Mientras sean más de 10 reviews yo contento, jajaja, muchas gracias nuevamente. Saben una cosa, de tanto que me han preguntado por Anficlas, y por lo mucho que me he centrado en el personaje de Diomedes que sigue robándose el rol protagónico, me he decidido. Muchos de ustedes saben que deseo ser un escritor profesional, muchos otros pues… sorpresa… jajajajaja. En fin, tenía pensado publicar uno de mis libros terminados, pero, de momento, tengo fresca la memoria de Diomedes y su mito, así que, mi primer libro, que definitivamente trataré de publicar este año, será el mito de Diomedes y Anficlas. Comenzaré a trabajar en este mito, jajajajaja. En fin, eso es punto y aparte, de momento, a contestar sus reviews:
Suki90: Me hiciste falta en el capítulo anterior. Pienso malacostumbrarte mucho, jajajajaja. Aquiles en verdad estaba de calenturiento con Deidámia, es parte del mito, así que era de esperarse. Creo que voy a dejar que Shana siga llamando a Aquiles Pirra de cariño, eso denotaría más amistad entre ellos, jajajaja. En cuanto a Diomedes, no puedo hacer mucho por su personaje, es el Escorpio descendente a más no poder. Puedes dibujarlos en túnicas ya que se te dificultan las armaduras, jajaja, así todos tendrían una mejor percepción de los 12 dorados. Disfruta este capítulo.
Abaddon DeWitt: Definitivamente tienes gustos medio raros, pero en tu defensa, es un Escorpio así que es comprensible. En cuanto a Áyax, aún no ha llegado el momento de explotar su personaje, y Paris, ya veremos qué pasa con él, de momento tienen que odiarlo más.
Toaneo07 Ver2.0: Tienes un punto la verdad, pero tengo planes para esa parte de la historia, además, Diomedes y Áyax se disputaban el puesto de: "El mejor después de Aquiles", si Áyax fuera un plata eso sería denigrante para el resto de los dorados. Áyax por otra parte, ya es un personaje evolucionado. ¿A qué me refiero? A qué sale en otra de mis historias: "Guerras Doradas" (Séquela de Guerras de Troya), a los que han leído esa historia, recordarán a ese Áyax, pero les adelanto, sí es el mismo, la actitud no será la misma, es algo similar al personaje de Odiseo, descuiden, poco a poco entenderán.
GiMe: Ok, para explicarte, es así de sencillo. ¿Recuerdas a Julián Solo? El era un muchacho con el alma de Poseidón. Athena es igual, hay un ser divino (Atenea), y hay un ser reencarnado (Athena). Como se explicó en el capítulo anterior, Athena reencarnó en el Santuario, pero Calcas la entregó al rey de esciro para ocultarla y evitar una guerra. Y sí, en efecto, las preocupaciones de Helena son porque la posesión no está tan avanzada como la de Hades en Paris. En esta época, no hay 88 constelaciones, incluso no son las mismas, Argos por ejemplo, se dividirá en el futuro en las armaduras de Vela, Boyeros, Brújula, etc. Fénix como constelación no existe, hay dos constelaciones del Oso (Maro y Menor), hay una constelación de la Serpiente, entre otras. En total son 12 de Oro, 18 de Plata y 18 de Bronce. En el Face me puedes buscar como Daniel Ordoñez. Insisto, se van a arruinar la historia pidiéndome el mito de Anficlas. ¿Qué les cuesta esperarme 4 capítulos más? ¿a qué te refieres con emociones más humanas? Supongo que de Aquiles y el resto, aunque no me quedó muy claro. No te preocupes, actualizaré más rápido mientras sigan habiendo reviews, jajajajaja. Lo de Casandra lo explico en este capítulo, está otra vez de vacaciones comiendo mariscos. Conozco el mito de Políxena y Aquiles, no es de mis favoritos porque no tiene sentido pero lo usaré a mi manera.
andromedaiorosayita: Jajajajaja ¿te agradó Teucro? Después de Epeo es el menor de los dorados, no creo que piense siquiera en mujeres todavía. En cuanto a Sarpedón se refiere, ese personaje ya tiene el destino sellado en el mito, así que ya sé el cómo voy a disponer de él, tristemente no es como te lo imaginas, pero será épico. No he visto los trailes, pero me dan vergüenza esas dichosas armaduras doradas, parecen Protos salidos del juego de Star Craft.
Liluz de Geminis: Liluz me traicionas, ya deberías saber que Áyax era Tauro, se menciona en Guerras Doradas T_T. Es más, todos lo odiaban por malnacido asesino. Cambiando el tema, yo también creo que me está saliendo bien lo de los opuestos, aunque a Acamante todavía no me lo aceptan, jajajajaja. Sarpedón no iba a salir, pero su nombre aparece en la lista de Guerreros Troyanos, has memoria Liluz, en Guerras Doradas se dice inclusive quien derrotó a Sarpedón. Jajajajaja, espero a todas mis lectoras recurrentes, y si una no llega me deprimo y mato a un personaje, jajajajaja, es broma. Lo de hacerlos sufrir en 3D ya no es mi proyecto, me salí por falta de tiempo, mis personajes se siguen dibujando y el videojuego se está haciendo pero, ya solo soy dueño de la propiedad intelectual, nada más, lo lamento T_T.
Tsukihime Princess: Tsuki, tú también me traicionas. ¿No leíste Guerras Doradas? Los 12 Caballeros Dorados son los 12 Aqueos que servían a Zeus, y Ayáx estaba en la lista T_T. Y de hecho, Epeo es un Kiki ocn el cabello rosado así que sí, te lo imaginaste correctamente. Jajajajaja, sí soy medio pervertido, es culpa de una leona que conocí en la secundaria… mi primera novia fue una Leo, la extraño… sniff… Antíloco no es idiota, no sé ni por qué lo odias, no he dado razones para que sea odiado, ni siquiera ha participado correctamente, supongo que solo tienes resentimiento contra los Virgo, jajajajaja. ¿Por qué le puse a Patroclo Leo? Porque Teucro era el arquero por excelencia y si no estaba Teucro estaba Filoctetes, por lo que no podía ser Sagitario, y no me burlo de Patroclo, es uno de mis personajes favoritos, Aquiles y Patroclo discutiendo es como Aioria y Milo discutiendo. No te preocupes, le daré un buen papel a Patroclo.
midusa: ¿Por fín? Hay muchos eventos antes del Rapto de Helena que también fueron detonantes de la Guerra de Troya, jajajajaja, pero bueno, que bueno que te agradó. En defensa de la sorpresa de los dorados, no estaban sorprendidos porque ni sabían que ya había reencarnado, y sí, Agamenón es el líder de los 12. Géminis y Piscis no participarán todavía, hoy me concentraré un poco en Acamante de Cáncer. Entiendo tu preocupación de que los Generales no duraron mucho, soy capaz de darles una pelea eterna, pero perdería sentido si los jueces no los derrotaban. Digamos que fue lo más realista que se me ocurrió, solo piénsalo, toma a Radamanthys y ponlo enfrente de los 7 Generales actuales. ¿Crees que exageré ahora? Yo tampoco me esperaba ese poder de Odiseo, se me ocurrió de la nada, jajajajaja. Y Sarpedón es, por mucho, el más poderoso de los jueces. Aw, destronaron a Anficlas, a mí me cae mejor que Casandra, jajajajaja, pienso que es un personaje más profundo pero Casandra también me cae bastante bien.
Lord Dracon: Mi lord, sea bienvenido, jajaja. Es exactamente como lo dices, guerra, pero con una profundidad más inesperada, solo espera y disfruta. Todos quieren un segundo round entre Sarpedón y Odiseo, tal vez deba considerarlo, de momento, Odiseo sigue metiéndose con las grandes ligas, ya veraz por qué. Jajaja, todos los dorados son lo inverso de sus actuales encarnaciones, Epeo es infantil, Áyax agresivo, Néstor amigable, Acamante noble, Patroclo infantil, Antíloco presuntuoso, Aquiles desequilibrado, Diomedes pervertido, Teucro sumiso, Agamenón agresivo, Menelao furioso, y Anfímaco empático. Antíloco como personaje, aún no es su turno de brillar, pero no será budista, eso tenlo por seguro, pero lo imagino como una máquina de furia divina. Jajajajaja, lo de Diomedes y siendo incapaz de tener hijos lo comprenderás pronto en este capítulo.
DaanaF: ¿Dudabas de mí? Expectativa es mi segundo nombre… bueno no, mal chiste, jajaja. Dragón Marino no es el más fuerte de los Generales en esta encarnación, si siempre fueran los mismos los más fuertes sería predecible y aburrido, por ejemplo, en esta historia, el más poderoso será Memnón de Kraken, después Idomeneo de Crisaor, y Anceo de Crisaor es el tercero, ya después, en el medio, está Dragón Marino. En cuanto a los dorados pasará algo similar, aquí te va el orden como me lo imagino: Libra, Escorpio, Tauro, Capricornio, Acuario, Virgo, Géminis, Cáncer, Piscis, Leo, Sagitario y Aries. Pero, y este es un pero que vale, misteriosamente, todos están a un nivel muy superior, peor los que destacarán siempre serán Aquiles de Libra, y entre Diomedes de escorpio y Áyax de Tauro se disputan el segundo puesto. Menelao será el personaje principal de este capítulo, bueno, más o menos… coff… Diomedes… coff… Casandra tendrá su participación en el futuro, de momento, hay que darle protagonismo a los Aqueos.
kyokay1218: Era casi seguro que fallarías, jajaja, nadie respeta a Teucro, y para Odiseo tengo otros planes. Desde lo del titán no debería quedar duda alguna de su poder. Epeo es el constructor del caballo de Troya y quien será el responsable de la creación de la constelación del Escultor, con eso te digo todo de por qué le toco Aries, jajaja. Umm… no es difícil manejar a tanto personaje, lo difícil es darles el mismo nivel protagónico, lo logré en Guerras Doradas pero como aquí tengo que seguir un mito claro pues no logro quitarle el protagonismo a Diomedes, así como después no podré quitárselo ni a Odiseo ni a Aquiles, es un ciclo interminable T_T. No demerites a Poseidón, si te das cuenta, se enfrentaron a 4 Jueces, el cuarto de los cuales puede derrotar a Radamanthys, Minos y Aiacos él solo, así que yo creo que el resultado fue el más realista. Automedonte se defendió bien, también Idomeneo y Peneleo. En cuanto a Odiseo, el Megas Depranon es la parte clave de su poder, si has leído el Episodio G lo comprenderás mejor, si no, lo iré explicando poco a poco.
EDITADO 22/10/2018
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Saga de los Aqueos.
Capítulo 9: La Ultima Diplomacia.
Hélade, Atenas. Año 1,195 A.C.
Le tomó a Odiseo 3 Lunas el traslado de Esparta hasta Atenas. Una mirada sombría adornaba su rostro mientras subía por las 12 Casas. Epeo en Aries y Áyax en Tauro no lo conocían, pero no lo detuvieron, era un Caballero de Plata solamente, y no había instrucciones de no dejarlo pasar. Para cuando había pasado por Géminis, lo hizo sin saludar a Néstor, lo que impresionó a su viejo amigo y casi padre. Al llegar a Cáncer no se arrodilló ni presentó respetos por el rey de Atenas. En Leo, Virgo y Libra, protegidas por Patroclo, Antíloco y Aquiles, ninguno se atrevió a saludar a Odiseo, su mirada era fiera, repleta de odio y desprecio, de tristeza y angustia. Solamente ante Diomedes se detuvo, y las lágrimas le traicionaron, mientras Diomedes, sin decir palabra alguna, asintió, y siguió a Odiseo en el ascenso. Pasaron por Sagitario sin molestar a Teucro, en Capricornio encontraron a Agamenón, y el miedo inundó a Odiseo, pero Diomedes se mantuvo junto a él, dándole valor, y ambos subieron hasta Acuario.
Al llegar a Acuario, Odiseo se percató de que los Caballeros Dorados de los templos inferiores lo habían seguido, y que Anfímaco en Piscis se había percatado de la conmoción y había bajado para enterarse de lo que estaba ocurriendo. Los 12 se habían reunido en la Casa de Acuario, en medio de la cual Menelao se mostraba imponente, y mirando a Odiseo fijamente, curioso del porqué de tantas visitas. Antes de preguntar sin embargo, Odiseo cayó en sus rodillas frente a él, temblando de miedo, de dolor, como un niño que acababa de enterarse de que su padre o madre acababa de fallecer, y temía del futuro que tendría que afrontar él solo.
—Te lo ruego… por lo que más ames en esta vida… no hagas cumplir el juramento que ha unido a toda Hélade en lazos de hermandad y compañerismo, y lo conviertas en un genocidio —suplicó Odiseo, y nadie comprendía lo que ocurría, solo Néstor lo sabía, pues él siempre tuvo sus sospechas—. Menelao… mi rey… mi amigo… mi hermano… por favor… cuando escuches esta noticia te ruego lo tomes con la seriedad que sé que posees… y tomes la decisión más sabia… —y Menelao, intranquilo, asintió, y ofreció su mano a Odiseo para ayudarlo a ponerse de pie—. Helena ha… —pero Menelao retrajo su mano al escuchar el nombre de su esposa—. Helena… ha sido raptada por el príncipe Paris de los Troyanos… un centinela lo vio en la península del Peloponeso… poco después de que tu palacio fuera arrasado por sus guerreros —la notica sin embargo, no fue bien recibida por Menelao.
Odiseo lo miró, con su rostro inmerso en la confusión, y el corazón hecho pedazos. Cerró los ojos, bajó la mirada, y su cuerpo tembló con odio. Agamenón miró a su hermano fijamente, preocupado, dolido. Una nevada comenzó a caer alrededor de todo el Santuario. El corazón de Menelao estaba en pena, cerraba sus manos en puños, y la sangre escapaba por la terrible presión y el odio.
—París, ¿cómo te has atrevido? —continuó Menelao, furioso, con sus ojos ahogados en lágrimas—. Lo mataré… —y Odiseo se horrorizó, mientras el suelo se congelaba, y Odiseo y el resto de Caballeros Dorados comenzaron a retroceder mientras el hielo se extendía, congelando toda la Casa de Acuario, y continuando su camino por ambas sendas a Capricornio y a Piscis—. Lo mataré… Paris. ¡Te arrancaré el corazón! —terminó Menelao, y su gritó resonó por toda Atenas.
Hélade. Atenas. Templo de Athena.
—¡Me e-e-e-e-estoy congelando! —se quejó Shana en el Templo de Athena, donde los 12 Caballeros Dorados se habían reunido al poco tiempo de que Odiseo trajera tan terribles noticias que habían forzado a un furioso Menelao a congelar las 12 Casas. Diomedes notó el frio que Shana sufría, y la túnica para clima cálido de Shana, y se preocupó un poco por ella, quitándose la capa y deseando abrigarla con esta. Pero, recordando que estaba prohibido, desistió y volvió a amarrársela—. ¡No me importan las reglas de i-i-i-igualdad en estos momentos! ¡Hazme un espacio! —gritó Shana, lanzándose a Diomedes, y rodeándose por su capa y pegando el cuerpo al de Escorpio, quien se alegró un poco—. Tu diosa te orde-de-dena que le des un poco de calor —y Diomedes asintió.
—Si es una orden de mi diosa, con su permiso —sonrió Diomedes, abrazando a Shana, y molestando a Calcas—. Pero… dejando los juegos a un lado… Odiseo trae noticias terribles. Menelao está tan abatido que no puede controlar su cosmos —Shana asintió, y jaloneó a Diomedes a su trono, forzándolo a sentarse, y sentándose sobre él—. ¡Shana! ¡Calcas va a matarme por esto! —se quejó Diomedes.
—No te preocupes… soy una diosa, ¿no es así? Si es mi orden debe acatarse como tal, no te reprenderán, padre —pero Diomedes no estaba tan seguro de ello, aunque había asuntos más importantes que tratar—. Tío Odiseo… por favor explícanos bien lo que ha ocurrido —Odiseo reverenció, aunque sorprendido de ver a Shana liderando el Santuario. Había mucho que quería preguntarle, pero no era el momento.
—Por instrucciones de Néstor, que aconsejó proteger Esparta en la ausencia de Menelao… —comenzó Odiseo, y Menelao lo miró con tristeza—. Los 7 Generales de Poseidón y su servidor el Caballero de Plata del Altar, nos movilizamos teniendo la sospecha de un ataque a la familia Espartana. Nuestra sospecha nació de la visita hace un año de los príncipes de Troya, quienes pasaron un tiempo prolongado en nuestras tierras. Estaban trazando un mapa. No uno común como pensamos al inicio, sino un mapa marítimo. Los reinos que visitaron estaban en las costas de Hélade, trazaban una ruta de escape veloz —explicó Odiseo.
—¿Por qué trazarían semejante ruta marítima? —preguntó Shana, tomando los brazos de Diomedes y obligándolo a abrazarla, realmente Shana no era buena con el frio—. Troya está en Anatolia, y Hélade y Anatolia son naciones neutrales. No hay tratados de comercio entre ambos continentes pero… tengo tanto frio… —interrumpió Shana, pero se recuperó rápidamente—. ¿Qué les hace pensar que la familia Troyana está involucrada en el rapto de Helena? —preguntó, y Odiseo se impresionó por la madurez de Shana.
—En verdad… eres la diosa de la Sabiduría… —comenzó, y Shana lo miró fijamente—. Otro rey se hubiera lanzado a las conclusiones, tú primeramente pides evidencia —y Shana se alegró por las palabras, y Odiseo continuó—. Los colores de las armaduras Troyanas son el morado y el negro, siempre pensamos que esos colores eran una alusión a los dioses. Troya es soberbia, se cree al nivel de los dioses después de todo, pero quienes nos atacaron, debían estar muertos ya hace tiempo —explicó, y Shana no lo comprendió—. Sarpedón de Quimera, Radamanthys de Wyvern, y Minos de Grifo, 3 hermanos hijos de una doncella de nombre Europa que vivió hace al menos 100 años, y quien tenía un hijastro de nombre Aiacos, el Espectro de Garuda. Los 4 fueron reyes, Minos, Aiacos y Radamanthys en Creta, Sarpedón fue desterrado pero el punto es que los 4 deberían estar muertos, pero ahora se hacen llamar los Jueces del Inframundo. Esto solo puede significar que son Espectros resucitados por Hades —y los Caballeros Dorados se impresionaron por la noticia—. No es la primera incidencia con Espectros que tenemos. En Esciro nos atacaron 3 Espectros a Diomedes, a Aquiles y a mí. Y hace algunas Lunas el Santuario fue invadido por 9 Espectros que robaron el Paladio de Atenea —terminó Odiseo.
—Esa información no debía salir del conocimiento de los 12 Caballeros Dorados y los co-reyes —mencionó Calcas—. Me pregunto, ¿cómo se habrá filtrado esa información? —y de inmediato, todos miraron a Diomedes, quien se preocupó un poco—. En todo caso, ya se sospechaba desde hace al menos 2 años que Hades había reencarnado y que la guerra estaba cerca pero, ¿dónde entra la relación de Hades con los Troyanos? —preguntó Calcas.
—Solo teníamos sospechas —comenzó Odiseo—. Pero, momentos antes de la invasión al palacio de Esparta, ordené a Toante de Pegaso, mi discípulo, a montar guardia en las costas de la Península del Peloponeso, donde afirmó haber visto a un navío Troyano y al príncipe Paris al mando del mismo —terminó Odiseo.
—Mi señorita, requiero hacer una confesión —comenzó Néstor, y todos lo escucharon—. Hace un año, durante mi estadía en Esparta, fui testigo de la visita de los príncipes de Troya a la orden de Menelao. Y lo que vi lo guardé en secreto pero juro en el nombre de mi señorita que es verdad —prosiguió Néstor—. Embarazada y con Hermione de Lunas de nacida en brazos, Helena besaba al príncipe Paris —y tras dicho comentario, un tremendo puñetazo de Menelao al rostro de Néstor derribó al mayor de los Caballeros Dorados.
—¡Padre! —gritó Antíloco, corriendo hasta donde su padre, e inmediatamente después observó al furioso de Menelao—. ¿Cómo te atreves a tocar a mi padre? —enfureció Antíloco elevando su cosmos, y Menelao lo miró con desprecio.
—¡Tu padre vio a mi esposa siéndome infiel y se guardó ese conocimiento! —gritó Menelao, furioso, apuntando a Néstor quien se ponía de pie y se limpiaba un hilo de sangre de los labios—. ¿Cómo pretendes que reaccione? ¿Con un desfile en honor a tu padre? ¡Helena era lo único que me importaba y ahora me la han arrebatado! —gritó con odio.
—¡Me guardé ese conocimiento por una razón! —mencionó Néstor—. ¡Por la ira que hay en tu corazón! ¡Si hubiera corrido a decírtelo, hubieras asesinado a Paris, a Héctor, a la sacerdotisa Casandra, y a todos los hombres de Príamo! Y entonces la guerra hubiera llegado a costas de Hélade. Hubieran arrasado Ítaca primero, la hubieran convertido en una base militar, y tendría a la flota Troyana a las costas de Pilos. ¡Hice lo que pensé mejor para mí reino! ¡El de Odiseo! ¡Y los otros 28 que se extienden antes de llegar a Esparta! —terminó Néstor. Y la discusión entre los Caballeros Dorados estalló.
—¡Sileeeeenciooooo! —gritó Agamenón, y todos callaron—. ¡No estamos buscando culpables! ¡En todo caso ya conocemos el nombre de los criminales y todos pertenecen a Troya! —prosiguió el de Capricornio—. Pero no iremos a la guerra por una mujer —terminó.
—¡Los 30 reinos de Hélade me deben su lealtad, Agamenón! —sentenció Menelao, y Odiseo se avergonzó por la idea que hoy podría desatar una guerra—. Juraron en nombre de Athena y de Poseidón. Pero… Helena me enseñó a pensar con razonamiento, y no por impulso. ¡Intentaré la diplomacia! ¡Viajaré yo mismo a Troya, y exigiré con mi mano en el corazón y con Athena de testigo, que sinceramente deseo me regresen a mi esposa, y que si así lo hacen, mi furia no caerá sobre ellos! —continuó Menelao, quien era furia divina—. Pero, ¿y si me niegan mi derecho? Te preguntaré algo… hermano… y extiendo la pregunta a Odiseo, a Diomedes, a Néstor, a todos los que están casados. Llega un invitado a tu corte, le atiendes con la cortesía del rey… come tu comida, bebe tu vino, duerme en tu cama. ¡Por Zeus! ¡Se lleva a una de tus criadas a la cama! ¡Y lo despides llenándolo de tesoros! ¡Esa es la cortesía que yo di a los Troyanos! —continuó Menelao—. Pero no fue suficiente… se lleva a mi esposa… deja a mi hija y a mi hijo jóvenes… sin recordar a su madre… un malnacido se lleva a mi esposa… a la razón de mi existencia misma… la única felicidad que me quedaba, ¿qué debo hacer? ¿Llorar y dejar que el imbécil se salga con la suya? ¿Volverme a casar y olvidarlo? ¿Tener más hijos solo para que otro noble lujurioso llegue a mi palacio, acepte las mismas cortesías, y me vuelva a robar a alguien más? ¿Y si se llevan a mi hijo o a mi hija? ¿Y si invaden mi reino y me lo quitan todo? ¿Cuándo tendré el maldito derecho de pelear por intentar proteger aquello que amo? —y nadie podía negar que las palabras de Menelao, aunque crueles, eran verdaderas—. ¿Y si hubiera sido tu esposa, Agamenón? ¿O tu hijo hubiera sido secuestrado, Odiseo? ¿Y si tu reino hubiera sido arrasado, Diomedes? Ahora les pregunto. ¿Estarán satisfechos los malditos Troyanos? Si permitir a Helena quedarse con Paris en Troya… asegura que esto jamás le volverá a suceder a nadie. ¡Entonces juro por Athena que sufriré por la eternidad porque nadie más vuelva a sufrir lo que ahora me destroza el corazón! Pero, ¿y si no es así? ¿Cuándo se levantará un valiente y dirá: «¡Ya fue suficiente!»? —y el templo de Athena entró en un silencio sepulcral.
—Tiene razón… —mencionó Acamante, y todos bajaron la mirada—. Menelao se ha atrevido a decir lo que ninguno de nosotros ha tenido el valor de mencionar. Este rapto, es solo el capricho de un príncipe Troyano que cree que puede hacer lo que le viene en gana. ¿Qué le impide volverlo a hacer? —preguntó Acamante.
—¿Irían a la guerra por averiguarlo? —preguntó Odiseo—. ¡Es una mujer! ¿Cuántas vidas se perderán por el rescate de una mujer? Estoy triste por Helena… pero no iré a la guerra a menos que sea una orden de Menelao y solo por honrar mi juramento. Lamento tu pérdida, Menelao. Pero no creo que una mujer sea merecedora de movilizar a 30 reinos por ella —terminó.
—Odiseo… me duele mucho decirte esto pero… —comenzó Diomedes—. No es tu esposa a la que secuestraron… no puedes jurar que no actuarías de la misma manera. Si Egialea me fuera arrebatada… yo también… haría la guerra de forma egoísta por solo recuperarla… —Shana se sorprendió de escuchar a su padre decir aquello—. Pero nadie está viendo el panorama completo. Poniendo a Hades a un lado, quien solo es una sospecha, no podemos permitir a un príncipe cualquiera pensar que el mundo le pertenece. Eso sería mostrar debilidad ante el resto de los reinos. Helena debe ser devuelta, eso es todo lo que Menelao desea. Si eso ocurre, enterraremos el incidente —terminó Diomedes.
—¿Y si no? —preguntó Odiseo—. Diomedes, eres mi mejor amigo. Por eso te pregunto como hombre. ¿En verdad crees que una guerra lo vale? ¿Acaso no tuviste suficiente con la guerra contra Tebas cuando asesinaron a tu padre? —Diomedes se puso de pie, furioso, y Shana fue empujada de sus piernas y se tuvo que sostener al trono para no caer.
—¡No metas a mi padre en esto, niño Lobo! —gritó Diomedes, tomando a Odiseo del cuello, quien lo miró con desprecio, y a Shana se le rompió el corazón al ver a 2 buenos amigos mirándose con ira—. Mi venganza… mató a miles… lo tengo bien presente. Pero no me arrepiento, y las familias de los caídos no lo hacen tampoco. ¡Nos levantamos donde nadie más se atrevió! ¡Argos se convirtió en un reino prospero! Es verdad que nuestra gente murió en una venganza absurda, no hay noche en la que no me atormente el sufrimiento de todos los que murieron en mi nombre. Pero mi pueblo continúa a pesar de que se perdieron hermanos, hijos, maridos. Y viven tranquilos, sabiendo que defendíamos la causa justa. No me hables de guerra cuando tú jamás has participado en una, Odiseo. A los 14 años, yo ya comprendía lo que significaba ser el primero en entrar en el campo de batalla, sabiendo que toda una nación me seguía, y que debía vivir o morir con ellos… —y Diomedes se tranquilizó—. Perdona por liberar mi coraje en ti… pero… no lo comprendes porque jamás has ido a una guerra… muchos no lo comprenden, y ese es mi consuelo… el que futuras generaciones no conozcan la guerra. ¿Lo entiendes? ¿No preferirías ir a la guerra y ahorrarle ese dolor a Telémaco? —y Odiseo por fin lo comprendió.
—¿Por qué todos hablan de una guerra? —preguntó Shana, y todos la miraron—. He escuchado todo lo que han dicho, y extrañamente, ninguna persona ha hablado con mayor diplomacia que Menelao, por extraño que parezca —y todos miraron a Menelao, cruzado de brazos y furioso—. Si la diplomacia te devuelve a Helena, todos olvidaremos las palabras de guerra, ¿no es así? —Menelao asintió, y Shana se alegró—. Pero… si no lo hace… me temo que el resto de las discusiones entran en consideración. Podrá parecer un simple acto de lujuria el que ha forzado a un príncipe a robarse a una reina ajena… pero un crimen sigue siendo un crimen, y será castigado si no se enmienda. Menelao… como diosa de la Sabiduría y la Guerra, pretendo hacer honor a mis 2 nombres. Con Sabiduría, intentaremos la resolución pacífica del conflicto. Pero si Troya niega este derecho… te permitiré que hagas cumplir el juramento —todos se sorprendieron, Odiseo en mayor medida—. Odiseo… te comprendo. Te juro que te comprendo. El miedo en tu corazón, la sombra de una guerra, las muertes que llegarían por una mujer como tú lo has dicho… no es la mujer… es el crimen y la soberbia de quien lo comete. Es como un soldado que golpea a un vagabundo solo por el placer que le provoca… hasta que el vagabundo no se levante y pelee aún a sabiendas de que podría morir al desafiar al soldado, el vagabundo seguirá viviendo una existencia conformista y llena de dolor… autorizo la guerra si esta es inevitable solamente… —sentenció Shana.
—Palabras más sabias no se han enunciado jamás, por más crueles que estas sean —mencionó Calcas, y todos asintieron, presentando sus respetos—. Pero todas estas consideraciones, se están tomando sin el consentimiento de que los Troyanos pueden o no estar aliados a Hades —les recordó Calcas.
—Inclusive si Hades estuviera de alguna forma involucrado, no puedo evitar el pensar en Poseidón —aclaró Shana—. Poseidón y Athena habían estado en guerra hasta hace 100 años. Ahora existimos pacíficamente respetando nuestros respectivos reinos. Si puedo lograr esa paz con Hades también, gustosa le entregaré a Helena pese a las penas que esto traería a Menelao —y Menelao asintió ante esas palabras—. Si Hades no está involucrado, para mí es indiferente. No hago la guerra por desprecio a una persona, hago la guerra por desprecio a las injusticias, eso es lo que significa ser Sabiduría en la Guerra. Para muchos, las guerras serán una idiotez. Prefiero ser una diosa idiota, a una diosa sumisa que permita a su pueblo ser pisoteado. Mi veredicto final, Hades o no Hades, apelaremos a la diplomacia, pero no huiremos a la guerra —y Odiseo, aunque triste por la respuesta, no pudo negar que los puntos de vista de cada quien eran diferentes, pero que todos actuarían con la justicia como objetivo común.
—Entonces, ya solo queda elegir a los voluntarios —mencionó Acamante—. Menelao lo dijo fuerte y claro, él mismo irá a Troya a pedir el regreso de Helena, y si Troya la devuelve, todo quedará olvidado. Yo, Acamante, me ofrezco también para realizar el viaje. Menelao necesitará algo de sentido común para evitar que su lengua provoque una masacre —terminó Acamante.
—Me parece bien —mencionó Diomedes—. Menelao, aunque sentimos desprecio mutuo, ambos comprendemos el sentimiento del otro perfectamente. Tienes mi apoyo. Acataré a esta visita a Troya con la diplomacia que se requiera, tienes mi elocuencia para intentar hacer la diferencia —y Menelao apreció el esfuerzo de Acamante y de Diomedes.
—Entonces yo también iré —interrumpió Odiseo—. Mi diosa Athena. El Juramento de los Pretendientes fue mi idea, y si la guerra llegara a estallar me sentiría responsable del juramento que a pesar de unir a los Aqueos podría causar más muerte de la que estamos dispuestos a tolerar… iré… para intentar impedir una guerra… —y Shana observó a los voluntarios, y asintió.
—Acamante de Cáncer… Diomedes de Escorpio… Menelao de Acuario… Odiseo de Altar… —continuó Shana—. Tienen mi permiso de retirarse a Anatolia a solicitar a Príamo, rey de Troya, la devolución de Helena de Esparta. Mientras tanto, y como una precaución, el resto de los 12 deberá viajar a sus respectivos reinos y a los reinos aliados, explicando la situación, y pidiendo a los pretendientes estar al pendiente del juramento que prestaron. Si vamos a la guerra, es mi deseo que todos quienes asistan dejen atrás el camino preparado para su partida —y los 12 se retiraron, dispuestos a volver a sus pueblos—. Zeus… padre de los dioses… mi padre verdadero… ruego porque no estalle la guerra… bríndale a mis Caballeros el poder de evitar lo que parece inevitable… —lloró Shana, mientras sus Caballeros se retiraban.
Anatolia, Troya.
—¿Casandra ha sido expulsada del consejo de Príamo? —preguntó Héctor a Laódice, sentada en el trono que antes perteneció a Casandra—. ¿Quién autorizó esto? —miró Héctor a Príamo—. Este tipo de decisiones deben tomarse únicamente en consejo —terminó.
—Y así fue —comenzó Príamo—. En ese momento, los consejeros votaron, y en ese momento, se dio el veredicto —explicó Príamo—. 2 votos fueron a favor, un voto fue en contra —mencionó Príamo, y Héctor enfureció.
—¡En otras palabras, mientras Paris, Políxena y yo no estábamos presentes en el consejo, obligaste a Trolio y a Heleno a votar en contra de Casandra! ¡Una diferencia d es un truco muy barato, padre! ¡Sabías que Paris y yo votaríamos en contra y esperaste a que ninguno estuviera presente! —terminó Héctor.
—Hice lo que consideré mejor para Troya, hijo mío. Casandra no podía gobernar en semejante estado —continuó Príamo, pero aquello a Héctor no le importaba. Estaba más concentrado en la injusticia—. Pero el tema de Casandra y su expulsión del consejo no son relevantes en estos momentos, ese tema se cerró hace 3 Lunas mientras te encontrabas en un recorrido por las naciones aliadas. El tema de hoy es otro —prosiguió Príamo, mirando a Anficlas junto a Héctor en medio de la Habitación del Trono—. ¿Por qué tienes el cabello largo? —preguntó Príamo.
—¿Eh? Eso es… bueno… la verdad… —comenzó Anficlas, sumamente avergonzada, y Héctor colocó su mano sobre la cabeza de Anficlas para hacerla callar, y Anficlas asintió con tristeza y mantuvo su silencio.
—Hay hombres quienes no le dan importancia a la extensión de su cabellera, padre. Si Ethon prefiere tener el cabello largo, apoyaré su decisión. Es lo que hace un padre, apoya a sus hijos —Príamo se molestó por aquella mención—. Ethon me ha solicitado trasladar su lugar de residencia a Chipre. En Luna y media Ethon cumplirá los 12 años. Se habrá entrenado de forma exitosa en Troya, es el mejor en su clase, su habilidad con la lanza es mejor inclusive que la de Trolio a la misma edad —esta vez fue Trolio quien se molestó y miró a Anficlas con desprecio, intimidando a la niña—. En Chipre, bajo el entrenamiento del Titiritero, tendrá más blancos y no temerá a asesinar accidentalmente a sus rivales, podrá combatir con armas reales, ello lo hará más mortífero en el campo de batalla —terminó Héctor.
—Ethon ha concluido su entrenamiento de resistencia del veneno exitosamente, padre —explicó Heleno—. No veo razón alguna para que no se cumpla esta petición. Ethon ha demostrado ser un excelente guerrero —terminó Heleno.
—Todos parecen olvidar que «Ethon» posee algunas carencias en medio de los pantalones —agregó Trolio con desprecio, y Anficlas se ruborizó al extremo al escuchar aquello—. No engañará a nadie si sale de la corte. Ya comenzó a desarrollarse, ha crecido, también lo ha hecho su pecho. No es más que una mocosa —y Laódice observó a Trolio con sorpresa, y entonces dirigió la mirada a Anficlas.
—¿Eres una chica? —preguntó Laódice, y Anficlas no supo qué decir—. Impresionante… tu postura es tan derecha… tu olor corporal es a tierra y madera. Tu cabello será pulcro, pero cualquiera te confundiría con un muchacho hermoso. Si no me dicen que eres una chica, simplemente no lo adivinaría. ¿Hay alguna razón por la que desees actuar como un chico? —preguntó Laódice, y Anficlas desvió la mirada sin saber qué decir, pero Héctor habló por ella.
—No eras miembro del consejo cuando hice la solicitud de tomar a Ethon por hijo y el de esconder su género —mencionó Héctor—. Ethon siente un desprecio por los hombres muy intenso. La he protegido dentro de las murallas del palacio, se ha entrenado para ser un guerrero, porque se ha profetizado que un hombre le traerá dolor, un hombre muy poderoso —terminó Héctor.
—Dolor es una forma de interpretarlo… —susurró Heleno, pero Anficlas lo escuchó—. En todo caso, Anficlas… quiero decir, Ethon. ¿Por qué tenías que recordarme que era una niña, Laódice? Ya lo había superado… —prosiguió Heleno—. De todas formas… Ethon, en mi profecía demostró ser capaz de hacerle frente a un Caballero Dorado. Su entrenamiento parecía lo más adecuado. Además, el estar en presencia de otros hombres podría ayudarlo a superar ese odio, o a convertirlo en una máquina de guerra imparable. Apoyo su envío a Chipre —terminó.
—2 votos a favor. ¿Alguno en contra? —preguntó Príamo, y tanto Trolio como Laódice levantaron la mano, enfureciendo a Héctor—. ¿Cuáles son sus razones? Expónganlas al consejo —continuó Príamo.
—Ethon, o como deseen llamarlo, es una chica en realidad —mencionó Trolio—. No tiene madera de soldado, las mujeres fueron creadas por los dioses para complacer a los hombres —y Anficlas cerró sus manos alrededor de su lanza con desprecio.
—Aunque una respuesta insolente por parte de Trolio, tengo que estar de acuerdo —mencionó Laódice—. Una chica intentando convertirse en soldado, es denigrante. ¿Acaso no tienes respeto por ti misma? Seguramente tú no deseabas ser forzada al travestismo y simplemente lo aceptaste porque pensabas que era lo mejor para ti. Ni siquiera te comportas como un chico del todo. Te ves como uno, pero no te comportas como… —comenzó Laódice, pero entonces vio a Trolio moverse en su trono, evadiendo una lanza perfectamente lanzada a centímetros escasos de su entrepierna, Héctor simplemente sonrió.
—¿Entonces no puedo ser un chico porque me falta algo en medio de la entrepierna? ¿Dime una cosa, Trolio, si hubiera acertado eso te convertiría en una chica? ¡No me vengas con tonterías! —gritó Anficlas, sorprendiendo incluso a Príamo—. ¿Quieren que me comporte como un chico, hable como uno, coma como uno, huela como uno? Comenzaré a hacerlo. Todo sea por honrar a mi padre. Puedo comportarme como un chico, no necesito un «paquete» en medio de las piernas para ello —sentenció Anficlas.
—¿Qué dijiste pedazo de estiércol? —se quejó Trolio, arrancando la lanza del trono, y lanzándosela a Anficlas, quien la atrapó, la giró, y la apuntó en dirección de Trolio, sorprendiendo al hijo de Príamo—. ¿Quieres que te parta el rostro? —mencionó.
—Si no le tienes miedo a ser derrotado y humillado por una chica, te invito a intentarlo —sentenció Anficlas, y Trolio se impresionó más y más, tomó su escudo, saltó frente a Anficlas y preparó su espada, pero Héctor los detuvo.
—Si no quieres terminar como un eunuco, no te lo recomiendo, Trolio —y el hermano de Héctor se estremeció—. El consejo sin embargo, ha hecho su votación. Un empate es lo mismo que una derrota. Te seguirás entrenando en Troya hasta que Paris y Políxena regresen. Solo entonces lo volveremos a intentar tu traslado a Chipre. Hasta entonces, estás en pleno desarrollo. Al cumplir los 12 comenzarás a crecer, no solo en altura, sino que tus atributos comenzarán a molestarte. Debes ser capaz de ocultarlos. Si lo logras exitosamente volveremos a solicitar audiencia en el consejo para discutir tu traslado a Chipre. ¿Eso te parece aceptable, padre? —y Príamo asintió—. Por cierto… Trolio… actualmente, Anficlas es capaz de derrotar a todos los Espectros Terrestres… toma eso a consideración —y Héctor se retiró junto a Anficlas, quien cerraba sus manos con odio, recordando lo patán que podían ser los hombres.
—Esa niña… posee un gran odio… —comenzó Laódice—. Ya me preguntaba yo el cómo podía existir un hombre con tanto odio sin poder liberarlo. Perdí mi interés —terminó Laódice, y tanto Trolio como Heleno la miraron fijamente, y Trolio entonces preguntó a Heleno con la mirada.
—Todos los hijos de Príamo poseen habilidades especiales gracias a la bendición de Apolo —explicó Heleno—. La habilidad de Laódice es la de ver en el corazón de la gente y encontrar su odio. Laódice dice que Troya está llena de odio, y que no existe una sola persona en el mundo incapaz de sentir odio, o al menos, esa es su teoría. Laódice sueña con encontrar a la persona que sea incapaz de sentir odio —Trolio hizo una mueca, y Heleno miró a Laódice fijamente—. Me pregunto si existirá alguna persona así… —y Heleno pensó inmediatamente en Casandra—. Ella era incapaz de sentir odio hasta que revelaron su estrella… Casandra… me haces tanta falta… —entristeció Heleno—. ¿Dónde estás? —se preguntó.
Anatolia, Isla de Chipre.
—Señorita Casandra. No me diga que vinimos a Chipre únicamente para que usted pudiera comer ostiones —se preocupó Cheshire, quien ya no era un soldado de Príamo pues había huido con Casandra por temor a que algo le ocurriera. Casandra por su parte, vagaba por la playa atrapando ostiones, y combatiéndolos intentando abrir sus corazas.
—El ostión es de los pocos animales que puedes comerte aún vivos y poseen un sabor exquisito, Cheshire. Deberías saberlo, eres la Estrella Terrestre de los Animales… ahora ábrete y sé mi almuerzo —prosiguió Casandra, quien por fin abrió la concha—. Bésame crustáceo inútil —continuó, y sorbió al indefenso ostión, tragándoselo de un solo intento, y entonces eructó de una forma muy poco femenina, aunque Cheshire se ruborizó al verla—. Cheshire, ¿estás enamorado de mí? —preguntó, y Cheshire se estremeció—. Eres muy guapo, no me molestaría que me vieras desnuda —y Cheshire se cubrió la nariz—. Pero, solo hasta allí llegarás. Lo siento, pero mi cuerpo pertenece a alguien más, es arrogante y bastante mayor, pero es todo un sueño… —se sonrojó Casandra, y Cheshire entristeció—. Pero sabes… por tu lealtad… te protegeré de lo que ha de pasar… no cometiste un error al seguir a esta lunática, lo prometo… sé lo que pasará, o al menos la mayor parte, otras cosas no las sé, se ven turbias, lo que significa que son cosas que pueden o no pasar. Cheshire… serás feliz, lo prometo… —Cheshire parpadeó un par de veces, y entonces le sonrió.
—Si mi señorita Casandra lo dice, así será —Casandra entonces se dio la media vuelta, se tomó la falda, y la alzó—. ¡Uwah! ¡Señorita Casandra! —se sonrojó Cheshire y se cubrió los ojos, pero entonces miró, y se sintió traicionado—. ¿Pantaloncillos debajo de su falda? —preguntó.
—¡Jajajajaja! ¿Creíste que te enseñaría mi feminidad? Lo siento, lo siento, solo quería ver tu cara de pervertido, es muy gratificante, jajajajaja —Cheshire bajó la cabeza en señal de derrota—. Oye… Cheshire… esa es la razón por la que vine —apuntó Casandra, y Cheshire notó el navío Troyano que llegaba a las playas de Chipre. Paris y Helena iban sobre este—. Paris nunca me dejaba sola… pero un día simplemente se fue sin mí… no entendía la razón, pero por fin la comprendo… Casandra… es la favorita de Paris… Políxena, o Pandora, es la favorita de Hades… me dejó por Políxena, y por Helena… —Cheshire lo comprendió, sabiendo que Políxena era la actual encarnación de Pandora—. Yo le hubiera dado a Perséfone… y al mismo tiempo evitado una guerra… yo pude separar a Perséfone de Helena de Esparta, pero nadie me creyó, porque estoy lunática… aún duele, ¿sabes? El no poder regresar a mi locura… era mi escape de la realidad… no he podido regresar desde que Príamo me expulsó… estar cuerda… es repugnante… —y Cheshire se impresionó.
—¿Quiere decir que ya no está lunática? —y Casandra miró a Cheshire, con su rostro entristecido y lágrimas en los ojos—. Pe-pe-pe-pero, su exhibicionismo… su cruel desprecio a los ostiones que la obliga a comerlos tan cruelmente. Si no está lunática entonces. ¿Por qué? —preguntó.
—Porque fingir estar lunática es mejor que vivir en un mundo cruel en el que nadie vela más que por sí mismo —mencionó Casandra—. Recuperé la cordura a un alto precio, Cheshire… porque ahora sé lo que va a pasar… y no me causa gracia… pero no por eso voy a dejar de divertirme, anda… hay un cierto templo donde me van a violar al que tengo que asistir. Sería bueno verlo mientras la cordura me dura, ¿no lo crees? —y Cheshire se horrorizó por lo que escuchó—. ¡Anda, Cheshire! Chipre no es el lugar donde debemos estar. Dentro de 12 Lunas esta isla será escenario de una horrible guerra. Nosotros mientras tanto iremos a buscar mi locura que está perdida. ¿Me pregunto dónde está? —se preguntó Casandra.
—Eso suena suficientemente lunático para mí. ¿Está segura señorita que está curada, o solo está atormentándome? —Casandra sonrió con malicia—. ¿Qué clase de respuesta es esa, señorita? Además, ¿cómo está eso de que va al lugar donde será violada? ¿Pretende ser violada? —y Casandra hizo una mueca de perversión—. ¿Si eso no es estar lunática, entonces qué es? —apuntó Cheshire.
—¡Se llama estar excitada por conocer a cierto macho cabrío! ¡Tiene un enorme…! —comenzó Casandra, y Cheshire se tapó los oídos y comenzó a gritar en desesperación—. Sentido del honor. ¿En qué Espectros estabas pensando, pervertido? De todas formas, no iría para haya si no supiera que es lo que me conviene, no estoy tan loca —y Casandra sonrió—. Hay algunas cosas que no son tan malas. ¿Qué sería mejor, Cheshire? ¿Una vida larga y aburrida, o corta y plena? Yo creo… que voy a disfrutar mucho averiguándolo —terminó Casandra, y Cheshire se frotó la cabeza, no comprendiendo el estado mental actual de Casandra.
Anatolia, Troya. 3 Lunas más tarde.
Un navío solitario de Argos surcaba las costas de Anatolia, dentro de este viajaban Diomedes, Acamante, Menelao y Odiseo, dispuestos a solicitar audiencia con el rey Príamo. La embarcación no contaba con muchos tripulantes, solo los suficientes para movilizar al navío que tras 3 lunas de viaje por fin tocaba tierra en Anatolia.
Alrededor de los muelles, los mercaderes se mostraron asustados. La nave no era un navío mercantil, era una nave de guerra. Soldados Troyanos avanzaron hasta los muelles, desmontaron sus caballos, prepararon las lanzas, mientras el navío atracaba en el muelle, y Diomedes daba las órdenes pertinentes.
—Ésteleno, Euríalo —ordenó Diomedes al capitán, el Caballero de Plata de Argo, y al Caballero de Bronce de Unicornio—. Solo bajaremos nosotros 4, el resto, alístense para cualquier contingencia. Si en 3 días no reciben noticias de nosotros, suelten las amarras y huyan a Ítaca, donde Néstor y Agamenón los esperarán con tropas de Argos, Tebas, Calidón, Ítaca, Esparta, Micenas, Atenas y de Pilos para la realización de una invasión temprana —y ambos asintieron—. No lo olviden… venimos en paz, pero no rehuiremos a la guerra. Pero esta no comenzará por nosotros —Diomedes bajó del navío tras dar sus órdenes.
—Toante, mantén la guardia en alto, que nadie salga del barco. Hay suficientes provisiones incluso para el viaje de regreso —Toante de Pegaso asintió ante las ordenes de Odiseo—. No dejes que Euríalo baje a los burdeles ni que suba a nadie, ¿entendiste? —Toante parpadeó un par de veces—. Hablo enserio —sentenció Odiseo—. ¡Ese Unicornio es tan pervertido como…! —comenzó Odiseo.
—¡Mujeres Troyanas! ¡Ya llegó Diomedes de Escorpio! ¿Quién quiere darme un hijo? —gritó Diomedes, y Odiseo se molestó y bajó corriendo del barco. Menelao y Acamante simplemente se cubrieron los rostros con vergüenza—. ¿Qué ocurre? ¿Acaso nunca habían visto a 4 reyes visitar Troya únicamente por probar a una deliciosa mujer Asiática? —preguntó Diomedes.
—Lo hemos visto ocurrir suficientes veces, mi señor —habló un anciano guerrero, vistiendo una Suplice morada, con una lanza bella y deslumbrante—. Me presento ante ustedes, mi nombre es Antenor de Hoplita, Estrella Terrestre del Progreso —y el grupo se impresionó, eran recibidos por un Espectro, y los habitantes de Anatolia no parecían incomodados al respecto—. Hemos visto su navío, y comprendemos que no han venido por nuestros burdeles, señor Diomedes, aunque sé de antemano que esa es una de sus intenciones pero que definitivamente no es la principal —terminó Antenor con modales.
—Vaya, que comprensivos son los Troyanos. Si esto continúa así, no tendremos muchos problemas —mencionó Diomedes, y el grupo fue escoltado por Antenor—. Hemos venido con la intención de dialogar con el rey Príamo. Nuestra llegada no fue anunciada, no traemos tesoros que compartir ni exigiremos los mismos, nuestra actitud… es la de un reino ofendido, Antenor —mencionó Diomedes, y Antenor miró a Diomedes con curiosidad. Acamante caminaba pegado de Diomedes intentando apelar a la diplomacia del rey de Argos, quien era también conocido por ser explosivo en sus decisiones a pesar de su elocuencia. Odiseo viajaba con Menelao, quien miraba a los alrededores de los mercados Troyanos, con ojos de análisis minucioso.
—¿Han recibido ofensa alguna por parte de la familia real? —preguntó Antenor, curioso—. Lo último que hemos sabido, mi señor Diomedes, es que hace un año los príncipes realizaron una excursión prolongada por toda Hélade, y que se le ofreció la mano de Laódamia, la menor de las hijas del rey Príamo en el consejo —y Diomedes se sonrojó un poco, como conteniéndose.
—Hablaré de aquí en adelante, Diomedes —mencionó Acamante, y el de Escorpio se tranquilizó—. Diomedes tiene una reina ya, mi señor Antenor. Muchos reinos están en desacuerdo con su elección de desposar a su propia prima, y sin embargo, Diomedes ha sido fiel a su esposa al menos en el aspecto marital, no así en su autocontrol. La lujuria del rey Diomedes es legendaria —y Diomedes no supo si verlo como un insulto o no, mientras subían a los carruajes, Antenor con Diomedes y Acamante ya que al parecer ellos llevaban la discusión, y Odiseo con Menelao, quien no decía absolutamente nada.
—La fama del señor Diomedes ha cruzado el Mar Egeo, eso se lo aseguro —mencionó Antenor—. Aunque, cualquier hombre en su situación específica también sería poseedor de una gran lujuria. La familia del rey Príamo es bastante fértil, y su maldición solo incluye mujeres de Hélade. Seguramente podría llegar a un acuerdo con la familia real Troyana —ofreció Antenor.
—Perdona… estoy confundido… —habló Acamante—. ¿Por qué estamos hablando de las mujeres de Diomedes cuando deberíamos hablar de las preocupaciones por conservar la paz en nuestras naciones? —y Antenor se mostró impresionado por escuchar sobre la estabilidad de la paz—. En cualquiera de los casos, el palacio Troyano está muy alejado de la costa y los mercados al parecer. Una plática sería conveniente para fomentar la distracción y el cambio de ánimos de 3 Lunas de viaje marítimo—. ¿A qué maldición se refieren, Diomedes? ¿Cómo se conoce de este lado del Mar Egeo y no del nuestro? —continuó.
—No es que no se conozca, Acamante… pero si has de hablar de Apolo, en tierras de Apolo ha de ser —explicó Diomedes, y Acamante comprendió que la maldición de Diomedes se debía a que había ofendido a un dios, en específico, al dios del Sol que es venerado en Anatolia—. Pasó durante la guerra de la Venganza de los Epígonos, la que sucedió a la guerra de los 7 Contra Tebas —comenzó, y Acamante asintió—. Desde los 4 años, yo sabía que mi padre había muerto en Tebas, pero para mí seguía siendo un héroe. Quería recuperar su cuerpo, y sepultarlo con los honores debidos. Por 10 años, Argos dio tributo a Tebas por recuperar el cuerpo de mi padre. Cuando por fin nos lo regresaron era solo piel y huesos. En sus manos cargaba un cráneo partido. No muchos saben la razón de ese cráneo pero… cargaba un gran pecado de mi padre, uno por el que ni Athena lo perdonaría —y Acamante asintió.
—Ese crimen… lo he escuchado… —y Diomedes se impresionó—. En ocasiones hablo con los muertos por el placer de escuchar a los grandes héroes y aprender de ellos. He hablado con tu padre también. Podría permitirte verlo si lo deseas, aunque seguramente lo odias bastante —y Diomedes asintió—. No hablemos de mis habilidades de hablar con los muertos aún. Primero, ¿qué tiene que ver tu padre con esta maldición? —preguntó.
—La guerra de la Venganza de los Epígonos, 10 años después que la de los 7 Contra Tebas, estalló porque deseaba vengarme. Adrastro, el único de los 7 generales que atacó Tebas y en ese entonces rey de Argos, incitó a los hijos de los 7 reyes asesinados a unir fuerzas, y fuimos ante un sacerdote de Delfos para pedir consejo para la batalla —continuó.
—¿Delfos? —preguntó Acamante—. Delfos está consagrada a Apolo, y desde la traición de Poseidón a Apolo fue prohibida su adoración. Diomedes, ¿en qué clase de enredo te metiste? Pedir consejo a Apolo estaba prohibido —y Diomedes asintió.
—Delfos es famoso por ser el oráculo que jamás erra en sus predicciones… debíamos saber si llevábamos a los Epígonos a la muerte o si obtendríamos nuestra venganza. Acamante… se lo he dicho a Odiseo… soy bastante egoísta… aún si no hubiera sido una orden de Adrastro, mi abuelo y en ese entonces rey de Argos, yo hubiera ido —y Acamante permaneció en silencio—. El oráculo era solo una niña, extrañamente, una niña Troyana… hace un año la volví a ver, es hermosa, pero algo lunática. Estoy hablando de Casandra, la sacerdotisa de Apolo en Delfos —y Antenor comenzó a preocuparse—. Esa niña no estaba loca, era muy bella, alimentaría la lujuria incluso de los dioses. Pero bueno, yo no era un lujurioso aún, pero ella hizo su predicción, me dijo: «por más orgulloso que seas, no lideres tú la guerra. Busca al príncipe Alcmeón, él encontrará la victoria más honrosa. Si tú lideras, tu venganza desatará una masacre, que aunque justificada, sembrará solamente odio y desprecio», o algo así —continuó Diomedes—. Yo era un niño muy violento. Casandra predijo nuestra victoria, fuimos a Tebas, obedecí… pero una gran furia se apoderó de mí… era como si el dios del a guerra violenta, Ares, me hubiera poseído… tomé el liderato en medio de la batalla, ordené la destrucción de todos los templos adorados alrededor de Tebas la de las 7 Puertas, solo quedarían en pie los templos en honor a Athena y a Poseidón. El resto, por orden mía, debía ser destruido. Las sacerdotisas vírgenes debían ser violadas, forzadas a romper su juramento de castidad ante Artemisa, y mencioné que yo mismo asesinaría a quien intentara negarme mi venganza. Tebas había aniquilado a tantas regiones vecinas de Argos, había irrespetado nuestras familias, nuestras tradiciones… yo pensaba que solo hacía justicia, pero… no me di cuenta de que al final solo quería borrar el pecado de mi padre… los quería a todos muertos, que no quedara quien hablara del pecado de mi padre. Quería seguirlo recordando como a un héroe, y fui castigado… —Acamante y Antenor no dijeron más, esperaron a que Diomedes tomara aire, y continuara—. Cuando por fin logramos entrar a Tebas, la ciudad estaba completamente desierta. Solo quedó en pie un último sacerdote de Apolo de nombre Tiresias. Era ciego, y viejo, matarlo era inclusive una deshonra. Nuestra gente no se apoderó de ningún tesoro, no tomó concubinas, no había absolutamente nadie en Tebas, la ciudad era una ruina. No había nadie, solo un anciano —continuó, y Acamante asintió invitándolo a continuar—. Mientras yo estaba parado en la plaza del pueblo, el anciano Tiresias se acercó y dijo: «Príncipe Diomedes de Argos, tu venganza es justificada. Tebas ha arrebatado más vidas que las que los Epígonos en su venganza han tomado en compensación. Pero no se violaron a sus sacerdotisas, ni se derrumbaron sus templos. Los dioses consienten la venganza de los hombres y la justicia, no consienten así que se escupa en su alabanza. Actuaste en venganza, como todo hijo ante la desgracia del padre, has cumplido tu venganza y tu padre ahora descansará. Pero recibirás castigo por tu descarada afrenta. Apolo ha aparecido ante mí, y ha decretado una prohibición. Por orden de Apolo, señor de Delfos, no habrá mujer en toda Hélade que te brinde un heredero» —terminó, y bajó la mirada—. He estado con una gran cantidad de mujeres… algunas de las cuales se han dicho son de fertilidad excelente… ni una sola ha podido engendrar un hijo mío… estoy destinado a dejar este mundo sin dejar atrás heredero alguno, ¿saben lo que significa? Al morir… mi sangre se habrá perdido para siempre, y no quedará prueba de mi existencia… la forma más deshonrosa de morir —terminó.
—Los dioses son muy caprichosos, joven Diomedes —mencionó Antenor—. Lo que usted ha hecho para los mortales puede ser considerado justicia. Todo padre, todo hijo, toda esposa, le habría aplaudido por vengar la masacre provocada por los Tebanos. Todos conocemos la guerra, y lo que causa en los hombres, y conocemos el dulce sabor de la venganza. Humanamente hablando, no puede ser juzgado por cobrarse las horribles matanzas del gobierno de Tebas —pero Diomedes lo negó rotundamente.
—¡No! ¡Fui tan perverso como los malnacidos que masacraron a mi gente! —prosiguió Diomedes—. No solo me vengué… Antenor… hice mi voluntad… el odio engendra más odio… probablemente es imposible perdonar y olvidar, pero es posible progresar… —y Acamante sonrió ante las palabras de Diomedes.
—No conocía tu maldición, Diomedes —aseguró Acamante—. Pero en toda Hélade, se conoce a tu reinado como el más justo. Los reinos que te son fieles son ricos, bellos y prósperos. Incluso Tebas con quien se tiene una enemistad silenciosa, es más grande que durante la guerra de los 7 Contra Tebas, o la posterior Guerra de los Epígonos. Es como el incendio antes de la fertilidad de un nuevo bosque. Lentamente se convierte en algo bello y próspero. Lo importante es que has rectificado tu camino, no se puede borrar el pecado pero se puede alimentar la esperanza. Yo te aplaudo, gran rey. Cualquier otro se hubiera convertido en un tirano, pero Diomedes, es un gran héroe —y Diomedes sonrió un poco, agradecido por escuchar esas palabras, y por haber confesado su pecado—. La venganza es cruel y corrompe hasta al más noble de los corazones. No será la primera, ni la última vez que una venganza traiga desgracias… es la respuesta posterior a ella lo que realmente importa —y Acamante miró a la carroza detrás de la suya, pensando en Menelao.
En la carreta detrás de la de Diomedes y Acamante, no había conversaciones extensas ni prometedoras de ningún tipo, el ambiente era diferente. Menelao y Odiseo miraban fuera de la ventana de sus carruajes, y observaban, analizaban. Veían a los centinelas, contaban las barracas, medían la distancia a tiros de flecha entre las inmensas murallas y las costas de los mercados Troyanos.
—Es más grande que Argos, Atenas, y Esparta juntos —mencionó Odiseo, y Menelao asintió—. 10 ciudades, rodeadas por la misma muralla. Una ciudad así definitivamente existe solo para la guerra. ¿En qué piensas, Menelao? La puerta suroeste parece ser la más fortificada —explicó Odiseo, trazando mapas de guerra y estrategias en la misma.
—Nadie esperaría un ataque por esa puerta entonces —concluyó Menelao—. Pienso que esa es la puerta que deberíamos atacar —y Odiseo asintió—. ¿Sabes cuál es el nombre de esa puerta, Odiseo? —y el joven lo negó—. No somos los primeros en intentar atacar a Troya, pero pretendo que seamos los últimos. Esas puertas, se llaman las Puertas de Esceas, las puertas más fuertes, y por ello, la que tiene menos soldados resguardándola. Si penetramos esas puertas… la resistencia sería inútil. Nadie protegería el flanco más fortificado de una ciudad. Pienso concentrarme en derribar esa puerta —y Odiseo asintió.
—No hay que desatender las otras 2 de todas formas, o nuestra intención sería más que obvia —intervino Odiseo, y Menelao asintió—. No quiero una guerra, Menelao… deseo a mi mujer, y quiero ver crecer a mi hijo… pero si por cualquier razón vamos a la guerra… la terminaré… así sea lo último que haga —y Menelao asintió—. Solo prométeme que apelarás a la diplomacia… y que no te entregarás a la violencia… te lo pido como amigo… —terminó, ofreciéndole la mano, y Menelao aceptó.
Las inmensas puertas principales se abrieron, y una gran ciudad rebosó de vida. Había murallas intermedias protegiendo ciertas secciones de las ciudades, era evidente que Troya había crecido tanto, que las murallas internas fueron siendo insuficientes para proteger a la inmensa población, y habían construido fuera de estas, pero no derribaron las murallas, las conservaron.
—7… 8… 9… 10 murallas internas —mencionó Acamante—. ¿10 ciudades? Es impresionante —admiró Acamante, y Antenor asintió—. Cuéntanos un poco de Troya, Antenor. ¿Cómo prosperó tanto? —preguntó.
—Ah, Troya era una ciudadela única en un principio, construida sobre el monte Ida —comenzó Antenor apuntando a la montaña—. Todo comenzó en la cima de esa montaña, donde se encuentra el Palacio de Príamo, rey de Troya. Cientos de años antes de Príamo, el rey Ilo fue el fundador de Illión, la primera ciudadela —apuntó a la ciudadela principal—. Aquella es Tros —apuntó a la ciudadela vecina de Illión pero bajo la montaña—. Tros era el nombre del padre de Illión, se irguió esa ciudad en su honor. Del otro lado de la montaña está Asáraco, reino del hermano de Ilo del mismo nombre, e hijo de Tros También. Y frente a Illión en la falda de la montaña, se construyó Ganimedes, la cuarta ciudad. Ganimedes era hermano de Ilo y Asáraco también, e hijo de Tros. 4 ciudades, con 4 reyes. Tros, como era un anciano, no gobernó en la cima de la montaña, ese puesto se reservó para Ilo el primogénito —pero había más ciudades, lo que confundía a Acamante—. Frente a las 4 ciudades estaba Tróade, gobernada antes por el bisabuelo de Ilo, el abuelo de Tros. En otras palabras, toda la familia de Ilo eran colonizadores. Los 5 reinos se unieron, pero fue Laomedonte, hijo de Ilo, quien planeó la construcción de la muralla principal. Cuenta el mito que Poseidón y Apolo la construyeron, una muralla capaz de rodear a 5 ciudades no podía ser construida por mortales. Pero Laomedonte deseaba una fortaleza impenetrable, y mientras la muralla avanzaba, mando edificar más ciudades: Calírroe en honor a la esposa de Tros. Cleopatra en honor a la única hija de Tros y hermana de Ilo. Laemonte en honor al mismo rey de Illión. Temiste, una ciudad en honor a su hermana. Y por último Capis, la más joven e todas las ciudades. Estas fueron construidas mientras Poseidón y Apolo avanzaban en la construcción. Pero los dioses son más veloces que los mortales, y al llegar a Capis se dieron cuenta del engaño, pues Capis seguía siendo construida. Poseidón y Apolo no estaban rodeando 5 ciudades, Laomedonte se las había arreglado para que se rodearan a 10 ciudades, todas con sus respectivas murallas. El resto… es historia ya. Poseidón envió a una bestia a destruir lo que había creado, su gran muralla, pero incluso esta bestia no logró pasar. Una de las 3 puertas no fue terminada por los dioses, fue terminada por los hombres. Pero es igualmente impenetrable, es la puerta principal frente a Capis. Incluso si llegara a caer, Capis fue construida como la ciudad militar, una invasión por esa puerta terminaría con una embestida a puntas de lanza. La puerta de Capis es la más resguardada de todas —terminó Antenor.
—No estamos pensando en hacer la guerra… pero eso fue horriblemente des-motivante… —habló Diomedes—. Para resumir… una inmensa muralla construida por los dioses… rodeando otras 10 ciudades… cada una con su muralla, y de las cuales Capis es impenetrable. Y para terminar… —comenzó Diomedes, y el carruaje se empinó un poco, y Diomedes sacó la cabeza—. La ultima ciudadela está construida en la punta del Monte Ida —terminó Diomedes—. ¿Me olvidé de algo? —preguntó con cierta molestia.
—Alrededor de las murallas de Troya hay una zanja de 10 metros de profundidad rodeando a toda la muralla —Diomedes y Acamante se preocuparon por la revelación de Antenor—. Y cada puerta tiene una empalizada exterior y un campamento militar —la preocupación volvió a invadir a ambos—. Sin mencionar que antes de llegar a Illión hay una muralla superior y otra muralla interior en medio de esta y la muralla exterior construida por Apolo y Poseidón. La muralla interior fue construida por Ilo, la superior es la última muralla construida, alzada por el arquitecto Pathos Verdes, discípulo de Hefestos, el arquitecto de los dioses —y Acamante y Diomedes sintieron que se los tragaba el Inframundo.
—Diomedes… si Menelao abre la boca y arruina todo esto… recuérdame darle un buen puñetazo en el rostro —mencionó Acamante con cierto desprecio, y Diomedes asintió, sintiéndose intimidado por las protecciones de Troya.
—Tebas tenía 7 grandes puertas en su muralla… pero era solo una ciudad… la ciudad más grande e impenetrable de toda Hélade —sentenció Diomedes con preocupación—. Troya definitivamente es 10 veces Tebas más fosos y murallas creadas por dioses… nos va a llevar Hades… Acamante… no quiero ser profeta pero esto no terminará bien… —y Antenor sonrió.
—Entonces… será mejor que trabajemos juntos por el bien de nuestras naciones —ofreció Antenor—. Mis señores… juro en el nombre de Apolo que haré todo lo que esté en mi poder porque cualquier insulto a ustedes sea limpiado sin la necesidad de un derramamiento de sangre. Troya es en verdad impenetrable, pero los muros son para defenderse, jamás para atacar. Troya se ha quedado por siglos tras sus paredes, y pretendo que siga siendo así. ¿Podrían por favor decirme el cómo han sido insultados? El viaje a Illión aún es muy largo —Acamante y Diomedes intercambiaron miradas, y asintieron.
Palacio de Troya. Illión.
—¿Visitantes de Hélade has dicho? —preguntó Príamo a Antenor, que horas después de la larga travesía se había presentado ante Príamo. Héctor, Trolio, Heleno y Laódice estaban presentes en Illión, solo Paris y Políxena no se encontraban presentes—. ¿Quiénes son? —preguntó.
—Acamante, rey de Atenas. Diomedes, rey de Argos. Menelao, rey de Esparta. Y Odiseo, rey de Ítaca —Príamo se mostró sumamente impresionado—. Mi rey… he conversado con ellos. No vienen en pos de guerra, pero vienen ofendidos por un gran crimen que uno de sus hijos ha cometido. Está en mi mayor interés el que por favor considere el restituirles a nuestros invitados por el crimen. Con su permiso, los dejaré pasar —Príamo asintió, y Antenor dio una orden, y las puertas de la Sala del Trono se abrieron. El primero en entrar fue un nervioso Diomedes, Acamante detrás de él compartía la misma preocupación. Laódice entonces miró a Acamante fijamente, y se sorprendió. Podía ver los sentimientos de todos como flamas de colores. La de Menelao era roja y llena de ira, igual que la de Diomedes que a pesar de ello podía disimularla perfectamente. La de Odiseo era azul, con destellos rojos de odio, pero la de Acamante era azul, casi blanca, un ser incapaz de sentir odio.
—¡Diomedes! —habló Príamo—. ¿Has venido a aceptar mi oferta por la mano de mi querida hija Laódice? —preguntó Príamo, intentando desviar el tema principal por fines diplomáticos. Laódice sin embargo, miró a Diomedes, y movió su cabeza en desprecio.
—Necesito… de unos segundos para reponerme, mi rey… —comenzó Diomedes—. Este palacio tiene más habitaciones que el palacio de Ítaca y el de Argos juntos. ¿Exactamente cuánto poder adquisitivo tienen los Troyanos? Esto es una locura —Odiseo se acercó a Diomedes, colocó su mano en su hombrera, y lo tranquilizó—. Mi rey Príamo —comenzó Diomedes, pero entonces notó en las columnas a una niña que lo miraba con desprecio desde su escondite—. ¡Ethon! —gritó de repente, y Anficlas se estremeció de miedo—. ¡Ah! ¡Ethon! ¡Hace tiempo que no veía esa carita tuya! ¡Podría adoptarte! —se distrajo Diomedes, y tanto Odiseo, como Menelao y Acamante, y un furioso Héctor, se mordieron los labios con despreció. Anficlas simplemente hizo un gesto masculino y grosero—. ¿Eh? ¿Con esas manos abrazas a tu madre? Eso es muy grosero… —apuntó Diomedes.
—¡Basta! —enfureció Menelao, y Odiseo se horrorizó mientras Menelao se posaba frente a Diomedes—. Rey Príamo, me temo que esta no es una visita formal. Es una visita de restitución —Príamo se sentó en su trono, esperando la explicación—. Hace año y medio, su hijo Paris llegó a mi palacio, comió de mi mesa, bebió de mi vino, lo bañé de tesoros y joyas. Y su hijo me pagó irrespetando a mi mujer —y Príamo se mostró impresionado y miró a Héctor, quien fingió demencia—. No me enteré de esta abominación. Pero aún si lo hubiera hecho, confieso que pudo haber sido únicamente un arrebato de lujuria, y un acercamiento inocente a mi amada en ese momento embarazada. No profanó sus votos maritales, únicamente compartieron un beso a mis expensas. De haberme enterado hubiera actuado con violencia, se lo aseguro, pero lo hubiera perdonado con la debida disculpa, en cuyo caso solo mi esposa tendría que restaurar su honor ante mí —y Príamo volvió a asentir, pidiendo a Menelao que continuara—. Pero hace 7 Lunas, su hijo volvió a escupir en mi honor. Mientras yo me encontraba fuera, sus hombres asesinaron a una centena de mis guardias, destruyeron mi palacio, y me arrebataron a mi hermosa Helena, llevándosela en contra de su voluntad. Exijo me regresen a mi amada y se hagan responsables de los daños a mi palacio y a las familias afectadas. Yo atendí a su hijo con cortesía… y en estos momentos… estoy furioso… pero perdonaré esta ofensa si me cumplen, y me devuelven lo que por derecho me pertenece. ¿Dónde está Helena? —preguntó Menelao, y el silencio imperó en la Sala del Trono.
—Me temo, mi rey Menelao —comenzó Príamo—. Que no tengo idea de lo que está hablando. Su acusación es fuerte, y de ser real ameritaría una retribución. Pero mi hijo Paris no ha regresado de su viaje por Anatolia, y no sabemos nada de esta tal Helena de la que habla. Sin pruebas, su acusación es más un insulto que una petición —mencionó Príamo, y Menelao enfureció.
—Mi señor —interrumpió Antenor—. El príncipe Paris se encuentra de camino a Troya, viene desde Chipre —explicó—. Aquello debería ser prueba suficiente para mi señor Menelao de que Paris no ha estado en Hélade. Chipre es la nación más al sur de Anatolia, una isla del tamaño de Creta. Se necesitarían de 3 Lunas de ida y 3 Lunas de regreso para completar el viaje —explicó Antenor.
—Entonces… Paris nos lleva una Luna de ventaja… mi estimado Antenor —mencionó Acamante—. ¿Por qué el retraso? ¿No será que el joven Paris tomó un ligero desvió a mar abierto y sin escalas? Con un bote mercantil, se podría llegar de Chipre a Esparta en al menos media Luna —explicó Acamante—. Solicitamos esperar el regreso de Paris, mi rey Príamo. Y si en audiencia con él descubrimos que en efecto, no es responsable de este crimen. Nos disculparemos, y seremos nosotros quienes ofreceremos retribución. Pero si Paris en efecto ha violado el tratado de paz entre Esparta y Troya, exigimos se nos devuelva a Helena, y la retribución pertinente por los daños. ¿Qué dice, mi rey? —preguntó Acamante, y Príamo mantuvo su silencio por unos instantes, pensativo.
—Antenor… atiende a nuestros invitados hasta la llegada de Paris a Troya —Antenor se alegró, e hizo una reverencia—. Si en efecto Paris ha hecho lo que dicen, serán retribuidos. En cuyo caso contrario, esperaré una disculpa pública, y un juramento de confianza entre nuestras naciones —los 4 hicieron una reverencia, y Antenor los guio fuera de la Sala del Trono.
—Padre… —comenzó Heleno—. ¿Y si en verdad Paris lo ha hecho? ¿Qué pasa si Paris no desea regresar a Helena? —preguntó Heleno, y Príamo pensó seriamente en lo ocurrido. Laódice sin embargo, estaba más interesada en Acamante.
Casa de Antenor.
—Debe tener más cuidado con lo que habla, mi señor Menelao —habló Antenor, que había invitado a los 4 a comer—. Príamo es temperamental. Si lo hubiera enfurecido, dudo mucho que los 4 conservaran sus cabezas —explicó Antenor.
—Solo quiero lo que por derecho me pertenece… justicia… —habló Menelao—. ¿Cómo sentirías si te hicieran lo mismo que a mí? Si yo llegara, asesinara a tus hombres, violara a tu esposa, y me la llevara a Esparta, ¿no querrías ver mi cabeza clavada en una lanza? —preguntó.
—Indudablemente —aceptó Antenor—. Por ello hablaré con Príamo, lo convenceré. Le regresarán a Helena, Príamo no es ningún tonto. Pero mi señor, me ayudaría mucho que controlara su temperamento —Menelao meditó al respecto, y asintió.
—¿Dónde están las criadas? Solo veo criados —se molestó Diomedes, y Antenor sonrió ante lo que estaba escuchando—. Esto se parece demasiado a mi palacio en Argos, solo hombres sirviendo, mi hija Shana me tortura —lloró Diomedes.
—Por la salud de mi servidumbre, me reservé el derecho de admisión de mis criadas, mi señor Diomedes —y Diomedes azotó la frente en la mesa por lo que estaba escuchando—. En estos momentos, mi señor, lo mejor es no dejarse llevar. Le prometo invitarlo a un burdel Troyano cuando todo esto termine y sepamos que estamos en paz —Diomedes se alegró por la noticia—. Mi señor Odiseo, ¿gustaría de acompañarnos? —preguntó.
—Afortunadamente, yo no pienso con la entrepierna como el Escorpio —se quejó Odiseo, y Diomedes lo miró con desprecio—. Solo una vez me dejé convencer, y casi terminé cuidando de un hijo que no era mío hasta que descubrí el engaño. Eso no volverá a pasar —terminó.
—¡Eso es porque tú sí puedes tener hijos! ¡Solo un heredero es lo que pido! ¡Teniéndolo juro que seré el hombre más fiel de toda Gea! ¡Un heredero! ¿Es mucho pedir? —sacudió Diomedes a Odiseo, y Menelao comenzó a reírse—. ¿No estabas enojado? —preguntó Diomedes.
—Te llevo 2 herederos de ventaja, Escorpio inútil —y Diomedes enfureció—. Aunque, inclusive si hubieras ganado aquella batalla, seguramente tu esterilidad hubiera repugnado a Helena —la comparativa molestó a Diomedes aún más.
—¡No soy estéril! ¡Y puedo apostar a que he estado con más mujeres que cualquiera en toda Hélade! ¡Soy el Galán Escarlata! —Odiseo suspiró en señal de molestia, sabiendo que eso no era razón de orgullo, pero comprendió en cierto modo la preocupación de Diomedes y le sonrió—. ¡No te burles mal amigo! ¡Deberías estarme ayudando a encontrar a una mujer capaz de darme un heredero! ¡No fantasear con ver a tu hijo crecer! ¿Qué hay de mí? ¡Yo también quiero ser padre! —enfureció Diomedes, y todos en la mesa se burlaron, Acamante incluido. Pero de pronto, Acamante sintió un cosmos suave llamarlo, y se puso de pie—. ¿Tú también me vas a presumir? —se quejó Diomedes mientras miraba a Acamante.
—No tengo siquiera esposa, ¿cómo podría? —preguntó Acamante—. Iré a mi habitación. Que tengan una buena noche —Acamante se retiró, y dejó al resto discutiendo y riendo en la mesa de Antenor. Mientras tanto, Acamante llegó a su cuarto, y miró fijamente a una mujer dentro—. ¿Laódice? —preguntó, y la joven sentada en la cama de Acamante sonrió seductoramente—. ¿Vienes a hablar sobre el rapto de Helena? —preguntó.
—Preferiría ser yo la raptada, mi señor Acamante —mencionó Laódice, y Acamante se cruzó de brazos—. Escuche… se lo pediré amablemente primero. Es mi deseo engendrar un hijo del hombre más noble que pueda existir, y la nobleza en su corazón me ha conmovido. No me importa si no desea amarme, tan solo deseo un hijo suyo —prosiguió Laódice.
—Hablas como Diomedes. ¿Es alguna profecía? —Laódice lo negó con la cabeza—. Somos invitados en la orden de Príamo, no me atrevería a perjudicar las relaciones. Le pido de favor que salga de mi habitación, y le advierto, no se acerque a Diomedes el lujurioso. Él la tomaría sin dudarlo —terminó Acamante.
—No me interesa un hijo engendrado del odio —insistió Laódice—. Esto es más un capricho que lujuria, Acamante. Deseo un hijo que gobierne con honor y justicia en una tierra donde ambos no existen. Un salvador para Troya. Se lo pedí voluntariamente, pero en vista de que no tendré una respuesta afirmativa, no me queda más opción que forzarlo —en ese momento, unas alas de mariposa atravesaron la túnica de Laódice y revelaron su Suplice. Acamante se puso a la defensiva, pero un polvo muy fino lo rodeó. Acamante lo respiró, y cayó víctima de una poderosa feromona—. Mi nombre, es Laódice de Hiperboreas, Estrella Terrestre de la Jovialidad… Hiperboreas es una de las hijas del dios del viento, Boreas, y es la guardiana de las mariposas. Sus vientos mueven el polen por el mundo, y así, las hembras atraen a los machos, y los pueden obligar a hacer lo que deseen. Se lo pedí voluntariamente, mi señor Acamante. Pero no aceptaré un no por respuesta. Ahora… venga y deme un heredero… —y Acamante, con poco uso de sus facultades mentales, derribó a Laódice en su cama, la besó, y fue obligado a unirse a ella.
Palacio de Troya.
—¿Paris? —se horrorizó Príamo—. ¿Entonces es verdad? Pero, ¿por qué? ¿No tienes ya a Enone? —preguntó Príamo, horrorizado. Paris acababa de llegar, y lo hacía con Helena, quien se acariciaba el vientre—. ¿Acaso ella está? —preguntó Príamo.
—Viajamos por algunas Lunas, y estaba aburrido —mencionó Paris—. En cuanto a Enone, no me molesta que se quede con nosotros, padre. La amo también, pero Helena… es simplemente irresistible —explicó Paris. Heleno estaba horrorizado, Trolio se burlaba, Héctor simplemente mantuvo su silencio, confiando en la predicción de Casandra. Políxena nuevamente se sentaba en su trono, estaban presentes 5 de los representantes del consejo—. ¿Y Casandra? —preguntó, pero Príamo no estaba para juegos.
—¡Paris! ¡Me has hecho quedar en ridículo frente a Menelao de Esparta! —Príamo estaba tan desesperado que comenzó a jalonearse el cabello—. No puedo creerlo… no solo traes a Helena contigo, sino que la has embarazado. ¿Cómo crees que reaccionará Menelao? ¡Incluso si quisiera devolverla! ¡Menelao me pedirá tu cabeza! —Príamo estaba furioso.
—¿Regresarla? —preguntó Paris, y Príamo lo observó fijamente—. Mírala bien, padre. ¿Acaso tiene el rostro de alguien que ha venido en contra de su voluntad? —ante la pregunta de Paris, Helena respondió besándolo y sonriendo para Príamo. Sus ojos sin embargo, brillaban color de rubí—. No rapté a Helena, ella huyó conmigo. Estamos enamorados, este bebé es la prueba. ¿Lo entiendes ya? Te piden una retribución inexistente —habló Paris.
—¡Padre! ¡Esto ha ido muy lejos! —habló Heleno—. Helena debe ser devuelta. Y nos disculparemos con Menelao —intentó razonar Heleno—. ¿No lo ven? Casandra siempre tuvo la razón en todo. Paris, con tus acciones has traído una antorcha en llamas a Troya —terminó Heleno con temor.
—¿Estamos votando? —preguntó Paris—. Si es así, yo voto en contra de la devolución de Helena —mencionó Paris, desafiando a Heleno—. Padre… Helena me ha elegido, vino en voluntad propia. Los hombres de Esparta intentaron detenerme, yo simplemente me defendí. ¿Quieren tesoros? Se los daré, toda mi herencia, pero Helena carga a mi hijo en su vientre, un heredero. No la devolveré —terminó Paris.
—No apruebo lo que está pasando, pero devolver a Helena en este estado sería… inconveniente —mencionó Héctor—. Casandra profetizó una guerra, y la guerra ha llegado a nuestra puerta. Troya se ha preparado para la guerra, tenemos mapas, tenemos el poderío militar. Desde el regreso de Paris lo he sabido, la profecía de Casandra era real, e inevitable, por ello tomé mis precauciones. Esparta es la nación más poderosa de Hélade. Argos y Atenas serán fuertes también, Ítaca es un reino cualquiera, pero ni las 4 unidas podrías enfrentar a Troya. Esta es la oportunidad perfecta. Los 4 reyes enemigos están dentro de nuestras murallas. Heleno, la antorcha no solo representa guerra, representa esperanza. Podemos expandir Troya a Hélade, es una tierra de riquezas. La guerra es inevitable, lo sabemos, Troya ha construido murallas por lo mismo, somos intocables, poderosos. Si quieren ir a la guerra por una mujer, déjenlos venir. Tenemos todas las herramientas para detenerlos y conquistarlos —terminó Héctor, y Trolio rio con fuerza.
—Me agrada la idea —mencionó Trolio—. Dejemos que los reyes decidan. Veamos qué tan estúpidos son. Solo un imbécil haría la guerra a Troya, ¿vieron a ese tal Diomedes? Temblaba de miedo. Yo opino que la nación más fuerte tiene derecho a exigir de los demás lo que le plazca. Además, nuestros dioses están en guerra, en Hélade se alaba a Poseidón y a Athena, aquí reinan Apolo, Ares y Hades. No tenemos nada que perder, son solo 4 reinos de porquería —terminó Trolio—. Si este Menelao puede llegar y exigir retribución. ¿Qué clase de reino somos? ¡Una burla! ¡Somos el reino más poderoso de toda Asía! —terminó Trolio.
—Héctor y Trolio hablan de conquista… —habló Políxena tranquilamente—. Yo hablaré de honor. Menelao ha insultado al reino con sus acusaciones. Desafió directamente a nuestro padre. No podemos permitir que reinos inferiores lleguen a nuestras puertas con exigencias. Opino que deben ser expulsados. No iremos a la guerra, pero no aceptaremos ser ordenados por reinos minoría. Tenemos el poder… podemos hacer lo que nos plazca, esa es mi conclusión —terminó Políxena.
—¡No deseo una guerra, niños insolentes! —gritó Príamo, furioso—. Cuando ustedes sean reyes y reinas, podrán hacer con el reino lo que les venga en gana. Hoy yo soy el rey, y me temo… que regresar a Helena en ese estado sería lamentable… —apuntó Príamo—. Razonaré con Menelao, le ofreceré tesoros, tierras, y una nueva esposa. Diplomacia antes que guerra. No le devolveremos a Helena, no así —terminó Príamo—. Solo espero que no sea el augurio de una terrible masacre… —se preocupó Príamo.
Anatolia, Troya. Al día siguiente. Sala del Trono.
—¿Acamante? Te ves… resacoso… —mencionó Diomedes, mientras Acamante intentaba mantenerse en pie, sintiéndose horriblemente enfermo—. ¿Qué ocurrió? ¿Bebiste? Si es así te lo mereces por no invitarme —se quejó Diomedes. El grupo esperaba la llegada de Príamo en la sala del trono, todos estaban felices, tenían un buen presentimiento, todos menos Acamante claro, quien no podía pensar con normalidad.
—¿Acaso… fui violado? —preguntó Acamante, y Diomedes parpadeó un par de veces—. Es extraño… me siento como si debiera estar furioso por algo que no recuerdo pero… estoy casi seguro de que tuve a una chica en mi cama anoche —y Diomedes enfureció.
—¡Yo también quiero probar a una muchacha Asiática! ¡Acamante tramposo! —apuntó Diomedes con molestia, pero recibió un golpe en la nuca por parte de Odiseo—. ¡No lo entiendes porque tú ya tienes un hijo! —se quejó.
—No es solo tu deseo de descendencia, Diomedes. En verdad eres un pervertido —reprendió Odiseo—. De todas formas, Antenor habló con Príamo. Estoy seguro de que nos regresarán a Helena y todo volverá a la normalidad —explicó Odiseo con esperanza en el tono de su voz, y Menelao sonrió sintiendo la misma seguridad que Odiseo.
—Soy capaz de ofrecer los tesoros de Esparta a los afectados de la matanza, y de reparar mi castillo con los recursos del pueblo —comenzó Menelao—. Si me regresan a Helena, lo consideraré un acto de arrepentimiento de Príamo, y daré por hecho el que Paris será reprendido. No necesito tesoros Troyanos, solo a mi esposa —y Odiseo se alegró por el cambio en Menelao, en definitiva, todo parecía que terminaría bien.
—Eso espero, mi amigo… —comenzó Odiseo—. Una vez nos regresen a Helena… buscaremos la forma de liberarla de la influencia de Perséfone… y todo regresará a la normalidad —se susurró a sí mismo Odiseo. Nadie había querido tomar la postura de la posibilidad de que Paris fuera Hades por evitar una guerra, y esto estaba tan próximo a ocurrir que Odiseo se atrevió a tener esperanza. Príamo, Hécuba y los 6 representantes del consejo salieron. Al ver a Paris, Menelao enfureció un poco, pero se tranquilizó. Acamante simplemente se mostró molesto al ver a Laódice, quien le saludaba con una hermosa sonrisa, incinerando un desprecio que Acamante no sabía que podía tener.
—¿Por qué esa mujer me molesta? No lo entiendo, jamás he sentido odio por nadie en la vida —se molestó Acamante, y Diomedes comenzó a conectar las piezas, pero al imaginarse a Acamante y a Laódice en un romance, se jaloneó la cabellera intentando no volver a pensar en ello—. Solo espero que todo esto termine ya —y el resto asintió.
—Oye… Diomedes… —mencionó Odiseo, y Diomedes lo encaró—. ¿No crees que Paris se ve demasiado tranquilo? —Diomedes miró a Paris, quien se veía en exceso despreocupado—. Algo no está bien… creo que Paris es en verdad Hades… y que esto… —y en ese momento, las palabras de Odiseo fueron interrumpidas, mientras una multitud de soldados desfiló por los alrededores de la Sala del Trono, llamando la atención del grupo—. Es una trampa… —susurró Odiseo.
—Rey Menelao, soberano de Esparta —comenzó Príamo, y Menelao comenzó a molestarse—. No se asuste por favor, he llamado a esta multitud por cautela solamente. Ya que he meditado la situación y hablado con Paris, mi hijo. Helena en efecto ha llegado a Troya, pero lo ha hecho por su propia voluntad. No puedo devolverle lo que no desea ser devuelto, pero puedo retribuirle económicamente por los daños causados a su gente y su palacio. Por favor acepte mi hospitalidad y desista de reclamar a Helena —comenzó.
—¿Dónde está Helena? —fue la respuesta de Menelao—. ¿Por qué no viene ella a decírmelo en la cara, y me asegura que no siente remordimiento alguno por dejarme a mí y a sus hijos? ¿Dónde está? —comenzó a enfurecer Menelao, y los soldados a acercarse—. ¡Llegas a mí reino! ¡Te robas a mí esposa! ¡Destruyes mí palacio! ¡Matas a mí gente! ¿Y te atreves a pedirme que me quede de brazos cruzados? ¡No me hagas reír! ¡Tráeme a Helena! ¡Hasta entonces, no negociaré! —Príamo enfureció, pero por evitar una guerra, tronó sus dedos, y Fryodor le trajo a Helena—. ¡Helena! —gritó Menelao, y estuvo a punto de correr a por ella.
—¡No! ¡Perséfone! —mencionó Odiseo, sosteniendo el brazo de Menelao—. Lo sabía… no era una ideología mía… en verdad es Perséfone —susurró Odiseo—. Déjala, Menelao. Estás jugando contra dioses. Es más que obvio. Paris es Hades… y Helena es Perséfone —susurró Odiseo.
—Helena… vuelve a mí… —habló Menelao, ignorando a Odiseo y extendiendo su mano—. Vuelve… solo vuelve… termina con esto, no huiste, yo lo sé… —Menelao entonces notó el vientre de Helena, que estaba ligeramente hinchado, y comenzó a llorar de odio y rabia—. Profanaste… a mí mujer… maldito. ¡Te mataré! —gritó Menelao, y en ese momento los ojos de Helena lloraron, y se tornaron azules y hermosos—. ¡Helena! —gritó.
—¡Menelao! —regresó el grito ella, y el caos comenzó—. ¡Suéltenme! —le gritó Helena a Fryodor, y Menelao se lanzó contra el Espectro, le golpeó el rostro, y abrazó a Helena—. No fue mi voluntad, te lo juro —lloró Helena, Paris enfureció, y de un movimiento de su mano, ordenó a todos los soldados a rodear a los 4 reyes—. ¡Te amo! ¡Amo a mis hijos! —lloró Helena.
—¡Suelta a mi mujer! —ordenó Paris en furia, y Menelao abrazó a Helena con fuerza, protegiéndola de Paris—. ¡Suéltala! —gritó, y Diomedes, Acamante y Odiseo crearon sus armas. Diomedes una lanza dorada, Odiseo su espada, y Acamante un guante dorado con un par de cuchillas como filos de espada, Menelao conjuró su lanza también.
—Rey Príamo… tomaste tu decisión, y no me retribuiste. Así que, me cobraré yo mismo. ¡Esto es por los nobles soldados Espartanos que tu hijo Paris ordenó asesinar! —alzó su lanza Menelao en forma vertical, con la punta al suelo, reuniendo su cosmos a su alrededor—. ¡Ejecución Estalagmita! —gritó Menelao, clavó la lanza al suelo, y ondulaciones cristalinas recorrieron el piso de la Sala del Trono, y en un instante, cientos de filosas estalagmitas de hielo salieron del suelo, perforando a los soldados alrededor de ellos, dándoles una horrible muerte. Diomedes, Acamante y Odiseo bajaron sus cabezas en señal de respeto, cerraron los ojos, agudizaron los oídos, mientras más y más estalagmitas se alzaban de la tierra, y despedazaban a los hombres de Príamo, quien no hacía más que observar horrorizado la masacre—. ¡Esto es guerra! —gritó Menelao.
—¡Perfecto! —habló Trolio, quitándose la túnica y revelando su Suplice bajo la misma con la forma de un Dragón-Serpiente—. ¡Yo, Trolio de Draconis! ¡Estrella Celeste del Prestigio! ¡Acepto el desafío! ¡La Colera de Draconis! —gritó el joven, lanzándose a Menelao con sus alas de dragón bien extendidas, derribándolo de un fuerte puñetazo, forzándolo a soltar a Helena. Paris corrió en dirección a Helena, la tomó de la mano, y la alejó, pero Diomedes intentó clavarle su lanza en el rostro, y lo hubiera logrado de no ser por Héctor, quien bloqueó con su lanza oscura.
—Secretamente, deseaba este combate, Escorpio —Diomedes sintió el terrible cosmos de Héctor, y comprendió que había encontrado a un oponente a un nivel muy similar al suyo, incluso capaz de vencerlo—. ¡Elegiste al rival equivocado! ¡Mi nombre es Héctor de Bennu! —y unas alas inmensas completaron la Suplice de Héctor—. ¡Estrella Celeste de la Violencia! ¡Te reto a un desafío, Diomedes de Escorpio! ¡Reclamaré tu vida! ¡Ráfaga de la Corona! —lanzó una llamarada, y Diomedes se vio obligado a evadir las oscuras flamas. Héctor aprovechó la distracción y lanzó estocadas rápidas y violentas intentando destrozarle el cuerpo, pero Diomedes resultó ser lo suficientemente rápido para combatir a Héctor en igualdad de condiciones, incluso lanzó sus propias estocada, la lanza dorada de Diomedes y la lanza oscura de Héctor se interceptaron en las puntas, lo que pareciera imposible de lograr, pero ambos habían atacado el mismo punto, el corazón de su oponente, solo para encontrar las lanzas en perfecta coalición.
—Esto no tenía que pasar… lo lamento… —habló Heleno, acercándose a Acamante—. Realmente lo lamento. Pero yo, Heleno del Profeta, Estrella Celeste de la Adivinación, seré tu oponente —un báculo se materializó en la mano de Heleno, y su túnica fue reemplazada por una Suplice de un Druida Oscuro, y con el báculo en mano, conjuró a cientos de serpientes de fuego rojo—. ¡Basilisco Carmesí! —gritó, y Acamante cortó con su guante, y lanzó llamaradas azules con la otra mano—. No debía pasar. ¿Qué estamos haciendo? —continuó, e intentó golpear a Acamante con su bastón sin llegar a lograrlo.
—¡Hades! —gritó Odiseo, apuntándolo con su espada de plata—. ¿Es esto lo que deseas? ¿Quieres la guerra en contra de Athena? ¿Por qué no puede existir la paz? ¿Por qué no puedes aceptarlo como tu hermano Poseidón? ¡Hades! —insistió Odiseo, quien se lanzó con su espada de plata, y Paris simplemente lanzó a Helena a brazos de Príamo y materializó una espada roja brillante, que detuvo la espada de Odiseo—. ¿Por qué? —preguntó.
—Porque siempre fui justo y aun así la gente me odió y temió —recriminó Paris, empujando su espada contra la de Odiseo—. Ahora llegaré como un conquistador, y la humanidad estará obligada a amarme —el combate de espadas entre Odiseo y Paris continuó con gran velocidad, y aunque la espada de Paris era más mortífera, Odiseo poseía una mejor habilidad para blandir la suya, y sorpresivamente lograba hacerle frente.
—¡Helena! —gritó Menelao, intentando tomar a Helena, pero encontró a Trolio blandiendo una inmensa hacha tratando de cortarle la cabeza—. ¡Fuera de mi camino! ¡Polvo de Diamantes! —conjuró Menelao, y Trolio fue clavado a una pared por el hielo. Menelao intentó nuevamente llegar hasta Helena, pero Trolio lanzó una cadena, enredó los pies de Menelao, y lo derribó—. ¿Cuántas armas tienes? —se quejó Menelao, y rompió la cadena al clavar la punta de su lanza en la misma.
—Puedo crear armas de cualquier cosa, rey e Esparta —mencionó Trolio, tomó un trozo de hielo del cadáver de un soldado Troyano, y materializó un arco con este, tomó un cabello de su cabellera, y lo transformó en una flecha, y comenzó a disparar. La flecha se partió en una decena, y Menelao tuvo que evadir o impactarlas con su lanza. Trolio entonces tomó su hacha, saltó, e intentó asesinar a Menelao cortándole la cabeza, pero Menelao resistió al sostener la lanza con ambas manos a cada extremo.
—¡No eres más que un niño! —gritó Menelao, soltó el agarre de la punta de la lanza, lo que forzó a la lanza a caer, a que el hacha de Trolio resbalara por la superficie dorada de la lanza, hasta clavar la hoja en el piso donde quedó atrapada tras cortar el mosaico del suelo. Menelao giró la lanza con agilidad, apuntando la punta a la espalda de Trolio, la bajó, y la lanza pasó a través de su espalda y pecho—. Mocoso inútil —sacó la lanza Menelao, y Trolio comenzó a reír—. ¿Cómo? Deberías estar muerto —se impresionó Menelao.
—Soy un Espectro, Caballero de Athena. Incluso si mi cuerpo muere, revivirá gracias al señor Hades —Trolio continuó con sus ataques, y Menelao evadió justo a tiempo y continuó contraatacando los cortes de la inmensa hacha de Trolio—. ¡Ascensión de Draconis! —lanzó un puñetazo Trolio, impactando el mentón de Menelao, e inmediatamente después preparó su hacha—. ¡Ahora te rebanaré la cabeza! —y sin embargo, Trolio resbaló y terminó tumbado en el suelo, que estaba cubierto de hielo—. ¿Cómo? —se sorprendió al ver el suelo.
—Te lo dije… no eres más que un niño —prosiguió Menelao cayendo en el hielo, alzando su lanza y apuntando a Trolio, quien no podía mantenerse en pie—. ¡Desaparece! ¡Relámpago de la Aurora! —lanzó su lanza, y Trolio la evadió, pero inmediatamente después Menelao lanzó un par de esferas de hielo, que golpearon el rostro de Trolio la primera, y el estómago la segunda, sacándole todo el aire, y dando a Menelao tiempo de reunir su cosmos con los brazos extendidos y las manos entrelazadas sobre la cabeza—. ¡Ejecución Aurora! —y Trolio, al recibir el ataque, fue lanzado entre varias paredes y clavado a las mismas—. ¡Helena! —gritó Menelao, pero se vio rodeado de Espectros—. ¡Maldición! ¡Fuera de mi camino! ¡Rayo de Polvo de Diamante! —enunció Menelao, y los Espectros fueron brutalmente abatidos.
—¡Flamas Azules del Praesede! —lanzó una lluvia de fuegos azules Acamante, y Heleno de un movimiento de su báculo creó un escudo de símbolos arcanos, que resistían las poderosas llamaradas—. ¡Ustedes forzaron esto, Heleno! ¡Nosotros intentamos la paz! —sentenció Acamante, lanzándose con su guante y haciendo un corte—. ¡Pinza de Cangrejo! —gritó, cortó, y una ola de agua filosa se alzó del suelo, golpeando a Heleno, y lanzándolo al trono de su padre—. ¡No es tarde para remediarlo! —intentó razonar Acamante.
—Es más tarde de lo que crees. Ya solo queda intentar defender nuestra postura… ¡Al buscar la victoria de Troya! ¡Muro de Fuego! —gritó Heleno, lanzando unas llamaradas a forma de corte en dirección a Acamante.
—¡Pinza de Cangrejo! —se defendió Acamante con un corte de agua, ambos ataques colisionaron, estallaron, y ambos combatientes se miraron fijamente, bien concentrados, pero Heleno de pronto sintió mucho sueño, y cayó dormido frente a Acamante—. ¿Polen? —preguntó Acamante al ver los destellos cristalinos que caían cerca de él.
—Polvo de Sueño… solo funciona si el cosmos de quien lo huele está agotado —mencionó Laódice, quien llegaba con su Suplice hermosa y miraba a Acamante—. Heleno no es combatiente, pero sus hechizos son engañosos, podrían ser incluso mortíferos. Y yo no perderé al padre de mi hijo —aseguró Laódice.
—Entonces es cierto… me forzarte a hacerlo —mencionó Acamante, colocando sus cuchillas al cuello de Laódice—. Estamos en guerra. Si te mato ahora, sería un acto comprensible, y no tendría que preocuparme por que estés o no embarazada —sentenció Acamante.
—¿Y si lo estoy? Habrás matado a tu propio hijo negándole la vida —explicó Laódice, y Acamante bajó su arma—. Vete… deseo que veas al noble príncipe en que lo convertiré —a Acamante no le quedó más que aceptarlo, y comenzó la huida auxiliando a Menelao, y forzándolo a seguirlo.
—¡No lograremos nada solo nosotros 4! —explicó Acamante, y Menelao, aunque furioso, tuvo que desistir de su intento por llegar a Helena—. ¡Odiseo! ¡Nos vamos! —ordenó, y Odiseo, aún en combate de espadas con Paris, pateó el estómago de la reencarnación del rey del Inframundo y comenzó a huir. Paris sonrió con malicia, elevó su cosmos maligno, y se preparó para un ataque extendiendo su espada—. ¡Odiseo! —advirtió Acamante.
—¡Megas…! —comenzó Odiseo tras darse cuenta del ataque a distancia que preparaba Paris, sorprendiendo al rey de los Espectros mientras la espada de plata se transformaba en una guadaña, y el Titán aparecía a espaldas de Odiseo—. ¡…Depranon! —lanzó un corte violeta que brillaba de cosmos, y Paris fue derribado, y lanzado por toda la Sala del Trono, permitiendo a Odiseo y al resto huir.
—¿Megas Depranon? —mencionó Paris, furioso—. Esa maldita guadaña que mi padre Cronos usaba en la Titanomaquia… ese sujeto… —se puso de pie, y se limpió un hilo de sangre—. Este cuerpo será vulnerable al Megas Depranon, Odiseo. Pero no te creas especial por poseer ese poder. Pronto, igual que todos, morirás y te castigaré por este insulto —Paris entonces se retiró, furioso, y dispuesto a liberar su ira contra Helena.
Castillo de Troya. Las Barracas Interiores.
—¿Por qué tanto escándalo, soldados? —preguntó Anficlas con una voz áspera, que había practicado hasta parecer casi varonil. Los reclutas estaban asustados, había una conmoción, y no había soldado alguno que quisiera intervenir—. ¿Solo hay reclutas? ¿Dónde están los soldados superiores? ¿Qué ha ocurrido? ¡Habla! —apuntó Anficlas su lanza a un recluta.
—Mi señor Ethon. Solo hay reclutas en las barracas —explicó un recluta—. Los soldados superiores fueron llamados a la sala del trono. Pero hay rumores de que fueron brutalmente asesinados por los Caballeros Dorados de ayer —Anficlas cerró su mano con fuerza alrededor de su lanza, y empujó al recluta cobarde a un lado con la misma y comenzó a correr por el palacio, con lanza y escudo en mano dispuesta a unirse a la batalla.
—No he tenido el sueño, hoy no perderé —se dijo a sí misma Anficlas—. Si lo asesino antes de que tenga el sueño, entonces podré escapar a ese horrible destino —Anficlas continuó corriendo, y entonces, al pasar por una sala con una hermosa fuente en honor a Apolo y a sus músicos, sintió un tremendo cosmos y vio a un ave de fuego oscuro lanzando a un destello dorado al suelo, que se estrelló con la fuente, rompió el suelo, y reveló a Diomedes tendido en contra del suelo con el cuerpo lleno de heridas y su sangre manchando el agua de la fuente. Aun así, Diomedes elevaba su cosmos alrededor de la lanza dorada, y la lanzó mientras el ave de fuego caía en picada, y la lanza atravesó a Héctor, el impulso lo lanzó al techo, y lo clavó allí con su hombro perforado por la lanza de Diomedes.
—¡Agujón Carmesí! —lanzó un cometa escarlata Diomedes desde su uña, que llegó al techo frente a Héctor y estalló con fuerza, horrorizando a Anficlas, quien vio a Héctor siendo lanzado fuera del palacio de Troya, y la lanza dorada cayendo, hasta clavarse cerca de la cabeza de Diomedes—. Es demasiado rápido… no he podido… clavarle más que 2 agujas pero… no parece debilitarse… —respiró pesadamente Diomedes, mientras el agua de la fuente seguía cayendo por los ductos de barro que la guiaban desde el mar o los ríos—. Pero… si ya está noqueado… es mi victoria. Lo siento, Héctor. Te falta mucho para llegar a mi nivel —sonrió Diomedes, pero entonces miró a la entrada del recinto de la fuente ahora destruida, y encontró a Anficlas allí apuntando su lanza en su dirección—. ¿Anficlas? —preguntó, y Anficlas se mordió los labios con fuerza—. No te preocupes. Tu padre está bien… si un Escorpio logra doblegar a su rival, no necesita matarlo. Héctor está noqueado, lo que significa que salvé su vida. Por favor no te preocupes —pero Anficlas saltó a donde Diomedes, pateó sus piernas, lo derribó, y le pisó el cuello con fuerza, apuntando también su lanza al rostro de Diomedes—. Espera… no quiero combatir contigo… —explicó Diomedes.
—¿Cuándo vas a entender que te odio? —preguntó Anficlas—. ¿Cuándo vas a dejar de tratarme como a una chiquilla? ¿Cuándo vas a transformarte en el maldito demonio al que odio con todo mi corazón? —preguntó—. Incluso ahora… has herido a mi padre… pero lo has mantenido con vida. ¿Cómo puedo odiarte si no haces nada que me fuerce a hervir la sangre con odio? —preguntó Anficlas, respirando pesadamente por los gritos.
—Perdona, Anficlas… —mencionó Diomedes, y Anficlas lo miró fijamente—. Pero por más que odie lastimarte, parece que tu padre es más fiero de lo que creí —Anficlas parpadeó un par de veces, y Diomedes la tomó rápidamente del talón, Anficlas lo notó, bajó la lanza intentando ejecutar a Diomedes, pero el de Escorpio movió la cabeza, se puso de pie, y lanzó a Anficlas a un lado, preparó su lanza, y lanzó una estocada al aire, justo a tiempo para que el ave de fuego que volaba en picada fuera atravesado en su pecho, y la sangre de Héctor cayera sobre el cuerpo de Diomedes, horrorizando a Anficlas, quien presenciaba la horrible escena de ver a su padre suspendido con la lanza de Diomedes saliéndole por la espalda—. Por favor no mires… —suplicó Diomedes—. Un rostro tan bello… no quiero verlo llorar… —y Diomedes blandió su lanza, sacando a Héctor, quien se estrelló contra una columna—. He sido un guerrero desde los 4 años… Héctor… a los 12 asesiné a 799 por la Armadura Dorada de Escorpio… a los 14 participé en la guerra de la Venganza de los Epígonos. He visto más sangre y muerte que la mayoría de los reyes. ¿En cuántas guerras has participado tú? —Héctor se puso de pie con una sonrisa.
—No en tantas como tú, Escorpio —y Héctor preparó su lanza—. Eres increíblemente fiero, el oponente más mortífero al que he enfrentado. Debiste ser tú el ganador del torneo por la mano de Helena. Siempre escondiendo tu verdadera fuerza, un guerrero formidable. Pero yo no soy ningún alfeñique. ¡Ráfaga de la Corona! —lanzó sus llamaradas Héctor, y Diomedes cortó con su lanza, forzando a las llamas a pasar por ambos extremos, preparó su aguja, y se lanzó a Héctor. A medio camino lanzó la lanza, Héctor bloqueó, y mientras estaba distraído, Diomedes perforó en 7 ocasiones a Héctor.
—¡Aguja Escarlata! —gritó Diomedes, y Anficlas vio a su padre gritando de dolor, mientras Diomedes, orgulloso, volvía a preparar su aguja—. 9 agujas… Héctor. ¿Querías mi verdadera fuerza? Te la estoy mostrando —Héctor sonrió, se rio a carcajadas, y las llamaradas de su cosmos lo rodearon—. No lo entiendo… 9 agujas y no has perdido ningún sentido… deberías haber perdido la vista, el gusto y el olfato. ¿Qué ocurre? —Héctor se lanzó a Diomedes, quien corrió también en su dirección. Diomedes clavó 5 agujas más, pero el puño de Héctor le atravesó el pecho, destrozándole la armadura, y lanzando a Diomedes a una pared, donde el de Escorpio quedó tendido, con sangre cayéndole por la espalda y manchando la pared—. Mi veneno… debería matarte, ¿por qué? —preguntó, y el cosmos de Héctor se incineró—. ¿Acaso tu cosmos es tan alto que puedes negar el veneno de mis agujas? —preguntó Diomedes, apuntando su última agua, Antares.
—El nivel de mi cosmos está al mismo que el de los Jueces —incineró su cosmos Héctor, y Bennu gritó con fuerza—. Te mataré… Diomedes… antes de que lastimes a mi hija… te mataré, aquí y ahora —Héctor elevó su puño, y este se llenó de llamaradas, Diomedes se separó de la pared, y su cosmos brilló intensamente—. Protegeré a mi hija de ti —terminó Héctor.
—Ya me estoy cansando del trato que le das a Anficlas, Héctor —mencionó Diomedes, y Héctor intentó lanzarse, pero su cuerpo no respondía—. Puede que mis agujas no te dobleguen… pero me basta una mirada para dejarte indefenso. ¡Restricción! —Héctor de pronto se vio incapaz de moverse—. La Restricción solo funciona si el oponente al que enfrento me teme, y si mi cosmos es superior. Contigo cumplo ambas reglas —Héctor forcejeó, pero para su sorpresa su cosmos no le respondía, Héctor en verdad sentía miedo por Diomedes—. Pensaba perdonarte la vida, pero ya fue suficiente. La forma en que tratas a Anficlas, enseñándole a odiar, forzándola a comportarse como un hombre. ¡Esa no es la forma en que un padre debe comportarse! —y Diomedes preparó su última aguja, apuntándola directamente al centro de Héctor—. Ni siquiera amas a esta niña, solo la usas para un fin egoísta. La entrenas para que se convierta en una herramienta de guerra. De no ser así, ¡velarías por su verdadero bienestar en lugar de forzarla a convertirse en algo que no es! —y Anficlas se horrorizó por la revelación, sintiéndose usada—. No permitiré que la sigas usando, Héctor. Este es tu fin. ¡Aguja Escarlata! ¡Antares! —se lanzó Diomedes, y Héctor no podía moverse. A Anficlas le pareció que el tiempo dejaba de moverse, pensó en Héctor, su brutalidad en el entrenamiento, su poco cariño, el que casi nunca estaba con ella. Pero al final, al sentir que sin Héctor no tendría nada, reaccionó, lloró, y se lanzó frente a Héctor.
—¡Noooooooooo! —gritó, y Diomedes atravesó a Anficlas, impactando la aguja más mortífera en ella. La niña de pronto sintió un tremendo dolor, y su grito resonó por todo el palacio de Troya. Diomedes, horrorizado, retrocedió, y liberó a Héctor de su agarre con la técnica de Restricción. Héctor se arrodilló y sostuvo el cuerpo de Anficlas—. Me quema… mi… mi sangre… me quema… me quema mucho… ¿qué ocurre? —los ojos de Diomedes se abrieron con horror y preocupación, y vio un patrón de cosmos en Anficlas, las 15 agujas estaban impresas en su cuerpo, producto de su continuo entrenamiento—. Mi sangre. ¡Agth! —Anficlas se tomó el pecho, su cuerpo se convulsionaba, estaba al borde de un ataque cardiaco.
—¡Anficlas! —gritó Diomedes preocupado, pero la mirada de ira de Anficlas lo paralizó en su lugar, mientras la niña gritaba de dolor, se mordía los labios, y odiaba más y más. Héctor simplemente observó a Diomedes, quien le regresó la mirada con desprecio—. ¿Qué le hiciste? —preguntó Diomedes.
—La entrené como a un Escorpio —respondió, mientras Anficlas intentaba respirar con normalidad, se mordía los labios hasta sangrarle, y resistía las lágrimas—. Todos los días… Anficlas es picada por Escorpiones Dorados de Cola Gorda —la noticia enfureció a Diomedes aún más, estaba al borde de perder la cordura y entregarse al odio, el odio que le provocaba la malicia de Héctor, que para Diomedes era incomprensible—. Ha estado al borde de paros cardiacos, pero resistió todos los piquetes, hasta poder resistir las 14 agujas. Desde hace 3 Lunas, Anficlas fue capaz de resistir las 14, y todos los días desde entonces, tras despertar, se clava las 14 agujas en el orden correcto, envenenando su cuerpo… —explicó Héctor.
—El ritual de iniciación de un Escorpio —se sorprendió Diomedes, y Anficlas volvió a caer víctima de los dolores, y comenzó a golpear el suelo con el puño, intentando contrarrestar un dolor con otro—. Un Escorpio… es obligado a resistir las 15 agujas. Y si lo logra, su sangre se convierte en veneno… pero… solo puede intentarlo una vez… solo si el cosmos es lo suficientemente alto el Escorpión Celestial lo aceptará, y se convertirá en el Caballero Dorado de Escorpio, capaz inclusive de resistir a Antares —explicó Diomedes—. Pero… eso solo funciona si se es un Escorpio, esta niña… Escorpio no brilla sobre ella… —y Héctor asintió.
—Anficlas es en realidad una Libra. Por ello desarrolló la inmunidad, poco a poco —Anficlas se convulsionó aún más en el suelo, resistiendo lo más que podía, y Diomedes deseaba ayudarla, pero Héctor no se lo permitía—. Solo había una aguja que no podía ser replicada. Antares. Esa aguja, no es un veneno, destroza el cosmos, al menos eso dijo Heleno. Tu Restricción nunca me paralizó, Escorpio. Fue un truco para obligar a Anficlas a recibir a Antares, y volverse… —se detuvo Héctor, mientras Anficlas se ponía de pie—. Verdaderamente inmune a tu veneno —y Anficlas miró a Diomedes con odio, y el de Escorpio la miró con miedo.
—¿Por qué ir tan lejos? ¿Por qué entrenarla así? ¿Qué he hecho yo para merecer tu desprecio? —Anficlas elevó su cosmos, y Ethon se dibujó tras de ella, y la constelación de Escorpio, constelación adoptiva de Anficlas gracias al brutal entrenamiento, también la respaldó—. Esto es… una locura… —pero antes de que cualquier cosa pudiera ocurrir, Héctor vomitó sangre, y Anficlas lo miró fijamente—. Oh… tal parece, que no eras tan resistente a mi veneno como pensabas… Héctor… —sonrió Diomedes, con su cosmos brillándole de escarlata, y tanto Héctor como Anficlas sintieron el tremendo poder—. Estoy furioso… tu desprecio por esta niña… el odio que le has obligado a sentir… debería pulverizarte el cráneo y obligarte a comer tus propios sesos… a ese nivel llega mi rabia en estos momentos, Héctor. ¿Por qué lo has hecho? —preguntó.
—Porque… dentro de un año… tú violarás a esta niña… —Diomedes se horrorizó por aquella mención, y Anficlas lo miró fijamente—. Te equivocas… Escorpio… yo no odio a Anficlas… ni la veo como una herramienta de guerra… la quiero como a una verdadera hija… y como su padre… me aseguraré de que no la lastimes… no… la herirás… no la traumarás a ese nivel… primero muerto, ¿me oyes? Primero muerto que permitirlo… —y Héctor volvió a caer en su rodilla, y Diomedes se acercó a él, con Antares lista, pero Anficlas tomó su lanza, pero se vio paralizada por la Restricción de Diomedes—. Déjala… es a mí a quien quieres… —Diomedes lo miró con odio.
—No puedo perder ni una sola batalla, Héctor… si pierdo debo morir —Héctor intentó reponerse, pero no podía hacerlo—. Y si te mato, lastimaré a Anficlas, y ella es una niña a la que no deseo lastimar. Así que haré un trato contigo. Admite… fuerte y claro… que te he derrotado… y te dejaré ir con tu vida… —mencionó Diomedes, y Héctor miró fijamente a Anficlas, incapaz de liberarse de la Restricción—. Demuéstrame que la amas como a una hija… olvida tu orgullo de guerrero, y actúa como un verdadero padre —y Héctor cerró sus ojos, y asintió.
—Yo… Héctor… príncipe de Troya… admito mi derrota ante ti, Diomedes de Escorpio… Rey de Argos —y Diomedes aceptó la rendición, disipó su aguja, y Héctor cayó al suelo, golpeando con el rostro primero. Diomedes entonces liberó a Anficlas, y ella abrazó a Héctor, protegiéndolo.
—Ya tienes una razón para odiarme… —mencionó Diomedes—. He humillado a tu padre en batalla, lo he superado por completo. Ahora puedes odiarme —y Diomedes comenzó a retirarse al escuchar el grito de Odiseo que lo buscaba por todo el palacio. Y Diomedes saltó, por el agujero del cual había caído, y escapó mientras Anficlas lo miraba con odio verdadero, dispuesta a vengar la vergüenza que Diomedes había hecho pasar a su padre.
