Capítulo 9. El héroe del día
Draco se quedó ahí durante quién sabe cuánto tiempo, temblando, incapaz de moverse y luchando con todas sus fuerzas para no soltar gritos de impotencia ni para sucumbir al llanto. Estaba completamente seguro de que si se levantaba e iba a averiguar qué estaba pasando, se encontraría con terribles noticias. Con la confirmación de su más grande temor. Por eso no lo hacía.
Estaba aterrorizado.
Se rodeó el torso con los brazos lo más apretado que pudo, mientras, sin darse cuenta, su cuerpo comenzó a balancearse de atrás hacia delante.
Ginny llegó corriendo hasta él. Iba pálida y con señales de haber llorado.
—¡Malfoy! —exclamó.
Draco la observó con ojos desorbitados. Oh dios, no. Seguramente ella venía a darle la noticia. La noticia de que Harry ya había muerto.
Draco cerró los ojos y se cubrió las orejas con las manos. No quería escucharlo. Sintió las manos de Ginny tomarlo de los hombros y él, todavía más renuente, sacudió la cabeza una y otra vez. Gimió y se retorció para sacudirse del agarre de la chica. No quería enterarse, no.
—¡No, no, no lo digas! —suplicó con voz desgarrada—. ¡NO, WEASLEY! ¡NO! Harry no… No puede estar… ¡Déjame en paz!
—Oh dios, Malfoy. ¡Creo que estás en shock! ¡MAMÁ! ¡Mamá, ven rápido!
Draco escuchó los pasos apresurados de la matrona Weasley. Oh no, eso sí que no. Por más deshecho que estuviera, no podía permitir que mamá Weasley lo encontrara en ese estado de debilidad emocional. Se obligó a serenarse. Respiró con profundidad mientras se ponía de pie, todavía oprimido contra la puerta. Molly llegó hasta ellos con gesto preocupado y Draco se armó de valor para recibir finalmente la funesta noticia.
—¡Draco, cariño, Harry está vivo! ¿Me oyes? ¡Está vivo! Gracias a ti que lo trajiste a tiempo. Snape y Lupin lo están sanando y tienen grandes esperanzas de que se ponga bien.
—¿De verdad? —preguntó en voz baja y ronca. La garganta le dolía como si se la hubiera destrozado.
La señora Weasley se llevó una mano al rostro. Dejó escapar un sollozo ahogado mientras afirmaba con movimientos de cabeza.
—Eso dicen. Eso esperamos. Tiene muchas probabilidades, pues Snape conoce un antídoto. Están los dos ahora sacándole el veneno a través de la herida… lo más que se pueda, claro. Lo cual es mucho gracias a ti que detuviste su metabolismo y evitaste que el veneno se regara por todo su cuerpo. ¡Oh, Draco! ¡Gracias!
Molly lo abrazó apretado y Draco, a pesar de su disgusto, se lo permitió. Después de unos pocos segundos, cuando él casi estaba relajándose ante esa inusual muestra de cariño, la mujer lo soltó y lo miró sonriendo orgullosa.
No obstante, seguía angustiada y Draco pronto comprendió por qué.
—Weasley… quiero decir, Ron, Granger y Longbottom están bien —explicó Draco entendiendo que la mujer deseaba saber acerca de los demás, especialmente de su hijo—. La última que los vi, estaban bien y como yo me llevé la mantícora conmigo, no creo que hayan enfrentado nuevos peligros. Seguramente estarán aquí pronto.
Molly volvió a sollozar y Ginny suspiró aliviada.
—Gracias al Cielo —dijo la señora—. Vamos a la cocina, voy a prepararte un té especial para el…
La puerta se abrió de golpe y empujó a Draco hacia delante, provocando que éste a su vez empujara a Molly, y ella a Ginny.
Draco se giró sobre sus talones al tiempo que sacaba su varita y apuntaba hacia los intrusos, todo el shock y el miedo momentáneamente sepultados hasta el rincón más profundo de su mente. Pero no era un verdadero peligro. Sólo eran los otros tres miembros del cuarteto fantástico.
Weasley, Granger y Longbottom entraron a tropel, mostrando diferentes grados de preocupación en las caras; preocupación que se convirtió en enojo y desconcierto cuando vieron a Draco ahí parado. Longbottom traía consigo la espada de Gryffindor y Granger, la capa de Harry, doblada descuidadamente y llena de polvo. Vagamente, Draco se preguntó si la púa de la mantícora todavía estaría ahí y si aquella idiota no estaría corriendo el riesgo de clavársela en los brazos.
—¡Malfoy, grandísimo traidor! —gritó Ron Weasley al tiempo que apuntaba su varita hacia él. Longbottom no dijo nada pero también sacó la suya a la velocidad de la luz. Los tres parecían bastante sorprendidos de verlo ahí, y fue cuando Draco recordó que ellos habían creído que él estaba asesinando a Harry. Obviamente no habían previsto que regresaría a Grimmauld Place.
Granger fue la única que no sacó varita, sólo apretó el bulto de la capa de Harry contra su pecho. Se veía muy angustiada y, como Ginny, también tenía huellas de llanto en la cara.
—¿Qué has hecho con Harry, Malfoy? —preguntó ella en voz baja—. ¿Dónde lo has dejado?
—¡Snape y Lupin lo están curando! —gritó Ginny de pronto, interponiéndose entre todos ellos y obligándolos a bajar la varitas a manotazos—. ¿Qué demonios creen que hacen al pelear así entre ustedes? ¡Dejen estas demostraciones de macho alfa para cuando estén frente a los mortífagos, no sean estúpidos!
—¡Una mantícora le ha picado! —exclamó Granger comenzando a llorar—. ¡Encontramos una púa clavada en su capa, a la altura de su espalda!
—Duh, noticias del año pasado —masculló Draco sin poder evitarlo, poniendo los ojos en blanco—. ¿Por qué crees que le apliqué un encantamiento permutario?
—¡Porque querías aprovechar la confusión para rematarlo! —gritó Weasley, dando un paso amenazante hacia Draco. Todavía llevaba la varita en la mano, por lo que Draco no lo perdía de vista—. Espera, ¿un encantamiento, qué?
—Yo sé lo que es —dijo Longbottom—. ¿En serio hiciste eso, Malfoy? Tengo que reconocer que fue lo mejor que pudiste haber hecho para detener el envenenamiento.
—¡Yo también lo sé! —exclamó Granger limpiándose la cara—. Oh, Malfoy, gracias al Cielo que se te ocurrió. ¿Entonces, Harry está mejor? ¿No murió?
Ron parecía no poder creer aquel giro en los eventos. Miraba alternadamente entre su novia y Longbottom, anonadado.
—¿Alguien que me explique por qué felicitan a Malfoy?
Todos lo ignoraron.
—Harry todavía no está del todo bien, pero hay esperanzas de que lo estará —dijo Molly con voz suave, caminando entre todos ellos para cerrar la puerta y empujarlos por el vestíbulo—. Draco no sólo le salvó la vida con ese encantamiento, sino que también le informó a Snape por medio de su patronus que venía acá con Harry herido. Ahora Lupin y Snape están sacándole lo más que pueden del veneno para luego aplicarle un antídoto.
—¿Vivirá? ¿En serio? —preguntó Ron con voz incrédula y ojos esperanzados. Draco podía entenderlo. Hasta ese momento no había noticia de que alguna víctima de una mantícora hubiese sobrevivido. Costaba creerlo.
Pero bueno, estaban hablando del único sobreviviente del Avada Kedavra, ¿cierto? Harry parecía tener más vidas que un maldito gato, pensó Draco sonriendo levemente.
—Eso es lo que ellos dicen —respondió Molly—. Y yo les creo.
—¿Podemos verlo? —preguntó Granger con voz suplicante, haciendo eco de los deseos de Draco quien también había estado pensando en preguntar eso pero no se había atrevido para no parecer demasiado ansioso.
—Absolutamente no —negó Molly para desencanto de todos—. Justo ahora Snape y Lupin están en plena curación. Estoy segura de que en cuanto haya una novedad, saldrán a avisarnos. Les sugiero que vayamos a la cocina. Creo que todos necesitamos de un té bastante cargado para los nervios… Después de todo, no ha sido cualquier cosa la que han experimentado. Y, si tienen ánimo y es posible, podrían hablarnos de lo que sucedió.
—¡Sí, tienen que contarnos! —intervino Ginny más animada, levantando del suelo al gato-kneazle anaranjado llamado Crookshanks, que se había acercado a averiguar el porqué de tanto bullicio—. Yo quiero saber en dónde andaban y qué era lo que estaban haciendo como para enfrentarse a una mantícora. ¡Yo creía que ni siquiera existían! Hasta ahora lo único que sabemos que Draco es el héroe del día por haber salvado a Harry.
Tanto Granger, Weasley y Longbottom miraron a Draco con los ojos como platos, y éste no pudo evitar mirarlos a su vez con una sonrisita de autosuficiencia. Ya más tranquilos, todos los chicos guardaron sus varitas entre sus ropas y Granger apretó más la capa contra su pecho, antes de caminar en lenta procesión a la cocina detrás de Molly mientras murmuraban entre ellos.
Hasta atrás, quedaron Draco y Ginny. Ella, muy ufana y con una sonrisita traviesa en la cara, se colgó del brazo de Draco y lo escoltó a la cocina.
—Yo sabía bien que Harry también era alguien especial para ti. ¡Me cuesta creer que no estaría vivo si no fuera por tu intervención! —le dijo con lágrimas brillando en los ojos—. Te mereces la taza más grande y bonita —le susurró antes de darle un beso en la mejilla—, me aseguraré de que te toque.
El héroe del día, lo había llamado Ginny Weasley. Y nadie lo había negado.
Draco no podía creer que llegaría el momento en que comprendería por qué a Harry no le gustaba en absoluto la atención generada hacia su persona cuando la gente lo consideraba un salvador.
Después de unos minutos en la cocina en los que todos se entretuvieron bebiendo té y comiendo pastel casero en el más absoluto silencio, sumergidos en sus propios temores y pensamientos, Granger pareció no poder soportarlo más y comenzó a bombardear a Draco con preguntas. Lo obligó a que explicara con pelos y señales cada instante que pasó en la casa junto a Gutdrak, lo que éste hizo y le dijo.
Molly y Ginny fruncieron el ceño con desagrado al percatarse de que los chicos mantenían un tipo de sociedad con un duende ebrio y deshonesto, pero oportunamente ninguna de las dos les hizo reproches ni preguntas indiscretas y continuaron escuchando en silencio el relato de Draco. Finalmente, sin decir nada y con gesto adusto, Molly se levantó y comenzó a preparar la cena. Quizá recordó lo verdaderamente peligrosa que era aquella guerra, situación que a veces, ahí encerrados en Grimmauld Place, parecía olvidarse.
Granger y Weasley eran los únicos que sabían el verdadero motivo que los había llevado a irrumpir en Gringotts, y tuvieron bastante cuidado de no revelarle el secreto a nadie. Lo único que informaron fue que la misión dentro del banco había sido completada y no tendrían que volver ahí nunca jamás, por lo que ya no necesitaban estar en buenos términos con ese duende ni con ninguno.
—Propongo que lo dejemos atado ahí justo donde Malfoy lo dejó. ¡Que se muera de hambre y de sed, el desgraciado! —opinó Weasley entrecerrando los ojos y apretando su cuchara con fuerza. Draco arqueó las cejas en un gesto aprobatorio; la verdad era que él estaba muy de acuerdo que ese era un destino justo para semejante traidor, culpable del actual estado de Harry.
—¡No seas bárbaro, hijo! —interpuso Molly justo antes de que Granger también se quejara—. Tendrán que ir y liberarlo. El destino se encargará de cobrarle su maldad.
—Sí, además imaginen a mi abuela visitando esa casa por algún motivo y encontrando un duende disecado en su cuarto —apuntó Longbottom sonriendo, como si la idea le pareciera divertida—. Sabrá que he sido yo el que le ha dejado semejante regalito.
—¡Más bien imagina los problemas que enfrentará ante la Justicia por tener un cadáver de duende en una de sus propiedades! —señaló Granger con los ojos muy abiertos. Después de unos segundos, agregó—: Sin contar que es cruel e inhumano dejarlo morir así.
—Pero, ¿se dan cuenta? Malfoy no solamente salvó a Harry en el último momento —murmuró Ginny mirando a Draco embelesada—, sino que también, antes de eso, los salvó a todos ustedes al ir a ayudar con la mantícora, y más porque él era el único que sabía cómo amansarla, con ese truco que le sacó al duende… ¿Cierto, Malfoy?
—Básicamente, sí —contestó Draco, su mente muy lejos de ahí, preguntándose por Harry, y por qué estarían demorando tanto…
—Vaya… Ron, ¿te das cuenta de que le debes el pellejo a Malfoy? —le preguntó Ginny a su hermano con toda la mala intención.
Ron sólo gruñó algo inteligible y continuó comiendo con afán.
A Draco ya no le divertía nada de eso. Podría haber aprovechado la situación para burlarse de Weasley o para recordarles que si les había salvado la vida no era porque les tuviera estima o algo parecido, sino por pura y llana conveniencia, pero la verdad era que ya estaba cansado de esperar por noticias de la salud de Harry. La ansiedad se lo estaba comiendo desde adentro. Nadie ahí tenía idea de cómo estaba Harry, si acaso iba a despertar, si de veras continuaba siquiera con vida. Angustiado y sin poder soportarlo más, se puso de pie. Iba a escaparse al cuarto de Harry a averiguar cómo estaba, costara lo que costara.
—Damas y caballeros, ha sido un intercambio de lo más agradable, pero ahora necesito ir a mi cuarto por…
—Entonces, cuando te perdimos de vista, le avisaste a Snape. ¿De verdad lograste un patronus, Malfoy? —le preguntó Longbottom, interrumpiéndolo—. No sé por qué, pero cuando conversamos de eso en la oficina de Gutdrak, me dio la impresión de que no tenías uno corpóreo.
—Pues sí lo tengo, Longbottom, gracias por preguntar —espetó Draco, comenzando a ponerse nervioso al recordar la singular forma de su patronus.
Longbottom levantó las manos en un gesto apaciguador y soltó una risita.
—No te ofendas, amigo. Es que, conociéndote, hubiera creído que al ver el mío, tú no te quedarías atrás y querrías presumir el tuyo. ¿Qué forma tiene?
Todos lo miraron fijo.
—Una tan majestuosa que te cagarías al verlo, Longbottom.
—¡Draco! —regañó Molly interrumpiendo su tarea culinaria—. ¡Ese lenguaje!
—¿No me digas que es un dragón? —se burló Ginny—. Eso sería tan… predecible pero raro.
—Seguro es un león como el de Gryffindor y por eso al hurón le da vergüenza decirlo —masculló Ron, sonriendo por primera vez en horas.
—¡Cierto! Tal vez es simplemente un hurón —resopló Longbottom. Draco puso los ojos en blanco.
—En serio, Malfoy, cuéntanos —pidió Granger, también sonriendo—. El patronus de alguien siempre es un dato interesante que revela mucho de la personalidad del mago o bruja en cuestión. ¿Qué animal es el tuyo?
—Si tantas ganas tienen de saber, pregúntenle a Snape —masculló Draco mientras escapaba de la cocina a toda velocidad justo para toparse frente a frente con el susodicho mago—. ¡Snape!
Snape observó a Draco con su gesto desagradable de siempre: una mirada que parecía decir un millón de cosas que Draco no comprendió. Joder, ese maldito grasiento y sus silencios extraños. Siempre queriendo que los demás le adivinasen lo que estaba pensando.
Draco no tuvo tiempo de preguntarse mucho nada, pues de inmediato todos en la cocina saltaron de sus asientos para abalanzarse sobre Snape y comenzar a hacerle preguntas acerca del estado de salud de Harry. Snape levantó las manos pidiendo silencio, empujó a Draco nada amablemente para pasar y se introdujo a la cocina para servirse una taza del té especial de la señora Weasley. Dándoles la espalda a todos mientras se preparaba y se bebía su té, comenzó a hablar:
—Potter sobrevivirá —dijo secamente como quien avisa del estado del clima. A sus espaldas, todos se miraron con alivio—. Está muy débil y tardará un par de semanas en recuperarse, pero Lupin y yo le hemos extraído casi la totalidad del veneno. El resto, se irá diluyendo con el ungüento que se le tendrá que aplicar un par de veces al día justo en la zona de la herida. Como yo no puedo venir a diario, será Malfoy el encargado de hacerle las curaciones a Potter.
Todos miraron a Draco con asombro. Éste se sonrojó. ¿Iba a ser la enfermera particular de Potter? Oh no, eso sí que no.
—Mire, Snape, creo que para ese papel quedaría mejor cualquier otra persona, alguien más cercano a Potter, si entiende lo que…
Snape se giró hacia Draco con velocidad y agilidad pasmosa. Llevaba la taza humeante en la mano derecha, así que con la izquierda, tomó a Draco de la túnica y tiró de él hasta tenerlo a unos centímetros de su cara.
—Serás tú, Malfoy —le susurró—, porque es imprescindible que el antídoto sea fresco. Tiene que ser elaborado minutos antes de su aplicación. Y en esta casa, el único bueno para elaborar pociones, eres tú.
Draco estuvo a punto de abrir la boca para decir que él podía hacer la poción pero que otro podía ponérsela o untársela o lo que fuera que hubiera que hacer con ella, a Potter, pero Snape no lo dejó. Salió de la cocina arrastrando a Draco junto con él.
Lo llevó por el pasillo hasta la escalera. La subieron un poco, y cuando Snape por fin pareció estar conforme con la distancia entre ellos y los de la cocina, soltó a Draco y continuó bebiéndose su té como sin nada.
—Muy bien, Malfoy —le dijo sin mirarlo a los ojos—, tú ganas. Vendré yo todos los días a aplicarle la poción. Quise evitar la tentación, pero ya que no estás dispuesto a ayudar a tu viejo profesor, tendré que sacrificarme.
Snape suspiró y ocultó una sonrisa lasciva detrás de su taza de té; una sonrisa que encendió todas las alarmas en Draco.
—¿Qué quiere decir con "evitar la tentación"? ¿Se refiere a la tentación de matar a Potter, verdad?
Snape soltó una risita sardónica.
—En absoluto, mi buen Malfoy. Me refiero a la tentación de seducirlo de una vez por todas.
La quijada de Draco cayó hasta el suelo. ¿Había oído bien?
—¿QUÉ?
—Oh sí, Malfoy, si yo te contara lo que el pequeño Potter despierta en mí. Tantos deseos dormidos. Como tú mismo fuiste tan listo en notar hace unos días, yo soy gay y en mis tiempos de juventud estuve bastante encandilado con el padre de Harry, el idiota e insufrible James Potter. Lo odiaba, sí, pero también lo deseaba. Todo el mundo creía que si me ponía verde al verlo con Lily era por ella, pero sólo yo sabía que mi objeto de deseo era él y no la chica.
—¿QUÉ? —repitió Draco, pues para él también eso, de que se hubiese creído que Snape albergaba algún sentimiento por la madre de Harry, era una novedad.
¿O sea que, ya fuera de parte de madre, padre o hijo, Snape siempre había querido meterse en los pantalones de un Potter?
Oh no, aquello no pintaba nada bien. Y era asqueroso. Por supuesto que Draco no iba a permitir que semejante pervertido estuviese manoseando a su Harry.
—¿Sabe qué, Snape? Olvídelo. Lo haré yo. Y lo haré muy bien, lo juro, pondré todo mi empeño pues sé que el destino de la guerra depende totalmente de Potter y debe sobrevivir con las menores secuelas posibles… Yo lo haré. YO. ¿Está de acuerdo? ¿SNAPE?
Snape estaba riéndose.
Lo hizo durante algunos segundos, y así, tan repentinamente como comenzó a reír, dejó de hacerlo. Soltó la taza de té y, haciendo gala de su magia extraordinaria, ésta se quedó levitando a un lado en vez de estrellarse contra los escalones. Ya con las manos libres, Snape cogió a Draco de la túnica (otra vez) y lo estrelló contra el muro más cercano.
—¡OIGA!
—Escúchame, mocoso —susurró Snape—. Conmigo no tienes que fingir. He sido yo quien ha recibido tu patronus y tu mensaje. No estoy ciego ni mucho menos idiota. Lo que has hecho por ese cretino va más allá de lo que dicta el deber. Además, tu patronus es exactamente el mismo que el de Potter. ¿Sabes lo que eso significa?
Draco, abrumado, negó con la cabeza.
Snape se rió entre dientes.
—No lo sabes. Muy bien, te lo explicaré así. ¿Recuerdas que la imbécil de Nymphadora Tonks está enamorada de Lupin, cierto? —Draco asintió. Era conocido por todos que su prima Tonks sufría de un enamoramiento idiota y no correspondido por el licántropo, quien, Draco sabía bien, era gay y andaba con Snape—. Bueno, entonces tal vez saber que su patronus es un lobo, termine de explicarte por qué las formas de los patronus son tan… reveladoras acerca de los sentimientos del mago o bruja que los convoca.
Draco se sonrojó terriblemente, como jamás lo había estado en la vida.
Joder, no.
Abrió la boca para decir algo en su defensa, pero Snape continuó hablando:
—Además, por si todo fuera poco, tu mensaje… La magia que me transmitiste en él escurría amor asqueroso y repugnante en cada partícula, ¿sabes? Amor y mucha preocupación. Un mago como yo puede percibirlo.
—Está equivocado, Snape. Yo… yo no siento nada por Potter. ¡Es absurdo! Ni siquiera soy gay. ¡Usted lo sabe bien!
Snape hizo una mueca de desdén y soltó a Draco. Cogió de nuevo su taza y dijo:
—Sólo te diré esto, Malfoy, y lo hago porque, aunque te cueste creerlo, los años que pasamos juntos en Hogwarts me enseñaron a tenerte aprecio. No te enamores de Potter.
Comenzó a caminar hacia los pisos superiores, seguramente hacia el cuarto donde Harry convalecía y Lupin lo aguardaba. Draco quiso gritar un angustioso "¿Por qué?", pero se mordió la lengua. Preguntar eso sería admitir que había pasado por su cabeza la posibilidad de enamorarse de Harry.
No obstante, como si Snape le hubiese leído la mente, se detuvo y lo miró por encima del hombro, mascullándole:
—Porque está condenado a muerte. Él no va a sobrevivir al Señor Oscuro… me lo dijo Dumbledore antes de morir. —Dio un par más de pasos y dijo en voz más alta, aparentemente sin importarle el estado de shock en el que había puesto a Draco—: ¡Apúrate, insensato! Tengo que enseñarte a elaborar la poción antes de irme. ¡Sube al cuarto!
Draco lo miró alejarse antes de poder reaccionar y moverse.
Subió lentamente las escaleras negando vehemente todo lo que acababa de escuchar. Nada podía ser cierto. Nada. Era una absoluta y total estupidez.
Mientras Snape elaboraba una poción espesa que debía ser untada en la herida de Harry y, al mismo tiempo, otra en forma de infusión que el chico tendría que beber cuando despertase, Draco iba detrás de él lo más discreto que podía, observando y aprendiendo. Ni siquiera necesitaba tomar notas: tratándose de pociones, Draco tenía un don natural que siempre le había ayudado a memorizar con prontitud y eficiencia cantidades, tiempos y procedimientos.
Estaban ambos en la biblioteca, sitio donde Snape había instalado un pequeño laboratorio provisional con material traído de Hogwarts, aparentemente. Draco intentaba imaginarse a Snape recibiendo su mensaje a través del patronus que le envió y empacando todas aquellas cosas para ayudar a Harry. ¿Por qué lo había hecho si Harry no iba a sobrevivir como se lo acababa de confesar? ¿Para qué mantenerlo con vida con tanto ahínco, entonces?
Draco ardía de ganas de hacerle esas y un millón de preguntas más a Snape, pero en medio de aquella faena que requería la atención total de los dos magos, uno elaborando y el otro, aprendiendo, tenía que aguantarse y callar. Confiaba que al finalizar podría interrogar a Snape con libertad.
—Potter no podrá ingerir alimentos durante dos o tres días. Deberás mantenerlo hidratado con esta poción, dándosela a beber tanto como sea posible. Es muy probable que presente problemas estomacales, así que tu deber será ayudarle a llegar al lavabo con prontitud. Recuerda también mantenerlo limpio. El ungüento se lo pondrás en la zona de la herida cada dos horas, y si presenta fiebre, le aplicarás también compresas frías. ¿Queda claro?
Draco asintió.
No había visto a Harry durante todas aquellas horas, y moría de deseos de ver con sus propios ojos que era verdad que el chico no había muerto, pero también necesitaba cuestionar a Snape.
—Limpia aquí —le ordenó Snape al terminar—, voy a adelantarme al cuarto de Potter. Ahí te espero para que observes la manera en que hay que aplicar el ungüento.
—Snape, ¡espere! —Draco lo detuvo tomándolo del brazo—. Por favor, se lo ruego, explíqueme. ¿Por qué dice que Dumbledore dijo que Potter no sobrevivirá? ¿Qué sinsentido es ese?
Snape, con aires de gran indignación, se giró a verlo lentamente. Tal vez algo de la gran desesperación que Draco sentía se reflejaba en sus ojos o en su expresión, y eso consiguió ablandar al estoico profesor. Éste emitió un suspiro corto y le dijo:
—No sé mucho al respecto. Dumbledore sólo me dijo que el chico tenía que morir y que debía ser a manos del Señor Oscuro. Que era la única manera de acabar con éste definitivamente.
Draco se enfureció.
—¿Es por eso que ahora lucha contra todo para conservarlo con vida? ¿Porque es Voldemort quien tiene que matarlo y no una mantícora?
Snape abrió mucho los ojos con asombro cuando Draco mencionó el hombre de su antiguo amo y luego sonrió sarcástico.
—Veo que la imprudencia y temeridad de Potter se te están contagiando. No seas estúpido, Draco, y hazme caso: aléjate emocionalmente de él. No te conviene establecer vínculos con un mago que camina por el pasillo de los condenados a muerte.
Draco sintió que se sonrojaba un poco, más de la rabia que de la vergüenza.
—¡Que yo recuerde, hace unos días usted me dijo que si tenía dudas acerca de mi sexualidad, Harry Potter era un buen candidato para solucionarlas! ¿No se contradice ahora?
Snape puso los ojos en blanco.
—Sólo para satisfacer tu curiosidad, idiota, no para que te prendaras de él. Harry Potter es un mago desechable, pronto va a dejar este mundo, más vale que te hagas a esa idea.
—¡Yo no estoy prendado de él! —exclamó Draco, extremadamente indignado porque Snape creyera eso y por las otras palabras que había dicho refiriéndose a Harry.
¿Desechable?
¿Cómo podía ser tan cínico y tratar ese tema con semejante frialdad?
Snape soltó una risita y le dio la espalda a Draco. Caminó un par de pasos, pero entonces pareció pensarlo bien. Se detuvo y dijo sin girarse.
—Si te sirve de consuelo, yo también me indigné lo mismo que tú con Dumbledore cuando me enteré. E igual le hice el mismo reproche que tú me haces a mí. Pero está escrito, Draco, y no hay nada que tú y yo podamos hacer para cambiarlo. Es el destino de Harry Potter. —Miró a Draco por encima del hombro, directo a los ojos, con dureza y una amenaza velada—. Está de más aclarar que Potter no debe enterarse de esto. Al menos, no hasta que haya llegado el momento. No se te ocurra por ningún motivo abrir la bocota.
Draco resopló con burla. ¡Snape se atrevía a hablar de bocazas!
—De acuerdo, Snape —dijo—, pero yo puedo contar con que usted no le dirá nada a mi padre de… De lo que yo… De mi patronus y de lo de… Lo otro, que es lo mismo. ¿Por favor?
Dios santo, Draco ni siquiera podía ponerlo en palabras.
Snape sólo sonrió de medio lado y salió del cuarto. Maldiciendo entre dientes, Draco se puso a lo suyo y se apuró a limpiar el "laboratorio" para poder ir cuanto antes a ver a Harry.
Cuando llegó ante la puerta del cuarto de Harry, fue Lupin quien le abrió. El sitio estaba con las cortinas cerradas y la chimenea encendida, bastante más cálido que el resto de la casa. Un fortísimo olor a asafétida y amoniaco dominaba el lugar. Draco arrugó la nariz mientras ingresaba. ¡Pobre Harry! Aunque tal vez eso era bueno, semejante hedor seguramente lo despertaría bastante pronto.
Y hablando de Harry…
Draco posó los ojos en la cama del chico y todo lo demás en el cuarto pasó a un segundo plano, Lupin y Snape incluidos. Harry estaba bocabajo con la cabeza girada hacia un lado para poder respirar, sus brazos laxos a los lados de su cabeza. Sus anteojos reposaban en la mesita. Estaba descubierto de la cintura hacia arriba, su hermosa espalda quedaba a la vista y, con ella, la herida cubierta sólo con un ungüento bastante espeso de color verde oscuro. Draco comprendió que Harry tendría que estar así durante varios días y que por ello Lupin se había dado a la tarea de conseguir un ambiente cálido en la habitación para que el chico no muriera de una neumonía.
Harry parecía profundamente dormido, pero, a diferencia de hacía unas horas, ya tenía más color en el rostro y respiraba de manera acompasada. Draco, que había caminado hasta quedar parado a un lado, no podía quitarle los ojos de encima. Se moría por tocarlo y cerciorarse de que su piel de nuevo estaba tibia y no helada como cuando lo había cargado hasta la casa. Entonces recordó que no estaba solo y, abochornado por haberse tomado tanto tiempo en observar a Harry, se giró para encarar a Lupin y Snape.
Éstos dos lo estaban mirando fijamente; Lupin con una sonrisa enternecida y Snape, con gesto serio.
—Te lo dije, Lupin —masculló Snape de muy mal humor y con cara de asco—, Potter queda en excelentes manos.
—Ya lo veo —dijo Lupin y sonrió más. Draco sintió el impulso de defenderse ante lo que fuera que estuviesen pensando aquellos dos idiotas, pero decidió que le convenía mejor callar—. Bien. Draco, Severus y yo estamos agotados. Vamos a descansar un poco y luego él va a retirarse. ¿Hay algo más que desees preguntarle acerca de las pociones y su administración, o ya te ha quedado todo claro?
—Cre-creo que todo está claro, señor —respondió Draco en voz baja.
—Déjalo, Lupin —intervino Snape con una sonrisa burlona—. De todas formas, Malfoy sabe que puede contactarme en cualquier momento usando ese magnífico patronus que tiene.
Draco se sonrojó más porque pudo deducir, por la sonrisa cómplice que aquellos dos intercambiaron, que Lupin sabía bien cuál era su patronus y por qué.
Mierda. A ese paso, Lucius no iba a tardar en enterarse de que su hijo iba en línea recta a convertirse en el primer homosexual que la familia Malfoy había visto desde hacía generaciones.
—Pueden dejarme solo, gracias. ¿Acaso no iban a irse a… cómo dijeron? Ah, sí. Descansar —se rió entre dientes—. ¿Así le llaman ahora, eh?
—¡Muchacho insolente! —espetó Snape, dando un paso hacia Draco, pero Lupin lo detuvo sosteniéndolo del brazo. A diferencia de Snape, Lupin parecía tomarse a broma todo lo que Draco decía, lo cual era un tanto exasperante pues parecía que no había modo de hacerlo enojar nunca.
—Déjalo, Severus. Nos lo tenemos merecido. Vamos.
Snape miró a Draco como lanzándole una muda advertencia y ambos salieron del cuarto, dejándolo, finalmente, a solas con Harry. Draco volvió a mirarlo con ansiedad; las ganas de tocarlo le picaban en las manos. Pero… miró hacia la puerta. ¿Y si alguien entraba y lo descubría con las manos encima de El Elegido?
—Diablos —masculló.
Se giró hacia Harry y se contentó con rozarle la mejilla con el dorso de la mano.
Tal como lo había pensado, la piel estaba tibia de nuevo. Sonrió, pero la sonrisa se le convirtió en una mueca cuando recordó lo que Snape le había confesado. Se sentó en la otra cama junto a la de Harry, la que sabía era de Weasley. Trató de no pensar en eso, ugh. Tendría que aplicarle muchos encantamientos de limpieza más tarde. Por ahora, no tenía ganas de nada más que de estar ahí contemplando a aquel jovencito que, por alguna razón que nadie le había explicado, ya tenía firmada su sentencia de muerte si es que quería terminar con Voldemort.
Era una verdadera pena que Harry tuviera que morir. Era tan buen mozo. Era tan… Dios, era un tigre en la cama, pensó Draco sonriendo presuntuoso, sabiendo que él era de los pocos que conocía ese hecho. Y bueno, no era como si Draco tuviera tanta (o nula) experiencia para saber quién era un tigre en la cama o no, pero la intuición se lo decía. Después de todo, la noche anterior había sido tan memorable, que hasta para conjurar un patronus le había servido.
Hacía un par de semanas a Draco no le habría importado saber que, para matar a Voldemort, Harry tenía que morir también (en realidad hasta sonaba un poco lógico y previsible si lo pensabas), pero en ese instante… Draco no estaba muy seguro de cuáles sentimientos despertaba en él semejante revelación, pero ninguno era agradable. Se levantó de un golpe de la cama, demasiado desesperado como para quedarse sentado sin hacer nada. Caminó hacia la puerta, la abrió para cerciorarse de que no hubiera nadie cerca y entonces tuvo una idea. Salió al pasillo y llamó al elfo de la casa.
—¡Kreacher! —susurró.
La horrible criatura apareció ante él de inmediato. Draco sabía (porque lo había visto) que Kreacher no respetaba ni obedecía a casi nadie en la casa (sólo a Harry por algo que tenía que ver con el guardapelo que Kreacher siempre tenía colgado del pescuezo) pero a Draco le guardaba una pleitesía tal que ni siquiera los elfos de la mansión Malfoy la superaban. Así que ahora iba a aprovecharse de eso.
—¿Mandó llamar el señorito? —gruñó el elfo en tono acomedido.
—Sí, Kreacher. Quiero que te quedes cerca de aquí sin que nadie te vea. Y si alguien se acerca con intención de entrar al cuarto de Potter, te apareces dentro para avisarme antes de que lleguen a la puerta. ¿Entendido?
El elfo se inclinó y desapareció. Muchísimo más satisfecho, Draco entró de nuevo al cuarto de Harry, cerró la puerta y caminó directo hacia él.
Se sentó a su lado en la misma cama, cuidando de no molestarlo ni de aplastarle ninguna parte de su cuerpo. Con la mano temblorosa, le apartó los mechones de cabello de la frente, cerciorándose con alegría de que al menos en ese momento Harry no estaba sufriendo fiebre. Dándose gusto y sintiéndose en completa libertad, Draco acarició el cabello de Harry, peinándoselo entre los dedos. Acarició su oreja y su mejilla, pasó el dedo pulgar por su párpado cerrado y por su ceja. Finalmente se atrevió a rozarle los labios y, no pudo evitarlo, se relamió los suyos.
Santísimo Merlín, qué ganas tenía de besarlo.
Horrorizado de él mismo y de sus deseos, apartó la mano con brusquedad. Cada evento y cada revelación sucedidos en los últimos días, desfilaron por su mente con rapidez. Se llevó una mano a la boca para cubrir un gemido de frustración.
No, no podía ser cierto lo que estaba sintiendo. Se negaba a aceptarlo. Porque, además, ¿qué caso tenía ahora reconocer que estaba enamorado de alguien a quien iba a perder en un futuro muy cercano? Y no sólo por eso. Era también por la situación de Draco y todo el legado de los Malfoy. Ser un heredero sangre pura lo obligaba a contraer matrimonio con una bruja de buena familia y tener descendencia. Se imaginó acostándose con cualquier otra persona que no fuera Harry y se le revolvió el estómago. ¿Por qué ese pensamiento se sentía tan repulsivo, tan traidor?
Harry aspiró una gran bocanada de aire y comenzó a toser levemente, ocasionando que Draco se pusiera en alerta instantánea. Rápidamente, se levantó y fue por una taza del brebaje que debía proporcionarle.
—Harry… Harry… —le habló con suavidad, sentándose de nuevo junto a él y ayudándolo a incorporar la cabeza—. Tengo algo para ti. Bebe.
Sin abrir los ojos, los labios sedientos de Harry encontraron la taza y bebió con afán. Draco sonrió cuando vio a Harry fruncir el ceño; sabía que la poción no era exactamente tan dulce como jugo de calabaza, pero amarga o no, era lo que Harry necesitaba.
Cuando terminó de beber, Draco le quitó la taza, la puso en la mesita de en medio de las dos camas y le ayudó a acomodarse de nuevo en la almohada.
—¿Mejor? —le preguntó.
Sinceramente, no había esperado que Harry abriera los ojos y lo mirara como si no pudiera creerlo. Había pensado que no recuperaría la conciencia tan pronto. Pero exactamente eso fue lo que Harry hizo.
—¿Draco? —dijo con voz pastosa—. ¿En serio… eres tú? ¿No es un sueño?
Draco resopló de risa y acercó su cabeza a la de Harry para que éste pudiera observarlo lo mejor que pudiera sin los anteojos puestos.
—Sé que es difícil de creer, pero sí, soy yo en…
No terminó de hablar porque Harry se había incorporado con rapidez asombrosa y le había atrapado la boca con la suya. Gimiendo, comenzó a besarlo con los labios amargos por el sabor de la poción, con la lengua caliente por culpa de la fiebre, con una ansiedad que Draco comprendía bien porque él se sentía del mismo modo.
Mandando todo al diablo, Draco acunó las mejillas de Harry entre las manos y correspondió el beso con entrega, como si no hubiese un mañana, como si fuese el último.
En el fondo de su mente una vocecilla cruel le decía que así tal cual podría ser, pero Draco la ahogó con gemidos y suspiros mientras profundizaba aquel beso insensato que estaba dándose con El Elegido.
