una ducha... —murmuró el cantante.

«Y yo otra...», pensó Tom, conmocionado todavía por lo que había ocurrido en el trastero un rato antes. «Y fría. Otra vez. Scheiβe

Apenas habían llegado a la planta piso y el timbre de la puerta empezó a sonar. Ambos gemelos se miraron y pensaron lo mismo: «Espero que no sean fans ni periodistas». Bajaron las escaleras, y cuando llegaron al recibidor vieron que Simone ya estaba abriendo la puerta.

Tras ella aparecieron Georg y Gustav, quienes saludaron educadamente a Simone. Bill se llevó una mano a la boca. Se le había olvidado completamente que sus compañeros de banda iban a venir de visita.

—Ey, chicos, qué sorpresa —exclamó Tom.

Gustav le miró contrariado.

—¿Sorpresa? —repitió—. Pero si avisamos a Bill ayer...

Tom miró a su hermano, todavía con el mismo gesto.

—Se me había olvidado... —reconoció el cantante.

—Bueno, no pasa nada —dijo Tom—. Pasad, pasad.

Georg y Gustav se adentraron en el recibidor. Simone se despidió de ellos y se marchó dejando a los cuatro muchachos solos. Chocaron las manos a modo de saludo.

—¿Y esas pintas? —preguntó Georg mirando a los gemelos de arriba abajo. Ambos iban vestidos con chándales viejos y estaban manchados de polvo.

—Simone nos ha pedido ordenar el trastero —explicó Tom—. Pero por suerte ya hemos terminado.

Bill agradeció que Tom hubiera dicho aquella verdad a medias. No le apetecía en absoluto explicar por qué le habían castigado.

—Qué buenos hijos —se burló Georg.

—Sí, sí... Bueno, venga, vamos al salón...

Los cuatro pasaron a la sala de estar, donde se sentaron dos a dos en los sofás. Bill y Tom se sentaron casi en el borde para no manchar demasiado la tapicería.

—Bueno, ¿cómo estás, Bill? —preguntó Gustav.

—Bien, bien... —inconscientemente, Bill se llevó una mano a la nuca—. No he tenido molestias ni nada.

—Me alegro... —Gustav dudó un momento antes de formular su siguiente pregunta—: ¿Y de lo otro?

Bill le miró confuso.

—¿Lo otro?

—Bueno... Los días previos a que te lastimaras, no parecías estar muy bien...

Se hizo un silencio algo tenso. Tom miró a Bill, expectante por saber qué le contestaría su hermano al batería.

—Ah, eso... —Bill forzó una sonrisa—. No me pasaba nada, sólo me sentía un poco depre, pero por nada en especial.

Gustav se conformó con esa respuesta, pero se notaba que en el fondo no le creía.

Bill se levantó.

—¿Queréis algo de beber? —preguntó.

—Caray, qué servicial... —bromeó Georg de nuevo—. Primero le ordenas el trastero a tu madre, luego nos ofreces bebida y todo...

El vocalista hizo una mueca y le sacó la lengua. Gustav sonrió.

—¿Queréis algo o no?

—Una coca cola —dijo Gustav.

—Yo otra —dijo Georg.

Miró a Tom.

—Yo sólo quiero agua, gracias.

—Ok, ahora vuelvo.

En cuanto Bill salió de la sala de estar, Georg y Gustav volvieron a ponerse serios.

—Tom, ¿de verdad que está bien?

El guitarrista miró a sus amigos a los ojos. Estaban preocupados de verdad, y no se sintió con fuerzas para mentirles como había hecho Bill. Pero tampoco podía contarles la verdad...

—Tiene días mejores que otros... —admitió.

—¿Pero qué le pasa? ¿Por qué sigue deprimido?

—Pues... —Tom crujió los dedos, nervioso—. Es que...

Pero la vuelta de Bill le sacó del apuro. El cantante repartió tres latas de coca cola entre él y los G's y a Tom le entregó un vaso de agua.

Iba a sentarse cuando el timbre sonó de nuevo.

—¿Y ahora quién será...?

Se dirigió de nuevo al recibidor y colocó el ojo en la mirilla para conocer la identidad del visitante antes de abrir la puerta. Al verle, sintió una inmensa alegría.

Abrió la puerta de un tirón y prácticamente se abalanzó sobre él para obsequiarle con un gran abrazo.

—Vaya, Bill... Yo también tenía ganas de verte... —saludó el recién llegado.

Desde el salón, Tom escuchó perfectamente la voz de su mejor amigo.

—¡Andreas! —exclamó el guitarrista al mismo tiempo que se levantaba.

Un par de segundos después, un sonriente Bill y un rubísimo Andreas entraban en el salón.

—¡Ey, tío! —volvió a exclamar Tom a la vez que se acercaba a su mejor amigo para darle un abrazo—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo estás?

Tras separarse, Andreas respondió mientras saludaba a Georg y Gustav con sendos apretones de manos.

—Me enteré de que os estabais tomando unas vacaciones en Loitsche, y decidí venir a veros —explicó, y añadió divertido pero con un leve tono de reproche—: Porque si he de esperar a que vengáis vosotros a verme a mí, me saldrían telarañas.

—Perdona, Andreas —se disculpó Bill—. Últimamente, con la gira y eso...

—Ya, ya... —Andreas hizo un gesto con la mano restándole importancia. A continuación miró serio a Bill—. Por cierto, lástima lo de la gira. ¿Tú estás bien?

Bill asintió.

—¿Pero qué pasó exactamente? —insistió Andreas—. En los periódicos sólo dijeron que tenías problemas de salud...

El cantante se rascó un codo, algo incómodo, pero sin perder la sonrisa.

—Me... desmayé.

—¿Te desmayaste? —repitió Andreas, sorprendido—. ¿Y eso?

—Sólo fue una lipotimia... El problema fue que al caer me golpeé la cabeza y tuve que estar varios días en observación.

—Joder...

—No te preocupes Andreas, ya sabes que mi hermano siempre ha tenido la cabeza muy dura... —intervino Tom con una risita para relajar el ambiente.

Andreas también rió y Bill sólo murmuró "jaja, muy gracioso" con ironía. A continuación el rubio miró a los gemelos de arriba abajo.

—¿Y vosotros de qué vais disfrazados?

En esa ocasión fue Bill quien respondió.

—De esclavos... Simone nos ha mandado tareas domésticas.

—Oh...

—Pero bueno, siéntate, Andreas —dijo Tom a la vez que él hacía lo propio. Georg, Gustav y Bill también se sentaron—. Georg y Gustav acaban de llegar también.

—En realidad he venido para invitaros personalmente a mi fiesta de cumpleaños. —Andreas se sentó en un reposabrazos junto a Gustav—. Luego iba a llamaros a vosotros —continuó mirando a los G's—, pero como estáis aquí, saldo que me ahorro.

—¿Tu cumpleaños? —repitió sorprendido Tom. Al momento se arrepintió de haber mostrado tan abiertamente su desconcierto—. Quiero decir... Pero no es hoy, ¿no? —dijo apurado.

—No, es la semana que viene —dijo Andreas, acostumbrado a que sus mejores amigos fueran incapaces de recordar el día de su cumpleaños—. Y lo celebro el sábado, en mi piso de Magdeburgo.

Los cuatro miembros de Tokio Hotel se miraron entre ellos. Andreas adivinó en qué estaban pensando.

—Sin cámaras —añadió a sabiendas de que era un tema que preocupaba a sus cuatro amigos—; ni siquiera permitiré que se saquen móviles.

Los chicos asintieron, satisfechos.

—¿Y a qué hora? —preguntó Georg.

—A partir de las once. Recordáis dónde está mi piso, ¿verdad?

—Sí, creo que sí —dijo el bajista acariciándose la barbilla.

—Bueno, ¿vendréis? —inquirió Andreas.

—¡Claro! —dijeron Georg, Gustav y Tom a la vez.

—Cuenta con nosotros —añadió el guitarrista.

—Lo siento, Andreas, yo no puedo ir...

Todos se giraron hacia Bill.

—Mierda, es verdad... —exclamó Tom.

—¿Por qué no? —preguntó Andreas.

—Hay un problema... —empezó Tom por su hermano—. Bill no puede salir de casa, y menos para ir a una fiesta.

—¿Eh? ¿Por qué no?

—Cosas de la discográfica. Quieren que Bill se recupere cuanto antes, y por eso le han "recomendado" que se abstenga de realizar salidas "de riesgo".

—Pero Bill está bien, y ya han pasado muchos días... —dijo Georg—. Y además, no es una prohibición expresa. Quizás, si se lo pedimos a David...

El corazón de Bill casi se paró en seco al escuchar de improviso el nombre del productor. Tom le miró un segundo, y luego volvió a mirar a Georg.

—¿Pedírselo a David? —repitió el guitarrista, confundido.

—Claro, le llamamos y le explicamos que se trata de una ocasión especial, el cumpleaños de Andreas, y que Bill no regresará muy tarde. Seguro que sólo por saber que nos hemos tomado la molestia de pedirle permiso, convence a la discográfica.

—Que le llame el mismo Bill —dijo Gustav sacando su teléfono móvil de un bolsillo, suponiendo que con esas pintas los gemelos no tenían el suyo a mano—. Seguro que le dice que sí. Siempre os habéis llevado muy bien, ¿no? —añadió mirando al cantante a la vez que le ofrecía el aparato.

Bill estaba paralizado, mirando el móvil que le tendía Gustav. Se sentía como si le hubieran tendido una trampa mortal, a pesar de que sabía del cierto que ninguno de sus amigos le obligaría a pasar por ese mal rato si supieran la verdad del asunto.

—Bill... —insistió Gustav al ver que su amigo no cogía el teléfono.

El aludido reaccionó, y aun sin saber qué haría a continuación se decidió a alargar la mano. Cogió el aparato y se lo quedó mirando. En ese momento Tom salió en su ayuda.

—Creo que no deberíamos. Me sabe mal, Andreas, porque es tu cumpleaños, pero entiende que si la discográfica nos ha dicho eso... Bill y yo no podemos hacer nada.

De pronto Bill cayó en la cuenta de que durante todo el tiempo que llevaban en Loitsche, Tom tampoco había ido a ninguna parte. Teniendo en cuenta que Tom era de los que salían día sí y día también, el estar encerrado junto a él le debía haber supuesto un gran sacrificio. Y lo había hecho por él, por no dejarle solo.

Y ahora tenían la oportunidad de salir un rato junto a sus tres mejores amigos. Para acudir a la fiesta de cumpleaños de Andreas, ni más ni menos. Pero si él no iba, Tom tampoco. Acababa de decirlo. Renunciaba a la fiesta con tal de que él no tuviera que llamar a David.

Así que tenía que hacerlo.

—No pierdo nada por llamarle —dijo casi sin voz, pero tratando de sonar natural.

Y ante la mirada sorprendida y curiosa de Tom, Bill tecleó rápidamente un número de teléfono que se sabía de memoria.

Cuando acabó de marcar, se colocó el aparato en la oreja. Todos se quedaron en silencio observándole.

El corazón empezó a latirle muy deprisa.

«Que no lo coja, por favor...», fue lo único que atinó a pensar. Así podría tratar de llamarle más tarde, cuando se hubiera preparado mentalmente.

Pero al tercer tono, David descolgó.

—¿Qué pasa, Gus?

La voz de David le sonó extraña, aunque quizás era por el tiempo que llevaba sin oírla. Tragó saliva y apretó nerviosamente su puño izquierdo.

—David, soy Bill...

Al otro lado de la línea se hizo el silencio durante unos segundos; unos segundos que a Bill le parecieron eternos. Finalmente se escuchó la voz del productor.

—¿Por qué me llamas desde el móvil de Gustav?

David no parecía enfadado, ni sorprendido, más bien daba la sensación de que estaba... cansado.

—Es que está aquí con-conmigo, y... Bu-bueno, que queríamos preguntarte algo y saber cuanto antes tu respuesta...

Bill tenía la horrible sensación de estar haciendo el ridículo y más con ese tartamudeo, pero al menos sus amigos no parecían sospechar nada raro. Sólo Tom le miraba con gesto claramente preocupado.

—¿De qué se trata? —preguntó Jost.

—Pues... Es que Andreas... ¿te acuerdas de Andreas?

—Sí.

—Ah... Bueno, pues que Andreas nos ha invitado a todos a su fiesta de cumpleaños... el sábado... Pero como en la discográfica me dijeron que no podía salir durante el mes de reposo... M-me preguntaba si tú podrías hacer algo...

—Ya... —David pareció meditar durante unos segundos—. ¿Dónde es la fiesta? ¿En un local o en su casa?

—En su casa... Y dice que no dejará que nadie entre con cámaras ni móviles...

—Ajá... Desde luego eso es primordial. ¿Y es muy importante para ti?

—Sí, me apetece mucho...

Se escuchó un leve suspiro.

—Está bien. No te preocupes, yo hablaré con los de la discográfica.

Bill sonrió melancólicamente. Aunque ya no fuera su amante, al menos parecía que David seguía siendo su amigo.

—Gracias...

—Pero Bill, nada de desmadrarse, ¿eh? Si te pasa algo en esa fiesta, el que cargará con las culpas seré yo.

—Entendido...

Tantas cosas que quería decirle... Tanto que quería preguntarle... Pero no podía hacerlo en ese momento, no con Tom, Georg, Gustav y Andreas escuchando cada una de sus palabras. Bill se mordió un labio y optó por agradecerle de nuevo el gesto y despedirse, pero inesperadamente David habló antes.

—Antes iba a preguntarte qué tal estabas, pero si planeas ir a una fiesta debe ser que estás bien. ¿No has tenido molestias?

Entonces Bill se enfadó. Recordó que llevaba una semana de baja y David había esperado a que él le llamara para preguntarle por su salud.

Claro que Bill no sabía que la "pesada" de Silke había mantenido informado a David en todo momento.

—Estoy bien, gracias —contestó secamente el cantante—. Y gracias de nuevo por mediar con los de la discográfica. Nos vemos.

Y colgó.

—¿Y bien? ¿Qué te ha dicho? —preguntó Andreas ansioso.

Bill le devolvió el móvil a Gustav, no sin antes dedicarle una mal disimulada mirada de odio al aparato, como si este tuviera las culpas de todo.

—Me ha dicho que sí, que hablará con los de la discográfica —explicó secamente.

—¿Eso es genial, no? —exclamó el rubio, sin entender por qué de pronto su amigo parecía tan cabreado.

Tom, que evidentemente también se había dado cuenta del cambio de humor de su hermano, le apretó disimuladamente en un brazo.

Bill miró a los ojos a Tom, y sin palabras supo lo que su gemelo quería decirle.

"Tranquilo".

Y en efecto, eso era lo que tenía que hacer: tranquilizarse. Sus mejores amigos estaban allí con él, no podía hundirse de nuevo y menos delante de ellos.

—Bueno, qué, ¿jugamos a la play? —propuso Georg. Miró a Tom y le señaló con el dedo índice—. Todavía tenemos pendiente una revancha.

Tom sonrió con suficiencia.

—Georg, podemos jugar todas las revanchas que quieras... Pero tú sabes cuál será siempre el resultado.

Gustav y Andreas rieron. Bill se levantó.

—¿A dónde vas? —preguntó Tom, pendiente nuevamente de su gemelo.

—A por la play. ¿No te acuerdas que la última vez la dejamos en mi cuarto?

—Trae también el último juego que os presté —le pidió Georg.

—Ok.

Bill salió del salón y Tom se apresuró a seguirle, alcanzándole al pie de las escaleras. Le agarró suavemente de un brazo. No se anduvo con rodeos.

—¿Estás bien...? —le preguntó en voz baja.

El muchacho le miró con una sonrisa triste.

—Si me pagaran algo por cada vez que me han hecho hoy esa pregunta...

—Bill... —insistió Tom.

—Que sí, pesado —respondió Bill, y se deshizo tranquilamente de su agarre.

Se dio media vuelta y empezó a subir las escaleras.

No le creía. Pero ya no sabía qué más hacer, así que al menos rogó por que la fiesta de Andreas sirviera para que su hermano se despejara un poco y olvidara, aunque fuera por una noche, sus penas.

Regresó al salón con sus amigos.

—...pues yo creía que diría que no... —decía Georg.

—¿Quién diría que no a qué? —se interesó.

—David —respondió Gustav—. Georg dice que ayer estuvo con él y que no parecía estar de muy buen humor.

—Y que por eso me ha extrañado que le diera permiso a Bill tan fácilmente.

Los labios de Tom se abrieron un poco por la sorpresa.

—¿David está mal? —preguntó a Georg.

—¿Mal? No, bueno, no sé, sólo digo que ayer me pareció que estaba algo raro... como enfadado, agobiado, no sé.

Tom se cruzó de brazos, pensativo. Él sabía que había sido David quien había dejado a Bill, tal y como se lo había dicho aquella mañana en la habitación del hotel, pero nunca se había atrevido a preguntarle a su hermano la razón, pues suponía que no sería un tema fácil de hablar.

Ahora se preguntaba si el mismo Bill la sabría...