Cien eternidades

En las celdas el frío lograba hacerse insoportable en el tiempo que presumía era la noche, muchas veces sus huesos se congelaban y le impedían el movimiento, dándole tiempo a recordar esa patética vida de la que fue víctima exactamente desde que nació. Engendrado por un amor no apreciado por el mundo y renegado por ese mismo hecho; siendo culpado de un nacimiento que él no pidió y que fue forzado a hacer.

Siempre estuvo acompañado de la soledad, que lo abrazaba como una madre y que irónicamente no lo abandonaba, la soledad no lo dejaba solo. Y en esas cuatro paredes parecía acentuarse más en su mente que nunca debió haber nacido. Nunca perteneció a ningún lugar, vagaba por el mundo esperando su muerte; metiéndose en líos para apurarla un poco más. ¿Quién querría vivir siendo un maldito medio demonio? Conforme pasaban había aprendido a cuidarse por si solo, a no confiar en aquel mundo donde no terminaba de pertenecer. Hasta que escuchó de la perla, esa hermosa joya de color engañoso que parecía ser la salvación de todos su mal, recorrió aldeas y bosques, atravesó cascadas y siguió sus lagos hasta que logró dar con su ubicación, esa estúpida perla estaba en manos de una estúpida humana cuyo ego era tan alto que se proclamaba la protectora de esta.

Al menos eso pensaba hasta que la conoció.

Desde que era un niño la única mujer a la que se atrevió a pensarla como hermosa era a la dulce Izayoi, la que lo mantuvo en su vientre por los meses correspondientes y lo tomó de la mano los años siguientes, que lo abrazaba para reconfortarlo y acunaba su rostro entre sus manos para darle el amor que un niño solo podía recibir de su madre. Cuyos ojos siempre expresaban ese amor incondicional y que él correspondía con fervor. Pero al verla a ella, esa estúpida humana que no parecía tan estúpida, cuyo rostro parecía reflejar la fortaleza de su alma y sus ojos ocultaban la fragilidad de la misma, al momento que sus ojos se cruzaron con los ella entendió que tal vez el que tenía el ego demasiado alto era él.

Día tras día, iba a verla con la excusa de obtener la joya que ya no le interesaba tanto como al principio, ella se ganó su corazón hasta el punto de entregarle lo más preciado que tenía de la mujer más hermosa; reconociendo a la sacerdotisa como lo suficientemente bella para tener algo tan valioso. Prendado por completo de su alma, tan pura que se aparecía suavemente por sus ventanas focales cuando lo miraba a él; y él la miraba a ella, la miraba como no tenía idea.

Fue entonces que comprendió que la amaba.

La amaba lo suficiente como para entregarse a ella en todos los aspectos, y así lo hizo, al menos así iba a hacerlo.

Herido y traicionado por la mujer cuya belleza comparó con la de Izayoi, lo único que le reconfortaba era que con esa flecha atravesándole el pecho ya no estaría entre ambos mundos. Moriría en paz porque su deseo original era cumplido y no por la perla, sino por la mujer de rostro fuerte y de engañosos ojos frágiles.

Pero entonces fue traicionado de nuevo, esta vez por el mismo Dios que le hizo nacer medio demonio, cuando las energías de un alma que creía reconocer lo despertaron de lo que parecía ser un inmutable inframundo para encontrarse de frente con los mismos ojos, pero de distinta mirada. La llamó por el nombre que recordaba era el suyo, con un atisbo de dolor en el corazón al mencionarlo. Sin embargo ella no respondió como esperaba.

Más expresiva, más cariñosa, con el corazón más inocente. Pensaba que en sus ojos jamás se perdería como lo hizo con Kikyo y de nuevo se equivocó, se perdió mucho antes de siquiera decidir no perderse. Aprendió tantas cosas que sabía jamás aprendería por su cuenta y entendió otras cosas que nadie más que ella podría haberle explicado, la amó muy pronto pero no de la manera que debía, al menos no de la que ella esperaba que hiciera. Detrás de ella volvió esa mirada que reconocería en cualquier lugar, ahora machacada con rencor y odio, guiada por un malentendido que se encargó de arrebatarles a ambos la poca esperanza que les quedaba para sobrevivir. Entonces se dejó guiar por la venganza.

Días y noche de búsqueda que ahora parecían no valer nada al encontrarse entre esas cuatro paredes, ¿acaso había importado de algo todo lo que aprendió? A amar, a escuchar, a valorar, incluso a tener algo por lo que luchar. Siempre se consideró un hombre valiente, capaz de todo. Y ahora nada de eso tenía ningún sentido. Apareció en esa celda dejando atrás lo poco que logró reconstruir luego de cumplir su venganza, pero tenía esperanzas; unas que día que pasaba se desvanecían más y más ante la incertidumbre de un presente confuso y un futuro incierto. El gran medio demonio que venció a Naraku en una gran batalla se encontraba atado a sus garras, sobre todo cuando su rostro apareció junto a la mujer que amaba.

Su nombre salió como un susurro anhelante de la boca de ella, se estrelló contra las celdas desesperado por apartarla de sus manos, pero el poderoso en esa situación no era él. Así fue desde entonces, cada cierto tiempo aparece junto con ella para llenarle el corazón de esperanzas y luego arrancárselo tras apartarse de su visión, de nuevo era dominado por el terror de algo que podría pasarle a ella, aún más cuando juró que jamás caería de nuevo en las manos del enemigo.

A veces aparecía él solo y le gustaba jugar con su mente haciendo insinuaciones retorcidas y dejando al aire información solo para atormentarlo a cada instante hasta su próxima aparición. Naraku era un experto manipulando situaciones y utilizando palabras para voltearlas y lastimarle donde sabía que dolía. Otras veces lo instaba a salir solo para divertirse un rato con sus esbirros, un poco de tortura no le hacía daño a nadie más excepto a él. Habiendo momentos donde deseaba volver a ese vacío al que se enfrentó cuando su amada lo atravesó con una flecha, haciéndole cerrar los ojos por lo que se suponía sería toda la eternidad. Pero él no era cualquier medio demonio débil que hubiese por allí, él era fuerte y trataba de mantenerse cuerdo lo más que podía, necesitaba hacerlo por él y también por ella.

Días incontables e interminables al menos hasta que apareció su maestra de vida, con un olor peculiar en el vientre y una actitud demasiado extraña para su gusto, sobre todo cuando empezó a entender lo que le sucedía.

Era todo extraño, no podía dejar de preguntarse para qué quería Naraku la presencia de la pequeña sacerdotisa, sin embargo se alegraba un poco de tener compañía, hacía ya tanto tiempo que se encontraba en soledad que parecía que se volvería loco en cualquier instante, verla allí, aunque perdiese los estribos cada cierto tiempo le era reconfortante, era un ancla a la realidad.

Pero cuando la chica abrió la reja sellada con tanta facilidad supo que algo no andaba bien, la llamó para que se detuviera y cuando salió de la celda la siguió casi en automático. El corazón le palpitaba a mil y no podía dejar de preguntarse cuantas veces Kagome le salvaría la existencia, era como si la chica hubiera nacido para iluminar a todo aquel que se cruzase en su camino.


Estoy viva, no me maten porfis

Lo sé, son años y años y años que pasan sin actualizar pero es que mi vida diaria (junto con mis ganas de escribir) es inestable.

Había pensado abandonar este fanfic, pero luego me puse a leer los capitulos que tengo y me parece que como mínimo debo continuarlo, es una idea que siempre me ha gustado demasiado, me haría ilusión hacerlo. Comprendo si ya no quieren leer el fanfic, aunque me haría muy feliz que sigan leyendolo. Esta vez, lo terminaré. (espero que antes de que termine el 2017)

Este capitulo habla de Inuyasha, de sus sentimientos desde el inicio de todo y como se sintió al estar secuestrado por Naraku, allí aislado de todo contacto humano y de como Kagome vuelve a ser una esperanza para él.

¿Será que empiezo este fanfic de nuevo o lo sigo desde aquí? aún no estoy muy segura, espero sus opiniones.

Un besote.