Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Magnolia822, yo solo la traduzco.


AN ACQUIRED TASTE

Capitulo nueveUn juego de ajedrez

La mañana del lunes vino con la habitual locura de actividad y me encontró bebiendo un café con leche gigante para aclararme la cabeza nublada y los ojos legañosos. Había estado intentando, sin éxito, no obsesionarme con el discurso de Edward en la fiesta. No me sorprendí nada cuando Emmett llevó una enorme caja marrón de cartón a mi oficina. La dejó en el suelo con un ruido sordo y se estremeció, frotándose el cuello.

― Mierda, eso pesa, ― dijo, jadeando. ― Casi me caigo por las malditas escaleras.

― ¿Qué demonios hay ahí? ― pregunté, acercándome para investigar. La caja parecía bastante inofensiva, pero sabía por experiencia que, si era de Edward, podía contener cualquier cosa.

― Titanio, estoy seguro.

Fruncí el ceño y crucé los brazos, deseando tener superpoderes para poder abrir un agujero con mi mirada.

Finalmente Emmett recuperó el aliento y, con un fluido movimiento de su cuchillo Exacto, abrió la caja.

Un pequeño sobre, dirigido a mí con la limpia caligrafía de Edward, estaba encima de lo que parecía un suministro de por vida de comida de gato Savory Salmon. ¿Le había dicho qué comida le gustaba a PV, o era Edward algún tipo de psíquico de gatos?

Sacudiendo la cabeza para borrar ese tonto pensamiento, abrí el sobre y leí la corta nota que había dentro, intentando contener el entusiasmo que crecía en mi pecho.

Querida Bella,

espero que el contenido de esta caja le guste más a tu hija. Entiendo que no me he ganado el derecho de llamarla mía, pero estaba esperando que el fin de semana te hubiera dado tiempo para considerar mi petición de darme la oportunidad de decir mi parte.

Fue un placer verte la otra noche en la casa de Lady Gaga. (Nunca creí que escribiría eso en una carta – la parte de Gaga, no la parte sobre verte. Ah, sabes a qué me refiero, espero). De todas formas, sabes cómo encontrarme por email. No te molestaré más si no quieres seguir sabiendo de mí, pero me gustaría hablar.

Hasta entonces, me considero a mí mismo "en jaque",

-Edward

¿En jaque? ¿Qué era eso, una referencia de ajedrez? Maldición, ¿por qué no sabía más de ajedrez?

― ¿Por qué estás sonriendo? ― preguntó Emmett con tono escéptico. No me había dado cuenta de que estaba sonriendo. Inmediatamente luché por controlar las comisuras de mis labios.

― Por nada.

― No estoy seguro de que me guste que otro hombre le envíe a mi novia regalos y notas que la hacen sonreír. ― Emmett me dio con un dedo en el costado, bromeando pero sonando algo serio. Levanté la cabeza, notando la expresión de preocupación de su cara.

― Te estás tomando esto un poco demasiado en serio, creo.

Emmett se apretó el pecho. ― Oh, eso duele. ― Se sorbió la nariz. ― Creí que me querías.

― No la cosa del novio, ― dije, ― aunque cuando me metiste la lengua hasta la garganta, creí por un segundo que te habías convertido en hetero por el susto. Hablo de lo de Edward. Solo quiere tomar café, té, lo que sea. No es para tanto.

Emmett levantó una de sus peludas cejas. ― Y yo soy el Dalai Lama.

― Perdóneme, Su Santidad. Tanto tiempo siendo amigos y yo sin saberlo, ― dije con una pequeña reverencia.

― Así que, ¿vas a aceptar?

Me mordí el labio inferior mientras releía la nota. La idea de ver a Edward de nuevo... no era tan horrible. Pero todavía no creía que fuera una buena idea. Pero, ¿no merecía él una oportunidad para decir lo que tuviera que decir? ¿No sentía yo curiosidad por ello, por la disculpa que había estado esperando pero nunca imaginé conseguir?

¡Sí! La voz de mamá gritó dentro de mi cabeza.

No. Absolutamente no, añadió la voz de papá. Y llámame, niña.

Decidí ignorar las dos voces por el momento, encogiéndome de hombros mientras volvía a guardar la nota en el sobre.

― Todavía no estoy segura.

― ¿No estás segura sobre qué? ― Rosalie se había materializado en la puerta. Parecía exhausta, pero estaba morena por el par de días que había pasado en el sur.

― ¡Mamacita! ― Emmett la levantó y dejó un beso en su frente. Ella le devolvió el abrazo con fiereza, maldiciendo cuando la levantó del suelo. Los miré divertida; en otra vida habrían sido perfectos el uno para el otro.

Cuando yo recibí mi abrazo, Rosalie sacó su cámara y procedió a mostrarnos un millón de fotos del bebé. La pequeña Carmen, llamada así por la madre de Alice, que había muerto cuando ella solo tenía diez años, había nacido sana y pesando 3,7 kilos. Tenía la cabeza llena de pelo oscuro y la cara arrugada y roja, pero sería hermosa en cuando dejara de representar a Gilbert Gottfried.

― Alice se ve bien, ― dije, deteniéndome en una imagen. Jasper y Alice estaban sentados juntos en la cama del hospital, mirando a su hija con expresiones maravilladas.

― Esa mujer no parece humana, ― murmuró Rosalie. ― Lo juro, ni siquiera le pusieron la epidural, ¡y es enana! Juro que creí que su vagina iba a desgarrarse cuando...

― La la la la la la la, ― Emmett cantó todo lo alto que pudo. Se metió los dedos en las orejas y cerró los ojos como una perra por la mención de una vagina desgarrándose.

― Tú ni siquiera tienes vagina, Emmett. Al menos eso creo. ― Rose cogió su teléfono y lo volvió a guardar en el bolso.

― Cierto, pero tengo una imaginación muy activa.

Finalmente, la atención de Rose fue a la caja que había en el suelo. Echó un vistazo y cogió una lata de comida para gatos, girándose hacia mí con una expresión inquisitiva.

― ¿Qué has hecho, comprar acciones de Fancy Feast? No vas a usar esto en lugar del paté, ¿verdad?

Nosotras habíamos bromeado a menudo con sustituir el foie gras por comida de gato en las bodas de parejas quisquillosas que particularmente detestábamos. En realidad no lo habíamos hecho... todavía.

― No, es otro regalo del chico amante, ― dijo Emmett antes de que yo pudiera responder.

Cogí la lata y la volví a dejar en la caja, cerrándola lo mejor que pude. ― Pero yo creí que tú eras mi amante, Em. ¿Qué estás diciendo, quieres romper?

― Espera un segundo, ― dijo Rose, levantando las manos. ― Rebobina. ¿Qué demonios pasó en los tres días que estuve fuera?

Con algunas intervenciones de Emmett, le conté a Rose toda la saga Gaga. Ella escuchó con atención, soltando un ― ¡Sí, joder! ― cuando llegué a la parte sobre Athena y las barritas de pescado

― Por cierto, ese es un nombre genial para una banda, ― murmuró Emmett.

Rose le dio un empujón y luego se volvió a mí. ― Así que, ¿Edward dijo que lo sentía?

― Um... eso creo.

― ¿Quiere tomar ? ― Rose mostró su burla arrugando la nariz. Ella solo bebía café, agua y alcohol: la santa trinidad.

― Sí.

― Y él cree que Emmett es tu novio.

― Esos son los detalles grandes y pequeños. ― Solté una risita cuando me di cuenta de lo que había dicho.

― GRANDE, ― nos aseguró Emmett. ― Muy grande.

― Más te vale que lleves algo de alcohol que añadirle a ese té, porque si no, no sé como vas a sobrevivir a ello. ― Rose se sentó en el borde de mi mesa, cruzando las piernas y los brazos.

― Esto no es una buena idea, ― dijo. ― No me gusta.

― Todavía no ha dicho que sí, ― añadió Emmett.

― ¿Vais a relajaros vosotros dos? Tened algo de fe en mí. ― Levanté la voz. ― Solo es un té. Dios mío.

Emmett rodó los ojos y se inclinó contra mi mesa al lado de Rose, tomando la misma posición de los brazos cruzados. Me sentía como si me enfrentara a una pelotón de fusilamiento de dictadores altamente opuestos a las relaciones.

― Así que, ¿vas a hacerlo?

Las palabras salieron antes de que tuviera siquiera la oportunidad de pensar. ― Tal vez. Pero lo más probable es que sea un asco.

― Probablemente, ― dijo Emmett. Luego soltó un suspiro dramático. ― Pero nunca lo sabrás hasta que lo intentes.

Rose asintió, afirmando las palabras de nuestro amigo, el sabio.

Jaque mate.

- . - . - . - . -

Llevar noventa kilos de comida de gato por las calles de Nueva York mientras llevas tacones no es divertido. Incluso con la plataforma móvil que había tomado prestada de La Vie, la cosa era difícil de manejar y bloqueaba casi toda la acera, forzando al resto de peatones a caminar por la calzada por el riesgo de sufrir heridas graves.

Cuando llegué a mi edificio, me encontré con otro reto: no podía levantar la caja y tampoco podía subir la plataforma por las escaleras. En su lugar, tuve que hacer varios viajes con bolsas de la compra llenas de latas, ganándome algunas miradas interesantes de gente que pasaba por allí.

Y luego estaba la cuestión de dónde iba a guardarlas. Los armarios de mi pequeño apartamento ya estaban hasta arriba de ropa, zapatos, productos de limpieza y distintas provisiones de mi madre llena de culpa. Frustrada y exhausta, colapsé en el sofá mientras PV admiraba la cornucopia.

― Es tu favorita, ― le dije. ― Puedes entusiasmarte.

Olisqueó las latas y luego volvió su atención a la caja gigante. Con un grácil salto, preparó el terreno y aterrizó dentro. Se rascó ahí dentro, complacida como si le hubiera llevado a casa su propio centro de juegos para gatos. Si Edward hubiera sabido que le gustaría la caja mucho más que la comida, se podría haber ahorrado el gasto.

Unos minutos después, mi estómago gruñó. Necesitaba comer y cambiarme la ropa del trabajo, pero primero tenía que llamar a mi padre. Llevábamos un par de semanas sin hablar y, aunque le gustaba darme libertad, se preocupaba porque viviera sola en la "gran ciudad".

Respondió, como siempre, al tercer tono.

― Hola, papá, ― dije mientras me ponía de pie y me estiraba. Me crujió la espalda y me quité los zapatos con los pies, preguntándome porqué me los había dejado puestos tanto tiempo.

― Hola, niña, ― contestó. ― Estaba pensando en ti.

― Yo también, ― dije, caminando hasta el dormitorio para quitarme la falda.

― ¿Qué has estado haciendo? ¿Cómo va el negocio?

― El negocio va genial, ― dije, poniéndome unos pantalones cómodos. ― Cubrimos una fiesta en la casa de Lady Gaga el pasado fin de semana.

― ¿Lady Quien? ― preguntó papá. Pude imaginarle rascándose la cabeza.

― Es una cantante. Una cantante famosa. Se puso un vestido de carne... da igual, ― dejé la frase, tomándome un momento para quitarme la camisa. Cundo volví a llevarme el teléfono al oído, mi padre se quejó malhumorado.

― No me gusta como suena el que estés sola en una fiesta salvaje.

― No estaba sola. Emmett estaba ahí. ― A pesar del conservadurismo de mi padre, en realidad se llevaba bastante bien con Emmett. Él había sido uno de los que propusieron abolir la política de no hacer preguntas mientras estaba en el ejercito... una opinión poco popular en ese momento.

― Eso está bien, ― dijo. ― ¿Tienes al menos el spray de pimienta que te di?

¿Uno? Ja. Tenía un cajón lleno de ellos. Cumpleaños, Navidad, Acción de Gracias, el Día de la Bandera; fuera cual fuera la ocasión, Charlie me armaba con otra lata de veneno en aerosol.

― Sí. De verdad, no te preocupes.

Hablamos un poco sobre lo normal: pesca, baseball, la potencial candidatura de Sarah Palin (un prospecto que yo temía pero que a mi padre le encantaba en secreto). Finalmente, dijo algo que no me esperaba.

― Deberías llamar a tu madre, ¿sabes? Se preocupa.

― ¿Qué? ¿Por qué? ― Por lo que yo sabía, mis padres llevaban años sin hablar. ― ¿Cuándo has hablado con Renee?

― Oh... uh... ― no dijo más, habiendo sido pillado con la guardia baja por mi rápido cuestionario.

― Papá, ¿has hablado con mamá?

― Hemos... hablado. Un poco.

― ¿Qué significa eso? ― pregunté, al tanto de que mi voz se había puesto chillona sin permiso.

― Significa... no lo sé. Significa que hablamos.

― ¿Significa que habláis de mí? ¿De vosotros?

― De muchas cosas. De nosotros. En realidad, ella está pensando en venir de visita.

― ¿Venir de visita? ¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto?

El volumen de mi voz subió. De repente, me sentí como una adolescente enfadada de nuevo, fuera de control y emocional.

― Bella, cálmate, ― dijo Charlie, recuperando su autoridad. ― Soy tu padre y ella es tu madre. No tenemos que responder ante ti. Solo estamos hablando. Llevo mucho tiempo sin ver a Renee y... la gente cambia... la gente...

― ¡La gente no cambia! Papá, ella nos dejó. Te dejó. No puedo creer que realmente estés considerando esto.

Caminé de un lado a otro en mi habitación, tirando del borde de mi camisa nerviosa. Odiaba lo vulnerable que esto me hacía sentir, por mí, por mi padre. Incluso aunque él tenía un exterior duro, mi padre tenía un corazón tierno. Él había estado enamorado de ella todos esos años, y no había forma de que ella lo mereciera.

― Bella, ― dijo de nuevo. ― No soy tan estúpido como para creer que va a pasar algo, ¿vale? Pero si ella quiere venir, la veré. Tuvimos una vida juntos, ¿sabes?

Respiré profundamente, dejando que las palabras de mi padre calaran en mí. Él tenía razón, después de todo. Era un adulto. Y en realidad podía hacer lo que quisiera.

Hablamos unos minutos más, pero la incomodidad se mantuvo cuando colgamos. PV todavía se lo estaba pasando de miedo en su nuevo palacio y no parecía estar interesada en la cena. Yo tampoco lo estaba.

Me senté en el sofá, pasando de un canal a otro y evitando el Canal Cocina como la plaga. El programa de Edward tenía un anuncio cada segundo, y realmente no quería ver su malditamente atractiva... molesta cara mientras yo luchaba con esta decisión.

Esa cosa con mis padres me había dejado pensando. Claro, les había dicho a Rose y Emmett que encontrarme con Edward no era para tanto, pero...

De repente, me sentí al borde de una epifanía. Realmente nunca había perdonado a mi madre por abandonarnos a mí y a mi padre. ¿Había permitido de alguna manera que mi enfado con ella, mi indisposición a perdonar, manejara toda mi vida? ¿Es que no quería que Edward se disculpara? ¿Había algo en demonizarle que disfrutaba, de lo que dependía incluso?

Mierda. ¿Tan jodida estaba?

Sintiéndome algo alarmada y ligeramente impresionada por mi auto-reflejo, fui hasta mi ordenador y lo encendí, abriendo mi cuenta de Gmail para revisar mi correo personal. Facturas, cupones descuento, un correo de Emmett que contenía la foto de un tipo con una polla gigante.

Que bien. Guardaría esa en la carpeta llamada "Impuestos".

Fue entonces cuando noté el punto verde al lado del nombre de Edward, indicando que estaba "disponible".

Resoplé por el doble sentido. Pero luego mi corazón empezó latir con fuerza en mi pecho. Si quisiera, podría darle las gracias por la comida de gato. Podría aceptar su invitación para tomar el "té". Podría...

De repente sentí nauseas. Mi estruendoso pulso se hizo más alto, llenando mis oídos. No podía entender mi nerviosa reacción, incluso mientras intentaba y fallaba al controlarlo. ¡Solo era un chat de Gmail, por el amor de Dios! Si podía hacer el catering para una fiesta de Lady Gaga, podía decirle ― hola, gracias por la comida de gato ― a Edward Cullen.

Pero entonces el punto verde desapareció, dejándome extrañamente decepcionada, a pesar de la evaporación de mi miedo.

Cada noche de esa semana, encendí mi ordenador esperando ver la luz verde de Edward otra vez, pero no lo hice. Por alguna razón, no era capaz de enviarle un email. Lo intenté. Escribí mensajes, los borré y lo intenté de nuevo. Nada de lo que decía parecía correcto. No era capaz de hacer que mi necesidad de auto-protegerme y mi deseo de... verle, convivieran.

Finalmente, el viernes por la tarde, llegó una nota.

Querida Bella,

no puedo decir que esté decepcionado por no saber nada de ti. Es probable que haya muchas razones para tu continuado silencio, y estoy seguro que una de las principales es tu inquietud en cuanto a mis intenciones.

Vas a encontrar también algo que tal vez recuerdes. Si es así, espero, una última vez, que consideres escucharme.

-Edward Cullen

Miré dentro del sobre y me quedé sin aliento cuando vi una pequeña y perfecta concha negra.

El diminuto objeto funcionó como una llave, abriendo un recuerdo distante. Nosotros dos buscando conchas en la playa, algunas gaviotas solitarias buscaban entre los residuos que había dejado una ola.

Quería haber traído un bote lleno de conchas a Nueva York, pero no habíamos tenido mucha suerte en encontrar especímenes intactos. Fuera en Outer Banks, las olas eran demasiado fuertes. Las conchas se rompían en la playa, destrozadas por las olas. Esa no era una zona marítima tranquila.

― Están todas rotas, ― me quejé, pasando las manos por la arena inútilmente.

― Hey, mira, ― dijo Edward, a unos centímetros de distancia. Tenía en su mano una pequeña concha negra, perfectamente redonda y suave. Se sentó a mi lado y me cogió la mano, dejando la concha en mi palma. ― Es bonita. ¿La quieres?

Supe, por la forma en que sonreía, que, aunque no fuera a admitirlo, quería quedársela.

― No, ― dije, devolviéndosela. ― Esta es tuya. Para que me recuerdes.

- . - . - . - . -

Esa noche, tras una agotadora boda en Long Island, finalmente llegué a casa después de media noche. Antes de irme a la cama, revisé mi correo electrónico, esperando que tal vez...

Su luz verde estaba encendida. ¿Edward en casa un viernes por la noche? Rodé los ojos, preguntándome si Athena estaba ahí con él. ¿Realmente creía que no se acostaban?

Parte de mí lo hacía, pero yo no confiaba en Edward; ni siquiera después de lo de la concha. Demonios, podría haber cogido una en cualquier playa y fingir que la había guardado todos esos años. No significaba nada.

Aún así, me encontré a mí misma conteniendo el aliento mientras hacía click en su nombre.

Bella S: Hola.

Pasó un minuto. Nada.

E. Cullen: Hola.

Bella S: ¿Qué haces?

Casi me di un golpe en la frente después de presionar intro. ¿Qué tenía, quince años? Me sentí como una idiota mientras esperaba a que respondiera.

E. Cullen: Oh, ya sabes, acabo de volver de arrasar pueblos y secuestrar niños. Todo en un solo día. ¿Tú?

Bella S: Lo mismo.

E. Cullen: LOL

Bella S: ¿LOL?

E. Cullen: ¿Qué, no puedo usar lenguaje de internet?

Bella S: Simplemente es divertido. Suenas tan formal en las notas que me envías.

E. Cullen: Oh, ¿así que las has recibido?

Dejé salir un "oof" cuando PV saltó a mi regazo. La acaricié detrás de las orejas, intentando descifrar el tono de Edward.

Bella S: ¿Se supone que eso debe ser sarcástico?

E. Cullen: ¿Tú qué crees?

Bella S: Sí.

E. Cullen: Asumes correctamente.

Bella S: Gracias por toda la comida de gato. Siento no haber respondido antes.

E. Cullen: ¿Has recibido la concha?

Bella S: Sí. Dime la verdad. ¿Es real?

E. Cullen: ¿Una concha real?

Bella S: Ja ja.

E. Cullen: Sí, es real.

Bella S: No tengo ni idea de como se supone que debo interpretar eso.

E. Cullen: Pareces bastante buena en interpretar.

Bella S: No en lo que a ti se refiere.

Pasó un momento sin que respondiera y yo miré fijamente la luz verde, preguntándome si desaparecería frente a mis ojos, igual que él había desaparecido de mi vida años antes. PV masajeó mis piernas y sus afiladas pezuñas se clavaron a través de la tela de algodón de mis pantalones.

― Ow, ― dije, apartándole dulcemente las patas. ― Alguien necesita que le corten las uñas.

Me miró con los ojos entrecerrados y volvió a masajear.

E. Cullen: No te das el suficiente crédito. No soy tan complicado como parezco.

Bella S: Tú te das a ti mismo demasiado crédito. Quieres parecer más complicado de lo que eres.

E. Cullen: ?

Bella S: ::encogimiento de hombros::

E. Cullen: Veo que tú también conoces el lenguaje de internet.

Bella S: Me manejo.

E. Cullen: ¿De qué hablábamos? Oh sí, la concha. Sí, es la de la playa.

Bella S: ¿La guardaste?

E. Cullen: ¿Es tan difícil de creer?

Bella S: Un poco.

E. Cullen: Realmente no te crees una palabra que sale de mi boca, ¿verdad?

Bella S: Creo que ahora estás tecleando, ¿no?

E. Cullen: touché.

E. Cullen: No digo que tenga una buena explicación. Simplemente es una explicación.

Bella S: Vale, bien. Reunámonos. ¿Cómo es tu horario?

E. Cullen: Una locura. ¿El tuyo?

Bella S: Lo mismo, pero probablemente más flexible.

E. Cullen: ¿El domingo tal vez?

Mis nervios adormecidos se despertaron de nuevo. Eso era en solo dos días.

Bella S: Me va bien.

E. Cullen: ¿Estás segura de que a tu novio no le importará?

Mierda, casi me había olvidado de la cosa de Emmett. Bueno, no, eso era bueno. Emmett era mi amortiguador. Aún así, su insinuación de que mi falso novio gay dictaba a quién veía y a quién no me molestó.

Bella S: No. Esto no es una cita. Y, de verdad, intento no dejar que los hombres de mi vida dicten qué hago. ¡Puedo salir de casa sola y todo!

E. Cullen: Pero solo las noches de luna llena, ¿verdad?

Bella S: Hey, Edward. ¿Quieres que te devuelva la concha?

E. Cullen: Eso estaría bien. Extraño mi concha.

Bella S: Que pena. Voy a quedármela.


Hola!

Aquí vuelven los cocineros! Espero que os haya gustado el capitulo, parece que al final Bella sí quedará con Edward para tomar el té.

Muchisimas gracias por vuestra paciencia y también por leer, comentar y seguir esta historia.

En mi perfil tenéis la fecha de la próxima actualización. Vereis que pone que la fecha es aproximada. A partir de ahora va a ser así, voy a intentar actualizar cada dos semanas como hacía antes pero no puedo garantizar que los capitulos vayan a estar listos para la fecha exacta y puede que me retrase una semana; la razón es que el lunes empiezo mis prácticas de la carrera y voy a estar por la mañana en el despacho, por la tarde en clase y por las noches y los fines de semana tendré que hacer los trabajos que me envien, así que no voy a tener mucho tiempo para traducir. Espero que podáis comprenderlo y, si no... bueno, esto es un hobbie para mí, así que solo voy a pedir respeto y que nadie me envie mensajes maleducados.

Nos leemos en el siguiente capitulo!

-Bells, :)