Disclaimer: Ninguno de los personajes de Inuyasha me pertenecen, sólo los utilizo para la creación de este Fic.
Este Fic participó del Mini-reto estacional del foro ¡Siéntate! (hace mucho tiempo, jaja), aunque este capítulo no lo hace
• Ya que este capítulo y los siguientes son una continuación que le he querido dar a la historia y no participan del reto, no tengo variables, pero trato de usarlas también.
•Esta historia como un todo forma parte de una serie de Fics que planeo subir en torno a ciertas palabras. De ahí su nombre, cuya definición es cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminados por los rayos del Sol
Arrebol
Por Franela
IX
Escalofrío
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Izayoi está descansando en sus aposentos cuando es sorprendida por la pulga Myōga. El pequeño yōkai anuncia su llegada con algarabía, pues sabe que el exceso de humanos presentes en el castillo a causa de la celebración por el aniversario de la Princesa se han marchado algunas lunas atrás. Aunque extraña la dulce sangre de las múltiples doncellas que se paseaban por los pasillos, es más sencillo estar con la princesa sin tanta gente alrededor.
—Ha sido un tiempo sin verlo, Myōga-jiji —saluda Izayoi, levantándose de su lugar para ir a saludar a la pulga—. ¿Cómo ha estado?
—Ya sabe, de aquí para allá, sirviendo a Oyakata-sama. —En esta ocasión, Myōga traía su pequeño sombrero, por lo que una vez acomodado en el regazo de la princesa (sin ningún tipo de vergüenza), comenzó a abanicarse con él. Si bien las hojas habían comenzado a teñirse de naranja, los días todavía conservaban mucho calor.
—Parece que Taisho-sama lo hace trabajar mucho —observa la joven, una vez que ambos están cómodos.
—Mucho, sí, tiene usted toda la razón, Izayoi-hime —dice el yôkai con dramatismo y pena—. Esta pobre pulga trabaja arduamente para su señor y no siempre recibe la recompensa justa. —A esa altura de la explicación, ya ha sacado su pequeño pañuelo blanco para secar las falsas lágrimas que caen de sus ojos.
Izayoi se pierde esta escena porque sus pensamientos se encuentran vagando hacia aquella tarde, en la que por la celebración de su aniversario, el Yôkai le regaló una pequeña concha marina cuyo contenido pintaría sus labios en las ocasiones especiales. El pequeño demonio no se ha dado cuenta, pero ella tiene aquella pieza escondida entre sus ropajes, por miedo a que cualquiera pueda encontrarla.
—Mioga-jiji —le llama entonces, cortando el dramático llanto de la pulga—. Taisho-sama es muy fuerte, ¿verdad?
—¡Por supuesto, Izayoi-hime! —responde él—. ¡El Yôkai más fuerte de todos los tiempos, el gran Inu no Taishō! ¿Sabe usted que ha derrotado a tantos demonios que han osado hacerle frente, que ya lo llaman el guardián del Oeste?
—¿De verdad? —cuestionó ella, genuinamente interesada.
—¡Así es, no tiene igual ni comparación! Esas bestias deberían aprender su lugar o mi señor los hará pedazos, ya deberían aprender de una vez. Una vez, Oyakata-sama se enfrentó a un ejército de demonios que estaban causando alborotos y los mató a todos.
—¿Los mató? —Aquella pregunta, si bien redundante, era más bien una afirmación temerosa.
—Con solo un movimiento de su espada, Izayoi-hime —continuaba el pequeño demonio, sin darse cuenta del efecto que aquellas palabra provocaban en la muchacha, cuya imagen del demonio de cabello platinado correspondía a todo menos a un ser (demoniaco o no) violento—. Cuando Oyakata-sama se toma las cosas en serio, es de temer, y mejor no cruzarse en su camino.
—Pero creí que el disfrutaba de la tranquilidad —insistió la humana, tratando de buscar la trampa en las palabras de la pulga.
—Y lo hace, pero también hace lo que debe hacer.
El yôkai continuó dando anécdotas de sangrientas batallas que el Daiyôkai había librado, de sus muchas victorias y de su gran poder, mientras que la joven humana sólo trataba de mantener en su cabeza la imagen de aquel demonio frente a ella, disfrutando de la música que tocaba en el koto, regalándole aquella concha marina por su aniversario y el conocimiento de su nombre, conversando como sólo ellos dos podían hacerlo.
«No —se decía—. Taisho-sama no es una bestia»
Pero la piel erizada, a causa de una ventisca inexistente, decía lo contrario.
