No pondré excusas. La verdad es que, pese a que sabía el principio y el final de esta historia, no me inspiraba a escribir lo que había en medio. Y es una pena, porque en lo que he tardado en escribir este capítulo podría haber escrito muchísimos más. Ahora sí, inspiración prácticamente de vuelta se vienen capítulos al cante. No sé cuantos, pero intentaré actualizar cada semana (¡a ver si soy capaz de cumplir!) ¡En teoría los capítulos caerán en sábado o domingo every week! Y ahora, disfrutad este. Muchas gracias por vuestros comentarios que me han animado a seguir la historia tras casi un año de hiatus. Seguid escribiéndome vuestras hipótesis al respecto, ¡me encantan!


Rin albergaba la esperanza de que algunas de las decenas de mujeres desaparecidas siguiesen vivas. No sabía si la trata de blancas era tan frecuente en esa época, pero así lo creyó al ver el panorama. Imaginaba que no la habían contratado por su cara bonita. Con el tiempo, descubrió que tanto su pelo como el color de sus ojos encandilaban a los clientes, por muy mal que hiciese su trabajo (algo que prefería evitar tras el castigo). Cada vez con más frecuencia, los mismos clientes llegaban al establecimiento y solicitaban el servicio de Rin.

La joven los entretenía con historias de su mundo como si fuesen cuentos, con el entusiasmo propio de alguien que no pertenece a la época. Cuando se despedían, los clientes prometían volver a escuchar sus relatos. Era tal su influencia que incluso la mujer empezaba a tenerle cierto respeto y eso la llenaba de orgullo y confianza para seguir haciendo lo que hacía: recabar información. Yamazaki entraba de noche en su habitación y memorizaba rápidamente todo lo que la joven tenía que contarle, por muy banal e infructuosa que fuera. Rin no se percató de que el ninja, de forma inconsciente, no se perdía detalle. Y no precisamente de la información. Sin embargo, pronto se le acabó la suerte. El amanecer del vigésimo sexto día, mientras recogía los platos y la cubertería, oyó voces provenientes de la habitación de al lado. No eran voces como las de siempre: eran graves, roncas y susurrantes, temerosas de ser oídas. Pero quizá esa no era la palabra adecuada.

Rin estaba a punto de dejarlo pasar cuando una de ellas se alzó y pronunció un nombre que conocía demasiado bien, antes de ser precedida por una serie de ''¡shhh!''. Quizá si el Choshu no hubiera salido de los labios del hombre, no habría decidido hacer algo más que servir a los clientes aquel día. Ya que la habitación de al lado comunicaba con aquella en la que se encontraba, no le hizo falta más que pegar la oreja a las puertas corredizas y esperar.

- ¡...no hay más tiempo! -decía uno de ellos. Sería de mediana edad a juzgar por el tono-. Se están impacientando. ¡Hace días que debería haber llegado la mercancía!

- No está lista aún -para sorpresa de Rin, la mujer también habló-. Hace poco más de veinte días que llegaron. Además, hay algo que me escama en este lugar.

¿De qué estaban hablando?

- Sea lo que sea, el Choshu no puede esperar. Habrá que enviar todas las posibles.

Se instauró un silencio y la joven temió haber sido descubierta. Cuando escuchó pasos, se apresuró a hacer algo, cualquier cosa. La puerta corrediza se abrió con violencia.

- ¿Rin? -habló la mujer. Aún no sabía cómo se llamaba.

Ella se giró y parpadeó, fingiendo sorpresa.

- Buenas noches, señora. Los clientes acaban de irse. ¿Quiere un poco de té antes de irse a dormir? Yo me encargaré de todo si está muy cansada.

Al principio, aquella mujer la miró, desconfiada. Pero al no ver en su rostro más que inocencia, sonrió.

- Gracias, querida. ¿Podrías cerrar la segunda puerta de la derecha del piso de abajo? El almacén no puede permanecer abierto por la noche. Podrían entrar a robar.

- Entiendo. Que duerma bien, señora.

Rin se levantó con el corazón latiéndole con fuerza. Tanto, que incluso la bandeja que llevaba en sus manos se tambaleaba con cada paso que daba. Había estado a punto de echar a perder el plan del Shinsengumi. Había puesto en peligro la misión. Solo esperaba que Yamazaki no lo hubiese visto. Conforme pasaban los minutos, la tranquilidad volvió a dominar su ser. Mientras terminaba de calentar agua, decidió revisar la puerta del almacén que para su sorpresa se encontraba semi abierta.

- Juraría que cuando pasé antes estaba cerrada. Y con llave. -se dijo. Un leve cuchicheo. Era pequeño, pero ahí estaba. La abrió un poco más, esperando que el crujido de la madera no alertase a nadie. De pronto, se vio impulsada hacia dentro de la estancia aterrizando en el suelo dolorosamente.

- ¿Qué está…? -la puerta se cerró detrás de ella. Rin se levantó y se abalanzó contra la única salida que conocía. Fue en vano. Estaba cerrada con llave-. ¡Señora! ¡Señora! ¡Me he quedado atrapada! ¿Alguien me oye? -gritó, pero solo recibió una risa al otro lado. Entonces comprendió.

Se había acabado. Ya no había necesidad de fingir. La habían pillado.

- ¡Abrid de una maldita vez! -Rin aporreó la puerta con desesperación, pero sabía que era inútil. Un golpe al otro lado le advirtió de que dejase de hacer tanto ruido y la joven se apartó, temblando como una hoja. La verdad es que poco le importaba haber sido apresada: Lo que más temía es haber echado a perder la misión entera. Había hecho enfurecer a mucha gente en el año que llevaba con el Shinsengumi, tanto amigos como enemigos. Pocos comprendían que Kondo la dejase tan a su aire y si sus camaradas se enteraban de que había fracasado, la confianza que tanto tiempo le había costado conseguir se evaporaría como el agua. Una parte de ella vio conveniente preocuparse más por salvar el cuello que pensar en un futuro incierto.

- No funcionará –dijo una voz a sus espaldas. Rin se giró con brusquedad, levantando los puños ante una posible amenaza. Una escuálida muchacha alzó las manos y le pidió que su hostilidad cesase. Al mirar con más detenimiento, vio que no era la única. Otras seis jóvenes se encontraban acurrucadas en los rincones de la habitación, algunas muy juntas para darse calor. La única aislada de las demás era la que Rin había oído hablar.

- ¿Por qué dices que no funcionará? Si no insistís jamás conseguiréis salir de aquí –dijo.

- No eres la única que se ha dejado las manos intentándolo –le enseñó las manos vendadas. La joven observó que su pelo negro y lacio aún seguía relativamente limpio, pese a los mechones que se le pegaban a la cara, rosada. No llevaba muchos días allí. Sus ojos, que al principio había creído fieros ahora le parecían solo dos pozos negros enmarcados por profundas ojeras violáceas.

- Entonces hay que pensar en un plan—

- ¿¡Quieres dejar de hablar así, como si tuviéramos alguna posibilidad!? –le gritó, incorporándose. Rin también se levantó.

- No pienso discutir con alguien que se da por vencido tan pronto. Y menos después de haber llegado tan lejos en mi primera misión.

- ¿Misión?

- No importa –murmuró, restándole importancia. Se paseó por la estancia golpeando las paredes y el suelo, buscando un punto donde su estructura fuera menos densa, pero no encontró ninguno. Habló con la mayoría de prisioneras: Algunas llevaban allí dentro semanas enteras, comiendo boles de arroz rancio y pescado seco que los celadores les traían de vez en cuando. La sed no era problema. Los barriles del almacén contenían mucha agua. Al parecer no se molestaban en cuidarlas, pero tampoco se permitían el lujo de matarlas de hambre.

Se negaba a admitirlo, pero empezaba a perder la esperanza. Yamazaki no estaba en la Casa, el almacén era un lugar que pasaba desapercibido por cualquiera y la mujer no trabajaba sola. El Choshu había mandado a dos representantes, sino a más, a apremiar el envío de la mercancía, o lo que venía a ser lo mismo, de las muchachas que al cruzar la puerta se habían convertido en esclavas de por vida.

¿Qué sería adecuado en esta situación? ¿Y si acababa en la casa de algún noble del Choshu? ¿Y si la habían descubierto y la torturaban para sacarle todo lo que sabía? ¿La matarían después? Por supuesto que lo harían.

- Eh –la chica sacudió una mano delante de la cara de Rin, devolviéndola al mundo real-. ¿Qué te ocurre? Te has puesto pálida de pronto.

- No es nada.

- "No importa", "No es nada" –puso los ojos en blanco. Por un segundo, fue como si la muchacha hubiese fingido el pesimismo anterior. Estaba seria, y parecía mayor de lo que se veía-. No es por nada, pero mentir se te da fatal. Igual que el numerito de geisha.

Rin se tensó.

- ¿Cómo sabes…? ¿Cómo has…? –empezó.

- No ha sido muy difícil. Te he estado observando. Trabajaba en el piso de arriba y aunque tú no me has visto, yo a ti sí. Toda tu persona te delataba. Entrabas en habitaciones vacías, hablabas sola y volvías a salir con una sonrisa en la cara. O estabas viéndote con alguien en secreto o le pasas información a alguien superior a ti. Cualquiera de esas dos cosas es sospechosa y me sorprende que no te hayan descubierto antes.

No, sus ojos no reflejaban desesperación. Había dado en el clavo en un principio al percatarse del aura siniestra que rodeaba a la joven de cabellos oscuros. Podía ver con claridad que su cuerpo no era el de una persona común.

- ¿Quién narices eres? –inquirió Rin con un hilo de voz. Aquello le gustaba cada vez menos.

- Chiyome –contestó-. Chiyome Mochizuki.

- Y por supuesto, no es tu nombre real.

- No esperarás que le diga mi nombre de pila a una desconocida, ¿verdad?

- Lo que no esperaba era que, de entre todos los nombres posibles, escogieras el de una jonin de finales del siglo XVI. ¿Qué hace una ninja mercenaria en un lugar como este? ¿No tienes señores feudales que seducir y asesinar? ¿O las marcas de tus nudillos son la prueba de que no creías verte en una situación como esta? Quizá aún no has acabado tu entrenamiento.

Chiyome arqueó una ceja, ligeramente sorprendida y a su vez dolida.

- No confundas juventud con inexperiencia y menos cuando las dos aparentamos la misma edad y estamos en la misma situación. Pero tienes razón en una cosa: fui demasiado confiada y ahora pago el precio por ello. Debo reconocer que eres lista.

- No. Solo estoy bien informada –hubo un corto silencio en el que las palabras tomaron forma en sus cabezas-. Espera, sí que lo soy.

- ¿Te acabas de auto insultar? –preguntó Chiyome, incrédula.

- Me acabo de auto insultar. –repitió Rin y las dos comenzaron a reírse. Era curioso notar cómo a medida que las risas subían de tono, toda la tensión en el ambiente se volatilizaba. Incluso las otras mujeres levantaron la cabeza de entre sus rodillas y las miraron, menos afligidas que antes.

- Me llamo Rin. Tomohisa Rin. –confesó haciendo una reverencia.

- Deberías haberte guardado tu nombre real. No es seguro para ti al estar a merced de una asesina. –si había rastro de amargura en la voz de Chiyome, la chica no la notó.

- Es mi decisión. De todas formas, no tengo muchas posibilidades de salir de aquí con vida. No soy ninja, soy samurái.

- Un momento. ¿Has dicho Tomohisa? ¿Eres familiar del famoso médico del Shinsengumi?

- ¿De verdad no eres capaz de adivinarlo?

Chiyome se cruzó de brazos.

- Que sea kunoichi y además en prácticas no me da el don de la visión. No presto demasiada atención a noticias tan triviales.

- Soy ese médico milagroso del que hablan. O al menos me he ganado tal reputación. La gente no ve con buenos ojos que sea una mujer, la verdad. Tampoco me importa que piensen que soy un hombre si puedo salvar a la gente. –se encogió de hombros.

- Yo también ignoraba que el médico fuera una mujer –la ninja asintió para sí misma-. Esto se pone cada vez más interesante.

- ¡Silencio! –susurró una de las chicas.

El sonido de una llave girando las hizo callar y recolocarse delante de la puerta. Lo suficientemente juntas para apoyarse en caso de necesidad, pero lo suficientemente separadas como para no estorbarse. Chiyome bajó la mano hasta meterla dentro del kimono y Rin intuyó que portaba un arma oculta. Se preparó de igual forma, concentrando su fuerza en los puños a falta de una espada. En cuanto se abrió, las dos saltaron hacia adelante, Chiyome apuñalando en el pecho a uno de los hombres y Rin asestándole un gancho en la garganta al compañero. El primero murió al instante, de nada le había servido la fina armadura que portaba, pero su víctima tosió y se recompuso veloz. El miedo a matar a alguien había frenado su puñetazo lo justo para no romperle la tráquea en el impacto. Y pronto se arrepintió.

A través de la máscara que le cubría boca, el gorila rugió. Las agarró a ambas por el cuello sin esfuerzo y por mucho que pataleaban, furiosas, no sirvió de nada. Otros dos hombres entraron en ayuda del tercero. Chiyome era más baja y más delgada, por lo que uno solo era suficiente para aplacarla. Rin era otra historia. Acostumbrada a las peleas contra Soji, que la tiraran al suelo era una gran ventaja para ella. La gente tendía a pensar que una persona acorralada era una persona vencida y descuidaban partes de su cuerpo. No fue difícil acertar en la entrepierna de uno o en la barbilla del otro, incluso se llevaron varios mordiscos. No obstante, eran dos contra una. Incluso el guerrero más fornido habría tenido problemas.

Le dieron varios golpes en los costados –uno de ellos, con total seguridad le había roto un par de costillas-, varios más en el estómago hasta que se quedó sin aire y sintió que el ojo derecho y el labio inferior le ardían. No recordaba cuándo le habían atizado en la cara. Llegado un punto, no podía pensar con claridad.

Y se detuvieron al fin. Una voz femenina, demasiado conocida por todas se alzó por encima de los alaridos asustados y los gruñidos resentidos. La mujer que regentaba la Casa avanzó con paso firme pero pausado hasta donde los tres hombres aún sujetaban a las dos chicas. Chiyome la miró como lo hace un perro al que han pillado robando en la despensa de su amo. Apenas la observó con asco antes de volverse hacia Rin. Incluso con un ojo morado y el labio partido, la mirada que le dirigió a la mujer fue suficiente para indicarle que jamás lograría sacarle nada de nada. Y, por qué no, de paso, también le produjo escalofríos. Por vez primera se fijó en sus ojos: hasta aquel momento siempre le habían parecido del mismo color, pero ahora brillaban dorados como el oro, refulgentes como un sol de verano. La mujer se dio la vuelta incapaz de aguantarle la mirada. Se sentía amenazada por una simple chiquilla y no lo permitiría.

- Sois listas y fuertes para ser solo un par de campesinas pobretonas. Y este puñal -lo extrajo del cuerpo inerte del subordinado del Choshu-, este no es un puñal de cortar verdura. -Se agachó delante de Chiyome, quien no perdía de vista la hoja roja-. Dime, ¿de dónde lo has sacado? ¿Quién eres?

Chiyome desvió la vista, algo impropio de una ninja por muy en prácticas que estuviera, aún atrapada por los brazos del hombre. La mujer le acercó la hoja a la mejilla y trazó una línea recta por la carne abriendo un pequeño corte en ella. Chiyome apenas parpadeó y ni siquiera hizo ademán de mirarla.

- ¿Sabes? Conozco mil formas de torturar a una persona y en especial a una mujer. No siempre hace falta una tortura física para que empiece a cantar. Con la psicológica basta. Y si no me dices quién eres y qué haces aquí, voy a obligarte a hacer cosas que podrían considerarse incluso amorales.

Rin recordó lo que Kondo le había dicho. Las mujeres habían sido encontradas en cunetas, pero no todas habían sufrido daños. Entonces comprendió. Las rebeldes, morían. Las sumisas, tenían oportunidad de quedarse y servir a un señor de distinguida reputación, o lo que era lo mismo, morir en vida. Tragó saliva y alzó la barbilla.

- Se lo he dado yo. -dijo antes de que su cerebro procesase lo que acababa de decir. La boca le sabía a metal y le costaba articular las palabras. La mujer se congeló y Chiyome la miró con ojos desorbitados, como si hubiese cometido el peor crimen de la historia. Lentamente movió la cabeza en dirección a Rin y suspiró aliviada. No había rastro del iris dorado.

- ¿Tú? -inquirió. La joven esbozó su mejor sonrisa burlona.

- Ha sido una imprudencia por su parte dejar entrar a una mercenaria. No se lo tome como algo personal, pero soy kunoichi y créame que no me importa confesarlo. ¿Sabe por qué? -no esperó respuesta-. Por que cuando le corta la cabeza a una hidra, de ella salen dos más.

La mujer le dio un bofetón sonoro, fuera de sí. En la estancia reinó un silencio sepulcral interrumpido únicamente por los gemidos horrorizados de las mujeres.

- Tu vida será un precio justo. Y tras tu fallecimiento, tu cuerpo será exhibido a las puertas de la ciudad, para que tus "amigas" sepan que aquí la traición y el engaño se pagan con la muerte. -dio tres palmadas al aire y un cuarto hombre entró. La mujer pareció cambiar de opinión sobre el veredicto pues cuando ladeó la cabeza para mirar a las dos jóvenes su expresión era fría-. Matadlas a las dos. Seguid el mismo protocolo de siempre, pero a la ninja enterradla en algún sitio oculto, para que nunca sea encontrada. No podemos llamar la atención por lo que expandiremos el rumor de unos samuráis locos que llegaron, mataron a una de nuestras empleadas y se llevaron el cuerpo.

Una gota de sudor descendió por la mejilla de Rin. Era un plan tan macabro, tan siniestro y cruel que aún tenía dificultades para aceptarlo. Acababa de firmar su sentencia de muerte. Chiyome empezó a despotricar y a zarandearse como loca incapaz de someterse a la voluntad de la mujer. Fueron llevadas casi a rastras al exterior, atadas por las manos. Fuera hacía horas que nevaba y Rin miró al cielo donde densos copos seguían posándose en la gruesa capa blanca que se había formado en el suelo. Empezó a temblar, en parte por el frío, en parte por el destino que le aguardaba. El aire gélido contribuía a insensibilizar sus heridas. ¿Hasta allí había llegado? ¿Ya no lograría ayudar al Shinsengumi? ¿Ya no podría salvarlos? No. Todo había terminado.

- Siento haberte metido en esto -susurró Chiyome al llegar a un claro. Hacía unos veinte minutos que caminaban hasta que por fin las obligaron a detenerse. Allí no había nadie que pudiera socorrerlas, solo el murmullo de los árboles y el quejido del viento, burlón ante la impotencia que ambas mujeres sentían.

- No ha sido culpa tuya.

- Aun así… -insistió. Al verse retenida con más fuerza por sus captores dejó escapar un bufido infantil-. En serio, esto es el colmo. ¿Nuestros últimos segundos en este mundo y no nos dejáis hablar? Tened un poco de decencia.

Uno le tiró del pelo, a modo de respuesta; no les brindarían tal privilegio. Exigieron que se inclinaran, a fin de que el corte de cabeza fuese más limpio. Rin temblaba, ahora sí temblaba de verdad. El sonido del metal al salir de la vaina llenó el aire y solo afianzó, si cabía más, el pánico que se había adueñado de su corazón. Se concentró en la imagen de Yamazaki, nítida, viva. No lo había visto sonreír de verdad, pero quiso aferrarse a esa visión por muy irreal que fuese. Ya no podría hacer que sonriera. ¿Se pondría triste al menos por su muerte?

Las catanas descendieron, silbando. Rin creyó estar gritando cuando se dio cuenta de que no era ella. Miró a Chiyome que tenía los ojos cerrados y un gran ceño fruncido que desfiguraba su hermoso rostro. Poco a poco también los abrió y la confusión les pintó la expresión. Al mirar atrás, dos de los cuatro matones se hallaban en el suelo rodeados de sangre. Los que seguían de pie portaban la espada desenfundada y con la mano libre se quitaron la máscara.

Yamazaki y Yamada, ambos disfrazados, les dedicaban miradas tranquilas.

- Sentimos la actuación, pero teníamos que poneros fuera de la vista de la dama y de la Casa. -explicó Yamada, desatándolas. ¿Cómo habían llegado allí? ¿Era todo un sueño?

Chiyome se levantó y se desprendió de la nieve bajo las pantorrillas. Había recuperado el aire arrogante que la caracterizaba, aunque le temblaban las manos.

- No creáis que os debo la vida. No os debo nada. -observó que debajo de la armadura sobresalía un pico blanco y azul-. Y menos al Shinsengumi.

- Desde luego que no. -afirmó el hombre. Yamazaki tomó la palabra.

- Si deseas recuperar alguna pertenencia de la casa, te sugiero que permanezcas en un sitio seguro primero. Todos nuestros miembros y capitanes están registrando el edificio. Si necesitas que te vea un médico, te proporcionaremos uno, al igual que a todas las muchachas que se encuentran en la Casa.

Chiyome se cruzó de brazos. No la habían agredido, salvo por algunos hematomas sin importancia. Esperar era lo último que deseaba hacer.

- Entonces me llevaré a Rin. -la señaló-. Nos sentaremos en algún sitio y por supuesto, vosotros pagaréis la comida. ¿Qué dices? – al ver que no contestaba le dirigió toda su atención-. ¿Rin? ¿Estás…?

- Tomohisa -murmuró Yamazaki, tocándole el hombro. Estaba helada, pálida como la misma nieve. El terror que había sufrido consiguió derrocar el muro de indiferencia que minutos antes había demostrado ante la mujer. Hasta la persona más fuerte tiene un límite-. Vamos.

Hizo que la chica le rodeara el cuello con un brazo mientras le ponía una mano en el costado. Al momento de intentar levantarla, Rin aulló. De pronto sintió las costillas rotas, las contusiones en el cuerpo, el ojo morado, el labio partido y su propio ser hecho añicos. Todo aquel dolor provocó que su mente desconectara y casi de inmediato se escurrió de los brazos del ninja cayendo al suelo, completamente inconsciente. No oyó nada más, ni siquiera la voz de Yamazaki, que no paró ni un segundo de llamarla.

La mujer tenía razón. Había muchas formas de torturar a alguien y la violencia física era la menos perversa de todas. Ese día Rin aprendió una de ellas.


Un poco oscuro el final, pero en fin. Ya vendrán capítulos más felices. ¡Espero que os haya gustado pese a todo!