Capítulo 9 – Las tres pruebas

Link se había quedado dormido hasta tarde. El sol entraba con fuerza por la misma ventana diminuta por la que la anoche anterior entraba la luz de la luna. Había pasado mala noche, y como por una vez no tenía que cuidar del campamento ni despertar a los demás, decidió concederse el capricho de poder dormir a pierna suelta.

El faro de Rotver ya estaba en plena actividad. Se oían los ruidos y voces de los demás, el bullicio del trabajo diario. Suponía que no lo habrían esperado para desayunar, ni para nada en realidad, ya que los sheikah se bastaban por sí mismos para hablar de sus proyectos e investigaciones. Bajó las escaleras y sólo encontró a Zheline en la cocina, el resto debía estar en el exterior.

—Te he guardado esto cielo, espero que sea suficiente para llenar ese apetito tuyo —dijo Zheline, tendiéndole pan, queso y unos huevos.

Él asintió y sonrió de manera leve para dar las gracias, y después devoró el desayuno sin contemplaciones.

—¿Dónde están los demás?

—Han salido afuera. Granté está de visita y ha venido con una nueva máquina que ha diseñado, se la está enseñando a los demás. Rotver enloquece cada vez que aparece con alguno de sus inventos.

Link tardó un rato en darse cuenta, pero al final recordó que Granté era el hijo de Rotver y Zheline. Después de que se fundase la aldea Arkadia había decidido mudarse allí y tenía su propio negocio. Era un armero formidable, tanto como su padre, él le había llevado escudos resquebrajados y los había dejado como nuevos. Acabó de engullir el desayuno y salió para unirse al resto.

En los alrededores del faro, Rotver acumulaba chatarra ancestral. Para poder amontonarla y manipularla de un lado a otro, Rotver tenía una especie de grúas o ganchos que se controlaban con una palanca. Encontró a Zelda manejando una de las grúas, parecía el mismo rostro de la felicidad al conseguir enganchar un guardián centinela con éxito, y moverlo hasta un punto despejado. Junto a ella estaba Granté, dándole indicaciones para que manejase bien la palanca y los mecanismos que controlaban el gancho.

—¡Estupendo! Pareces una profesional, no sabía que a las princesas les enseñasen a manejar maquinaria pesada —celebró Granté, consiguiendo ganarse una carcajada de Zelda.

—¡Link! —exclamó Zelda al verle aparecer —¿has visto lo que he hecho?

—Sí, ya veo.

—Link, soy Granté, seguro que me recuerdas, de aldea Arkadia —dijo el joven sheikah, tendiéndole la mano, él la apretó.

—Encantado de verte, Granté.

—Zelda, ahora te enseñaré cómo conseguir fabricar un escudo fundiendo las patas del guardián que has movido —dijo Granté, volviendo de inmediato su atención a la princesa. —Primero fundiremos material y luego te mostraré cómo conectar un generador para crear un campo de fuerza.

—Será genial, pero dame un segundo, podéis ir empezando sin mí —dijo ella, y esperó a que Granté se alejase un poco de ellos —Link, ¿has visto qué máquinas tan increíbles? Si hubiera tenido estas grúas hace años…

—Parece divertido —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. No sé por qué no iba a estar bien —gruñó, evitando sus ojos.

—No sé, pareces un poco serio. Tal vez no has dormido bien ahí arriba, es el cuarto más incómodo. Lo siento mucho, al final siempre te toca la peor cama. Si quieres, esta noche dormiré yo ahí y tú en mi habitación, no me importa.

—No me pasa nada. Mi cama era cómoda —reiteró, y se sentó en un tocón de madera que había al lado. En realidad sí estaba molesto, pero no sabría explicar por qué.

—No me imaginaba que Rotver tuviese un hijo tan joven —dijo ella, recuperando el entusiasmo.

—Pues ya ves.

—Se parece muchísimo a Rotver cuando era joven, casi diría que son la misma persona —sonrió ella. Él se encogió de hombros. —Granté fabrica unos escudos increíbles, ¿has podido comprar alguno hecho por él? Seguro que te gustan, son muy resistentes y algunos están reforzados con energía ancestral.

—Sí, sé que fabrica escudos.

Zelda frunció el ceño y lo observó de medio lado.

—Vale, pues… voy a ver cómo siguen trabajando en eso, no te importa, ¿verdad?

Él volvió a encogerse de hombros y Zelda se alejó, para unirse a los sheikah. Él se sentía incómodo. Y sí, puede que malhumorado. No entendía a qué se debía tanta ilusión por un montón de hierros viejos. Además, aún estaba dando vueltas a la conversación que escuchó a los sheikah la noche anterior… ¿debería hablar con Zelda? ¿Debería pedirle que le contase qué había pasado ahora que había logrado averiguar más? Decidió que lo mejor era visitar a Sombra y comprobar que estaba bien atendido.

Una vez en la posta, encontró al caballero de la noche anterior. Montaba guardia de un lado a otro como si estuviese custodiando algo, Link se preguntó el qué. También vio que la posta estaba mucho más concurrida que la noche anterior, muchos visitantes habían llegado esa mañana y ya no quedaba apenas sitio libre para alojarse allí.

—¿Es que se celebra algo? —preguntó al caballero.

El hombre puso los ojos en blanco y siguió haciendo guardia, de un lado a otro. Link no le encontraba ningún sentido. Desde su posición no podía anticiparse a las amenazas, ni siquiera tenía buena visibilidad. Si él tuviera que hacer guardia, no haría eso, a menos que hubiese algo importante que proteger en la entrada de los establos.

—No hagas caso a Hozlar, se cree el capitán de la guardia del ejército invisible —dijo un hombre alto y con gafas —mi nombre es Khiney.

—Link —dijo él, estrechando la mano del hombre.

—Dentro de poco se celebrará el Torneo de Akalla. Por eso hay tantas personas por aquí, son aspirantes al gran premio y eso aumenta la absurda suspicacia de Hozlar… el pobre diablo monta guardias como si estuviese medio loco o hubiese llegado el fin del mundo.

—¿El gran premio?

—Una flecha de oro macizo. Es una reliquia de hace muchos años, que se entrega siempre al ganador, una demostración de valía para un soldado.

—No conocía ese torneo… —admitió.

—¿Conoces el Bastión de Akalla?

—No…

—Diosas muchacho, no debes pertenecer a este mundo —carcajeó Khiney.

—Hace cien años había un bastión en Akalla, ¿es eso? —preguntó. A lo mejor era otra de sus muchas lagunas.

—No, ni hablar. El bastión de Akalla es mucho más antiguo, los arqueólogos tratan de datarlo sin demasiado éxito. Es una elevación de piedra, al sudeste de la posta sur de Akalla. Tienes que haber visto sus inmensas calzadas asfaltadas con enormes piedras si has cabalgado hasta aquí.

—Las he visto.

—Bien, pues si te desvías, llegarás al Bastión de Akalla. Una portentosa forzaleza elevada en la roca… y ahora en ruinas. Dicen las leyendas, que las grandes estirpes de caballeros se formaban ahí. Había unas caballerizas en la hondonada, los mejores armeros y herreros tenían su base en Akalla. Y todos los caballeros se entrenaban sin cesar para llegar a ser dignos de alguna posición relevante en el reino, o por ganarse el derecho de intentar portar el Arma Sagrada.

—El… Arma Sagrada. —de repente Link sintió como si la Espada Maestra vibrase a su espalda. Estaba tan acostumbrado a llevarla que no iba a ninguna parte sin ella.

—Sí, es la Espada del elegido, el custodio último de la familia real. Seguro que te suena la historia, tu espada parece una de las muchas réplicas del Arma Sagrada, aunque no se parece mucho a la original, el armero que te la hizo debió tomarte el pelo —dijo Khiney, usando el dedo índice para colocarse bien las gafas sobre la nariz.

—¿Cómo sabes qué aspecto tiene la espada original? —dijo Link, frunciendo el ceño. Maldita sea, ¿de qué iba ese larguirucho?

—Hay grabados y manuscritos con ilustraciones. Muchos van por ahí con réplicas, como tú, creyéndose alguien importante, no lo tomes como un ataque personal —Khiney volvió a reírse, aunque a Link no le hizo ninguna gracia.

—No me ofendo, me da igual.

—Si te crees un héroe deberías inscribirte en el torneo, tal vez así demuestres la valía de tu espada… aunque mirándola, parece como si fuera a partirse en cualquier momento.

—Ya, claro. Tengo que marcharme.

—Eh, Link, ¡no te enfades, era broma! —gritó Khiney desde la distancia, aunque lo decía entre risas —¡también dejan a los críos como tú participar!¡A lo mejor aguantas media ronda en el torneo!

Link aún podía oír las carcajadas de Khiney desde el establo de Sombra. Por suerte, su viejo amigo enderezó las orejas nada más verle llegar y acercó el hocico hacia su cara para saludarle, la primera sensación cálida en toda la mañana.

—Eh, amigo, yo también me alegro de verte —dijo Link, sacando una zanahoria de su bolsa, la última que le quedaba —últimamente eres el único que me entiende.

Sombra no dijo nada, sólo dio una especie resoplido de placer por verle y por la comida. Link decidió montar a Sombra por los alrededores, dar una vuelta con él le despejaría la cabeza.

No volvió al faro sheikah hasta el mediodía, y decidió llevar a Sombra hasta allí. Estaba más tranquilo teniéndole cerca, los establos estaban abarrotados con los visitantes que llegaban para el torneo y Sombra no se sentía bien con el bullicio. Él tampoco. Eran muy parecidos en eso.

Encontró a los sheikah alrededor de una gran hoguera. Hacía muy buen día, sobre todo para ser otoño, así que habían decidido preparar una buena comilona en el exterior. Él saludó con la cabeza al grupo y rodeó el faro para atar a Sombra junto a un montón de chatarra ancestral. Era un buen sitio, resguardado del viento y del frío, y él sólo tendría que conseguirle comida y agua en abundancia. Si llovía o nevaba podría fabricarle un pequeño cobertizo con restos viejos de los que Rotver acumulaba.

Después de atender a Sombra se unió al grupo, ya había una buena ración de carne asándose a distancia de las brasas, tardaría en estar lista, así que vio brochetas más pequeñas con champiñones y vegetales también cocinándose, servirían de tentempié mientras el asado terminaba de hacerse.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó a Zheline, que se movía ajetreada de un lado a otro.

—No, cielo, hemos preparado el almuerzo entre todos, tú siéntate y disfruta con los demás. Yo estoy ocupada con algunas cosas que Granté ha traído y quiero dejar listas antes de que se marche otra vez.

Link asintió y se sentó en un tocón, cerca de Symon. El resto de sheikah rodeaba a Zelda, que estaba enfrascada en una especie de discusión tecnológica con Rotver. Había demasiados sheikah allí. Zelda arrugaba la nariz de manera casi imperceptible, un poco menos que cuando gruñía o se enfadaba. Parecía tranquila y de muy buen humor, irradiaba luz y eso era bueno, ¿no? Sin embargo, él no tenía la misma sensación de plenitud que otras veces en las que la veía bien, alejada de la nostalgia y la melancolía.

—Link, has estado en la posta, ¿no es cierto? —dijo Granté, con una inmensa sonrisa. Tenía una hilera de dientes blancos y perfectos y los enseñaba siempre que podía.

—Sombra no estaba feliz en esos establos —dijo —por eso lo he traído hasta aquí. Espero que no os importe, yo me encargaré de limpiar y de darle todo lo que necesite. No será una carga para nadie.

—No hay problema, no hay problema —dijo Rotver, agitando la mano —puedes hacer lo que quieras con tu caballo.

—¿Qué pasa con los nuestros? —preguntó Zelda, con una arruga de preocupación entre las cejas —¿estarán bien en la posta?

—Están bien, he pagado un extra a los responsables de la posta para que no les falte nada. Pero a Sombra no le gustan las aglomeraciones. Se siente nervioso y fuera de lugar —aclaró él, aunque en parte sentía que trataba de hablar de sí mismo.

Zelda no parecía muy convencida, Link podía ver cómo la preocupación seguía presente en su cara.

—Esos establos son de confianza —dijo Granté —yo he dejado ahí mi caballo, estarán a la perfección. Y más tarde iré personalmente a comprobar que todos vuestros caballos también estén bien atendidos.

—Ya he comprobado que están bien atendidos —intervino Link —como he dicho, Sombra es especial. Es un caballo salvaje, no se siente bien en los establos. Por los demás no hay que preocuparse.

—Ya, en cualquier caso, iba a bajar a la posta esta tarde —dijo Granté —quiero inscribirme en el torneo. Si quieres, puedes venir conmigo, Zelda, así ves a tu caballo con tus propios ojos. Es lógico en una mente científica tan brillante como la tuya el querer asegurarse siempre de todo.

Zelda deshizo el gesto de preocupación para dibujar una especie de sonrisa.

—Vamos, no me vengas con esas. No tengo nada que hacer al lado de ti o de tu padre. Más bien creo que has encontrado una forma elegante de decir que soy demasiado controladora —bromeó ella, ensanchando más la sonrisa. Granté soltó una carcajada. Link sintió que las sonrisas de Zelda se le clavaban en el estómago, la calidez que sentía las otras veces al verla sonreír se habían transformado en algo incómodo y amargo.

—Coincido en que los progresos de Granté esta vez son fabulosos. Este hijo mío se ha hecho famoso en la aldea Arkadia y los alrededores gracias a sus inventos, alteza. Pronto tendrá que expandir el negocio —dijo Rotver —podrías fabricar prototipos como mi caramelito. Podrías fabricar caramelitos en serie.

—Tu caramelito no sirve ni para apretar media tuerca —dijo Prunia, que estaba más pendiente de leer un manuscrito que tenía en las manos que de la conversación.

Link puso los ojos en blanco, otra vez el estúpido robot de Rotver, estaba claro que no aprendía de los errores.

—¿Qué es la aldea Arkadia? —preguntó Zelda.

—¡Oh! Te encantaría la aldea Arkadia —dijo Granté —es donde vivo ahora y donde tengo mi armería. Es una ciudad que se erigió desde cero, gracias a la colaboración de personas de todos los rincones de Hyrule. Goron, zora, gerudo, sheikah… todos vivimos allí en armonía. Es un ejemplo de hermandad y de superación, un rincón único en todo Hyrule. Y todos hemos trabajado mucho por la aldea.

—Sobre todo Link —intervino Zheline, que apareció de manera espontánea, para tomar su sitio alrededor del fuego.

—¿Link? —preguntó Zelda, clavando los ojos en él.

—Bueno sí, todos hemos trabajado mucho por la aldea —insistió Granté, aunque su tono era menos efusivo.

—No digas tonterías, hijo —Zheline puso los ojos en blanco —Link ayudó durante días enteros a levantar las primeras casas, y trajo a sus habitantes y se gastó montañas de rupias en esas construcciones. La aldea no existiría si no fuese por él.

—No sabía que hubieses levantado una aldea —dijo Zelda. Esta vez su sonrisa fue para él y la sensación fue tan cálida que derritió hasta el último milímetro de amargura que pudiese quedar en su cuerpo.

—Link es muy modesto y por eso no te habrá dicho nada —añadió Zheline —Granté consiguió sentar cabeza gracias a él, y le estamos muy agradecidos por eso, ¿verdad hijo?

—Sí, mamá… —dijo Granté, poniendo los ojos en blanco.

—Y… ¿qué es el Torneo de Akalla? —preguntó él, tosiendo para aclararse la garganta, era preciso un cambio de tema.

—Unas ridículas pruebas para que un montón de fantoches finjan pelear con enemigos invisibles —intervino Rotver.

—No digas tonterías, papá —protestó Granté —es un prestigioso torneo, que se celebra desde tiempos ancestrales. He venido aquí por eso. Al principio sólo fabricaba escudos. Después, tras participar en el concurso de tiro con arco de la aldea, algunos amigos me animaron a entrenar… y aquí estoy. El torneo tiene tres pruebas. El Arquero, El Explorador, El Guerrero. Quien venza en las tres pruebas, es el ganador. Tal vez pueda traer la flecha de oro a casa.

—Los sheikah no compiten en esos torneos desde los tiempos del rey Roham —dijo Prunia, volviendo a reaparecer en la conversación —no sé por qué diablos se ha seguido celebrando, es una falta de respeto hacia la familia real. Y con todo lo que este mundo lleva vivido…

—Zelda, conseguiré la flecha de oro y te la traeré para que tú reestablezcas los torneos en honor a tu familia, si así lo deseas —dijo Granté, dándole la vuelta a la situación.

Está bien, deseaba darle un puñetazo en la cara a Granté. ¿Por qué tenía él que traerle nada a Zelda?

—Te lo agradezco, Granté, pero no me sentiría cómoda reestableciendo nada… —dijo ella, frunciendo el ceño.

Link sonrió para sí mismo. Granté no conocía a Zelda de nada, y no conocía su rechazo hacia su rol pasado como princesa.

—Oh, vaya… —se lamentó Granté.

—No nos quedaremos mucho tiempo aquí —volvió a intervenir Prunia —hemos de volver sin dilación a Hatelia, antes de que el tiempo empeore.

—El torneo sólo son tres días, uno por cada una de las tres pruebas. —dijo Granté —no me dirás que no podéis quedaros tres días más… No importa que no quieras reestablecer nada, Zelda, el torneo es divertido, hay banquetes y bailes por las noches, Akalla estará llena de vida. Además, si os quedáis, haremos el camino de vuelta juntos. Nos desviaremos un poco y os enseñaré la aldea Arkadia.

Zelda se quedó mirando a Granté, como si estuviera sopesando todas esas posibilidades.

—No. Nos desviaremos a la vuelta, pero para ir a la Montaña de la Muerte. Es la ruta que ya he trazado en la piedra sheikah —intervino él. Todos se quedaron mirándolo boquiabiertos, como si acabase de hablar en un idioma desconocido. —Zelda aún tiene que hablar con Yunobo.

—Bueno, ya es suficiente —dijo ella, poniéndose en pie.

—Zelda, ¿a dónde vas? La comida aún no está lista —dijo Granté, también poniéndose en pie.

—Me voy a leer a mi habitación. Cuando dejéis de tomar decisiones por mí, tal vez salga a comer algo.

Zelda desapareció por la puerta del faro antes de que nadie pudiera abrir la boca para protestar.


Link se sintió malhumorado el resto de la tarde.

Deseaba apuntarse al torneo para poder tumbar a Granté de un puñetazo sin que pareciese algo poco caballeroso. Le molestaba. Todo en él le molestaba, que intentase ser el centro de atención, su arrogancia, y su estúpida y perfecta sonrisa. Un caballero debía ser humilde, y anteponer el juramento y los votos a sus deseos personales. Él también tenía deseos personales y eso le molestaba casi más que el propio Granté. Le torturaba la idea de que Zelda prefiriese apoyarse en el sheikah antes que en él. Granté era ingenioso, con él podía hablar de cosas que él no conocía ni aunque se pusiera a estudiar mil horas.

Y Granté tenía ojos en la cara. Había visto a Zelda, lo mismo que la había visto él. Había visto esa especie de magnetismo irresistible que ella irradiaba de manera inconsciente.

Decidió que no era bueno torturarse a sí mismo con tantas estupideces. Agarró el arco y el carcaj y salió hacia el bosque vecino, con la idea de dispararle a algo. Después iría a buscar a Zelda para pedirle disculpas. Ella estaba en su derecho de ir a donde quisiera, con o sin compañía y él había actuado como un imbécil, sólo por tratar de oponerse a Granté.

Cuando regresó, ya había anochecido. Él apareció bastante tarde en el faro, y los sheikah junto con Zelda estaban terminando la cena.

—Linky, ¡estás muy sucio! —observó Prunia, soltando una carcajada.

—Me he caído en una zanja —admitió él. No tenía el mejor de los aspectos, nada que ver con el pelo reluciente y la túnica sheikah impecable de Granté.

—¿Te sientas a cenar con nosotros, Link? He guardado tu ración —le ofreció Zheline.

—No, gracias. He comido algo en el bosque. Voy a ver qué tal está Sombra —dijo sin más.

Soltó las armas en un rincón y salió en busca de su caballo. Ya había anochecido del todo y hacía bastante frío. Cada noche se volvía más fría que la anterior y sabía que un día cualquiera, las primeras nieves llegarían al faro de Akalla.

—Link.

—Hace frío, vuelve al faro con los demás.

—He guardado unas manzanas para Sombra. He visto que tú lo haces a veces.

Link se giró para ver aquellas dos enormes piedras preciosas de la montaña observándole con preocupación. Sabía que era ella sólo por cómo sonaban sus pasos sobre la hierba húmeda que rodeaba el faro.

—Gracias —dijo él, aceptando las manzanas. Sombra relinchó apenas alcanzó a olisquearlas y las devoró en dos bocados. —Estoy bien. Acechaba a un enorme jabalí, con dos colmillos tan largos como mi mano, y fui torpe. Estuvo a punto de arrollarme, pero sólo rodé un poco por el monte hasta caer en la zanja. No pasa nada.

—Me… alegra que sólo haya sido eso. Estaba preocupada por ti.

Él apretó los puños. Ojalá no se pusiera tan nervioso con ella cerca, ojalá el corazón le latiese a un ritmo humano y controlado. ¿Qué iba a ser de él si las cosas seguían así?

—Estoy bien.

—¿Estás seguro de que no quieres cenar con nosotros, aunque sea un poco?

—De verdad que he comido algo en el bosque. Y estoy demasiado sucio como para sentarme ahí. Mira qué desastre.

—Ya veo… —sonrió ella —un baño no te vendría mal, hasta Sombra tiene mejor aspecto que tú.

—Diosas… Sombra siempre tiene mejor aspecto que yo.

—Creo que estoy de acuerdo contigo —rio ella, acariciando la frente de Sombra, que gruñó de gusto. Maldito bastardo afortunado.

—Zelda… Siento mucho haber dicho lo de Ciudad Goron. Por supuesto puedes ir a donde tú quieras —se disculpó.

—Y tú también puedes ir a donde quieras —se apresuró a decir ella —he notado que no te sientes cómodo con los sheikah, lo entiendo. Aunque jamás dijiste nada, yo sé que nunca estuviste hecho para esto, para perseguirme en mis investigaciones o para aguantarlos a ellos.

—¿Nunca lo estuve?

—No, no lo estuviste.

—Vaya, al fin me parezco en algo a mi yo del pasado, eso está bien —dijo, dibujando una media sonrisa amarga.

—Pero eres más libre de lo que lo fuiste entonces. Así que no esperes a mi decisión, o a mis caprichos. No aguantes a los sheikah si no te apetece, si deseas volver a casa o visitar a los goron lo entendería perfectamente.

—No voy a ir a ningún sitio sin ti.

Sin más, evitó a Zelda y se encaramó por las escaleras exteriores hacia su pequeña habitación abuhardillada. No sabía si Zelda estaba echándolo otra vez o qué, pero por mucho que le doliese la idea, lo único que tenía claro en medio de su propia confusión, era que no tenía pensado alejarse de ella.