Capítulo 9
Edward regresó a casa entrada la tarde.
La nieve había caído con plena fuerza, haciendo que el césped y la entrada de coches fuera una fina manta blanca que lo cubría todo. Y en ese momento volvía a caer.
Suspiró y se quitó el abrigo mientras se desprendía de los copos de las botas. La acción de pisar con vehemencia el suelo reflejaba lo que sentía.
Tenía frío, estaba hambriento y, por encima de todo, se encontraba de malhumor. La búsqueda de la madre del bebé había resultado ser absolutamente infructuosa y una sensación de frustración impotente ardía como ácido en la boca de su estómago.
¿Dónde diablos podía haberse metido Alice? Había buscado en todos los rincones que creyó que podría estar. Se preguntó si habría quedado algún sitio que se le había pasado por alto.
Seguía pensando en ello cuando abrió la puerta que daba al salón. La visión que encontraron sus ojos borró todo de su cabeza.
Bella se hallaba sentada en el sofá grande de color dorado, con las piernas acurrucadas de un modo que la hacía parecer una muchacha. Sostenía el bulto blanco y diminuto que era Renesmee, y la cabeza de la pequeña reposaba sobre el hueco de su brazo. Con la otra mano sostenía un biberón que el bebé succionaba con ganas, emitiendo gruñidos de satisfacción mientras se alimentaba. Las luces no estaban encendidas, pero en algún momento Bella había prendido un fuego, cuyas llamas proyectaban un resplandor cálido sobre el rostro que contemplaba a la pequeña con intensidad.
Fue una visión que le quitó el aliento. La idea de que delante de él tenía todo lo que quería, lo que siempre había querido, arraigó en su mente y no quiso marcharse. No deseaba otra cosa que permanecer donde estaba. Quedarse en silencio y mirar.
Pero entonces, quizá por un sonido que no fue consciente que emitía, captó la atención de Bella y le hizo alzar la cabeza.
-¡Oh, ya has llegado! ¡Al fin! ¡Pensé que nunca ibas a volver a casa!
Algo en las palabras, en el tono de voz, agravó su estado de ánimo ya de por sí irascible.
-He estado buscando a la madre de Renesmee. ¡No quería volver hasta haberla encontrado!
-¿Lo has hecho? ¿Lo has conseguido? ¿Dónde está?
-No tengo ni idea. ¿Crees que habría regresado si hubiera podido pensar en algún otro sitio donde buscarla?
-¿No la encontraste?
Sonó completamente decepcionada. Pero no tanto como se sentía Edward.
-¿Doy la impresión de haberlo hecho? -rugió, girando en un movimiento brusco para encender las luces principales y darle al salón una claridad definida y brillante.
Y al volverse otra vez, fue como si el proyector de la realidad hubiera iluminado la escena que tenía ante él, destrozando la ilusión de momentos atrás.
Porque había sido una ilusión, no la verdad. Solo una fantasía de lo que anhelaba superponiéndose sobre la realidad existente. Había visto lo que quería ver. No lo que realmente era.
-¿Ves rastro de alguien conmigo? –le dijo Edward.
-Solo pensaba, esperaba…
Sabía lo que había esperado; que regresara con la madre de Renesmee para poder entregarle a la pequeña y acabar de una vez con esa situación. La irritaba descubrir que no podía hacerlo.
-Pues lamento decepcionarte, pero no la he encontrado. De hecho, a nadie que la haya visto o sepa dónde está.
La visión maternal que se había presentado ante sus ojos al abrir la puerta se desvaneció en unos segundos deprimentes. Había tenido una sobredosis de Navidad, de la imagen de madre e hijo que había en casi todas las tarjetas distribuidas por la habitación, imágenes llenas con una ternura, de amor y una devoción que por lo general eran básicas para esa relación especial.
Y en ese momento entendía qué había encendido la irritación que lo había invadido nada más llegar. En cuanto Bella habló, había sonado nerviosa y hostil.
-Pensé que nunca ibas a volver a casa -había dicho. Casa. Pero nunca antes la casa le había parecido más ajena que en ese momento.
-Es una pena. ¿Qué hacemos ahora? -en sus brazos, el bebé se terminó la leche y soltó la tetina del biberón con sonoridad. De inmediato bajó los ojos para reflexionar en el pequeño bulto de humanidad que sostenía-. ¡Se lo ha terminado todo! ¡Esta pequeña tiene un apetito sorprendente! Es la segunda vez que he tenido que alimentarla desde que te marchaste. Y no han pasado ni cuatro horas. Vamos, Renesmee, ¿no quieres eructar?
Con gentileza la colocó en una posición vertical y con la palma de la mano le frotó la espalda. La cabeza de la pequeña ya caía somnolienta y los ojos se le cerraron mientras emitía una burbuja pequeña y lechosa de su suave boquita rosa. Segundos más tarde, la burbuja fue seguida de un eructo poco femenino que reverberó en el súbito silencio de la habitación.
-¡Buena chica! -alzó la vista divertida, pero la diversión murió nada más aparecer, sustituida por su anterior nerviosismo-. Será mejor que la cambie y luego probablemente vuelva a quedarse dormida. ¿Me puedes pasar el bolso? Hay pañales dentro.
Tuvo que reconocer que habló para desterrar el silencio y no tener que preguntarse en qué podía estar pensando Edward. No sabía qué pasaba detrás de esos profundos y oscuros ojos azules, qué pensamientos llenaban su mente. Solo sabía que en cuanto encendió la luz y le vio la cara, su estado de ánimo cayó en picado casi en el acto.
Si al salir en busca de la madre de Renesmee había tenido un estado de ánimo difícil e impredecible, al regresar era peor. Volvía a sentir que había unas corrientes subterráneas que no entendía, incluso más inquietantes que antes. Ni siquiera la miró al pasarle el bolso de plástico.
-¿Lo hago yo? –se ofreció él.
-¿Sabes cómo cambiar un pañal? -tuvo ganas de reír ante la expresión avergonzada que puso él, pero se contuvo-. Esta vez lo haré yo. Tú has estado fuera todo el día. ¿Has ido lejos?
-He recorrido todo el pueblo y llegado hasta Holton.
-Debiste de caminar kilómetros. ¡Y con este tiempo!
-No fue tan malo. De hecho, la nieve empezó a caer en la última hora.
Cuando se acercó a entregarle el bolso, Bella se dio cuenta de que lo que había creído que eran sombras proyectadas por el crepúsculo eran señales de agotamiento. Una vez que tuvo libres las manos, las alzó para frotarse los ojos con las palmas antes de mesarse el pelo. Sintió que algo se le retorcía en el corazón. Experimentó una súbita oleada de simpatía por su evidente cansancio y decepción por la falta de éxito.
-Pareces rendido. ¿Has comido algo? -él no respondió, pero la cara reveló todo-. Dame un minuto y te encontraré algo. Primero tengo que poner a dormir a Nessie.
-¿Ponerla dónde? -desvió la vista a la caja de cartón en la que había llegado la pequeña y que en ese momento se hallaba junto a la chimenea. Vacía en ese momento, parecía aún en peor estado, unida en partes por cinta aislante.
-Ahí no -repuso Bella al seguir la dirección de sus ojos. Señaló sobe la mesa el cajón de una cómoda del dormitorio.
-Muy inventiva -fue imposible interpretar su tono.
-No. Recordé haber leído en una ocasión que para un bebé resultaba bastante seguro un cajón vacío, de modo que improvisé. Un par de mantas como colchón y su pequeño saco de dormir la mantendrán cómoda y abrigada.
No había esperado recibir alabanzas. Habría bastando con un simple agradecimiento. Incluso se habría conformado con un gesto de la cabeza. Lo que no esperaba era que la expresión de Edward permaneciera tan impasible como una piedra. Si hubiera hablado del precio del pescado en el mercado, no podría haberse mostrado menos interesado.
«¿Y qué esperabas, tonta?», se reprendió. «¿El premio Nobel por cuidados infantiles? Estás hablando de Edward. El hombre que dejó claro que lo único que quería de ti era que dieras a luz. No le importa que sepas cuidar de un bebé o que incluso lo quieras. Solo que tenga tus genes y que por sus venas corra tu sangre».
Ante la inminente amenaza de las lágrimas, supo que tenía que salir a toda velocidad del salón antes de delatarse.
-La llevaré al cuarto de baño para cambiarla -anunció con una gran fuerza de voluntad para que su debilidad no se percibiera a través de la voz-. Es más fácil de esa manera. Siéntate y entra en calor hasta que te prepare algo para comer una vez que haya terminado.
-Puedo prepararme yo un sándwich. No te preocupes.
El comentario de Edward le causó dolor y volvió a hacer que su estado de ánimo pasara de un extremo a otro. En esa ocasión le dio la bienvenida al estallido de indignación.
-¡Sé preparar un sándwich y una sopa! ¡No voy a envenenarte con eso!
Para su consternación, vio que las líneas de la boca de él se elevaban en algo sospechosamente parecido a la diversión. Pero solo duró un segundo y se desvaneció.
-Recuerda que tengo experiencia de tus artes culinarias -murmuró con sequedad.
Bella tuvo que conceder que el comentario estaba justificado. La cocina no era su fuerte. De algún modo, la habilidad que había hecho de su madre una cocinera maravillosa la había pasado por alto a ella. Los pocos platos que había intentado preparar en los primeros días del matrimonio se habían quemado por completo o quedado crudos. Desde entonces había mejorado un poco, pero casi siempre dejaba la cocina al ama de llaves.
-La señora Dillon preparó la sopa. Y ni siquiera yo puedo estropear unas rebanadas de pan a las que hay que untar mantequilla y ponerles queso.
-De acuerdo. Correré el riesgo.
-Volveré en un minuto.
La única reacción de él fue un leve asentimiento con la cabeza. Tenía toda la atención centrada en el bebé, que ya se había quedado dormida en brazos de ella. Mientras Bella observaba, Edward alargó una mano y tocó el rostro diminuto de la pequeña.
El contraste entre el ancho y el poderío de la mano y la delicadeza de la fina estructura ósea del bebé atenazó la parte vulnerable y herida del corazón de Bella, que tuvo que esforzarse por contener las lágrimas.
-Será mejor que vaya a limpiar a la pequeña -dijo con vehemente sonoridad-. No tardaré.
Agradecida de poder escapar de la atmósfera emocionalmente frágil de la habitación, huyó en dirección del pasillo y las escaleras.
Se tomó su tiempo para limpiar y cambiar al bebé, y solo regresó abajo cuando consideró que se sentía capacitada para volver a enfrentarse a Edward. De hecho, no lo estaba, pero sospechaba que como tardara más, él subiría para saber qué la retenía.
Se lavó la cara con agua fría para refrescar el ardor en los ojos, respiró hondo y se obligó a bajar con calma al salón.
Lo vio sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y el mentón en las palmas de las manos, con la vista clavada en el fuego, como si en las formas que danzaban en las llamas pudiera leer algún mensaje místico. Apenas alzó la cabeza cuando ella acomodó a Renesmee en el cajón que servía como cama improvisada, y unos minutos más tarde se movió cuando Bella regresó con una bandeja en la que había un cuenco con sopa y un plato lleno de sándwiches, que depositó en la mesita de centro delante de él.
-Gracias -repuso distraído, evidentemente con la mente en otras cosas.
-Edward -comenzó ella al sentarse en el sillón que había a la derecha del fuego-. Acerca de Renesmee ¿Edward?
Tardó unos momentos en dejar lo que lo absorbía, y al volverse hacia ella movió la cabeza como si quisiera despejarla.
-¿Qué pasa con Nessie?
-¿No es obvio? ¿Qué vamos a hacer con ella? Quiero decir, no podemos quedárnosla. ¿No crees que deberíamos ponernos en contacto con los Servicios Sociales o algo así? Alguien oficial.
Eso lo obligó a centrarse. Al menos pareció cobrar vida.
-Ni lo sueñes.
-Pero, Edward tenemos que…
-¡He dicho que no!
La ferocidad del tono la sobresaltó y la impulsó a retroceder.
-Lo siento –se disculpo él.
Al ver su reacción, de inmediato bajó la voz, aunque con un esfuerzo manifiesto.
-No podemos entregarla a los Servicios Sociales. Una vez que se involucran…
-¡Pero tienen que hacerlo! Para eso están para estos casos. Es su trabajo.
-No.
Baja y serena, la voz aún tenía más fuerza que la enfática respuesta anterior, y la mantuvo en silencio, a pesar de que sabía que debía protestar más.
-Deja que te lo explique -continuó Edward tras una prolongada pausa-. Es bastante más complicado que un simple bebé abandonado.
-¿Complicado por qué?
-Sé quién es la madre de Nessie.
No había esperado eso y la conmoción la dejó rígida. Se irguió en el asiento y lo miró fijamente.
-¿Tú?¿Cómo?
-Vive en el pueblo. La conozco bien. Siempre ha sido un poco indómita, un poco descontrolada.
-¿Y cómo sabes que esa ella?
-Se llama Alice -informó Edward.
-¿Qué esa Alice es la madre de Renesmee? Y ya que estamos en el tema, ¿cómo sabes que se llama Renesmee?
-Cuando encontré la caja, había una nota. Ponía que se llamaba Renesmee y unas pocas cosas más.
-Y esas «pocas cosas más» ¿te indicaron que la madre de Nessie era esta Alice? -él respondió con un gesto lento y afirmativo-. ¿Puedo ver la nota? -supo la contestación antes de que la ofreciera. Fue evidente que la idea le desagradaba y que no quería que la leyera.
-No la tengo conmigo. Debí de dejarla en alguna parte. Pero sé que Alice es la madre de Renesmee. Y por ello también sé que si involucramos a los Servicios Sociales, Alice podría meterse en problemas.
-¿Y no lo está ahora? ¿Qué clase de madre…?
-¡Lo sé! Ahí quiero llegar. Alice ya tenía problemas antes de esto. Se mezcló con los chicos equivocados. Un par de roces con la ley. Intentaba enderezarse. Lo último que necesita ahora es tener más problemas por el estilo. Si se lo contamos a los Servicios Sociales, todo el asunto adquirirá un tinte oficial. Y una vez que suceda eso, ya no se puede parar. Puede que incluso le quiten al bebé.
-No creo ¡Edward, debemos informarles!
-No. Complicaría demasiado las cosas. Tratemos de controlar la situación unos días, una semana como mucho, hasta que pueda encontrar a Alice -se volvió en el asiento y le tomó las manos, al tiempo que la miraba a los ojos-. Bella ¡por favor! ¡Por favor, ayúdame en esto!
Se quedó helada. «Por favor». El había dicho «por favor». No solo una vez, sino dos, en rápida sucesión. Y su marido jamás decía por favor. Ni siquiera lo había dicho el día que le pidió que se casaran.
-¿Tanto significa para ti?
No era necesario que respondiera. El «por favor» le había revelado todo lo que necesitaba saber. No obstante, él asintió.
-Dame unos días para investigar un poco. ¿Te quedarás ese tiempo?
-¿Quedarme? -durante unos momentos la mente se le quedó en blanco. Había olvidado por completo la falsa amenaza de marcharse, de divorciarse. Pero al parecer Edward lo recordaba todo-. ¿Quieres que me quede por el bebé? -la idea de que eso era todo fue como un golpe que le llegó al alma.
-Aunque solo sea por eso –le contesto Edward.
-¿Y qué quieres tú? –pregunto Bella.
-Ya lo sabes. Ya sabes lo que siempre he querido. El matrimonio que acordamos al principio, en los términos que aceptamos hace un año.
-Matrimonio y un hijo -dijo Bella en un susurro.
-Un hijo legítimo.
Había vuelto el tono duro e implacable, y Bella supo que no le sería posible ir más allá de la expresión de total impenetrabilidad hasta alcanzar algo más suave, más accesible.
-Sin hijos, no hay matrimonio -citó ella con amargura. Edward no respondió, simplemente la miró sin pestañear, sin ningún atisbo de emoción en las profundidades azules de sus ojos-. ¿Qué es esto, Edward? ¿Quieres mantener a Renesmee en casa en un intento por hacerme sentir maternal, de acelerar mi reloj biológico?
La miró de arriba abajo con una expresión de absoluto desdén.
-¿Maternal? -repitió con tono salvaje-. ¿Tú?
La aguijoneó como la punta de un látigo y la impulsó a replicar sin pensárselo dos veces.
-¡Podría serlo! Lo sería con la persona adecuada.
-La persona adecuada -repitió Edward de forma ominosa-. Y, desde luego, la «persona adecuada» no soy yo.
Bella cerró los ojos con una agonía de arrepentimiento por lo que acababa de decir. Había querido dar a entender con una persona que la amara, con alguien que pudiera ofrecerle un compromiso de por vida. Pero sabía que Edward pensaba en su furiosa declaración de que ningún dinero que le ofreciera bastaría para convencerla de tener un hijo con él. Y el potencial explosivo de eso, unido a su última manifestación, le helo la sangre.
-Yo… -comenzó, sin saber qué decir, solo que tenía que tratar de desactivar la bomba de relojería que sin darse cuenta había activado-. No era mí…
Pero cuando volvió a abrir los ojos, descubrió que le hablaba al aire. En el momento en que había cerrado los ojos, Edward se había incorporado para abandonar la habitación sin decirle una palabra.
Por segunda vez en menos de doce horas, Edward consideraba que marcharse de la habitación era algo mucho más sabio que quedarse.
Hasta no haber recuperado el control, dominado la ira que amenazaba con romper toda contención y hacer más daño del que podía imaginar, no confiaba en sí mismo para encararse a Bella. Como abriera la boca, sabía que no sería capaz de parar, y ya tenía problemas más que suficientes que resolver, sin añadir más como resultado de su propia necedad.
Tal vez ayudara una ducha. Una ducha muy caliente seguida del castigo de una fría.
No funciono. Al volver al dormitorio, secándose y con los dientes castañeteándole, la piel le hormigueaba tanto que casi le quemaba, pero en la mente seguía la llama fría de la ira sombría y salvaje que daba la impresión de que nada podía suprimir.
Fue al tirar los vaqueros que había usado todo el día a la cesta de la ropa sucia cuando un sonido crujiente e inesperado capto su atención. Los recogió con curiosidad, y al comprobar los bolsillos encontró la tira de píldoras que le había quitado a Bella aquella misma mañana.
«No podía traer a un bebé a este mundo tu mundo. Jamás podría tener un hijo de un matrimonio sin amor». Las palabras que le había soltado reverberaron en ese momento en su cabeza, reemplazando el frío puramente físico con el fuego helado de la furia.
Cerró la mano sobre las píldoras y las aplastó con ferocidad. Le había dado todo lo que le había prometido, ¡todo lo que había querido!, y a cambio ella se lo había tirado a la cara.
Si quería combatir el fuego con el fuego, así sería.
Pero el fuego que él tenía en mente era de una clase diferente y mucho más placentera.
Durante largo rato y en silencio, contemplo la tira de píldoras que tenía en la mano. Solo se habían consumido dos. Pero habría más en alguna parte.
Una búsqueda minuciosa en los cajones del tocador de Bella reveló lo que buscaba y le produjo una sonrisa lóbrega. Solo quedaba una cosa.
Un par de minutos más tarde, bajaba por las escaleras más que dispuesto para el combate.
Bella seguía sentada donde la había dejado, con las manos en el regazo y la vista clavada en el fuego que ya no era más que ascuas brillantes. Hasta la sopa y los sándwiches, que ya empezaban a parecer secos y carentes de atractivo, permanecían en la mesa tal como los había dejado hacía un rato.
En cuanto entró en la habitación, ella alzó la vista, para volver a bajarla de inmediato y clavar los ojos en un punto de la alfombra.
-La sopa se te ha enfriado.
Los largos minutos que había estado ahí sentada, esperando el retorno de Edward, habían sido la peor prueba de resistencia. Le habían dejado los nervios tensos y frágiles.
Desde el momento en que él se había marchado, se había debatido con una cobarde reacción de huida. La parte más débil de su naturaleza anhelaba irse recoger el abrigo y largarse de allí para no tener que volver a enfrentarse jamás a Edward. Pero nada más analizar la idea, su lado más fuerte la rechazó. Para empezar, había que pensar en Renesmee; no podía abandonar a la pequeña cuando la madre ya lo había hecho. Y además, jamás había rehuido una situación complicada. Sin importar cuál fuera el problema, se quedaba y lo encaraba.
-No tengo hambre -respondió Edward con brusquedad-. Al menos no de comida.
No necesitaba preguntarle cuál era su apetito. Resultaba evidente en el brillo de sus ojos, en la caída sensual de los párpados, que le proporcionaban un atractivo sexual y seductor que le llegaba directamente al corazón.
En cualquier otra situación habría respondido al instante. E incluso en ese momento el cuerpo anhelaba lanzarse a sus brazos, ahogarse en sus besos, abandonarse a la necesidad que su presencia siempre creaba en ella. Pero si hacía eso, volvería al punto de partida y perdería todo el terreno ganado en el último día. ¿O en vez de ganar había perdido?
De hecho, ya no sabía qué era ganar y qué era perder. ¿Quedarse con Edward a sabiendas de que no la amaba era lo peor que podía sucederle? ¿O la peor perspectiva que había en el futuro era ponerle fin a ese matrimonio falso y vivir sola, sin volver a ver al hombre que amaba?
-No hay nada más disponible –dijo ella.
-¿No? -cuestionó él con voz sedosa-. ¿Hasta cuándo podrás mantener eso?
Sin molestarse en responder, le lanzó una mirada de puro desdén y rezó para que sirviera para ocultar la suspicacia y duda que la atribulaban. Se preguntó qué estaría pasando en ese momento por la mente manipuladora de Edward. No tardó en averiguarlo.
Con andar fácil y relajado, él atravesó la sala para situarse junto a su sillón.
-Toma.
Extendió la mano izquierda con la palma hacia arriba. En el centro centelleaba el brillante solitario junto con la suave belleza del oro. El anillo de compromiso y la alianza.
Tragó saliva.
-¿Y qué se supone que he de hacer con ellos? -la lucha que mantenía para que su voz no le temblara hizo que sonara frágil y fría.
-Podrías intentar ponértelos. Los compré para ti.
Sonó tan simple, tan razonable, pero sabía que al provenir de Edward, no podía ser tan sencillo. Había mucho más detrás.
-Y yo te los devolví. No los quiero.
La mentira se le atragantó. Quería esos anillos con todo su corazón. Había significado mucho para ella poder ponérselos. Saber que era la esposa de Edward. Pero eso había sido antes de que se diera cuenta de que necesitaba mucho más que lo que él podía dar. Que nunca podría continuar con la clase de matrimonio que él podía ofrecer. Que estar con Edward y saber que no la amaba era mucho más de lo que era capaz de soportar.
-¡No los quiero, Edward! –insistió Bella.
-Pues yo tampoco.
Con un movimiento rápido de la mano, los depositó sobre la mesita de centro, dos hermosos símbolos carentes de sentido, de un amor que nunca había existido.
-Y también podemos prescindir de esto.
Bella no vio lo primero que arrojó al fuego, solo el súbito resplandor de una llama cuando el calor dominó e incineró lo que hubiera sido. Pero lo siguiente se hallaba en una caja; una caja que ardió durante unos segundos vitales antes de que los extremos abrasados se desprendieran y estallaran en llamas. Y en esos segundos pudo leer lo que había impreso en la cartulina.
-¡Son mis píldoras!
Se levantó y trató de alcanzarlas antes de que él arrojara las otras dos cajas con la primera. Pero llego tarde, e incluso al detenerse, tratando de recuperarlas antes de que las llamas las envolvieran, Edward cerró los dedos fuertes sobre sus muñecas y la apartó del fuego.
-¡No seas estúpida! –rugió-. ¡Te podrías haber quemado!
-¡No me importa! –replicó-. Necesito esas píldoras.
-No, no las necesitas -manifestó con calma absoluta, inmovilizándola-. No vas a necesitar ninguna píldora anticonceptiva -repitió para que le quedara claro.
-¿No voy a…?
El movimiento de cabeza de Edward fue tan obstinado como su expresión.
-A partir de ahora, no tendrá sentido que tomes cosas por el estilo. O permaneces en este matrimonio, en cuyo caso te acostarás conmigo cuando yo quiera, cada vez que quiera, o te vas, porque solicitaré el divorcio. Y te juro por Dios que como mires a otro hombre, me cercioraré de que jamás recibas otro centavo de mí o de la fortuna de mi abuelo, aunque yo mismo tenga que entregarla a los caballos retirados de las carreras.
Sin soltarle las muñecas, le hizo dar la vuelta para que tuviera que mirarlo a la cara pétrea que en absoluto se parecía a la del hombre que había amado desesperadamente.
-¿Qué me dices, cariño? Es hora de tomar una decisión. ¿Qué respondes? ¿Cuál será?
