Disclaimer: Inu Yasha pertenece a Rumiko Takahashi

"EL CASTIGO"

Por C. Weller chan

Capítulo 8

Los Preparativos

Los tres hombres que se encontraban reunidos en la hermosa habitación, cuyos muebles, cortinas y telas que denotaban su carísimo origen, sentían una mezcla de vergüenza, hilaridad y desasosiego.

Los hijos de esos tres hombres, que se supondría algún día los sucederían en la cabeza de las empresas que con tanto esfuerzo mantenían a flote y en una posición privilegiada, eran unos palurdos zopencos que no tenían ni la más mínima idea de cómo llevar un negocio.

¡Y no es que no se hubieran dado cuenta desde el principio! Pero simplemente había hecho falta que llegara a la casa una chica con un carácter fuerte y decidido y con un sentido común aplastante para poner de doloroso manifiesto que sus hijos eran unos completos inútiles sin idea de las vicisitudes de la vida real.

Los padres habían tenido la precaución de instalar cámaras y micrófonos ocultos por toda la casa donde sus hijos sufrían su castigo, para no perder detalle de lo que sucedía en ella y previniendo una posible emergencia. Aunque por supuesto que eso no lo habían mencionado a sus residentes, ¡y mucho menos a sus respectivas esposas!

De modo que habían sido testigos oculares y auditivos de la triunfal y apabullante entrada de Kagome a las vidas de los jóvenes.

Con reacciones y gestos que rayaban entre lo cómico y lo ridículo, los muchachos realizaban acciones que producían enojo, desesperación y risa desde el mismo momento que esa chica puso un pie en esa casa de tontos.

Y apenas habían transcurrido tres días de ese suceso.


Kagome inspeccionaba la tela con fijeza, que alzaba frente a ella con sus manos. Mirando hacia las ventanas del local y luego hacia la tela otra vez, de un movimiento inesperado clavó los pulgares en la tela para romperla y comenzar a rasgarla a la mitad.

- ¡¿QUÉ DEMONIOS…?! –cuatro pares de ojos le lanzaron una mirada asesina a Inu Yasha que congelado, se quedó con la frase atorada en la garganta, mientras Kagome continuaba su labor aparentemente sin haber escuchado el exabrupto. Cuando terminó de rasgar la tela, una mitad se la tendió a Naraku y la otra a Miroku.

- Siéntense. Les voy a enseñar cómo coserla. – Los dos chicos pusieron expresión de "¿coseeer? ¿yooo?", pero fue en esta ocasión Inu Yasha quien les lanzó una mirada que taladraba para que guardaran silencio. Con resignación, los chicos tomaron asiento en las sillas que ahora lucían un poco mejor que hacía tres días. El costurero de la mamá de Kagome se encontraba en la mesa, de modo que con paciencia, la chica comenzó a mostrarles a sus atentos alumnos los oscuros secretos de la costura, corte y confección.

Con resignación, Inu Yasha miraba los movimientos que sus amigos hacían para coser la fina tela blanca con hermosos y exclusivos diseños azules de algodón importado de Europa de lo que hasta hacía unos instantes eran sus sábanas. Desde el principio Kagome, sin consultar con nadie, había comenzado a tomar ciertas decisiones prácticas para mejorar la apariencia del local. En vista de que sus empleadores no tenían mucho sentido práctico ni imaginación para solventar las carencias, y de que el dinero disponible para tal efecto era igual a un pozo seco, a medida que limpiaban otras áreas de la casa, la chica tomaba notas haciendo una lista mental sobre lo que podría y no podría ser utilizado para acondicionar el café, como por ejemplo, guardar los primorosos cubiertos de plata que la familia de Miroku había mandado para uso personal de los chicos, en las caras camisetas de fina franela de Naraku y Shippo para evitar que se mancharan y los clientes pudieran usarlas.

Inu Yasha no se quejaba, de hecho (y por supuesto primero muerto que admitirlo ante nadie), agradecía hasta cierto punto los esfuerzos que la chica hacía para mejorar una situación que en realidad no era su problema y no tendría por que preocuparle.

¿Pero tenía que haber usado precisamente sus sábanas?

- Kagome, aquí está lo que me pediste – decía Kohaku mientras regresaba de la planta alta con un cargamento que hizo a los demás sentir un visible estremecimiento. Entonces Inu Yasha sonrió malévolamente con toda la cara.

Pensándolo bien, tal vez no fuera mala idea el usar las sábanas de todos para mejorar el café.


Kagome se sentó a la mesa suspirando y apoyando su mentón en la superficie mientras cerraba los ojos. Desde que había comenzado a "trabajar" con esos tontos inútiles, terminaba agotada.

- ¿Mucho trabajo? – la chica escuchó la suave y gentil voz de su padre que le cuestionaba desde algún lugar arriba a su derecha. Con enorme pereza, abrió los ojos buscando la cara del autor de sus días, que se encontraba oculta detrás del periódico.

- No tienes idea – haciendo un esfuerzo, la muchacha se enderezó en su asiento para estirarse todo lo que el limitado espacio le permitía. – Papá, ¿puedo hacerte una pregunta? – el señor Higurashi apartó unos centímetros el diario para ver de reojo a su hija.

- ¿Qué pasa Kagome? –

- ¿Por qué me pediste que fuera a trabajar específicamente ahí? – en un parpadeo, Suikotzu volvió a enterrar su cara en las enormes páginas del periódico.

- ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso no es de tu agrado? – preguntó con toda la calma del mundo. La chica volvió a apoyar su mentón sobre la mesa para cerrar los ojos.

- Mmmm. No es eso. Es que… - al dejar Kagome inconclusa la frase, el señor Higurashi se lanzó temerariamente a hacer una cuestión que podría resultar altamente peligrosa, pero manteniendo el periódico como una barrera protectora, sólo por si acaso.

- ¿Es que qué hija? – la chica continuaba meditando su respuesta, mientras el señor Higurashi empezaba a sentir un impulso irrefrenable por comerse las uñas.

- Bueno, esos chicos me parecen… no sé, como si algo con ellos no estuviera bien- la barrera protectora de Suikotzu temblaba de manera imperceptible.

- Pero hija, son sólo unos chicos buscando ganarse la vida. ¿Qué podría estar pasando? –preguntaba con aparente desinterés mientras daba vuelta a la hoja. Kagome se encogió de hombros.

- En ocasiones los noto hablar entre ellos en voz baja. Sé que no quieren que escuche, porque cuando se dan cuenta de que me aproximo, guardan silencio y actúan como si nada – la chica entreabrió los ojos mirando a su costado, aún con el mentón recargado en la mesa. – Creo que no les caigo bien – concluyó. Suikotzu suspiró de alivio.

- ¿Te has vuelto a comportar impositiva con ellos? – preguntó el padre. La hija se sonrojó levemente.

- ¡Es que tengo que enseñarles cómo hacerlo todo papá! – exclamó Kagome en un tono defensivo. – No saben hacer nada de nada. ¡Hoy tuve que decirles cómo guardar la basura y que se debía tirar en el camión recolector! ¿Te imaginas? ¡Me dio la impresión de que creían que le saldrían patitas, caminaría y se tiraría por si misma! – refunfuñó la jovencita, suspirando. El señor Higurashi trató de reprimir una carcajada, con relativo éxito.

- Bueno, tomando en cuenta tu actitud, es comprensible que cuchicheen entre ellos. Probablemente no quieren escucharte gritar más. –

- ¡Yo no grito! – exclamó Kagome indignada, enderezándose en su asiento, para enseguida llevarse la mano a la boca tratando de apagar el alto volumen empleado en la frase. Suikotzu le puso una mano en el hombro.

- Hija, tienes que ser paciente con ellos. Como lo eres con los pequeños. No todos nos desarrollamos en ambientes iguales, por lo mismo, nuestro conocimiento en ciertos ámbitos de la vida es diferente. Otras personas le dan más importancia a unos aspectos que a otros – Kagome frunció el ceño.

- Pero me parece difícil de creer que ese amigo tuyo criara a sus hijos de manera tan descuidada. Parece que siempre hubieran permanecido apartados del mundo, papá. Da la impresión que vivían en el limbo. – Suikotzu apretó cariñosamente el hombro de su hija, agregando como al descuido:

- Mi amigo es un poco… distinto a lo que estamos acostumbrados. Por ende, sus hijos también. Ellos están haciendo su mejor esfuerzo por vivir en un ambiente extraño, tratando de subsistir por sí mismos, lo cual no es nada fácil. Por eso solicitó nuestro apoyo, necesitaba que alguien de confianza ayudara a sus hijos en esta nueva fase de sus jóvenes vidas. Te pido que seas más paciente con ellos y tomes las cosas de buena manera, hija. ¿Me harías ese favor? – preguntó con amabilidad y una pequeña sonrisa el señor Higurashi. Kagome volvió a suspirar, resignada.

- Si papá. Procuraré ser más paciente con los hijos de tu amigo. – sonriendo agradecido, Suikotzu volvió a su lectura, enjugándose mentalmente el sudor que la plática le produjo.

Final del capítulo 8

Continuará…


Reviews:

reeven: Jaja. ¡Bueno! En realidad no es tanto que sea Kagome quien los haga sufrir, más bien es quien los está enseñando a trabajar correctamente. Gracias por tu review.

Minako k: ¡Pobrecillos! Por favor, no seas tan dura con ellos. Como dijo Suikotzu en este capítulo, fueron criados en un ambiente distinto. Gracias por tu comentario.

carito-gn8: Jijiji (risita nerviosa). Hiciste que me sonrojara. En verdad muchas gracias por tus palabras, me pusieron contenta. Mi agradecimiento sincero por incluir este fic en tus favoritos y también por tu review.

fernandaIK26: Pienso lo mismo de Ouran, es genial. Veamos cómo le va a Kagome con los muchachos y a éstos con ella. Muchas gracias por tu comentario.

isabel: Gracias por tu review y por leer el fic.

Favoritos y alertas:

Vampire.Yuuki: Muchas gracias por anexar "El Castigo" a tu lista de historias favoritas y a tus alertas. ¡es un cumplido enorme!


Y como siempre, muchas gracias a todas y todos los que leen esta historia y no envían review. Tengan una bonita semana. Las y los que estén de vacaciones disfrútenlas mucho. Nos leeremos después.

C. Weller chan