Capítulo VIII
Las flores de la tumba esmeralda
Los viejos recuerdos lo atormentaban. Rememoró la última vez que la vio. Dos semanas antes de marcharse a un destino desconocido con todos los de su estirpe. Concertaron una cita cerca del santuario donde ella acudía a recitar plegarias a sus dioses.
Sintió las remembranzas, los agónicos detalles, como suciedad sobre la piel. Lo despertó el suave roce de la brisa matutina ingresando por las descomunales lucernas de la habitación. Las colgaduras se elevaban a medida que el aire pasaba, permitiendo infiltrar los enerves rayos del sol.
Gracias a los atentos cuidados que la pelirosa le había proporcionado, el dolor comenzaba a diluirse de su cuerpo. Se incorporó, recargando la espalda contra la cabecera de la cama. Tenía el torso descubierto, cediendo a las jóvenes doncellas una vista particular de su bien trabajado abdomen. Las tres damas intercambiaron miradas, sonrieron apenadas y prosiguieron con sus diligencias en silencio.
Tomó asiento al borde de la cama, arrastrando una de las mantas para evitar mostrar más piel de la ya expuesta. La más joven de las doncellas, se aproximó a él, retraída; dispuso dos cuencos esmaltados sobre la pequeña mesa de madera situada al costado derecho de su lecho, un jabón y dos toallas para que se lavara.
Lo cierto era que la presencia de las chicas lo intimidaba. No estaba habituado a las atenciones femeninas, mucho menos de desconocidas. Durante su tiempo en el exilio, algunos de los abanderados de su padre y miembros de su familia acudían a las casas de placer. No era ningún idiota, puesto que conocía la clase de actividades que albergaban aquellos exóticos recintos destinados a complacer los deseos de la carne. Sin embargo, por muy increíble que sonara, nunca había compartido el lecho con una dama. Si bien, algunas señoritas expresaron su avidez de hacerlo sentir bien, rechazó todas y cada una de las tentativas educadamente, ganándose lágrimas, insultos y bofetadas.
Sosegado, sumergió ambas manos en la calidez del cristalino líquido. Anegó el rostro, cerciorándose de esparcir el dulce aroma del bálago por cada extensión de piel descubierta. Experimentó una agradable ligereza en el aire que resbalaba sedosamente por la piel y penetraba sus fosas nasales.
Dos de las doncellas dirigieron sus gráciles pasos hacia las enormes puertas de madera, llevaban entre sus brazos sabanas sucias, dejando a la más joven a merced del azabache.
Desde su asiento, atisbó al manojo de nervios pasar sus delicadas manos por la falda del vestido, su cabello emulaba a las madejas de oro hiladas en los desiertos de Suna, atado en una sencilla trenza, ojos grandes, almendrados de color verde olivo, pestañas extendidas; cejas gruesas y alzadas; nariz pequeña, recta; boca mediana, labios colorados y delgados, de tez lisa y nívea como la nieve que cubre los techos en invierno. Complexión pequeña, aparentaba tener quince años, pero lucia de unos doce.
La pusilanimidad de su expresión no se alteró. Sasuke podía saber que le temía. No iba a culparla, si algo lo hacía sentir mejor era que correspondía tal sentimiento. Se mantuvo inmóvil, buscando la manera de hilvanar las palabras sin que ella saliese corriendo de la habitación.
— ¿Dónde se encuentra Sa…— frenó su lengua en seco. Ahora que Sakura era la nueva emperatriz de una nación, no tenía permitido referirse a la pelirosa por su nombre de pila. Entendía las reglas básicas de etiqueta, su madre se las inculcó hasta el cansancio entre las clases de esgrima y letras. — ¿Dónde se encuentra su majestad?— formuló de nuevo, posando la inquisitiva mirada en la chiquilla.
Temerosa, masculló algunas palabras que Sasuke no logró comprender. Se aproximó torpemente, asomando los ojos verdes con montaraz.
—Salió de la habitación antes del amanecer— anunció; voz trémula. — Solicitó que no se le perturbara a usted, y mencionó que debía atender algunos asuntos de vital importancia— finalizó, clavando la mirada en el suelo.
—Puedes retirarte— solicitó, procurando sonar lo más afable posible que sus zafios ademanes de guerrero le permitían.
Termino de prepararse y salió en búsqueda de la pelirosa. Oyó los pasos lejanos en la escalera, los murmullos quedos de la servidumbre, atiborrando el entorno de escepticismo. Sakura era la nueva soberana, primera emperatriz de esa inhóspita tierra, había derrocado el régimen totalitario de Sasori, por lo que, tenía el pleno derecho de tomar asiento en el trono y portar la corona que los antiguos esplendidos llevaron con orgullo, como símbolo de poder.
No era fácil llevar una corona, y menos para una joven como Sakura.
Caminó bajo un cielo despejado, los árboles, en su mayoría ciprés lo obligaban a analizar la conjunción de la muerte y la eternidad, el almendro la vida y la palmera de dátiles la fecundidad. El aroma de las rosas y los jazmines rodea a cualquier alma que se atreviera a pasar el resto del día bajo las frondosas palmas, escuchando a los riachuelos seguir su sendero bajo el frescor incipiente y la exuberancia del verano.
En su campo de visión ingresó el motivo de su búsqueda, postrada elegante, con la espalda recta y la barbilla elevada. Desde ese punto solo era capaz de vislumbrar su perfil, por un instante tuvo la impresión de que no atisbaba a Sakura, sino a una poderosa diosa, como la efigie sagrada de las divinidades. Llevaba la larga melena rosada tranzada con rosas rojas, cintas moradas, carmín y doradas entrelazadas con los mechones; su linda figura, cubierta por un hermoso vestido color lavanda, con una prolongada abertura en el escote, dejando a la vista las figuras cinceladas en la nívea piel de su esternón; las mangas eran largas y transparentes, decoradas en las muñecas por dos brazaletes de acero. El collar se adhería a su cuello como si estuviese confeccionado exclusivamente para ella, era tan largo que descendía entre el valle de sus senos y acariciaba el cinturón de cuentas atado a su estrecha cintura.
Ante sus ojos, Sakura ya no era la chiquilla que escapaba de la vigía de sus damas para unirse a las aventuras que él y Naruto hilvanaban, estaba claro que aquella efigie yacía enterrada en el pasado, con los escombros y los muertos de Konohagakure, bajo ríos de sangre y afluentes de lágrimas. Todo lo que alguna vez fue quedó atrás, empujándola a la catarsis, transformándola en una mujer, fuerte, inteligente y poderosa.
Temía acercarse a ella, no porque fuese la emperatriz, sino por los sucesos de la noche anterior. Se demoró varios minutos bajo la sombra de un imponente cedro. Tras unos cuantos segundos de meditación, llegó a la conclusión de encarar la cólera y repugnancia de Sakura, otorgarle una explicación que no sería aceptada y, lo más probable, que le rechazaran; o bien, volver a sus aposentos sin recitar palabra, dejando la impresión que el beso había sido un mero error, atormentarse toda la noche, y los días siguientes, sin saber la respuesta de la pelirosa. Volvió a pensarlo, considerando las consecuencias de ambas decisiones.
No había salida, tenía que hablar con ella. Lanzó un largo suspiro y dirigió sus pasos hacia el sitio donde se encontraba ella. Estaba rodeada por un sequito de damas, todas jóvenes, dispuestas en una fila, como los arboles del jardín, aguardando a que surgiera alguna petición de su nueva señora, quien parecía más interesada en degustar el dulzor de los pastelillos de limón que ejercer su autoridad.
Los seis pares de ojos se posaron sobre su rostro, pero no los que él deseaba. Las doncellas inclinaron sus cabezas hacia adelante a manera de reverencia. Cuando Sakura se percató de su llegada, se miraron de hito en hito sin decir nada. Pese a todas sus cavilaciones, no tenía un discurso preparado, Itachi era bueno hablando, mas no era su hermano. Un pensamiento envenenó su mente, ella era aún más hermosa que en sus fantasías. El vestido que llevaba parecía adorar cada curva de su cuerpo ágil, sus labios formaban una línea delgada con expresión de censura, incluso, de desconcierto.
Sin tomarse la molestia de solicitar permiso, tomó el respaldo de una silla libre y jaló hacia él, arrellanándose a su perfil derecho. Las inmóviles damas que hasta el momento parecían estatuas, comenzaron a deambular a su alrededor tratando de cumplir con sus diligencias. Los cocineros habían preparado un banquete para la nueva emperatriz, no obstante, los postres abundaban sobre la mesa, otorgándole a Sakura la opción de no limitarse a un solo sabor.
— ¿Dormiste bien?— conjeturó la chica al cabo de unos minutos.
El azabache llegó a la segunda conclusión del día, ahora que Sakura era la nueva emperatriz, encontrar un momento a solas sería una encomienda más compleja que extraer una espada del cuerpo de una serpiente mitológica. Dos soldados de la guardia real la custodiaban, y por la expresión en los rostros de las chicas de compañía se percató que no se marcharían fácilmente.
—Si— replicó lacónico, analizando cada detalle del hermoso y a la vez caótico panorama que los rodeaba.
— ¿Ya desayunaste?— cuestionó, elevando una ceja. Se limitó a negar con la cabeza, Sakura relajó la expresión en su rostro y emitió un suspiro de alivio—.Por favor, traigan un plato de desayuno, no añadan nada dulce— aclaró a dos de sus damas. Las chicas acataron la orden con otra cordial reverencia y desaparecieron de su vista al cruzar el umbral cubierto de flores y plantas trepadoras.
No podía evaluar nada con aquellas preguntas fácticas, su expresión lucia imperturbable, serena. Analizó la posibilidad de continuar con la conversación y no acercarse a la vertiente del beso, después de todo, Sakura era una mujer comprometida con otro hombre, una idea que lo atormentaba día y noche, estaba claro que lo acontecido no era más que un desliz, uno que nunca traerían a la luz y que se desvanecería entre las memorias hasta el final de sus días.
— ¿Cómo te encuentras, Sakura?
La corona de la joven era pequeña, y a Uchiha Sasuke le pareció que era un gran peso sobre la cabeza de Sakura.
La aludida lo contempló algunos segundos. Le gustaban los ojos de Sasuke, la mezcla sin fusión de pigmentos coloridos, oscuros, que realzaba su negrura aún más con la luz del sol. Prefería verlo con la armadura que con los ropajes de un príncipe. Una elección interesante.
—Se a lo que te refieres con eso— dijo ella mientras depositaba un pequeño cáliz con agua sobre la mesa. Lo que menos le apetecía era entrar en un juego de defensa y ataque, Sasuke era tenaz hurgando en las grietas de los demás, y ante la vista del azabache, su fragmentación estaba hecha pedazos.
—Te fuiste de la habitación temprano para ir a rezar— puntualizó el Uchiha. Apartó la vista y cuando volvió a mirar a Sakura creyó detectar un halo de irritación.
—Es difícil matar las viejas costumbres— expresó, encogiéndose de hombros—.Nosotros somos los que tenemos las manos llenas de sangre, no los dioses— agregó al cabo de unos minutos. Su rostro lucia ensombrecido, apagado.
—Solo nosotros decidimos lo que somos— dijo. Pudo notar la forma en que los músculos de Sakura se tensaban ante sus palabras. Sus miradas se cruzaron, pero lo que contemplo en aquel truculento océano verde no fue susto ni culpa, sino una especie de desafío.
— ¿Y tú decidiste ser lo que eres?— mascullo, sonando condescendiente. Esbozó una sonrisa forzada, estirada.
—La primera vez que mate a un hombre decidí que mi vida era más importante.
Eso no lo consolaba, marcaba la pauta de que el uno o el otro estaban equivocados, siempre interpretando cosas de más, dejando trampas en el camino, púas, giros incomodos y conclusiones erradas.
—Deberíamos huir a alguna parte— susurró ella, cambiando el tema. Su voz sonaba más apacible, trémula. Por el brillo en sus ojos podía intuir que las lágrimas empezaban a contenerse. — Comenzar de nuevo.
Al igual que él, Sakura buscaba la manera de escapar, anhelaba desvanecerse de sus obligaciones, tener el poder de elegir y no someterse a los designios de los demás, controlar su propio destino. Si lo veía de esa forma, el también lo deseaba, toda su vida había servido fielmente a su familia, poniendo encima el bienestar de los de su estirpe a costa de su felicidad.
— ¿A dónde iríamos?
Sasuke sabía que ese utópico pensamiento nunca se cumpliría. Al final del día, la lealtad ciega a sus familias terminaría por doblegarlos. Sin embargo, permitirse soñar con una fortuna diferente sosegaba las penas.
—A la costa, en la playa— sugirió, secando las lágrimas con el dorso de su mano, mostrando una sonrisa sincera.
—Podríamos construir una pequeña casa en la orilla— agregó el Uchiha. Echó un vistazo a los dispendiosos dedos de la chica. Moría de ganas por entrelazarlos con los suyos, atraparlos con firmeza y nunca soltarlos.
—Pero no tan pequeña, ¿Dónde dormirían nuestros hijos?— dijo ella, escandalizada, llevándose una mano al pecho ante la impresión de pasar el resto de sus días solos.
— ¿Hijos?— habló Sasuke, divertido. Juró que por un segundo, el embrollo de la guerra había desaparecido y que aquella conversación formaba parte de un futuro cercano y no una fantasía.
—Sí, ¿acaso no te gustaría enseñar a montar a un pequeño Sasuke o Sakura?
Una extraña sensación de calor se expandió en su pecho. Nunca tuvieron esa conversación, ni siquiera cuando fueron unos jóvenes soñadores, dispuestos a escabullirse en la oscuridad de la noche, ansiosos de dejar todo atrás y nunca volver a Konoha.
—Tal vez, uno o dos— confesó.
El silencio impero, condenando las sonrisas a muerte. Por supuesto, Sakura algún día tendría hijos. Traería al mundo príncipes y princesas, pero no serían suyos, sino de Neji Hyuga. Quizás nunca llegaría a desarrollar amor por el heredero de la estirpe de ojos color perla, pero si por renuevos que ella engendraría.
En su cumpleaños número dieciocho, su padre se había tomado la molestia de compartir algo de sabiduría de guerreros en un día tan especial. En medio del bosque, postrados a los pies de los restos de una agonizante fogata, Fugaku le dijo que cuantas más personas amara, más débil seria, haría cosas por ellos que no debía hacer, actuaria irracionalmente por hacerlos felices y mantenerlos a salvo. Tal vez se refería a Sakura.
La pelirosa colocó nuevamente sus manos sobre su regazo. La alharaca de felicidad comenzó a diluirse en una de tristeza.
—Mi señora— habló un caballero de armadura oscura y capa escarlata. Llevaba el yelmo bajo el brazo y la espada colgando del cinturón. Inclinó hacia delante su cuerpo para quedar a la altura de la pelirosa, echó un vistazo a Sasuke y luego a la chica. — La corte se va a reunir enseguida— anunció.
Sakura asintió, y con un ademan agradeció las atenciones de su mano derecha.
—El deber llama— dijo con resignación, poniéndose de pie. Dejó la servilleta de tela en la mesa. Sus damas se prepararon para seguirla.
El Uchiha se tensó al sentir el suave agarre sobre su hombro, su tacto era como el fuego. Sin más remedio, permaneció en su sitio y la vislumbro desaparecer mientras las palabras de su padre resonaban en su interior como las oraciones de una maldición.
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La sala de audiencias se ubicaba en un nivel inferior, era una estancia de cúpulas altas, con paredes y pilares recubiertos de bellos mosaicos de mármol. Pese a su exquisitez, era un lugar oscuro, apenas iluminado por la trémula luz de las antorchas. Antes de congregar a los miembros del consejo, ordenó retirar el trono de marfil dorado, utilizaría como asiento real una sencilla silla de ébano. No estaba ahí para ganarse el respeto con opulencias ni una falsa imagen. Pese a los comentarios de los nobles, optó por utilizar la sencilla corona que los herreros habían forjado para ella esa mañana; un aro abierto de cobre batido, con incipientes formas de hojas, y por encima diez espinas de hierro. Era oscura, apagada, no había nada de oro ni plata, tampoco piedras preciosas, solo una tiara austera.
Sus soldados vestían el sencillo atavió de cuero en lugar de las pesadas armaduras de acero. Dos de ellos aguardaban por ella cinco peldaños debajo de la tarima, con los yelmos puestos y las capas escarlatas cayendo sobre sus espaldas como una cascada carmesí.
Se removió inquieta en su asiento. Contempló los rostros de los nobles que la examinaban con disimulado escrutinio. Algunos intercambiaban comentarios en susurros, otros no se contenían y la miraban con rencor mientras la llamaban usurpadora. Estaban molestos, ¿y por qué no?, había aprovechado las debilidades de Sasori para asesinarlo. Por sus manos corría la sangre, y sobre su espalda cargaba la culpa. Sasuke tenía razón, decidió que su vida era más importante, sin pensarlo dos veces atravesó su pecho y lo miro agonizar.
—Todos estos hombres aguardaron por ti, jovencita– masculló Chiyo en su oído, lanzando una mirada a los opulentos nobles ataviados con telas lujosas y joyas excéntricas—. Son poderosos y están molestos porque asesinaste a su rey.
Como si la culpa no fuese suficiente tormento, Sakura debía cargar con la pena de haberle arrebatado a la anciana su único nieto. La chica había cobrado mucho afecto a Chiyo. La pequeña curandera de ojos oscuros poseía una sabiduría inigualable.
Antes de rebatir, opto por guardar silencio. Ansiosa, buscó un rostro conocido entre la multitud. Estaba sola en ese embrollo, no tenía a nadie que la guiara, toda su vida la dedicó a instruirse en cómo ser una dama, una esposa digna, complaciente, perfecta, no una emperatriz. Pensó en enviar a uno de sus soldados a localizar el pelinegro, pero no deseaba perturbarlo, era su deber como soberana lidiar con tales problemas, hacerle frente a la batalla.
Irguió su espalda y aprensó los bordes del brazo con fuerza, afianzando sus dedos a la madera blanca.
— ¿Cuántos han solicitado audiencia esta mañana?— inquirió, posando sus fanales esmeraldas sobre el rostro arrugado de la anciana. Chiyo conocía mejor que nadie ese lugar, dio a luz a un emperador, el cual trajo a otro, el mismo al que ella asesinó sin remordimiento. Tenía la certeza que los años de experiencia la ayudarían a labrar su propio sendero.
—El consejo del antiguo emperador— respondió. — Llegaron anoche procedentes del otro lado del mar.
Sakura procuraba no lucir nerviosa, de esa forma no desvelaría debilidad. Tenía suficiente con ser el centro de atención de los nobles presentes en la sala, los bardos se habían encargado de esparcir su historia en las tabernas y las posadas, añadiendo algunos elementos, tergiversando la realidad. Muchos la consideraban la solución a sus problemas, como si fuese a entregarles una especie de salvación divina, otros la maldecían, adjuntándole el título de conquistadora, revolucionaria.
Sus ojos viajaron por tercera ocasión en la sala. Lanzó un suspiro de genuino alivio cuando las enormes puertas de madera decoradas con cobre dorado se abrieron, permitiéndole el paso al azabache. Las miradas se posaron en el Uchiha, quien caminaba con paso firme y andar elegante por el estrechó camino embelesado por una alfombra azul. Subió los escalones del tinglado y se situó a su costado izquierdo, emulando la postura de sus soldados.
—Háganlos pasar, por favor— su voz reverberó hasta las profundidades de la cúpula.
Ingresaron a la sala cuatro hombres. Sakura se percató que las riquezas en esa nación superaban lo inimaginable. Todos ellos iban ataviados con selectas túnicas de colores vivos y brocados de oro. La mayoría llevaba collares con joyas preciosas colgando de sus cuellos, brazaletes o anillos en todos los dedos. Por un momento se sintió insegura, quizás su atuendo era muy austero en contraste con el de los nobles.
—En pie, mis señores.
Su voz no era tan gélida, pero tampoco parecía una chica de veinte años. La guerra y sus últimas vivencias la habían convertido en una mujer antes de tiempo. Los escasos rayos de sol que se filtraban arrancaban tenues destellos de la tiara de la pelirosa.
Un incómodo silencio reinó en la sala. Sakura estaba ahí para escuchar sus peticiones, así que ellos debían ser los primeros en hablar. Dubitativa, lanzó una mirada a Chiyo buscando consejo. La anciana hizo un ademan con la mano, pidiéndole que se tranquilizara.
—Mis sinceras felicitaciones, mi señora, por convertirse en la primera emperatriz de esta poderosa nación— habló el primero de ellos, dando dos pasos hacia delante. Su piel era color cobriza y sus ojos avellana albergaban un genuino brillo de amabilidad, la nariz era ancha, achatada, labios gruesos y rellenos. Utilizaba los rizos de su cabello corto, y sobre su frente yacía un tatuaje en tinta blanca; cinco puntas de flecha apuntando hacia abajo.
—Alteza— corrigió Chiyo. Era la más fiel y sincera entre sus filas. Había sido la primera en coronarla como emperatriz, y no toleraría que se hiciera los menores desaires a la pelirosa.
—Alteza— se apresuró a ratificar. — Discúlpeme.
—La muerte de Sasori ha sido un infortunio— dijo Sakura poniéndose rígida.
Los murmullos brotaron en la sala como el sonido del riachuelo cruzando los jardines.
—En ocasiones la tragedia es necesaria para dar la bienvenida a nuevos horizontes— argumentó.
La chica examinó sus rostros desde lo alto del trono. Podía identificarlos a todos por la breve introducción otorgada por Chiyo antes de ingresar a la sala. El primero en hablar era Niwa Ippei, poseedor de cuatro de las galeras mercantes más famosas en el mundo. Si su memoria no le fallaba, su padre había negociado con el de Ippei en el pasado, su estirpe era tan reconocida como el de los mismos Haruno.
—Todos ustedes desean verme fuera— la afonía se hizo en la sala. Sus palabras habían tomado a todos con la guardia baja. No gastaría energía ni tiempo en adulaciones ni tetras malignas, era hija de un renombrado comerciante, la sangre de grandes negociantes corría por sus venas, podía manejarlo.
—No desperdicia palabras, su excelencia— se apresuró a responder otro de los presentes, un chico alto, con aspecto de guerrero, de cabello cerúleo y piel morena. Una cicatriz surcaba su ceja derecha. Era bien parecido. Podía apostar que el sueño de toda mujer era convertirse en su esposa o en el peor de los casos, su amante. No pudo evitar notar como el calor se le precipitaba al rostro al sentir su inquisitiva mirada sobre ella, la contemplaba con fervor, como si fuese la única mujer en la faz de la tierra.
No obstante, conocía a los de su clase, bastardos petulantes que solo buscaban una forma de adquirir un título sin importar los medios. Muchos hombres de tal talente acudieron con su padre solicitando su mano, jurándole riquezas, tesoros inigualables, hijos y una vida plena. Kizashi era más inteligente de lo que aparentaba, y tratándose de ella, solo podía dejarla a manos del mejor postor, el cual resulto ser nada más y nada menos que Hyuga Neji.
Por primera vez, desde su huida, la imagen de su prometido se tornó más clara.
—Sabemos cuál es su situación actual, su alteza. — Sakura miró al hombre, estaba de pie, con los pulgares enganchados al cinto de cuero del que colgaban algunas cuentas, y el rostro inexpresivo. Su cabeza emulaba el brillo que los rayos del sol conferían a su tiara, tenía las orejas perforadas, y de estas colgaban dos pesados pendientes de oro. En sus mejillas se trazaba una marcha de pigmento blanco en forma de colmillo, la base comenzaba debajo de la oreja, sobre la quijada y la punta terminaba por debajo de la cuenca del ojo.
— ¿Ah, sí?
—Su familia está en bancarrota y el Reino del Fuego se encuentra bajo asedio. Dado esto, supongo que no cuenta con los recursos necesarios para solventar las necesidades de sus soldados, no posee tierras ni títulos, mucho menos barcos para transportar a quince mil hombres armados. Claramente no está en la mejor posición.
Sakura lucia imperturbable ante las duras palabras del consejero, en su lugar, hilvano una ínfima sonrisa, torciendo la comisura de sus labios en un gesto soberbio.
—El oro gana las guerras— masculló.
—Es un momento vulnerable, su excelencia, cualquiera lo aprovecharía para iniciar una guerra, tiene demasiados enemigos.
La pelirosa pensó en las dos opciones que tenía; la primera, ordenar a sus soldados apresar a los consejeros, decapitarlos y decorar las picas de las murallas con sus cabezas. Simplemente imaginarlo le removía las entrañas. Su objetivo no era transformarse en un déspota como Sasori. La segunda era llegar a un acuerdo donde ambas partes salieran beneficiadas.
—Y supongo que ustedes tomarían ventaja de eso, ¿no es así?— rebatió.
—Todos podemos salir beneficiados— habló el último de ellos. Era el más viejo, llevaba el cabello trenzado en los costados y una exótica cresta resaltando en lo más alto. Tenía cicatrices por todo el rostro, una barba descuidada, de aspecto rudo, intimidante.
—Gane la primera de las batallas— dijo Sakura.
—Por el momento— las esperanzas de todos reposaban en el último consejero. — Su ejército no es invencible como muchos creen— masculló, añadiendo cierto tono de advertencia.
— ¿Y qué es lo que proponen, mis señores?— cuestionó. Un poco más de dulzura y habría vomitado. Lo cierto era que detestaba verse entrometida en esa situación. Si había asesinado a Sasori era para rescatar a Sasuke y dejar el imperio en manos de Gaara.
—Tenemos buena memoria, no la dejaremos desamparada. Como muestra de compromiso, ofrecemos que su estancia sea permanente. Le otorgaremos una generosa parte del presupuesto imperial y vivirá el resto de sus días como una mujer rica, con la condición de sellar la alianza con un matrimonio.
— ¿Un matrimonio?— cuestionó, incrédula.
Sakura contempló de reojo al azabache. Si la sugerencia le había causado molestia no lo expresó. Tenía una mueca mortalmente seria trazada en el rostro, luciendo imperturbable.
—Ban Yoson le dará muchas riquezas, promete hacerla la mujer más dichosa en la faz de la tierra.
La chica se quedó sin palabras. Ban Yoson era el más joven de todos, el chico atractivo. Dubitativa, pasó entre sus dedos la cuenta que colgaba del collar que Neji le obsequio, no obstante, en ese preciso instante, su mente estaba ocupada por el efigie de Sasuke, el recuerdo de aquel beso, esa prueba de fuego, la tentación de la carne y las irracionalidades del amor. Todo eso convergía y la llevaba al mismo punto: Uchiha Sasuke.
— ¿Qué hay sobre sus amantes? ¿Ellas están de acuerdo con esto?– Indagó Chiyo, acudiendo a su salvación.
—Si su majestad acepta casarse conmigo, las repudiare a todas, no tendré ojos para otra mujer, mi atención y lealtad se dirigirá completamente a usted— habló el muchacho.
Escuchó a Sasuke emitir una especie de risa, el sonido era una mezcla de diversión y hastió.
¿Había reaccionado de la misma forma cuando supo de su compromiso con Neji?
—Es un gesto muy noble de su parte, mi señor— dijo Sakura, carraspeando para deshacer la piquiña de incomodidad instalada en su garganta— mas no puedo aceptarlo. Meditare respecto a las demás opciones, si es que las hay.
El chico la miraba, descontento.
—La otra opción es que tome a sus soldados, salga por las enormes puertas y no regrese jamás— dijo con modulación hostil.
El musculo orbicular se contrajo, acentuando la protuberancia en torno a las comisuras, haciendo pasar su sonrisa desdeñosa por una autentica.
Si bien, el oro de esos hombres la ayudaría a alimentar a su ejército durante tres meses y adquirir unos barcos, Sakura se preguntaba cuál sería el costo. Aquella mañana salió a dar un paseo por las calles de la ciudad, dirigiéndose al sector más marginado, donde la esclavitud era el único medio viable para sustentarse, mujeres, ancianos y niños portaban cadenas en sus muñecas. Todos ellos la contemplaban con cierto desconcierto y después lo vio; esperanza.
—Me temo que no puedo dejar el trono en manos de ustedes— habló, firme—.Estoy aquí cumpliendo mi papel de regente, el Rey Gaara no demorara en arribar y reclamar lo que le pertenece por derecho.
—Ambos son reyes extranjeros, nadie los seguirá— argumentó el chico al que había rechazado.
Sakura se puso de pie, permitiéndoles admirar su estilizada y aristocratita figura embelesada en telas índigo.
—Taira— mencionó el nombre en voz alta, atrayendo la atención de uno de sus soldados, quien rápidamente contesto el llamado, postrando la rodilla en el suelo y la mirada en su rostro—. Trae mi espada— comandó.
El chico asintió, se irguió en su atlética figura y dirigió su andar hacia la pequeña puerta dispuesta a lado del patíbulo, resguardando la íntima habitación destinada a albergar reuniones más íntimas entre el emperador y sus consejeros. Al cabo de unos segundos, el joven reapareció en la sala, con la espada de pomo dorado enfundada entre sus manos. Se la ofreció a Sakura, con el puño por delante. Ella enredó sus lánguidos y finos dedos alrededor de esta, desenvainando elegantemente.
Los presentes en la sala contuvieron la respiración, quizás porque pensaban que la tiranía corría por la sangre de la chica y asesinaría a los consejeros para quitar obstáculos de su camino, o tal vez porque se trataba de la mítica espada que muchos intentaron obtener sin éxito y que ella había extraído de los huesos y las piedras del avaricioso emperador.
—Esta es una ciudad de esclavos— puntualizó, colocando la punta de la hoja en el gélido piso de piedra. — Mientras ustedes, los nobles, duermen en lechos blandos, comen alimentos exquisitos y viven en mansiones, los otros pasan el resto de sus días inmersos en el miedo y la mugre— dijo con severidad. — ¿Cuántas monedas de oro obtienen por una mujer para ser esclava de cama? ¿O por un niño?
Los ahí presentes guardaron silencio.
—Eso llegó a su fin. — espetó sin dar espacio a las réplicas. Dio media vuelta y regresó a su asiento. Su mayor preocupación eran los desprotegidos, esas personas que solo conocían el dolor y que debían vender su integridad para obtener un poco de pan.
—No aceptaremos los designios de una puta extranjera— siseo uno de los hombres, lanzando un escupitajo al suelo
Los linajudos en la habitación intercambiaron palabras escandalizada, transformando los susurros en un barullo digno del puerto o los mercadillos locales.
Aquel hombre había osado a faltarle el respeto y los espectadores esperaban una réplica de su parte. No era la primera vez que alguien la llamaba de esa forma, tampoco sería la última. Si algo comprendió al inicio de ese juego de hombres era que no soportaban la burla por parte de una mujer, la humillación.
Abrió la boca para decir algo, pero sus palabras quedaron contenidas en sus labios al atisbar a Sasuke dar un paso adelante, intimidante, llevando una mano al pomo de su propia espada. Sus orbes oscuros ahora eran de un color carmín, amenazante, con el espiral trazado en un patrón tan hermoso, pero a la vez peligroso.
—Cuida tus palabras si aprecias tu lengua— advirtió.
Sin embargo, Sakura no pretendía convertir la primera audiencia en una carnicería. No era digno de ella. Invariable, rodeó el antebrazo de Sasuke, llamando su atención con el ligero tacto, podía sentir el calor de su cuerpo traspasar la barrera de la tela y quemar abrasiva la yema de sus dedos.
El azabache comprendió, por más que los insultos hacia su compañero lo sacaran de quicio, respetó sus designios, retrocediendo un paso, manteniéndose cerca de la chica por si otro asunto desagradable surgía.
—Han sido muy amables colmándome de joyas y oro— vociferó, dirigiéndose a los presentes en la sala, quienes acudían a mostrar respeto y jurarle lealtad.— No obstante, me temo que no dispondré de ellos— añadió, rechazando las ofrendas con las que los súbditos y consejeros esperaban comprarla—. Lleven los cofres a las arcas imperiales— concretó a sus hombres.
—Dijo que los rechazaría— rechisto el "caballero" que minutos atrás la había etiquetado vilmente como puta extranjera.
—Dije que yo no dispondría de ellos— aclaró—. Pero tengo en mente una forma en la que podría sacarles provecho.
Destinaria las riquezas a solventar las necesidades de los pobres. Contaba con los lingotes y piedras preciosas suficientes para construir viviendas dignas y otorgarles una mejor calidad de vida.
—Muy bien— asintió Sakura—. Shoin, Kiyonobu, encárguense de dirigir a estos honorables hombres a la salida del palacio. En caso de que alguno de ellos se rehusé a reconsiderar su posición actual, corten su cabeza.
—Como ordene, alteza— respondieron ambos al unísono.
—En ese caso, hemos terminado por hoy.
Los nobles reunidos en la estancia hincaron una rodilla en el suelo cuando Sakura se volvió para marcharse, seguida de cerca por Chiyo y Sasuke.
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La pelirosa soltó un suspiro de genuino alivio al cruzar el umbral de la puerta trasera de la sala. Llevó una mano a su pecho, notando el desbocado palpitar de su corazón. Se sentía mareada, tenía las entrañas revueltas. La audiencia había sido más áspera de lo vislumbrado.
No era del tipo de personas que sumergía sus pesares en alcohol, más en ese preciso instante requería un poco de vino para aclararse la mente y sosegar sus nervios. Dirigió sus pasos hacia la pequeña mesa de ébano, ceremoniosamente, bajo la mirada inquisitiva de sus dos acompañantes, vertió una generosa cantidad de líquido carmín en una copa de plata; colocó la jarra en su sitio y llevó el contener de menor tamaño hasta sus labios, bebiendo de un elegante trago todo el contenido.
—Lo hiciste bien, niña— comentó Chiyo, contemplándola con cierta diversión. — Ese montaje con la espada no lo esperaba— admitió, echando vistazo a los dos jóvenes.
Sakura se quitó la corona con ambas manos y la situó sobre una de las enormes mesas de la habitación.
—Sí, bueno— susurró la chica. Si seguía bebiendo a ese ritmo estaría ebria antes del atardecer—.Ser emperatriz no era parte del plan— sonrió aterrada, posando sus fanales esmeralda en el rostro imperturbable del Uchiha.
Chiyo tomo ese gesto como una señal para marcharse. Expresó sus disculpas y excusó su repentina partida con el cansancio, bien fundamentado gracias al ajetreo de los últimos días. Cuando el sonido de las voces y el de sus pasos se desvanecieron en la prolongada longitud del pasillo, Sakura sujetó con fuerza la plata fría de la copa, sin apartar la mirada de la de Sasuke.
—Anda, sé que tienes algo que decir— dijo ella con un suspiro.
Conocía a Sasuke lo suficiente como para saber que el pelinegro intentaba resguardarse una opinión, sin mucho éxito. El azabache miraba a lo lejos, por la ventana, los jardines que decoraban los rincones del palacio. Le gustaban sus ojos, oscuros y enigmáticos, y le gustaba que fuese tan alto. Su cuerpo había adquirido la forma de un guerrero, que si bien no era corpulento, imponía suficiente respeto con su estilizada figura y sus músculos acentuados.
—Deberías considerar las ofertas de los miembros del consejo— respondió él mientras recorría la corta distancia que quedaba hasta uno de los sillones.— Puedes tomar sus regalos, vender la espada y vivir como una mujer rica por el resto de tus días.
Ella depositó la copa junto a la jarra. Lo que menos le apetecía era un debate sobre los peligros a los que se exponía si continuaba con la encomienda. Tanto Sasuke como Naruto consideraban adecuado dejarla atrás, en un sitio seguro. La habían subestimado. Gracias a ella contaban con un ejército y ahora planeaban arrebatárselo de las manos, obligándola a cumplir el rol de damisela abnegada.
—Los dioses no me otorgaron la espada para venderla— objetó. — Se lo que tú y Naruto traman— apuntó con un dedo acusador. Quizás sonaba paranoica. — No voy a quedarme aquí sentada mientras ustedes se llevan todo el crédito.
— ¿Con que de eso se trata?— cuestionó el Uchiha.
—No me refería en lo absoluto a eso— dijo irritada, poniendo los ojos en blanco.
En ocasiones Sasuke podía ser tan insufrible como se lo proponía. Había tomado el papel de víctima, el ultrajado y ofendido, defendería su posición hasta obligarla a admitir algo que ella repudiaba. Por fin, después de mucho tiempo era capaz de degustar la libertad y no estaba segura de querer renunciar a está confinándose en una residencia para salvaguardar su vida.
— ¿Qué demonios es lo que quieres?— exclamó, exasperado. Había abandonado su asiento. Solo escasos centímetros apartaban sus cuerpos, los cuales, con un paso más serian inexistentes.
Por supuesto, el azabache era varios centímetros más alto que ella, bien sabía que él utilizaría su cuerpo como ventaja, tratando de intimidarla. El aroma que emanaba de su piel impregnó sus fosas nasales, avivando las peligrosas llamas en su abdomen, almizcle y madera, lavanda, salvia y bergamota, iris, ámbar y cacao, vetiver, pachuli y cuero. Desde ese sitio era capaz de percibir el calor que irradiaba, tal vez se debía a las altas temperaturas del desierto o a su creciente malestar, a Sakura no le importó, era incapaz de concentrarse en banalidades.
Los ojos verdes subieron hasta sus labios, rememorando el dulce tacto y lo suaves que eran. Parecía irreal, pero él le había concedido el castigo con el que anhelaba desde que tenía memoria. Necesitaba probarlos una vez más, asegurarse que lo acontecido la noche anterior no era producto de su imaginación. Pero estaba tan molesta, así como pretendía devorarlo a besos también planeaba borrarle esa expresión de satisfacción de una bofetada.
Consiente de las consecuencias que sus erradas decisiones traerían, dio un paso hacia atrás, giró sobre sus tobillos, y sin mostrar tentativa de contemplarlo posó ambas manos sobre la superficie del escritorio.
—Necesito un momento a solas— solicitó, ocultando el temblor en su voz.
Besarlo había sido indigno de ella, por los dioses, ¿en que se estaba convirtiendo?
Escuchó los ligeros pasos de Sasuke resonar en la estancia y después desvanecerse.
Sin embargo, no podía traicionarse del todo; no había la menor duda de que aconteció una clase de revelación. Cuando volvió la vista hacia la puerta, el azabache ya se había marchado.
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El cielo se atiborraba de capas de nubes aterciopeladas dando pinceladas anaranjadas, cayendo como deteniendo el tiempo. La hojas de los arboles emulaban el color del firmamento y de un color negro las ramas entrevistas entre el follaje. El sol se había tenado, la temperatura parecía descender, tornando el juguetón aire en un latigazo gélido.
Durante más de una hora, al volver de su desagradable reunión con Sakura, había estado recostado en el suave lecho de plumas de su habitación. Sus ojos abandonaban las líneas trazadas en el quebradizo y viejo papel para posarse en el paisaje enmarcado del cielo, mientras tamizaba sentimientos herméticos y reproducía una y otra vez determinas vivencias.
Los músculos de su abdomen se tensaron al evocar pinceladas desapercibidas, o al menos, ignoradas, condenadas al destierro de los pensamientos impropios, cerca de las entelequias. Sus núbiles pechos reluciendo entre el escote de la tela, enmarcados por el estrecho valle decorado con patrones vegetales. Su cuello, difuso y albo, inmaculado como el resto de su cuerpo, lechoso pilar que incitaba al más honorable de los hombres a pecar.
Irritado, se reincorporó en la cama, tomando asiento al borde del colchón. Dispuso el antiguo tomo que había extraído de la biblioteca con la intensión de disipar sus pensamientos, distraerse un momento. Claramente su plan había fracasado, porque en cada pequeño fragmento visualizaba a Sakura, desnuda, imaginando la forma en la que su enlucida piel brillaba bajo la luz.
No era ajeno a las sicalípticas abstracciones de la mente, después de todo era un hombre, y por más que procurara contenerse, su cuerpo reaccionaba a estímulos visuales. Procuraba mantener aquello como un secreto, durante su tiempo en el exilio, se encontró a si mismo visitando las casas de placer. Shisui procuraba hacer antesala en los burdeles, la mayor parte del tiempo para beber, entablar conversación con una dama o atracar sus más primitivas necesidades. Todos los hombres acudían por una razón, por el propósito de colmar un vacío.
Encomendaba a la memoria una experiencia en particular; luego de una larga batalla, acudió con su hermano y Shisui a una de las mancebías más populares del Reino de la roca. Ingresaron al sitio, ataviados en sus atuendos de guerreros ocultos bajo las capas. Tomaron asiento en una mesa ubicada en un rincón de la oscura estancia, solicitaron tres tarros de cervezas y contemplaron el espectáculo que las damas otorgaban a sus hambrientos espectadores. . La casa de meretrices resguardaba recelosa un diamante en bruto, no le tomó mucho tiempo identificarlo, la chica era toda una belleza exótica; piel cobriza, enigmáticos ojos avellana ocultos tras una lánguida cortina de pestañas negras, nariz pequeña y respingona, labios perfectamente enmarcados, voluptuosos y carnosos. Iba desnuda, contoneando sus peligrosas curvas a medida que transitaba por el lugar con sinuosas caminantes, entre risas y tentativas. Luego de finalizar la presentación por la cual se había ganado fama, la diosa se tomó la libertad de elegir a su acompañante aquella noche. Se abrió paso entre las manos deseosas y se colocó frente al azabache, entrelazando su tersa mano con la de él, arrastrándolo a la parte superior, donde los aposentos se ubicaban. Aquella noche conoció porque era tan bueno el sexo, si bien, no sucedió nada más, los contoneos sobre su regazo y las caricias que esparcía sobre su piel fueron suficientes para hacerle ver que no era diferente a los demás y compartía la misma debilidad que sus compañeros de batalla.
Se puso de pie y caminó hasta el balcón. Sakura estaba mortalmente arrepentida por sus acciones, sin embargo, desconocía el efecto que aquel beso había causado en él. Tenía que encarar la cólera de la pelirosa.
Decidido, por fin, salió de su habitación medio vestido. La camisa de algodón que minutos antes portaba con elegancia bajo un jubón ahora era nada más que tela desordenada saliendo de su pantalón, parte de su pecho quedaba expuesto. Se preguntó qué clase de palabras sería prudente pronunciar. Como en todos los palacios, la fortaleza guarecía cientos de habitaciones, todas con una finalidad. Cuando llegó a la planta baja, la oscuridad de la noche imperaba en las galerías de los jardines, la pálida luz de la luna menguante iluminaba los caminos apenas alumbrados por las antorchas. Para su fortuna o desgracia, no había ni un alma transitado por el castillo. Sakura procuraba no extenuar a la servidumbre y los despachaba antes del anochecer. Imaginaba que la pelirosa andaría por ahí rumiándose, las audiencias terminaron temprano, y el último de los consejeros acepto cordialmente cenar con ella antes de marcharse. Tenía tal información gracias a las doncellas, su boca era suelta, y andaban por su cuarto como si el no estuviera ahí.
Tras varios minutos de discreta búsqueda, la localizó en una de las estancias cerca de la biblioteca; la puerta entreabierta desvelaba la luz de las velas, indicándole que alguien se encontraba ahí. Sin pensarlo demasiado, empujó el rastro de madera. Su corazón por poco se detiene al contemplarla; estaba de espaldas, demasiado absorta en los pergaminos para percatarse de su presencia. Había cambiado el vestido lila por uno blanco. La tela simulaba las escamas de un dragón, ajustándose al talle a la perfección. La espalda, descubierta en su esplendor a duras penas oculta tras el carnaval de ondulantes hilos rosados.
La muy desgraciada estaba vengándose, lo torturaba por su imbécil, mostrándole los recovecos del cuerpo que estaba destinado a Neji Hyuga. Pensó en marcharse, era la mejor idea, la más prudente. No obstante, era un guerrero, demasiado fuerte para perder, demasiado orgulloso para rendirse.
La chica viro sobre sus tobillos, encarándolo. Entre sus manos llevaba algunos papeles, todos con perfecta caligrafía plasmada. Sus ojos tenían un brillo lemantino, y su piel, suave, lo incitaba a recorrerla con la yema de los dedos, preguntándose si sería tan tersa, tan perfecta.
Lejos de aguardar por la invitación a ingresar, cruzó el umbral, cerrando la puerta tras de sí. Sobre una de las mesas reposaba un enorme mapa de todos los reinos, el cartógrafo había trazado cada detalle, era viejo, lo sabía por el papel quebradizo. Sobre el pergamino reposaban las figuras que los caracterizaban, solicitarían a Gaara, como cobro del favor, todas las galeras disponibles para transportar a los hombres de la pelirosa hacia Uzushiogakure, dándoles tiempo suficiente para adquirir las reliquias restantes.
—Sobre nuestra conversación está tarde…— habló, inseguro. Carraspeo un poco para aclararse la garganta. Conjeturo que al cabo de unos minutos estaría caminando por los pasillos, de regreso a su habitación—lo lamento.
—Si— respondió ella, lacónica.
Siguió cada uno de sus movimientos con la mirada. Recorría la figura rectangular de la mesa, deambulando a su alrededor. Se acercaba aún más. Pensó que lo evitaba, dio otro par de pasos en dirección hacia ella.
—Lo del beso ha sido una estupidez. No pretendía ofenderte. Estoy consciente de tu compromiso con Neji y no pretendo ser el causante de la discordia entre ustedes dos.
Ella detuvo sus pasos. Descansó ambas manos en la mesa, aprisionando su propio cuerpo con el mueble y el de Sasuke. Fue ahí cuando se percató que Sakura no tenía intenciones de huir, sino de atraerlo. No tenía nada que perder, ya estaba maldito, de modo que avanzó lentamente mientras ella iba retrocediendo, hasta que, al tomar asiento sobre la mesa, frenó sus movimientos.
Se encontraban lo suficientemente cerca para contemplarle el rostro. Tenía las pupilas dilatadas bajo un brillo intemperante, enigmático.
—Hace de esto semanas, tal vez meses— se le estrechó la garganta. Respiró hondo y continuo, más reflexiva—. Desde la noche anterior todo ha sido muy raro. Creí que mis sentimientos por ti se habían desvanecido, que tu regreso no generaría nada en mi interior, estaba tan molesta contigo, por marcharte, por dejarme. Teníamos una promesa, Sasuke, y la rompiste— dijo, conteniendo las lágrimas, encajando su dedo índice sobre la carne de su pecho, como si fuese un puñal buscando atravesar la delicada coraza blanquecina. — Y de repente regresas, como si nada hubiese sucedido. Me dije a mi misma que podía sentir lo mismo por Neji, pero a medida que pasaron los días el desapareció de la imagen y tu…maldita sea, tú lo sabias. Sabes a lo que me refiero.
Por supuesto que lo sabía, aquella idea no dejaba de atormentarlo. Tenía miedo de que sus sentimientos no fueran bien correspondidos, de que sus ondas su pociones fueran incorrectas, pero era sencillo detectar esa clase de cosas, sobre todo cuando provenían de Sakura.
Se acercó más.
No hacía falta mencionar el obstáculo insalvable que impedía su relación. Hyuga Neji era un maldito fantasma entre los dos, una maldita atadura para Sakura y tormento para él. Se miraron uno al otro, confundidos, incapaces de romper el silencio.
Ella acunó una de sus mejillas, la piel estaba fría al tacto. Sasuke acortó la distancia, tenía la inseguridad de que en cualquier momento ella se escabulliría, o le cruzaría el rostro con una bofetada. Los fanales esmeraldas de la chica seguían posados en su faz, expectantes, llenos de miedo. Sintió como sus pequeñas manos reposaban sobre sus hombros, atrayéndolo hacia sus adictivos labios, sellando la tensión con un anhelante beso.
Ninguno de los dos quería pensar en lo que sucedería cuando regresaran a Konoha. Audazmente, afianzó los dedos a su cintura desnuda, ejerciendo la presión suficiente para dejar moretones. Un contacto de lenguas arrancó de los rincones de la garganta de Sakura un extraño sonido suspirante.
La acorralo con mayor confianza contra la mesa, situándose entre sus muslos, notando como ejercía una fuerza, evitándole huir de la prisión de sus piernas, enrolladas entorno a su cintura. El beso se rompió por un ínfimo momento, para luego ser retomado por Sakura, con mayor ímpetu y abandono.
Las manos de Sasuke la aferraban contra su cuerpo, una en su espalda, con los dedos enredados en su cabello y otra en sus glúteos. Las figuras antes meticulosamente colocadas, cayeron al suelo. Los dos se miraron, pero ninguno tuvo el valor suficiente para frenar lo que estaba sucediendo.
La chica hundió sus manos en el cabello de Sasuke, acariciando su cuero cabelludo, atrayéndolo hacia ella con avidez. Soltó un gemido cuando el mordió su labio inferior. Su corazón latía errático bajo su pecho, aquello iba más allá de lo permitido y no había vuelta atrás.
—Sakura— murmuró Sasuke en su oído. Su voz era ronca, un tono más bajo del habitual, pero fuerte como el acero. Hurgó sus dedos entre los tirantes del vestido, trazando un camino de besos que lo llevó hasta su clavícula, acariciando los hombros desnudos con sus labios. Era tan perfecta, inclusive más de lo que había imaginado. Desarregló un poco más la prenda para descubrir sus pechos, delicados, suaves. Atisbó el tatuaje que comenzaba entre el valle de estos, hasta bajar a su esternón, por los planos lisos de su abdomen.
—Sasuke—gimió ella, entrelazando más las piernas alrededor de su cintura, invitándolo a romper las barreras de la moralidad y las promesas. La parte superior de su vestido había resbalado hasta la altura de su cadera. Los pequeños montículos rosados resaltaban erectos, elevándose al compás de su respiración agitada.
No le sorprendía la claridad con la que ambos parecían conocer sus cuerpos. El azabache deslizó las manos por la extensión de sus muslos. Era imposible ocultar los efectos que los besos de Sakura estaban produciéndole al estoico guerrero. Podía sentirlo duro, palpitante e impaciente tras los pantalones. La joven se apresuró a escabullir las manos bajo su camisa, palpando el abdomen marcado y como los músculos se tensaban ante su tacto. Pasó la tela de algodón por encima de su cabeza, delegándola al suelo.
Sasuke se percató del extraño y embriagante olor que inundaba la habitación. Era una fragancia femenina, caliente, hipnótica. Sintió la humedad en la entrepierna de Sakura, un calor desprendía de la zona más privada de la chica, clamándole a gritos, suplicante.
Algo resonó en su conciencia. No podía permitirse tomar a Sakura salvajemente, no de esa forma. Podía ser un ideal romántico que tenía bastante arraigado, pero debía ser especial. La chica era una dama, y por más que deseara arrancarle el vestido y hundirse en ella, la poca razón que le restaba le decía que estaba mal.
Sasuke posó su frente con la de ella, rechazando la invitación que le hacía, bajando sus manos hasta sus rodillas. Tan solo sus respiraciones agitadas resonaban en la habitación. Depositó un beso sobre su frente antes de separarse definitivamente.
Sakura, herida, intento impedirlo, afianzando el agarre de sus piernas, tomando el rostro de Sasuke entre sus manos, atrayéndolo a ella para besarlo. Él replicó con un contacto suave, lento, casto y eterno, dedicándose a saborear la boca de su amiga de la infancia con esmero.
Sus orbes ónix se posaron sobre el collar que yacía sobre el pecho de Sakura, recordándole el peso de las promesas, el honor y el deber. Se apartó de ella, ayudándola a recomponer su vestido. Sakura lo miraba de una forma conocida; rencor.
—Lo lamento, Sakura— susurró, colocándose la camisa—. Pero no puedo hacerlo.
Nuevamente la hería sin piedad. Quebrantaba su orgullo porque tenía el poder. Todo había acabado.
Antes de que ella pudiese formular alguna pregunta o reproche, Sasuke se precipito hacia la puerta, desapareciendo en la oscuridad de la noche, tan pérfida y turbulenta como sus sentimientos.
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La sala de audiencias de los Uchiha era más pequeña y sencilla que la del rey en Konohagakure. Rectangular y espaciosa, con una imponente chimenea de cantera, a su lado, dos enormes candelabros de pie, forjados de hierro oscuro, colmados de velas a medio derretir y cera esparcida por los barrotes largos, curvados suavemente formando ganchos, que imitan las hojas de los helechos.
Una vieja de mesa de roble se situaba frente a la chimenea. Había cuatro sillas, una para cada miembro de la rama principal de la estirpe o consejeros. Anverso a está, yacían otras cuatro mesas, dos en cada costado, lo suficientemente largas para admitir a los demás integrantes de la familia, en su mayoría abanderados, amigos de su padre, familiares cercanos. Todos ahí llevaban sangre Uchiha, algunos eran descendientes directos de los grandes ancestros, y otros, mezclas de carne entre otros nobles, mayormente Hyuga o Senju.
Fugaku ingresó en el recinto, acompañado por su hijo, Itachi, el futuro heredero y guardián. Ocuparon los sitiales acostumbrados. El patriarca se fijó en una figura alta y esbelta; era Obito Uchiha, que se aproximaba a paso lento por el pasillo formado entre las mesas y las sillas.
Itachi permanecía en silencio, con una expresión seria, gélida. Estaba ahí para escuchar. Su padre confiaba plenamente en él y quería comunicarle su decisión antes de expresarla a los vasallos. Obito encumbró su espalda, agachó la cabeza y formulo sus respetos en una ceremoniosa reverencia. Se mantuvo de pie, con las manos ocultas bajo la pesada tela de la capa oscura.
—Han transcurrido dos semanas desde nuestra última reunión— puntualizó. — Supongo que has aclarado tus ideas y eventualmente encontrado una solución.
Fugaku tamborileo los dedos. Se tomó la libertad de guardar silencio, es pues de todo, Obito se encontraba ahí en calidad de invitado y no de soberano.
—El derramamiento de sangre no nos devolverá a nuestros muertos, mucho menos nuestro honor o prestigio— dijo Fugaku.
Obito hilvano una sonrisa desdeñosa. No estaba contento con la decisión del Uchiha.
—Carecemos de fuerzas. Las guerras se ganan con espadas y oro— declaró el pelinegro, tratando de mantener la calma. — ¿Cómo podemos hablar de paz mientras somos marginados? Nuestros enemigos se propagan como la peste, robando lo que nos pertenece por derecho, pisoteando nuestras tierras, masacrando a nuestro pueblo, ¿vamos a hacernos los fuertes aquí, sentados, resguardados detrás de las murallas?— insistió.
— ¿Y quién es el culpable de eso?— se atrevió a intervenir Itachi. Los vasallos estaban dispuestos a levantarse en armas para luchar por los ideales supremacistas del tirano. No obstante, imponer paz era lo más prudente.
—Esta mañana llegó un cuervo, traía noticias desde Sunagakure— anunció, clavando su pútrida mirada sobre el rostro del heredero Uchiha.— El emperador, Sasori, fue asesinado— dijo con tinte de diversión—.Han proclamado a una nueva emperatriz, la primera en la historia del Imperio, un par de tetas condenaron al muy imbécil a muerte.
A Itachi no le gustaba para nada el rumbo que la conversación estaba tomando. Muy en el fondo tenía la impresión de conocer a la chica y quienes estaban a su lado.
— ¿Y cuál es nuestro papel en esa historia?— indagó Fugaku.
—Resulta que la hija de los Haruno está desaparecida, al igual que tu hijo menor y el primogénito de Minato Namikaze y Kushina Uzumaki, ¿no es una coincidencia?— finalizó, tendiendo el pergamino enrollado.
Fugaku lo tomo entre sus manos y lo desenrollo, clavando la mirada en las líneas perfectamente redactadas, claras y precisas.
— ¿Qué tenemos que ver en esto?
—Por favor, Itachi, eres más inteligente que eso— expresó, exasperado. Podía escucharse la molestia en su voz, el temor. — ¡La ramera se ha hecho con un ejército y conquistado un imperio!— gritó, perdiendo por fin los estribos. — ¿Y saben quién la sigue como un perro faldero? ¡Exacto! ¡Tu hijo, Sasuke!
No era una sorpresa para Itachi, solo confirmaba sus sospechas. De todas las personas de la familia, era el único que no pecaba de ignorancia de la relación de su hermano menor con Haruno Sakura. Él fue quien lo imbuyó a desistir de las románticas fantasías, deseaba escapar con ella, y era su trabajo recordarle que tenía un deber con su familia.
Tanto Fugaku como Itachi permanecieron en silencio. Ya no tenían más argumentos para rebatir, Obito había descubierto la mitad del motivo de la ausencia de Sasuke y demandaba una réplica rápida antes de verse obligado a tomar decisiones drásticas.
—Al parecer el menor de tus hijos ha tomado un bando— masculló, recobrando la compostura—. Ordena a tus hombres que lo traigan de regreso y también a la mocosa— Fugaku abrió la boca para rebatir, pero el azabache se lo impidió. — ¿O prefieres que envié a los míos y traiga su cabeza?— la respuesta quedo implícita en la tortuosa afonía—. Eso fue lo que pensé. — Tu tiempo se agota, por tu bien, el de tu amada esposa y el de tus hijos, espero que en nuestra próxima reunión tengas una respuesta y que Sasuke y su amada estén aquí para escucharla.
Obito giró sobre sus tobillos y transitó el mismo camino por el que había arribado minutos atrás. Cuando las puertas se cerraron, Itachi posó sus ojos sobre el pálido rostro de su padre, buscando una respuesta.
—Partirás por la mañana en compañía de Shisui. Sigue el rastro de Sasuke hacia Sunagakure, solicita una audiencia con el rey.
—Preferiría que enviaras a otro hombre a buscar a Sasuke— dijo Itachi, haciendo caso omiso.
No le agradaba la idea de abandonar su hogar. Su padre era un hombre astuto, fuerte, y honorable, haría lo que tendría que hacer. No obstante, prefería quedarse a su lado antes de irse a resolver los problemas de su hermano.
—El confía en ti y es al único al que escuchara. Ya lo has hecho en el pasado, ¿Qué te hace pensar que fallaras esta vez?
«La chica, Sakura» pensó.
—Es momento de traer a tu hermano de regreso, Itachi.
Continuará
Well, well… por un momento imagine que este capítulo sería más corto, pero termine engañándome. Las cosas se están poniendo color de hormiga, Sakura es emperatriz, Sasuke la desea, ella también, mas su compromiso con Neji la retiene, Obito sabe de su paradero y ha puesto una soga en el cuello de Fugaku e Itachi.
Permítanme decirles que el beso del capítulo anterior inauguro los momentos candentes entre nuestra pareja, así que, estén preparados para la tensión que se viene y las resoluciones.
Lamento la demora, lo cierto es que he tenido dificultades para escribir en los últimos días, en especial en cuanto al espacio y tiempo. También, debo remarcar que he reescrito una y otra vez el borrador, pero ya he llenado los espacios vacíos y esclarecido ciertos destinos en la trama, si bien, el fic se ha prolongado por el tiempo que tardo en escribir los capítulos y la longitud de los mismos, restan ocho capítulos para llegar a la resolución final. Espero que hasta este punto no haya ninguna decepción o haya moldeado algún resentimiento o disgusto. Ojala continúen conmigo hasta darle cierre definitivo. (Prometo que será un final feliz)
Sin más, si creen a este capítulo merecedor de una cálida opinión, no se cohíban en hacerlo, yo leo con emoción y deleite sus comentarios y las teorías que trazan, dejándome ver si soy demasiado predecible o todavía hay un aire de misterio.
La próxima vez regresare con otra actualización, sin más, esto es todo por el momento, ¡Les mando saludos y un fuerte abrazo! ¡Cuídense y nos leemos hasta la próxima! ¡Chao!
Shekb ma Shieraki anni
