Muchos estaréis preguntando que dónde me he metido xD

Lo cierto es que no he escrito desde hace un tiempo porque he estado enganchadísimo al Guild Wars 2, pero ahora que ya me he cansado un poco procuraré actualizar más a menudo. Sé que es una excusa un poco pobre y que existe tiempo para todo, pero de todos modos no me encontraba demasiado inspirado y es por ello que he sufrido parón creativo xD

En fin, espero que me perdonéis y que os agrade este capítulo que es un poquitín corto en comparación a los anteriores. (^-^")

Grieta

Cada vez que dirigía mi mirada a la grieta de aquel techo me invadía una sensación irritación. Era curioso. El mobiliario del piso estaba, en general, en condiciones deplorables, pero la habitación de Riven parecía bastante más cuidada, exceptuando, claro está, aquella fisura del demonio. Desconocía el porqué, pero me incomodaba muchísimo. Supuse, en un desesperado intento de sacar un significado trascendental, que el techo beige simbolizaba mi vida y la raja que perturbaba la monotonía del relieve era una disputa que perturbaba mi mente. En cierto modo, estaba convencido de que el mundo me incitaba a seguir con mi epopeya, aunque lo hiciera con detalles tan insignificantes como aquella perfecta imperfección a unos metros de mi cabeza. Pero, pese a aquel intruso en un mar de pintura barata, había dormido muy bien, mejor que la última vez. De hecho, no recordaba la última vez en la que había reposado durante tanto tiempo.

Decidí dejar de lado mi infructífera reflexión e intenté idear lo que le iba a decir cuando se despertara. Todavía reposaba a mi lado, ofreciéndome, generosa, parte de su calor. Aproveché aquel momento para observar tranquilamente su tez, ya que no me hubiera atrevido a estar demasiado tiempo mirándola sin ningún motivo. Repasé sus facciones hasta que me hube hartado e intenté volver a conciliar el sueño, aunque fuese ya por la mañana. Lo cierto es que me vi obligado a despertarme, puesto que la suave caricia de una mano me estremeció ligeramente. Abrí los ojos, estaba despierta.

-Buenos días - dijo bostezando a la vez que se desperezaba.

-Buenos días –apoyando mi espalda contra el respaldo de la cama.

-¿Has dormido bien? ¿Te ha entrado esa ansiedad?

Negué con la cabeza.

-Me alegro –me besó en la mejilla y se pegó a mí apoyando su cabeza sobre mi hombro.

Le ofrecí mi mano derecha. Riven la aceptó gustosa acariciándola con su pulgar.

-Oye… - susurró-

-¿Qué?

-Ahora que… bueno ya sabes… nos podríamos considerar… - no acabo la frase creyendo que se sobreentendía.

-¿El qué? - sabía perfectamente a lo que se refería, pero quería oírlo salir de su boca.

-Pareja… - dijo pegada casi pegada a mi oído como si me contara un secreto.

La verdad, parecíamos dos niños impertinentes planeando un noviazgo efímero. Pero solo lo parecíamos, ya que estoy seguro de que los dos queríamos hacerlo oficial.

-Claro – dije dándole un beso en la sien.

Tras esta declaración un tanto artificial estuvimos charlando durante un buen rato. Hablábamos de temas que al fin y al cabo no tenían importancia alguna, pero me agradaba hacerlo si tenía como interlocutora a Riven.

-Uy, casi lo olvido –dijo levantándose de la cama y rebuscando en su armario.

Sacó un paquete envuelto en papel de regalo.

-Pensaba dártelo por navidad, pero bueno… ya sabes… – aclaró.

-¿Qué es?

-Ábrelo – dijo ofreciéndome aquel misterioso presente.

Cuando retiré el papel me di cuenta de lo que tenía en mis mandos. Era un lienzo en blanco esperado a ser decorado por algún afortunado. También divisé un par de pinceles y unos cuantos botecitos de pintura.

-No tengo palabras….

-Sabía que dirías eso– dijo sonriente.

-No tenías porqué, además yo no te he comprado nada…

Llevo su dedo indicé a mis labios y los silenció.

-Por eso te doy esto, para que me puedas dar algo a cambio.

-¿Cómo?

-Quiero que me pintes un retrato.

-No lo sé, llevo mucho tiempo sin pintar.

-Da igual.

-Si insistes… -acepté.

Le pedí que se sentara mirando a la ventana.

-Intenta poner mirada distante.

-¿Cómo si estuviera reflexionando sobre el sentido de la vida?- bromeó.

-Algo así, gira el cuello.

-¿Así?

-Si.

Calculé sus medidas y comencé a trazar el boceto. Mientras dibujaba su figura charlábamos. Hablábamos sobre lo que queríamos hacer en el futuro, sobre lo que queríamos hacer una vez acabada nuestra labor en la liga.

-¿Tienes pensado hacer algo a final de temporada?

-No lo sé–mentí. Si le hubiera contado sobre mi viaje a Demacia estoy convencido de que no me hubiera dejado ir. La verdad, no me gustaba mentirle a Riven, y menos después de la confianza que habíamos forjado de nuevo, pero era inevitable si pensaba llevar acabo mi objetivo.

-¿Sabes lo que me gustaría hacer a mí?

-No te muevas – le ordené al ver que había girado un poco el cuello.

-Lo siento…

-¿Qué te gustaría hacer? –pregunté movido por la curiosidad.

-Dejar esta ciudad de mierda e irme a vivir a Freljord, lejos de todo.

Lo cierto es me gustaba su plan.

-¿Por qué no lo has hecho antes?

-Tendría que comprar una casa allí y para eso necesito dinero.

-Por lo que me has contado ya llevas bastante tiempo aquí, ¿cómo es que

no lo has reunido ya?

-No te tienen porqué incumbir mis asuntos financieros – respondió

cortante.

-Lo siento… -ahora me disculpaba yo.

-Tranquilo.

Y así transcurrió aquella mañana de domingo, intercambiando ideas entre una amalgama de pintura y sueños.


Años atrás, siendo todavía un niño pobre y harapiento, no hubiera imaginado a mi endeble cuerpo cubierto por la elegancia de un traje de gala. Sí, es cierto, era de alquiler. Pero cada vez que me miraba en el espejo no podía evitar sentirme en desacuerdo con la imagen reflejada. Era como si aquello no estuviera hecho para mí, y lo cierto es que siempre había odiado la estereotipada arrogancia con la que las celebridades desfilaban. Me gustara o no debía llevar aquel disfraz de retrógrada capitalista, pues la ceremonia de fin de temporada era algo que ningún aspirante podía evitar. Riven, por su parte, portaba un vestido de noche negro y unos zapatos del mismo color. Me sorprendió ver que había aflojado su habitual recogido para dejar al descubierto una larga melena blanca. Estaba muy guapa, pero aquel conjunto tan formal apenas pegaba con su actitud independiente y temeraria.

-Si sigues mirándote en el espejo vas a acabar rompiéndolo- me dijo burlona.

-Yo también te quiero- respondí irónico.

Estaba tratando de idear algún peinado que disimulara la dejadez de mi melena.

-Déjatelo suelto-me aconsejó.

-¿Así?¿Sin más?

-Yo te veo bien.

La verdad no me apetecía ver mi cabello echado para atrás, ya que conseguía parecerme al típico escritor pedante. Decidí hacerle caso.

El ambiente de aquella reunión era exactamente igual al que había imaginado. Era tan solo un puñado de gente sin importancia tratando de parecer amables tras sonrisas hipócritas. Estoy segurísimo de que más de un invitado anhelaba la muerte de alguno de los allí presentes, pero todos debíamos resistirnos a dar rienda suelta a nuestras lenguas, pues la imagen lo era todo frente a la mirada acechante de los periodistas. Supe que me había convertido en una de esas celebridades a las que tanto odiaba, y he de admitir que me quemaba por dentro. Varios reporteros quisieron recibir información sobre mí de primera mano, incomodándome aún más. Decidí ignorarlos, no eran más que grupillo de buitres esperando impacientes su ración matutina de carroña.

Al cruzar el umbral de la puerta pude divisar a varios campeones, algunos de ellos conocidos y otros no. Cuando Riven se paraba a hablar con sus amistades yo permanecía, casi siempre, en un segundo plano. La verdad, no me entusiasmaba tener que lidiar con la apabullante insistencia de algunos de mis compatriotas, y es por eso que prefería conversar con gente conocida.

Cada segundo allí encerrado parecía una efímera eternidad, de algún modo u otro necesitaba evadirme de aquella desquiciada quimera. Debo admitir que ya había previsto aquella situación, por lo que me aseguré de estar bien suministrado para hacerla llevadera. Tan solo necesitaba unos segundos de soledad, y el lavabo de hombres parecía el lugar perfecto para llevar a cabo mis necesidades no biológicas. Movido por el deseo de fugarme mentalmente, camine hacia mi destino, pero una figura familiar a la par de indiscreta me desvió de mi objetivo antes de que pudiera alcanzarlo. Era Ashe.

-Buenas noches, Talon – saludó risueña.

Sonreí ligeramente y elevé un poco mi mano. Recé al destino para que mi silencio pudiera evitar una conversación repentina con ella, pero el destino no estaba por la labor.

-Se me hace raro verte trajeado.

Inhalé aire, cerré los ojos e intenté no parecer demasiado desquiciado.

-Más raro se me hace a mí, te lo aseguro.

-Te creo – dijo sonriente.

-¿Qué querías?

-Ah, nada, te he visto por aquí y quería saludarte, ¿qué tal todo?

-No me puedo quejar –mentí - ¿y tú?

Lancé esa incógnita sin plantearme las consecuencias que tendría que soportar. Desde que dejé Freljord para volver aquí no había recibido noticia de aquella mujer, y me incomodaba bastante tener que hablar con ella de nuevo.

-Bastante bien – respondió enérgica.

-¿Sigues con ese cabronazo? – pregunté sin rodeos.

-Talon, córtate un poco… – dijo con un tono de desaprobación.

-¿Qué? Ese muro de carne te maltrataba.

-Pero ya no lo hace.

-¿Lo has dejado?

-Sí, no pienso seguir tolerándole, aunque sea por el bien de mi pueblo.

-Haces lo correcto, no tenías porqué soportarlo.

Se instauraron unos segundos de silencio, pero Ashe volvió con la conversación.

-Oye, Talon…

-¿Si?

-No te tiene por qué reconcomer lo que paso en Freljord. Fue culpa mía, me pillaste en un momento difícil y necesitaba desahogarme… perdóname.

-Sí, claro, cosas que pasan.

-Lo importante es que ya está solucionado, ¿no?

-Por su puesto.

-Entonces –dijo ofreciéndome la mano -¿amigos?

-Amigos –respondí aceptándola.

-Por cierto, Riven me ha dicho que ahora andáis juntos.

-No te miente.

-Me alegro por vosotros, hacéis buena pareja.

-Si tú lo dices.

-Bueno, tengo que volver que he dejado plantado a mi acompañante- dijo riendo.

La esperanza volvió mí tras oír aquellas palabras, pero me pudo la curiosidad.

-¿Quién es el afortunado?

-Yasuo – exclamó sonriente.

Me quedé helado. De todas las personas existentes en Runaterra tenía que ser aquel tipo. No es que me cayera mal, pero él sentía un tremendo odio hacia mi persona. La verdad, este odio era completamente justificable, puesto que yo era uno de los miles de asesinos que habían destrozado su tierra.

-Mira, allí está – dijo señalándolo.

En efecto, se encontraba allí. Tan pronto como nuestras miradas se cruzaron un tenso ambiente se cernió sobre nosotros, reacio al bullicio de la sala. Me incliné ligeramente con el fin de saludarle. Me devolvió serio aquella reverencia.

-Adiós, Ashe.

-Hasta luego.

Ella fue a reunirse con su acompañante y yo decidí adentrarme en la privacidad que me ofrecía el baño.

Una vez dentro saqué del bolsillo una de mis pastillas y la apoyé sobre el frio mármol del lavamanos. Después, con la ayuda de la cuchilla que siempre portaba oculta en mi antebrazo, reduje a polvo el material y lo consumí de la forma que siempre acostumbraba a hacerlo.

-¡Joder! – grité echándome para atrás e intentando no perder el equilibrio.

Ahora solo necesitaba aguantar consciente cinco minutos y pronto podría caminar sin ningún problema. Decidí observar mi figura en el espejo. Repasaba mis facciones de la misma manera que había hecho con Riven por la mañana, solo que lo hacía en frente de un desconocido.

El ambiente de aquella sala parecía diferente bajo mi punto de vista. Era como si todo estuviera a cámara lenta a mí alrededor, era como si tan solo yo pudiera establecer la velocidad de las cosas que me rodeaban. Lo único que no llegaba a controlar era el monótono movimiento del enorme reloj de pared. Cuanto más observaba las agujas más rápido rotaban, cosa que agradecí enormemente.

-Por fin te encuentro, ¿dónde has estado? – una voz perturbó mi artificial calma. Era Riven.

-En el baño.

-¿Tanto tiempo?

-Es que…

-Da igual – interrumpió – no quiero saberlo.

Transcurrieron un par de horas y pronto recuperé de nuevo mi estado consciente. Había ingerido una dosis pequeña por lo que todavía esperar un largo rato de aburrimiento hasta salir de allí.

De repente, el pequeño grupo de músicos que daban banda sonora a aquella reunión cesó dando paso al espectáculo de una artista que reconocí instantáneamente. Aquella virtuosa figura era Sona, que nos ofrecía gustosa una armoniosa melodía. Muchas parejas decidieron salir al centro de la estancia para bailar al son de su música, la cual no tardó en atravesar mis oídos y calmar el caótico desasosiego de mi mente. Riven se levantó del sofá en el que nos encontrábamos sentados.

-Una lenta ¿Te apuntas?

-Qué pereza – exclamé bostezando.

-Vamos – dijo tirando de mi brazo y forzándome a levantarme. Puso mis manos en su cintura y apoyó sus antebrazos sobre mis hombros. Comenzamos a oscilar sobre el suelo intentando seguir, torpemente, la melodía de Sona.

-¿Contenta?

-Sí, pero procura no pisarme los pies.

-No prometo nada.

Y así, sin tener ni idea de lo que hacíamos, permanecimos un rato en silencio. Dejó caer su cabeza al lado de la mía.

-Este es uno de esos momentos en los que me tienes que decir algo romántico y cursi para que te bese.

-Gracias por el dato.

-No lo harás ¿verdad?

-No.

-¿Qué dirás entonces?

-Que estás entorpeciendo mis dotes para el baile.

-Idiota –rió por lo bajo.


La tenue luz de la luna apenas penetraba por la ventana, por lo que no llegué a observar bien los rasgos de su rostro. Pero sabía que era ella. Lo sabía por el calor que acostumbraba a ofrecerme, lo sabía el eco que creaba su voz entre las galerías de mi mente. Reposábamos sosegados tras la intimidad que las sombras solían darnos entre las paredes de aquella habitación.

Y cuando alcé la mirada al techo comprendí que la grieta en medio de aquella monotonía beige era yo.