"El que conoce el nombre de un hombre, tiene la vida de ese hombre en sus manos" – Ursula K. Le Guin (A Wizard of the Earthsea)
El vendedor recuperó la consciencia. En la celda reinaban la oscuridad y el silencio. El mareo y la sensación desagradable que venía sintiendo se habían desvanecido. Aún alerta, examinó el lugar en busca de una amenaza. No la había.
El cuerpo de Odajima yacía a pocos metros de él.
Kusuriuri se tragó su angustia y su dolor. No era momento para eso ahora. Su compañero lo necesitaba.
Se acercó a él. El susurro de sus ropas era el único sonido en aquel despoblado lugar. Con habilidad colocó el cuerpo sobre él abrazándolo por detrás permitiendole descansar su cabeza en su hombro. Odajima aun estaba vivo, pero no sería por mucho tiempo. Hubiera deseado traer alguna de sus medicinas para aliviar el dolor que estaría sintiendo, pero temía que al dejarlo, su compañero pasara al otro plano en soledad. Así que solo le quedaba permanecer ahí, enfrentando su propia angustia de la forma más estoica posible.
El movimiento despertó al samurai. Al principio miró a su alrededor sin entender, pero luego pareció llegar a una conclusión.
"A ti también te lo ha mostrado ¿Verdad?"
El mercader asintió con la cabeza.
"Es lo que ha intentado decirme todo este tiempo...esos no eran sueños, eran recuerdos"
Odajima hablaba con esfuerzo, procurando evitar que la sangre invadiera su garganta.
"¿Tú, estás bien?"
El boticario percibía que esa pregunta abarcaba un contenido más profundo que el vinculado a los recientes acontecimientos. La pregunta por su bienestar se extendía a toda su travesía juntos. Era un interrogante que pedía veladamente una absolución.
Kusuriuri repasó los días que habían compartido, sus desacuerdos, sus momentos de diversión, sus frustraciones y su amor. La tragedia que los había unido no era nada en comparación con el lazo que habían creado. Al final del camino, eso era lo que los había sanado.
"Estaré bien...ya puedes dejar de luchar."
El samurai sonrió quedamente ante su respuesta. Una tensión sin nombre pareció abandonarlo en ese momento.
Ambos permanecieron en silencio unos minutos. Estaban apoyados en una de las paredes del lugar y el vendedor lo abrazaba en un inútil intento de mantener el calor de su cuerpo. En ese instante, se preguntó si el abrazar a Odajima de ese modo no era más que una forma de mantenerse entero ante la fatalidad de la situación.
"Tal vez...cuando salgamos de aquí podrías hacer ese guiso otra vez..."
Las palabras de Odajima parecían lejanas, como si hablara desde un lugar que ya no pertenecía completamente al plano físico.
El boticario sonrió liberando así parte de la carga emocional que parecía querer adueñarse de su garganta.
"Tal vez.."
"Si" Odajima cerró los ojos "Sí, que tenía algo de especial.."
El boticario percibió el frío de la muerte, pero no se apartó. Por largos minutos lo único que pudo hacer fue permanecer ahí, en esa misma posición.
Cuando finalmente salió del trance en el que había caído no sentía nada. El torrente de emociones que lo había acompañado hasta el momento parecía haber secado su cause. No había nada.
Con la eficiencia que lo caracterizaba comenzó a recoger sus cosas. Le dió una sola mirada a la espada y la guardó en uno de los cajones de su caja. Luego tomó algunas piedras de colores inusuales, unas hierbas y otros suplementos más. Colocó todos los elementos en el mortero y los molió con paciencia hasta formar una especie de aceite. Cuando terminó el preparado se puso de pié y lo fue colocando con especial delicadeza sobre el cuerpo del samurai.
El roce de dos piedras encendió la chispa.
El boticario dió una última mirada y salió de la habitación.
Era un funeral digno de su persona. El fuego era un elemento compatible con su vida como guerrero y con su personalidad. Ahora las llamas de su cuerpo purificarían el lugar y se llevarían sus horrores.
El boticario contemplaba la mansión arder, cuando un maullido lo alertó.
El gato de los Tabaki lo observaba con el misterio que solo pueden poseer los gatos. Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos y luego el animal partió en busca de un nuevo hogar.
Las llamas comenzaron a alertar a los lugareños y algunos comenzaron a acercarse para asegurarse que nadie hubiera quedado atrapado.
El vendedor se alejaba por un camino. Caminaba con pasos lentos pero constantes. Pronto los pueblos se sucedieron unos a otros, hasta que no pudo dar cuenta de dónde se encontraba. Él simplemente caminaba.
Unos días después, un anciano junto a su esposa lo encontraron semienterrado en la nieve al costado de un camino. Por poco y lo habían arrollado con el carromato.
"¡Está nevando muy fuerte señor..no debería quedarse ahí!"
El silencio del mercader irritó al anciano.
"¡Oiga!, ¡¿Me está escuchando?!"
El boticario lo observó como si no se hubiera percatado de su presencia hasta el momento.
"Solo estoy descansando" Su voz se sentía singularmente rasposa. Hacía tiempo que no hablaba con nadie.
El hombre y su mujer no parecían convencidos y pronto la señora persuadió a su marido de darle alojamiento. "Es un Kusuriuri, tal vez tenga alguna medicina que pueda servirnos"
Una vez en el sencillo hogar, la pareja proveyó a su invitado con ropas secas y comida caliente a cambio de algunos unguentos y talismanes para atraer prosperidad.
En un momento la señora le ofreció un pequeño trapo. Ante la expresión desconcertada del vendedor, ella explicó tímidamente "para limpiarse" y con un rápido gesto señaló su rostro.
El mercader asintió. Hacía tiempo que no se veía a sí mismo. Con cuidado tomó el enorme cuenco de agua que le proveían y lo utilizó como un espejo. Su reflejó era un desastre. La pintura se había corrido y ocultaba sus facciones como una extraña máscara. ¿Cómo había pasado eso?¿Cuándo había llorado? No lo recordaba. Comenzó a limpiarse. Sin la pintura, su rostro se veía ajeno y vacio. Era chocante, como si de algún modo hubiera perdido la identidad.
Ya no deseaba verse, así que apartó el cuenco.
Más tarde, mientras la familia descansaba, se permitió reflexionar. En todo ese tiempo desde que había abandonado la residencia Tabaki no había querido volver al lugar, ni siquiera con sus pensamientos. Internamente intuía que el haber caminado tanto, casi hasta el borde de la extenuación, era un modo de evadirse del pasado.
Repasó los hechos.
Sabía que lo habían encarcelado y mutilado. Que inconscientemente en su sufrimiento había creado un mononoke. Ese mononoke, lo había salvado utilizando el cuerpo de Odajima..
Odajima.
Recordar su nombre tocó una cuerda sensible en su pecho, pero no se detuvo. Siguió recordando.
El mononoke había tomado la forma de la espada de Taima. Había creído que era su portador desde siempre, pero ese había sido un error. Al sentirla como una parte de sí mismo, jamás se había preguntado sobre su orígen y sus motivos. La ilusión del mononoke enmascaraba hábilmente su verdad.
Actualmente, la espada permanecía dentro del cajón de su caja. Ahora que sabía que él mismo la había creado con su oscuridad, la percibía como una inquietante presencia dentro de la habitación.
Había ignorado tantas cosas, sobre sí mismo, sobre sus propias verdades.
¿Qué haría a partír de ahora?
¿Quién era luego de todo aquello?
Las preguntas se sumaban en su mente. Se sentía perdido, sin un objetivo claro.
Extrañaba a Odajima. Aún con sus rabietas y su rudeza, su presencia siempre había actuado como un bálsamo para él permitiendole focalizarse.
Con un suspiro de resignación se dispuso a despojarse de la ropa mojada tomando la que la familia le había ofrecido. Estaba en proceso de desatar su kimono cuando la pequeña bolsita cayó al suelo. Mudo de la impresión Kusuriuri demoró unos segundos en darle sentido hasta que recordó.
El cabello que el samurai se había cortado.
"¡No te des por vencido y continúa cazando esos mononokes! Sé que lo que perdiste era muy valioso...sin embargo creo que no es lo único que éres, así como yo no soy solo un samurai. Puedes quedarte con esta parte de mi para no confundirte otra vez.."
Con sumo cuidado tomó la bolsita entre sus manos.
Le había dado su nombre a Odajima y él, sin saberlo, se lo había devuelto aquel día cuando le dió su cabello. Su nombre, su esencia.
El boticario acercó la bolsita a su pecho y agradeció en un mudo gesto. Aún con todo lo que había sucedido, el samurai no dejaba de sorprenderlo.
Odajima había confiado en él y en su capacidad. Ese día le había dado su sentido de vida, su misión. Cazar a los espíritus que se habían vuelto mononokes debido a su rencor hacia los humanos. Utilizaría la espada, la representación de su propio dolor, como un escudo contra ellos y así les permitiría descansar.
Tal vez, algún día con el correr del tiempo, podría también echar luz sobre su propia oscuridad.
Fín
N. de A.: Bueno, hasta acá llegamos con la montaña rusa emocional. ¿Es posible conmoverse escribiendo un fic? Doy fé que sí. La verdad es que esto es lo más complejo que escribí en mi vida y me tomó un arduo trabajo, pero estoy felíz con el resultado. Espero que los que lo lean compartan el sentimiento. Mis especiales agradecimientos a SirenaLoreley por seguirme en este singular camino.
