Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pero los amo. Son creación de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, y sólo pretendo entretener con ellos nuestras imaginativas mentes… ¡un abrazo!

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ADVERTENCIA: Este capítulo contiene un poco de lemon, nada estrambótico pero no apto para menores de edad, si eres peque a volar.

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CAPITULO 9: RESCATADOS.

"Abre la puerta", suplicó en un tono tan ronco que le sacudió los estrógenos…

"Albert…" no podía mirarlo, apenas podía controlar los latidos de su corazón para que éste no saliera disparado…"si lo hago no saldremos de ahí…" dijo Candy bajando el rostro para que sus pupilas anhelantes no pudieran alcanzarla.

Suspiró un momento, cerró los ojos tensándose completamente, apoyando su frente en la puerta. Debió alejarse un momento del cuerpo de ella para volver a retomar un ritmo de respiración más pausado. ¡Definitivamente lo haría volverse loco! La soltó a regañadientes, pero al instante la miró turbado, no sintió el punto de apoyo en su semblante, y entonces comenzó a comprender. Ella había traspasado el umbral, lo esperaba entrando a la habitación, expectante.

Cerró por dentro y avanzó hacia la joven, que retrocedió hasta que su espalda chocó contra el mueble tocador que usaba para peinarse a diario. "Por qué huyes", le dijo coqueto, mientras la tomaba por la cintura, sacándola del rincón donde estaba orillada. Avanzó con ella asida a su cuerpo hasta el medio de la recámara, Candy mantenía sus ojos cerrados, apoyada en su pecho, así que, adoptando un semblante más serio le habló:

"Sé lo que haces Candy. Te conozco. Te amo más que a nada en este mundo, desde hace tanto, que duele, pero no haré todo esta vez, no te rescataré. ¡Juro que si fuera tan fácil te tomaría ahora! Pero no vine aquí a dejarte sin opciones o aprovecharme de ti, apenas puedo contenerme, sin embargo, no haré nada que tú no quieras. ¡Demonios, ni siquiera sé si me quieres! ¿Cuándo terminarás con el imbécil de Steven? ¿Lo harás cierto?" dijo agarrándose el cabello.

Candy por fin levantó su rostro, estaba ruborizado, pero había decisión en sus pupilas esmeraldas. Tomó las mejillas de él entre ambas manos, y lo obligó a mirarla fijamente, mientras le hablaba resuelta: "No Albert, hace rato ya no estoy con Steven, quería decírtelo, pero no volvías a casa. Por favor no perdamos tiempo hablando de eso, nunca fue importante, yo estaba completamente adormecida, equivocada y perdida". Luego, impulsada por un calor tenue, profundo, creciente emanando desde su pecho, acarició suavemente sus pómulos y prosiguió:

"Te amo Albert. No puedo asegurar cómo, ni cuándo, ni dónde surgió este sentimiento. Tal vez estaba tan dentro que siempre estuvo conmigo, sólo que no me había dado cuenta…" agarró una de sus manos y la puso en su pecho izquierdo, a la altura del corazón, "¿Sientes sus latidos?, me duele el daño que irracional e involuntariamente te he causado, jamás nadie hizo mi cuerpo estremecerse así, no tengo control sobre mis emociones, por eso no he sabido reaccionar, parezco una quinceañera de nuevo".

La joven siguió hablando, frunciendo el ceño y llevando una de sus manos a su frente: "Durante este último tiempo me he expuesto de tantas formas que jamás pensé que no te habías dado cuenta de mis sentimientos, he renegado de lo que siento no sólo a ti, también a mí, a todos. He huido, te he celado, he estado a punto de enfrentarme a golpes por ti, he hecho el ridículo, y he quedado como una soberana estúpida. No puedo sacarte de mi cabeza, y …"

Eso fue lo último que pudo pronunciar antes que los labios de Albert comenzaran a devorarla hambrientos. Los papeles se intercambiaron, siendo ahora era él quien sostenía sus mejillas, comenzando a abrirse camino al interior de su boca rozando su lengua contra la suya, incitándola a tomar también el protagonismo.

"Vamos pequeña, bésame…" entonces también ella, embriagada con su cálido aliento, entregó su lengua al vaivén cadencioso de aquel baile húmedo, sin contenciones, en un ósculo repleto de no sólo de lujuria, sino también de genuina entrega. Permanecieron así, muchísimo rato, con los labios hinchados de tanta succión, adormecidos por la excitación, prisioneros de aquella degustación mutua. Cada cierto tiempo paraban de besarse adorándose en silencio, seguían de pie en medio de la recámara, hablando el lenguaje que sólo emanaban sus auras, deleitándose en una mutua contemplación, perdidos en el tiempo y en el espacio.

Albert rompió de pronto el dulce encanto, mientras delineaba con su pulgar los labios de su amada: "Parece que esta vez el rescatado seré yo", sonrió pegando su frente a la de ella. "Desde nuestro beso en el estacionamiento ya no soporto tenerte a sorbos, necesito de ti", dijo esto último recorriendo su cuello con los labios, bajando felinamente el cierre de su vestido rojo. Candy se sonrojó de inmediato y puso sus manos en el torso de Albert. A través de su camisa emanaba su fragancia natural embriagante, que la tenía al borde de la cordura.

"Tu aroma, yo tampoco he podido quitármelo de la cabeza. Anoche yo… estaba ahí, sin querer, tú no traías ropa, no pude decirte porque…"

"Lo sé", sonrió maliciosamente y le guiñó un ojo, "te vi"

"¿Cómo que te vi?" replicó ella empujándolo tan sorpresivamente que cayó sentado a la cama y él comenzó a reír.

"¡No te rías! de verdad que eres insufrible, qué te has creído ¿no me respetas acaso? ¡Para de reír!" increpó Candy con las manos en sus caderas. Su vestido continuaba abierto a medias, y la parte superior se separaba dejando al descubierto parte de su generosa anatomía que lucía aún más exuberante, al ser apretada por un corsé negro demasiado sexy para ser ignorado por él. A decir verdad, en cuanto se percató de la sensual abertura la seguía hipnotizado. La muchacha se acercó para pegarle en el hombro, pero en un rápido movimiento él dejó su espalda contra la cama y sujetó sus muñecas a la altura de su cabeza.

"Me amas pequeña… y estás tan nerviosa que insistes en que te salve como siempre, eh? Está bien, ¿quieres escucharlo? Lo haré hasta el fin de los tiempos, te rescataré y me rescatarás cada día, porque no pienso dejarte ir ni hoy, ni nunca más, ¿has oído?" le dijo mirándola a los ojos con tanta ternura, que los de Candy comenzaron a llenarse de lágrimas.

"Albert, yo no sé qué hacer con todo esto que siento. Tengo miedo, no sé cómo mirarte después de haberte confesado lo que me pasa, nunca pude vivir sin ti, ¿cómo podría hacerlo ahora?" habló echando su rostro hacia un lado, para que él no viese las lágrimas escurrir por sus mejillas.

"¿Acaso no escuchaste lo que dije princesa? No puedo vivir sin ti…por eso volví a Lakewood, te necesito como al aire. No pude jamás sacarte de mi cabeza, menos de mi corazón. Aún sin memoria, volví a enamorarme de ti, estoy perdido. ¿Qué me hiciste pequeña hechicera?" Con sus dedos secó su rostro, y comenzó a besarlo por todas partes, sin acercarse esta vez a sus labios. Pasó por su frente, ojos, mejillas, mentón, y siguió bajando hacia su cuello, deteniéndose en sus hombros, oliendo su aroma a rosas, acariciando sus brazos, besando sus manos. De pronto, los pequeños besos dejaron paso a una lengua lasciva, que comenzó a lamer uno por uno cada uno de sus dedos, su mirada se hizo intensa, indómita, y de un momento a otro pareció como si el oxígeno de la habitación se estuviese extinguiendo, haciéndole a la joven muy difícil respirar.

Candy sintió cómo su pulso volvía a acelerarse, si es que aquello era posible. Un estremecimiento punzante se alojó en su entrepierna y pulsó en su ingle. Su boca se entreabrió y relamió sus labios, que hinchados de tanto recibir, comenzaron también a devolver los besos con la misma fogosidad. Sus manos recorrieron los bien formados hombros de su amante, y avanzaron por su amplia espalda, admirándolo en silencio. Le quitó el corbatín negro y desabotonó su camisa, pero él estaba tan ansioso que terminó de removerla tirándola por encima de su cabeza, sin esperar.

Su piel ámbar contrastaba con su cabello ocre y su tonificada musculatura, haciéndola imaginar que quien la exploraba era un adonis celestial. Albert recorría ahora con sus manos la curvatura de su cintura, con rápida avidez sus dedos comenzaron a soltar los tirantes del corsé, dejando expuestos sus turgentes senos, cual tesoro escondido. Como león hambriento se hundió en la abertura desde donde nacían ambos, sintiendo que desde allí emanaba todo su aroma. Se restregaba y la apretaba con tales ansias que pronto fue necesario quitar su vestido completamente, necesitaba sentirla pegada a él por completo.

Entonces ella también lo sintió, su virilidad latía apremiante en la parte inferior de sus bragas y el calor que ambos cuerpos emanaban era imposible de contener. Albert comenzó a bajar una de sus manos lentamente hacia su intimidad, rozando con sus dedos su vientre y rodeando el límite de su ropa interior. Candy respiraba agitada, su pecho subía y bajaba frenéticamente, y sin pensarlo bajó la bragueta de su pantalón. Él no espero más señales, terminó de extraer rápidamente lo que le quedaba de ropa, volviendo a ponerse encima de ella. Comenzó a tantear con su miembro erecto su zona baja, al mismo tiempo que su mano derecha descendía más allá de cualquier límite, lentamente introdujo uno de sus dedos completamente en su entrepierna, haciéndola estremecer. Ella gimió, y con su otra mano él tapó su boca sonriéndole… "Tranquila, vas a hacer que nos descubra hasta la Tía Elroy…" susurró en su oído, entrando y saliendo de ella con su dedo medio. Candy sencillamente no pudo más y explotó frente a él, dejándose llevar por el cúmulo de sensaciones que aquel hombre le estaba propinando. Subió al Nirvana y debió hundir sus uñas en su espalda para no gritar, pero no fue suficiente, debiendo morder entonces un de sus hombros. Él tampoco era capaz de aguantar un minuto, más, bajó sus bragas y entró en ella húmeda y deliciosamente, embistiendo lento, profundo, comenzó a seguir un ritmo primitivo, tomando firmemente sus caderas, pulsándola, llevándola al frenesí y luchando por no perder el mínimo control que aún le quedaba para no dejarse ir aún. No podía creer cómo su cuerpo podía amoldarse al de ella con esa perfección, era sublime. Si besarla había hecho que el mundo se detuviera esto era el cielo en la tierra.

Se besaron, se fundieron y se amaron locamente. Ambos extasiados ante el cuerpo del otro, entregados más allá de lo físico, hasta que su resistencia llegó al límite y ambos se rindieron frente a la súbita muerte que los embriagó, más allá de cualquier deseo carnal. Albert entonces se enterró en sus rizados cabellos, y ella lo abrazó largamente. Había sido sencillamente maravilloso. Las palabras sobraban, sólo se sentía el agitado respirar de ambos amantes, el fuerte latido de dos corazones desbocados, enamorados, unidos desde el alma indisolublemente.

En el salón, hacía rato que la Tía Elroy buscaba al festejado para cantar la canción de cumpleaños.

"¡George! Qué bueno que lo encuentro, hace muchísimo rato que no veo a mi sobrino, ya me han preguntado por él tres veces. ¿Podría por favor acompañarme hasta su cuarto? No sería correcto que me adentrase en sus aposentos sin una escolta adecuada". Señaló la anciana con rostro impertérrito.

"Por favor Sra. Elroy, no es necesario que una dama de su fineza dedique su exclusivo tiempo a estos menesteres. Yo mismo buscaré a William y lo traeré al salón, no se inquiete". Indicó el hombre con tono gentil.

"¡Muchísimas gracias George! A mi edad debo decidir cuantas veces al día subiré las escaleras, así es que aceptaré su ofrecimiento, indicó Elroy haciendo un gesto cercano a una sonrisa.

Mientras cruzaba el salón para dirigirse al segundo piso, sintió que alguien sujetaba su antebrazo. Al voltear se encontró de lleno con el rostro interrogante de Kathy Royce.

"Hola George, dime por favor que ya sabes dónde está Will. Llevo casi dos horas sin ubicarlo". Demandó la mujer sin dejar de afirmarse de él.

"Señorita Royce, como le indiqué hace sólo diez minutos, no tengo la menor idea donde puede estar el Sr. Andrew. Lo más probable es que se encuentre en el jardín, cerrando algún negocio de último minuto por allí. Le recomiendo que lo busque en ese sector", le respondió quitando su brazo enérgicamente.

Una vez solo, George subió rápidamente a la segunda planta, cuidando en forma previa que nadie lo siguiera. Mirando a ambos lados, dobló sin titubeos hacia el lado derecho del pasillo, directo a la habitación de Candy.

"¡Maldición William! Cuando le prometí a Pauna cuidar por siempre de ti no pensé que sería en forma tan literal", pensó mientras golpeaba suavemente la puerta…

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¡HOLA A TODOS! Espero les haya gustado este capítulo, confieso que me costó muchísimo escribir mi primer Lemon. Sólo espero haber estado a la altura de tan espectacular situación, digo… eran ellos! Candy y Albert! Bueno, ya saben más adelante iré mejorando la técnica XD, con su ayuda, no dejen de comentar qué les pareció.

Esta historia la quiero tanto que me cuesta cerrarla, pero se nos avecina el último capi. No quise hacer sufrir mucho a los rubios en este Fic, sólo condimentar un poquito su relación y darle algunos escarmientos a Candy, después de todo soy una romántica empedernida, y ambos son almas gemelas….aaaahhh me derrito.

Abrazos grandes y ya saben VIVA EL CANDYMUNDO LOS ALBERT FICS!

Saludos, Cordovezza.