El mundo y los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo juego con ellos. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.


Mi ángel de la muerte

By Angelique Kaulitz-Cullen-Black

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Ángel de los condenados

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De alguna manera que no alcanzaba a descifrar, había acabado siendo consolada por alguien que no debería demostrar simpatía por mí. Sólo un sector de mi mente era conciente de lo qué sucedía. Había sido del todo inesperado. Alec estaba besándome.

Mis labios eran cálidos, suaves y sumisos, en comparación a los suyos, qué eran fríos, duros y demandantes. Pero no importaba en absoluto.

Una leve descarga de electricidad comenzó a fluir en todo el ambiente, en todo mi cuerpo, cada vez qué lo tocaba. Enredé mis dedos en su cabello, incapaz de convencerme realmente de que esto estaba sucediendo, y lo atraje más hacia mi.

Me sorprendió, me paralizó y eso es todo lo que podía pensar al respecto.

Había dejado de razonar por completo, había perdido todo procesamiento lógico y estructurado, cuando los labios de Alec cubrieron los míos. Apenas fui conciente del gélido tacto que rozaba mis mejillas mientras percibía los latidos apresurados de mi corazón.

Sin embargo, la amargura estaba tiñendo el momento con todo su poder. El esplendor, la belleza, la magnificencia devenían en insignificancia, tristeza, pena.

Una despedida, probablemente.

Alec se apartó un momento después y sus ojos me miraron con un tinte totalmente desconocido. Bajo la luz de la habitación, sus ojos eran negros, como la noche sin estrellas, negros como la boca de lobo. Negros y peligrosos.

Toda su expresión se veía tensa, y me resistí al impulso de reconfortarlo. Por algún motivo, sospechaba quien era la causante de esa expresión.

Los humanos, en general, yo, en particular y mi sangre, en concreto.

— ¿Por eso quieres que me marche, cierto? — Dudé, incapaz de mantenerme en silencio. — Mi presencia no debe serte de ayuda, en lo absoluto — No hubiese servido que me mordiese la lengua, porque eso me hubiese hecho sangrar, algo que no encontraba del todo atractivo, estando cerca de un vampiro.

Alec no me respondió, y me apartó firme y definitivamente del círculo de sus brazos. Con toda la entereza de la que fui capaz, no obstante, coloqué mis manos en sus antebrazos, indicándole claramente que no iba a librarse de mí tan fácilmente.

Sí, es cierto que le había pedido que se aleje de mí, pero no así.

Él no tenía que ser quien se despidiera, quien tuviera la última palabra, quien…

Me sorprendió cuando una sonrisa apareció en su rostro. Su mirada seguía siendo oscura, pero su expresión parecía haberse relajado un poco con mis palabras.

— Sólo estoy cumpliendo con lo que deseaste. Me estoy apartando — Indicó, en tono apático.

Apreté mis manos en sus brazos, con toda la fuerza de la que fui capaz. No iba a dejarlo ir tan fácil, aunque no podía comprender que era lo que me impulsaba a retenerlo.

Suéltalo, dijo mi inconciente, con una voz temblorosa que apenas podía reconocer, déjalo ir.

Había dejado ir tantas cosas. Había perdido tantas cosas.

— ¿Quieres beber mi sangre, verdad Alec? — Cuestioné.

¿Estás loca?, un sector de mi mente parecía impresionado por el valor que me había impulsado a formular esa pregunta. Quizás no era valor, quizás si estaba loca.

¿Cuál era el punto? En un mundo donde todo lo que crees es capaz de derrumbarse como un castillo de naipes, un poco de locura es necesario para mantener el equilibrio.

Alec no me respondió.

Se limitó a mirarme con una fijeza inusual. Su rostro no mostraba expresión alguna pero podía asegurar que algo se agitaba bajo la superficie de aparente calma que mantenía.

— Puedes hacerlo — Susurré, con la voz queda.

Sí, definitivamente estás loca, susurró mi subconsciente, mientras mis ojos se deleitaban cuando vieron que Alec rompió su expresión apática. Era la primera vez, desde que lo conocía, que veía una reacción distinta, espontánea, si puede decírsele así, en él.

Abrió los ojos —todavía negros— con una sorpresa inesperada y sus labios se tensaron hasta formar una línea delgada. Lo vi, por el rabillo del ojo, presionar las manos en puños. Lo oí inhalar, también, por vez primera desde mi llegada (fue imposible ignorarlo, porque fue una inhalación brusca y una exhalación aun más notoria), e intentar componer su expresión, cosa que no le llevó demasiado tiempo.

Me miró, intensamente.

— ¿Que?

Y eso fue todo lo que dijo.

Sin embargo, la fiereza de su mirada me paralizó y no pude articular ninguna palabra más.

Estaba furioso.

¿Qué esperabas, genio?, dudó la voz que parecía ser mi conciencia, acabas de darle permiso para matarte a quien te ha querido mantener con vida desde que llegaste.

¿De verdad había querido mantenerme con vida?, Discutí, conmigo misma. Recordé la tristeza que Alec tenía, la forma en que me defendía, el dolor del que Jane me había hablado.

Mantenerme con vida en ese nido de vampiros no debía ser tarea fácil para Alec, especialmente sabiendo que él era el primero en la lista de quienes querían matarme.

Y aun así, lo había querido alejar de mi.

Y aun así, estaba a mi lado, consolándome.

— Sí quieres… — Ahora fue mi turno de tomar aire. Mis pulmones estaban desesperados por retener el oxígeno, por lo que sufrieron cuando lo dejé escapar. — Puedes hacerlo.

— Entonces, me das tu permiso — Susurró, y enarcó una ceja.

Me ruboricé, otra vez. Esto de ruborizarme frente a él se estaba haciendo costumbre y era irritante. Toda la sangre de mi cuerpo se acumuló en mis mejillas ante su mirada. Mi corazón palpitaba nerviosamente, como señalando su posición, para que la muerte no lo ignorase.

Maldición, lo que quería era dejar de sufrir.

¿Era la salida fácil? Probablemente.

Me sentía mentalmente agotada para pensar en las implicaciones que estaban rondándome.

— Sí

— ¿Crees que lo necesito? — Cuestionó, y la voz apática me dio la sensación de que estaba controlando exitosamente su furia.

Sin embargo, había algo en el fondo de sus ojos que seguía siendo atemorizante.

Dos sensaciones completamente imposibles de unir se estaban gestando en mi interior. Aun no estaba preparada para definirlas, porque temía que fuesen más importantes de lo que eran ahora.

Me tomé un minuto para contestar — Sí

Mi respuesta lo hizo sonreír, lo cual fue aun más inesperado que todo lo anterior. Esto era aun más surrealista que todo lo acontecido antes de hoy.

Estaba haciendo sonreír a Alec hablándole de mi muerte…

— No lo haré — Comentó, y sus ojos se deslizaron por mi rostro, hacia mi garganta. Pude sentir el pulso que se aceleraba bajo la piel cuando Alec levantó uno de sus brazos, deshaciendo mi flojo agarre con relativa facilidad y posó la mano en la curva de mi cuello. — Aun eres muy joven, Ángela.

Abrí los ojos ante sus palabras — ¿Cuántos años tienes tú?

Su mirada volvió a buscar la mía — ¿Qué edad crees que tengo?

— Tu apariencia es de un adolescente — Indiqué, luego de meditarlo un poco. Me trabé un instante, porque estuve a punto de decir ángel. — Pero sé que eres mucho mayor que eso.

Esbozó una sonrisa. Su sonrisa era preciosa, no podía creer que no la mostrase tan seguido.

— No podría especificar la edad que tengo — Comentó Alec — El tiempo es efímero, para los que somos inmortales.

Acarició la palabra inmortal con un sutil deje de molestia. Sin embargo, principalmente, se notaba que le gustaba aquella inmortalidad. La disfrutaba, o al menos, había sido educado para disfrutarla.

Una imagen fugaz relampagueó en mi mente.

Alec, un Alec humano a merced de un vampiro depredador.

Me estremecí, y eso hizo que enarcase una ceja al mirarme.

— Tienes que volver a llamar a tu amiga — Me recordó, y, repentinamente, sentí el teléfono en mis manos. Lo miré, aterrada sin motivo. — Le dirás que volverás a tu casa pronto, y le dirás que… — Cerró los ojos un instante, inhaló y volvió a exhalar. Sabía que me estaba ocultando algo, pero no podía saber con cual de todas las cosas que me había dicho — ya no puedes permanecer en Volterra.

— ¿Y sobre — Se me secó la garganta mientras hablaba — Nicola…?

Fue horroroso decir su nombre. Los ojos se me llenaron de lágrimas y tuve que reprimir el llanto dolorosamente en mi interior.

Alec me miró con un chispa de pesar en sus ojos — No puedes decirle que murió aquí, a nadie.

— Lo sé

— Es en serio, Ángela. Nadie puede saber que estuviste aquí. Nadie — La firmeza con la que dijo aquello me hizo creer que mi partida no iba a ser tan fácil como había presupuesto.

Abrí los labios, con toda la intención de hacer algo pero Alec ladeó el rostro, levantándolo de la almohada, un segundo antes de que la puerta de la habitación se abriera.

Como cada vez que requerían mi presencia, Heidi había ido a buscarme.

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Los muros de piedra estaban alumbrados. Uno habría esperado que las antorchas pendieran de las paredes, haciendo sombrío el aspecto de los pasillos, pero no era así. Hacia frío, y debía ser porque no estábamos a la altura de Volterra.

Debía ser un sitio subterráneo, del cual nadie sabía nada.

Me estremecí involuntariamente detrás de Alec. Mi corazón dio un salto, pero los vampiros siguieron mirando hacia el frente, caminando silenciosamente en los luminosos pasillos que surcaban el castillo de drácula.

Si esto no fuese real, diría que era emocionante.

Vampiros, ciudades escondidas, secretos, normas, dones…

Pero era real, y era escalofriante.

Me detuve en seco cuando consideré una posibilidad que antes había descartado. Nicola había muerto en ese lugar. Había recorrido los mismos sitios, quizás hasta se había hospedado en el mismo cuarto, probablemente había visto los mismos rostros.

Y estaba muerto.

Jadeé, y Alec se giró hacia mí, repentinamente. Sus ojos, aun negros, examinaron mi expresión lentamente. Estaba bastante lejos de mi, pero no lo suficiente para que no distinguiera que estaba frunciendo el ceño ante mi parálisis.

Retrocedió, volviendo sobre sus pasos hasta quedar a mi lado.

— ¿Ángela? — Dudó, con la voz queda. Fue apenas más fuerte que un suspiro.

Iba a morir.

No quería morir, después de todo.

Mi cabeza iba a estallar por todo lo que estaba implicado en este juego de la muerte.

Mi hermano. Los vampiros. Las personas que Heidi arrastraba hacia el castillo. Mi familia esperándome en Potenza para saber la verdad. La vida humana. El dolor. La tristeza. La inmortalidad. La sangre. El poder. El sufrimiento. La humanidad. La belleza.

Condena sin juicio.

El miedo.

La muerte misma.

Alec tocó mi brazo, y di un respingo involuntario ante su contacto. Enarcó una ceja —una molesta costumbre que había descubierto en él— y sujetó una de mis manos con firmeza.

Me resistí — Mi maestro ha dicho que quiere verte

— No dejes que me hagan daño — Le supliqué, casi sin emitir sonidos.

Sus ojos se abrieron como platos, y sus labios se torcieron en un gesto indescifrable del que no supe comprender el motivo exacto ¿Era por mi petición o por qué había adivinado lo que sucedería?

Me miró a los ojos fijamente, buscando algo dentro de ellos.

— Te lo prometo — Susurró.

Quizás Heidi nos estaba escuchando. Probablemente, Aro nos escuchaba o, en realidad, escuchara todo esto de mi mente o la de Alec, pero necesitaba una certeza. Necesitaba fuerzas para resistir un poco más.

Era una simple humana, y estaba tratando de ser lo más inhumanamente resistente posible. Dicen que cuando las cosas van mal, sacas fuerzas de donde puedas. Nicola, mi hermano… Mi hermano muerto sería siempre la fuente de mi valor, porque él me había enseñado, cuando era pequeña, que la oscuridad de la noche no debía dar miedo, porque era necesaria. Me enseñó, con cuidado, a andar en bicicleta, a disfrutar del momento, a cuidar de mi misma con aquellos golpes de maestro karateka que, en realidad, no eran tales…

Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas, mientras mi corazón sentía otra vez el golpe de la noticia.

Nicola no iba a volver.

Y una parte de mí se había quebrado ante esa ineludible verdad.

Le sonreí a Alec, aunque no estuve segura de haberlo conseguido — Gracias

— No me las des, aun — Murmuró, antes de apretar los dientes con un gesto de furia.

Alec no era del tipo de persona…

Bueno, dejémoslo en persona, para mejor comprensión, que una vería llevándole flores o entregándole cartas de amor en medio de una serenata pero tampoco era un ser carente de emociones o sentimientos.

No estaba segura de cómo, pero sabía que Alec había estado protegiéndome. Como un ángel de la guarda. Quizás el motivo por el cual se escabulló y me vigiló durante noches enteras no era noble, probablemente había sido con la intención de matarme pero eso no importaba cuando había hecho tanto por mi…

Había enfrentado a su hermana, la otra noche.

Había defendido delante de sus colegas, o lo que sea que fuesen, mi presencia allí.

Me había protegido con su don.

Y me había besado.

De todas aquellas cosas emocionantes que me habían sucedido en toda la vida, conocer a Alec había sido la más excitante y atemorizante. Me envolvía en un lugar desconocido que jamás debería conocer. Me envolvía en ese mundo donde los mitos caminan y las leyendas, al menos algunas, cobran vida.

Sonreí. A Nicola le habría encantado este mundo.

O no, dijo mi subconsciente, recuerda que eligió morir.

Elegir.

Mi corazón palpitó con furia mientras nos acercamos a una sala que conocía muy bien. Era el sitio donde había conocido a Aro, aquel vacío espacio donde una gran mesa llena de libros podía ser considerado el único mueble de todo el lugar.

Las puertas se abrieron, con un sonido pesado, cuando Heidi empujó de ellas.

Las tres sillas estaban allí, así como también sus ocupantes.

Los tres líderes vampiros de los Vulturis, una familia milenaria, me contemplaban desde su posición con rostros inescrutables. Aro estaba en el centro, con una extraña expresión en su pálido semblante. El pelo le rodeaba la cara, como un marco perfecto, que realzaba, por contraste, el color de su piel. Los ojos carmesí ardían en su cara.

Caius tenía la barbilla apoyada sobre la palma de su mano, y todo su cuerpo estaba inclinado hacia la derecha. Su expresión era, si cabe, más molesta que el día anterior. Sus cejas, más oscuras que el resto de su cabello, estaban a poco de tocarse por la manera en la que fruncía el ceño.

Y Marcus, por su parte, me miraba fijamente. El semblante indiferente parecía haberse entremezclado de pronto, con una mirada de interés. ¿A que se debía? Me sorprendió descubrir que las facciones de su rostro lucían más jóvenes sin el gesto de aburrimiento con el que lo había conocido.

Las sombras que el día anterior habían estado lejos, ahora se encontraban sólo un poco más alejadas de la mesa principal. Eran tres figuras las más notables. Una era de contextura enorme, de espalda y hombros anchos. La mujer que estaba en medio era, como todas las demás, muy hermosa, a juzgar por lo que dejaba ver la capa que le cubría parte de los ojos que —seguramente, eran color rojo— y el tercero era un joven que, en comparación al primero, se veía desgarbado.

Apreté la mano de Alec casi sin darme cuenta.

Hasta que vi a Jane. Debería haber sabido que lo que sucedió antes no había cambiado nada entre las dos. Sus ojos seguían ardiendo con rabia al mirarme y la mandíbula se le tensó cuando apreció como su hermano sujetaba mi mano. Era la más pequeña de todas, incluso más pequeña de lo que yo era, cosa sorprendente.

Pero, como dije a Alec, estaba segura de que eran mucho más grandes que yo. Cronológicamente hablando, claro.

— Ángela, querida, me alegro verte de nuevo. Mi querida Jane me ha dicho que dormiste más de catorce horas.

Mis ojos se abrieron repentinamente, y solté la mano de Alec, por impulso. No me sorprendió que él no me mirara en ese momento, cuando rompí el contacto entre nosotros, porque estaba muy concentrado en lo que sucedía a nuestro alrededor.

Por mi parte, sólo podía desear que nada de esto hubiese sucedido.

¿Catorce horas? ¿Catorce?, repetí, en mi fuero interno, Al terminar con esto hablaras a Caterina, no puedes dejar pasar más el tiempo.

— Y dime, querida, ¿te encuentras bien? — El tono y la expresión de Aro se dulcificaron al contemplar mis reacciones humanas.

Asentí — Sí, ya me siento mejor, Aro. Gracias.

Aro se deleitó con mi respuesta, y esbozó una sonrisa amplia.

— Querida, me recuerdas demasiado a un viejo amigo. — Comentó él, mientras hacia una señal con su mano izquierda. — Él siempre era cortes con todos, por más enfadado que estuviera.

Miré a Aro, durante un instante, y luego miré a Jane, que evitó cruzar los ojos conmigo.

— Mi preciosa Jane me ha comentado algunas cosas interesantes, Ángela. — Dijo Aro, mientras captaba mis ojos de nuevo. Lo contemplé aturdida.

— ¿Comentado? — Repetí, confusamente. Miré las manos de Aro, y él comenzó a reírse, divertido.

— Muy bien, querida. Muy bien. Eres tan lista como pareces.

¿Lo eres?, dudó mi subconsciente, contradiciendo las palabras de Aro sin arrepentimientos, estás sola en un nido de vampiros con la promesa del vampiro que más ganas tienes de matarte de que nadie te lastimará.

Meneé la cabeza, para deshacerme de esas palabras. Le sonreí a Aro, con toda la sinceridad que pude. No era mucha — Lo intento. Es más difícil de lo que parece.

Escuché una nueva risa. Una desconocida.

Los ojos de Aro centellaron con interés — Me recuerdas a Nicola, también.

Cualquier cosa que hubiese podido responder a eso se me congeló en la garganta. Me obligué a mi misma a pensar en el tiempo presente y no dejar abatirme por el dolor. Las lágrimas pretendieron llegar hasta mis ojos pero no iba a darles el placer de verme llorar.

— Los dos nos parecemos a mi madre — Le informé a Aro, que me examinó exhaustivamente. Me sentí patética cuando mi voz se quebró al final, justo al pronunciar la palabra madre.

Aro suspiró — Los seres humanos a veces son criaturas interesantes, mi querida Ángela. Dime, ¿Cómo te sientes al saber que estás en un cuarto infestado de vampiros?

Alec se tensó aun antes de que yo hubiese podido procesar toda aquella frase. Se agazapó frente a mí en clara posición defensiva que desconcertó a Aro, a mí, y también a Jane. A ellos, durante unos pocos segundos. A mi, completamente.

— Paz, mi muchacho. — Dijo Aro, levantando la mano izquierda, en señal de tranquilidad.

Me mordí el labio, porque no sabía si quería aplicar solamente a Alec o también a los guardias y a Jane. Por primera vez, en todo este tiempo, era conciente de cuanto había logrado que Alec se enfrentase a las personas —vampiros, como sea— que eran sus aliados.

— No está mal — Le respondí a Aro, sorpresivamente, y me encogí de hombros.

Este ataque de adrenalina no iba a durar toda la noche, o día. Tenía que hacer que me dejaran ir…

Los ojos de la mayoría —por no decir todos— se volvieron hacia mí. Salvo Alec, por supuesto, que seguía mirando al frente. Se relajó aun más rápido de lo que parecía posible, pero aun así era posible sentir las ondas de hostilidad que manaban de él.

Aro seguía pareciendo conmovido por la defensa que Alec me había brindado. A mi me aturdía, a él, parecía divertirle.

Aro se encontraba mirándonos con una fijeza inusual. Primero a Alec, luego a mí. Sus ojos viajaban entre nosotros, y casi podía oír los engranes en su mente.

¿Qué tan conciente Aro de mis peticiones?

¿Jane que le habría contado? ¿Qué habría tenido que contarle?

¿La carta? ¿La advertencia?

¿Habría oído la conversación que había tenido con Alec?

Me estremecí, con un nerviosismo que comenzaba a hacer que las piernas me temblasen. La habitación seguía siendo demasiado parecida a las salas de tortura que mi mente podía reconocer. Los vampiros solo aumentaban la sensación.

— ¿Has pensado en mi propuesta?

¿Hablaba en serio?

Claro que lo hace, me dijo algo dentro de mi cabeza, no está bromeando. Quiere saber si trabajarías para él.

Aquella idea me hizo estremecer.

— Aro, como ya he recibido novedades sobre Nicola, lo quisiera volver a mi hogar.

Listo, estaba hecho.

Aro levantó las cejas negras. — Ella conoce el secreto — Recordó Caius al aire. — No puede irse, viva.

Retrocedí, por inercia. De todos, ese parecía ser el más malvado.

Una malévola sonrisa curvó sus labios.

Marcus se removió incómodo en su asiento y Alec emitió un sonido que, si no hubiese sido por lo que lo oí provenir de él, habría confundido con un gruñido animal. Se colocó delante de mí, antes de que algo más ocurriera.

No me estaba gustando nada de esto.

Alec estaba preparado para atacar. O para recibir un ataque. Mi corazón retumbó en mi pecho, y martilló detrás de mis oídos.

— Jane — Dijo Caius.

Vi que la muchacha contraía los labios durante un segundo, y luego miraba a su hermano directamente a los ojos.

No, no, no, no. Jane, no lo hagas. Quise gritar pero mis labios no pudieron emitir sonidos.

Entonces, todo sucedió muy rápido.

El cuerpo de Alec cayó y se contorsionó de manera imprevisible sobre el suelo. Toda su expresión se contrajo en una mueca de dolor que me paralizó. Las palabras de Aro se reprodujeron en mi mente.

Mi querida Jane crea una ilusión de dolor tan poderosa que es capaz de guiarte a la locura. O en casos como el tuyo, matarte.

Mi mente se detuvo en la expresión de Jane.

Quizás sonriera, pero me preguntaba si este era un castigo para ella tanto como para Alec. Sus ojos eran tristes mientras los mantenía fijos en su hermano. Sus manos, cerradas en puños, permanecían a ambos lados de su cuerpo.

Me preguntaba como todos los presentes eran capaces de soportar esa escena.

Alec no gritaba pero se retorcía en el suelo, en un intento de dejar atrás el dolor. Me hubiese gustado que, con solo desearlo, hubiese sido liberado de ese tormentoso dolor.

— ¡Jane! — Le grité, casi sin darme cuenta — ¡Basta, Jane, por favor! — Mis ojos fueron a Aro, recordando otras palabras provenientes de esa jovencita: Pero no olvides que, como yo, Alec considera más importante que nada, servir a nuestro maestro. — Detenla, por favor.

Aro era su maestro. Él era el único capaz de contener a Alec y a Jane.

Aro me miró a través de las pestañas. Era fácil ver su expresión e interpretarla. Estaba gozando con todo esto. — ¿Qué me darás a cambio?

Fruncí los labios, viendo perfectamente a donde se dirigía. Jane seguía controlando el dolor que invadía cada rincón en el cuerpo de Alec — Lo que sea.

— Jane — Susurró Aro, y Alec se quedó quieto en el suelo.

Sus ojos abiertos pero sus labios sellados. Me pregunté si Jane había empleado el máximo de su poder en él o si lo que había aturdido al muchacho era que su propia hermana había vuelto su don en su contra.

— ¿Sabes algo del llamado súcubo, mi querida muchacha?

Caius entrecerró los ojos mientras ladeaba el rostro, para mirar a Aro. Esa palabra me parecía familiar, aunque el significado no estaba del todo claro en mi mente. Como aquel término que has oído vagamente nombrar pero que no fue realmente importante como para que lo investigases.

Era una extraña manera de cambiar la tensión del ambiente.

— No — Respondí, incapaz de ver hasta donde quería llegar.

Aro curvó los labios — Es una historia muy interesante, querida. Félix, Demetri, por favor, déjennos platicar con nuestra invitada. — Las sombras retrocedieron hasta perderse del todo, pero no podía pensar que se hubiesen ido de forma definitiva. Jane y la otra figura femenina se alejaron también — Ángela tienes muchas cosas que saber, aun.

Eso sólo podía significar que mi estadía en Volterra iba a ser mucho más larga de lo que Alec y yo pretendíamos. Grandioso.


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Bueno, otra vez, tardé más de lo que pensaba con este capítulo.

Creo que la vida de Ángela ha tenido un par de giros interesantes, ¿no? Y otra cosa, ¿fue confuso? Puede que lo sea, pero espero que no XD

Siento pena por Nicola, todavía, aun más por la pobre chica que se involucró en todo esto sin que nadie la llamase :P

Bueno, tengo que agradecer todos los comentarios que dejaron en la historia, y me alegro de que se interesen en esta historia que nació de algún lugar de mi imaginación. A todos los que leen, gracias, y a los que opinan muchas gracias también.

Como soy inconstante con fanfiction a veces tardo demasiado en actualizar y esas cosas, pero no quiero ni pretendo abandonar ninguna historia.

Bueno, sin nada más que decir, hasta la próxima.

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Saludos ^^