Lo prometido es deuda ;) Aquí os dejo el capítulo.

Nos leemos abajo :3


Este capítulo ha sido beteado por: Verónica Pereyra (Beta FFAD)

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"Al hombre perverso se le conoce en un sólo día; para conocer al hombre justo hace falta más tiempo."

Sófocles.


Capítulo 8

Gilipollas. Sí, es que era gilipollas.

Edward estaba sentado en la silla de su nueva oficina, mirando detenidamente el magnífico paisaje de Nueva York. Su ceño estaba fruncido. Se estaba apretando el puente de la nariz para intentar calmar su enfado.

Habían pasado cinco malditos y asquerosos días desde que fue a casa de Bella. Hoy era viernes y esperaba poder volver a mover ficha. Ella le había estado evitando durante este período de tiempo, y ¡eso le irritaba sobremanera! Parecía que no quería repetir lo que hicieron, como ella misma había dicho.

Se volvió a maldecir. Había cometido tres errores garrafales:

Primero, le dio a elegir. ¡Él no quería que eligiera! ¡Quería que cayera a sus pies cada vez que quisiera follarla! ¿Tan difícil era eso? No, ¡claro que no!

Segundo, había dejado que ella llevara la batuta, cosa que no era normal. No le disgustaba tampoco, pero a él le gustaba tener el control.

Tercero, ¡se había ido sin acabar! ¿Estaba perdiendo facultades, o qué coño le pasaba? Su ceño se profundizó más si cabe. No va a volver a pasar, sentenció firmemente. Utilizaría cualquier artimaña para acercarse a ella.

Era completamente irreal que no la viera, trabajando en el mismo edificio. Ya no era sólo en el mismo edificio, sino en la misma planta y ¡justo al lado del despacho de ella! Pared con pared... Madre mía, sí estaba perdiendo facultades. O lo que pasaba era que nunca había dado con una mujer así, que no quisiese estar con él. Le gustaban los retos, pero éste parecía prácticamente imposible, especialmente si ella ponía un muro entre ellos.

Pero, ¿cómo empezar a seducirla? Suspiró fuertemente.

Los trucos que utilizaba con las demás mujeres no funcionaban. No era como aquella rubia de la fiesta, ¿cómo se llamaba? No lo recordaba. ¿Taria, Tina? ¡Qué más daba! Lo importante era que Bella no era como aquel putón verbenero. Nunca había ido a por remilgadas. Y la única solución coherente parecía invitarla a algún sitio. ¿A cenar? Muy típico. ¿A su casa? ¡No! Allí vería sus intenciones antes de que acabara de proponérselo.

Cogió el teléfono y llamó a Garret, su hermano. Él era un romántico empedernido y sabría qué hacer.

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— ¿Hola? —Alice le estaba balanceando las manos en frente de su cara. —Tierra llamando a Bella.

—Sí, sí —dije, acabando con el movimiento de las manos de un manotazo.

—Sí, sí, ¿qué? ¿Has oído acaso algo de lo que te he dicho? —preguntó con un suspiro de resignación.

—No, la verdad es que no.

— ¡Pues deja de estar en Babia de una vez! Tengo noticias de mi relación con Jasper —los oídos de Bella se pusieron alertas al instante. María había estado yendo esos días echa una furia, preguntando por la "enana de pelo corto", palabras textuales. A punto estuvo de patearle el culo a la asquerosa esa, pero recordó que era su mejor cliente.

— ¿A sí? —preguntó simplemente.

— ¡Sí! —Alice saltaba encima de la silla dando palmadas. Dios mío, no quería decirle lo que le tenía que decir. —Me ha dicho que ya está preparando los papeles del divorcio Bells, ¡estoy tan ilusionada! Quiere que nos mudemos a un ático del centro, ¡incluso me lo ha enseñado! ¿Te lo puedes creer?

—Allie...

—Es precioso Bella, tienes que venir a verlo. Mira… —continuó mientras rebuscaba algo en su bolso. Sacó unas relucientes llaves de las que colgaba un llavero que rezaba: Por siempre, tú y yo.

— ¿Eso no es un poco adolescente? —rió Bella señalando hacia el pequeño metal que colgaba.

—A mí me gusta —y se lo volvió a guardar rápidamente. —En serio, no sabes lo feliz que estoy ahora. Dentro de poco podremos expresar nuestro amor libremente. ¡Libremente!

—Allie, no me gusta que te ilusiones tanto —le advirtió seriamente.

—Ya te he dicho que está preparando los papeles —la sonrisa de la cara de la duende tembló un poco.

—Alice... —su voz quedó interrumpida por el desesperado susurro de su amiga.

— ¡Por una vez, una sola vez, déjame ilusionarme todo lo que quiero! —el corazón de Bella se contrajo al ver las lágrimas que asomaban los ojos de Alice.

—Allie, no puedo —la voz se le quebró.

— ¿¡Me quieres ver infeliz y llorando, entonces! —escupió la duende.

Bella pudo oír como sus dientes rechinaban al chocar duramente.

—Por supuesto que no —dijo rápidamente. —Sabes que no. Pero lo que no consiento es que te hagas ilusiones con un hombre cuya mujer vino cada día después de que te fuiste con él, pidiéndome explicaciones. Diciéndome que pagaríamos, tanto tú como yo, las consecuencias de este romance. ¡No puedo perder la cuenta Whitlock!

—Así que lo único que te interesa es la puta cuenta —tanto las palabras de Alice como sus miradas de odio y reproche, fueron devastadoras. —Tú no sabes lo que es sentir los brazos de tu amado alrededor, mientras te hace el amor. Sus besos, sus caricias. Esas palabras que te dice por la mañana y te dejan tonta durante todo el día, que te regale flores y bombones, que haga el tonto sólo para que te rías. Que... que... —las lágrimas cubrían sus mejillas, y Bella sentía que ella tampoco podría retenerlas por mucho tiempo más.

—Allie...

— ¡No! ¡Allie, no! —gritó. — ¡Por supuesto que no lo sabes! Lo único que experimentaste fue el odio, rencor, crueldad de aquel miserable. Nunca te quiso nadie, así que no me des consejos que no he pedido.

Bella abrió los ojos por la sorpresa. Sintió como algo se le clavaba en el corazón y éste se desangraba poco a poco. Alice, su mejor amiga, le estaba echando en cara algo de lo que ella no tuvo control alguno. ¿Con eso quería decir que ella tampoco la quería? Podía ver la furia en su mirada. Intentaba entender ese arrebato que tuvo, pero… ¿por qué tuvo que ser tan cruel?

Sentía como las lágrimas bajaban por sus mejillas mientras que sus ojos seguían sin pestañear. Le había hecho daño, mucho daño. Se levantó todo lo rápido que pudo de la silla y salió corriendo por la puerta. Oyó un leve jadeo y la silla caer mientras Alice intentaba seguirla. Notó cómo intentó cogerla del brazo, pero tiró bruscamente, no quería verla, no después de lo que había dicho.

Se metió en uno de los servicios, se apoyó sobre la puerta y se dejó caer lentamente hasta tocar el suelo. Abrazó sus piernas fuertemente mientras se balanceaba. No podía parar de ser una jodida regadera. Como tampoco pudo evitar que los recuerdos volviesen a ella.

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4 de marzo de 2005

El alivio llenaba el pecho de Bella. James se había marchado. Después de unos durísimos tres meses, se fue. En sus labios se podía entrever una sonrisa de sosiego. Su madre estaba mirándola con odio, como ya era normal. Le estaba echando en cara que el hombre se había ido.

¡Fue tu culpa, maldita zorra! las lágrimas se adueñaron de Renée. Bella ni se inmutó.

Yo no tengo la culpa de que ya no te quiera como amante escupió la morena en un acto de valentía. O lo que sea que tuvieseis...

¡Él me amaba! dijo obstinada. No le importabas, por eso se ha ido con tu mejor amiga, Victoria un brillo de triunfo asomó en su mirada.

— ¿O sea que te montabas tríos con ella también? no pudo aguantar la risa amarga que salió de su garganta. Nunca pensé que fueras tan moderna, mamá.

¡No me llames mamá! gritó.Yo no soy tu madre.

No intentes engañar... Renée la cortó.

Tu padre tuvo una amante la mujer resopló. ¡Qué bien vivía la ramera! Y te tuvo a ti. Cuando murió, Charlie decidió hacerse cargo de ti.

¿Cómo? su voz era un susurro casi inaudible.

Puede que él sintiera algún tipo de cariño hacia ti. Pero no pienses en mí como en una madre, porque ni de lejos lo quiero ser. Nunca te he querido Bella, al igual que tampoco lo ha hecho James. Espantas a la gente, querida —. La furia pareció haber desaparecido, para ser reemplazada por una risa malévola.

Bella se quedó paralizada al oír la confesión de Renée.

Sin embargo, acabó girándose con intención de marcharse de aquella casa. Ya no tenía motivos por los que quedarse en la jaula que tenía por hogar. Cerró de un portazo la puerta de la habitación de la que había creído su madre y se dirigió a la suya. Cogió una mochila y metió lo necesario: cepillo de dientes, de pelo, ropa íntima, la identificación y el poco dinero que había logrado ahorrar.

Bajó las escaleras como alma que lleva el diablo, no quería volver a ver la cara de aquella despreciable mujer. Ahora que sabía que no era su madre, sentía cierto consuelo. Siempre la trató como lo hacían las brujas de los cuentos de hadas. Y eso la hería y la confundía. Ahora ya no, ahora ya estaba en paz. Por una vez en su vida se sentía extasiada de tanta felicidad. Se iría a Boston y encontraría un trabajo decente con el que poder sacar adelante a su hijo y a ella. Aquel pequeñín no tenía la culpa de lo que sus padres habían hecho; más bien, de lo que su padre había hecho.

Sin embargo, la ley de Murphy parecía estar en plena forma. Estaba cruzando la calle cuando, de repente, sintió horribles dolores en el estómago. Parecía que la habían atravesado con miles de cuchillos y los retorcían a modo de venganza. El dolor se fue extendiendo y haciéndose cada vez más insoportable. Dio gracias al cielo cuando todo se volvió negro. Ya no sentía nada.

Cuando despertó se encontraba en la cama de un hospital. Sola. Terriblemente sola.

El doctor le dijo que había tenido un embarazo ectópico. No lo habían detectado a tiempo ya que Renée le prohibió las visitas al ginecólogo. Sospechaba que quería hacerla sufrir, costaste lo que costase. Debido a que no se lo descubrieron en su debido momento, la trompa de la derecha había explotado, provocándole un desangramiento interno.

Había estado seis semanas en coma y con respiración asistida. Había logrado salir con vida por los pelos, sin embargo, ya no veía qué sentido podía tener.

Recordó el viaje que tenía planeado. Pero Murphy volvió a aparecer: no tenía seguro médico, Renée lo había dejado de pagar hacía ya mucho tiempo y la factura ascendía a una módica cantidad de $11.000. No sabía cómo iba a pagarlo. Tendría que trabajar como camarera durante la mayor parte de su vida para poder reunir esa suma y no creía que el hospital fuera tan paciente.

Rezó, rezó y rezó. Se interesó en todas las asociaciones públicas que ayudaban en aquellos casos, logrando reunir $8.000. A lo largo del siguiente año logró pagar los otros $3.000 restantes. Le costó sangre, sudor y lágrimas, pero lo consiguió.

También había estado guardando pequeñas cantidades en su bolsa de ahorros. Por fin podría abandonar el cuchitril en el que vivía e irse a donde su corazón clamaba por estar: París.

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Edward oyó ruido en el despacho contiguo y fue a averiguar qué pasaba. Cuando entró ya no había nadie. La silla que ocupó una semana antes estaba tirada en el suelo. ¿Qué habría pasado? Salió y se dirigió hacia el escritorio de Jessica. Ésta, al verlo, se arregló descaradamente los pechos. Repugnante, pensó.

— ¿Dónde está la Sra. Swan? —preguntó con voz fría y calmada.

—Salió como poseída hacia el baño —bufó la rubia. —Su amiga la enana, salió de allí tan rápido como pudo y se fue.

—Gracias.

Edward se dirigió hacia los servicios de señora. Lentamente, abrió la puerta y asomó la cabeza. Nada, estaba desierto. A punto estuvo de marcharse, cuando escuchó golpes en una de las puertas de los lavabos. Pasó dentro y fue avanzando sigilosamente.

Ésa debía de ser Bella. Se pegó totalmente a la superficie para poder escuchar con mayor claridad. Pronto se dio cuenta de que estaba haciendo el imbécil, sólo le faltaba el vaso para poder saber lo que estaba haciendo aquella zorra allí dentro. ¡Estaba indignado! A él lo dejaba a medias, dándole discursos sobre el comportamiento que ella esperaba de él, y ella era la primera que los incumplía.

Tocó la puerta fuertemente, haciendo saber a los integrantes de aquella cabina que había alguien más allí.

—Mmmm... —comenzó. —Parece que tú y tu amiguito os lo estáis pasando estupendamente allí dentro.

— ¿Cullen? —su voz sonaba débil y entrecortada. Su enfado iba en aumento.

—No intentes negar lo evidente, Isabella —dijo él tajante. —Se oyen perfectamente los gemidos y los jadeos. ¿No te di lo que querías?¿Mi polla no es lo suficientemente buena para ti? —Edward se giró y se apoyó en la puerta. Pudo oír a alguien gruñir. Sonrió.

—Si no quieres echarla de menos, te sugiero que te vayas...

—No me da la gana dejarte revolcarte con el tipejo ese.

—Te lo advierto Cullen... —le amenazó con voz algo ronca.

— ¡No seas vergonzoso hombre! —su tono amistoso le sonó falso hasta a sí mismo. — ¿Eres Tom? ¿John?¿O el tipo ese con gafas que no habla nunca? —se lo pensó durante un momento. —Me decanto por el último. Sólo te advierto amigo, que la otra noche se estuvo revolcando conmigo. Oyeron hasta en Wyoming como gritaba Isabella. No te la aconsejo tío, seguramente querrás encontrar una mujer amable, agradable, cariñosa, fiel... sobretodo fiel; que...

La puerta se abrió de golpe, haciendo que Edward casi cayese dentro. Cuando miró por el espejo para ver a la pareja se quedó sorprendido y a la vez asustado. Bella tenía una pinta horrible, el rímel corrido y el pelo enmarañado, como si se lo hubiese estado retorciendo continuamente. Pero lo peor de todo fue que estaba completamente sola. La había cagado, pero bien.

Ella le empujó hacia un lado. ¿Acaso hoy concursaban a ver quién jodía más a Bella? Las lágrimas volvieron a resbalar, malditas hijas de su madre. No sabía qué había hecho mal con Alice, sólo quería asegurarse de tener todavía un futuro cuando acabase el romance entre ella y Jasper. Se veía en la cara de la duende que estaba enamoradísima de él, pero como amiga que era, debía avisarle. ¿No comprendía eso, que la amaba ante todo y que no quería verla sufrir?

Por otra parte, estaba el orangután. ¿Quién demonios se creía para ir al baño de señoras y empezar a clasificarla como a una puta barata? Durante aquellos días en los que le estuvo evitando, reflexionó sobre lo que había vivido con él. Decidió darle una oportunidad y concederle un caprichito al cuerpo. Sin embargo, cuando escuchó las barbaries que salieron por aquella linda boca, vio como todos los resultados que había conseguido se iban por el desagüe.

Con brutalidad, empezó a desenredarse el pelo. Si no hubiese estado tan cabreada, se hubiese reído, parecía Amy Winehouse, que en paz descanse. Notó movimiento a su espalda. Edward se había acercado a coger una toalla para humedecerla levemente. Cogió a Bella del brazo con cuidado y la giró hacia él. Ella intentó impedirlo, pero al final se dejó hacer.

Con mucha atención, él le pasó el paño por las mejillas, las cuales quedaron levemente irritadas. Puso muchísimo más cuidado cuando llegó a la zona de los ojos. Esos orbes chocolate lo estaban mirando atentamente, escudriñando más bien. No sabía por qué hacía lo que hacía, pero sintió que algo se encogía en su interior cuando la vio así de demacrada. Y todo por su culpa. Había sido un cerdo repelente, había metido la pata hasta el fondo.

Tendría que currárselo de verdad ahora. Ya no bastaba con cualquier chorrada que se le ocurriese a él. Ahora debía de suplicar a su hermano a que lo ayudara, y odiaba tener que hacer eso. Garrett siempre le había dicho que no podía ir así por la vida, que encontraría a alguien diferente y que entonces no sabría qué hacer. Se estaba tomando muchas molestias con, Isabella Swan. ¿Estaba seguro que sólo quería unos buenos revolcones con ella? Sí, claro que era sólo eso, se intentó convencer.

Cuando hubo acabado se retiró un poco, la veía con ganas de volver a pegarle y no le hacía mucha gracia. No estaba completamente seguro de lo que expresaba su cara, pero sí que veía que a ella eso no le gustaba. Empezó a hablar, quería disculparse:

—Bella, yo... esto, lo siento —se pasó la mano por el pelo, nervioso. —No quise decir lo que dije...

—Oh, ¿de verdad? —preguntó sarcásticamente. —Porque a mí me parecía que disfrutabas cada palabra que decías.

— ¡Creía que estabas con otro hombre, maldita sea! —gritó exasperado. La expresión de ella pasó del enfado al asco.

— ¿Y a ti qué más te da con quién esté o quién no esté? Ese es mi problema —Bella pasó por su lado en dirección a la salida. —Te agradecería que no comentaras nada de lo ocurrido aquí. Tampoco creo que quieras que la gente se entere de las perlas que sueltas.

—Yo... —no le dejó terminar, salió con paso firme dejándolo solo.

Bella anduvo rápido hasta su despacho. Cogió sus cosas y se dirigió hacia Jessica. Le avisó que cancelara sus citas de aquel día y se las pasase a Edward Cullen. Aquel día tenía que entrevistarse con posibles nuevos talentos, en definitiva, muy aburrido. Que se joda, pensó la morena.

Una vez en el ascensor, buscó con desesperación su teléfono móvil. Marcó el número de Irina, necesitaba tarde de chicas. Se le escapó un sollozo, ese día sólo sería con Irina. La rubia no contestó y Bella esperaba que no la estuviese ignorando porque Alice así se lo había dicho, no lo soportaría.

Sentía que su pecho dolía, y mucho. Un hueco se formó en su corazón y los sollozos amenazaban con transformarse en un llanto imparable. Cogió el teléfono otra vez y buscó en la agenda hasta que encontró a la persona que sabía que no la iba a abandonar: Rosalie.

— ¿Oui? —respondió con voz alegre y juvenil.

—Rose… —la morena hablaba en susurros. Temía que si pronunciaba las palabras más alto, se derrumbaría del todo. —Te necesito, amiga.

— ¿Qué ha pasado? —de aquella inicial felicidad no había quedado nada. — ¿Dónde estás?

—No... No me siento... —hipó, incapaz de contarlo. Se secó violentamente las lágrimas. —Estoy en el... ascensor del trabajo. Estoy yendo a mí... casa.

—Estaba a punto de hacerte una visita —Bella sonrió un poco, a la par que cerraba los ojos. —Tenía un presentimiento de que algo iba a pasar.

—Te quiero, Rose —musitó. La voz se le quebró.

—Yo también cariño, yo también —pudo escuchar ruido a través del teléfono. Sin duda, la rubia se estaba preparando para salir.

— ¿Cuándo llegas?

—Más o menos a las ocho, amor —contestó. —Tú quédate en casa. Me contaste que te habían asignado un guardaespaldas, no te separes de él.

¡El guardaespaldas! La morena abrió los ojos, asustada. ¿Dónde estaba? ¡Mierda! No le había avisado de que se marchaba a casa. Sam se había ido a la cocina para darles privacidad, a ella y a Alice.

El pitido la alertó de que había llegado a la planta baja. No había nadie con ella en el ascensor y el pánico la atravesó como una daga. Las puertas se abrieron muy despacio y vio como sus peores pesadillas se volvían realidad. El móvil se le cayó al suelo, provocando un ensordecedor estruendo. Tenía la punta de un silenciador en su frente.

Oyó cómo Rosalie la llamaba a gritos pero el hombre que sostenía el arma frente a su cara, negó con la cabeza mientras aquella sonrisa malvada y cruel, que tanto conocía, se extendía sobre la cara de James.


Mmmm... ¿Qué os ha parecido la actitud de Alice? ¿Y el bocazas de Edward? Parece que James vuelve a aparecer en escena, veremos cómo se las arregla Bella para salir de esta :S

Bueno... Lo primero agradecer a mi querida beta Verónica, ¡que es un amor de mujer!, por mejorar este capítulo :) Segundo, agradeceros los rr, alerts y favs. Como siempre digo: ¡sois un encanto! :D

¿Me dejarán saber vuestras opiniones? :)

Muchísimos besitos,

Valentine :3