Capítulo 9: Si yo soy un monstruo, ¿qué eres tú?
-Te has muerto. Pero, ¡oh! ¡Felicidades! En realidad no del todo. Eres una vampira y… ¡puedes llamarme "papá", si quieres! –rio, divertido con aquella idea.
Sakura entreabrió los labios, sin saber qué decir a aquello. ¿Acaso se trataba de alguna clase de broma de mal gusto? ¿Había acabado juntándose con un lunático que la había drogado y violado? Quiso marcharse de allí, pero se sintió clavada al suelo, incapaz de hacer otra cosa que escuchar a Soma.
-Vale, ahora que eres consciente de que has pasado a formar parte de este club tan selecto, te diré cómo va a ir la cosa en adelante.
Sakura sintió arder su interior de rabia ante aquellas palabras. Aquello no tenía ni pies ni cabeza y lo único que quería era marcharse, alejarse todo lo posible de aquel loco enfermo.
-La transformación es gradual, no vas a convertirte en cenizas a la que salga el sol… por el momento. Me gusta experimentar, así que vamos a ver cómo te las apañas sola. Verás, los míos somos muy independientes. No me refiero a los vampiros... –alzó al vista al cielo unos segundos, pensativo, y sonrió al volver a fijarla en la muchacha-, bueno, en realidad la mayoría se vuelven muy independientes. Pero en concreto, los de mi clan lo somos extremadamente…
Volvió a quedarse pensativo unos segundos.
-Bueno, estoy hablando de cosas que todavía no tocan, ya llegará el momento de la charla sobre los clanes –sonrió nuevamente-, de momento, quiero ver si he escogido bien –se levantó de la silla y se acercó a Sakura hasta quedar a escasos centímetros su rostro del de ella-. Ahora, sobrevive, encanto. Y cuando llegue el momento, iré a buscarte. Si me gusta lo que veo en ese momento… si no te has muerto, quiero decir… te explicaré cosas más interesantes.
Entonces, lamió los labios de Sakura y se marchó al interior de la discoteca.
-Postdata –dijo antes de desaparecer por la puerta-, como regalo especial, yo me encargo del festival de sangre de este lugar, ¿okay, amor?
Sakura se sintió desfallecer. Se deslizó hasta el suelo y miró a su alrededor. Con los ojos muy abiertos y horrorizados, comprendió entonces a qué se refería con lo del "festival de sangre". Había varias personas tiradas por el suelo, desangradas. Antes de tratar de negarlo, la idea de que la sangre que cubría su cuerpo fuera de ellos y ya no la suya propia afloró en su mente.
Como una explosión cegadora, comprendió que lo que había lamido Soma de sus labios antes de marcharse seguramente eran restos de sangre.
Sakura volvió a enmudecer.
-¿Qué pasó entonces? –preguntó Hinata al cabo, con todo el tacto que fue capaz.
-Apareció de repente un hombre con una fregona y bolsas de basura –susurró Sakura con los ojos cerrados-, ni siquiera me miró, tan sólo limpió la sangre… y metió a aquella gente en las bolsas.
Sakura se tiró del cabello, reprimiendo el llanto. Recordar aquella pesadilla hacía que todo aquello se volviera más real.
-Después de eso, me vestí y me marché por una escalera que había a un lado de la terraza. Supongo que sería una escalera de incendios o algo así…
-Y volviste a casa –finalizó Hinata.
Sakura asintió.
-Me encerré en mi habitación. Había visto demasiado como para no creer lo que Soma me dijo.
-Y ¿cómo has… sobrevivido? –a Hinata se le hizo un nudo en la garganta al preguntar aquello y Sakura no pasó por alto a lo que se refería. Sakura se mordió los labios, avergonzada de ella misma, frustrada con todo lo que había pasado en tan poco tiempo.
-He salido por las noches al bosque… a buscar animales –admitió con un hilo de voz-. Después de dar mil vueltas por la habitación, me pareció mejor que quedarme ahí hasta que… qué se yo… me diera un ataque frenético como en las películas y le hiciera algo a mamá y papá…
Las lágrimas corrían por sus mejillas de nuevo y Hinata intentó, de nuevo, ignorar el hecho de que no eran las típicas perlas cristalinas de una persona corriente, sino que eran rojas. Sakura estaba llorando sangre. Sabía que aquello era normal en los vampiros porque era al segundo que veía llorar.
Se quedaron en silencio lo que pareció una eternidad. Hinata repasaba la historia que su amiga acababa de relatar, en busca de alguna pista, algo de luz. Tenía que haber algún modo de salvar a Sakura del vampirismo, maldita sea.
-El cambio es gradual –murmuró la Hyuuga de pronto, atrayendo los ojos de Sakura-, ¿qué significa eso?
Sakura se encogió de hombros.
-No lo sé.
Hinata lo meditó unos segundos.
-¿Puedes salir al sol? ¿Puedes comer comida normal?
-No… ¿no? –Sakura miró a su amiga desconcertada. Aquellas eran cosas que los vampiros no hacían, ¿verdad? Bebían sangre, odiaban el ajo y por nada del mundo dejaban que les alcanzara la luz del sol, que los desintegraba al instante.
-¿Has dormido por el día?
-No he podido dormir desde esa noche.
-Tal vez sea literal –sopesó Hinata-, es algo gradual, no repentino. El cuerpo se adapta… Como cuando te resfrías; primero estornudas un poco y al cabo de unos días tienes fiebre, mocos y la garganta irritada…
-Genial, tengo la peste –masculló Sakura con sequedad.
Hinata arrugó la nariz.
-¿No te dijo nada más?
Sakura negó con la cabeza.
-Es tal y como te he dicho.
Un vampiro aburrido es casi peor que uno enfadado, suspiró Hinata para sus adentros. Y ahora ¿qué?, se preguntaba, incapaz de hallar una respuesta al problema de Sakura. Lo único que tenía era aquello: que la transformación era gradual. Tal vez eso significaba que podía invertirse mientras no se hubiera completado, pero… ¿cuánto duraba, entonces? ¿Cuánto le quedaba antes de perder a su amiga?
-Por el momento, descansemos –dijo al fin, incapaz de proponer algo útil de verdad.
Sakura asintió pero no se movió.
-Puedo dormir yo en el futon si lo prefieres –murmuró Hinata.
-No voy a dormir –repuso la pelirrosa, cortante.
Hinata suspiró.
-Entonces, yo tampoco –dijo y antes de que Sakura pudiera decir nada, añadió-: Me quedaré contigo todo el rato.
Sakura desvió la vista y el silencio volvió a reinar en la habitación.
Hinata estaba muerta de cansancio en realidad, había sido una noche movidita. La conversación con Naruto quedaba ya muy lejana. Naruto… murmuró en sus pensamientos, dibujando la imagen del muchacho rubio de ojos azules. Él era la pieza de otro rompecabezas complicadísimo.
¿Por qué no tenía Reloj Vital? ¿Cómo era posible siquiera? No dejaba de preguntarse aquello, sin darse cuenta de que estaba cabeceando y a punto de quedarse dormida.
-Cuéntame tu historia –la voz de Sakura despejó a Hinata.
La pelirrosa la observaba con curiosidad y cierto recelo. En el fondo, se había estado preguntando cuánto tardaría en dormirse: saltaba a la vista que estaba cansada.
-¿Q-qué historia? –preguntó Hinata, un poco confundida.
-No sé –Sakura se encogió de hombros con ironía-, la de cómo te convertiste en Miss Poker Face.
-Oh –asintió Hinata, un poco dolida por el tono que estaba utilizando Sakura al hablarle. Claramente quería una explicación a su comportamiento y era comprensible.
Sakura estaba cruzada de brazos y escrutaba el rostro de Hinata, a la espera de que la joven Reaper comenzara su relato.
Hinata jugó nerviosa con sus dedos, intentando poner en orden sus pensamientos.
-En realidad no es algo importante –dijo-, ahora tenemos que pensar en ti.
Sakura bufó exasperada.
-Hina, por favor, me gustaría cambiar un rato de tema y que me dijeras exactamente por qué te tenía que contar a ti todo esto –hizo una pausa para serenarse-. Antes has dicho que podías ayudarme, quiero saber en qué te basas.
Hinata bajó la mirada. Recordó el lío que se había hecho al tratar de explicárselo todo a Sasuke hacía unos años. Ahora aquello se repetía y era todavía peor. Inspiró, buscando el valor que tanto necesitaba en aquel momento, y miró a Sakura de nuevo.
-Cuando tenía doce años, tuve un accidente hiendo en autobús –comenzó. Sakura asintió, conocía aquella historia, o eso había creído hasta el momento-. Mi madre iba conmigo, ya conoces toda esa parte… el caso es que fui la única superviviente. Pero en realidad, no tendría que haber sido así…
Hinata abrió los ojos y se encontró tirada entre cuerpos. El autobús había quedado de lado después de dar aquel volantazo. A Hinata le dolía la cabeza y se sentía mareada, pero de pronto un pensamiento cruzó su mente con fuerza.
-¡Mamá! –llamó asustada.
La mujer se encontraba a escasos centímetros de ella, tirada sobre los cristales resquebrajados de las ventanas. No se movió ni emitió ningún sonido. Los ojos de la pequeña Hyuuga comenzaron a inundarse de lágrimas, mas una voz, profunda como el eco de una vieja cripta al abrirse en siglos, le impidió emitir el primer sollozo.
-HINATA HYUUGA, AHORA ME SIRVES A MÍ.
A Hinata se le erizó el vello de la nuca, intimidada por aquella voz. Alzó lentamente la cabeza y se topó con la visión de una entidad que no muchos han tenido la oportunidad de ver y quedarse para describir más tarde. Tan alta que tenía que encorvarse y cubierta por una túnica negra como las mismísimas tinieblas, su rostro parecía dedicar a quien miraba una irónica sonrisa, aunque poco más podía esperarse de alguien cuya cabeza hace mucho que dejó de ser otra cosa más que una mera calavera. Sostenía entre sus manos una enorme guadaña, su filo, increíblemente delgado, parecía relucir con una extraña luz fantasmal.
¿Quién eres? Se atrevió a murmurar en sus pensamientos Hinata, incapaz de articular en voz alta palabra alguna.
La entidad, como si hubiera escuchado aquella pregunta sin ningún problema, volvió a hablar, y de no ser por aquel intimidante y para nada humano tono de voz, hasta habría sonado simplona, como si lo que respondía fuera algo demasiado evidente como para explicarse, como si comprendiera que debía responder de todos modos a aquella pregunta.
Cuando eres un ser que apareció al inicio de la existencia misma, tu voz puede hablar más que las propias palabras que formulas.
-SOY LA MUERTE –hizo una pausa, para que la muchacha de ojos perla tuviera oportunidad de asimilar aquello. Aunque le iba a costar más que unos pocos segundos comprender lo que estaba ocurriendo allí en aquel preciso instante-. TE HE ELEGIDO COMO UNA DE MIS ASISTENTES.
Hinata asintió en silencio, o así lo creyó. En realidad tan sólo había asentido en sus pensamientos, sin llegar a expresar externamente aquel gesto. A la Muerte no pareció importarle, más bien pareció satisfecha con la respuesta que le dio la niña mentalmente.
-TE ENCARGARÁS DE AYUDAR A LAS ALMAS DE LOS DIFUNTOS A PASAR AL OTRO LADO CORRECTAMENTE CUANDO YO NO PUEDA –continuó la Muerte y se acercó más a Hinata, alzando su huesuda mano hacia ella lentamente.
La niña fue incapaz de moverse, aunque claramente quería escapar de aquella especie de pesadilla. Los fríos dedos esqueléticos de la entidad rozaron levemente la frente de Hinata y algo en el interior de la niña retumbó. Su mente se llenó de conocimientos hasta el momento inimaginables para una chiquilla de doce años… de hecho, ni siquiera una mujer madura y asentada de cincuenta habría mantenido la calma en aquella situación.
-AHORA YA SABES CÓMO LO HARÁS –la Muerte se separó de nuevo y se quedó en silencio. Habría sido una buena oportunidad para carraspear antes de continuar, pero semejante entidad no era lo suficiente mundana como para dejarse llevar por aquellas tonterías, así que se limitó a volver a hablar pasada aquella pausa de silencio absoluto-. EXISTEN ENTES SOBRENATURALES QUE PROVOCAN MUERTES NO DESTINADAS, ENCÁRGATE DE ELLOS, DESTRÚYELOS DE SER NECESARIO. LOS QUE MUEREN POR SOBRENATURALES DESTRUYEN SU DESTINO Y EL EQUILIBRIO DE LA VIDA Y LA MUERTE.
Y ¿qué pasará con mi… vida? Hinata murmuró aquello en sus pensamientos casi sin proponérselo, como si estuviera aceptando todo aquello y pudiera formular preguntas coherentes.
-LA ILUSIÓN DEL ENVEJECIMIENTO SEGUIRÁ PRESENTE, MAS NO MORIRÁS HASTA QUE YO LO ESTIME OPORTUNO. SÍRVEME BIEN, Y PERMANECERÁS EN ESTE LADO MUCHO TIEMPO. NO TE ATREVAS A MALGASTAR ESTA OPORTUNIDAD EN NIMIEDADES NI PROBLEMAS HUMANOS SECUNDARIOS.
Hinata se vio incapaz de preguntar nada más, ni siquiera entre sus tímidos y aterrados pensamientos. La Muerte se dio por satisfecha y comenzó a caminar por el autobús, todavía encorvada, disponiéndose a salir de allí.
Hinata no pudo hacer nada más que verla partir. En algún momento, la entidad desapareció atravesando una pared o, mejor dicho, el suelo del autobús, como si allí no hubiera nada. Segundos después, la visión de la niña se emborronó y perdió el conocimiento cuando un hombre vestido de salvamento lograba entrar al fin en el vehículo para buscar supervivientes.
