Meses después...
Esta es una adaptación
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Argumento:
Aquella noche con ella… traería consecuencias nueve meses después...
El lujoso Ferrari despertaba miradas de curiosidad en el tranquilo pueblecito inglés de Little Molting, pero para la profesora Bella Swan sólo significaba una cosa:
Edward Cullen había vuelto a su vida. Cuatro años antes, con el ramo de novia en la mano, Bella supo que su guapísimo prometido griego no iba a reunirse con ella en el altar. Ahora él había vuelto para exigir lo que era suyo.
Capítulo 9
¿QUE VAMOS a Italia a pasar la tarde? —ex clamó Bella. Ella nunca podría ser tan des preocupada sobre los viajes al extranjero—.¿Dónde vamos exactamente?
—A Venecia, a una exposición de arte —Edward no la miraba a los ojos y ella tenía la sensación de que le ocultaba algo.
-¿Y podemos dar un paseo en góndola?
—Eso es para turistas.
—Es que yo soy una turista —protestó Bella, sal tando de la cama para seguirlo al vestidor—. Siempre he querido dar un paseo en una góndola.
Edward sonrió mientras tomaba un traje y una ca misa.
-Muy bien, iremos a dar un paseo en góndola ma ñana, antes de volver a casa. Pero la de esta noche es una exposición muy elegante, tienes que arreglarte.
Bella se llevó una mano al estómago.
—Tendré que ponerme algo ancho porque empiezo a tener tripa, debe ser la comida griega.
—O el niño —dijo él, poniendo una mano sobre la suya. En silencio, inclinó la cabeza para besarla antes de sacar una caja del armario—. Te he comprado un vestido,
espero que te guste.
—Y yo espero que disimule lo gorda que estoy —Bella sonrió, nerviosa. Edward había mencionado al niño por primera vez—. Pero al menos yo tengo una ex cusa. Lo
peor es cuando alguien te pregunta de cuántos meses estás y tú tienes que decir que no estás embara zada —emocionada por su inesperada reacción, siguió
hablando sin parar mientras abría la caja—. Casi merece la pena estar embarazada para siempre, así tienes una excusa para llevar ropa ancha... ¡Edward, es
precioso!
Era un vestido largo, de seda color champán.
—¿Te gusta de verdad?
—Muchísimo. Es perfecto.
—Espero que no tropieces con la falda.
—Yo también. Con un poco de suerte, no habrá es caleras —murmuró ella, acariciando la tela—. ¿Dónde lo has comprado?
-Lo han hecho especialmente para ti... en Atenas.
¿Era su imaginación o de repente parecía extraña mente tenso? Tal vez no se había mostrado suficien temente entusiasmada y pensaba que estaba siendo
desagradecida.
-Me encanta, en serio. Es precioso. Nunca había tenido un vestido hecho especialmente para mí —le dijo, poniéndose de puntillas para besarlo.
—Mira, también hay unos zapatos forrados con la misma tela.
Bella miró el tacón con cara de susto.
-¿En esa galería de arte habrá cosas muy valiosas?
—No te preocupes, no vas a resbalar, agapi mu —re lajado de nuevo, Edward se dirigió a la ducha—. Tu es tilista llegará en media hora. ¿Por qué no descansas un
rato?
-Mi estilista —Bella tuvo que sonreír—. No sé si ale grarme o no. Yo debería saber lo que me queda bien, pero es estupendo poder culpar a otra persona si sales hecha
un desastre. ¿Volveremos a casa esta noche?
—No, tenemos una suite en el hotel Cipriani.
-¿El hotel Cipriani? Lo he oído nombrar. Allí van muchos famosos... George Clooney, Tom Cruise, Edward Cullen...
-Y Bella —dijo él.
—Y Bella. Espero que George Clooney no se sienta amenazado por mi presencia. Pobrecito, lo dejaría en la sombra.
Cuando la limusina se detuvo frente a una larga al fombra roja, Bella se encogió en el asiento.
-No me habías dicho que habría cámaras y cientos de personas mirando.
—¿Qué importa eso?
-Yo no puedo andar con estos tacones delante de tanta gente.
—Si te lo hubiera dicho habrías venido preocupada todo el camino —Edward apretó su mano—. Esta vez, yo estoy contigo. Sólo tienes que sonreír y mostrarte digna.
—No es fácil mostrarse digna cuando estás tirada de bruces en el suelo y eso es lo que me pasará si tengo que recorrer la alfombra delante de toda esa gente.
—Yo te llevaré de la mano.
—¿No puedo quitarme los zapatos?
—No, a menos que quieras llamar la atención de verdad. Venga, sonríe —la animó Edward cuando se abrió la puerta de la limusina—. Déjame el resto a mí.
Los fogonazos de las cámaras la cegaron por un momento, pero al ver a la gente que gritaba a ambos lados de la alfombra sintió una oleada de pánico. Y habría
vuelto a meterse en la limusina si Edward no la hubiera sujetado del brazo.
—Levanta la barbilla mientras caminas... así está mejor —sonriendo, la llevó hasta la puerta de la gale ría—. Ya puedes relajarte.
—Lo dirás de broma —Bella miró alrededor, ner viosa—. No podré relajarme hasta que nos hayamos ido sabiendo que no he roto nada.
—Aunque rompieras algo nadie se atrevería a pro testar —dijo él—. Soy uno de los patrocinadores de la galería. Y no, antes de que lo preguntes, eso no me hace
sentir particularmente feliz.
—Ni siguiera yo me siento particularmente feliz sólo por ver un cuadro —le confesó ella, estirando el cuello para mirar alrededor—. ¿Por qué das dinero a un museo en
Venecia?
-También apoyo museos en Atenas. Ven conmigo, quiero presentarte a una persona —Edward la llevó en tre la gente hacia un hombre que estaba admirando un
cuadro—. Aro.
Era un hombre de cierta edad, con el pelo blanco pero atractivo a pesar de los años.
-¡Edward!
Después de intercambiar unas palabras en griego, Edward se lo presentó.
—Ah —Aro sonrió—. De modo que los demás estamos rodeados de valiosas obras de arte, pero tú consigues aparecer con algo más valioso del brazo —bromeó,
llevándose su mano a los labios—. Ni el oro del Renacimiento brilla tanto como una mujer enamo rada. Me alegro de conocerte, Bella. Y ya era hora, Edward.
Bella sintió que se ponía tenso. Tenía que hacer algo, decir algo...
—Me encanta ese cuadro —fue lo primero que se le ocurrió—. ¿Es un... Canaletto?
Aro la miró con curiosidad y después se ñaló la placa bajo el cuadro, que decía Bellini.
Ella sonrió, avergonzada.
—Ah, Bellini, claro. ¿Hay una tienda de regalos donde pueda comprar algún recuerdo para los niños?
-¿Niños? —Aro miró a Edward, que estaba inmóvil como una estatua—. Qué buena noticia. ¿Hay alguna razón para darte la enhorabuena?
—No —respondió él—. No hay razón para darme la enhorabuena.
—Me refería a mis alumnos —se apresuró a decir Bella—. Soy profesora de primaria.
-¿Aún no eres padre, Edward?
-No, no soy padre.
Ella sintió como si la hubiera abofeteado.
Se sentía enferma. ¿De verdad había dicho eso? Seguía sin querer contárselo a nadie. Seguía ne gando la existencia del niño.
Ojalá pudiese beber el champán que circulaba por la galería, pero tuvo que conformarse con un zumo de naranja, que no servía para aliviar el dolor. Edward ha bía
cambiado de tema, pero ella estaba tan disgustada que no quería ni mirarlo.
«No soy padre». Había dicho esas palabras. «No soy padre».
¿Qué estaba haciendo?, se preguntó entonces. Ha bía querido convencerse a sí misma de que su relación era normal, pero no lo era.
Estaba engañándose al creer que, de repente, Edward iba a querer tener hijos. Y por mucho que quisiera entender su punto de vista, no iba a dejar que su hijo
tuviera una familia tan desastrosa como la que ella ha bía tenido. De ninguna manera iba a dejar que su hijo esperase sentado en la puerta a un padre que no estaba
interesado en serlo.
«No soy padre».
—¡Edward! —una mujer delgadísima se unió al grupo, besando primero a Edward y luego a Aro. Y luego miró su vestido—. ¿Ella es...?
—Victoria, te presento a Bella Swan —la interrum pió Edward.
Bella se preguntó por qué su vestido despertaba tanta admiración. Qué superficial era aquella gente. Sí, era bonito, pero ningún vestido, por bonito que fuese, podría
compensar una relación desastrosa.
«No soy padre».
—¿Por qué mira mi vestido con esa cara?
Victoria rió, un sonido tan agradable corno el de una copa de cristal rompiéndose.
—Lo ha hecho Tanya, ¿verdad? Qué suerte. Ella sólo diseña para unos cuantos elegidos. Completamente imposible que te haga nada... a menos que ocu pes un lugar
especial en su corazón, claro.
Tanya.
¿Tanya?
Bella miró a la mujer de nuevo. Y luego miró el vestido dorado, recordando lo tenso que estaba Edward cuando se lo regaló.
Y era lógico, claro. Debía haber temido que ella lo supiera.
¿Qué clase de hombre regalaba a su prometida un vestido hecho por una ex novia?
El mismo hombre que seguía negando la existencia de su hijo. El mismo hombre insensible que no le ha bía dicho que se pusiera el anillo en la otra mano.
Con los ojos empañados, Bella miró el cuadro de Bellini, preguntándose si los hombres del Renaci miento habrían sido más considerados que sus con temporáneos.
Decidida, dejó el zumo de naranja sobre una mesita y se dirigió a la puerta de la galería. Pero mientras co rría por la alfombra roja, sus ojos se llenaron de lágri mas.
Había esperado que algo terminase hecho pedazos esa noche. Pero no había esperado que fuera su cora zón.
La suite del hotel era como una cápsula de cristal suspendida sobre la laguna, pero si Edward había es perado que ella mostrase entusiasmo iba a llevarse una
desilusión.
Edward había salido tras ella de la galería y, sin decir nada, la había ayudado a subir a la limusina. Cuando llegaron al hotel, Bella entró en la suite, se quitó los
zapatos y los dejó donde habían caído, sin mirar. Y ahora estaba intentando bajar la cremallera del vestido, deci dida a no pedirle ayuda.
Estaba furiosa, más enfadada que nunca.
Edward intentó ayudarla, pero ella le dio un mano tazo.
—No me toques —le advirtió, con voz temblorosa—. No, mejor ayúdame a quitarme este estúpido vestido de una vez. No quiero llevar algo que ha hecho tu ex novia.
El respiró profundamente.
—Se me ocurrió que podría disgustarte que fuese de Tanya, por eso no te lo dije.
—Habría sido mejor que no me regalases un vestido hecho por ella, ¿no te parece?
—Sabía que ir a esa exposición te pondría nerviosa y pensé que te sentirías más cómoda llevando algo que te gustase de verdad —intentó explicar Edward mientras
bajaba la cremallera—. Sus vestidos están muy cotiza dos y pensé que te daría confianza...
—¿Confianza? —lo interrumpió ella, volviéndose para fulminarlo con la mirada—. ¿Crees que me da confianza que alguien me diga en público que llevo un vestido
hecho por tu ex novia?
-Yo no sabía que Victoria iba a reconocerlo.
-Ah, bueno, entonces no pasa nada —Bella sacudió la cabeza mientras se quitaba el vestido y lo dejaba caer al suelo—. Soy idiota, de verdad, soy idiota.
Apartando la mirada de la generosa curva de sus pechos, Edward intentó concentrarse en la conversa ción.
—No eres idiota...
—Aléjate de mí. Sólo tú podrías convertir la ciudad más romántica del mundo en un infierno —Bella se acercó a la ventana, sin pensar que estaba en ropa interior—. El
fondo de esa laguna debe estar lleno de ca dáveres de mujeres... mujeres que se han lanzado al agua después de pasar una noche con hombres como tú.
Levantando los ojos al cielo, Edward se acercó.
-Tanya hace vestidos únicos, es una de las di señadoras más famosas de Grecia. Tiene una lista de espera de cuatro años porque es la mejor y yo quería regalarte el
mejor vestido.
—No puedo creer que seas tan insensible.
—Estoy contigo, no con ella.
-No, no estás conmigo, Edward. En realidad, no es tamos juntos —Bella se volvió, el rímel mezclándose con las lágrimas.
Y luego, sin pensar, se pasó una mano por la cara, extendiendo la mancha. Edward, que nunca antes se había conmovido al ver llorar a nadie, sintió que se le encogía
el corazón.
—¿Me has dicho «te quiero» alguna vez? No, claro que no. Por la sencilla razón de que no me quieres. Te gusta acostarte conmigo, pero ahora voy a tener un hijo
tuyo... ¡y es un desastre! Toda esta situación es un completo desastre y no tendría que ser así —Bella em pezó a sollozar, pero cuando Edward puso una mano en su
hombro la apartó de un manotazo—. Has vuelto a ha cerlo. Cuando Aro preguntó si debía felicitarte, le dijiste que no. Le dijiste que no ibas a ser padre.
El se quedó mirándola con los brazos a los lados, sabiendo que si la tocaba se pondría a gritar.
-Bella...
-¡No! Déjate de excusas, ya estoy harta. Y estoy harta de tener miedo.
—¿Miedo de qué?
—Me da miedo decir algo que pueda recordarte que estoy embarazada... y no dejo de preguntarme cuándo vas a desaparecer —Bella sacudió la cabeza—. No quiero
que nuestro hijo crezca preguntándose si vas a estar ahí o no, sintiendo como si hubiera hecho algo malo. ¡Yo sé lo que es esperar a un padre que no aparece
nunca!
Sorprendido por tal afirmación, Edward se quedó en silencio, esperando que siguiera hablando, como hacía siempre, que le contase todo lo que llevaba den tro. Pero
Bella se dio la vuelta para mirar la laguna.
—Quiero irme a casa, a Little Molting.
—¿Te quedabas en la puerta, esperando a tu padre? ¿Eso es lo que te pasó? ¿Tu padre te dejó?
—No quiero hablar de ello.
—Theé mou, ¿hablas de todo lo demás y no quieres hablar de eso precisamente? ¿Por qué no me lo habías contado?
Bella tardó un momento en contestar:
—Porque hablar no ayuda nada.
—No creo que éste sea el mejor momento para ce rrarte en banda. Háblame de tu padre, es importante para mí.
Ella se dio la vuelta, secándose las lágrimas de un manotazo.
—Mi madre se pasó la vida intentando convertirlo en algo que no era.
—¿Y qué era eso?
—Un marido, un padre. Pero él no quería tener hi jos. Mi madre pensó que acabaría acostumbrándose, pero no fue así. De vez en cuando le molestaba la conciencia y
llamaba por teléfono para decir que iba a verme —su voz se rompió en
ese momento—. Yo le de cía a mis amigas que mi padre iba a llevarme al cine y me sentaba en la puerta a esperar... pero no aparecía. Eso te hace sentir fatal, te lo
aseguro. Mi infancia no fue precisamente un cuento de hadas.
Y ella siempre había querido un cuento de hadas, pensó Edward, pasándose una mano por el pelo.
—¿Por qué no me habías contado eso antes?
—Ya te lo he dicho: hablar de ello no me ayuda y no tenía nada que ver con nosotros.
—Tiene mucho que ver con nosotros, Bella. Explica por qué te cuesta tanto confiar en mí. Explica por qué me miras con cara de susto muchas veces, por qué es peras
que te falle.
—La razón por la que te miro con cara de susto es que sé que no era esto lo que tú querías y sé que este tipo de situación nunca tiene un final feliz. Podríamos seguir
juntos durante un tiempo, pero tarde o temprano acabarías por marcharte y no es eso lo que quiero. Ya no creo en los cuentos de hadas —dijo ella, con voz
temblorosa—. Pero sí creo que merezco algo mejor. Y mi hijo también.
Sin mirarlo, Bella se dirigió al dormitorio y cerró la puerta.
Y, mirando esa puerta cerrada, Edward supo que era un gesto simbólico.
Lo había dejado fuera de su vida.
bueno aki les dejo el penultimo capi :(
espero ke les haya gustado
chiks muchísimas gracias a todos por sus reviews =)
me regalan review? *** a las ke dejen review les daré un adelanto***
los kiero se kuidan =D
