→ disclaimer: todo le pertenece a J. K. Rowling, yo sólo uso sus personajes sin fines de lucro.
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Lucius tendía a hacer eso, perder su mirada en su gran ventanal, observando su jardín como si no lo hubiese visto centenares de veces antes. Lo miraba y lo re miraba, pero por más que mirara, su mente no estaba allí. No se centraba en los pavos reales albinos pululando por los verdes pastos, o en las azucenas que resplandecían entre los arbustos. Su mente estaba en su niño.
Él era de esos hombres que obtenían lo que querían, sin importar cuán difícil fuese conseguirlo o cuánto costara. Era un Malfoy después de todo, ambicioso y letal. Un hombre que, si ponía los ojos sobre un objetivo, lo más seguro era que lo cazara.
Pero Severus no era una presa a los ojos de Lucius [a diferencia de Black o Potter, se dijo], él era un ángel. Era un niño tan interesante y deprimente, que inspiraba la tristeza y la vulnerabilidad.
Aún recuerda la primera vez que lo vio. Severus era un niño de once y él ya era casi adulto; él cargaba esa mirada tan triste, tan herida. Siempre quiso intervenir, ponerle un alto a todo ese sufrimiento. Pero Severus no lo permitió; "Soy fuerte, Malfoy. No seré tu caso de caridad." Le dijo y el sangrepura no pudo persuadirlo. Le dolía no poder protegerlo de su padre, entonces lo protegío en la escuela el tiempo que pudo.
En su guardia, ningún hijo de puta lastimaría a su pequeño.
— Lucius.
Si lo voz de Narcissa lo había tomado por sorpresa, su rostro no lo demostró. No volteó a ver a su rubia esposa, en su lugar mantuvo su vista fija en el gran ventanal. Sabía que ella se encontraba a sus espaldas, con ese vestido celeste claro tan delicado y su perfecto cabello con marcadas ondulaciones, de esas que parecían estancadas en los 50's muggle y Narcissa pensaba firmemente fomentar en la moda sangrepura del momento.
— ¿Sí? — Cuestionó, sin real interés. Narcissa era una gran socia y una buena amiga, pero no era ella la que reinaba en su corazón. La joven mujer estaba al tanto de ésto, y no le importaba en lo más mínimo.
— Es nuestro Señor, Lucius. — Ella revolvía sus delgadas manos sobre sus muslos, un gesto de nerviosismo que la delataba cuando su rostro era tan frío. El Malfoy alzó una ceja, extrañado de que su Señor no lo hubiese contactado con la marca. Narcissa no tenía una, no como él; entonces, ¿Cómo sabía ella del Lord?
— ¿A qué te refieres, querida? — Preguntó, finalmente dignandose a voltear y mirarla. Ella mordió su labio inferior pintado y su ceño se frunció levemente.
— Quiere hablar contigo personalmente, no es una reunión. Sólo te requiere a ti. — Dijo ella, sin que la preocupación inundara sus palabras.
Tom Riddle, mejor conocido como Voldemort o el Señor Oscuro, era un hombre de ya 49 años. Apuesto, demasiado apuesto y bien conservado. De infames ojos rojos que enviaban temblores a las columnas vertebrales de los mortífagos y prohibía el contacto visual. Era un viejo amigo del padre de Lucius, Abraxas. La... voraz hermana mayor de Narcissa, Bellatrix, estaba obsesionada con él. Era de sus más leales y letales seguidoras, junto con el mismo Lucius.
Aún así, Narcissa no le tenía confianza. Le daba miedo, cómo se paseaba con esa enorme serpiente y torturaba a quien se pasara de listo. Incluso lo había visto hechizar a la misma Bellatrix en la cara, una vez que ella se tomó ciertas libertades no permitidas; la mujer regresó a él como un perrito, disculpándose como una niña a pesar de tener ya 24 años. Ni siquiera su marido, Rodolphus Lestrange, pudo ayudar a la sollozante bruja.
Los ojos de Narcissa temblaron por el recuerdo, y Lucius lo notó. El hombre sostuvo con fuerza su bastón, donde guardaba su varita, y ajustó sus caras ropas. Analizó a su mujer por el rabillo del ojo y suspiró, negando ante el miedo en ella.
— Estaré bien, Narcissa. Nuestro Señor debe requerirme para algo ajeno a nuestra lucha, no debes preocuparte. — Se puso de pie ante ella, y Narcissa bajó la mirada. — Sal un rato con tus amigas, con la esposa de Parkinson o de Nott, despeja tu mente de estos asuntos.
La joven bruja asintió quedito, apretando su vestido celeste entre sus manos, dejando sus nudillos blancos y temblando.
Lucius dejó de mirarla y pasó a su lado, dejándola allí de pie; sudando frío.
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Tom Riddle estaba sentado en esa negra silla; era grande y las almohadillas forradas de un verde Slytherin que resultaba sencillo y a la vez completamente elegante. Estaba situado en la punta de la larga mesa de la madera más cara importada, barnizada y oscura, con detalles de serpientes de lo más exquisitos. Nagini no estaba con él, no la necesitaba para ésto.
Sus dedos golpeaban la superficie de la mesa, un pequeño gesto de impaciencia que desarrolló en el orfanato a corta edad y jamás corrigió, creaba desesperación en sus acompañantes y ese sentimiento de impotencia, cuando algo molesta y nada se podía hacer para detenerlo.
Le dio un sorbo a su vino, y observó a Lucius. El rubio hombre se encontraba sentado a su lado, a un par de lugares de distancia, con sus manos sobre la mesa y la vista al frente. Era bueno ocultando sus emociones, pero más bueno era Tom con la legilimancia. Lucius estaba nervioso y genuinamente curioso; sonrió, esto sería interesante.
— Bueno, mi buen amigo. — Lo saludó, con su voz fría e intimidante. Lucius asintió, correspondiendo el saludo. — Te contacté, pues vengo a preguntarte sobre algo. — Hizo una pausa, y Malfoy lo miró; no a los ojos, nadie hacía eso. — ¿Conoces acaso a un joven Slytherin, Severus Snape?
El mundo de Lucius se detuvo, y Tom lo vio. Vio como la sangre desaparecía de su rostro y en su lugar dejaba un manto blanco con expresión desconcertada y temor en lo más profundo de los ojos. Los rubíes de Riddle se volvieron depredadores, y su sonrisa tomó un sentimiento cruel. Abrió la boca, y esperó unos segundos para hablar nuevamente.
— Lo conoces, tiene 14 y se destaca por su excepcional inteligencia y gusto por las Artes Oscuras. Algo reservado, por lo que me dijeron, y lleno de odio. Un doncel, también. Mestizo.
Lucius tenía los ojos abiertos, en shock. Y aunque se recompuso, su aura de miedo no se había ido. No era miedo por él, Tom lo sabía. El golpeteo de sus dedos se detuvo, y movió su rostro hacia el rubio.
— Lo quiero, y quiero que tú lo traigas hacia mí. Hacia la causa. — Lucius no quería, se notaba. Tom creyó que podía ser un buen desafío, y una prueba a su lealtad. — ¿Podrás hacerlo, Lucius? Eres de mis más confiables mortífagos, no puedes decepcionarme.
Tom se puso de pie tan abruptamente, que Malfoy pegó un pequeño salto. El Señor Oscuro se alejó varios pasos, hasta estar ante un gran ventanal. Ahora era él, quien admiraba el jardín de azucenas, sin verlas realmente. Esperaba que las palabras de su infiltrado fueran acertadas y esta nueva adición fuese una joya.
— M-Mi Señor... yo. — Tom lo cortó con su mano, en un movimiento que siempre silenciaba a Bellatrix cuando ella hablaba demasiado.
— Corta las excusas, Lucius. Lo harás, ¿verdad? No actúes como si yo mordiera. — Sonrió cínico, pero esto el rubio sangrepura no lo vio. — El chico estará bien, si es tan efectivo como me han dicho y no una total decepción, sería nuestra llave a la victoria. No podemos dejar a un diamante en bruto como él correr libremente en los campos de Dumbledore y la Luz. Lo necesitamos con nosotros, ¿me he dado a entender?
— S-Sí... Sí, mi Señor. — Resignado, Lucius accede. Y cuando está por irse, Tom lo detiene.
— No tolero estos tipos de desaires, te lo advierto. No puedes estar tan dubitativo de mis órdenes. — Malfoy apenas respiraba, aterrado. — Te lo permito por ser hijo de Abraxas, Lucius, sólo por eso. No más peros, jamás. — Declara, y Lucius asiente.
Tom rió, que muchacho más obstinado.
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