I just can't help manage to get through the day without thinking of you.

Sorbí por la nariz, intentaba dejar de temblar.

El agua me había calado hasta los huesos y no dejaba de tiritar de frío, aún con el brazo de Edward rodeando mi cintura protectoramente.

Caminamos hacia un lateral de la casa apresuradamente, y Edward me hizo pasar primero por una pequeña puerta de madera.

Me paré en seco cuando, al entrar al interior, me encontré dentro de una inmensa cocina, en donde un grupo de veinte empleados, por lo menos, se giraron para mirarme con curiosidad. Detrás de mí, Edward entró, cerró la puerta y los saludó con un gesto de la mano.

-Buenas noches. Están haciendo un muy buen trabajo con todo. –Les dijo, mientras me tironeaba hacia una estrecha escalera que había a nuestra izquierda. –Sigan así. –Alcancé a ver las expresiones entre curiosas y divertidas de todos antes de que desapareciéramos escaleras arriba, y me giré hacia Edward para mirarlo con una ceja arqueada. –Es una escalera del servicio. No podíamos volver a entrar a la fiesta así. –Asentí, de acuerdo, mientras le dirigía una miradita a mi vestido, totalmente empapado y pegado a mi pecho y mis piernas como una segunda piel. Ni hablar de mi cabello, y ni siquiera quería imaginar cómo luciría mi maquillaje.

-Alice me asesinaría si me viera. –Susurré, y Edward soltó una carcajada.

Al subir al segundo piso, contuve la respiración, sin poder creérmelo.

Ese lugar era magnifico, no había palabras para describirlo.

-¿Te gusta? –Preguntó Edward con una sonrisita, mientras me guiaba hacia un largo y ancho pasillo a nuestra derecha.

-Quién hubiera dicho que tú, el chico más desastroso de la ciudad, terminaría viviendo en un lugar como este. –Susurré, mientras asimilaba todo lo que me rodeaba. Las mullidas alfombras del suelo, los cuadros de muchísimo valor que colgaban de las paredes y los preciosos ventanales con vista a la ciudad.

-En realidad, esta es mi segunda residencia, yo vivo en la ciudad. –Comentó, con una sonrisita engreída, y le rodé los ojos.

Cuando llegamos al final del pasillo, Edward abrió una puerta de madera doble y se hizo a un lado para dejarme pasar. Entré, algo cohibida al ver cómo mi vestido chorreaba sobre el impecable suelo, a la habitación más grande que había visto en mi vida.

-Wow.

-Ven, quítate eso, estás tiritando. –Sonreí cuando tiró de mi mano hasta el baño anexo a aquella gigantesca habitación, y comenzó a quitarse el traje, seguido por la corbata y luego la camisa. Sin hacerle caso, y quedándome con mí vestido puesto, me apoyé contra el lavamanos de mármol para apreciar las vistas. –Bella… -Masculló, dirigiéndome una mirada de advertencia, mientras arqueaba una ceja, y yo le sonreí traviesamente.

Sus hombros eran todavía más anchos de lo que recordaba, y su torso era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. Moría por pasearme por aquellos abdominales hasta llegar a esa perfecta V que conducía a la cinturilla de sus pantalones.

-¿Has estado yendo mucho al gimnasio? –Susurré, y Edward soltó una carcajada luego de quitarse los zapatos y los calcetines empapados.

-Ven aquí. –Susurró, tomándome en sus brazos y luego haciéndome girar para bajar el pequeño cierre de mi vestido. Retiró los tirantes de mi hombro y yo solté una risita al ver que el vestido no se movía de su lugar debido a lo pegado que estaba por el agua. Ambos comenzamos a tironear, entre risas, hasta que la pesada tela empapada cayó a mis pies. Luego de bajarme de los tacones y patearlos a un lado, levanté la mirada hacia el espejo que tenía frente a mí, en donde me reflejaba toda ruborizada y desnuda salvo por las bragas. Gracias al cielo, y al maquillaje anti-agua de Alice, mi rostro no era un completo desastre. Edward, detrás de mí, acarició mi cintura con delicadeza mientras bajaba la cabeza para depositar un beso en mi hombro, sin despegar su mirada de mi cuerpo en el espejo. –Eres tan hermosa.

Sonreí mientras me giraba, y rodeaba su cintura con los brazos.

-Tú eres el hombre más guapo que he visto en mi vida. –Susurré, besando su mentón.

-Ven, vamos a darnos una ducha. –Dijo besando mi coronilla. –Estás helada.

-Y pegajosa. -Antes de entrar a la ducha, me quité las bragas, de espaldas a Edward, y sonreí cuando, al echarle una miradita por sobre mi hombro, descubrí sus ojos pegados a mi trasero. –Vamos, Cullen.

Edward soltó un pequeñísimo suspiro antes de quitarse los bóxers y entrar en la ducha detrás de mí.

Me dejé hacer mientras él, detrás de mí, esparcía tranquilamente un suave jabón con aroma a coco por mi espalda y mis brazos. Eché la cabeza a un lado, relajada, y suspiré cuando lo sentí besar mi cuello lentamente.

Diez minutos después, Edward y yo nos envolvimos en unas gigantescas y mullidas toallas blancas luego de haber entrado en calor, ambos bastante impacientes.

-Ven aquí. –Solté una risita cuando, tirando las toallas al suelo, me tomó en sus brazos y se apresuró a llevarme hacia la habitación.

-¿Apurado?

-He estado esperando esto por cuatro años. –Masculló, soltándome sobre la cama, y solté una carcajada mientras me retorcía hasta quedar estirada en el centro de la cama, suspirando ante la hermosa sensación del suave acolchado contra mi piel desnuda.

Mordiéndome el labio, paseé mi mirada por el cuerpo de Edward, deleitándome con la visión de su torso perfecto y su potente erección.

-Ven. –Susurré, estirando mi mano hacia él. Edward, sin dudarlo ni un segundo, trepó por la cama hasta posicionarse sobre mí, y suspiré de placer al sentir el tacto de su piel contra la mía. –Te he extrañado tanto. –Susurré, paseando mis manos por su abdomen, y Edward se inclinó para enterrar su rostro en mi cuello.

-No voy a dejar que te separes de mí nunca más. –Lo oí susurrar, y el roce de su aliento me puso la piel de gallina.

-Ni yo a ti. –Murmuré, un segundo antes de que mi cobrizo se izara sobre sus codos y buscara mis labios con los suyos. Rodeé su cuello con mis brazos, apretándolo contra mí, y lo sentí soltar un jadeo cuando rodeé su cintura con mis piernas, haciendo que su erección se deslizara por mis labios. Me abracé a él como una garrapata para señalar mi punto, y sonreí contra sus labios. –Nunca.

Edward sonrió, mientras me dedicaba una mirada rebosante de ternura y deseo.

-Te amo.

-Y yo a ti, cariño.

Edward volvió a besarme, deslizando sus manos por mi cintura, subiendo hasta mis senos, en donde se entretuvo haciéndome retorcer de placer. Lo torturé a mi vez, acariciando su erección con la punta de los dedos mientras paseaba mis labios por su dura mandíbula y su cuello.

-Bella…

-Sí. –Contesté en un susurro al pedido que nunca realizó, pero lo vi en su mirada.

Edward se estiró hacia su mesa de luz, en donde rebuscó con una sola mano hasta dar con un condón, y me mordí los labios intentando ignorar el que los tuviera allí, tan a mano, mientras lo veía romperlo con los dientes antes de colocárselo con una mano.

Volví a rodear su cintura con mis piernas, enterrando el rostro en su cuello cuando lo sentí comenzar a penetrarme con delicadeza.

-Mierda. –Mascullé, mordiendo su hombro. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la sensación fue un tanto incómoda y hasta algo dolorosa en un principio.

-Tranquila, cariño. –Murmuró, contra mi sien, mientras deslizaba su mano derecha por mi cuerpo hasta llegar a mi clítoris, el que acarició con delicadeza. –Ya está. –Dijo, cuando se hubo enterrado por completo dentro de mí.

Solté un suspiro tembloroso, apoyando ambas manos sobre su abdomen, en una señal que Edward ya sabía que significaba que debería darme unos segundos para adaptarme a su gran tamaño

-Dios, si hasta me había olvidado de cómo se sentía. –Susurré, y Edward me miró con una pequeña sonrisa en los labios antes de bajar el rostro para besar mi frente, luego mis mejillas y finalmente mis labios.

-Te haré sentir muy, muy bien. Lo prometo.

Sonreí y le devolví el beso.

-Siempre lo lograste. –Susurré, y Edward soltó una risita mientras yo deslizaba mis manos de su abdomen hacia su espalda, acariciándolo con suavidad. Entendiéndome, Edward siguió besándome mientras se deslizaba fuera, para luego volver a entrar, por completo.

A pesar de la incomodidad del principio, luego de unos cuantos segundos sentí como mi cuerpo se amoldaba al suyo y lo recibía, ardiendo ante cada roce, cada embestida, cada beso.

Una fina capa de sudor cubría nuestros cuerpos, y jadeé cuando comencé a moverme a su ritmo, sintiendo sus labios en mis senos y su erección en lo más profundo de mi ser.

-Sí, cariño…

-¡Edward! –Chillé, retorciéndome bajo su cuerpo. Las sensaciones eran tan intensas que simplemente no podía quedarme quieta, apretaba mis piernas a su alrededor y arrastraba mis uñas por su espalda mientras sentía como todo comenzaba a volverse más caliente, más frenético y rápido.

La sensación de deseo fue creciendo en mi bajo estómago, apretándome, inundándome, volviéndome loca.

Me corrí echando la cabeza hacia atrás, agarrándome a los hombros de Edward y apretándolo con fuerza contra mí, con mis piernas, gritando su nombre tan fuerte que luego temí que alguien nos haya oído. Segundo después, Edward se corrió enterrando su rostro en mi cuello mientras gruñía mi nombre antes de que ambos nos quedáramos allí, abrazados y respirando agitadamente.

-Eres aún mejor de lo que recordaba. –Susurré, con los ojos cerrados, y Edward soltó una carcajada contra mi cuello.

-Tú también, preciosa.

Minutos después, mientras desenredaba mis cabellos en el cuarto de baño, envuelta en una camiseta gris de Edward, sentí una pequeña presión en el pecho al pensar en todo lo que había sucedido aquella noche.

Estaba tan decidida a no volver a caer en sus brazos. ¿Pero de qué valía decidir no hacerlo cuando toda mi alma, mi corazón y mi cuerpo clamaban por su contacto, por él?

No tenía idea de cómo serían las cosas a partir de ahora, sólo sabía que ya no podría apartarme de Edward Cullen. Y eso me daba muchísimo miedo. Volver a estar junto a él, permitirle amarme nuevamente, me hacía sentir la persona más fuerte, y más débil del mundo al mismo tiempo. Si por algún giro del destino Edward decidía que ya no me necesitaba, que ya no me amaba, eso acabaría conmigo. Me destrozaría. Y a pesar de esta certeza, no podría ya alejarme de él. Sólo quedaba amarlo con todo mi ser y rezar por que nunca se cansara de mí.

Sonreí cuando entré de nuevo en la habitación y lo vi tirado en la cama, tapado hasta la cintura y con el control remoto en la mano.

-¿Qué es eso? –Pregunté, tendiéndome a su lado y apoyando mi cabeza sobre su pecho, acariciando su estómago con la punta de los dedos.

-Algo de gente que desentierra cosas. -Entrecerré los ojos, mirándolo con una ceja arqueada. Edward me miró de reojo antes de encogerse de hombros. –Es interesante.

Solté una risita, recordando que Edward poseía una especie de adicción por ciertos programas ridículos, como aquel que solía amar, de hombres que intentaban encontrar al Monstruo del Lago Ness, o al de otros que cazaban fantasmas.

-Debería bajar a buscar mis cosas, y decirle a Alice dónde estamos. –Dije, oyendo el retumbar de la música y el ruido de cientos de personas conversando en la planta baja.

-No hace falta. –Susurró Edward distraído, sin despegar la mirada de un hombre con unos cuantos kilos demás que gritaba al hallar una piedra enterrada. –Se darán cuenta de qué sucedió cuando no nos vean por allí.

-¿Mis cosas?

-Le diré a unos empleados que las busque.

-¿Puedes dejar de mirar el televisor? –Susurré, con una sonrisita divertida.

-Mira, encontró una piedra milenaria.

-¿Y eso es interesante?

-Sí.

-¿Más interesante que yo? –Susurré, mientras me arrodillaba en la cama, quitándome su camisa por la cabeza y tirándola lejos, quedando completamente desnuda frente a él.

Edward ahora sí que desvió la mirada del televisor, y la clavó en mi rostro antes de deslizarla por el resto de mi cuerpo.

-Cariño, ya no tengo 20 años, ¿Sabes? Este anciano necesita recuperase.

Arqueé una ceja ante su ridículo comentario, ya que podría jurar que era todavía más bueno en esto que cuando tenía 20 años.

-Mentiroso.

-Me podría dar un infarto o algo. –Susurró, volviendo a deslizar su mirada por mi cuerpo, y solté un exagerado suspiro.

-Entonces supongo que tendré que volver a esa fiesta y encontrar a un compañero que pueda seguirme el ritmo…-Bromeé, mientras me giraba, amagando a salir de la cama.

Solté una risa cuando Edward me tomó por la cintura y me arrojó sobre la cama, como había planeado, y reboté un par de veces mientras lo veía arrodillarse sobre mis piernas, completamente desnudo y excitado otra vez.

-No hagas ese tipo de bromas. –Masculló, con los ojos entrecerrados, mientras tomaba mis manos entre las suyas y las subía hasta por sobre mi cabeza. En su voz había diversión, pero una suave advertencia también. El celoso Edward, siempre al acecho. –Nunca más.

-¿O qué? –Susurré, desafiante, mientras meneaba mis caderas bajo él.

Edward soltó un gruñido mientras se inclinaba sobre mí sin soltar mis manos.

-O tendré que castigarte.

-¿Castigarme?

-Sí.

-¿Cómo si fuera una niña?

-¿Quieres probarme?

-Oh, me muero por hacerlo, señor Cullen.

Solté una carcajada cuando, sin previo aviso, Edward me giró, dejándome boca abajo, antes de elevar mi trasero y estampar una nalgada en él.

-¡Edward! –Chillé, entre divertida y excitada.

-Yo te avise, cariño.

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And again, muchísimas gracias por leerme y por sus preciosísimos reviews.

Las quiero mucho.