9. Ese monstruo de ojos verdes

-El corazón de Elaine. -Leyó Rose divertida. -No parece el nombre de la típica posada de piratas.

Anne Bonny sonrió.

-Cierto, pero es que el dueño no es el típico pirata, supongo...

Entraron al interior. La sala era acogedora, con su chimenea encendida y esa iluminación suave. Pero no parecía que hubiese muchos clientes. Un hombre rubio con perilla, de mediana edad, trasteaba detrás de la barra.

-Eh, Threepwood. ¡No te quejarás!... Esta noche te he traído nuevos clientes. -Comentó Anne con una sonrisa, a la que él respondió con otra. Luego miró a los demás, deteniéndose brevemente en Fezzik, y les saludó con un gesto.

-Bienvenidos... Sentaos dónde queráis. Os serviré unas jarras de Grog...

-Esa es una de las especialidades de aquí. -Comentó Anne, mientras se acomodaban en una mesa junto a la chimenea. -La otra es la comida... ¡Creo que no hay mejor sitio para comer en Isla Tortuga! Especialmente el Estofado Mêlée y el mono de Chocolate... ¡Ya veréis, es delicioso!

El estómago de Fezzik soltó un rugido como para subrayar sus palabras. El gigantón murmuró una disculpa, mientras enrojecía levemente mirando a Rose. Pero ella le sonrió, haciendo un gesto para quitar importancia:

-Uf, ¡la verdad es que yo también me muero de hambre ahora mismo! –Confesó la joven en un tono jocoso que les hizo sonreír a todos.

Y así, disfrutaron de una deliciosa cena tan pronto como les fue servida. Mientras lo hacían, Anne Bonny les contó algunas de sus aventuras de juventud. Así descubrieron que ella había sido en tiempos una terrible pirata, más temida incluso que algunos de sus compañeros hombres.

-La piratería es bastante dura para una mujer. -Terminó diciendo la mujer con un suspiro. -¡Cuesta mucho que te tomen en serio!

-¿Y cómo terminasteis siendo archivera de la Biblioteca de la Perla? -Preguntó el profesor, devorando alegremente una deliciosa manzana asada.

-Como os dije, después atraparme y del juicio, me obligaron a retirarme de la piratería. Además, era madre y no podía irme por ahí a seguir viviendo aventuras con un niño tan pequeño. Durante un tiempo, intenté tener una vida más normal. Mi marido había muerto así que me instalé en una pequeña casa junto al mar y viví allí con mi hijo. Pero cuando apenas era un muchacho, vino a verme y me dijo que iba a enrolarse en un barco... ¿Cómo podía negarme yo, con mi pasado? No me gustaba, pero... él lo habría hecho de todos modos. Sin embargo, cuando mi Jimmy se fue, vi que no tenía sentido quedarse allí. Así que me vine a Isla Tortuga. Pensé que quizá podría volver a vivir aventuras, después de todo. Y al cabo del tiempo, cuando ya se había pasado mi momento de piratear, me propusieron que me hiciese cargo de la biblioteca. Puede que os sorprenda, pero los piratas guardan muchas cosas allí y no desean que se echen a perder. Muchos documentos de posesión de barcos, de tierras o contratos... Bueno, y también libros de viajes y sobre otros muchos temas marinos, como ya habéis visto...

El profesor asintió con los ojos soñadores: Para un estudioso como él eso había sido un valioso descubrimiento... ¡No veía el momento de poder volver a esos libros para seguir su investigación!

-Profesor, ¿cuánto creéis que os llevará vuestro estudio? –Preguntó entonces Anne, bebiendo lentamente un sorbo de Grog.

Fezzik también miró hacia él interesado. Estaba deseando empezar a buscar a Íñigo de una vez. Investigar estaba bien, pero él siempre había preferido la acción…

Silverian paladeó con detenimiento el último bocado de la manzana.

-No sé. Hay tantos libros que ver en esa biblioteca… ¿Una semana quizá? –Propuso con duda.

Fezzik alzó mucho las cejas, sintiéndose contrariado: ¡No disponían de tanto tiempo! Íñigo no podía esperar tanto… ¡Quizá estuviese en peligro!

Sin embargo, Anne Bonny estrechó los ojos, sin poder evitar sentirse algo disgustada con la noticia. ¡Ese maldito profesor la volvería loca! Ya la había tenido todo el día buscando libros sin parar. Se supone que ocuparse de la biblioteca era para ella un trabajo cómodo, su forma de jubilarse. No quería tantas complicaciones… La mayoría de los piratas no iban jamás a la Biblioteca de la Perla y, aquellos que iban, le pedían pocas cosas y no estaban todo el día incordiándola, como esa rata de biblioteca de Silverian.

Rose carraspeó. No hacía falta ser muy listo para interpretar las caras de Anne y de Fezzik. Sin embargo, mucho temía que su padre no se fijaría en eso. Cuando estaba investigando algo, todo lo demás desaparecía para él. No podía evitarlo, siempre se entusiasmaba tanto por el objeto de su búsqueda, que era incapaz de poder pensar en nada más. Pero su hija le quería mucho, a pesar de ello (y también por ello). Su padre era así. Sin embargo, ella normalmente conseguía convencerle para que no perdiera totalmente el rumbo. Por eso se llamaba así, le decía su padre, como la rosa de los vientos… Porque, para él, Rose era su brújula.

-Padre, creo que es mejor que partamos cuanto antes. Una semana quizá nos retrase demasiado. Íñigo lleva desaparecido casi un mes…

El profesor dejó caer los hombros y sus ojos perdieron parte de su brillo, pero al final consintió. Sabía que, en el fondo, su hija tenía razón. La vida de un hombre tal vez corriera peligro. Además, siempre podía volver a completar su investigación más adelante, antes de escribir su estudio para publicarlo.

-De acuerdo. Mañana recogeré toda la información que pueda y partiremos pasado mañana… ¿Os parece bien?

Fezzik y Rose asintieron sonriendo. Anne Bonny no lo expresó con tanta claridad, pero en el fondo, también estaba feliz de recuperar su tranquilidad a la mayor brevedad.

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Llevaban casi una semana de viaje en el Dragón y Aurora apenas había visto a Íñigo. De hecho, empezaba a pensar que el español la evitaba. ¿Cómo era posible que apenas se cruzasen, estando ambos en un barco?

Por el contrario, William permanecía siempre junto a ella, o muy cerca. Constantemente la invitaba a comer con él e intentaba entretenerla. Cierto que el joven inglés le caía bien, pero empezaba a sentirse algo agobiada con tantas atenciones. Sin embargo, se sentía obligada a ser cortés, puesto que era el capitán del barco que les estaba acercando con tanta rapidez a su objetivo. Así que le reía las gracias y, en general, le trataba con bastante amabilidad.

La noche antes de su llegada a Inglaterra, Aurora acudió al camarote de William, pues este había organizado una cena para despedir a sus invitados. Cuando entró, Íñigo ya estaba sentado a la mesa, hablando con el inglés acaloradamente. No obstante, ambos guardaron silencio al abrir ella la puerta. Les miró con cierta duda.

-¿Os pasa algo? –Preguntó directamente. Sin embargo, Íñigo apartó los ojos hoscamente y William sonrió como si no supiese a qué venía esa pregunta. Luego, el inglés se levantó y apartó una silla solícito, para acomodarla a su lado.

Aurora dirigió los ojos a Íñigo mientras se sentaba. El español tenía el ceño fruncido y parecía terriblemente enfadado, pero se obstinó en no abrir la boca. Así que la cena de despedida fue un poco extraña, con William sin dejar de hablar animadamente, Íñigo en completo silencio, como si no estuviese con ellos (o fuese el último sitio donde quisiera estar) y Aurora, sin saber bien cómo comportarse.

Antes de llegar a los postres, el español se levantó y, con una breve disculpa, se fue dejándoles solos. Aurora habría dado lo que fuese por saber qué le pasaba por la cabeza, pero le había dado su palabra de no utilizar jamás sus poderes con él. Cuando desembarcaran en Inglaterra y estuviesen menos rodeados de gente, quizá podría sonsacarle una explicación.

-Pareces preocupada, querida… ¿Te ocurre algo? –William se inclinó ligeramente hacia ella.

-Es Íñigo… ¿No te parece que está muy raro? –Comentó Aurora, señalando hacia la puerta.

William rió con ganas, mientras le ponía la mano en el hombro con delicadeza.

-Bah… Nuestro amigo español es bastante susceptible, no te preocupes. Se le pasará… -Se acercó un poco más a ella. –Mañana llegaremos a mi patria, Inglaterra. Si quieres, puedo llevarte a hacer un pequeño viaje turístico. Conozco algunos sitios muy pintorescos…

-No hace falta, William… -Murmuró ella entre sorprendida y escandalizada. Empezaba a no gustarle nada esta incómoda situación. Pero antes de que fuese capaz de reaccionar, William le plantó un sonoro beso en los labios.

Ella le apartó con brusquedad.

-Eh, ¿qué se supone que estás haciendo? –Dijo, intentando no perder los nervios sin llegar a conseguirlo del todo.

-Vamos, estoy seguro de que tú también disfrutarás mucho con esto… Seguramente tanto como yo. –Y volvió a besarla con pasión, rodeándola además fuertemente con los brazos.

Esta vez Aurora no tuvo tantas contemplaciones. De repente, William se preguntó cómo demonios había terminado tirado en el suelo, patas arriba y con la mandíbula dolorida. ¿Cómo era posible que ella le hubiese dado semejante golpe? ¡Y él ni siquiera lo había visto venir!

-¡NO… SE TE OCURRA… VOLVER A HACERLO! –Gritó ella tajante. Y después, sin esperar ninguna respuesta, se fue del camarote hecha una furia.

Cuando subió a cubierta, respiró hondo para tranquilizarse. Entonces escuchó a alguien canturreando. Era Íñigo. Y a juzgar por su postura (semiderrumbado sobre la cubierta) y su escasa capacidad de dicción, estaba totalmente bebido. Aurora, todavía alterada por lo que había ocurrido en el camarote de William, se acercó al español.

-¿Pero qué haces, Íñigo?... ¡Estás borracho! –Le recriminó.

Él soltó una carcajada vacilante y alzó hacia ella una botella casi vacía.

-Sip… ¡Como una cubaaaa!… ¿Por qué?… ¿Te pareeeece… mal?

Ella se acercó, arrebatándole la botella de la mano sin demasiado miramientos. Por un instante se planteó beber lo que quedaba, pero luego decidió que no sería buena idea y vertió el líquido al mar.

-Eeeeehh… ¡Esh miooooo! –Se quejó Íñigo intentando ponerse de pie para impedírselo. Tras varios intentos lo consiguió. Pero era demasiado tarde, la botella ya estaba completamente vacía. Aurora la dejó caer a la cubierta y la gruesa botella rodó sobre la madera sin romperse. Íñigo la siguió con ojos tristes antes de volverse hacia Aurora. Tuvo que agarrase a unas cuerdas para permanecer más o menos de pie.

-¡No teníassss derecho! –Se quejó hipando. –Era mía… ¡Tú siempre me quitas todo! Primero mi libertad… Y ahora mi botella…

-Tranquilízate Íñigo. –Pidió Aurora agarrando su brazo para intentar que se calmase. Pero él se apartó de ella, resbalando hacia un lado y aferrándose con fuerza otra vez a las sogas, para no caer.

-¿Ves lo que has conseguido?... Tú tío era igual. Siempre me obligáis a hacer cosas… Loooos Vizzini… no pensáis más que en vosoootros mismoooos.

Aurora sintió deseos de abofetearle, pero se contuvo. En lugar de eso se encaró con él:

-¡Pero qué narices te pasa, Íñigo! ¡Por qué has estado evitándome durante todo el viaje!

-Ya teniasss suficiente compañía con Will… Williaaaam. Yo… sólo os estoooorbaba. Tal vez… deberías… pedirle a él queee te acompañaseeee.

A pesar de la vacilación del alcohol, sus palabras estaban indudablemente cargadas de dolor. Aurora se sintió conmovida.

-Íñigo yo…

Pero él levantó la mano para que no siguiera hablando.

-Déjalo… Lo compreeeendo. Yo esssstoy de más…

-¿Pero qué narices dices? –Aurora se enfadó, aunque sabía que no tenía sentido discutir con alguien tan borracho. –Tú y yo somos amigos…

Íñigo se carcajeó ruidosamente.

-Aaaaamigos… -Murmuró después, resbalando lentamente por las cuerdas. Y cayó de culo en la cubierta. De repente se sentía tan cansado… Cerró los ojos y se quedó dormido, roncando suavemente.

Aurora le miró con cierto fastidio, sin saber muy bien qué hacer. Por lo menos esperaba que al día siguiente el español tuviese una horrible resaca que le hiciera arrepentirse de haber bebido hasta emborracharse... ¡Se lo tendría merecido! Pero, ¿qué les pasaba a los hombres? Primero el exceso de confianza de William y, después, la borrachera de Íñigo. Eran como niños grandes… Parecía que sólo fuesen felices llamando su atención. Pues desde luego, ella estaba deseando desembarcar en tierra firme de una vez por todas y poder preocuparse de cosas más importante que ese maldito ego masculino.

A pesar de todo, antes de bajar de cubierta, le echó una capa a Íñigo sobre los hombros. No quería que cogiese frío.

"Esto lo haces por tu propio bien". Se dijo a sí misma. "Si estuviese enfermo, no podría ayudarte al cien por cien".

No pudo evitar que una pequeña parte se sí misma riera con ironía ante semejante embuste.

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Como había prometido, el profesor dio por terminada su investigación al día siguiente. Volvieron a invitar a cenar a Anne y, nuevamente, se acercaron a El corazón de Elaine, para disfrutar de su excelente comida.

-¿Y qué ha sacado en claro, profesor? ¿Por dónde empezarán su búsqueda? –Anne sentía cierta curiosidad a su pesar. Fezzik y Rose le habían contado todo sobre su viaje (aunque habían omitido que Íñigo había sido el Pirata Roberts. Nadie necesitaba saber esa parte, por el bien de la leyenda).

Silverian se encogió levemente de hombros.

-Parece ser que tenemos que viajar hacia el norte… A una tierra que llaman la Isla del hielo… Islandia, creo que ese es su nombre. Diversas fuentes sitúan allí el palacio de La muerte del Mar.

-Será un viaje largo y complicado... -Dijo para sí Anne, sintiendo cierta envidia. Debía reconocer que todavía echaba de menos sus aventuras en el mar. En cierta manera, le gustaría volver a vivirlas... Pero, ¡era una locura! Ella estaba muy bien dónde estaba, ocupándose tranquilamente de La Biblioteca de la Perla. ¡Incluso había empezado a escribir sus memorias! Dejar todo eso para volver a la incertidumbre del mar y sus peligros, era algo absurdo. Cayó en la cuenta de que el profesor había seguido hablando mientras tanto, con ese tono apasionado que dedicaba a todas sus investigaciones y descubrimientos, y se obligó a prestarle atención, desechando sus propios pensamientos.

-... Así que seguramente, y citando a por lo menos cinco fuentes distintas, sea una representación arcaica de un antiguo mito vikingo...

-Papá. -Rose cortó el discurso con delicadeza. -Creo que es muy tarde y debemos irnos. Mañana partiremos al amanecer. Es un largo viaje...

-Por supuesto, Rose... Eumm... Ros -Se corrigió él. Habían decidido que su hija viajaría más cómoda y segura manteniendo el disfraz de grumete. Así que ahora la llamaban así, para evitar sospechas. Pero al profesor le costaba acostumbrarse. Al fin y al cabo, él fue el que le había puesto el nombre al nacer.

-Antes de que os vayáis, quisiera brindar por vuestra aventura... -Se sorprendió a sí misma diciendo Anne. Todos sonrieron mientras alzaban las jarras de Grog rebajado y las hacían chocar sobre la mesa.

-¡Porque todo os salga bien! Mucha suerte... -Dijo Anne solemnemente, antes de apurar el resto de su bebida. "La vais a necesitar, sin duda", dijo después, para sí misma.

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¡Era fantástico sentir otra vez que puedes mover tus extremidades a voluntad!

Valkian levantó las manos y apretó los puños. Luego giró las manos, como para desentumecerlas, y flexionó los dedos lentamente. Su boca se torció en una extraña sonrisa, antes de moverse para hablar:

-De acuerdo. ¡Por ahora es suficiente! -La voz del mago era tan fría como la de su maestra. Tajante y sin admitir réplica alguna. -¡Sal de ahí ahora mismo!...

El joven aún tardó un momento en volver a tener pleno control de su cuerpo. No terminaba de gustarle este acuerdo al que había llegado con la sombra. Ciertamente, tenía sus ventajas eso de "cederle" temporalmente el cuerpo, pero no le hacía especialmente feliz eso de estar en sus manos, al menos en parte. Le hacía sentirse demasiado vulnerable y eso no le satisfacía en absoluto.

La sombra pareció leer sus pensamientos, a pesar de que él intentó ocultarlos.

-Joven mago, sólo era una sugerencia para poder ayudarte de manera más efectiva... Así, cuando Excalibur esté en tus manos, podré usarla a través de ti sin problemas.

Valkian asintió. Era cierto, pero seguía sin gustarle. No obstante, a veces, la única manera de ganar era arriesgarse un poco.

Nuevamente, la sombra pareció adivinar lo que tenía en mente, porque siguió hablándole con tono perspicaz.

-Además, me necesitarás... Ya sabes lo que te dijo Hela sobre el misterioso espadachín que ha conseguido Aurora para que le ayude... Dicen que ese Montoya es el mejor espadachín vivo sobre la faz de la tierra. ¿Crees acaso que tú podrías vencerle sin mi ayuda?

¡Cierto, no lo había tenido en cuenta! La verdad es que no tenía ni idea de cómo su maestra se había podido enterar de eso. Circe y su discípula Aurora eran dos huesos duros de roer, pero Hela parecía contar con infinitas sorpresas y recursos casi ilimitados. La noche anterior a su marcha, antes de la despedida, había ido a su habitación para hablarle sobre los planes de sus oponentes en la prueba del Aquelarre.

-Pero aunque ese Montoya sea un gran espadachín… -Le había dicho Hela sonriente. -…nosotros contamos con la ventaja de conocer su existencia. Mientras que, ni Circe ni su aprendiz, saben nada de nuestro... ayudante.

Y había señalado a la sombra, que permanecía escuchando en total inmovilidad en un oscuro rincón de la habitación. Valkian lo recordó ahora con total claridad. Debía emplear esta ventaja esencial en su provecho, para ganar, como su maestra siempre le había enseñado. La victoria merecía la pena, costase lo que costase. Al fin y al cabo, no estaba totalmente indefenso. Él era un gran mago y sería capaz de mantener el control, llegado el momento.

-De acuerdo, pero ya sabes quién sigue siendo el jefe... -Consintió finalmente estrechando los ojos con frialdad. -De lo contrario, Hela jamás cumplirá su promesa y tú seguirás siendo una sombra más del reino de los muertos.

-Oh, joven Valkian... totalmente de acuerdo. Sin discusión alguna. ¡Tú mandas! -Se apresuró a murmurar la sombra.

Y por primera vez en mucho tiempo, se alegró de no poder sonreír salvo en su imaginación, porque de lo contrario, seguramente Valkian no se habría quedado tan tranquilo con su aparente sumisión.

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Cuando Íñigo despertó, sentía la lengua de esponja y la cabeza a punto de estallar. Se frotó los ojos doloridos, mientras intentaba en vano tragar saliva. No hubo manera, tenía la garganta tan seca como si fuese de barro. Entonces, alguien le tendió una jarra con agua. Él se volvió a medias hacia William, mientras este le hacía un gesto algo impaciente para que cogiese la jarra de una vez. Al final la aceptó y bebió con auténtica ansia, mientras el joven inglés se apoyaba en la borda, junto a él.

-Ayer parece que te pasaste un poco con la bebida... -Comentó irónico.

-¿Tú crees? -Murmuró Íñigo con fastidio, mientras apuraba el resto del agua. Luego se puso en pie trabajosamente y quedó finalmente apoyado al lado de William, intentando evitar que el estómago se revelase más de la cuenta y que sus pies se asentasen lo más firmemente posible, a pesar de sentir mucho más que antes los movimientos de la cubierta bajo ellos. El joven capitán le dio un respiro antes de seguir hablando.

-Hoy os dejaré en tierra. Os he traído hasta aquí, pero me temo que no puedo hacer nada más por vosotros, amigo.

Íñigo vaciló antes de hablar:

-Pensé que igual querrías acompañar a Aurora...

William rió con todas sus ganas.

-Íñigo, amigo mío... –Consiguió decir finalmente, al recuperar el aliento. -Te la cedo en exclusiva. ¡Me temo que es demasiado mujer para mí! -Y mientras hablaba, se llevó la mano a la barbilla, que aún tenía dolorida.

Y así, con una última sonrisa, se despidió de su amigo y le dejó preguntándose a sí mismo qué demonios habría pasado la noche anterior.

(Continuará)


PD: Tengo entendido que fue Shakespeare en Otelo (acto III) el que llamó a los celos "ese monstruo de ojos verdes, que se divierte con la vianda que le nutre". Supongo que sería porque una parte importante de los celos es sentir envidia hacia alguien que tiene algo que nosotros queremos ¡Y ya se sabe lo que se dice habitualmente sobre "ponerse verde de envidia"!... ja ja ja

Y bueno, supongo que ya sabéis a los celos de quién hacen referencia el título, ¿no?

Por cierto, me propuse hacer una referencia a Monkey Island en este fic, así que por ello va lo de la posada y el posadero (bueno y el menú: Grog y demás...^_^ je je je)

¡Ah! y le dedico el capítulo a Valdemar (Ya sabes tú por qué je je je). ¡Espero que realmente lo hayas disfrutado!

¡Hasta la próxima!

Cirze