N/A: Esta vez sí me he tardado en actualizar. El trabajo y las cosas de la vida real apenas me han permitido escribir a un ritmo de a un párrafo a la vez. En fin, no quise esperar más y allí les va otra breve entrega.
VIII
Los viajes del General de Marina eran aún frecuentes, pero su duración parecía acortarse cada vez más. Así también el Templo de Poseidón se le hacía un lugar menos intolerable, y su prisa por regresar coincidía con la tendencia a permanecer allí más tiempo.
Cada vez que regresaba de un viaje, encontraba jarrones de flores en su estudio. Ahora no sólo eran rosas, también solía haber lirios y claveles. Siempre de distintos colores y aromas, formas y texturas. Él nunca más pidió explicaciones, ni se deshizo de las flores.
Tampoco mostraba ningún agradecimiento, de hecho, no mencionaba nada al respecto.
Esta vez había encontrado solamente gardenias blancas. El aroma no le resultaba tan desagradable, pero de alguna forma intentaba penetrar en su alma como lo hacía con sus sentidos, y eso le inquietaba y le molestaba. Sin embargo, en lugar de reclamarle a la sirena, optó por retirarse a sus habitaciones. Se acercó a una cómoda para abrir una gaveta, de donde sacó el conocido cofre del caracol. Lo abrió y buscó en el fondo un collar de cuentas de coral, alternadas con aguamarinas. Sacó de su bolsillo un par de pendientes de la misma piedra, luego los comparó con el collar por un momento, exhaló con fuerza mientras negaba con la cabeza. Soltó todas las alhajas dentro del cofre, lo cerró y lo colocó de nuevo dentro de la gaveta. Se dejó caer sobre la cama, tendido y con los ojos cerrados. No entendía qué se había apoderado de él, qué lo obligaba a hacer cosas como esas…
¿Desde cuándo me preocupo por comprar souvenirs?
…cosas que no a él no le iban, para nada. De hecho, cuando el vendedor de joyas le preguntó si los zarcillos eran para su amante, y luego todavía se atrevió a decir que seguramente se trataba de una mujer muy bella, el Dragón del Mar tuvo el impulso de arrancar su cabeza. Sin embargo se limitó a darle la espalda y partir sin decir palabra. Se decía a sí mismo que la razón para evitar cualquier incidente era que no le convenía llamar la atención, pero bien sabía que lo que le apremiaba era ponerse en camino de vuelta al templo submarino, donde sabía que ella lo esperaba.
Se daba cuenta de que el tiempo lejos del templo se le hacía eterno, y cada vez se esforzaba más por no tardarse.
Se daba cuenta de que el sólo estar allí, y en ocasiones conversar con Thetis de cosas triviales, le traía una suerte de calma que era nueva para él.
Y allí el porqué de su odio por todo y por todos, al menos en esos días. La odiaba a ella, al templo… Se odiaba a sí mismo, se odiaba cada día más a la vez que se percataba de que esa urgencia por la compañía de la maldita bruja se le estaba volviendo irresistible. Y no sólo eso… como si fuera poco, era raro el viaje en el que no comprara algo en el camino de vuelta…
y… ¡Maldita sea, si no era pensando en ella!
Pero ella no sabía nada de esto, por lo tanto tampoco había perdido su ventaja. El juego continuaba, y a ahora que se sentía fuera de control, no podía negar que lo que había comenzado como un simple pasatiempo se estuviera convirtiendo en algo más…
Y todos esos sentimientos tan intensos… Ese odio combinado con euforia, conteniéndose en su interior al punto que sintió que sus venas estaban a punto de estallar.
Tendido en su cama, tuvo el impulso de romper en carcajadas.
Respiró profundo, unas cuantas veces, y cerró los ojos. Finalmente el cansancio se estaba apoderando de su cuerpo.
Despertó al día siguiente. En el Templo Submarino era difícil saber la hora del día, sin embargo él había ya logrado descifrar las sutiles diferencias de la luz de distintos horarios. Era ya entrada la mañana, la luz era difusa pero brillante. Se apresuró a los baños, dispuesto a purificar su cuerpo del polvo de los caminos. Las artesas estaban llenas como siempre, la superficie del agua sólo unos centímetros abajo del nivel del piso de la habitación.
Despojándose de todas sus vestiduras, entró al agua lentamente, dejando que cada centímetro de su piel registrara el tacto del agua. Agua dulce, bajo un cielo formado por una plétora absurda de agua salada. Se ahorró la molestia de preguntarse cómo era esto posible. A él no le inquietaba averiguar cómo o por qué las cosas pasaban de esa forma dentro del templo, los hombres se acostumbran a cualquier cosa, aun a lo inexplicable.
Sumergió su cuerpo, dejando sólo la cabeza fuera, las puntas de sus mechones oscuros flotando alrededor de su cuello. Se recostó contra una pared de la bañera y cerró los ojos. Así estuvo por un momento, hasta que sintió que una presencia -ahora bien conocida- se acercaba junto al aroma de gardenias del que la noche anterior le había forzado a huir de su estudio.
Ella se detuvo en la orilla de la pila, justo al lado de donde él estaba. Se sentó en el borde, dejando que sus pies juguetearan entre el agua. Luego comenzó a poner más gardenias entre el agua, una a una, dejando que flotaran hasta la esquina opuesta de la bañera.
–Has vuelto pronto –observó.
– ¿Qué te ha dado ahora, por atormentarme con estas flores? ¿Ya te aburrieron las rosas? –dijo él, ignorando la observación de la sirena.
– Son gardenias blancas, tratan de darte un mensaje –respondió ella, en tono de juego.
–El olor me causa mareos.
–Eso es porque tratas de rechazarlo, así nunca entenderás el mensaje –musitó la mujer, inclinándose un poco hacia el lado de él, como si le estuviera diciendo un secreto.
En verdad lo exasperaba, por qué esa actitud de complicidad, como si fueran amigos, o al menos aliados. Seguramente ella así lo pensaba, después de todo ignoraba que él tenía una agenda que no necesariamente estaba aprobada por el Emperador de los Mares.
¿No sabe nada… no sospecha nada…?
Maldición… Él no confiaba en nadie, y ella era un misterio… la confianza no podía existir entre dos seres como ellos.
–Thetis…
–¿Mi Señor?
–¿Por qué cultivas plantas del mundo terrestre?
Ella comenzó dibujar con su dedo índice círculos en la superficie del agua. Sonrió un poco mientras le respondía. –Los seres humanos mantienen peces en tanques de cristal, fuera del mar o las lagunas a las que las criaturas pertenecen. Todo porque desean disfrutar de su belleza. ¿Qué diferencia hay con lo que yo hago? –luego suspiró, y se puso de pie, alejándose.
–El tiempo pasa muy lentamente en la soledad del Templo Submarino, Señor Mío…
