—Annie, ¿de veras piensas eso? No, no te odio… ¿Por qué debería hacerlo?

—Porqué… porque…

—No fue culpa tuya Annie, tranquila…

—Que… ¿esté tranquila? Si yo… yo… ¡yo maté a Elrik! ¡Y a todos esos pobres niños! Deje que lo… que lo…

No sé qué ocurrió. Desde antes de la arena que no lloraba, simplemente estaba por otras cosas más aterrorizantes que llorar por la pérdida. Sentía una culpa y una pena que me quemaba el pecho y lo incendiaba, pero hasta ese momento no había sido capaz de llorar. Y con el ahí, simplemente ocurrió. El agua salada empezó a caer de mis ojos desesperadamente, igual que surgieron unos sollozos y espasmos incontrolables. Era algo irrefrenable.

Finnick se quedó consternado unos momentos por aquel llanto repentino, pero no le dejé otra opción que despertar, ya que lo abracé como si la vida me fuera en ello de nuevo. Como si fuera mi bote salvavidas. Entonces simplemente me correspondió el abrazo y me acarició el pelo mientras intentaba consolarme. Al cabo de diez minutos desistió y simplemente me abrazó más fuerte.

No conté el tiempo que lloré con él, solo dejé de llorar cuando no tuve suficientes lágrimas y entonces simplemente sollocé muy fuerte aferrándome a su camiseta empapada de mi dolor. Al cabo del rato dijo.

—Shh, Annie, ya está, deja de llorar por favor y escúchame. Mañana vendrá tu equipo de preparación y te preparará para la entrevista con Caesar Flickerman.

—Pero no decías…

—No he podido evitarlo. Pero no te preocupes, todo irá bien, será más delicado contigo.

Intenté recordar que preguntaba Caesar en la entrevista. ¿Te sientes feliz por ganar? ¿Qué harás ahora?... más o menos las preguntas de la primera entrevista, pero invertidas. Solté otro sollozo, ¡No quería!

—Shh calma, yo estaré contigo

—pero… ¿cómo?

—Estaré en el asiento más cercano a ti, cuando haga una pregunta solo mírame, ¿de acuerdo?

No, sin duda no estaba de acuerdo, pero no tenia alternativa. Decidí preguntar por otra cosa.

—¿cuándo volveremos a casa?

—En cuanto terminemos la entrevista, te lo prometo.

Entonces me dejo en la cama y los calmantes volvieron al ataque.

A la mañana siguiente me encontré de nuevo con mi equipo de preparación, que solo hacían que gritar de lo contentos que estaban. Me volvieron a hacer esos terribles tratamientos que tan malos recuerdos me traían, y yo simplemente dejé a la mente volar.

Soñé en estar de nuevo en el mar, contemplando los escollos de coral y los peces de colores. Sentir la fina arena debajo mis pies, no esa horrible crema que me hacia escocer todo el cuerpo. Sentir mis cabellos moverse con la brisa, en vez de ser estirados hasta casi arrancarse.

Myller apareció por la estancia al cabo del rato. Me traía un vestido rojo intenso y bastante sencillo. Yo solo lo miré con una mueca y dejé que me lo pusiera.

Y ahora ya estaba en una especie de plataforma que me llevaría al escenario. Tenía miedo, si, mucho miedo. Todo Panem estaría observando lo que hacía, como en la arena, justo igual que en la arena. El suelo empezó a elevarse y yo tuve que hacer un sobreesfuerzo para contener las lágrimas. Caesar estaba allí, con el mismo pelo de perejil, como si no hubiera cambiado nada. Las preguntas fueron, como ya me imaginaba, iguales a las anteriores.

Entonces llegó el resumen de los juegos. Primero pasaron la cosecha, y luego fueron las desfiladas y entrevistas. Por último llegaron los juegos.

Al ver la arena de nuevo, fue como volver a estar allí. El mismo dolor, el mismo miedo, las mismas sensaciones. Tuve ganas de gritar, y de hecho lo hice, con todas mis fuerzas, mientras intentaba acallar las voces de mi interior. Mi vestido rojo, se transformo en sangre. Todo estaba lleno de sangre, y lo peor de todo fue que todas las cabezas que habían presentes cayeron de golpe, liberando más sangre todavía. Era imposible que eso fuera una fantasía. Y mientras tanto la pantalla retransmitía la cabeza cortada de Elrik, en primer plano. Entonces fue cuando unos brazos me agarraron muy fuerte y alguien me punzó el brazo.

Estaba otra vez en una habitación del capitolio, pero esta vez era la mía. Caryal andaba por ahí haciéndome la maleta, cosa que me sorprendió porque yo no había llevado nada. De pronto se giro y me contempló con una mirada lo más cercana a la pena que había visto, pero luego la corrigió con una sonrisa falsa de capitolio. Me empezó a hablar muy deprisa diciendo que esta tarde volvíamos a casa, al distrito cuatro. Me alegré muchísimo.

Unas horas más tarde me llevaron de vuelta al tren junto a Finnick. Este seguía mirándome con cara lastimera, como había hecho cuando desperté, y me dieron ganas de gritarle que parara. No quería verlo triste, al fin y al cabo era yo la loca.

Subí con él y decidí marcharme a mi compartimento sin mediar palabra. No quería comer, no quería dormir, solo quería quedarme sola, para que las cabezas dejaran de rodar y el suelo no se convirtiera más en sangre, pero Finnick me siguió. Cuando entré en mi cuarto y me tumbé en la cama, el solamente cerró la puerta detrás suyo y se sentó en una silla cercana a mí. Decidí preguntar.

—Que… ¿qué haces… aquí?

—Dijeron que si nadie se ofrecía a vigilarte te adjudicarían un pacificador para ti solita.

—Gracias…

—No tienes que pedírmelas.

Nos quedamos unos instantes así. Ya había imaginado que el capitolio me mantendría con vigilancia por si llegaba a ser un peligro público. ¿Pero que había hecho en la entrevista? Solo estaba confusa, así que decidí preguntar una vez más.

—Finnick… ¿Puedo preguntarte…?

—Lo que quieras.

—¿Que hice en la entrevista?

Finnick respiro hondo y me miro, evaluando si era correcto decírmelo. Al final esbozó una sonrisa triste y miró el suelo mientras decía.

—En las preguntas no lo hiciste tan mal, solo se te veía un poco distante.

—Y… ¿entonces?

—Pusieron el resumen de los juegos y te quedaste como una libélula atrapada en la tela de una araña. Cuando llegaron los juegos… bueno, empezaste a… gritar, y ha arañarte el vestido… luego unos pacificadores te inyectaron un calmante y te llevaron de vuelta.

—Oh…

—No es culpa tuya.

Lo miré con cara enfadada. Por supuesto que era mi culpa. Era mi culpa haber ganado esos juegos a costa de esos pobres niños. Pero ahora que los mutos y mis pesadillas me habían abandonado en su compañía me empecé a preocupar por otras cosas, por ejemplo en cómo me enfrentaría al distrito cuatro, a los padres de Elrik, a los hermanos de Elrik, a la abuela de Elrik… estaba atrapada. Finnick me miraba expectante.

—¿Que voy a decirles ahora?

—¿A quién?

—A la familia de Elrik, el distrito 4…

—Allí nadie te odia Annie

—Claro que me odian, maté a su hijo, ¡a un pobre niño!

Finnick pareció enfadarse. No quería que se enfadara, solo le estaba diciendo lo que yo creía. De hecho en un principio pensé que se enfadaba porque yo era una asesina y creía que no me arrepentía.

Pero de golpe apoyó sus brazos a lado y lado de mi cuerpo, y nuestras caras se quedaron a centímetros. Mi corazón se aceleró terriblemente, pero Finnick no parecía importarle demasiado. Seguía enfadado, muy enfadado. ¿Que había hecho?

—Annie, tú no has matado a nadie. ¿Lo sabes no?

—Finnick… yo maté a Elrik…

—Tú no lo mataste, ¡fue otro tributo!

—¡Pero yo no le ayude! ¡Debería haberme sacrificado!

—Estaba a diez metros de ti, ¡no podías hacer nada para ayudarle!

—¡Sí que podía! ¿Y aquella chica del 11? ¿Y todos los demás tributos que murieron ahogados? ¡Fui una egoísta!

—Annie, escúchame. Tú no has matado a nadie en la arena, has sobrevivido como otra cualquiera. No eres como yo. No eres una asesina.

Claro que lo era, pero no quería discutir más. ¿Para que iba a discutir más? Sin embargo hablar tanto de ello me había vuelto a trasladar a la arena, y la angustia volvió a mi cuerpo. Finnick pareció darse cuenta porque me soltó y volvió a sentarse en la silla. Yo estaba cansada. ¿Por qué intentaba hacerme sentir mejor? ¡Era una maldita asesina!

—Annie…

—¿Si?

—No quiero que te enfades, ya sé que estas pasando un momento difícil. Pero no puedes culparte de algo que no hiciste. Ya he hablado con los Tatcher, no te culpan de nada, de hecho sienten lastima por ti y por lo que te ha ocurrido.

—Pero yo…

—¿Pero tu?

—¿Me ayudarás?

—Por supuesto

Y con eso me sentí más tranquila, lo suficientemente tranquila como para aguantar el viaje de vuelta.

N/A: Y al fin Annie vuelve a casa de nuevo. Ahora, señoras y señores, empieza ese período de tiempo en que es desconocido que pasó con Annie y Finnick. Me llevará unos cuantos capítulos, pero por supuesto no relataré 5 años de relación. Sin embargo relataré los momentos más importantes.

He tomado el ritmo de 2 reviews para actualización, ¡porque tengo un montón de capítulos para publicar!

Gracias por las reviews, y nos vemos en el próximo capítulo: Ser el mar