The Malfoy Twin 7.
– ¡Dame el jodido anillo!
Pandora no tenía idea de cómo habían llegado a esa situación, ambas chicas en pijamas en medio de la sala común de Slytherin –rodeadas de estudiantes de la casa– y lazando gritos una contra la otra. La rubia de obliga a inspirar profundo para recuperar la calma y finalmente decir:
– Pansy, ¿por favor podrías entregarme mi anillo? –inquiere de forma respetuosa–. Es muy importante para mí y en serio lo necesito.
– ¿Quieres el anillo?
– Por favor entrégame anillo, no hagamos de esto un escándalo.
La castaña lanza el anillo al suelo y después lo pisotea con una mueca triunfante en su rostro, la dueña de la joya alza su mano izquierda –sin la varita en ella– para luego exclamar con claridad ¡Accio! el anillo choca directamente contra la palma de su delicada mano. Entonces vuelve a pronunciar un encantamiento con el mismo ímpetu que antes. Diffindo hace estrellar a la chica contra uno de los muros de la sala, causando que el gorila Crabbe vaya a su rescate de forma inmediata al notar las dolorosas heridas abrirse en el cuerpo ajeno.
Aprieta el anillo ente sus manos cuando cae realmente en cuenta de lo que ha hecho. Había usado su magia sin la varita. Tenía práctica en el tema y se consideraba una de las mejores, pero realmente no quería mostrar esa faceta suya a todo el alumnado de Hogwarts para mantener su privacidad. Inhala y exhala antes de coger la olvidada varita de su túnica y con un movimiento vestir el uniforme reglamentario del instituto, después huye directo a la oficina de Mcgonagall.
Joder, iban a matarla.
.
– Déjame ver si he entendido bien, atentaste contra la vida de un estudiante de tu propia casa solo porque tomó prestado el dichoso anillo. –dicta la directora frunciendo el ceño con inapetencia–. Sinceramente esperaba más de ti, Pandora.
– ¿Qué podíamos esperar de ella? –se burla Pansy ante la situación–. Debería expulsarla, profesora Mcgonagall.
– Gracias por la idea, pero debo recordarle señorita Parkinson que la impone los castigos soy yo. –reprende la canosa mujer con la voz severa–. Ahora solicito su silencio, por favor.
Pandora suspira mientras que introduce el anillo en su dedo corazón y seguidamente alza la cabeza para mirar a la directora.
– ¿Sabes la gravedad del asunto, Pandora? –inquiere la canosa señora–. Te unirás a los alumnos recluidos por toda una semana completa, sin peros. Por favor pídele una disculpa a la señorita Parkinson.
– ¿Tengo cinco años o qué? –bufa la rubia–. No lo haré.
– Señorita Malfoy, no haga esto más difícil.
Pandora se ve obligada a contar hasta diez para calmarse.
– ¿Vio, profesora? Ella es un mal ejemplo para Hogwarts.
Esa sin duda fue la gota que derramó el vaso.
– Ustedes dos no tienen idea de lo que significa este ´simple´ anillo para mí. –exclama levantándose bruscamente de la silla–. Quise defender mis pertenencias de forma civilizada, pero la forma en la que Parkinson arrojó la joya al suelo me desestabilizó. No podía permitir tanto irrespeto hacia la memoria de un fallecido solo por una broma. –gruñe apretando el anillo de plata entre sus dedos, sus nudillos se estaban tornando morados de la presión que mantenía su puño y podía sentir como sus uñas se clavaban en la palma de su mano provocándoles pequeñas semi lunas en el trayecto–. Creo que ha quedado bastante en claro que yo mataría por este anillo.
La oficina queda completamente en silencio tras el discurso de Pandora, entonces ella cuando observa la mirada completamente impresionada de la directora no duda en salir del despacho a paso rápido. Con la cabeza en alto y los ojos cargados de furia contenida. En ese momento le importaba una mierda si perdía la insignia de prefecta, no iba a permitir que Pansy Parkinson se burlara de ella tan desmesuradamente. Y como la Malfoy que era, debía hacerla pagar.
.
El resto del día se la paso con una clara mueca de disgusto en la cara, tampoco quiso saludar –como cada día hacía– a los elfos domésticos que se encontraba por los pasillos y muchísimo menos dedicarle la atención necesaria a las clases. Le valía una mierda si Mcgonagall le escribía o no a sus padres, porque estaba segura que ellos entendían que con su anillo no debían meterse.
Los testigos de semejante escena que dio hacía unas horas se le quedaban viendo con burla, pero Pandora ni siquiera se detiene a mirarlos. Los ignora mientras que anda a paso rápido por los corredores para llegar a la sala común de su casa, en donde se tumba en uno de los sillones con un libro rojo en las manos.
– ¿Has logrado escaparte de la gritería de Minerva? –inquiere su hermano tumbándose a su lado con una mueca–. Me ha parecido injusto que te hayan castigado a ti, la infeliz de Pansy está libre de castigo. Estoy seguro de que te han apaleado por ser prefecta de la casa.
– También me parece injusto, pero no puedo hacer nada más. Aunque sentir el frío de la noche contra mi rostro no me molesta en lo absoluto.
– Pareces feliz por el castigo. –frunce el ceño–. Papá no miente cuando dice que eres la diferente de la familia.
– Un infierno andante. –recuerda la chica–. Eso es lo que opinaban todos sobre mí.
– Eres un infierno andante, ese apodo te queda como anillo al dedo. –se encoge de hombros para después conectar mutuamente sus ojos–. Te quiero y lo sabes.
– Oh, cierra la boca.
Los gemelos ríen mientras que continúan echándose bromas entre sí, llamando momentáneamente la atención de los que transitan por la sala común a esas horas. Pansy ingresa a la habitación con lentitud y le dedica una mirada a los hermanos, quienes siguen en lo suyo.
– Puedes tomar una foto si quieres. –comenta el chico con tono burlón–. Te dudaría mucho más que este momento, es una sugerencia.
Pansy Parkinson sale corriendo hacia los dormitorios femeninos sin objetar nada más.
– Probablemente destroce tus cosas por un arranque de furia.
– Le he puesto un encantamiento a todas mis pertenencias, si intenta tocarlas saldrá disparada a su propia cama sin piedad. Papá me lo recomendó.
Draco sonríe con astucia.
– Esa mi chica.
– Soy tu hermana gemela, tu chica no se encuentra presente porque está en el dormitorio. –comenta la mayor incorporándose–. Nos vemos mañana en el Gran Comedor.
– ¡Oye, Astoria y yo no somos nada!
– No te preocupes, guardaré el secreto a nuestros padres. Descansa querido hermanito.
El rubio se cruza de brazos sobre el pecho antes de gruñir en desagrado.
– Buenas noches para ti también, Pandora Narcisa Malfoy.
