Capítulo 9 – Sin vuelta atrás
Y pensar que mi día había comenzado como cualquier otro... pensó la oveja abogada mirando al techo, esposada de su pata izquierda al brazo de la cama en una habitación de hospital, sin saber exactamente cómo o por qué había llegado a ese lugar. En la mañana había desayunado en su bar favorito un delicioso capuchino y dos croissants de mantequilla que, si bien estaba a dieta, se permitía disfrutar de vez en cuando. Y ya estaba dirigiéndose a su bufete en el centro del Distrito Forestal con su automóvil cuando todo comenzó.
Desde el centro de la ciudad se extendió una nube púrpura que lo cubrió todo y a todos, y la sensación de terror que Diana experimentó cuando aquella polución se filtró en sus vías respiratorias había quedado grabada para siempre en su cuerpo, pero ella no había llegado a sufrir los mismos efectos que los depredadores que se encontraban a unos pocos metros de ella durante aquel incidente. La abogada no sabía bien qué era lo que estaba ocurriendo, pero el instinto la obligó a moverse cuando vio a un tigre de gran tamaño perder la cordura y atacar a un grupo de jirafas exploradoras. Luego de chocar su auto y escapar por los pelos de un lobo que la persiguió a través de tres calles, consiguió llegar hasta el centro comercial, donde dos oficiales la pusieron a salvo junto con el resto de la gente que allí se resguardaba.
Cuando varias de las presas allí refugiadas perdieron la cabeza y empezaron a atacar al resto, Diana fue una de las pocas que logró escapar a tiempo, alcanzando a esconderse en un restaurante en las cercanías sin que ningún otro mamífero la viera, y allí esperó durante varias horas hasta que cierta coneja irrumpió en el lugar. Desde aquel punto, los recuerdos comenzaban a volverse menos claros, como si de un sueño se tratase. Haciendo un esfuerzo lograba recordar determinados momentos, como el estar viajando por sobre el Distrito Forestal en un teleférico, estar corriendo a través del bosque, y manejar un auto a gran velocidad por la autopista.
Sobre aquella base fue reconstruyendo el resto de lo que faltaba y, uniendo cabos, logró visualizar el momento en que había llevado a la oficial Judy Hopps hasta el aparcamiento trasero del hospital, el instante en que bajó del auto y varios oficiales le apuntaron con sus armas rápidamente, pero del único que se acordaba claramente era el conejo. Se había quedado paralizada y muda frente a los fríos e inquisitivos ojos azules de aquel que, al no recibir respuesta alguna a su pregunta, no tardó en voltear a la abogada para propinarle un fuerte golpe en la nuca, golpe que aún le dolía.
El sólo recuerdo de sentir su vida amenazada de aquella forma la hizo temblar, y la situación no mejoró cuando el mismo conejo gris de ojos azules, con rayas negras en orejas y nuca, entró a la habitación con semblante tranquilo, y la mirada clavada en ella en todo momento mientras cerraba la puerta detrás de él. Aquel oficial, además del típico uniforme del ZPD que la abogada ya conocía, tenía un chaleco antibalas encima, un cuchillo de combate en el lado izquierdo del pecho, un revolver en la funda de su pata derecha, y una escopeta acomodada en su espalda. Y a la luz fría de la habitación, Diana pudo ver manchas de sangre sobre su chaleco, en sus patas, y en su mejilla, manchas secas que el conejo no se había molestado en limpiar.
—Señorita... Diana Woolyland, ¿verdad? —preguntó seriamente—. Lamento el trato que le dimos mis chicos y yo, pero como se dará cuenta, teníamos que asegurarnos de que no fuera una amenaza para este lugar —dijo al señalar las esposas.
—¡Váyase a la mierda! —escupió con ira, con su nuca aun palpitando por causa del golpe—. ¡No había necesidad de todo eso y lo sabe! ¿Por qué rayos me atacó y me esposó? ¡Conozco mis derechos! —continuó, pero el conejo pareció ignorarla mientras tomaba la silla junto a la cama, para sentarse frente a la oveja.
—Señorita Diana, por si no lo ha notado, sus derechos no me importan en lo más mínimo ahora mismo —devolvió el oficial—. Si seguimos vivos cuando todo esto termine, siéntase libre de demandarme, pero por ahora le agradeceré que me dé una respuesta a la pregunta que le hice anoche.
—¿Anoche? —preguntó, extrañada.
—Sí, ya es de mañana. Puedo ver que ha tenido una agradable noche de sueño reparador —dijo cínicamente, y no vio venir a tiempo el escupitajo que la oveja dirigió contra su ojo.
—¡Púdrase! —insultó ella, y el conejo habló nuevamente sin mostrar signos de ira, mientras se limpiaba el rostro con un pañuelo que luego guardó nuevamente en su bolsillo.
—Será mejor que deje de ser tan hostil conmigo señorita, y comience a darme algunas respuestas. Por ejemplo, ¿cómo obtuvo la frecuencia de radio que estábamos usando dentro de este hospital? Nadie la sabía fuera de los oficiales del ZPD, y no habíamos podido establecer contacto con Hopps, por lo que no había forma de que ella la supiera. Así que, ¿cómo la obtuvo?
—La oficial Swinton nos la dio luego de contactar a Judy Hopps y dijo que viniéramos aquí, que habían establecido un punto de extracción en el tejado de este lugar. Lo único que hicimos fue obedecer esa orden, y cuando fuimos atacadas hice todo lo posible por traernos a salvo hasta aquí —explicó sin una sola sombra de duda, haciendo todo lo posible para que su explicación resultara creíble para el agente frente a ella.
—Es curioso que mencione el nombre de Swinton precisamente, dado que no sabemos nada de ella desde que huyó hacia el Palm Hotel en Sahara Square. Con algo de suerte solo habrá tenido problemas para contactarnos y regresará a este hospital sana y salva, pero puede que se encuentre con una gran desilusión cuando sepa que ya no hay tal punto de extracción —ante aquella afirmación, Diana se quedó helada—. No es difícil razonar que para que una extracción tenga lugar, debe haber un vehículo capaz de realizarla.
—Swinton dijo que unos tales Stevens y Krumpansky irían en busca del helicóptero de la estación de policía, y luego vendrían aquí.
—Ese era el plan original, pero nunca regresaron —dijo el conejo seriamente—. Perdimos contacto con ellos luego de que entraran en la comisaría. Lo último que oímos por su parte fueron los gritos del agente Krumpansky en la radio, suplicando por ayuda. Luego... nada más que silencio.
—¿No mandaron a alguien a por ellos?
—En este hospital no quedan muchos agentes, señorita Woolyland. No voy a arriesgarme a enviar a alguien más a la comisaría si sé que voy a poner en peligro sus vidas por una causa perdida, ya que si hay una bestia allí que ni Stevens ni Krumpansky pudieron enfrentar, entonces el resto de mi gente no tiene oportunidad alguna. Pero nos estamos desviando de tema, ya que aún no me ha dicho que fue lo que pasó con Hopps.
—En realidad, ya lo hice. Le dije que nos atacaron en el Distrito Forestal, y que una pantera negra la hirió en el costado. Eso es todo.
—¿Y cómo es que usted está con vida? —inquirió con duda—. ¿Cómo es que una oveja sin entrenamiento salva a una policía bien preparada... de una pantera negra como la que dice haber visto?
—Le vacié el tambor de un puto revolver en la cabeza, por si le interesa.
—¿Este revolver? —sacó el mismo del cajón junto a la cama de Diana, sosteniéndolo por el cañón—. "Made in Heaven"... mediante este particular grabado en la empuñadura puedo saber fácilmente que esta arma perteneció a alguien que conocí hace poco. Así que dígame, señorita Diana Woolyland, ¿por qué el revólver del oficial Nicholas Wilde estaba en su posesión? —inquirió con una mirada tan gélida como el hielo mismo. Diana tragó saliva antes de ser capaz de responder.
—Lo... lo encontré en el bosque.
—¿Es en serio? —preguntó el agente, incrédulo.
—¡Fue lo que sucedió! ¿Qué rayos espera de mí?
—Espero que me dé una historia convincente Diana, una con la que pueda dejar a mis hombres tranquilos. Una excusa para que no la dejen en la calle, a merced de los depredadores salvajes —dijo, frunciendo el ceño.
—Sé muy bien lo que intenta, imbécil. Pero acabo de darle toda la verdad, la más absoluta verdad. Y si no quiere creerla, puede dejarme fuera de este lugar. Ah, y también puede irse al demonio —devolvió iracunda, y el conejo mostró un asomo de sonrisa.
—Tiene agallas, señorita Woolyland —dijo al extraer una caja de cigarrillos del bolsillo superior derecho—. No confío en usted, pero me agrada —continuó mientras encendía uno de los cigarros.
Pasaron en silencio unos minutos mientras el humo se extendía por la habitación cerrada, sin otro lugar a donde ir. Diana comenzaba a impacientarse por la presencia del agente que miraba al horizonte más allá de la ventana, desde su silla, sin decir palabra alguna. De pronto, el silencio se volvió horriblemente opresivo para la oveja, quien tuvo la necesidad de hacer una pregunta que la estaba aquejando desde hacía ya un buen rato.
—Entonces... ¿cómo está Judy? —preguntó con seriedad.
—Está en terapia intensiva, la operaron después de que llegaron. Perdió mucha sangre, así que es una suerte que tuviéramos el mismo tipo, dado que no hay otro conejo vivo en kilómetros a la redonda —dijo con pesar—. Aun así, todavía no está fuera de peligro. Las próximas horas serán decisivas.
—Entiendo —Diana bajó la mirada, sin muchas esperanzas frente a semejante pronóstico—. ¿Y usted hace cuanto la conoce?
—Dos semanas, más o menos.
—¿Sólo dos semanas? —preguntó, extrañada—. ¿Acaso acaba de entrar a la fuerza?
—No soy un oficial del ZPD, en realidad.
—Entonces... ¿qué hace aquí?
—Podríamos decir que soy de una... fuerza especial. Vine aquí para entrenar a los mejores oficiales del departamento de policía para una misión especial que tendría lugar en las siguientes semanas. Misión que, por lo visto, se verá demorada indefinidamente —dijo al exhalar el humo del cigarro con tranquilidad.
—Entiendo que no me dirá nada con respecto a todo eso. ¿Al menos hay un nombre con el cual pueda maldecirlo? —inquirió, arqueando una ceja. Una vez más, el conejo no pudo evitar un asomo de sonrisa. Aquella oveja comenzaba a caerle bien.
—Jack, Jack Savage. Para servirle.
—Entonces, Jack... ¿qué estaba haciendo cuando todo ocurrió? —preguntó con curiosidad. Aún sin guiarse por los gestos de la oveja, no era difícil para Jack Savage darse cuenta de que a la prisionera no le agradaba estar en silencio en medio de una situación como aquella. El conejo realmente no se fiaba de ella, por lo que debía de ser cauteloso a la hora de comentarle cualquier cosa, pero no veía razón para no responder a su pregunta.
—Ayer en la mañana, iba camino al departamento de policía para tratar un asunto importante con el Jefe Bogo cuando esa nube púrpura lo cubrió todo. Cuando busqué refugió en el subterráneo, me encontré con la oficial Swinton, y juntos conseguimos llegar hasta este hospital sanos y salvos. En el momento, y en medio de todo este caos, pareció la opción más sensata. Desde entonces, juntos tratamos de reunir a todos los efectivos del departamento de policía usando el equipo de radio del hospital, y varios lograron llegar hasta aquí. Hemos tratado de mantener el control de este lugar desde entonces.
—¿Y por qué Swinton se fue?
—Ella tomó una de las ambulancias del subsuelo y partió hacia Sahara Square por... razones personales, pero algo salió mal y debió huir hacia el Palm Hotel. La última vez que transmitió, dijo que estaba en graves aprietos —explicó él, dando una nueva bocanada—. Sólo espero que esté bi-... —antes de que pudiera decir nada más, una alarma resonó en los pasillos del hospital, y el agente se puso de pie al instante ante aquel sonido, dejando caer el pitillo aún encendido. Algo iba mal, realmente mal.
—A todos los oficiales, una manada de leones está entrando por el aparcamiento. ¡Salieron de repente y no puedo con-...! —oyó a través de la radio en su cinturón la inconfundible voz del elefante que protegía la edificación desde el tejado mediante su rifle de alta potencia, una comunicación que se cortó abruptamente.
—¿Trumpet? ¡¿Trumpet?! —intentó hablar directamente con él, sin éxito—. ¿Qué demonios sucedió? —y tan pronto como terminó de hacerse aquella pregunta en voz alta, siendo observado por la atemorizada abogada, una nueva transmisión entró en su radio.
—Señor, ¡están entrando por todos lados! Tres jaguares atacaron a Trumpet en la terraza. Uno vino a por mí, pero logré darle esquinazo. Estoy bajando las escaleras y es-... —y así como así, la transmisión del otro elefante también se había cortado abruptamente.
—Pennington, ¿me oyes? ¡Pennington! —gritó desesperado a través del aparato, sin respuesta—. Maldición, iré a comprobarlo. ¡Usted quédese en donde está!
—¡¿Está bromeando?! ¡No puede dejarme aquí! —tiró de las esposas con terror, sabiendo que si la situación fuera de la habitación era la que preveía, quedarse ahí sería una sentencia de muerte.
El mismo pensamiento pasó por la mente del agente Savage cuando estaba a punto de abrir la puerta. Si bien aquella oveja era verdaderamente sospechosa, estaba completamente indefensa, y dejarla ahí, a merced de cualquier depredador que pudiera ser capaz de abrir la puerta, era algo que simplemente no podría hacer. No era capaz de hacer algo que pusiera en peligro la vida de alguien que era inocente hasta que se probara lo contrario. Por esta única razón regresó a la cama con las llaves de las esposas en una pata, y liberó a una aliviada Diana.
—Si veo que se aleja a más de dos metros de mi o intenta atacarme, no dudaré en reventarle la cabeza de un tiro. ¿Está claro? —amenazó él y la oveja, sin otra opción posible, asintió al tiempo que tragaba saliva—. Venga, ¡sígame! —exclamó al abrir la puerta de golpe, saliendo y apuntando a un lado y luego al otro rápidamente para comprobar el pasillo, antes de salir a la carrera seguido por su prisionera.
—A todos los supervivientes, aquí el agente Jack Savage. Repliéguense y bajen al aparcamiento del subsuelo por cualquier medio, usaremos las ambulancias para escapar de inmediato. El hospital ya no es seguro. Repito, ¡el hospital ya no es seguro! ¡¿Alguien me recibe?! —gritaba a la radio cuando frente a él, a menos de cuatro metros, una gacela con bata médica cayó de espaldas con un tigre de gran tamaño encima de ella. Su expresión era de terror al instante en que el depredador cerró las fauces sobre su cuello, desgarrando su carne en un rápido corte. El agente no había llegado a reaccionar a tiempo—. ¡Doctora Laurence! —gritó al empuñar el revólver, disparando dos veces y sin vacilar. Ambos proyectiles encontraron blanco en la cabeza del depredador, quien se desplomó junto a la gacela casi al instante. Ni un segundo después, Savage se encontraba sentado en cuclillas junto a la gacela aún viva. Su mirada irradiaba terror, y la sangre salía a borbotones de la herida abierta en su cuello.
—Laurence... Laurence cálmese, todo estará bien —la acompañó durante lo que, para aquella gacela, fueron interminables segundos de dolor. Laurence se aferró al brazo de Savage con fuerza al tiempo que intentaba hablar, pero no pasó mucho tiempo antes de que aquel agarre aflojara, y su brazo cayera sin fuerzas sobre el charco que su propia sangre había formado. Por un momento, frente a tan cruel escena, aquella sirena de alarma fue lo único que la abogada fue capaz de oír.
—Esto es una pesadilla —dijo ella, al borde del llanto.
—Tenemos que salir de aquí —se incorporó con dificultad y pasó junto a la oveja, quien era incapaz de reaccionar—. Diana, ¡Diana! ¡Sígame! —ordenó, y la abogada se puso en movimiento nuevamente.
—¿Qué pasará con la oficial Hopps? —preguntó a la carrera, sin recibir respuesta por parte del agente—. ¡¿Qué pasará con Judy?!
—Terapia intensiva queda en el quinto piso. Si subimos a por ella, ninguno de nosotros saldrá de aquí con vida —respondió secamente cuando, al dar vuelta en una esquina, dos lobos saltaron sobre él, uno hincando sus dientes en el hombro del conejo en el instante del impacto, y el otro mordiendo su pata derecha justo después de la caída.
Los reflejos de Diana fueron lo suficientemente rápidos para tomar el revolver que el agente había dejado caer, apuntar a ambos cánidos y vaciar el tambor del arma nuevamente, derribando a los atacantes. Uno había muerto al recibir una bala directamente en la cabeza, pero el otro aún intentaba incorporarse, con dos balas incrustadas en su pecho. Jack se sentó con dificultad en el suelo, tomó la escopeta de su espalda, y no vaciló al momento de hacer estallar la cabeza del lobo superviviente con uno de los cartuchos cargados.
—¡Jack! —Diana se apresuró a socorrerlo, guardando el revolver en la cintura de su falda. Durante ese mero instante, aquellos dos lobos habían desgarrado la carne de Savage en los puntos descubiertos de su blindaje, provocándole heridas de gravedad. Dada la naturaleza de las mismas, especialmente por la de su pata, el conejo sabía bien lo que eso significaba: no lograría salir de allí con vida—. Santo cielo...
—El ascensor está a la vuelta de la esquina —dijo el conejo, tendiéndole la escopeta cargada—. Tome esto Diana, y úselo para escapar de aquí.
—¡No voy a dejarle así!
—¡Tiene qué! —gritó con rabia— Tal y como estoy ahora, sólo seré un lastre para el resto de los oficiales. Es mejor si me quedo aquí... al menos retrasaré a los demás depredadores que lleguen —dijo poner su pata sobre el cuchillo de combate enfundado en su pecho, y no fue posible para la oveja resignarse a aquella idea. Ya había sido testigo de demasiadas muertes terribles, y no dejaría que una nueva se añadiera al marcador. No si podía evitarlo.
—¡Me importa un comino! —gritó con furia, tomando la pata del conejo y recargándolo en su hombro derecho—. Usted podrá ser un imbécil, pero no voy a dejar que nadie muera así —arrastró a un malherido Savage a través de un largo pasillo, y apenas fue capaz de reaccionar a tiempo cuando, al girar en la esquina, un tercer lobo se abalanzó sobre ellos rápidamente.
—¡Cuidado! —advirtió Savage y la oveja, casi por inercia, levantó el arma con una sola pata y disparó sin dudar un instante. El cuerpo sin vida ni cabeza del lobo aterrizó frente a ellos, pero Diana no se quedó quieta. Llamó el ascensor inmediatamente, sabiendo que cada segundo contaba, y no se detendría hasta que ambos estuvieran a salvo—. Buenos reflejos... ¿alguna vez consideró ser policía?
—Nunca en la vida —dijo con seriedad, mientras la puerta se cerraba tras ellos. Los instantes que tardó el ascensor en bajar hasta el subsuelo fueron eternos tanto para el conejo como para la oveja, pero finalmente la pantalla superior del ascensor señaló que habían llegado a destino. Pero tan pronto como la puerta comenzó a abrirse, las luces se apagaron, y todo quedó en penumbras—. No... ¿acaso cortaron la energía? —preguntó Diana, mientras ambos salían por el escaso espacio de la puerta, ingresando en un estacionamiento al cual apenas llegaba la luz del sol, pasando a través de las persianas cerradas. Aún se podía oír la alarma a lo lejos, en los pisos superiores.
—Tal parece que los depredadores que estábamos enfrentando no son tan estúpidos, después de todo.
—Tenemos que salir de aquí rápido. Este lugar no me gusta nada.
—Es un sentimiento compartido, Diana. Lléveme hasta esa ambulancia. —señaló el vehículo más cercano a la persiana, y la oveja debió ayudar al agente a subir al asiento de acompañante. Luego de eso, ella misma subió al asiento del conductor, relajando su cuerpo. Su corazón aún latía a mil por hora—. Gracias —dijo el conejo, con voz cansada.
—¿Qué hacemos ahora?
—Esperar... —respondió mientras que la oveja le devolvía el revolver—. La energía está cortada, así que no tenemos forma posible de levantar las persianas del aparcamiento para escapar con esta ambulancia. Nadie más ha llegado aquí, así que es probable que seamos los únicos supervivientes que quedan en el edificio. Así que... aquí está el problema, Diana... —explicó mientras recargaba el tambor del arma con las balas que guardaba en su bolsillo superior derecho—. Eventualmente, los depredadores que invadieron el hospital van a encontrarnos, y van a despedazarnos. Las municiones que tengo conmigo sólo nos permitirán sobrevivir durante un breve tiempo, pero al final no lograremos resistir. Es la realidad que nos tocó.
Luego de sus palabras, hubo un silencio que sólo fue interrumpido por el lejano sonido de la alarma. La oveja se quedó mirando por un breve momento al espacio más allá de la persiana, pensando que la libertad estaba demasiado cerca, y a la vez muy lejos.
Sin bien era cierto que a pata podrían encontrar otro camino para escapar, también era cierto que sin la protección adecuada no durarían ni un minuto en el exterior. Había demasiados depredadores como para ser capaces de disparar contra todos y cada uno de ellos. Lo viera por donde lo viera, no tenían escapatoria. Haber llegado hasta ese aparcamiento a salvo tan sólo les había dado unos cuantos minutos más de vida, pero el destino que ahora les deparaba era ineludible. Aquella ambulancia, en breves momentos, sería su tumba.
—Jack... déjeme decirle que no se le da bien eso de dar discursos motivacionales —dijo ella dejando la escopeta a un lado, subiendo las patas al asiento, y abrazándose a sí misma. Había aceptado su destino, pero eso no cambiaba el hecho de que tenía miedo, mucho miedo de lo que sucedería a continuación—. Morir junto a alguien como usted no estaba en mis planes, pero... supongo que es mejor que morir sola.
—A decir verdad me sorprende, Diana. Lo está tomando mejor de lo que esperaba.
—Llevo varias horas escapando a la muerte por los pelos —sonrió sin ánimos—. Supongo que esa suerte, eventualmente, tenía que acabarse.
—¡Jack! Aquí Swinton, estoy yendo en una van hacia el hospital. Estoy a unas calles, pero desde aquí veo todas las luces apagadas. ¿Qué está sucediendo? —una voz muy conocida para el conejo salió del radio en su cintura, y no pudo evitar sonreír mientras la tomaba en su pata.
—Puede que la suerte aún esté de nuestro lado —le dijo a Diana, al tiempo que algo comenzaba a golpear con fuerza la puerta del hueco de la escalera.
—O tal vez no —respondió, atemorizada.
