El universo y personajes de Shingeki no Kyojin le pertenecen a la malvada llama asesina, digo a Hajime Isayama. Yo sólo juego con ellos xD.

Beta reader: Judith Valensi. Agradézcanle a ella que esto no se quede todo abierto y con miles de dudas. Y también por corregir esto, al final resulta que si tengo muchos problemas de omisión.

Para Karlin-Zeldi, CerisierJin, Sasha SV3, Diosa de la muerte y todos esos lectores fantasmas que ya he detectado en facebook. Comenten sin miedo, les tengo una sorpresa :)

Aaaaahhhhh, espere tanto por escribir esta parte. Y había encontrado el video de Bad Liar, en realidad primero vi el video subtitulado y después encontré el fabulo cover de Laura M Buitrago y pensé, ¡ESTO TIENE QUE CONTAR LA VERSIÓN DE MIKASA! Y aquí me tienen… por si quieren escuchar la canción mientras leen. También pueden escuchar el cover de Kevin Karla y LaBanda, regularmente uso sus covers para escucharlos mientras escribo.

Es de las pocas veces que admito el uso del OoC, fue sin intenciones, pero ya se han de dar una idea del vaivén emocional que sufrió la choza en Devil, así que esto, no es la excepción.

En fin, ¡nos leemos abajo!

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Bad Liar

Las casualidades eran jugarretas del destino.

O eso se obligó a pensar Mikasa después de observarlo pasear por los pasillos sin girarse a verla ni siquiera una vez.

Exactamente un mes había pasado desde la boda de Hanji; las vacaciones de verano estaban en puerta, y con ellas, una oficina abarrotada de estudiantes.

Al menos ahora estoy del otro lado.

Aunque ese pensamiento no la consoló del todo. Al final seguía haciendo el trabajo de Hanji; coordinando los próximos cursos de verano para los alumnos que fallaron en sus evaluaciones.

—Es práctica —justificó Hanji, después de dejar una pila de documentos en su escritorio—. Impartirás algunos cursos de verano para que te familiarices con el alumnado y después podrás incorporarte como docente el siguiente ciclo escolar.

—¿Y por qué hago papeleo? —Cuestionó Mikasa, frunciendo el ceño. Aceptó entrar como suplente de la recién casada, sin embargo, ésta ya había vuelto muy feliz de su luna de miel—. ¿No quieres hacer tu trabajo? —Increpó.

Lo normal, sería que Mikasa comenzara como docente, para después, tras algunos años, poder aplicar para un puesto administrativo, no obstante, apenas Hanji vio la oportunidad, logró engatusar a la junta directiva para aceptarla provisionalmente como su reemplazo, ignorando la lista de aspirantes mejor preparados para el puesto. Mikasa dejó de cuestionarse la influencia que podría tener Hanji por sí misma; sumando a la reciente unión que hizo con Erwin, temió por un instante lo persuasiva y terrorífica que podría llegar a ser su mejor amiga.

Es mejor no provocarla, pensó recordando la despedida de soltero de Erwin.

Harta del calor, Mikasa sacó de su bolso el abanico que Armin le regaló por su cumpleaños, agitándolo rápidamente para espantar el calor. Las oficinas contaban con un excelente clima, sin embargo, ella se seguía sintiendo demasiado abochornada.

—¡Te veré en el almuerzo! —Y así, Hanji Zoe huía de sus responsabilidades.

Haré que pague la comida, juró internamente antes de comenzar a leer uno de los expedientes frente a ella. Tanta fue su dedicación, que olvidó por completo la hora, hasta que Isabel fue a llamarla.

—¿Sigues aquí? —Cuestionó apoyada en la pared, contemplándola.

—¿Qué hora es? —Levantó la mirada y revisó su reloj.

3:40 p.m.

Dejó escapar un suspiro. Su día se había ido en revisar y archivar.

—Vamos, te llevaré a comer —ofreció Isabel. Mientras esperaba a su amiga, se quedó observando el bote de basura, le pareció extraño verlo repleto de envolturas de chocolates y caramelos. Qué raro, pensó, a Mikasa sólo le gusta el chocolate amargo. Atribuyó los desechos a los alumnos que comenzaban a frecuentar la oficina de Mikasa.

—Isabel —llamó Marco cuando las vio salir de las oficinas. La aludida se giró con una sonrisa resplandeciente que atrajo la atención de Mikasa—. ¿Van a comer?

—Sí —respondió con coquetería.

—Nosotros también, ¿podemos acompañarlas? —Mikasa contempló la interacción de ambos. Observó a Jean unos instantes, el hombre desviaba la mirada de ella, con un muy mal disimulado rubor en las mejillas. Había conocido y hablado con Jean Kirstein durante la boda de Hanji y le pareció agradable.

Isabel le dirigió una mirada a Mikasa, pidiendo permiso para aceptar; la chica de rasgos exóticos se limitó a encogerse de hombros.

—¡Vamos! —Rápidamente Isabel tomó el brazo de Marco y comenzaron a charlar, olvidándose de sus amigos. Mikasa suspiró antes de regalarle una sonrisa de disculpa a Jean y seguirlos.

—¿Qué tal te es-estás adaptando? —Mikasa se mordió el labio inferior, evitando dejar salir su risa. Respiró, buscando retomar su característico autocontrol.

—Bien. —Alcanzaba a sentir el nerviosismo de Jean. Se sentía halagada, aunque no le gustaba crear falsas ilusiones—. ¿Dónde iremos?

—Al café de Sharlen. Está a unas calles —aportó Isabel cuando llegaron al estacionamiento—. Iré con Marco.

—Isa, espera. —Reaccionó demasiado tarde, pues el automóvil comenzó a alejarse. Se giró a Jean, quien ya se encontraba con la puerta abierta para ella.

Genial, una cita doble. Pensó con sarcasmo.

—Si quieres p-puedo llevarte —señaló la puerta.

¿Qué mal podría hacer?

Entró al auto sin pensarlo demasiado. El hambre comenzaba a hacer mella en ella y no quería caminar hasta el lugar. El trayecto fue un tanto incómodo debido a los fallidos intentos por parte de Jean de entablar una conversación. En otro momento tal vez habría respondido, sin embargo, no se sentía de humor para siquiera intentarlo.

—Hola, Mikasa —saludó rápidamente una joven rubia de rasgos finos, con brillantes ojos azules, apenas vio entrar a la aludida—. Isabel ya ha apartado sus lugares —sonriendo, agregó—. ¡Es un placer deleitarnos con su presencia! —Mikasa rió, abrazando a la joven.

—El placer es mío al poder disfrutar de tus platillos, Sharlen.

—¿Y este guapo hombre? —Cuestionó con una mirada brillante, viendo a Jean—. ¿Es tu novio? —Kirstein se sonrojo y Mikasa ahogó disimuladamente una risita. Sharlen Inocencio solía hacerle justicia a su apellido.

—No, es un compañero del trabajo —aclaró para después proceder a las presentaciones pertinentes—. ¿Y Kyklo? Escuché que volvió.

—Oh, sí. Se encuentra con los niños. —Tras ponerse brevemente al día y con la promesa de regresar, Mikasa logró reunirse con una Isabel bastante risueña al lado de Marco.

—Sharlen es una ex compañera de la universidad —explicó Isabel cuando Jean y Mikasa tomaron asiento—. Dejó la carrera a mitad de camino cuando quedó embarazada y terminó casándose con su novio, Kyklo, desde entonces abrieron este café que se volvió su vida.

—Vaya —murmuró Marco pensativo—. Cada persona acepta de manera diferente los giros del destino.

—Es admirable que se apasione con cualquier cosa —agregó—. En la universidad era estudiante de honor y cuando la dejó, no se veía triste o arrepentida, al contrario, parece que ser madre la impulsó y le dio más alegría a su vida. —Un sentimiento extraño invadió a Mikasa al escuchar hablar sobre la maternidad—. Tiene ese don innato.

Sharlen volvió para tomar las órdenes y bromear un poco. Mikasa se sintió nuevamente como una universitaria despreocupada, lo cual se vio reflejado al pedir su comida favorita, esa que sólo se permitía en momentos especiales.

—¿Qué te parece la universidad, Mikasa? —Preguntó Marco con genuina curiosidad.

—Demasiados jóvenes —respondió sonriendo—. Hanji se aprovecha de que tomé un poco de práctica cuando se fue y ahora quiere que haga su trabajo.

—Muchos postularon para tu puesto —murmuró Jean, arrepintiéndose de su honestidad al ver la mirada recriminatoria de Marco.

—Lo sé. Conozco el proceso. —Sabía el caos que ocasionó esa decisión.

—Fui uno de ellos —agregó Marco en tono de broma, para aligerar el ambiente—. Me alegro de que hayan elegido a una persona tan apta como tú.

—Pocas personas son capaces de manejar tantos jóvenes con autoridad en tan corto tiempo —halagó Jean, sonrojado. Aún tenía latente la pregunta de Sharlen sobre su relación con Mikasa.

—¡Mikasa es asombrosa! —La efusividad de Isabel no se hizo esperar—. Escuché que fue la mano derecha de muchos profesores. ¡En Liberio, durante su estancia en Mare, siendo estudiante de intercambio! ¡Incluso fungió el rol temporal de profesora en los cursos inductivos para los de nuevo ingreso! —Por debajo de la mesa, Mikasa le dio un puntapié a Isabel, esperando que guardara silencio.

Sí, había sido una cerebrito, en realidad era bastante inteligente; le gustaba seguir aprendiendo; apoyó a sus profesores para mantenerse ocupada y dejar de pensar en la no-relación que tenía con Eren. Entre Zeke, una de sus principales aventuras de una noche, los profesores y las asesorías que se ofrecía a dar, lograba mantener su mente alejada de cierto muchacho de ojos verdes. Aunque en la actualidad eso ya no era un problema, pues otra persona luchaba incansablemente para gobernar su cabeza.

Maldito enano.

—Tierra llamando a Mikasa. —La mano de Isabel se paseaba frente a sus ojos—. Te perdiste por unos minutos, ¿dónde estabas?

Pensando en tu condenado hermano.

—Recordando el trabajo pendiente —mintió desviando la mirada. Tomó unos segundos para admirar la preciosa vista que tenía en la ventana.

—Le contaba a los chicos algunas anécdotas de cuando nos conocimos.

—¿Hablaste de la ocasión en que Levi te sacó a rastras de una fiesta? —cuestionó con fingida inocencia. Isabel arrugó los ojos, molesta y avergonzada.

—No de esas aventuras —contradijo entre dientes. Para su suerte, Sharlen interrumpió el momento para entregar sus pedidos.

—Para Isabel, ensalada con atún —la aludida miró con deseo la comida.

—Marco, pediste panini de queso, ¿cierto? —El pecoso asintió. Durante el levantamiento de las órdenes, los hombres preguntaron a Isabel y Mikasa sugerencias y recomendaciones de platillos, para lo cual, las chicas se limitaron a decirles que pidieran lo que más les apeteciera, porque la comida de Sharlen era un orgasmo gustativo—. Para Jean pasta a la boloñesa. Y para mi querida Mikasa, pollo al horno con verduras.

Una repentina hambre atacó a Mikasa al tener frente de ella ese delicioso platillo. Sintió la necesidad de robar algunos trozos de carne del plato de Jean y de probar la ensalada de Isabel. Contuvo tal instinto limitándose a degustar la comida. Hacía tiempo que no comían ahí y sus papilas gustativas le estaban eternamente agradecidas cada vez que volvían.

La comida pasó amenamente entre charlas sobre el trabajo y viejas historias. Para el postre, la mayoría pidió una rebanada de pay de queso, excepto Mikasa quién solicitó Trufas de chocolate, para sorpresa de Isabel.

—¿Te sientes bien, Mika? —La aludida asintió, disfrutando de una bolita de chocolate. Por el semblante de placer, Isabel dejó el tema de lado, no le dio muchas vueltas al asunto sólo porque un día pidió algo diferente a lo usual.

Tenía rato sintiendo un hormigueo extraño y se giró en dirección de la ventana, como sí buscara algo; notó que una chica regordeta y de anteojos la veía casi con adoración. Aunque a lo lejos le pareció ver la silueta de Levi. Negó sus pensamientos, incorporándose nuevamente a la charla de sus compañeros.

Al final del día, Mikasa llegó a su departamento, colgando sus llaves y lanzando su bolso. Con parsimonia se dirigió al refrigerador por comida. Últimamente sus hábitos alimentarios se volvieron un tanto sedentarios y se vio comprobado por el congelador casi vacío. Suspiró con pereza, tomando su móvil. Requería relajarse y una buena cena que no estaba dispuesta a preparar.

—Hola, Armin —saludó sentándose en el sofá.

—Mikasa, que agradable sorpresa. —La chica sonrió a pesar de saber que no la verían. Su amigo de la infancia era muy perspicaz.

—¿Ya cenaron? —inquirió siendo directa. El suspiro de Armin habló por él—. ¿Quieren cenar conmigo?

—Mikasa, sabes que Eren odia que nos alimentes. Y es peor no ayudarte en…

—Pensé que podrían comprar comida para ver una película, como en los viejos tiempos —interrumpió antes de que siguieran las excusas.

—Dame un segundo. —Mikasa alcanzó a escuchar el diálogo entre Armin y Eren sobre los planes de ese viernes por la noche—. Estaremos ahí en media hora —prometió colgando. Supuso que Eren no estaba del todo feliz por la invitación, por alguna razón todavía no terminaba de superar el supuesto encuentro que tuvieron antes de la boda. Ya después tendría tiempo de contarle la verdad; era divertido ver su incomodidad y falta de madurez para hablar sobre el tema.

Al recordar la boda fue inevitable revivir lo sucedido con Levi. Si no hubiera sido un idiota, hiriendo su orgullo al pagarle, probablemente lo tendría ahora mismo entre sus sábanas. Bah, ella sabía perfectamente que era una mujer demasiado orgullosa y obstinada; a pesar del pequeño detalle que fue el dinero, le aterró la posibilidad de salir nuevamente con otra persona.

Sí, le gustó la química que tuvieron, también que fuera un hombre capaz de dominarla en ese aspecto, y temía involucrarse emocionalmente. Vaya, al final Annie había sido tatuada en su piel junto al recuerdo de la infidelidad.

Tomó una ducha y se puso cómoda mientras esperaba a sus amigos. La cena pasó amenamente y Armin habló sobre los proyectos finales.

—El profesor Ackerman se ha puesto más estricto de lo normal —comentó, metiéndose un brócoli a la boca—. Sin duda fue satisfactorio que evaluara mí proyecto antes, de lo contrario, estaría estudiando día y noche para sus exámenes. —Mikasa continuó ensimismada en su pollo con naranja, que le prestaba poca atención a la charla.

—No pudiste incluirme —gruñó Eren.

—Era individual —puntualizó Armin—. Además, no me habrías ayudado en nada.

—Eso no es cierto. —Elevó la voz el castaño, atrayendo la atención de Mikasa.

—Lo bueno es que el director Smith ha vuelto —suspiró—. El profesor Ackerman nos habría asesinado sin la pronta intervención del director.

—¿Te refieres a Erwin? —Armin asintió.

—El director evitó la expulsión de Reiner y de la mitad de los involucrados en su despedida de soltero. —Mikasa frunció el ceño, confundida—. Verás —comenzó a explicar el rubiecito, haciendo a un lado su plato vacío—; después de la boda del director, el profesor Ackerman hizo una masacre con los exámenes. —Mikasa contuvo una sonrisa, por alguna razón la idea parecía divertida—. La mayoría tuvo resultados fatales.

—Excepto Armin —interrumpió Eren: mitad celoso, mitad orgulloso de las calificaciones su mejor amigo. El rubio sonrió tenuemente, halagado.

—Y como el profesor Ackerman no da cursos de verano… —Y Mikasa comprendió porqué media generación estuvo a punto de retrasar la graduación.

—¿Por qué fue Levi, y no Erwin, quién se enfadó? —Eren frunció el ceño, por la familiaridad que Mikasa usaba para hablar de sus profesores. Sabía de su trabajo en la Facultad de Medicina, sin embargo, era raro escucharla expresarse de esa manera.

—El profesor Levi se volvió la encarnación del diablo —bromeó Eren, enfurruñado—. Sí es que todavía es posible.

—Como "venganza" —continuó Armin, haciendo comillas—; por lo que sucedió esa noche. —Por un segundo, el rubio se detuvo; meditando lo que diría a continuación. Eren no sabía que Mikasa estuvo en la despedida, y mucho menos que bailó para todos, incluido su mayor símbolo de admiración.

—Oye, Mikasa —interrumpió Eren, pensativo.

—¿Sí? —respondió, saboreando su pollo.

—¿No estás emparentada con él? —Mikasa comenzó a toser, sintiendo la comida apenas cruzar su garganta. Se apresuró a beber agua, la impresión había provocado que casi se ahogara.

—¿A qué te refieres? —Cuestionó, todavía tosiendo un poco. Armin le dio leves golpes en la espalda, preocupado.

—Ya sabes, los dos se apellidan Ackerman. Tienen esta particularidad de ser los mejores en lo que hacen —enumeró, notando las similitudes entre su profesor y amiga. Después de años de ser alumno de Levi, hasta ese momento, Eren cayó en cuenta que compartía apellido con Mikasa—. Son fríos en público; y tiene cara de pocos amigos.

—¡Oye! —Espetó Mikasa ofendida. Armin y Eren rieron por su reacción. Tras recuperar la calma, aclaró—. Pensé lo mismo cuando lo conocí; los registros familiares de mis padres no indican parientes cercanos vivos.

Se escuchó el sonido del zape que Armin le propició a Eren.

—¡Eh! ¿Por qué me pegas? —Se quejó el castaño, sobándose la parte afectada.

—Y todavía preguntas.

Entre los tres, despejaron la sala y se acomodaron para iniciar su maratón de películas. Cuando eran pequeños, solían hacer pijamadas donde se pasaban horas viendo películas, para después irse a dormir.

—¿Se quedarán? —Eren le lanzó la mirada a Armin. Y Mikasa entendió que pedía demasiado.

—Sí —respondió Armin, acomodándose en una orilla del sofá, para sorpresa de sus amigos. Eren se resignó. Al final, poco le faltaba para terminar sus proyectos, y obligaría a Armin que lo ayudara por decidir quedarse. Terminaron de sentarse y Mikasa encendió la televisión, esperando que Netflix se conectara.

—¿Qué veremos? —Cuestionó, pasando entre el catálogo.

Y así pasaron la noche, reviviendo parte de su infancia; haciendo bromas tontas e interrumpiéndose a mitad de película, guardando silencio sólo en las partes más emotivas.

—¿Le dirás? —murmuró Armin a Mikasa, cuando Eren fue al baño.

—Es divertido verlo incómodo. —Aunque sabía mejor que nadie, lo contraproducente que sería tener a Eren creyendo que volvieron a las viejas andanzas.

—Mika —retó. El rubio no quería más dramas en su diminuta familia.

—Vale, lo haré —cedió—. Pero no hoy.

Después de terminar con la última película, Eren y Armin se fueron a la habitación de huéspedes que Mikasa acondicionó para ellos. Se despidieron con un beso de buenas noches.

El sueño venció tan rápidamente a Mikasa, que apenas sintió el momento en que un intruso se coló en su cama. Por reflejo, se acurrucó en los brazos de Eren, soñando que era cierto enano gruñón que se había grabado en su piel.

Armin se mordió la lengua al día siguiente. Eren no estaba con él al despertar y pensó lo peor, confirmándolo al encontrarlo abrazando por la cintura a Mikasa. Recargó con mucha fuerza la cabeza en la pared, dándose un golpe. Maniobró para sacar a su amigo de la cama de su hermana para evitar el posible holocausto que habría si despertaran. Para su suerte, nada sucedió, pues los dos tenían sus pijamas intactas, sin embargo eso no disminuía la incómoda situación.

Sería bastante complicado regresar a la paz que había recreado después de que Mikasa terminara su relación con Annie, dos años atrás; extrañamente Eren se había mantenido tranquilo, quieto y neutro desde entonces.

Probablemente esperando su momento.

—Te mereces que Mikasa no te diga la verdad —refunfuñó Armin cuando logró quitar el brazo de Eren de la cintura de Mikasa. Agradecía que tuviera el sueño tan pesado. Tras intentar sacarlo un par de veces, cesó todo esfuerzo—. Mejor hazte responsable de tus acciones —murmuró soltando el brazo de Eren que no dudó en volver a acurrucarse con Mikasa. Rodó los ojos y pensé en irse de ahí. Una venita sádica surgió en él; sería un buen castigo. Sacó su móvil y les tomó una fotografía, sintió una punzada de culpa al ver a Mikasa, ella no tenía la culpa y saldría afectada. Aunque lo volvió a pensar, ¡pero si fue ella quien empezó todo!

Mikasa fue la primera en despertar. Al sentir el calor a su lado se acurrucó más murmurando el insufrible nombre de Levi. Abrió los ojos de golpe, encontrándose con un Eren todavía dormido. Su primer impulso fue empujarlo fuera de la cama hasta que cayó al suelo.

—¡Qué mierda te sucede, Mikasa! —espetó Eren cuando logró espabilar un poco—. ¿Por qué me tiras de la cama?

—¡No tienes nada que hacer en MI cama! —respondió la otra medio cabreada.

—No es tú —Eren se quedó a mitad de oración cuando se dio cuenta que esa no era la habitación que compartía con Armin—. Y-yo —intentó justificarse, aunque las palabras se quedaron atoradas en su garganta. Mikasa rodó los ojos antes de levantarse.

—Fuera, me voy a cambiar —ordenó yendo al baño. Eren no tardó en acatar la indicación.

Media hora después y con los ánimos más calmados, Mikasa se encontraba en la cocina preparando el desayuno para sus amigos. Armin sacó a Eren del departamento para comprar algunas cosas, situación que Mikasa seguía agradeciendo. Regularmente el silencio no le molestaba, al contrario, le proporcionaba una extraña paz que la relajaba; miró un instante su teléfono antes de tomarlo y colocar una canción aleatoria mientras terminaba su tarea. Los primeros acordes de (I Can't Get No) Satisfaction de The Rolling Stones inundó la cocina provocando se sintiera un poco más animada.

I can't get no satisfaction —comenzó a cantar en voz baja moviendo las caderas al ritmo. Cuando llegó al coro tomó la cuchara que estaba usando como micrófono—. I can't get no. —Por ese fugaz instante se sintió otra vez al inició de sus veinte; en esa edad sin preocupaciones donde ni siquiera sabía qué hacer con su vida. Siguió bailando alrededor de la cocina, ensimismada en la canción y sus recuerdos que no escuchó la puerta abrirse ni los pasos de sus amigos que consideraba como hermanos.

En la última estrofa de la canción sintió un par de manos sobre su cadera, provocando un breve sobresaltó. Al ver el cabello castaño y los juguetones ojos verdes de Eren cedió una vez más cuando él la pegó a su cuerpo—. I can't get no, oh, no, no, no, hey, hey, hey. —El movimiento de caderas no tardó en volverse sugestivo al sentir la hombría del chico pegada en su trasero. Quiso reírse a carcajadas por la irrealidad de la escena—. That's what I say, I can't get no, I can't get no. I can't get no satisfaction, no satisfaction. —Eren la giró para quedar de frente. La última línea de la letra la cantó casi sobre los labios de Mikasa, dejando una indirecta bastante explícita—. No satisfaction, no satisfaction.

—¿Alguna vez les mencioné que somos bastante jóvenes como para que me hagan tío? —Mikasa ya no pudo contener su carcajada y se alejó de Eren.

—Ya no va a suceder otra vez —respondió regresando a su tarea original, aún con una sonrisa traviesa bailando en sus labios. Nadie, excepto Hanji sabía sobre su embarazo. Espantó rápidamente aquellos fantasmas del pasado—. ¿No es así, Eren? —lo molestó un poco recordándole el pequeño desliz el día de la boda.

El desayuno pasó entre broma y broma donde recordaban el pasado. De las pocas y únicas personas que conocían la historia de que había entre Mikasa y Eren, Armin realmente resultaba ser bastante neutro y pasivo, actuando cuando era estrictamente necesario para prevenir un mal mayor.


En ciertas ocasiones, hay cambios tan sutiles y progresivos, que somos incapaces de notarlos hasta que llegan a un extremo, que el cambio es tan radical que nos limitamos a observar.

Mikasa suspiró con frustración al notar como el botón de su pantalón parecía burlarse de ella. Tenía ya cinco minutos peleando con él, y perdiendo olímpicamente. Se dejó caer en la cama, mirando el techo.

Es momento de volver a trotar por las mañanas.

Aprovechó estar recostada para poder cerrar su pantalón; al lograr su cometido, se puso de pie, para terminar de vestirse. No podía recordar cuándo fue la última vez que había pisado un gimnasio.

Seis meses. Susurró con malicia una voz dentro de ella. Vale, era posible que descuidara el estado de su cuerpo, sin embargo, era la primera vez que una prenda de vestir le causaba tantos problemas. En ese tiempo no había subido de peso debido a su balanceada alimentación.

Indudablemente recordó su época universitaria y cómo, por ese entonces, nunca tuvo necesidad de pisar uno. Si lo pensaba detenidamente, quizá tuviera relación con sus vigorosas actividades. A decir verdad… ¿desde cuándo había detenido su satisfactorio ejercicio?

Annie.

Espantó casi con violencia el pensamiento, al grado, de verse los tacones que había elegido y preferido cambiarlos por unos zapatos de piso. Suficiente tenía de pensamientos deprimentes para también recordar los fetiches de su ex.

En medio de un suspiro, tomó su maletín, las llaves de su auto y se encaminó a la puerta. Un aire nostálgico la envolvió. Maldita sea, extrañaba la presencia de otra persona en ese grande departamento, aunque no significaba que estuviera dispuesta a perdonar lo sucedido.

Contempló un segundo la fotografía del día de la boda; Hanji había insistido tanto en que posara junto con Levi, para después entregarle una copia enmarcada de la misma, haciendo hincapié en la pareja tan dispareja que hacían.

Maldito enano arrogante, pretencioso, imbécil. Cómo quisiera tenerte una noche más.

Frunció los labios ante el último pensamiento. Verlo constantemente a lo lejos, la molestaba, vaya que sí, porque sus malditas fantasías le jugaban en contra; la posibilidad de encontrarlo nuevamente, de encerrarse en algún salón vacío o en su propia oficina, la sobre excitaba, tanto que se odiaba un poco cuando se encontraba merodeando los salones en los cuales impartía clases sólo por el placer de verlo.

Se sentía como una enferma por eso.

Era culpa de ambos, se repetía, eran adultos incapaces de afrontar las consecuencias de sus errores.

Al ingresar a la facultad, saludó a todos. Encontró a Sasha en una de las mesas exteriores de la cafetería tomando café con Isabel, charlando de las evaluaciones que aplicaron recientemente.

—Esas ojeras no se las deseo ni a mi peor enemigo —fue el cálido saludo de Isabel. Mikasa bufó. A diferencia de la pelirroja, ella carecía de esa majestuosa habilidad de ocultar cualquier imperfección debajo de una capa de maquillaje.

—Al menos dinos que es un buen polvo lo que te mantiene en vela —pidió Sasha, emocionada. Ella se limitó a negar, para disgusto de sus amigas—. Escuché que Levi sigue libre —murmuró, antes de llevarse la taza de café a los labios. Mikasa depositó sus cosas sobre la mesa, antes de desplomarse a su lado.

Le costaba admitir que ciertos malos hábitos habían vuelto.

Aunque dudaba que malos hábitos englobara de forma correcta la aparatosa forma en que despertaba en plena madrugada después de una pesadilla, para volverse incapaz de conciliar posteriormente el sueño.

Ese maldito patrón se había repetido por años durante su infancia, y después de la muerte de sus padres, en su adolescencia. Se había olvidado de ellos, hasta que dos años atrás, volvieron luego de su separación con Annie.

—Han pasado dos meses desde entonces, Sasha. Deja el tema de una vez —advirtió, sorprendiendo con su mal humor a sus amigas. Isabel fue la primera en fruncir el ceño.

—Para que cuentes el tiempo que ha pasado… Tampoco es para que te pongas así —respondió la pelirroja, en defensa de su hermano—. Ya sé que tuvieron sus diferencias, pero no nos contaste que sucedió para que te cabrearas así con él. —Mikasa se limitó a soltar un bufido de exasperación. Si lo meditaba detenidamente… estaba llevando las cosas demasiado lejos por un error.

—Sasha, ¿todavía sigues yendo al gimnasio? —cuestionó, cambiando de tema para disipar la tensión.

—¿Uhm? —No se sorprendió de encontrarse a su mejor amiga zarpándose un bollo. Notó cómo se apresuró a masticar y tragar para responder—. Eh, sí. Incluso Historia e Ymir me acompañan. ¿Por qué? ¿Te quieres apuntar? —Mikasa asintió—. Pero… —Sasha eligió cuidadosamente sus palabras—; después de practicar karate en la secundaria, no has vuelto a tocar un gimnasio por tu propia voluntad. —La aludida arqueo una ceja—. Quiero decir, no es que no te guste ejercitarte ni estar en forma; no lo necesitas. A eso me refiero.

Díselo al estúpido botón que casi me gana la batalla esta mañana.

—Eso era antes. —Fue su vaga respuesta. Ahondar en su escasa vida sexual no era un tema que le hiciera ilusión—. En fin, ¿me puedo unir?

—¡Eso no se pregunta! —Festejó Sasha—. Ya te pasaré luego nuestros horarios.

—¿Puedo empezar esta semana? —Ambos mujeres atinaron a fruncir el ceño. La situación se había tornado más extraña de lo habitual. Y justo después de que Mikasa robara un pan tostado del plato de Isabel, comenzaron a creer que se armó un desequilibrio en el universo.

—Oye, Mikasa, ¿no estarás…? —Una pelota cayó de golpe sobre la mesa, impidiendo que Isabel expresara su duda y dirigiera toda su atención al culpable del incidente. Un niño de cabello rubio cenizo se apresuró hasta ellas.

—¡Lo siento! —Musito al quedar de frente. Sasha veía con consternación el proyectil que destruyó la comida que le quedaba, Mikasa tomaba servilletas para limpiarse, por otro lado, Isabel centró su atención en el niño que le parecía particularmente conocido.

—¡NICOLÁS! —Las tres notaron la cara de susto del infante y como tragó saliva con temor, para después desviar la mirada hasta el suelo. Una mujer se aproximaba con rapidez hasta el lugar del incidente—. ¿Ahora entiendes por qué no puedes jugar con tu pelota en ciertos lugares?

—Lo sé, mamá. —La voz le había cambiado tan drásticamente al niño que derritió el corazón de las profesoras.

—Discúlpate con las señoritas —ordenó, después de quitar la pelota de la mesa.

—Lo siento —repitió en tono tan dócil y avergonzado que provocó que Mikasa quisiera consolarlo y borrarle la tristeza. Espantó los pensamientos tan rápido como llegaron. Revisó la hora en su teléfono, dándose cuenta que iba tarde.

—Tengo que irme —avisó, apresurándose a recoger sus cosas. Su ropa estaba indudablemente manchada y sabía que así estaría a lo largo del día, sin importar que tanta ansiedad le generara. Se despidió de Isabel y Sasha, cuando caminó junto al niño, fue inevitable que despeinara su cabello y le sonriera, asegurándole que no había problema.

Sasha e Isabel intercambiaron una mirada. La conducta de Mikasa definitivamente era atípica.

Esa misma tarde Mikasa acompañó a Sasha al gimnasio.

—¿Lista? —En realidad, no lo estaba. Mikasa observó con deseo el tarro de chocolate detrás de Sasha, perdiéndose en las deliciosas fantasías que le provocaba el dulce. Sintió la boca hecha agua. Asintió a su amiga, siguiéndola hasta la puerta.

Ese día, Mikasa descubrió porque Sasha era tan apegada a Connie.

—¿Y cuándo pensabas contarme, asaltacunas? —La aludida se sobresaltó. Detuvo el ritmo de la caminadora por unos minutos, buscando las palabras adecuadas para explicar la relación que tenía con el menor.

—Cállate, que tu casi abusas de Eren cuando él tenía dieciséis. —Las palabras de Mikasa se quedaron atoradas en su garganta.

Sabía que no podía argumentar nada contra esa lógica. Sasha había dado en el blanco de un certero disparo.

El silencio se hizo. Sasha reanudó su caminata mientras Mikasa seguía inmersa en sus pensamientos.

Fue Eren quien había insistido. Ella no tenía la culpa. Bueno, sí había cedido ante sus provocaciones… ¡También era humana! Tenía derecho a equivocarse.

—La primera vez que llegue a este lugar por casualidad, Connie estaba siendo instruido por Reiner —las palabras de Sasha desconcertaron a Mikasa. La castaña seguía con la vista fija al frente, hablaba al aire, sumergida en los recuerdos—. Luego me inscribí. Al principio era extraño, me sentía insegura, ya sabes que nunca he tenido la misma confianza que tú respeto a mi cuerpo. Así que Connie lograba aligerar el ambiente con bromas cuando notaba que me frustraba por no lograr hacer un ejercicio o me cansaba con demasiada facilidad. Las bromas se hicieron más frecuentes. Con el tiempo, Historia también quiso venir, luego Ymir. Y sin darme cuenta, Connie terminaba por acompañarme a mi departamento por las noches.

Mikasa seguía anonadada por el relato, dándose cuenta de cuan centrada estuvo en su relación con Annie que jamás percibió esos cambios en su mejor amiga. Ni siquiera después de su ruptura con la rubia, notó que Sasha se veía más sonriente.

—No te preocupes. Es un buen chico —agregó Sasha, cuando detuvo la caminadora—. Mi padre lo conoció en navidad. Cree que es un poco joven e inmaduro, pero me dio su bendición; "ese chico te ve de la misma forma en que veía a tu madre cuando la conocí y me enamoré de ella", fueron sus palabras.

—Sasha. —El nombre salió entrecortado cuando Mikasa se acercó para abrazar a su mejor amiga. La aludida respondió con una sonrisa, acariciándole su corto cabello. La presionó con fuerza contra ella antes de soltarla—. Debes incluirlo en nuestras próximas salidas. Por Armin sé que es un buen muchacho y se esfuerza mucho en la universidad, pero necesito conocer a la persona que le robó el corazón a mi amiga y asegurarme que no se lo romperá, si aprecia su vida.

Sasha sonrió devuelta. Definitivamente el orden del universo alcanzó el caos para que Mikasa Ackerman fuese tan expresiva. No tardó en aludir el tema a un proceso menstrual que tendía a poner a su amiga de un humor bastante volátil.


El incesante sonido de la alarma despertó a Mikasa. Era la primera vez en tres meses que había logrado descansar más de cinco horas seguidas. Se talló los ojos y maldijo su alarma, cogió el móvil, dándose cuenta que era una llamada, pues era sábado por la mañana. A duras penas logró contener un gruñido y su mal humor; estuvo tentada a ignorar la llamada, hasta que reconoció el nombre de Carla.

—Buenos días, cariño —involuntariamente Mikasa sonrió. Después de la pérdida de sus padres, los Jeager la habían acogido como si fuera otro hijo para ellos; eran cálidos y pacientes con ella. Incluso después de que Grisha la atrapó en su mini aventura con Eren. Por otro lado, Carla siempre la aconsejaba y de ser necesario, también tiraba de sus orejas cuando dejaba de prestar atención.

—Buenos días, tía Carla. Es un privilegio escuchar tu voz tan temprano.

—Cuida tu tono, muchachita —bromeó—; ¿Estabas dormida? —La aludida asintió, luego procesó que su tía no estaba ahí para verla y tenía que dar una respuesta oral. Definitivamente todavía tenía sueño—. No hace falta que respondas, puedo imaginar tu cara adormilada. —Mikasa volvió a sonreír—. Desde que iniciaste con ese trabajo de profesora, me tienes abandonada. Ya ni siquiera recuerdo como es tu rostro. —El tono que empleó, le causó mucha gracia. La señora Jeager sabía perfectamente cómo hablarle; con Eren usaba frecuentemente un tono de regaño y con ella, era más calmada. Era obvio con quien tenía que usar palabras fuertes y con quién tenía que usar miel.

—Tía Carla, exageras —aunque aquello la puso de mejor humor—. ¿Estás libre?

—¡Eso no se pregunta, hija! Te espero en dos horas. —Mikasa ni siquiera tuvo tiempo de negarse, cuando la llamada había terminado. Soltó el móvil para después dejar caer la cabeza en la almohada.

Nadie podía negarse a una invitación de Carla Jeager.

Con mucha fuerza de voluntad, logró ponerse de pie. Todavía en su estado somnoliento, ingresó al baño. Media hora después, más despierta y con una toalla alrededor del cuerpo, salió para buscar que ponerse. Se colocó unas bragas negras con un sostén del mismo color, cortesía de Sasha y se enfrentó al peor dilema de su vida;

—Ya nada me queda —se lamentó después de lanzar por el aire el quinto pantalón que se probó. Sin importar la dieta que inició ni el aumento del ejercicio, seguía subiendo de peso sin darse cuenta. Sintió los ojos nublarse y una extraña impotencia la envolvió. Joder, ella nunca había tenido problemas con peso, pero, ahora que veía cada botón burlarse frente a sus ojos, las dudas iniciaron.

La crisis de los casi treinta estaba en puerta.

¿Qué diablos estaba haciendo con su vida?

Es decir, tenía veintiocho, era exitosa, sí, tenía un buen trabajo, amigos y una estabilidad económica que cualquiera envidiaría.

Entonces, ¿por qué repentinamente se sentía tan vacía?

Se llevó las manos al vientre por inercia. Ahí estaban sus respuestas. Una foto del día de la boda de sus padres se encargó de recordarle que era lo que de verdad anhelaba con tal fuerza, que parecía alejarlo.

No. Ella era una mujer fuerte, se repitió. Borró cualquier indicio de lágrimas y procedió a sacar del fondo del armario un bonito vestido azul que Carla le regaló el año pasado. Se colocó el broche de su madre en el cabello y sonrió al espejo cuando estuvo lista; casi podía ver a sus progenitores detrás de ella, orgullosos de la mujer que se convirtió, porque si de algo estaba segura, era de seguir su propio camino y aprender de sus errores.

—¡Puedo morir tranquila después de hoy! —Fueron las primeras palabras que soltó Carla al verla. Se apresuró a abrazarla—. Sabía que ese vestido sería perfecto para ti. ¡Sí te ves preciosa, hija! —Mikasa se limitó a abrazarla.

A veces, lo único que necesitas, es que te abracen tan fuerte, para recordarte que sigues anclada a un mar lleno de personas que te aman y te hacen sentir, que puede haber mil huracanes, sin embargo, ellos te mantendrán a flote.

Cálidas lágrimas surcaron las mejillas de Mikasa. Hasta ese momento, se dio cuenta de cuanto necesitaba de su madre, y de lo agradecida que estaba con Carla por amarla de esa forma.

—Tranquila, cariño —musitó Carla, después de separarse de ella. Tomó el rostro de Mikasa con sus manos, acariciando las mejillas y limpiando las lágrimas con sus pulgares—. Te ves mejor con esa bonita sonrisa que tienes. —Mikasa sonrió, más calmada—. Ven, entremos.

—¿Y tío Grisha? —cuestionó después de notar que el doctor no había salido a saludarla. Carla soltó un suspiro.

—Trabajando —respondieron al unisón, para después soltar una risa.

—Ya sabes cómo es Grisha de adicto al trabajo —comentó Carla después de instalarse en la sala—. ¿Té y galletas?

—Prefiero un desayuno más sólido, por favor. —Carla se sorprendió, sin embargo, se ahorró sus preguntas. Era inusual que Mikasa rechazara sus galletas.

—Vamos a la cocina, ¿qué te apetece, Mika? —La aludida no tardó en seguirla, pensando detenidamente su platillo favorito. Una voz en el fondo de su mente le gritaba que no rompiera su dieta, porque después volvería a frustrarse.

—Panqueques, frutas y yogurt suena muy bien —comentó animadamente, pensando que variar un poco no le hacía mal a nadie. Carla se detuvo mientras Mikasa seguía parloteando. Era la primera vez en quince años que escuchaba que pedía aquello. La última vez que desayunó eso, fue la mañana antes de que sus padres murieran, desde entonces, había vetado esa combinación de su vida.

—¿Te sientes bien, hija? —Preguntó luego de salir de su estupor. La encontró husmeando en el refrigerador, notó que los ingredientes para los panqueques ya se encontraban en la barra.

—Sí, ¿por qué la pregunta?

—Nada. Vamos a cocinar.

Durante el proceso, mientras Carla batía los ingredientes para forma la masa de los panqueques, mantenía un ojo en la actitud de Mikasa. La conocía desde que la niña tenía seis años; había aprendido a leerla como si fuese su propia hija. Notó los distintos y fugaces vaivenes emocionales que tenía, apenas perceptibles para un instinto tan agudo como el de ella, ya que ni la propia Mikasa lo notaba.

Un foco se encendió dentro de ella.

—¿Y cómo va el nuevo trabajo, hija? —La aludida estuvo a punto de rebanarse un dedo por la sorpresa. Volvió a su serenidad habitual.

—Muy bien, tía Carla. Aunque Hanji sigue aprovechándose para que haga su trabajo. Ya sabes que será la primera vez que estaré como profesora titular de una clase, aunque sea un curso de verano.

—Como en los viejos tiempos, ¿no? —Mikasa se desconcertó por el tono de su tía. Parecía que Carla sabía algo que ella ignoraba. Continuó con su tarea, cortando una manzana, tenía tanta hambre que no dudó en meterse un trozo de fruta en la boca, sin embargo, no tardó en arrepentirse—. ¿Eren se comportó durante la boda de Hanji? —Sintió como la manzana se atoró en su garganta y el aire comenzaba a faltarle. Carla la apresuró a realizarle primeros auxilios y el trocito causante salió volando fuera de su boca—. ¿Te encuentras bien, Mika? Ten, bebe un poco.

Mikasa tomó largas bocanadas de aire, intentando recobrar la compostura para después beber el agua ofrecida.

—Ya ha pasado, tía, tranquila —Carla asintió, no muy segura de su respuesta. Un sutil olor a quemado provocó que su foco de atención fuera otro. Se apresuró a sacar el panque del sartén; colocó más mezcla, mientras admiraba el antinatural color negro de su comida. Una singular risa emergió de los labios de Mikasa—. Tiene años que no veía algo tan negro. —La mujer mayor achicó los ojos, aparentando molestia.

—Deja de criticar. Hazlo tú —incitó, ofreciéndole la espátula que Mikasa no tardó en aceptar, dándole el cuchillo a Carla para que tomara su lugar. Luego de unos minutos de tan ansiado silencio, viejos cuestionamientos volvieron—. No me respondiste la pregunta. —Mikasa se sobresaltó.

—Sí, Eren se comportó.

—Tanto como para no llegar a dormir a su departamento, ¿no? —comentó, restándole importancia, aunque prestándole mayor atención al lenguaje corporal de su ahijada. La mujer de cabello negro y ojos rasgados se vio en un aprieto sobre qué contestar, porque "oh, sí, no llegó a dormir a su departamento porque mi cama se atravesó en su camino", no sonaba muy bien si quería mantener una buena convivencia con los Jeager. Carla soltó una risita, al notar el agobio que generó la pregunta—. Entonces, ¿te gusta tu trabajo?

Mikasa agradeció el cambio de tema por algo menos frágil. Todavía le costaba -a veces- ver a los ojos a Carla cuando recordaba los años en que se lío con Eren en esa misma casa.

—Definitivamente. Extraño el trabajo en el hospital. Estudié medicina para sanar a las personas —contó, concentrada en el panque—. Hanji tenía mucha razón al mencionar que siendo profesor, formas a los nuevos doctores que estarán en los hospitales, es otra forma de ayudar.

—Pareciera que escucho a Grisha —se río Carla—. Durante un tiempo, cuando recién nos casamos intentó dar clases. No duró ni siquiera un semestre cuando regresó pitando al hospital —volvió a reír al recordar la cara de susto de su esposo después de la primera clase que dio—. La docencia no es para todos, Mika. —La aludida asintió, en perfecto acuerdo—. Y tus compañeros de trabajo, ¿son guapos?

—¿Q-qué? —Irremediablemente recordó ese fugaz encuentro en la oficina de Levi, cuando este tuvo un ataque de pánico. Si Hanji no los hubiera interrumpido, tal vez seguiría en la cama de otro en ese momento. Se apresuró a espantar esos pensamientos cuando escuchó a Carla hablar.

—Vamos, hija. Han pasado casi tres años desde que rompiste tu relación con Annie. Si bien, es cierto que esa muchachita nunca me dio buena espina, sé que la quisiste mucho y te hizo feliz en su momento. Eres joven, no te limites por esa mala experiencia.

Mikasa mantuvo su atención en el sartén, contemplando las burbujas que se creaban en la harina como si fueran la cosa más interesante del mundo.

Annie seguía siendo un maldito tema delicado para ella. Y más, porque tres meses atrás la había visto de la mano de la misma rubia con la cual le pintó el cuerno. Un instinto homicida nació en ella cuando las vio entrar en una boutique de vestidos de novia.

—No importa, tía Carla —le restó importancia. Obviando que todavía existían pequeños resentimientos en ella.

—Listo —festejó la señora Jeager, cuando la mesa quedó lista y un pequeño bufet se cernía frente a ellas—. Provecho. —La mujer castaña notó que el ánimo de la más joven se esfumó, admitió que se equivocó cuando mencionó a la ex, pero necesitaba hacerla entender que no debía estancarse. Un recuerdo provocó una sonrisa en ella—. ¿Alguna vez te conté el día que conociste a los Arlet? —Mikasa salió de su estupor.

—¿Uhm? Sí, creo que sí. Todos pensamos que Armin era una niña hasta que tía Carol les aclaró que eso sucedía con frecuencia.

—Sí, tienes razón, eso sucedió. Mejor, te lo preguntaré de otra forma, ¿quieres saber cómo conocimos a Carol?

—¿No fue el mismo día? —cuestionó confundida. Una sonrisa de gato risón adornó la boca de Carla.

—Sí, lo fue. Después de que Eren huyera de mi vigilancia, corriste tras él. Tenías —pensó sus palabras—, todavía tienes este complejo de mamá gallina con ellos —suspiró, abrazando esos cálidos recuerdos—. Tu madre y yo nos presentamos ante Carol, aunque de una forma un tanto… peculiar. —Tras narrarle la anécdota, donde la señora Arlet pensó que Yuu y Carla eran una pareja homosexual, Mikasa estalló en risas ante la inverosímil situación.

—¡No puedo creer que tía Carol pensara aquello! —Los estragos de las carcajadas se mantenían—. ¿Cómo se habrán presentado y actuado para que creyese eso?

—Carol siempre fue muy fresca con el tema —agregó Carla, limpiándose las lagrimitas que habían escapado de sus ojos—. Y a mí me causó gracia, fue tu madre quien creó el mayor alboroto —contó como si se tratase del secreto mejor guardado—: le escandalizó la sola idea. Y ve que pese a ser una mujer de mente muy abierta, tenía arraigadas muchas ideas tradicionales.

Y la alegría se apagó en Mikasa al cuestionarse qué habría sucedido si su madre hubiese seguido viva cuando entabló su relación con Annie.

—Tranquila, cariño. —La sonrisa de la mujer mayor la calmó—. Tu madre te habría amado y apoyado de la misma forma. Al fin y al cabo, amor es amor, sin importar su presentación.

Asintió, más convencida. Empero, habría deseado tener a su madre; compartir secretos, recibir regaños y consejos. Tantas cosas que jamás pudo realizar con ella… y que Carla amablemente le había ofrecido.

Las horas parecían minutos; las palabras parecen fugarse cuando pasas tiempo con una persona preciada.

Era cerca de media tarde cuando se encontraban bebiendo el tan exquisito té de Carla, uno que preparaba de forma tradicional en ocasiones especiales; apenas oler la taza, fuertes náuseas atacaron a Mikasa, quien mantuvo a raya el asco que sentía.

Esa fue la confirmación que Carla Jeager necesitó. Sin decir palabra, se levantó de su cómodo lugar en la sala, subió las escaleras y buscó en esa habitación que cuidaba con llave, esperando el día que una nueva risa llegase a sus vidas. Vaya que esperó demasiado, pero cada minuto había valido la pena.

Buscó entre cajas viejas, hasta dar con un precioso conjunto azul; el mismo que usó Eren cuando apenas era un bebé con meses de edad. Lo cogió con tanto cariño, llevándolo hasta su pecho, por un segundo, creyó sentir el cuerpecito de su hijo nuevamente en sus brazos. Volvió a husmear en las cajas hasta dar con un par de zapatitos a juego. Alcanzó una bolsa de regalo e introdujo las prendas dentro con una sonrisa.

Bajó con una renovada energía. Al menos uno de sus niños cumpliría su sueño de volverla abuela, pese a que sabía que Zeke ya tenía un niño, jamás había permitido que ella se acercarse a conocerlo, apenas y Grisha había corrido con la suerte necesaria para ver a su nieto.

Espantó el pensamiento melancólico de su hijastro. Si Zeke no le permitía conocer al niño, y Eren seguía siendo un buen muchacho, aunque algo inmaduro y joven, se alegraba febrilmente de que Mikasa fuera a darle esa dicha.

—¿Qué es esto? —Cuestionó la mujer de ojos grises al recibir la bolsa de regalo con el ceño fruncido.

—Una vez me comentaste que Annie quería niños. Y tus ojos brillaron como un par de luceros. —La calidez que emanaba Carla volvía todo más confuso—. Tu sonrisa cuando veías a los bebés y al pasar frente a los escaparates de bodas. No permitas que nadie vuelva a apagar tus deseos más profundos; esas ilusiones que alimentabas de pequeña y que añorabas al ver a tus padres. —Un nudo se formó en la garganta de Mikasa. Pocas personas podían ver tras la capazón que creó después de su primera decepción amorosa con Flock a los diecisiete años.

Sonrió, dejando de lado la bolsita y abrazando con fuerza a Carla. Musito un suave gracias; ya no sabía si agradecía la guía que le dio, el cariño y afecto o el regalo, quizá era todo eso y más.

La hora de la despedida llegó más rápido de lo esperado. Mikasa ignoró el contenido de la bolsa hasta estar en la comodidad de su hogar. Con curiosidad, abrió el regalo, frunciendo el ceño, quedando desconcertada.

—¿Qué demonios significa esto? —Contempló con terror el pequeño traje azul y los zapatitos; se veían tan hermosos y adorables. Aunque la verdadera pregunta era otra:

¿Por qué Carla Jeager le había dado eso?


El golpeteo constante de sus dedos contra la mesa comenzaba a desesperarla, ¿por qué diablos se tardaban tanto? Bueno, para empezar ni siquiera entendía porque todavía seguía esperando a alguien que no llegaría.

Revisó la hora de su móvil por tercera vez. Se aseguraría de cobrarle con sangre esas horas perdidas a sus amigas.

Amigas que la abandonaban a último minuto.

Se cansó de esperar y jugueteó con su celular, pasando lentamente por la lista de contactos, le daría la apaleada de su vida a Hanji e Isabel por dejarla sola. Ya sabría cómo cobrarles eso.

Por un segundo, pensó en llamar a Carla y pedirle que la acompañara, empero, ya estaba mayor para pedir la asesoría de su madrina. Decantó por llamar a otra persona, que no sería el mejor consejero, pero era mejor que nada.

—¿Mikasa? —La voz de Eren sonaba un poco ronca al otro lado del auricular—. ¿Ha pasado algo malo?

—¿Estás ocupado? —preguntó, moviendo su pie con ansiedad. Escuchó una serie de ruidos al otro lado. Juraría que era el mismo sonido de sábanas corriéndose; maldición, ella conocía mejor que nadie ese sonido—. Parece que sí. Olvídalo. —Estuvo a punto de cortar, hasta que un grito de Eren la detuvo.

—¡Aguarda! Estaré libre en diez minutos, ¿qué necesitas?

—Un favor.

Y vaya favor le pidió. Media hora después, Eren entraba en el recinto, estirando el cuello, intentando encontrar a Mikasa. La mujer levantó una mano, haciendo señales para que llegara hasta su lugar.

—Armin llegará en media hora más —fue lo primero que soltó—. Mencionó algo de una cita o asesoramiento. No le entendí. —Mikasa asintió.

—Gracias por venir.

—Era esto o que le contaras a Carla sobre la ocasión en que choque su auto —murmuró molesto—. Ya estoy aquí, andando.

Mikasa soltó un suspiro, más calmada. Tomó su bolso de la mesa y decidió seguir a Eren en la travesía por el centro comercial. Pedir la opinión masculina para elegir ropa no era la mejor idea, no obstante, tenía un extraño sentimiento de soledad que quería apagar a como diera lugar.

—Hablando de tía Carla. La visite hace dos semanas y mencionó que no te has parado en su casa —escuchó el bufido de Eren—. Deja de ser un niño mimado y ve a visitarla —ordenó, aunque su tono de voz ocultaba sus verdaderos sentimientos—. Habrá un punto donde querrás verla, donde necesites de sus consejos o añores sus abrazos. ¿Y sabes qué es lo peor? Que ella ya no estará y te arrepentirás de no haberlo hecho.

—¿Extrañas a la tía Yuu? —La tristeza y melancolía revestían su sonrisa.

—Como el primer día —respondió rememorando la calma que sus padres transmitían—. Extraño las risas de mi madre y las sonrisas de mi padre; extraño despertar y verlos cada día. Pero… —Y silencio se prolongó tanto, que Eren desvió la mirada para verla. Y maldición, ahora recordaba porque llegó a liarse con ella cuando eran más jóvenes: esa preciosa sonrisa era la perdición de más de uno—. Donde sea que estén, están orgullosos, lo sé.

—Claro que sí, Mika —contestó, pasando un brazo alrededor de sus hombros para atraerla a su cuerpo y abrazarla—. Dejemos esos temas melancólicos. ¿Dónde quieres revisar primero?

Y así, entre charlas y bromas, Eren acompañó de Mikasa a comprar ropa. Aunque la mayor se negaba a admitirlo, extrañaba la complicidad que tuvieron alguna vez. Así que cada vez que salía del probador y daba una vuelta frente a Eren, las carcajadas salían sin tregua alguna.

Escuchó más de un comentario mal intencionado, sobre que era mayor para estar con un muchacho como Eren.

Si supieran que fue el castaño quien la sedujo… aunque también escuchaba felicitaciones sobre la pareja tan bonita que hacían. Fue al pasar frente a los escaparates de novia, que irremediablemente se detuvo, sorprendiendo a Eren, que seguía parloteando sobre el servicio social que haría con el profesor Levi.

—Vaya… —se sobresaltó al escuchar la voz de su mejor amigo tan cerca—. Pensé, cuando estabas con Annie, que pese al prejuicio social, te casarías de blanco, ya sabes, ese siempre fue tu sueño.

—Haces sonar como si eso fuera mi única aspiración —debatió Mikasa, frunciendo el ceño.

—Lo era —se burló Eren, ganándose un golpe, cortesía de Mikasa—. No puedes negar que cuando éramos pequeños te envolvías en una sábana blanca fingiendo que era un vestido y nos forzabas a Armin y a mí, a sostener la cola del mismo y a ser los niños de las flores —Un impropio sonrojo invadió a Mikasa. Había mucha verdad en las palabras del muchacho—. Supongo que desde ahí entendí que nada entre nosotros podría funcionar; me dabas las flores o la cola del vestido, nunca permitiste que fuéramos los novios.

—Cierra la boca, Eren —musitó, tratando de controlar el bochornoso recuerdo—. Eso era cuando tenía apenas doce años, todavía era una niña.

—¿Y ya no te quieres casar?

Esa era la verdadera cuestión. Involuntariamente, sus dedos tocaron el cristal que la separaba del precioso vestido frente a ella. Cientos de veces soñó portar uno así, ser entregada del brazo de Grisha -habría dado cualquier cosa para que sus padres estuvieran en ese momento tan especial- sin embargo…

—La medicina implica dedicación. Y ahora, la docencia más. Ya habrá tiempo para sueños infantiles.

—Infantiles —murmuró Eren, dándose cuenta que todavía había una herida muy profunda en Mikasa que no lograba cicatrizar. Suponía que la boda de Hanji había reabierto los puntos mal puestos, para recordarle que seguía ahí, sola y con el tiempo en contra.

Las compras continuaron hasta mitad de tarde, cuando Eren se había desplomado en una de las sillas de la cafetería del centro comercial. Sería la última vez que dejaría que Mikasa lo chantajeara, aunque si era honesto, extrañaba pasar tiempo con ella. Las bolsas a sus lados le decían que la tarea ya estaba cumplida, seguía cuestionándose porque necesitaba ropa nueva si era extraño que ella subiera de peso o que cambiara su estilo, más no cuestionó nada. Aprendió su lección sobre las preguntas inapropiadas para las mujeres hace mucho tiempo.

—Invito la comida. Es lo mínimo que puedo hacer después de arrastrarte por todo el centro comercial —Eren asintió, totalmente de acuerdo. Buscaron entre los múltiples puestos la comida que más les apetecía, pagaron y regresaron a la mesa donde las mil y un bolsas de Mikasa los esperaban.

—¿Y por qué tanto ropa? —Y el sentido común de Eren, decidió irse de vacaciones, eliminando el filtro entre sus pensamientos y su boca.

—¿Acaso no puedo comprar ropa?

—No, o sea sí. —Ya no sabía cómo salir de la encrucijada que se metió solo—. Me refiero a que es normal, supongo, que compres ropa. Lo que no entiendo, es porque compraste tanta —explicó.

Mikasa desvió la mirada. Intentar explicar que ha subido de peso y que sin importar las dietas y el ejercicio, no ha logrado bajar los pequeños kilos que le impedían portar su ropa adecuadamente, era precisamente lo que menos quería hacer en ese momento.

Cualquier respuesta fue interrumpida cuando llamaron sus números de pedido. Eren, como era habitual, había pedido hamburguesas de queso, mientras que Mikasa había preferido comprar algunas piezas de pollo empanizado. El castaño ladeó la cabeza, intrigado.

—Oye, Mika. ¿Tú no odias el pollo preparado de esa forma? —La aludida levantó la mirada, de golpe hasta él. Articuló una serie de sonidos que le hizo saber que no lo había escuchado—. Te decía que a ti no te gust

—¡Eren! —Ambos se sobresaltaron ante la mención del nombre del muchacho. Y se estremecieron al escucharla nuevamente y reconocerla.

Santa mierda.

—Zeke —murmuraron ambos, sin darse cuenta que el otro hacía lo mismo. Desviaron la mirada al rubio de barba que los saludaba energéticamente al otro lado de lugar.

El aire dejó de circular dentro de sus pulmones. Lo menos que necesitaba es que su segundo mejor polvo se acercara a Eren. Zeke no dudó ni un segundo en acercarse hasta ellos, mientras Mikasa consideraba si escapar era mejor opción a que se abriera un boquete en la tierra y se la tragara ahí mismo.

—¡Hermano! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? No respondes mis llamadas, ¡ni que hablar de las cartas!

Santa, esperen ¿QUÉ?

La familiaridad con la cual Zeke le habló a Eren, la puso sobre aviso. Esperaba que ninguno de los dos fuese a hablar de más. Trató de calmar sus pensamientos, el rubio parecía que todavía no le ponía suficiente atención para reconocerla…

—¡La pequeña Mika! —Al carajo con todo. Se forzó a sonreír y saludarlos.

—¿Se conocen? —cuestionó Eren, sorprendido.

—¡Como no conocer a la hija prodigio de Grisha! —Respondió Zeke, con todas las malas intenciones—. Ya ves que sus otros hijos parecen ser una vergüenza para él por negarse a seguir sus pasos y tuvo que adoptar a una que si lo hiciera.

—Mikasa nada tiene que ver con tus resentimientos con Grisha —devolvió Eren, defendiéndola.

La frase que dijo Zeke le sonaba muy familiar. Estaba segura de haberla escuchado antes, más no recordaba en dónde.

—Esperen —intervino, totalmente confundida—. ¿De dónde se conocen? —cuestionó, intentando darle sentido a la situación. Eren se puso visiblemente incómodo, mientras que el rubio sonreía maliciosamente.

—Es una historia interesante —mencionó Zeke, moviendo una silla y sentándose con ellos. El castaño comenzaba a exasperarse—. Verás, todo comenzó hace bastante tiempo, antes de que él naciera —señaló a Eren, robando una papa frita de su plato.

—Zeke es mi medio hermano —soltó de golpe su mejor amigo, golpeando la mano del rubio cuando quiso robarle más comida de su plato.

Mikasa no alcanzaba a procesar las palabras. Intercaló la mirada entre Eren y Zeke, dándose cuenta de las similitudes abismales que compartían. Maldita sea, por eso, cada vez que se acostaba con Zeke era inevitable pensar en Eren; eran las dos caras de la misma moneda.

Maldita sea, eran las dos cara de la misma moneda. Y se había liado con ambos.

Entendía su aventura con Eren, había demasiado trasfondo, pero, ¿Zeke? Nunca se tomó ni dos minutos para indagar si el apellido que le dio, era el real.

Un padre ausente por el cual tenía resentimientos, ya que dejó a su madre para escaparse con la jovencita que fungía el rol de niñera. Si lo pensaba, era una historia bastante trágica en la cual nunca quiso ahondar por respeto, pero debió de haberlo hecho.

—Quita esa cara, Miki —comentó el rubio, ahora robándole a ella pollo de su plato—. Grisha sabe muy bien cómo guardar secretos. No creas que fuiste la única engañada.

Engañada, mis ovarios, ¡fuiste tú quién me mintió!

Había tantas preguntas que quería hacer, empero se contenía. También había discretos secretos que prefería conservar de esa forma.

Por la interacción de ambos, parecía que Zeke se divertía con la situación, mientras que Eren quería echarlo de ahí y ella, ella se conformaba con que ambos mantuvieran la boca cerrada.

—¿Qué haces aquí, Zeke? ¿No deberías de estar pavoneándote en Mare con tu esposa? —Y los colores volvieron a desaparecer de Mikasa. Maldición, sería mucha coincidencia que…

—Lo siento, Mika, pero ya no podremos seguir repitiendo —La aludida observaba la espalda de su amante. Aquella noticia le provocó tristeza, no porque hubiera desarrollado alguna especie de sentimiento romántico por él, definitivamente no, sino que se cuestionaba donde volvería a encontrarse a otro hombre con la misma maestría de su, ahora, ex amante rubio.

—¿Puedo saber la razón?

—En unos meses me caso —contestó como si nada.

—¿Estás comprometido? —Cuestionó impactada. Eso significaba, que en algún lugar existía una chica que esperaba por su novio, sin saber que este se revolcaba con otras.

—¿Ahora resultaste ser una chica buena? —se burló. Se dio la vuelta después de abrocharse los pantalones y con la camisa entreabierta para encararla—. Vamos, Miki, nada de lo que has hecho te permite tener un pensamiento tan arcaico.

Lo único que esperó en ese momento, era no encontrarse con esa mujer, menos después de lo que le pasó con Annie, ahora conocía perfectamente ambos lados de la moneda.

El mundo estaba lleno de mucha mierda, que Newton tenía demasiada razón al decir que cada acción tiene una reacción.

Ahí estaba ella, pagando el peso de sus errores.

—Nos hemos mudado a Paradise. —La afirmación sacó de su estupor a Mikasa—. Abrimos una nueva sucursal de la farmacéutica aquí y era necesario que estuviera supervisando cómo laboran. —Y lo obvio lo incitaba a molestarlos más, cuestionó—. ¿Y ahora son pareja? Grisha nunca mencionó que fueras novio de la pequeña Mika.

—Cállate, Zeke —amenazó Eren, enfadado con su medio hermano.

—¿Esas son formas de hablarte a tu hermano mayor? —Mikasa volvió a tragar. La tensión del ambiente se podía cortar con un cuchillo—. Pensé que estabas acostumbrado a compartir —Y encontró dobles intenciones en esas palabras que la hicieron esperar lo peor—. ¿Miki no te contó cómo nos conocimos?

—No. Y tampoco me interesa. Haznos un favor y piérdete.

Al ver a Eren defenderla tan imperativamente le hizo darse cuenta que sería un gran abogado, capaz de pensar con la cabeza fría, aunque la sangre arda por sus venas.

Cuánto había crecido…

—Es una historia interesante, si me lo preguntas —obviando las descortesías de su hermano, continuó con el relato—. Fue durante una cena, en Mare. Entró del brazo de Grisha. Ya sabes cómo le gustaba vanagloriarse al viejo…

—¿Zeke? —La suave voz de una mujer interrumpió su historia—. Cariño, te he estado buscado. —Las personas sentadas le prestaron mayor atención a la mujer de largo cabello castaño, de ojos azules y sonrisa de ángel. La culpa removió lo más interior en Mikasa.

—Frieda, amor. Lo siento, me encontré con Eren y me fue inevitable venir a saludarlos —contó el rubio, poniéndose de pie y depositando un beso en la mejilla de su esposa—. Ah, quizá no los he presentado adecuadamente —comentó jocoso—. Eren, Mikasa, ella es mi esposa, Frieda. Frieda, cariño, ¿recuerdas a mi hermano Eren y a Mikasa?

La última frunció el ceño. Ella no conocía ninguna Frieda.

—Desde la boda que no te he visto, Eren —contó, inclinándose para saludar a su cuñado—. Deberías visitarnos en Mare, te gustara. Es un país precioso.

—No en esta vida —gruñó, ignorando a la amable mujer. Sin perder los ánimos, se dirigió a Mikasa.

—¡Mika! Años sin saber de ti. —Y seguía sin dar con los recuerdos. Nunca la había visto, estaba segura, pero había algo en su voz que le sonaba demasiado familiar—. Te ves igual que en tus años mozos, ya quisiera yo poder decir lo mismo —agregó, sobándose la prominente panza de seis meses de embarazo.

Al entender parte del trasfondo detrás de las palabras, todo se volvió negro y las voces de fondo desaparecieron.

Mierda. No otra vez.


La luz cegó sus los ojos apenas los abrió. Volvió a cerrarlos por inercia. Los ruidos exteriores comenzaron a ser más nítidos cuando abrió los ojos por segunda vez.

—¿Es normal que se haya desmayado? —La voz le pareció vagamente familiar. Sintió la comodidad de su cama bajo sus dedos.

—Cuando éramos pequeños era usual —respondió un Eren seguro y despreocupado. Claro que en aquel entonces seguían atribuyendo sus mareos a la anemia que le diagnosticó Grisha y no al sucio secreto que se encargó de borrar. La cabeza le latía con mayor fuerza—. Pueden irse, ella estará bien.

—¿Seguro que no prefieres que llame como mínimo a Grisha? Por donde lo quieras ver, esto no fue normal.

—Conozco a Mikasa desde que tengo uso de razón, Zeke. —La ira impregnaba sus palabras. La chica seguía perdida en sus pensamientos sin prestarles verdadera atención—. Ella estará bien. Probablemente fue debido a la sobre exigencia del trabajo y la mala alimentación.

—Pero

—Tenemos que confiar en él, Frieda. —Mikasa se cuestionó cuánto tiempo tenía la pareja de conocerse. Aunque sus pensamientos iban por otro rumbo menos inocente, ella se forzó a mantenerlos en un camino más sano.

La puerta fue cerrada de golpe y por inercia, se dejó atrapar lentamente en el valle de los sueños.

—Fingir no se te da bien —comentó Eren, recargado en la puerta.

Si te logré convencer de que esos gemidos eran reales…

Se sorprendió por sus ideas.

Soltó un suspiro, haciendo fuerza en sus brazos para levantar la parte superior de su cuerpo y así mirar a Eren.

—Puedes acompañarlos, ¿sabes? La puerta es muy grande. Yo sólo quiero descansar —musito, recostándose nuevamente. Cerró los ojos, rogando caer en los brazos de Morfeo.

—Tienes muchas cosas interesantes. —La voz de Eren sonaba más cercana, bañada en matices jocosos—. Mientras buscaba las llaves, encontré un objeto muy interesante en tu bolso. Al principio me extrañó de encontrar un mp3, pero no los audífonos y tu labial resultaba ser más largo de lo usual… —Reconoció el sonido de vibración y tardó menos de dos segundos en estar sobre el muchacho para quitarle su juguete.

—¡¿Acaso tía Carla no te enseñó a no hurgar en las bolsas ajenas?! —Regañó, exaltada. La sonrisa de Eren se le antojaba para borrarla de un par de puñetazos bien dados—. Maldición —murmuró cuando otro mareo la desestabilizó. Se llevó una mano a la cabeza, anhelando que el mundo dejara de dar vueltas. Sintió los brazos del muchacho rodearla y depositarla en la cama.

—Llamaré a papá. Zeke tenía razón, esto no es normal. —Eren alejó para llamar a su padre. Mikasa alcanzó a oír una parte de la conversación, aunque no le prestó mayor atención hasta que el teléfono le fue ofrecido—. Quiere hablar contigo —comentó.

—Hola —saludó, manteniendo un tono neutro. Una serie de preguntas le prosiguió; su alimentación, rutina de trabajo y de ejercicio. Y le siguió el regaño debido a su falta de prevención.

—Mikasa —la voz al otro lado del auricular cambió de tono—. ¿Mantuviste relaciones sexuales sin protección recientemente? —Se sonrojo ante la pregunta. Murmuró cualquier cosa, asegurando que pronto iría por un chequeo general y que sería más cuidadosa. La idea de que la anemia volviera, la paralizó completamente.

Terminó la llamada, observó largos segundos el teléfono frente a ella, cuestionándose quién sería la mujer que sonreía tan alegremente en la foto del fondo de pantalla. No la había visto antes y justo iba a preguntarle a Eren sobre ella, cuando el móvil sonó, alertando una llamada entrante. Estuvo a punto de contestar hasta que una voz la hizo saltar.

—¡Ni se te ocurra responder, Ackerman! —Advirtió Eren, arrebatándole el aparato y cortando la llamada.

Él sí podía husmear en sus cosas, pero ella no podía responder una estúpida…

—¿Qué te dijo papá?

—Iré a verlo para realizarme un chequeo general. —Fue la escuálida respuesta—. Sugirió descanso, así que puedes retirarte.

—Nop. No quiero morir hoy por tu culpa al dejarte sola —frunció el ceño, confundida. El timbre respondió su duda.

Apenas la puerta fue abierta, Hanji e Isabel ingresaron atropelladamente, deshaciéndose en disculpas para Mikasa. Incluso Sasha estaba ahí. La mirada de Eren confirmó que fue él quien las llamó, le sonrió, agradeciéndole el gesto.

La charla de mujeres la envolvió tanto, que cuando buscó al muchacho, se dio cuenta que ya se había retirado.

—¡Noche de chicas! —Festejó Sasha, quien se instaló al lado de Mikasa.

—Lo dices como si estuvieras en la flor de tu juventud —murmuró la mujer de pelo oscuro, dejándose contagiar con la energía de sus amigas.

—¡Lo estamos! —Secundó Isabel, llevando un plato de palomitas a la cama—. No sé tú, Mikasa, pero yo me siento como de veinte.

—Tienes treinta, Isa —contestó la aludida, riendo.

—¡De corazón tengo veinte! —Juró solemne.

Luego de varias películas, la relajación del ambiente permitió realizar las verdaderas preguntas.

—¿Cuál fue el detonante, Mika? —Cuestionó con preocupación Hanji—. Hace años no sufrías un ataque similar.

—Volví a ver a Zeke —confesó, jugando con sus dedos, evadiendo las tres miradas—. Hoy apareció en el centro comercial cuando estaba con Eren.

Era un secreto a voces que Mikasa Ackerman tuvo más que una aventura de verano con el hijo de sus tutores legales. También lo era, la no-relación que sostuvieron por años.

Sasha y Hanji fueron las principales espectadores de tan catastrófica situación.

—Oh, cariño… —Sasha la rodeó con un brazo, comprendiendo de que iba todo.

Las tres se sorprendieron del sollozó que emitió Mikasa. Y posteriormente, de las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

—Zeke es… —carraspeó, intentando recuperar la compostura—. Él y Eren…

Mil ideas cruzaron por la mente de las presentes, pero jamás esperaron las palabras que Mikasa emitió.


Un mes había transcurrido desde el incidente en el centro comercial. Los cursos de verano habían sido un éxito y el inicio de clases estaba en puerta.

Entre el papeleo, el trabajo y el gimnasio, Mikasa omitió la revisión general que su padrino le mandó. Terminó por acostumbrarse a usar ropa más holgada, por ser más cómodo y por no lidiar con los botones. Descubrió también un apetito… excéntrico.

Un silencioso pensamiento se escabullía cada vez que se veía en el espejo, mencionando detalles que ella se esforzaba por olvidar.

Aunque claro, la burbuja rosa tenía que explotar.

El verano estaba en su mayor esplendor, cuando logró coincidir con sus amigas. Hanji se veía sonriente, aunque con las ojeras debido a la extenuante jornada laboral, por otro lado Isabel y Sasha sostenían una picardía de un secreto oculto. Ya se encargaría de averiguar que se traían entre mano sus compinches. Al ingresar al café, se sorprendieron de encontrar a Kyklo en la entrada, saludando a los clientes y guiándolos a sus mesas. Sharlen no tardó en aparecer, con libreta en mano y sonrisa de ángel. Aunque el encanto terminó para Mikasa al escucharla hablar.

—Ya no has traído al apuesto muchacho —comentó la dueña, haciendo un puchero, la aludida sonrió incómoda. Luego de una serie de bromas, la rubia se dedicó a tomar los pedidos de sus viejas amigas.

—Por cierto, ¿qué sucedió con Jean? —Preguntó Sasha, recordando a su compañero. Isabel soltó una risa—. No lo he visto merodeando a Mikasa últimamente. —La aludida frunció el ceño.

—Él no me merodeaba —contradijo.

—Lo hacía —respondieron las otras tres, al unisón.

—Está de padre —comentó Isabel, con la animosidad que se cuenta el chisme más jugoso… que no distaba de la realidad—. Marco me contó que se armó la grande para Kirstein. Un niño corrió diciéndole papá frente a media facultad.

Las expresiones de asombro no se hicieron esperar.

—¿Tiene un hijo?

—No sabía que era divorciado.

—¿Si es su hijo? —Hanji fue la única que trató de mantenerse imparcial—. He visto esa broma en internet. Un niño corriendo a brazos de un desconocido llamándolo papá. Quizá alguna alumna quiso hacer una broma pesada.

La negativa de Isabel provocó más curiosidad.

—Según Marco, la mujer que estaba con el niño, es una ex de Jean, de sus tiempos de preparatoria. Y… los años coinciden. Incluso —agregó— es el mismo niño que nos encontramos hace unos meses.

—¿El del balón? —Sasha lo recordaba perfectamente. Nunca olvidaría a una persona que haya destruido su comida, aunque no fuera intencionalmente.

—El mismo —confirmó—. Ya sabes que la madre, uhm… Su nombre empezaba con J, pero bueno, recuerdas que nos preguntó por la facultad de psicología. ¡Resulta que también es maestra! Y entre las constantes idas y venidas, fue inevitable que padre e hijo se conocieran.

—Espera, ¿Jean no sabía? —La sorpresa e incredulidad se apoderó de ellas. Isabel parecía satisfecha de ser la única en conocer la historia.

La interrupción de Sharlen, quien les entregó sus platillos, evitó cualquier respuesta. Luego de empezar a comer, el tema regresó a la mesa, aunque tomando un rumbo completamente diferente.

—Esa es la importancia de dar educación sexual en la escuela —musito Hanji, cabreada al saber que el niño era producto de un descuido—. La cantidad de jóvenes que atendía en el hospital, a los que tenía que explicarle cómo se usaba un condón y que es una aberración abrirlo con los dientes. Joder, ¿qué sucede con la conciencia en la actualidad?

—Durante mis prácticas aborde estos temas en diferentes conferencias a escuelas públicas —comentó Mikasa, recordando la expresión neutra que tenía que mantener ante las risitas de los adolescentes—. El sexo es un tema tan natural, que la sociedad lo termina poniendo como tabú.

—Ni que decir de las jovencitas que tenía que atender por un embarazo no planeado o por las secuelas de un aborto clandestino.

—Un embarazo podría ser lo de menos en ciertos casos —agregó Sasha—. Piensan que librarse de un niño es lo mejor, ignorando todas las enfermedades que pueden contraer si no tienen sexo seguro.

El tema volvió el ambiente demasiado denso, lo suficiente para que Isabel sacara a relucir una vieja conversación.

—Es por eso que Mikasa y Levi se terminaron los condones que les dejamos el día de la despedida, ¿verdad? —Ante la pregunta, Mikasa entró en shock.

—Ahora que lo mencionas —Sasha se veía pensativa—. Ymir mencionó que todos los condones seguían intactos. Esperaba ver un mar de envolturas, pero no. —Tres pares de ojos se centraron en la chica de pelo negro.

¿Cuándo había sido su última regla?

¿Por qué sentía más calor de lo usual aun con el aire acondicionado?

¿Por qué mierda cargaba con chocolates cuando los odiaba?

¿Y por qué su libido había subido tan escandalosamente?

Contó con recelo los meses. Cuándo fue que su ropa dejó de quedarle. Incluso el día en que su alimentación cambió.

Las felicitaciones de Sharlen y el regalo de Carla cobraron sentido.

—Por qué… ¿ustedes usaron condones, verdad, Mika? —La voz de Hanji era suave, esperando no sacarla bruscamente de su trance. La aludida se limitó a inclinar la cabeza hacia la derecha todavía sin procesar las palabras de sus amigas, e inconscientemente se llevó una mano al vientre.

Sintió un breve cosquilleo que se volvió más fuerte.

Pensó que la comida le estaba haciendo daño, cuando en realidad era una llamada de atención.

"¡Hey, existo! ¿Ya te diste cuenta?"

—¿Mikasa? —Insistió Hanji, preocupada de verdad. Nunca había visto a la chica de esa forma; la mirada perdida y una sonrisa tan… impropia y personal—. Todavía tomas los anticonceptivos, ¿cierto?

—Oye, ¿no estará…? —Sasha ni siquiera pudo terminar la pregunta, cuando Mikasa comenzó a reír; sin embargo era una risa estruendosa que jamás habían escuchado.

En ese momento, las tres se cuestionaron si la comida tenía algún tipo de alucinógeno. Hasta que notaron el mismo patrón que ella; miraron su plato, la ropa holgada y la piel más brillante. La respuesta las abofeteó.

La primera en reaccionar y abalanzarse a Mikasa fue Sasha, emocionada.

—¡Serás mamá! ¡Seré tía! —Espetó completamente emocionada. Las demás todavía asimilaron la noticia. Isabel y Hanji intercambiaron una mirada.

—Levi será papá —murmuraron al unisón. La imagen del inflexible abogado, lleno de pañales y suciedad provocó la más sincera y sádica sonrisa en ambas—. ¡Tienes que contarle! —Mikasa parpadeo, siendo consciente de su entorno.

—¿Qué?

—¡Tienes que decirle a Levi! —La emoción de Hanji era extenuante—. No lo puedo creer —repitió. Era un momento inaudito.

—¡Le dará algo! —Aseguró Isabel, con los ojos al borde de las lágrimas—. Luego de la bruja rubia, ¡la noticia será perfecta para él!

—Qué.

Apenas estaba asimilando la noticia. La letanía de negación, de ejercicio y mala alimentación había visto su fin. Sabía, desde el momento en que se dio cuenta que ya no sufría dolores ni menstruación, que algo no estaba bien. Y lo negó, aludiendo el estrés laboral, cuando el recuerdo constante de Levi la acosaba.

—Espera —intervino Sasha—. Han tiene razón, ¿no te cuidabas? —Mikasa parpadeó, todavía aturdida.

—Después de formalizar mi relación con Annie, dejé de hacerlo —contestó, perdiéndose en los recuerdos—. No tenía sentido, ¿saben? Era imposible que quedara embarazada. Y después, ella simplemente… —La voz se quebró al final de la oración y la melancolía la abrumó.

Ella había querido ser madre… aún lo añoraba, aunque no de esta forma.

Hanji quería darle su espacio para digerir la noticia, ni siquiera ella era capaz de comprenderlo del todo, no obstante estaba segura de algo.

—Levi tiene que saberlo.

—No. —Nadie esperó una respuesta tan rápida e inflexible—. Aún no, Han —suplicó. El miedo era palpable en su voz.

—Le tendrás que decir en algún momento —agregó Isabel, colocando su mano sobre la de Mikasa, en señal de apoyo—. No puedes esperar a que tenga diez años y corra a decirle papá. —La futura madre desvió la mirada.

Eran demasiadas emociones que asimilar. Sí, sabía que tendría que decirle a Levi y de alguna forma, también sería parte del proceso, al fin y al cabo, ese bebé no se hizo solo.

—Mañana. Denme hasta mañana para asimilarlo y decirle.

Sin estar muy seguras, respetaron su decisión, acordaron que Isabel y Hanji lo convencería para ir a comer con ellas, ahí estaría Mikasa y hablaría con él.

El plan perfecto.

O es creyó Mikasa, hasta que pasaron más de veinte minutos y no había señales de susodicho. Sentía la ansiedad consumirla. Mantuvo en secreto su estado, prefería primero informarle a él y después dar la noticia a sus demás amigos, aunque no dudaba que a esas alturas, Erwin, Ymir, Historia, Connie y Marco ya estuvieran enterados.

Vaya amigas tenía.

Pidió otro té a Sharlen, quien la veía con preocupación.

—Cariño, no le hace bien al bebé que estés tan ansiosa. —La cálida sonrisa que le proporcionó, logró tranquilizarla un poco—. Te traeré el mismo té que tomaba cuando estuve embarazada y unos panecillos, cortesía de la casa.

Contó hasta diez. Sintió el cosquilleo otra vez. Quiso volver a reírse por la irrealidad de la escena. Apenas un día antes había aceptado al pequeño intruso dentro de ella y este ya se manifestaba a su antojo.

El móvil timbró y respondió sin siquiera mirar quien llamaba.

—Levi no quiso acompañarnos. —Fue lo primero que Hanji emitió—. Dame unas horas y arrastraré al enano a tu departamento. —Prometió.

Y él nunca apareció.

Esa noche Mikasa apenas fue capaz de pegar un ojo. La ansiedad sobre la reacción de Levi la consumía lentamente. Maldición, no quería estar sola.

El siguiente día fue peor. Se negó a salir de casa. El buzón del otro Ackerman era la única respuesta que tenía de él, ya que parecía que la maldita tierra se lo tragó. Cuando las excusas se terminaron, confesó ante Armin y Eren el génesis de su problema -obviando el nombre del profesor y figura de respeto de sus hermanos-. Ambos se sorprendieron, el rubio la abrazó y felicitó mientras que Eren se mantenía estático. Apenas el castaño se disculpó para irse, el rubio aprovechó para hacer todas las preguntas que exigían salir de su garganta.

—Es de Levi. —Incluso antes de que abriera la boca, Mikasa conocía los cuestionamientos de su mejor amigo. Este asintió. Tenía sentido, después de las veces que se encontró a Mikasa merodeando su facultad y de las preguntas del profesor, sabía que existía algo ahí.

—¿Él lo sabe?

—Apenas lo sé yo —respondió, agotada. Y era la verdad. Se recostó en el sofá y observó el techo un par de segundos. Qué rápido pasa el tiempo.

—No estaría de más que hablaras con Eren —agregó Armin, contemplando la puerta—. Todavía cree que sucedió algo entre ustedes el día de la boda. Y conociéndolo, sabiendo lo idiota que es y la carencia de dedución, debe de estar aterrado al pensar que el bebé es suyo.

—Dejemos que el miedo lo siga carcomiendo —comentó, con una sonrisa sádica. Al menos no sería la única que sufriría la situación.

Comenzó a cabrearse e idear situaciones distantes de la realidad, el tercer día que pasó sin ningún tipo de información de Levi,

¿Y si Levi se había enterado y la evitaba?

Mandó a la mierda a Isabel cuando le suplicó otra oportunidad para contactar con su hermano. No necesitaba depender de ese enano de mierda. Si prefería ignorarla, ella podría fácilmente educar y criar su hijo sin depender de él. De todas formas, ya tenía planeado ese futuro.

La única vez que escuchó a Hanji, fue para advertirle que si soltaba alguna palabra sobre su estado a Levi, se olvidaría del apoyo que fue para ella y desaparecía. Lo último que necesitaba era a un hombre estúpido exigiendo derechos que había rechazado. Menos lo forzaría a tomar parte de una pequeña vida que ni siquiera se había molestado en apoyar.


Tardó en acoplarse a su nueva vida de embarazada. Tal parecía, que ser consciente de su estado, acarreó todos los síntomas que no había tenido durante su ignorancia.

Lograba mantenerse de pie con una determinación férrea durante las clases que impartía en las mañanas y las consultas a las que iba por las tardes.

Movida por el miedo, recurrió a Carla, buscando el sabio consejo que sólo podría proporcionar una madre -eso y que quería muchas respuestas del porque apenas se enteró de que Grisha tenía otro hijo-.

La puerta fue abierta y un llanto descontrolado emergió de su fuero más interno.

No quería perderlo. No otra vez. Se veía incapaz de tolerar el mismo proceso en soledad, sin nadie con quien compartir ese dolor.

La amable mujer se dedicó a abrazarla y proporcionarle todo el cariño materno. A ese punto, ya todos sus conocidos sabían su estado, aunque algunos ignoraban quién era el padre y se ahorraban sus dudas.

—Tranquila, cariño. No estás sola. —El arrullo logró calmarla lo suficiente. Extrañaba tanto a su madre, los brazos de su padre y lo feliz que fue de pequeña.

—¿Puedo ir a casa? —La pregunta descolocó a Carla, Mikasa se limitó a sorberse la nariz—. ¿Todavía la siguen rentando? La casa de mis padres, en Shiganshina.

—Oh, entiendo —La señora Jeager lo pensó—. Creo que sí, no estoy muy segura. Grisha es quien se hace cargo del proceso. No te agobies, hija —susurró, acariciándole la mejilla y borrando los rastros de lágrimas—. Sé que la noticia de ser madre a veces puede tomarte mal parada; nunca estás preparada para cuidar de otro hasta que tienes su cuerpecito en tus brazos. Y en ese momento, sabes que puede caerse en mundo, pero tú eres feliz.

—Tía Carla —carraspeó, esperando que su voz se escuchara más firme—, ¿cómo fue para ti?

Los ojos esmeraldas de Carla se iluminaron con una melancolía velada, con la experiencia de quién ha guardado un secreto a cuestas para proteger a otros, aun cuando el dolor era desgarrador.

—¿Quieres té? —Ofreció, poniéndose de pie y dirigiéndose a la cocina. Luego de varios minutos, regresó con té y galletas—. Es una historia muy larga, cariño, ¿segura de que quieres escucharla?

—Tengo miedo —musito, apretando la taza entre sus manos. Era de las pocas veces que Mikasa dejaba traslucir sus verdaderas emociones, siempre mantuvo la expresión estoica frente al resto, pero Carla, lo poco que quedaba de su considerada familia, le hacía sentir nuevamente la seguridad de antaño, de que podía reír y llorar frente a ella, porque nunca la juzgaría y estaría ahí para ella.

—¿Sabes? —La mirada de la mujer mayor pareció perderse en el pasado—. Tuve a Eren cuando era bastante joven —contó, abrazando la taza de té—. En ese entonces era niñera de una familia un tanto adinerada. Me dedicaba a cuidar a su único hijo. Tenía apenas veinte, y un futuro por delante, pero me enamoré de la persona incorrecta —confesó, de la misma forma que se confiesa el peor crimen—. Tantas posibilidades se cruzaron frente a mí. El miedo parecía devorarme y el futuro se me cayó a pedazos cuando vi esas dos rayitas.

—Tía… —Mikasa suavizó su voz, al ver lágrimas bordear el rostro de su madrina. Carla tragó, limpiándose la cara con una servilleta.

—¿El papá ya sabe que será papá? —Cuestionó, intentando bromear. Ante la negativa, continuó su relato—. Pensé en todo; abortar, desaparecer, incluso en dar en adopción al bebé apenas naciera. ¿Cómo una niña cuidaría de otro niño? —Más lágrimas siguieron—. Jamás consideré en decirle, ¿sabes? Era mi bebé, mi responsabilidad. No podía arruinar una familia por un descuido. El día que presenté la renuncia, él me exigió respuestas y…

—No tienes que continuar —aseguró Mikasa, después de dejar la taza y alcanzar las manos de Carla, presionándolas con cariño. Entendía a donde quería llegar, no quería que siguiera sufriendo por el pasado.

—Él lo sabía. No sé cómo, pero lo sabía y prometió que se quedaría conmigo; cuidaría de nosotros. —Más de un corazón fue desgarrado por decisiones inapropiadas. Para algunos, una aventura es un desliz, una equivocación, para otros es el inicio de una nueva vida—. No tardó en dejar a su esposa e hijo, aun cuando le supliqué que no lo hiciera. Lo amaba, no podía permitir que destruyera una familia por mi culpa.

Mikasa guardó silencio, asimilando las palabras y permitiendo el desahogo de Carla, quien había mantenido el secreto por años. Era la primera vez que hablaba en voz alta de lo sucedido y sentía una libertad abrumadora.

—Dijo que me amaba. Que nunca descuidaría a su familia y seguiría velando por ellos, pero el pequeño que crecía en mi vientre era su nueva familia. —Más calmada, siguió la historia, ahora jugando con el anillo en su mano izquierda—. Fue repudiado por sus padres, al grado de tener que mudarnos e iniciar de cero en otro lugar. Y luego… una pequeña niña de grandes ojos grises me preguntó si me había comido a mi hijo —rio ante el recuerdo—. Al darle a luz, hubo demasiadas complicaciones debido a mi temprana edad. Las secuelas fueron casi imperceptibles, excepto por una; quede estéril —Mikasa logró contener el asombró—. Tener a Eren en mis brazos y a Grisha a mi lado, fue la recompensa necesaria por lo que viví. Y está bien. Eren es mi vida, la luz de mis ojos y Grisha ha sido un esposo admirable. No tardes en decirle al pobre muchacho, de lo contrario, podrías arrepentirte.

Definitivamente tomaría el consejo de su madrina.

Aunque no de momento. Necesitaba estabilizar su propia vida antes de sacudir la de otro.


La primera vez que acudió al ginecólogo sintió un miedo atroz. El verano estaba en su final, dándole la bienvenida a un fresco otoño, que además de arrastrar hojas, se llevaba sueños rotos y anhelos reprimidos. Los pasillos del hospital tomaron un sentido completamente diferente para ella, quien pidió el acompañamiento de Carla y evitar la soledad. Después de la charla que tuvieron, Mikasa logró entender más la situación que vivió la mujer que consideraba como una segunda madre.

—¿Estás segura, cariño? —Cuestionó, después de notar como mordía sus uñas con ansiedad. Con cuidado quitó los dedos de su boca y acarició su mano—. Todo estará bien —prometió, con esa seguridad que sólo una madre podría proporcionar.

Los pasos retumbaron en la sala de estar cuando la enfermera la llamó. Había realizado ese procedimiento algunas veces, aunque era la primera vez que estaba del otro lado.

Luego de responder las preguntas habituales, el inminente ultrasonido llegó. El terror era abrumador. Tantas dudas, preguntas y miedos se cernieron sobre ella.

¿Y sí el bebé estaba mal? ¿Y sí después de todo ese tiempo que no se cuidó el pequeño desapareció? ¿Y sí, por el contrario, su pequeño sufrió una malformación? Todavía se cuestionaba si era apta para ser madre.

Una vez lo había rechazado, ¿qué sucedería si volvía a pasar?

Escuchó atentamente las indicaciones del ginecólogo cuando le dijo que el feto estaba en perfecto estado para sus diecinueve semanas de gestación. Superando el primer obstáculo, los abortos espontáneos. Se estremeció ante la posibilidad de revivir traumas del pasado.

—¿Te gustaría conocer el sexo? —Preguntó amablemente el doctor. Mikasa todavía seguía ensimismada observando el aparatito que mostraba la imagen de su hijo. Incluso podía escuchar los latidos de su corazón. Fue Carla quien presionó su mano, para recordarle la pregunta.

—No estaría mal saber si tendré una preciosa nietecita o un guapo nieto —comentó Carla, haciéndola reír, hasta ese momento se dio cuenta que sus mejillas estaban humedecidas debido a un llanto silencioso. Tragó saliva.

¿De verdad quería saber? . Y a la vez, prefería mantener la incertidumbre.

—Por ahora, estoy feliz de saber que está bien —respondió, negándose a conocer el sexo del bebé.

—Iré comprando ropa, en ese caso —Carla tenía los ojos brillantes, llenos de emoción—. Nunca pensé que sería abuela, gracias por darme este regalo tan grande, Mikasa —La aludida se limitó a sonreír. Sabría que volverían a tener la charla pronto. Ya había estado evadiendo el tema de Levi por mucho tiempo, y que Isabel y Hanji estuvieran insistiendo día y noche, no ayudaba en nada.

Fue justo después de cumplir veintidós semanas, cuando la presión de Hanji se volvió abrumadora. Las constantes insinuaciones de decirle la verdad a Levi minaban su paciencia, combinadas a las insufribles hormonas, no había quien la tolerara. Bueno, si había quien.

—Gracias por acompañarme —agradeció, luego de llevar varios minutos caminando por el centro comercial—. Eren está demasiado centrado en la escuela al igual que Armin con su tesis. Isabel y Hanji siguen molestas conmigo y pues, Sasha sigue centrada en su compromiso —soltó un suspiró—. Es agradable saber que todavía puedo contar con alguien.

—Debes entenderlas —explicó con calma—. Conocen a Levi mejor que nadie, saben por las cosas que ha pasado, ahora imagina lo difícil que es para ellas ocultarle un hecho tan importante.

—¿Crees que he actuado mal? —Historia pareció pensarlo.

—Decir que esté bien o mal… no, son términos inadecuados. Tal vez no reaccionaste acorde a lo que esperaban de ti. Supongo que es normal —agregó encogiéndose de hombros—. Criar un niño no es tarea fácil y más estando sola.

Mikasa sonrió, agradecida por las palabras de su amiga. Historia Reiss trabajaba en el mismo hospital donde ella y Sasha hicieron sus prácticas; era un verdadero ángel encarnado que siempre tenía las palabras justas para reconfortarla.

—¡Que hermoso! —La siguió hasta un escaparate, donde un precioso vestido en miniatura captaba su atención—. Aunque no hayas querido saber, intuyo que será una niña de preciosos ojos azules como su padre y largo cabello oscuro como el tuyo —aseguró—. Permite que le regale este vestido, es perfecto.

Mikasa rio, todavía no nacía y ya tendría un armario repleto de ropa, entre los obsequios de sus amigos y de sus padrinos. La idea de enfrentarse a la maternidad había dejado de aterrarla de la misma forma.

Quizá, solo tal vez, era momento de incluir a otra persona en la ecuación.


En ocasiones, estamos dispuestos a realizar actos impensables por amor; por pensar más en el bienestar del otro en lugar del propio.

Y Mikasa lo entendió, al ver a Carla postrada en cama. Apenas Hanji la llamó, pensó en ir directamente al hospital para enterarse del estado de salud de la mujer que fue como una segunda madre para ella, sin embargo, tenía que avisarle a Eren. Meditó sus acciones; conociendo la actitud del muchacho que había cuidado como si fuese un hermanito para ella, supo que tendría que irlo a buscar para evitar una catástrofe.

No recuerda exactamente qué palabras utilizó, ni el tiempo que condujo como una autómata evadiendo las preguntas de Eren. Menos le prestó atención al hecho de que Levi probablemente haya visto su prominente bulto y sacado sus propias conclusiones. La llegada al hospital fue apremiante apenas mencionó el nombre de Carla Jeager, las dudas e incertidumbres aumentaron.

Desconoció el tiempo que estuvo frente a la puerta del quirófano, mientras una gran mujer se disputaba entre la vida y la muerte, apenas fue pasada a piso, logró colarse en su habitación usando las influencias propias y del doctor Jeager.

El nudo en su garganta se desató y comenzó a soltar todo aquello que estaba guardando, se dejó caer de rodillas frente a la cama, tomando una de las manos inertes entre las suyas; gruesas lágrimas caían de sus preciosos ojos grises, una tristeza aterradora la embargó. Con apenas quince años había quedado sola en el mundo y esa adorable mujer le había ofrecido una nueva oportunidad; no quería alejarse de ella, no ahora que más la necesitaba.

—No sé cómo ser madre —murmuró en medio del llanto. Un grito desgarrador salió de lo profundo de su ser; no quería estar sola; no quería que la abandonaran otra vez.

Incluso los actos de más puro amor tienes catastróficas consecuencias. Carla Jeager había empujado a un niño durante un asalto, recibiendo ella el disparo y quedando herida de gravedad. Fue llevada de inmediato al hospital, pero el perpetrador escapó antes de que llegara la policía.

Mikasa se aferró más a la mano de Carla, alcanzaba a escuchar el llamado de sus amigos; pero ella suplicaba a la vida, que no le arrebatara a una persona tan preciada para ella.

—¿Mika? —La aludida abrió los ojos, sorprendida y levantó la vista hasta el rostro cansado de su segunda madre.

—¡Estás despierta! Llamaré de inmediato al doctor —se apresuró a seguir el protocolo cuando la mano que sostenía con tanto cariño, ejerció cierta presión en ella, impidiéndole que se alejara.

—Tienes que decirle —fueron las palabras entrecortadas y apenas audibles que articuló—. Él merece ser parte de su vida —agregó, dándole una mirada cargada de sentimientos—. No repitas los errores de otras personas y dile al muchacho que será papá, harás a más de una persona feliz. —Y una fugaz sonrisa surcó sus labios y la última mirada fue dada, antes de que el electrocardiograma empezara a emitir pitidos desesperados. Mikasa abrió los ojos, abrumada por las palabras de Carla. Se encargó de avisar sobre la situación y se apresuró a la puerta.

—¡Mikasa!,¿a dónde vas? —Ignoró los llamados de Eren y de Armin.

Tengo que decirle a Levi.

Buscó rápidamente el número de Isabel. Dos pitidos después, una cantarina voz la saludo.

—Hola, hola, es un placer tener tu llamada, Mika, aunque fuese un mal momento. —No tenía tiempo de monólogos sin sentido.

—Necesito que me des la dirección del departamento de Levi. Ahora. —El silencio sepulcral al otro lado no fue buena señal—. Responde, maldición.

—¿Qué ha sucedido? —Interrogó Isabel, poniéndose seria.

—Dame la maldita dirección —exigió, exaltada—. Por favor —suplicó. Necesitaba cumplir su última voluntad, era cierto, joder. Levi tenía todo el derecho de saber.

Tras muchas dudas, Isabel cedió, dándole la dirección, además de indicaciones para llegar.

—No hagas nada tonto, Mika. Ahora no eres solamente tú. —Fueron las palabras que le dio la pelirroja, antes de cortar la línea.

Caminó bajo la lluvia, deteniendo el primer taxi que se cruzó a su paso. Recitó atropelladamente la dirección. El jodido clima reflejaba perfectamente su estado de ánimo, dejando libres todas las lágrimas que ella contenía en fingida fortaleza.

Le aventó el dinero al conductor para apresurarse hasta el edificio. Presionó el botón del piso de Levi, pensando qué diablos le diría. Isabel tenía razón respecto a actuar sin meditar. Pero a la mierda con todo. Ella se había metido en ese problema y saldría de él, a su manera.

En la medida en que pudiera, claro está. Porque después de soltar todo aquello que emergió de lo más profundo de su corazón, y darse cuenta del aspecto de Levi y la mujer tras de él. Todo se cayó a pedazos a su alrededor.

—¿Sabes qué? Voy a tener a tu bebé y no es asunto tuyo. —Soltó la frase con una amargura y decepción. ¿Por eso insistían tanto sus amigas? Ella sufría ante el miedo constante de perder al bebé, mientras él… él se revolcaba con otras.

¡Que se fuera al maldito infierno si se atrevía a cruzarse nuevamente en su camino! En primer lugar, ni siquiera debió decirle. Carla, su madrina se había equivocado, aquella confesión no calmó su alma, al contrario, minó el poco orgullo y respeto que tenía.

La adrenalina del momento había desaparecido mientras bajaba por el elevador. Sentía el cuerpo tiritar debido a la ropa mojada y ahora, sabía que eran sus lágrimas las que mojaban su rostro.

—¿Está bien, señorita? —Cuestionó un hombre, que hasta ese momento notó. Se limpió con fuerza cualquier rastro de ingenuidad presente en su cara. Asintió. Segundos después las luces parpadearon y el elevador se detuvo—. ¿Otra vez? —Se quejó el individuo.

—¿Es normal que suceda esto?

—Más de lo que debería. Los malditos administradores no han hecho nada, ni siquiera con las constantes amenazas de demanda que dan los inquilinos en cada junta mensual —pareció cansado—. ¿Mal de amores? —preguntó el hombre, resignado a que tendría que esperar varios minutos antes de que esa chatarra se pusiera en movimiento otra vez.

—Ni siquiera sé si pueda llamarse amor —murmuró, enfadada ante el recuerdo de Levi y la mujer semidesnuda. Él podía hacer de su vida lo que quisiera.

Entonces, ¿por qué sentía ese dolor en el corazón?

—Pues, independientemente de lo que sea. Siéntase libre de llorar. La sociedad nos enseña a contener nuestras emociones, pero no tiene por qué ser así y menos para alguien que siente tanto. —Mikasa logró darle una sonrisa genuina—. Eso y que el pequeño siente lo mismo, así que no lo estreses. Verá que después de está agotadora e inesperada lluvia, brillara un arcoíris y el sol volverá a lo alto.

Un pitido se escuchó en el pequeño espacio, seguido de un brusco movimiento que les avisó que la falla había terminado.

Alcanzó a escuchar su nombre, emitido con el mismo dolor y desesperación de alguien que lo ha perdido todo. La puerta se abrió frente a ella, pero ya no había nadie en la recepción. Contempló un camino mojado hasta las escaleras.

—Fue un placer, Mikasa. —El desconocido se despidió de ella, con la misma familiaridad de un viejo amigo. El estupor no duró mucho cuando se atrevió a dar un paso fuera del elevador.

Cumplió su promesa con Carla. Era momento de que la Jeager la cumpliera también. Tenía que vivir para cargar a su pequeña nieta, para verla dar sus primeros pasos y escucharla decir su primera palabra.

Carla debía sobrevivir, porque Mikasa necesitaba de su guía, de sus consejos y tirones de orejas; porque estaba sola y asustada.

Porque la única persona con la cual sería capaz de compartir tal responsabilidad, le había dado la espalda y una bofetada a su confianza.

El primer paso la hizo temblar. Se giró un segundo, contemplando el edificio y las posibilidades frente a ella. Había escuchado la voz de Levi llamarla y aun así se negaba a aceptarlo.

No.

Levi ocupaba más espacio del que debería -y que jamás admitiría- en su mente; constantemente se encontraba fantaseando en cómo serían sus expresiones en la cama, al divertirse y sobre todo, al darle tan abrumadora noticia.

Pero no, él la había rechazado, renunciando a su derecho.

Mentiras. Ella lo sabía, ¿cómo iba a negar algo que desconoce?

Estaba siendo una mala mentirosa, creyéndose sus propias mentiras y engaños; lastimando a más de uno en el proceso.

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Soy mujer de palabra, así que aquí tiene el capítulo correspondiente. Planeaba subirlo desde el martes, pero parece que olvide que trabajar me quita demasiado tiempo, así que lamento la demora.

Empecé a escribir esta versión antes que Devil, de hecho, ya tenía una parte muy avanzada. Espero que les haya gustado.

Vuelvo a repetir; la historia de Levi tienen a ser muy emocional/sentimental mientras que Mikasa... bueno xD

Les tengo una pequeña propuesta; el siguiente capítulo es inspirado en una canción de Harry Styles -para variar xD- así que a quien adivine la canción, le haré una dedicatoria especial y ¿que les parecé... un OS de temática y shipp a elección?

Y hay muchas más cosas que no diré para no hacer esto más largo.

¡Gracias por dejar sus reviews! Prometo que algún día no muy lejano, responderé como se merecen tan preciosos comentarios. Así que no olviden dejar otro. :3

Nos leemos en la próxima.