Una lluvia constante, fría y fuerte caía sin piedad sobre la ciudad de Hong Kong. En uno de los recintos más grandes de la periferia, la familia de los Li daba el último adiós a su patriarca, a su jefe, a aquella persona que los había guiado durante veinticinco años. Liang Li había muerto, preso de una enfermedad que llevaba asolando su corazón desde hacía dos años y que había ido empeorando con el paso de los días. Su viuda, Ielan Li, vestía un tradicional vestido blanco, en señal de luto. Mientras tanto, sus hijas presenciaban el funeral entre sollozos, al contrario que su único hijo varón, Xiaolang Li, quien pasaría a ser la cabeza visible de la familia Li cuando cumpliera los dieciocho años.
Xiaolang tenía la vista fija en el féretro de madera de roble, sin derramar una sola lágrima. Le estaba prohibido llorar. No debía hacerlo en público, lo que hiciera en privado era asunto suyo y de nadie más. A su lado, su prima Meiling le agarraba con fuerza del brazo y desquitaba su dolor con él, llorando a moco tendido. Todos se estaban mojando, pero no importaba en absoluto. Liang Li había muerto.
Cuando el funeral finalizó, Ielan Li se acercó a su hijo, que entonces tenía apenas diez años, lo cogió por los hombros y lo miró a los ojos: dos pozos negros profundos, con un dolor y una tristeza inconmensurables, tratando de transmitir algo esencial al hijo que había sacado la mirada de su padre.
-Xiaolang-murmuró Ielan con voz firme y serena, en la medida de lo posible-. Ahora te toca a ti. Tú serás el jefe de nuestra familia cuando cumplas la mayoría de edad. A partir de hoy, te preparás para ese momento, el momento en el que depositemos nuestras vidas en tus manos. Cargarás con el peso que una vez llevó tu padre y te asegurarás de llevar a nuestra honorable familia por el buen camino, protegiendo y valorando nuestros conocimientos y nuestras posesiones. No me defraudes, Xiaolang.
Desde aquel día, el pequeño de ojos marrones se dedicó en cuerpo y alma a satisfacer a su madre, a conseguir que ella se sintiera orgullosa de él. Pero conforme pasaba el tiempo, y los meses se convertían en años, Xiaolang comprendió que su madre jamás le mostraría su afecto. Así, el pequeño Xiaolang Li se convirtió en el señor Li, jefe y patriarca del clan Li de Hong Kong, poseedor de un tercio de una de las ciudades más grandes de China y del mundo entero. El pequeño Xiaolang se había convertido en un hombre.
-Mi familia…-repitió Shaoran, recordando.
Sakura lo observó, apenada, cómo la mente de Shaoran divagaba en su pasado y se perdía en los recuerdos. Se deshizo de una de sus manos y, con los dedos, se atrevió a acariciar levemente la mejilla de Shaoran, con la esperanza de traerlo de vuelta al presente. Funcionó.
Shaoran entornó los ojos y fijó su vista en Sakura, agarrándose a ese verde para mantenerse sereno tras volver a los recuerdos. Sin embargo, mirar de nuevo a Sakura le recordó también que ella era la culpable de que su muralla de hierro, piedra y cemento se estuviera viniendo abajo. Ella era la culpable de que el dolor ante la indiferencia de su madre volviera a él como una flecha. Ella tenía la culpa de que quisiera ponerse a gritar, llorar y a pegarle patadas a los muebles en ese preciso instante. Sakura había sacado a flote lo que él con tanto esfuerzo había conseguido sepultar en lo más profundo de su mente y su corazón. De repente, le invadió la furia y el asco. No quería sentir aquello. Directamente, no quería sentir. No quería volver a caer en lo mismo, en algo que se suponía que había superado varios años atrás.
Con un brusco movimiento, separó la cara de la mano de Sakura y apretó su mano con dureza.
-¡Ah!-se quejó Sakura, soltándole la mano que tenía agarrada- ¿Qué te pasa, Li?
Shaoran se levantó hecho una furia. No razonaba. En ese preciso momento lo único que quería era estar solo.
-Vete-masculló entre dientes intentando no mirarla y agarrándose del pelo a tirones.
Sakura no reaccionaba. No era capaz de moverse, se había quedado helada. No entendía qué era lo que había pasado en su cabeza como para que le estuviera echando de su apartamento de aquella forma. No lo comprendía. No quería ver cómo Shaoran se volvía a cerrar en banda a ella. Estaba segura de que había hecho buenos progresos con él, a fin de cuentas, ella odiaba llevarse mal con la gente.
Shaoran, al ver que Sakura no se movía de su sofá, se aproximó a ella y tiró de su brazo derecho, levantándola.
-¡Fuera!-le espetó, soltándola en medio de la sala.
-Li… Shaoran…
El castaño gruñó. Daba vueltas por el salón como un león enjaulado y casi se podría decir que era tan peligroso como uno.
-Te he dicho que te vayas-insistió Shaoran, comenzando a asustar a Sakura.
Sakura no se lo pensó de nuevo. Corrió a la habitación de invitados y se cambió de ropa con rapidez. Cogió lo poco que había llevado con ella y salió como una exhalación del apartamento, tratando de contener algunas lágrimas que se escapaban de sus ojos. Sin saber por qué, se sentía traicionada y humillada. Y mientras corría por la calle en busca de un taxi que la llevara a casa, decidió que lo más saludable para ellos dos fuera que no se volvieran a encontrar nunca más. Y si tenía que dejar el 'Vogue' para ello, lo haría. «Nunca más», se dijo, «nunca más».
Había pasado un mes desde que Sakura huyera del apartamento de Shaoran Li. Durante ese tiempo, había asistido al trabajo, pero se había negado a bailar. Su jefe le impuso una sanción y le bajó el sueldo un diez por cierto. En cualquier otro momento, Sakura habría intentado recuperar ese dinero perdido, pero no se encontraba en condiciones de luchar por nada. Cuando Tomoyo la había visto llegar esa noche al local con los ojos enrojecidos y unas ojeras de campeonato, y se enteró de todo lo que había pasado, estuvo a punto de ir a por él. Sin embargo, Sakura se lo impidió, impulsada por una extraña fuerza que le decía que lo mejor era dejarlo estar. Shaoran no volvería a su vida y los episodios ocurridos durante toda esa semana quedarían olvidados y guardados bajo llave en el rincón más oscuro y perdido de la mente de Sakura.
La muchacha había vuelto a la rutina, algo que le pareció peor que estar encerrada en un cuartucho frío y sin luz, como la alacena en la que había dormido Harry Potter. No entendía cómo ni por qué, pero la presencia de Shaoran había añadido vida e interés a su rutina diaria. Le había dado un motivo para conocer sensaciones como la furia, la ira, la rabia, la sed de venganza y las ganas de patearle el culo a alguien. Se había desquitado con él por todo el dolor que llevaba acumulado desde su más tierna infancia. Le había puesto de los nervios y había tirado del cordel hasta que Shaoran explotó y la echó de su casa y, probablemente, de su vida. Sakura no estaba segura de qué era peor: si echar de menos esa sensación de poder ser ella misma ante él o las ganas de abofetearle por lo que había hecho. Se sentía demasiado confusa, más aún cuando, una tarde, hablándolo con Tomoyo, ésta calificó su sentimiento como "echarle de menos".
¿Cómo era posible echar de menos a una persona que tan solo le había dado quebraderos de cabeza desde que lo conoció? Si incluso había tenido que tirar la bolsa de su compra porque los productos estaban caducados. ¿Cómo podía echar de menos a aquel que había tenido la dulzura suficiente para consolarla cuando había tenido aquella pesadilla sobre su padre y, a las dos horas, casi la echa a patadas de su casa? En su opinión, Shaoran tenía un trastorno de bipolaridad grave. Eso o se sentía tan confuso como ella, con la diferencia de que él nunca dejaría entrever sus sentimientos. Eso sí era algo que Sakura tenía claro. Si algo era Shaoran, era orgulloso.
-En eso tengo que darte la razón, Sakura-suspiró Tomoyo cuando Sakura le contó lo que pensaba sobre él-. ¿No se te ha ocurrido que sea precisamente su orgullo el que le impida acercarse a ti de nuevo y pedirte perdón?
Sakura la miró por el rabillo del ojo. Estaban en una cafetería, sentadas en la terraza. Sakura tenía apoyada la barbilla en una de sus manos y veía a la gente pasar de un lado a otro.
-Shaoran no tiene sentimientos por nadie, Tomoyo-repuso Sakura con tristeza-. No siente remordimiento. No siente placer. Parece un robot, una máquina, alguien que vive porque no tiene otro remedio que vivir.
Tomoyo observó a su amiga con tristeza. Sakura solía ser una persona alegre que incluso sonreía ante los problemas, alguien que les encontraba una solución aunque se agobiara demasiado pronto. Solo la había visto así una vez y apenas duró un día: el día en que Sakura supo que su padre había desaparecido en Egipto. Tomoyo no quería volver a presenciar esa apatía, esa tristeza y esa nostalgia tal y como la estaba presenciando en esos mismos instantes. Fue entonces cuando se le encendió una bombillita en la cabeza y vino una idea a ella.
-Oye, tengo una idea.
Sakura parpadeó un par de veces y dejó caer la mano sobre la mesa.
-Me asustas cuando me dices eso-confesó la joven rubia sin esbozar una sonrisa divertida.
-¿Qué te parece si tú, Rika, Chiharu, Naoko y yo nos vamos de fiesta esta noche?
Sakura se echó hacia atrás en su asiento, sorprendida. Aquello era lo último que se esperaba de Tomoyo.
-Quedaremos en mi casa, nos arreglaremos todas juntas y tendremos una noche de chicas-prosiguió Tomoyo, animada-. ¿Qué dices? Lo mismo ligas un poco y sales del rollo de solterona de toda la vida.
Sakura esbozó una pequeña sonrisa y rió. De inmediato, se tapó la boca, incrédula. Hacía semanas que no reía ni un poco. Asintió de inmediato, sin pensarlo más. Eso era lo que necesitaba. El mes de duelo por algo que jamás había llegado a suceder había pasado. Era la hora de volver a ser la Sakura Kinomoto de siempre, pero algo más pícara.
