¿Por qué no serías el chico que toda mamá quiere para su hija?

¿En serio, Elena? Todos en éste pueblo saben mi pasado y eso juega en contra. No sé, a mí jamás me hubiera importado ser el "pretendiente perfecto" – se levantó de la cama tendiéndole una mano - ¿Salimos a algún lado? ¡Como una cita! Una de verdad y a la que por fin salimos.

¿No como todos nuestros intentos de citas?

Una de verdad, ir a comer, al cine, a donde quieras… Pero en una cita de verdad. – ella tomó su mano y se acercó a él para abrazarlo por la cintura y sentir como la cabeza de Damon se pegaba sobre la suya. – Pero hoy no, mañana… Ric me dijo que quiere que hablemos, así que tengo que ir a mi casa.

¿No vas a volver? – le hizo puchero y sabía que así iba a convencerlo, pero no se dejó aflojar… Tenía que ayudar a su amigo.

No creo, pero mañana a la mañana vengo… ¿Sí?

Sí. – contestó animada; no iba a pasar la noche con él pero mañana estarían todo el día juntos.

Mañana a la noche, te paso a buscar y salimos… Nada va a arruinarlo.

Sé que nada va a arruinarlo. – vio como se marchaba y se acercó a su ventana para observar como cruzaba la calle, sabiendo, que ella era su espía y no se perdía ningún movimiento que éste daba.

Ingresó a su casa feliz y no escuchó por ningún lado a Ric, tampoco vio su auto por lo que dedujo que debía estar en el Grill tomando algo, o sólo observando qué chica sería ésta noche.

E intentó dormirse, como pudo, dio vueltas por toda la cama enredándose en las sábanas y el edredón negro; pero no lo lograba. Se levantó para comer algo, hacer algo que le diera sueño y a su mente no venía nada.

Y Ric no llegaba para entretenerse un poco… Evidentemente había conseguido una chica que tenía la casa sola y podía divertirse allí. Y él lejos de Elena.

¿De qué querría que hablemos? – se preguntó y escuchó un leve eco en la casa al estar tan vacía. Miró por los ventanales el inmenso e imponente jardín: con árboles, flores, caminos de piedra con antorchas… El jardín que su mamá siempre hubiera soñado. Claro que le faltaba la pileta pero en un lugar frío como Mystic Falls, no hacía falta. – No sabes lo que te amo, mamá. – dijo. Por fin comenzaba a recordarla bien sin la necesidad de llorar y de sentirse morir por como su cuerpo le respondía cada vez peor. Y pensar que estuvo a punto de un coma alcohólico por tomar tanto.

Se sentó en el piano y notó la hoja con aquellas melodías que compuso pensando en Elena y en su mamá; las dos mujeres de su vida. Ellas que con tan sólo oír su nombre le sacaban más de una sonrisa sincera. Anna y Elena. Tan sólo decir sus nombres en cualquier tipo de orden sonaba perfecto, tan perfecto como sus melodías relacionadas con ellas; escribirse a si mismo que no hay pociones para el amor… Que tan sólo hay que dejarlo salir. Aún no conseguía cómo dejarlo salir pero, pero iba a lograrlo. Por Elena y por su mamá, por Anna.

Por sus dos mujeres.

¿Hola? - gritó Ric cerrando la puerta tras de si.

¡Acá estoy! – contestó también en un grito.

Hablé con Jenna… No me contuve, estaba borracho, sin compañía y tenía que llamarla.

Tener un teléfono cerca estando borracho no es para nada lindo. – giró para verlo de frente, aún sentado en la silla del piano. - ¿Te acordas de qué le dijiste?

Que era una cobarde por no defender lo que sentía y ocultarse en el miedo. Que cuando yo encontrara a alguien ella no iba a parar de preguntarse "¿qué hubiera pasado?" y que no iba a estar esperándola siempre. Le dije que la amaba y que la necesitaba al lado mío; que tenía otra imagen de ella, de luchadora y que jamás iba a rendirse… Y ni siquiera lo intentó. – escupió con enojo.

¿Y qué te contestó? – la respuesta le causaba risa al imaginarse cómo de enojada habría estado Jenna.

Que no la entendía y que nunca lo había hecho. Y me dijo, cito textualmente: "Sos un estúpido, alcohólico y ¿sabes qué? Yo también te quería pero haciendo lo que haces de usar a las mujeres, me demostras que sos igual a todos y que sos la copia exacta de Damon. Los dos unos idiotas."

¿Y yo qué tengo que ver? – no entendía por qué le había dicho eso… ¡Ah sí! Cuando ella se fue él se había alejado de Elena. Sí, era por eso. – Esa chica necesita una noche de sexo frenético para curar ese mal humor.

¡Sí! Y no me importaría dársela… ¿Qué tengo que hacer Damon? – estaba deprimido; pocas veces lo había notado tan así… Parecía que tenía las defensas bajas, a punto de caer por un pozo sin fin.

Ir y buscarla; no le des tiempo a que te diga algo, apenas te abra la puerta del departamento la besas… Sí, creo que eso haría yo en una situación así.

¿Salgo ahora? – levantó una ceja para saber si de verdad le hablaba en serio - ¡Sí, salgo ahora! – gritó y subió a tomar su bolso (que no había desarmado desde que llegó) – Nos vemos en unas semanas… Voy a darle buen humor a Jenna. – marchó su BMW y a toda velocidad, salió en busca de Jenna y a apostar de una vez por todas, a lo que sentía.

¡Solo devuelta! – gritó y tomó su teléfono para enviar un mensaje. – Te… Ex… - leía mientras tocaba la pantalla para escribir. – Te extraño. – lo envió y depositó el celular sobre la cola del piano para poder tocar en paz, la primer melodía que viniera a su mente. Buscaba inspiración pero no tenía que pensar en Elena o su mamá, principalmente porque si pensaba dos segundos más en Elena iba a correr a buscarla y no pensaría separarse de ella durante toda la noche. Y su mamá… Ya había sido suficiente por hoy. En cambio su papá llegó a su mente: Giuseppe Salvatore. Ese millonario que antes era simpático y bueno, amistoso, amable y ahora era tan sólo un hombre amargado que vagaba por la vida en busca de una muerte que aún no llegaba (como él se lo había confesado miles de veces en las tantas peleas que tuvieron) ¿Por qué nunca le dio una oportunidad? Jamás se había abierto a él e intentar compartir algo; su papá siempre estaba ocupado cuando él lo necesitaba y nunca había ido a ninguno de los eventos de los que él era participe. Y tampoco quería pensar en todos los cumpleaños en los que se ausentó por viajes de negocios. Lo imperdonable, el motivo de su rechazo hacia una relación hijo-padre perfecta era cómo él había dejado de amar a su mamá. Pero supuso que lo que más le dolía era que no estuvo con ella los últimos minutos de vida y tampoco llegó al funeral… No quiso ver por última vez a su esposa. Lo odiaba por ver sufrir a su mamá por su culpa y que él no se diera cuenta, ¡NO! Que sí se diera cuenta y no quisiera remediarlo. "Yo también te extraño. ¿Qué tenes preparado para nuestra primera cita?" leyó en el mensaje que le contestó Elena sacándolo de cualquier pensamiento amargo. ¿Había que preparar algo? ¿Qué podía preparar? Era primerizo en éste tema y ninguna idea se le venía a la mente. No podía llamar a Jenna porque no estaba del mejor de los humores y Ric… Ric tenía la imaginación de una tortuga. "Yo voy a preparar algo, pero quiero que sepas que es la primera vez que tengo una cita. Por si no te gusta lo que vamos a hacer." Se defendía desde ahora ante cualquier error. - ¡Ya sé! – tomó las partituras y las metió en su mochila. Llamó a un par de contactos y tuvo todo arreglado para mañana – Es muy especial para hacer lo que pienso hacer. – "No te preocupes, si estamos juntos va a ser la mejor cita que jamás hubiera tenido. Te quiero Damon." Le llenó el corazón, tanto que parecía estar a punto de explotar. "Yo también, Elena." Ella lo conocía cuando él se ponía así y supuso todo el miedo que tenía y decidió dejarlo, no iba a hacer que se alejara nuevamente de ella porque era muy terco y le costaría demasiado volver a acercarse a él. "Buenas noches, que descanses." Le mandó y se acostó a dormir sin esperar recibir respuesta porque, sabía demasiado bien, que no llegaría.

Al otro día se levantó temprano y no estaba muy acostumbrado a eso; quizás porque si tenía suerte podría llevar a Elena a la escuela y estaba listo para defenderla si a Stefan se le ocurría aparecer. Porque ésta vez no iba a dejarlo acercarse ni diez centímetros a la casa de ella.

Salió a correr como hacía de costumbre y cuando él volvía, su hermosa vecina se preparaba para salir.

¡Es tarde para correr! – le gritó con una sonrisa.

Es el horario perfecto… - contestó ella - ¡Vos saliste temprano!

¡Se llama madrugar! Es algo que pasa cuando se está emocionado. – cruzó la calle y se acomodó mejor mientras la esperaba.

¿Se puede saber por qué estás emocionado? – preguntó lo obvio.

No creo que te interese… Hoy voy a salir con una chica.

¿Ah sí? Entonces no tengo oportunidad…

Llegaste tarde; ella es como dueña de una parte de mí y no creo que pueda haber otra chica… Perdón por decepcionarte. – era un juego absurdo para cualquiera que los oyera, pero ellos estaban felices.

¿Ni siquiera un beso? – se acercaba peligrosamente tentando su oportunidad de salir a correr aquella mañana.

¡Ni siquiera un beso! Ella se puede enojar mucho… ¿No ibas a salir a correr? – alejó sólo su rostro del de Elena. –

Sí, en eso estaba… - quería un beso y por ese juego se lo había negado; pero estaba feliz.

¿Te llevo al colegio?

Sip… ¡No puede ser, ahora digo "Sip" como vos! – se quejó riendo.

Sip, son efectos secundarios que soy capaz de causar en las mujeres… Hay otros, ese es de lo más leve. – le guiñó un ojo y se metió en su casa para seguir preparando todo para su cita; esa en la que se esmeraba tanto por que todo saliera bien.

Se bañó para relajarse un poco y no tuvo noción del tiempo cuando Elena le mandaba un mensaje si podía llevarlos al colegio o iban caminando. Corriendo salió de la casa y los tres se subieron al auto. Jeremy fue el primero en bajar encontrándose con Bonnie, él se despidió de Elena como habían deseado hacerlo esa mañana y volvió, apresurado, a su casa para poder finalizar todo.

Con las ansias que tenía revisaba la mochila y estuvo a punto de romperle el cierre de tanto abrir y cerrar; y es que quería que todo saliera perfecto.

Porque la quería.

Sí, la quería pero le costaba decirlo… No iba a decírselo a cualquier persona.

¡El ensayo! El ensayo en la casa de los Lockwood; Elena ya debe estar allá.

Volvió a salir corriendo y llegó a tiempo, casi sobre la hora y todavía faltaba un chico al que tuvieron que esperar por cinco minutos y la señora Lockwood no se guardó las ganas de retarlo de mil y un maneras.

Ensayaron toda la tarde, repetían pasos que debían salir a la perfección de una danza irrazonable para muchos; ¿Danza seductora? Todos creían y estaban casi seguros que de seductora no tenía nada. Bailar junto a tu pareja y no poder tocar su mano en los primeros pasos y luego balancearse al compás de un vals antiguo – al que no llamaban vals – con presencia de unos violines que hacían a las mujeres perder la compostura y dejarse llevar en un violonchelo rítmico siguiendo un perdido saxofón que apenas se notaba para luego darle lugar al piano que las hacía recobrar la compostura y mantenerlas vírgenes por unos días más, hasta el próximo baile. Hablando exclusivamente de aquel fin de siglo XIX. Tan trágico para muchos.

Y para él y Elena era seductor; pero ya no se sabía si era seductor o era torpe porque por perderse en sus miradas, por dejar fluir aquella "magia" presente entre ellos, se tropezaban estúpidamente, chocaban sus cuerpos en forma de broma. Se ganaban con gusto los retos de la señora Lockwood pero gozaban de ello sin parar de mirarse y de comprender que así la pasaban bien, tan sólo amándose de esa manera que parecía tan infantil.

Elena fue a la casa de Bonnie junto con Jeremy y él volvió a su casa no sin antes un par de besos tras un árbol, caricias y más besos y que ella prácticamente lo echara. Luego se verían y tendrían toda la noche para eso. Pero no tenían que llegar tarde.

Se bañó a las siete y media y se introdujo en la gran decisión de qué ponerse – comprendiendo por primera vez a las mujeres cada vez que tenían una fiesta o algo importante y "no tenían nada que ponerse" – pero es que era especial. ¡Su primera cita! Nadie se lo hubiera imaginado, jamás. Él siendo cariñoso, tierno, amable, gentil, simpático y protector con una mujer. Cuando sólo era un seductor de rasgos felinos que buscaba sexo por una noche y listo, al otro día despreciaba a las mujeres que lo habían entretenido echándolas de su casa sin darles explicación, rompiendo con le errónea ilusión de que significaban algo más que sólo eso para él. Y estaban muy equivocadas. Era Damon Salvatore, no un galán de telenovela barata.

Optó por ponerse unos jeans negros ajustados a sus largas y perfectas piernas y unas zapatillas urbanas negras. Se pasó por el pantalón un cinturón de cuero negro y luego se puso una camiseta manga larga azul oscuro con botones en la zona del cuello. Agarró su característica campera de cuero y tomando la mochila, se dispuso a salir para buscar a Elena.

Golpeó la puerta sólo una vez y escuchó un grito que le pedía que esperara unos minutos; Elena.

Se sentó en el banco de la puerta esperando a que ella saliera a abrirle, pero suponía que iba a tardarse demasiado. O por lo menos eso sentía.

Evidentemente Jeremy no estaba y agradecía internamente por eso, porque sino tendría que aparentar simpatía y era algo que no sentía hacia él; por más que lo prefiriera antes que a Stefan y sabiendo su pasado pensaba que era lo mejor para Elena… Pero no quería socializar con nadie por ahora. Su mente estaba en Elena y eso ya era suficiente.

Cerró los ojos y sintió la eternidad de la noche caer en él, cubriéndolo en delgadas sábanas negras que del otro lado eran blancas.

Su mirada se perdió en las estrellas, brillantes e imponentes alzadas en un espacio infinito que incitaba a navegar - sueños de astronauta – y a descubrir las miles de cosas que allí se hallaban.

Buscaba paz y pensó que apagando su mirada la encontraría; buscando volver a encontrarse luego de haberse perdido en tantas noches y no recordar ninguna en la que sintiera ésta felicidad descolocante.

Hola… - se apoyaba en el marco de la puerta incitando a salir sólo si él la miraba. Estaba hermosa, era perfecta y bella, pero ésta noche no sabía si era por las circunstancias o por como estaba posicionada la sonrisa blanca en la más alta de las alegrías oscuras, alumbrándola, resaltando esa perfección abrasadora que lo quemaba como si fuera la última brasa prendida de un fuego avivado durante años.

Hola. – contestó perdido en ella ahora, pero sin la necesidad de querer encontrarse. No admiraba su vestuario, la admiraba a ella. Porque sus jeans blancos ajustados a sus largas piernas le recordaban esa vez en la que el corazón amenazaba con colapsar a causa de la felicidad que sentía. Su camiseta manga larga negra de escote en V y unos tacos para quedar a la altura de él… Suecos, esos suecos tan diferentes a los de la primera "cita" en la que la besó por primera vez. Y una campera de cuero que cubría sus brazos y tapaba un collar que se adueñaba de su cuello. Un cuello que ya era suyo. – Estás hermosa.

Muchas gracias – estaba feliz, si él se lo decía era imposible que no le sacara una sonrisa.

¿Nos vamos?

¿A dónde vamos? – necesitaba saber ya qué era lo que Damon había preparado para su primera cita.

Eso es un secreto; pero sé que te va a encantar y si no nada más tenes que recordar que es mi primera cita.

Va a ser perfecta. – se acercó a él para besarlo, tomándolo del cuello de la campera de cuero así se apegaba más a su cuerpo.

Si así seguimos, no creo que vayamos a tener una cita; vamos. Cruzaron la calle tomados de la mano, y se pararon frente al Camaro de Damon, la dio vuelta y sacó un pañuelo negro del bolsillo de sus jeans. – Si ves el camino, vas a saber a dónde vamos; te conoces el pueblo de memoria. No sería justo para mí.

¡Damon! – se quejaba con una sonrisa, el gesto había sido lindo, no, más que lindo: hermoso, perfecto, excelente. La guió hasta el asiento del copiloto y la ayudo a sentarse para salir corriendo al otro lado y poder subirse él. Condujo sin dejar de observarla apenas se detenía en un semáforo… Tuvo que dar muchas vueltas para que se mareara y tampoco supiera a dónde se dirigían. Era una sorpresa. La ayudó a bajarse y a caminar. Sintió como una puerta se abría y él susurraba con otra persona quien se marchó a los pocos minutos. No sabía donde estaba, según su instinto debían estar en el centro comercial por todas las vueltas que dieron… Pero estaba demasiado silencioso.

Por acá. – la tomó de los hombros y la llevó hasta otra puerta para abrirla y sentir nuevamente el frío. De vuelta entraron.

¿Dónde estamos?

Sorpresa. – se sentó en una silla y sintió un mantel frente a ella que rozaba su pierna produciéndole un leve cosquilleo. A su alrededor un intrigante silencio. Una onda de calor se aproximaba a su cara pero no lograba descifrar qué podía ser; no la dejó tocar nada sobre la mesa hasta que le sacara el pañuelo de la cara. Lo sintió cerca de su oído; su respiración la aceleraba y aún lograba ponerla nerviosa. – Espero que te guste. – sintió unas expertas manos tras su nuca y luego que el pañuelo se iba aflojando poco a poco.

¿Abro los ojos? – la luz del ambiente no era muy alta por lo que no debía acostumbrar mucho sus ojos. Pasaba de la oscuridad a un poco de luz tenue.

Si queres… - volvió a susurrar. Lentamente los fue abriendo con las cálidas manos de Damon entre las de ella. Quería asegurarse que seguía allí junto a ella y que su calor corporal no era de un sueño más en el que era protagonista.

Una mesa con un mantel blanco y un camino negro entre muchas otras de un fino restaurante al que muy pocos podían ir en el pueblo… Era para la gente de la clase alta. Con una hermosa vista al lago y su mesa junto a los enormes ventanales que le dejaban una perfecta visión de éste y la luna alumbrándolo; con el bosque en segundo plano.

Una rosa sobre la mesa y un candelabro con velas alumbrándolos. Sólo eso además de las bajas luces que el lugar proporcionaba. Un escenario y nadie a su alrededor. Sólo ella y Damon. En perfecta compañía.

Era tan romántico como todo estaba ambientado perfectamente y parecía que buscaba resaltar los ojos de él que no paraban de mirarla en busca de una positiva respuesta. Una necesidad constante de estar aprobado para sentir que hacía las cosas bien y que iba lográndolo poco a poco. Que se iba ganando su amor y que sus inseguridades sobre él mismo se iban apagando.

Y así era.

Se había esmerado, era perfecto. Era todo lo que una chica alguna vez habría deseado; todo lo que una mamá espera para su hija. Un chico preocupado, dulce, sincero, simpático, divertido, Damon, solamente Damon.

Y por más que a veces tuviera su lado frío con los demás, lo sacaba cada vez que tenía que defenderla y parecía una fiera; se le erizaba la piel y sus ojos pasaban de ser un río celeste con el reflejo del amor en él, a un mar en pleno tsunami.

Damon cambiaba por ella y la llevaba a ser diferente persona, a pensar en ella por primera vez y aunque suene egoísta, era lo que necesitaba. Actuar sabiendo qué era lo mejor para ella, que lo que los demás piensen le deje de importar. Él la convertía en esa persona que necesitaba ser.

La atendió toda la noche como si fuera un campesino en busca de satisfacer a la reina del pueblo para alargar su vida, para entregar su amor. Lo hizo porque sabía que ésta era su oportunidad para demostrarle a Elena cómo podía llegar a ser y como ella la cambiaba. Porque la quería y aunque no pudiera decirlo seguido, lo hacía cada microsegundo que pasaba.

Una música de fondo sonaba en perfecta sincronía con el ambiente; cenaron observando el lago y como éste los observaba a ellos con sus aguas cristalinas y el mejor de los paisajes. Los ojos de Damon.

Un amigo aparentemente le había hecho el favor de reservar el lugar sólo para ellos. El dueño del lugar. Conocido de Giuseppe Salvatore.

Ser Salvatore ayudaba demasiado.

Pero no quiso hablar de su papá por más que intentó sacarle el tema toda la noche. Insistía.

Y es que sabía que no iba a sacarle información porque él no estaba listo para hablar. Si hablaron de sus padres y se emocionaron con la conversación. Pero por algo no podía contarle a Elena de su papá.

- Ahora te tengo una sorpresa… - la guió al balcón exterior y allí fue cuando la sorprendió por completo.