Capítulo 9

El sueño me resultaba más pesado ahora. Estar alerta las veinticuatro horas del día, siete días a la semana por culpa de Samuel, era un talento casi especial. Mi sueño era ligero, al primer tacto, al mínimo olor de algo desagradable, me levantaba, pero ahora en su ausencia, dormía mucho y más profundo, mi cuerpo aprovechaba la falta de peligro y descansaba verdaderamente; hasta la paralices de sueño era más frecuente, mi mente se activaba y mi cuerpo no era capaz de procesarlo, eso me asustaba y mi corazón se aceleraba, pero luego lo veía como una manera más de tranquilidad, mi cuerpo sabía que no había nada que temer y que podía descansar de la mejor manera posible.

Antes me hubiese levantado al primer sonidito, pero ahora no quería hacerlo. El sonido era intenso y repetitivo, pero mis ganas de continuar soñando eran más grandes que querer detenerlo, aunque sinceramente, parecía taladrarme la cabeza y dañaba mis tímpanos. Apreté la cabeza contra la almohada más fuerte, para amortiguarlo un poco, y me cubrí por completo con la colcha, deseando que ese sonido parara de una vez por todas.

Mi corazón empezó a latir de manera casi dolorosa, golpeando mi pecho desde adentro, y las palmas de mis manos se helaron de manera instantánea. Mi menté despertó rápidamente, quitando todas mis ganas de seguir durmiendo por completo.

Samuel

El teléfono se detuvo, y mi respiración se aceleró un poco más. Ya era de madrugada y él único que podría llamar a esta hora era Samuel, al que nunca le importaba la hora para importunarme o hacerme sentir miedo. ¿Quién más podría llamar a casa a esta hora?

Quité todas las colchas y me senté en la cama. Mis dedos viajaron directamente a mi boca para mordisquear las pocas uñas que tenía. Aparté el cabello de mi cara y acerqué mis rodillas a mi pecho, sin saber qué hacer. Llamarlo, no era una opción, no le gustaba por nada en el mundo que yo lo interrumpiera, aunque fuera solo para devolver la llamada.

Es mejor esperar

Pensé, y traté de relajarme. Miré el reloj a mi derecha, y los números en rojo brillante marcaban las una quince de la mañana. No dejé de mirar el aparato, hasta que al marcar la una dieciocho, el teléfono, al lado de él, volvió a sonar. Mi mano tembló al querer tomarlo y el pitido al desconectarlo, me asustó.

—Ho… hola —traté de que mi voz sonara firme y ligera, pero el rastro de sueño y un pequeño temblor, se hizo demasiado evidente.

—Hola, Leah, habla Edward.

Su voz suave y fuerte me debilitaron por completo, mi corazón se tranquilizó y mi respiración se pausó. Sonreí y me acosté por completo sobre las almohadas.

—Oh, por Dios, Cullen, ¿fuiste tú el de hace un momento? —le pregunté.

—Sí.

—Casi muero de un infarto por tu culpa, pero sinceramente, me alegra escucharte —le dije casi sin respirar. El sonido de su risa ligera me hizo sonreír más—. ¿Y puedo saber para que me llamas a estas horas?

—Estoy de guardia en el hospital…

—¡Vaya! Y te sentías lo suficientemente aburrido y decidiste llamarme para platicar sobre mi lamentable matrimonio, ¿no? —intenté bromear, pero más que una risa, lo único que conseguí fue un suspiro.

—Ojalá fuera eso —murmuró con voz cansada.

—¿Qué sucede? —pregunté, sentándome de nuevo y poniendo la mayor atención.

—Hace veinte minutos ingresaron a Samuel —soltó de golpe.

Mi mano se aflojó y solté el teléfono. Toqué mi frente y me rasqué cerca de la ceja, intentando entender por completo lo que acababa de escuchar, pero me resultaba algo incomprensible. Por un momento olvidé que Edward estaba en línea. Levanté el teléfono y lo pegué de nuevo a mi oreja.

—Perdón, yo… ¿cómo está? —cuestioné.

—Te voy a ser sincero. La situación no es la mejor, tiene altos niveles de alcohol y cocaína en la sangre. Su auto se salió de la carretera, de regresó a Seattle —él hablaba, y yo me estaba esforzando por entenderlo todo.

Quería decirle algo, quería hacerle preguntas. Pero la voz no me salía o era mi cerebro que no podía con la fácil tarea de hablar. Simplemente me quedé callada, intentando pensar cual sería mi próxima pregunta.

No fue necesario intentar emitir algún sonido, él habló primero.

—Leah, es necesario que te presentes ahora mismo, entre sus cosas salvaron su celular y el número de su casa estaba registrado, pedí ser yo quien te informara —explicó.

—Gra… gracias por hacerlo, Edward —tartamudeé y carraspeé para recomponer mi voz—. Llegaré pronto.

—Háblale a tu hermano, yo iría por ti, pero no puedo dejar el hospital y no me gustaría que salieras a estas horas a buscar un taxi. Hazlo por favor, llama a tu hermano —aconsejó, poniendo un tono preocupado en toda la oración.

—Tienes razón, lo hare. Gracias, Edward —contesté y apreté el botón para cortar la llamada.

Me acosté de nuevo sobre las almohadas, mirando al techo sin saber que pensar o hacer. Sabía que Samuel era débil ante el alcohol y que de vez en cuando consumía una de esas porquerías, pero nunca había tenido un problema por ello. Hasta cierto punto se controlaba. Pero ahora, se encontraba en un hospital por un accidente en auto, bajo los efectos de ambas cosas. Y venía a casa, después de tres semanas. Él iba a volver esta noche, con la mente nublada por el alcohol y la droga. Y de sólo pensarlo, sentí el pánico recorriendo mi cuerpo, como hielo filoso, agitando mi respiración y haciendo que mis manos sudaran. Definitivamente, no hubiese sido una buena noche para mí.

Luché para tranquilizarme, controlando mi respiración y el movimiento de mis manos. Y me puse a pensar cual sería mi próximo movimiento.

Bien, ese sería levantarme, vestirme con algo más abrigador, llamar a Seth y pedirle que viniera para llevarme al hospital, llegar ahí y… y no sabía que más.

¿Preguntar sobre su situación? Sí, eso estaría bien. Tenía que saber cómo estaba. ¿Pedir que me permitieran verlo? No, realmente no quería verlo. ¿Cómo se supone que debería reaccionar? ¿Debería llorar? No sentía ganas de hacerlo sinceramente, ni siquiera una vaga sensación de llanto había en mí. ¿Reír? ¿Cómo si fuera parte del karma o venganza del universo por ser tan cabrón? No, tampoco. No me sentía tan inhumana para hacerlo. No me daba satisfacción, simplemente no sabía cómo sentirme ante esto.

Hasta qué punto había llegado su trato hacia mí, que ni siquiera estaba triste o preocupaba, bueno, eso último si lo sentía un poco, me preocupaba, no como debería, porque cualquiera en mi lugar de esposa estaría histérica, llorando por no saber, corriendo al hospital y rogar porque lo salvaran. Yo simplemente me sentía como si no me estuviera sucediendo a mí, como si fuera parte de una película que no me había llegado al alma.

—Dios, tal vez si era algo inhumana —murmuré.

Pero estaba segura que, si era así, él era el culpable de esto, de mi actitud y de su accidente. Él es el culpable de todo, hasta de lo que le pasó.

Tomé de nuevo el teléfono, dispuesta a marcar el número de Seth. Miré los botones brillantes del aparato negro por largos segundos y caí en la cuenta que no lo sabía, no sabía siquiera si mi hermano tenía teléfono de casa o no. Gruñí con frustración y golpeteé el teléfono contra mi frente, intentando recordar su número de celular.

Terminé de presionar los números y esperé para que contestara. Dos pitidos después, al fin contestó.

—Bueno —tenía la voz somnolienta y gruñó algo molesto al final.

—Hola, Seth, habla Leah —dije de manera suave.

—Leah, ¿Qué sucede, hermanita? ¿Estás bien? ¿Samuel te hizo algo?

Su voz dejó de escucharse adormilada para volverse alarmada. Entonces me puse a pensar en las tantas noches que él se habría dormido con la certeza que una de esas madrugadas su celular sonaría y sería yo pidiendo ayuda. ¡Vaya! Hasta qué punto me he vuelto patética en verdad.

Mi pecho se oprimió y me dieron ganas de llorar. ¿Cuándo me convertí en la niña por la que Seth se tenía que preocupar y estaba preparado para salvar, cuando antes era al revés? Yo siempre lo cuidé a él, por ser mi hermanito pequeño, por ser más vulnerable, por ser yo más grande, ahora él resultaba siendo mi héroe.

—¿Leah? Dime algo, ¿estás bien? Voy a tu casa ahorita —dijo de corrido y escuché el sonido de las colchas siendo apartadas de manera brusca.

—Espera. Estoy bien. Te llamaba para pedirte un favor —mi voz sonó ahogada, y suspiré antes de hablar de nuevo—. Necesito que me lleves al hospital…

—Maldita sea. Dime que Samuel no te ha golpeado hasta ese punto. Te juro que ahora si lo mato —declaró con la voz molesta.

—Seth, déjame hablar. Yo estoy bien. Samuel tuvo un accidente y me acaban de avisar, ¿puedes llevarme al hospital? Al parecer requieren mi presencia —expliqué.

Un suspiró de tranquilidad escapó de su pecho de manera escandalosa.

—Claro, llego en veinte —aseguró.

—Muchas gracias, hermanito.

—No es nada.

Él colgó y yo me apresuré a salir de la cama y buscar ropa para ir a verlo. Cogí unos pantalones oscuros, una blusa manga larga y un suéter de franela de a cuadros rojos y negros, y unos tenis viejos. Mi cara, después de éstas tres semanas, lucia saludable, así que no me preocupé por tratar de ocultar alguna herida o algo por el estilo. Registré los cajones del closet para sacar lo papeles de Samuel, como su acta de nacimientos y sus controles médicos, por si me los pedían en el hospital.

Bajé a la sala y me senté en el sofá a esperar por Seth. Me pasé un mano por el cabello, impactada por mi falta de reacción o sensación. Mientras pensaba en ello, la puerta sonó bajo fuertes golpes y corrí a abrir, sosteniendo en una mano los papeles.

Cuando miré el rostro de mi hermano, no pude hacer más que abrazarlo. Él ejercía una mayor fuerza sobre mi cuerpo, rodeándome con sus grandes brazos por completo, mientras yo enterraba la cara en su pecho y pasaba los brazos por su cintura.

—Gracias por venir —le dije al separarme de él.

—No es nada —sonrió un poco y me llevó de la mano hacia su auto.

Él abrió la puerta del copiloto y yo me acomodé en el auto, colocándome el cinturón de seguridad. Seth arrancó el auto y manejaba de manera tranquila. Presioné los papeles contra mi pecho, sin saber que decir.

—¿Sabes cómo está? —preguntó Seth, sacándome del mutismo.

—Edward dijo que no muy bien. Perdió el control del auto al volver a Seattle.

—Estaba borracho —afirmó, presionando ambas manos sobre el volante y tomando el camino hacia la derecha.

—Y drogado —musité.

Su rostro se puso duro al escucharme, y supe que estaba demasiado enojado, que su odio hacia Samuel crecía, pero también estaba molesto conmigo, por seguir al lado de él. Quizá algún día le contaría porque lo hice, porque me quedé tanto tiempo, y si, quizá se enojaría un poco más cuando le diga que la amenaza consistía en dañarlo a él y a mamá. Saber que sufrí por eso y que me hizo tanto daño, sólo por él y mamá, lo enojaría demasiado.

Miré hacia fuera, la noche caía como una espesa tela negra sobre la ciudad apenas iluminada por farolas amarillas. Todo estaba oscuro y silencioso, como si de repente el tiempo se hubiese detenido en este lugar. En realidad, me sentía así, como si estuviera parada en medio de la nada y todo estuviera inmóvil y suspendido a mi alrededor, hasta el punto que mis sensaciones y sentimientos también se hubiesen congelado. Un estado de paz abrumadora, de silencio tranquilo, pero amenazante.

La presión caliente y fuerte en mi mano izquierda me regresó a la realidad, y entonces me di cuenta que estábamos estacionados delante de las puertas del hospital. Seth apretó mis dedos, antes de bajarse y caminar para abrir mi puerta.

Pude haberlo hecho por mí misma, pero no quería entrar en el hospital todavía.

Respiré profundo, cuando coloqué ambos pies sobre la acera. El viento golpeó mis mejillas y cerré más mi camisa de franela. Caminamos lentamente hacia las puertas dobles y me apresuré a llegar cuando miré que Edward estaba allí.

—Leah, me estaba preocupando por ti, llamé de nuevo a tu casa y nadie contestaba —dijo apresuradamente mientras tomaba mi mano—. Estás helada.

—¿Cómo está él? —pregunté.

—Vamos, tienes que hablar con el medico a cargo —me hizo caminar hacia la recepción, y estrechó su mano con Seth durante el camino.

—Perdón por no presentarlos. Edward, él es mi hermano Seth. Seth, él Edward, mi ginecólogo y mejor amigo —los señalé a ambos, sintiéndome rara al decir eso último y no sabiendo si Edward no se sentiría extraño a ese término, pero al ver su sonrisa, supe que no.

—Ya nos conocíamos, hemos salido un par de noches con Jacob, igual lo recordé de cuando íbamos a la universidad y él llegaba a buscarte —asentí a las palabras de Edward, sin ponerles la debida atención, no queriendo averiguar eso de sus salidas con ambos hombres, sin que ninguno me dijera algo—. Y me alegro que me consideres un amigo —sonrió realmente grande, y luego se puso serio cuando estuvimos cerca de otro médico—. Leah, él es el Dr. Carlisle Cullen, es quien está a cargo de Samuel.

Miré a Edward un poco confundida y él simplemente apretó los labios. Miré al alto hombre rubio que estaba delante de mí y no fue difícil encontrar su parentesco con Edward, compartían el mismo color de ojos y la forma de sus cejas. Estreché la mano que extendió a mi dirección. Suspiré y le pregunté cómo estaba mi esposo. Antes de hablar, nos apartó un poco del mostrador y me guio hacia las sillas de plástico azul que había en el lugar.

—¿Despertara? —fue lo primero que se me ocurrió preguntar, al percatarme que nadie más nos escuchaba.

—Sí, estamos esperando que se estabilice, por el momento está en un coma inducido —me dijo el médico, revisando un bloc de notas—. El señor Samuel se salió de la carretera en el kilómetro cuarenta y uno. Su auto cayó por un barranco y quedó atrapado debajo del vehículo. Presenta graves quemaduras de tercer grado en el rostro y en la parte derecha de torso y brazo —mi respiración se atoró en mi garganta al escucharlo. Samuel apreciaba cada centímetro de él y esas quemaduras dejarían cicatrices de por vida—. También lamento decirle, pero al quedar aplastado por el auto, su columna y cadera quedaron destrozadas. Lo siento, señora, pero su esposo quedara parapléjico.

Me dejé caer sobre las sillas, y me apoyé con los codos en las rodillas, ocultando mi cara entre mis dedos. No sabía que fuera tan grave, y lo que no era angustia ni preocupación, se convirtió rápidamente en tristeza. Empecé a llorar al pensarlo en ese estado. Si, quizá no estaba tan podrida como el pretendía que estuviera. Aun podía lamentar su estado, y no sabía si fue el saberle en ese modo lo que me hirió, o el hecho de saber que no era tan fría e inhumana. Cierto, sentía que lo odiaba, pero a pesar de que algunas veces deseé que se matara en la carretera bajo los efectos de las cosas que consumía, en este momento me daba tristeza de que haya sucedido.

Sentí los brazos de Seth a mi alrededor y me recargué por completo en su pecho. Lloré por un par de minutos, hasta que me sentí un poco mejor. Me avergoncé haberme descontrolado, tanto Edward como Seth sabían todo lo que me había hecho Samuel, y aun así me ponía a llorar. Me limpié el rostro y levanté la mirada. El padre de Edward ya se había ido, pero él estaba ahí. Al verme un poco mejor, se puso a mi altura y tomó mis manos.

—Puedes ir a verlo, si quieres, Leah —sugirió Edward.

—No sé si quiera hacerlo —musité, y me sentí terrible.

Lo lamentaba, pero aun así no deseaba verlo. Sólo de imaginármelo, era algo me parecía un poco desastroso. No quería reaccionar ante eso, no quería ver al hombre al que le temía casi muerto en esa cama, no quería verlo tan patético y débil, no deseaba sentir lástima o compasión al verlo vulnerable, él no iba a merecer nada de eso. Y tampoco quería sentir lo contrario, menos pensar que se lo merecía, que por fin estaba siendo castigado por todo lo que me hizo y terminó en el mismo sitio donde me envió a mí una vez por sus golpes.

—Es comprensible que no quieras verlo. Él te ha hecho tanto daño y ahora lo vas a ver en esas condiciones. Te juro que no estaría mal si decides no hacerlo, nadie podría reprochártelo —aseguró él, apretando más fuerte mis manos.

—Entonces no lo hare. No quiero verlo —dije con la voz firme.

Seth acarició mi hombro con cariño, como si eso fuera lo mejor. Carraspeé y miré a Edward a los ojos.

—Él tiene un seguro médico que cubre todo esto —le entregué los papeles que ya había aplastado con mi pecho y arrugado un poco con mis manos—. Ahí dentro está el número de teléfono de su madre, preferiría que le avisaran en la mañana, no ahorita. En verdad no quisiera encontrármela.

—Está bien, llevaré todo esto a la recepción y te traeré algunos papeles para firmar, para dar la autorización de que se le realicé una operación reconstructiva en la columna y cadera, mi padre no pudo quedarse a explicártelo, tuvo otra emergencia —se disculpó con la mirada y yo asentí.

—¿Y con esa operación volverá a caminar? —pregunté un poco indispuesta.

—No. No volverá a caminar, Leah, esa operación es para dejar cada hueso en su sitio, pero los nervios de su columna se dañaron de manera irreversible —confirmó.

Asentí, tragando la saliva con dificultad.

Mientras Edward entregaba los papeles que le había dado, me puse a pensar lo difícil que sería tratar de convivir con Samuel ahora que estaría en silla de ruedas. Su carácter era amargo, ahora se volvería insoportable. Él era un hombre activo y dominante, y tener su cuerpo confiscado a una silla de rueda lo volvería más agresivo, quizá aumentarían hasta el triple cada insulto que me dirigía. Y en realidad, no sabía si quería vivir con eso.

La respuesta era demasiado lógica y fácil para mí. No. No quería hacerlo. No quería vivir al lado de él en esas circunstancias, donde él me haría la vida imposible de ahora en adelante, por el puro gusto de que no podría golpearme o abusar de mí por estar parapléjico.

Pero, ¿no seré tan inhumana por dejarlo ahora que más dificultades tendría? La respuesta era muy sencilla. No. No sería inhumana, eso estaba muy claro, pues era como poner en una balanza todo lo que me había hecho y del otro lado, todo lo que estaba pasando, y ambas cosas eran culpa de él. ¿Cuántas veces no le pedí que no me golpeara o que no me insultara? ¿Cuántas veces no le supliqué que se detuviera cuando me violaba y él simplemente sonreía y continuaba haciéndolo? ¿Cuántas veces no le rogué para que dejara de golpearme, en el momento que sentía que mi cuerpo no resistiría más? ¿Y cuantas veces él se detuvo? Ninguna. En ningún momento me tuvo clemencia o piedad. Fue tan inhumano, tan cruel y despiadado. ¿Por qué debería ahora yo pensar en su bienestar, si él nunca pensó en el daño que hacía?

No quería estar más a su lado. No quería seguir ahí con él. Él no lo merecía y mucho menos yo merezco esa vida que sabía que me daría de ahora en adelante. Había pasado demasiado tiempo siendo su empleada doméstica, su objeto sexual, su perro apaleado. No pienso ni quiero convertirme en su devota esclava.

Y no lo haría. Si lo que Edward me confirmó era cierto, él no volvería a caminar, no me podría seguir mientras yo corriera lejos de él, no podría maltratarme más, ni podría hacerle algún daño a mi familia. Es más, le pediré a ellos que se fueran de aquí conmigo. Que no nos quedemos ni un segundo más, ahora que hay una puerta abierta delante de mí. Ahora que por fin mi libertad estaba agitando los brazos para acobijarme en ella. Cuando por fin tengo la oportunidad de ser libre. Cuando al fin puedo dejarlo sin daños colaterales. Y que la pieza más importante y frágil, yo en este caso, no había sido tan rota o destruida como Samuel pretendía.

—Quiero el divorcio —dije de repente con valor.

Miré a ambos lados de la estrecha sala, para saber si alguien más me había escuchado y que llegara a oídos de Samuel. Pero no, era libre por fin.

—¿Qué? —me preguntó Seth a mi lado.

Lo miré y sonreí.

Dejé de hacerlo, pues era terrible lo que iba a decir ahora, pero él merecía la verdad. Él merecía saber porque insistía con esas mentiras, porque le repetía mil veces que amaba a mi esposo y era feliz, y porque siempre tenía terribles accidentes.

—No lo amo, Seth. Dejé de hacerlo hace mucho. Cuando me engañó, cuando me dio la primera bofetada, cuando me llamó puta por primera vez —mi voz no tembló. Era mucho lo que había pasado y no pensaba contarle los detalles, no quería repetirlo y Seth no merecía conocerlos todos. Miré los ojos de mi hermano y no los aguanté. Estaba lleno de ira y dolor al verme. Bajé la mirada, colocando la vista en su cuello—. Cuando empezó a golpearme sin piedad, cuando dejaba marcado mi cuerpo, cuando me violaba. Sí, dejé de amarlo. Y también empecé a tener miedo, miedo a su boca, a sus manos, a sus brazos, a sus piernas, a todo él. Miedo a sus palabras, amenazas, a esa pistola que guarda en el segundo cajón del closet y con la que juró matarte si yo me iba de su lado. Le tengo demasiado miedo. Pero ahora él está allá, muriéndose, parapléjico. Castigado por su propia mano, y yo soy libre, pues no deseo quedarme aquí, cuando tengo esta oportunidad.

—¡Maldita sea, Leah! —gritó, levantándose de la silla, alejándose de mí como si fuera fuego.

Empezó a caminar delante de mí, colocándose ambas manos en la cabeza, jalando su cabello. Luciendo malhumorado y dolido. Sus manos temblaban y sus pasos eran demasiado firme.

—Guardé silencio, señor, por favor —pidió la señora que atendía el mostrador, una mujer ya entrada en años y, por su rostro, de carácter muy fuerte.

Edward también lo escuchó y se cruzó de brazos, mirándolo a él, y luego levantando una ceja a mi dirección. Negué con la cabeza, no fue el mejor momento ni el mejor lugar para haberle dicho eso. Pero no podía más con todo. Cada vez que lo veía a él o a mamá, deseaba poder hacerlo, confesarme, pedirle ayuda de rodillas, pero ahora Seth estaba histérico, furioso conmigo. O con Samuel.

—Te lo pregunté miles de veces, y miles de veces me juraste que él no te hacía nada. No te creía, pero no podía hacer nada si tú no te dejabas ayudar —dijo en voz alta, y la enfermera del mostrador elevó una ceja disgustada y apretó los labios.

Edward la apaciguó y se volvió a acercar a nosotros.

—Seth, por favor —le pedí, y él me miró con coraje.

—He escuchado esa frase demasiadas veces, Leah, siempre respecto a él y pidiéndome que no hiciera algo en su contra. ¡No más! —exigió.

—Cálmate, Seth, si no tendré que pedirte que salgas del hospital —dijo Edward, delante de él.

—Cómo quieres que me calme, mi hermana me acaba de decir que el desgraciado de su esposo, que se está muriendo en uno de estos cuartos, la ha golpeado, insultado, violado y amenazado, y no había pedido ayuda porque él le dijo que me mataría —dijo de corrido, sin respirar.

Empezó a bufar con un toro bravo y bajó el rostro. Miré a mi alrededor, esperando ver miradas curiosas o desdeñosas sobre mí, pero aparte de nosotros tres y la señora del mostrador, quien apartó la mirada al ver mis ojos, luciendo avergonzada, el lugar parecía desierto.

—Yo lo hubiese matado al primer golpe hacia a ella, lo hubiera torturado y cortado los malditos huevos al saber que la violaba. Yo… yo… hubiera muerto para que la dejara en paz.

Empecé a llorar al escucharlo, enterrando nuevamente el rostro en las manos. Eso último era lo que quería evitar, eso último fue lo hizo que me quedara ahí. Porque amaba a Seth, más que a mí, y si para que Samuel no le hiciera daño a él y a mamá, era quedarme a su lado, pues que así fuera. Lo haría de nuevo sin pensar. Todo por él y por ella.

Levanté el rostro al sonido de un sollozó. Seth lloraba, con los hombros caídos y la cara agachada. Su pecho se movía por el llanto, y Edward puso su mano sobre su hombro, comprendiéndolo todo. Edward igual lucia perturbado, con la mirada fija en otro lado, no mirando nada en especial, pero sabía que estaba luchando para que nada le afectara.

—Seth —llamé.

Me levanté de la silla y me acerqué a ellos. Edward se alejó, cediéndome su lugar delante de mi hermano. Tomé sus manos y busqué sus ojos. Seguía llorando, con los parpados cerrados, y las lágrimas caían de su barbilla.

—Seth, lo lamento —murmuré.

—¿Por qué te disculpas, maldita sea? Es él quien tiene que pedir perdón y arrodillarse, al menos intentando que yo le perdoné la vida por haberte hecho todo eso —contestó, imprimiendo rencor en cada letra.

—Lamento habértelo dicho de esta manera, a esta hora y en este lugar. Lamento haberme callado y no pedir ayuda. Lamento ser cobarde y tenerle miedo, pero era miedo por mi familia. Lamento…

—Cállate —pidió, y sus brazos me envolvieron por completo.

Apreté mis brazos alrededor de su cintura y puse mi cara en su pecho. Él me apretó demasiado fuerte, dolía un poco, pero era un dolor bueno, de esos que te obligan a vivir. Sentí el temblor de su cuerpo, haciéndome saber que lloraba de nuevo y mis lágrimas se desbordaron de igual manera. Escuché su corazón desbocado, como si hubiese corrido kilómetros lejos de aquí sin detenerse a respirar. Quizá su mente lo estaba, recreando todos aquellos escenarios al que fui sometida, tratando de colar imágenes de mí y Samuel en horrorosas posiciones. Quizá se imaginaba todo, cada situación, cada acto, cada gesto, y me dio más vergüenza que nunca.

Esto era demasiado, demasiado fuerte para mi hermano, demasiado duró para mí. No quería pensar en cómo se pondría mi madre al saberlo todo. Ella tampoco lo soportaría. Pero si yo lo soporté y salí viva, estoy seguro que ellos los harían al escucharme y superarían conmigo toda esta situación. Todos saldríamos de ésta. Estaba segura. Valía la pena intentarlo. Era la vida de que la hablábamos.

Al separarme de mi hermano, todo fue demasiado rápido. Seth dijo que me llevaría a casa, que no había caso que me quedara y le dije a Edward la decisión que había tomado de divorciarme. Él dijo que era lo mejor, que debí haberlo hecho hace mucho tiempo y que sabía que Seth me ayudaría en todo momento. Yo asentía a sus palabras, y le agradecí por todo lo que había hecho por mí. Él dijo que no era nada, que éramos amigos y eso es lo que se hace por los amigos. Me guio al mostrador y la señora aun disgustada y claramente incomoda, me hizo firmar los papeles que me había dicho ya Edward. Los firmé sin pensar y Seth preguntó si no había uno para realizar eutanasia en Samuel.

Edward dijo que eso podría ser buena idea, pero la señora definitivamente no lo tomó bien, y aclaró que en ese hospital no se practicaban tales cosas, arrugando más el rosto lleno de arrugas. Seth suspiró y sin vergüenza lamento que no se pudiera. Yo le golpeé el brazo, para que no siguiera hablando y no molestara más a la mujer que nos miraba mal. Pero Edward tenía algo de razón, cuando Samuel despertara y viera cómo había quedado, también querría morir, pero no sería yo quien le diera tan piadosa acción.

Le dije a Edward que mañana temprano lo llamaría por si requerían otra cosa para Samuel y le recordé que se comunicaran con su madre, ella vendría desde Minnesota. Yo no vendría aquí hasta que fuera estrictamente necesario, y esperaba que eso no sucediera en verdad. Al fin de cuenta, todos sus gastos serían cubiertos por el seguro, y pensé en pedir el papel que me libraba de todo poder sobre la vida de mi esposo.

Lo pensé un instante, y al siguiente, ya le estaba pidiendo el documento para firmar, donde autorizaba que su madre tomara las decisiones de ahora en adelante, muy a su conveniencia. En verdad no quería ver a esa mujer, mujer que sabía todo lo que su adorado hijo me hacía, y ella decía que así tenía que ser un matrimonio.

—Un hombre tendrá aventurillas insignificantes, pero siempre volverá a su hogar. Un golpe o dos, tampoco está mal, Leah, eres su esposa y debes obedecerlo, así de fácil. Además, el divorcio es de mal gusto —decía mientras bebía una, tras otra y otra copa de whisky, mientras Samuel me obligaba a ir a verla durante su primera semana de vacaciones y me dejaba con ella, para que él pudiera disfrutar el encuentro con sus amigos y las putas con las que me engañaba.

Y quizá por esas palabras era que Samuel no se divorciaba de mí. Sí, él podía maltratarme hasta donde quisiera, podría dejar de amarme y respetarme, pero nunca debería divorciarse. Por culpa de su machista crianza era que Samuel era un monstruo. Bueno, puede que la mujer y su marido difunto, no tuvieran tanta culpa de las acciones y decisiones de su hijo, Samuel era libre de elegir lo que más quisiera, conociendo el bien y el mal de cada acto, pero eligió seguir esa maldita manera de pensar, así que evitaría lo más que pudiera verme con él y con ella.

—Leah —me detuvo Edward cuando ya caminaba a la salida, abrazada por Seth.

Me giré y él se acercó a nosotros.

—Jacob te sigue esperando —dijo, dándole un ligero tono divertido a esa frase, haciéndola sonar algo comprometedora a oídos de cualquiera. Lo miré sonreír un poco.

—¿Jacob? ¿Jacob Black? —preguntó Seth, confundido— ¿Te has estado viendo con él?

—Sí y no. Lo he visto una sola vez y no como tú piensas —aclaré. Edward sonrió disimuladamente y apretó los labios al mirar mis ojos molestos—. Edward me llevó con él para que iniciara los tramites del divorcio, hace más de un mes.

—Sí, y desde entonces él sigue esperando que lo hagas. Y si este es el momento, deberías ir a verlo —aconsejó Edward.

—No te preocupes, yo la llevaré mañana temprano —contestó Seth, antes de que yo pudiera decir algo.

—Gracias. Es lo mejor, Leah, él está muy dispuesto a ayudarte. Sabes que él te… aprecia mucho.

Sentí mis mejillas arder un poco por eso, y bajé la cara, al ver que ambas cejas de Seth se elevaron con asombro. Al igual que mi confesión hacia mi hermano, decir eso no era necesario, ni este era el lugar idóneo. Y lo dicho por Edward, volvía a sonarme disparatado, como el hecho de que ya estaba un paso más cerca de mi ansiada libertad.

—No me sorprende. Anda, vamos. Adiós, Edward —se despidió Seth y me jaló para volver a caminar.

Llegamos a su auto y me abrió la puerta del copiloto. Camino hacia su puerta y se sentó, encendió el motor y dio la vuelta, manejando por el mismo camino por donde habíamos llegado.

No quería ir a esa casa. Muchos podrían decir que tenía suerte, mi marido era muy trabajador y me había dado una casa grande, con un enorme patio y lejos de vecinos, lujosa y bien acomodada; cuando estaba vacía, me pareció terriblemente helada, y a pesar de los muebles, cuadros y adornos, que me equivoqué al pensar que darían esa sensación de hogar, me siguió pareciendo fría. No fue de mi agrado en realidad, era demasiado grande para nosotros dos, y más porque él trabajaba todo el día y no me permitió a mi ejercer mi profesión de fisioterapeuta, aclamando sus celos difíciles de controlar.

Acepté no trabajar, ese fue mi primer error, segura de que luego podría convencerlo. Claramente no fue así, me vi confiscada a esa casa, al principio por gusto resignado y luego por obligación sin opción. Samuel tampoco había resultado ser tan cálido como pensé y me hizo ver al principio, y a pesar de que mi bonita casa se llenara de muebles y adornos, seguía pareciendo tan superficial, incomoda y terriblemente silenciosa, y cuando empezó la pesadilla, se volvió tétrica y aunque me afanaba limpiando cada rincón, a mí me parecía que siempre estaba polvorienta, como casa de películas de terror, donde sabías que algo atacaría si te distraías.

No, no quería volver ahora que no estaba obligada hacerlo.

—No quiero ir allí —le dije, antes de que empezara doblar la siguiente calle.

No quería volver más. No quería hacerlo jamás otra vez. Iría por mis cosas luego, y no volvería pisar nunca más ese lugar.

—De acuerdo, iremos a mi departamento —aceptó Seth, y dio la vuelta. Su departamento quedaba cerca del centro, así que no tardaríamos en llegar.

—Gracias —dije

Miré hacia el caminó, absorta observando como la calle se iluminaba por la luz amarillenta del auto y los comercios completamente cerrados, todo parecía tan tranquilo ahora que había pedido el divorcio, como si el mundo estuviera en paz. Pensé en lo que Seth había dicho al despedirse de Edward, y quise saber la razón de ello.

—¿Por qué le dijiste eso a Edward?

—¿Eso de qué no me sorprendía? —preguntó. Yo asentí y él volvió a mirar el camino después de sonreír un poco—. Conozco a Jacob desde hace más de dos años. Es buena persona y excelente amigo, él fue quien me encontró el departamento. Pero eso no importa ahorita, luego te contare bien. Lo vi muchas veces cuando papá y yo pasábamos por ti a la Universidad, él siempre estaba con Edward e Isabella.

—Tu amor platónico, ¿no? —reí un poco. Asintió divertido, recordando a Isabella en la escuela, cuando él era apenas un adolescente de quince años.

—Sí, ella. El caso es que Jacob y yo nos volvimos a ver en el gimnasio y nos hicimos amigos —eso ya lo sabía, y hablaría de eso luego con Seth. Asentí a sus palabras y continuó—. Él me reconoció al instante como tu hermano y me preguntó por tu vida. Le dije lo que habías hecho y me confesó que, en la universidad, él perdía la cabeza por ti. Es muy hablador, la verdad. Pero bueno, ahora que Edward lo mencionó, no me sorprende que quiera ayudarte, estuvo enamorado y seguido me pregunta sobre ti, así que no es difícil unir los cabos.

—¿Qué cabos? —cuestioné.

—Que te sigue queriendo de algún modo. O al menos, te guarda el suficiente cariño como para estar desesperado por ayudarte con tu divorcio —alegó con suficiencia, como si conociera el mayor secreto del mundo.

Quería negar a eso, pero lo último no sonaba tan errado. Quizá me guarde el mismo cariño que yo siento por él; un cariño enterrado entre olvidos de mi parte y pequeñas sensaciones apenas revividas. No podía pensar bien como era eso, no podía pensar bien en nada más ahora.

—Y si, vamos a ir a verlo mañana temprano a su oficina. No es secreto que es un excelente abogado, trabaja en el mismo bufete que se encarga de las negociaciones de la ensambladora donde trabajo —explicó rápidamente.

—Está bien, no tengo cabeza para buscar a alguien más —dije con un suspiro resignado.

No temía ver otra vez a Jacob, la primera vez no había resultado tan terrible, muy incómodo si, malo no. Solamente esperaba que todo fuera rápido y salir ya de la vida de Samuel Uley.