Esa mirada maquiavélica la había heredado de su madre. En esos momentos no podía llegar ni a imaginar lo que su retorcida cabecita pensaba en hacer. Quizás no tenían mucha relación fuera de la cámara de gravedad pero podía saber bien cuándo le mentía y cuando planeaba hacer una de las suyas a diferencia de su madre. El ambiente era tenso, peor que en un campo de batalla.
El niño pelilila de cinco años se encontraba en frente de la puerta de la cámara de gravedad con una sonrisa triunfante, esperando a que su padre la abriera para empezar el entrenamiento. Ambos se miraron desafiantes. Vegeta pasó por su lado e introdujo el código para abrir la cápsula. Cuando fue a entrar escuchó un ruido desagradable proviniente de su pie que le erizó la piel. Cuando miró hacia abajo su cara se tornó pálida y un escandaloso grito de terror se hizo escuchar por toda la Corporación Cápsula.
Bulma apareció en poco tiempo intentando saber qué había pasado. Estaba muy preocupada porque Vegeta nunca gritaba así ni aunque estuviera sacando toda su fuerza. La imagen que vio fue un gran shock: el guerrero estaba en el suelo del jardín, con un leve tembleque en el cuerpo, mirando con espanto hacia la cámara de gravedad. Respiraba agitadamente, sudaba a chorreones y le faltaba una bota en uno de los pies. Delante de la puerta estaba su hijo partiéndose de risa y casi ahogándose.
— ¿Qué ha pasado aquí?
Trunks se calló instantáneamente y tragó saliva. Se había olvidado de huir (y tampoco había pensado en las consecuencias de su travesura). Bulma se acercó hacia el interior de la cámara y vio todo el suelo llego de gusanos de tierra. Delante de ella estaba la bota que había chafado uno.
— ¡Trunks! ¡Cómo has podido hacerle eso a tu padre!
Bulma sabía del asco que le daban los gusanos a Vegeta (en mal planeta había caído). No podía creer que su propio hijo hubiera bromeado con ello. De hecho, ¿cómo lo había averiguado? Nunca había dicho nada (por razones obvias). La peliazul miró furiosa al niño y lo cogió de una oreja lo más fuerte que pudo:
— ¡Ahora mismo vas a limpiar esto y lo vas a dejar como los chorros del oro! ¡Y estás castigado hasta que yo diga lo contrario!
— ¡¿Indefinido?!
— Agradece que ahora mismo tu padre no pueda hablar porque cuando vuelva en sí apuesto que tus entrenamientos se volverán una pesadilla — dijo amenazante.
La peliazul se acercó suavemente a su marido quien estaba casi en coma (no sacaba espuma por la boca por dignidad). Su hijo había cometido sacrilegio en el espacio sagrado del saiyan e iba a ser difícil quitarle ese recuerdo de encima, muy difícil. También iba a ser muy difícil convencerlo de no asesinar a su hijo.
— Mejor voy construyendo otra cámara de gravedad... me da la sensación que ésta no la va a volver a utilizar nunca más...
Y de ahí que Vegeta tuviera la cámara de gravedad dentro de la casa de Corporación Cápsula y no fuera en la Saga Buu.
