Capítulo Noveno
¡Ataca, Golpe de Vacío!
1
El pequeño se llamaba Chiu.
En toda su vida de tranquilidad y juegos infantiles, jamás pudo haberse imaginado semejante escena, tal vez sólo en cuentos del Maestro Xian, y que de vez en cuando se escuchaban en la aldea de bambú. Todo había sido tan rápido, que apenas si podía respirar. Aún no podía creer en la posibilidad de morir, de perder a alguien, y mucho menos que su pueblo pudiera desaparecer en un parpadeo. Desgraciadamente, aquella noche marcaría un antes y un después para la vida de los aldeanos, además de la de Chiu.
—¡Señora Wong! ¡Señora Wong, responda!
Las voces llegaban distorsionadas, y tuvo que pellizcarse la nariz para reaccionar y comprobar que en verdad no era parte de ningún sueño: los aldeanos levantaban la casa de bambú de uno de los vecinos y trataban de reanimar a su madre. El tigre negro, con chaleco del mismo color y dibujos de dragones dorados, la había pateado como una pelota, mientras a él le iban a arrancar la lengua, pero…
—Tienes que apartarte, pequeño, todos tienen que irse de aquí, ¡ahora!
Esta vez la voz tronó arriba, y era del panda de ojos verdes quien lo miraba con seriedad. Vestía el mismo tipo de pantaloncillos remendados que en otra época se había roto y provocado hilaridad a más no poder. Pero ahora, ese panda, erguido y mirando fijamente al tigre negro que trataba de pararse, aturdido, a más de cien metros de distancia entre los bambúes, le confería un aura de respeto… y miedo. Lo miró de nuevo, y esta vez sus ojos esmeraldas brillaron, haciéndolo reaccionar.
—¡Que te vayas! ¡Nadie más morirá hoy, lo juro! ¡Vete, pequeño! —rugió Po.
Yalam, a más de cien metros de aquel panda detestable, se incorporaba, de nuevo con tantas preguntas en el aire. ¡De nuevo lo había golpeado, maldita sea! Esa ya era una falta de respeto a su entrenamiento e investidura imperial. Gritó. Gritó y rugió, con la cólera alojada en sus cuerdas vocales, y esta vez sus ojos rojos fueron los que brillaron. Yalam estaba dispuesto a todo. Sin importarle nada, corrió a toda velocidad, en una embestida mortal al cuerpo rechoncho del ser que más odiaba en su vida.
Po ya lo esperaba. Yalam lo golpeó con toda la furia en el hocico, y el golpe sonó como un aplauso gigantesco que resonó en la aldea. Los pandas no atinaban a moverse, parecían hipnotizados.
—¿Pero qué…? —Yalam no podía dar crédito a sus ojos. Po le contenía el golpe con la palma de su garra izquierda. Dio una patada rápida al estómago del panda, pero Po usó su otro brazo para bloquear el impacto. Yalam se impulsó hacia atrás, sacando los dientes.
—No te perdonaré —Po estaba furioso, su rostro contorsionado por una ira llena de tranquilidad, aguardaba —no te perdonaré por lo que hiciste, en Valle de la Paz, y lo que haces hoy.
La risa cacareada interrumpió las palabras de Po, y los aldeanos retrocedieron.
—El «Guerrero Dragón»… ¡Vaya broma! ¡Y tú te la crees!
Los murmullos crecieron entre los aldeanos, señalando a Po, y asombrándose de lo que el tigre revelaba. El legendario Guerrero Dragón… ¿Acaso podía ser uno de los suyos, un panda gordo, el opuesto de alguien que practica el Kung Fu?
Dos ráfagas cayeron suavemente a los costados de Po, y éste sonrió levemente.
—No sé como le hiciste, Po, pero debiste esperarnos —jadeó Maestra Tigresa.
—Comienza a comprender, eso es lo que pasa, Tigresa —habló Xian.
—GRRRRAAAUUURR…
Todo iba tomando tintes de velocidad impresionantes. Los mutantes también decidieron participar en la pelea, y ahora los atacaban por la espalda. Po, tigresa y Xian se separaron, formando una especie de escudo entre los monstruos y los aldeanos.
Sin decir nada, cada uno ya tenía un oponente para pelear. Tigresa se enfrentaba al que parecía un tigre negro que traía una katana, y Xian arremetía contra el oso gigante. Po iba contra Yalam, dispuesto a jugarse la vida.
—Te mataré, gordo. Y después a esa gatita, al conejo y a todos en la aldea… ¡no quedarán ni las cenizas, panda!
—Eso quiero verlo, maldito asesino. —Po fulminaba con su mirada al Tigre, hablando como nunca antes le había escuchado Tigresa, que se sentía emocionada, pues por fin tendría un combate después de mucho tiempo, y qué mejor con el Guerrero Dragón a su lado, al amor de su vida.
—Grraauurr… grrr
El que parecía un felino, miraba fijamente a Tigresa, esperándola. O estudiándola. Parecía un cadáver sin cerebro que actuaba por puro instinto. A Tigresa le recordaba alguien, pero no lo ubicaba. Tal vez alguien con quien había luchado, pero…
Con una buena velocidad, el tigre acometió con lances de katana y combinaciones de patadas, que apenas esquivó. La pierna estaba de maravilla, y su elasticidad le permitía evadir todos los golpes. Pero a pesar de su tamaño y torpeza, aquellos zombis se movían bien, como si alguien los hubiera programado. A Tigresa le parecía extraño… esa forma de pelear…, su instinto de pelea, entrenado y con memoria en su cuerpo y mente, le decía que esos golpes… esas poses… sólo podían ser de…
—¿Tai Lung? —Tigresa alzó la voz, y los demás combatientes se volvieron hacia ellos. La Maestra no podía creerlo. Cada vez se convencía más.
—¡Bingo! Saluden al mejor alumno de Shifu. —Yalam rió, mostrando unos dientes menos afilados que los de Toffu, pero aún así intimidantes —No es más que basura, un residuo del Kung Fu. Mi Maestro lo hizo, es un experimento que revolucionará el imperio. Así no se perderán más guerreros en combates, no habrá porqué arriesgar el pellejo, j eje je.
—¿Le exprimieron el cerebro o qué? —Po preguntaba, sin dejar de ver a los ojos a Yalam. Sentía que la piel se le erizaba por lo que suponía que aquel tigre iba a decir.
—Tai Lung llegó a nosotros pidiendo clemencia, herido y derrotado, pero mi maestro siempre pide algo a cambio de su generosidad. Para la fortuna de todos, ése leopardo resultó ser una mina de información: gracias a él supimos que Oogway, la gran Tortuga, había muerto, y sólo Shifu custodiaba el Templo Jade, y habían nombrado Guerrero Dragón a un panda gordo y chiflado. Después él mismo nos confesó avergonzado que tú lo habías vencido con una llave dactilar Wushi… Mi Maestro Toffu planeó a detalle el asedio al Valle de la Paz con los datos que Tai Lung le dio. Sin Oogway protegiendo el templo, todo sería pan comido, y así fue como tu querido valle ya estaba condenado. ¡Denle las gracias a este zombi por la muerte de Valle de la Paz!
—Y supongo que Toffu le dio como recompensa esto —Tigresa habló, y la cólera surgió de ella como un géiser. —Seguro confió en ustedes, y no lo culpo… estaba tan perdido, Tai Lung... empiezo a comprender, maldita sea.
—Son como las comadrejas, atacan el gallinero cuando el perro guardián no está, es una desgracia. Tú y tu maestro son la basura más grande del Kung Fu. —Xian habló, y todos miraron impresionados: el zombi oso estaba parado, inmóvil, con sus ojos amarillos perdidos, y chorreando abundante baba tóxica del hocico. Xian lo había inmovilizado.
Yalam retrocedió dos pasos. Ahora era una batalla de tres contra dos…
—Maestro, no quiero que se interponga entre él y yo…
—Lo sé, Po. Sólo quiero enseñarte algo. Se llama «Golpe de Vacío, ó Golpe Presión», uno de los mayores secretos de mi técnica panda de lucha. Ya inmovilicé al gigante ése, sólo observa…
Xian abrió la palma de su garra, y de la punta de sus dedos surgieron esferas plateadas del tamaño de canicas. Brillaban, y cuando cerró su palma convirtiéndola en puño, las esferas se rompieron dentro de su mano, y el brillo cubrió su garra. Yalam también miraba todo sin atrever a moverse. Tigresa aún encaraba a Tai Lung
—Quiero que observes. Sólo lo haré una vez, dada mi edad… ¡Observa, hijo!
Po miró concentrado lo que Xian iba a hacerle al oso, que continuaba inmóvil con la mirada perdida.
Xian se encorvó, enarbolando el puño sobre su cabeza. Se encontraba a unos cinco metros del oso, y como si lanzara un latigazo, golpeó al vacío, en dirección al mutante. Nada sucedió en unos instantes, pero de repente el monstruo comenzó a convulsionarse… y en segundos su pecho comenzó a comprimirse, hasta que lanzó un grito cadavérico que terminó en una explosión de fuego y pedazos de piel y órganos muertos. Todos lo contemplaron pasmados. Xian sonrió, pero el sudor le perlaba la frente, y al instante, cayó apoyado en una rodilla.
—Ummm… ya no es como antes… me hago viejo, muy viejo. Pero ésa es la idea, Po. Espero, que lo hayas visto muy bien porque…
Xian se desplomó sobre la hierba, y Po llegó a él, gritando.
—No, no te preocupes, estaré bien… sólo que ya no podré pelear hoy. Termínalo, Guerrero Dragón. Utiliza esta técnica para acabar con el mal. Te la cedo…
Las puntas de los dedos de Xian aún tenían parte de ese brillo plateado. Las cerró con las de Po, y éste sintió que una electricidad muy potente pasaba a través de su piel y el pelo se le erizó al máximo. Los dos se veían intensamente, con el brillo verde de sus ojos transmitiéndose un secreto milenario, algo que no se pasaba con entrenamientos ni luchas de bocadillos… Po lo sintió, y lo aceptó.
—Ve y demuéstrales… de qué estamos hechos, hijo —al decir esto, el anciano panda se desvaneció, inconsciente.
2
Po depositó con cuidado al Maestro Xian en la hierba. Comprobó que sólo dormía, y ahora sabía que hacer, tenía la responsabilidad verdadera de salvar esa noche a la aldea de bambú de las garras de la Cofradía.
—Maestro… gracias. —diciendo eso, se volvió hacia Yalam, que lo miraba todo, interesado y a la vez con una tensión al límite en su posición defensiva.
Tigresa no podía creer que Tai Lung fuera tan fuerte. Era un zombi sin cerebro, pero sus movimientos eran iguales o mejores que aquel día lejano, cuando lo enfrentó en el puente con sus compañeros Furiosos. Tenía que aplicar sus nuevos conocimientos de Kung Fu, empezar a tener paz interior para conectar el golpe… recordó su inútil intento de golpear a Xian en el kwoon, de la energía que le daba estar compartiendo un alma como la de Po… tenía que creer…
Un golpe de la katana casi le parte el cuello, y le dolió tener que detenerlo con una garra. Sus golpes no sólo eran rápidos, sino también contundentes, y el mutante no parecía cansarse.
—¿Crees que podrás acabarme con esas estupideces? Esos zombis no tienen cerebro, y olvidas que son No-Vivos, a diferencia mía, panda. Vamos, pruébalo y desengáñate.
Po se encorvó, y adoptó la misma pose de Xian, dispuesto a descargar todo el poder del golpe de Vacío sobre Yalam. Contó mentalmente: Uno, dos, y tre…
Al asestar el golpe hacia el tigre, una patada rapidísima conectó con el puño que había acumulado energía de la técnica. Po no lo esperó, y sintió el dolor volverse contra él, al quebrarse todos los huesos de su garra derecha. Rugió, pero ese descuido le costó la posición. Yalam ya le aplicaba una llave al cuello, lo pudo hacer gracias a que el panda se sobaba la garra rota.
—¡Ahora verás, eres una burla del Kung Fu y lo demostraré a tus queridos amigos pandas! ¡Ríndete, y di que soy mejor que tú, gordo!
—¡UGGGHHH! —Po no podía respirar, el maldito Yalam lo sujetaba bastante bien, y perdía la concentración, su garra rota era un suplicio…
—¡PO! —Tigresa gritó, pero no podía ayudarlo, tenía que poner toda su concentración en la pelea con el Tai Lung mutante. Pero esa escena…
¡Oh, Dios!
Aquella escena volvía a su mente, cuando era una niña y Po un pobre enamorado que había humillado hasta el cansancio. Todo se repetía… era lo mismo, ¡lo mismo! ¡Maldita sea!
—¡Vamos, dilo, ó te romperé el cuello, es fácil! —Yalam gozaba con el sufrimiento ajeno, y se relamía los bigotes, estaba cumpliendo su venganza. La pelea entre Tai Lung y Tigresa era muy pareja, los golpes y patadas eran iguales para los dos, y sus bloqueos lo eran también, rechazándose mutuamente los impactos, buscando cada uno el mayor daño para el oponente.
—¡UGGGGHHHH! ¡No… no me rendiré! ¡Nu-nunca! —Po trataba de recuperar la concentración, pero el dolor era algo… era demasiado… sentía que su tráquea cedería de un momento a otro.
¡Maldición, no podré ayudar a Po, no podré! Tigresa hacía lo imposible para inclinar la balanza, pero el nuevo Tai Lung era muy poderoso. Un chisguete de baba le roció en la falda del qipao, y lo derritió al instante. Sentía que su piel ardía en la parte donde apenas había tocado una gota de aquella sustancia repugnante. Toffu había convertido a ese monstruo en una máquina de combate, como bien había dicho Yalam.
Los aldeanos observaban a distancia, sin saber qué hacer. Eso superaba con mucho sus posibilidades de ayudar…
3
Dai y Ying llegaban corriendo del templo lo más rápido que sus piernas les permitían. Ying lanzó un chillido de terror al ver la escena, pero Dai sintió que la sangre le hervía dentro de él, ¡Ahí estaba el asesino de sus padres, y el que casi lo mataba a él! Y por si fuera poco, ahora sometía a Po. Unos aldeanos trataban de reanimar a una señora que no reaccionaba. Chiu también le gritaba desesperado a su mamá que reaccionara, pero…
—¡Vamos Ying, tenemos que ayudar a los heridos! —Dai sacó de su trance a la pandita, que no entendía lo que pasaba… pero Dai, acostumbrado a ese tipo de tragedias, pudo entender, y saber qué hacer. No podía pelear, aunque lo deseara con el alma, pero sí podían ayudar a los heridos.
—¿Eh? ¡S-sí, sí, vamos! —Ying vio a la señora Wong, inconsciente. Se acercó a la mamá panda, y le tocó la frente. Cerró los ojos.
—Tiene… tiene las costillas rotas, y algunos órganos… destruidos… espero que no sea tarde…
Ying recitó palabras como si conjurara algo, y un fulgor rosa emanó de su mano y se adhirió al cuerpo de la señora Wong. Dai sintió un calor extraño que destellaba, y los aldeanos exclamaron de asombro; parecía que nunca habían visto nada semejante. Y Dai miraba impresionado a esa pandita… desde que la había visto le gustaba mucho, sabía hacer tantas cosas…
—Listo. Tenemos que llevarla a un lugar seguro. Le apliqué un Behoma.
—¿Un qué? —ahora Dai era quien miraba embobado a Ying.
—Un hechizo antiguo que sana las heridas corporales, sean internas o externas. Me lo enseñó el tío Xian. Tenemos que movernos…
Una risa triunfal llegó hasta ellos, estremeciendo a los aldeanos. Una risa malévola, que no tenía nada de humor.
Po se desvanecía en la llave que le aplicaba Yalam. Yacía ahora de rodillas, oponiendo poca resistencia al abrazo mortal del tigre negro. Sus mejillas tenían un tinte morado que indicaba que la asfixia lo mataría de un momento a otro. Tigresa también perdía la pelea, preocupada por su panda, y Xian permanecía inconsciente.
—¿Qué, qué haces, Dai? —Ying miró con ojos de plato a Dai, que agarraba un tronco de bambú, y miraba con enojo al centro de la pelea.
—No dejaré… que le hagas daño a mis amigos… —Dai estaba furioso, y sin darse cuenta, arriesgaba su vida, lanzándose hacia la espalda del tigre negro.
—¡IIIIIIAAAAAA! —cuando Yalam reaccionó, el palo de bambú le aplastaba la cabeza con un ruido sordo. Por un instante, no vio más que estrellas, pero no soltó ni un centímetro el cuello de Po.
—¡¿Qué…?!
—¡NO LE HARÁS DAÑO A MIS AMIGOS! —Dai lo miraba furioso, un conejito que apenas alcanzaba la pubertad, se le ponía enfrente a uno de los asesinos más temibles del imperio. La aldea de bambú se estremeció, y Ying lo miraba atónita.
—Así que… ¡eres tú, mocoso! ¡Qué bien que llegas, ahora mismo verás y oirás cómo el cuello de este imbécil truena! —la sonrisa de Yalam se ensanchó, y se relamió los dientes, mirando al gazapo con odio intenso —y luego, seguirás tú, pequeño. Te destazaré, y comeré. Un estofado de conejo vivo…
—¡CÁLLATE! —Ying gritó, roja de coraje. Los aldeanos parecían despertar del letargo. Tigresa no podía parpadear, pues Tai Lung continuaba atacando sin siquiera dar muestras de cansancio. Ni siquiera jadeaba. Pero la felina sintió que su corazón se paralizaba al ver al pequeño Dai enfrentando de nuevo al maldito asesino… no…
—¡DEJA A PO! ¡VAMOS, GUERRERO DRAGÓN! —gritó el jefe de la aldea, mirando al cielo y alzando un puño.
—¡Po…! ¡Po… tú puedes…! —se oyeron murmullos entre los aldeanos. Por un momento, Yalam se sintió desorientado, pues eso era… nuevo… siempre él recibía los vítores en el ring imperial, cuando arrasaba las aldeas, jamás decían nada, morían gritando o en silencio, suplicando por sus vidas… pero esto, vaya que era nuevo.
—¡Po!
—¡PO! ¡VENGA, PO! —el coro de aldeanos se fue alzando, como si de repente un estadio vacío cobrara vida a favor de un guerrero agonizante como lo era el Kung Fu Panda… Tigresa sintió que el pelo se le erizaba, como si aquellos gritos transmitieran una especie de energía. Una energía que renovaba…
Yalam miraba a su alrededor, y una especie de sudor frío le bañó el cuerpo.
—¡Cállense! ¡Le romperé el cuello ahora mismo si no lo ha…!
—¡LEVÁNTATE, GUERRERO DRAGÓN, LEVÁNTATE, TÚ PUEDES, TÚ PUEDES PO, HAZLO, HAZLO! —el conejo Dai y Ying encabezaban los gritos de apoyo, que se alzaban y resonaban por todos lo bambúes y llenaba el ambiente de electricidad invisible.
Por primera vez, Yalam sintió miedo. Un miedo extraño, que le hacía pensar en todas las víctimas que había aniquilado sin piedad, en los niños que se había comido, en las mujeres que violaba y también asesinaba… era como si los gritos de aquellos desgraciados lo intentaran asfixiar a él… ¡a él, el discípulo de Toffu, de la mismísima Cofradía Imperial!
—¡Ca-Cállense! ¡CÁLLENSE, MALDITA SEAAAA!
«¡CRAAACKK!»
La presión terminó por ceder la garganta del panda, y su cabeza colgó, pendiendo de los brazos del tigre negro. Esta vez los gritos de ánimo se diluyeron en la noche, como si alguien les hubiese tapado la boca a todos al mismo tiempo. Dai miró el cuerpo de Po, desmadejado, sin vida, con los ojos incrédulos… Ying y los aldeanos exclamaron un ¡Ah!, y Maestra Tigresa descuidó su defensa, dejando que Tai Lung le asestara un golpe que la estrelló contra la pared de bambú de una de las casas. No podía creer que Po estuviera…
—¡AJÁ! ¡SÍ! ¡POR FIN! ¡POR FIN ACABÉ CON ÉL! —las risotadas de Yalam cayeron como una losa sobre los pobres aldeanos, y Tigresa, gritó, impotente, con Tai Lung sobre ella, tratando de golpearla como un robot.
Dai no lo podía creer. No podía creer que Po estuviera verdaderamente muerto, que Yalam lo tirara a un costado como si se tratara de una bolsa de basura, y que ahora se dirigiera hasta el, tronándose los dedos y mostrando su sonrisa diabólica. Ya no había nada que hacer si el legendario Guerrero Dragón estaba muerto, todas las esperanzas perdidas…
—¿Lo ves, niñito? Eso del Guerrero Dragón es una fantasía, puro cuento… ahora te demostraré lo que es un verdadero guerrero imperial, y pagarás todos los golpes que me diste. Mi maestro los quería vivos, ¡pero qué diablos, da igual, le diré que no tuve más remedio que matarlos…! —Yalam se aproximaba lentamente a Dai, relamiéndose la boca. Ying simplemente no creía que Po estuviera muerto y que pronto serían exterminados. Tai Lung ahorcaba a Tigresa, y por un milímetro evitó la baba tóxica sobre su garganta, pero también perdía la lucidez poco a poco, a manos del eterno discípulo y rival de Shifu.
Dai cayó de rodillas, entregándose a Yalam. Ya de nada servía resistirse si su mejor amigo en el mundo estaba muerto, de nada servía vivir en un mundo donde tus padres y lo que amas sufre y muere injustamente… es mejor seguir el camino hacia otra vida, sí. Sintió que Yalam se acercaba y ahora estaba ante él. Ying gritó algo, pero no la escuchaba, deseaba ir con Po, a donde fuera, y que hubiera paz, no más lágrimas y dolor, no más…
—Eres el aperitivo, conejito… voy a morder una oreja para empezar —Yalam extendió su garra hacia la oreja izquierda de Dai, pero antes de que pudiera tocarla, se detuvo en seco. Un silencio aplastante rodeó la aldea, y Yalam abrió los ojos a su máximo, intentando alcanzar al conejo.
—¿Q… qué? Q-q-q-q….
Un crujido como el de un bambú al quebrarse, resonó en los oídos de Dai.
—¿Qué es esto? ¡AaaaaaAAAAAHHHHHH! —Yalam se miró los brazos, que temblaban involuntariamente, y comenzaban a inflarse, como si fueran globos rellenos de agua. Los músculos se expandieron hasta alcanzar un tamaño grotesco, y un ruido asqueroso como si una fruta reventara de podrida, regresó sus brazos al tamaño normal, chorreando sangre y líquido vital. Yalam estaba asustado de verdad, pues no podía mover sus extremidades. Dai no entendía nada, y los aldeanos menos.
—¿Qué, por qué? ¿Qué me hicieroooon?
—Es simple, los papeles se invierten, y las energías y los músculos también pueden hacerlo. Los fideos se expanden al cocerse… es simple, Yalam. —una voz, que provenía del suelo, justo donde yacía el cadáver de Po, paralizó al tigre negro e incluso a Tai Lung, quien se incorporó, olvidándose momentáneamente de Tigresa, que tampoco daba crédito a lo que veía.
—¡No! ¡NO! ¡No puedes estar…!
—Oh, sí —Po se incorporó lentamente, alzando esa mirada de pupilas verdes, con la total convicción de quien nunca ha muerto, ni de lejos, mirando a Yalam con una tranquilidad increíble —Nadie creía en mí, nadie cree que pueda hacer Kung Fu, nadie creía que pudiera. Les prometí que nadie más moriría hoy, y cumpliré mi promesa. Y no tocarás a Dai, maldito, ni se te ocurra. No quería, pero tengo que destruirte. Tienes tanta maldad dentro, que no hay salvación para ti.
Yalam no podía mover sus brazos. Estaban completamente destruidos… así que ésa era la técnica de Vacío, era terrible. Sentía que la sangre y la vitalidad chorreaban de todos los poros de sus brazos.
—¡AAAAAAAARRGGGHH! —el tigre negro rugió de dolor, y frustración, y se volvió a Dai, dispuesto a todo. —¡Tal vez no tenga brazos, pero con mis piernas basta!
Dai sólo miraba el pie de Yalam que se acercaba volando a su cabeza, dispuesto a patear y decapitarlo. No podría reaccionar…
Una ráfaga de viento compreso, derribó a Dai a un costado justo antes que la pata del tigre hiciera contacto con él. Yalam cayó de espaldas al suelo, como si se hubiese resbalado con una cáscara de plátano. Po había hecho tal cosa con la misma técnica de vacío, sin dañar al gazapo. Ying y los aldeanos miraban impresionados al Guerrero Dragón, que se acercaba a un Yalam que no podía pararse. Los brazos muertos y el miedo lo hacían presa, y jamás había pensado en morir así, en manos de un panda imbécil.
—¡No! ¡Tai Lung! ¡Tai Lung, ayúdame!
El mutante corrió hacia Po, con las garras apuntando al cuello del panda, estaba a sólo un metro, saltó en el aire dispuesto a…
«ZZZZUUUUUAAAA»
En un movimiento rapidísimo, el Guerrero Dragón utilizó su mano derecha como una espada, dando media vuelta y cortando el aire, llegando hasta Tai Lung, quien, suspendido a dos metros del suelo, sólo gruñó, y no tuvo oportunidad de hacer nada más. Su cabeza rodó y su cuerpo cayó decapitado, chorreando el líquido tóxico por el suelo. Tai Lung terminó derritiéndose en su propia porquería, entre borbotones y olor a azufre intenso. Ya jamás haría daño en esta vida, ni entendería el secreto del Rollo del Dragón.
—Podrás irle a pedir disculpas a Shifu, Tai Lung, si aún te queda algo de alma. —dijo Po, mirando el charco con una cara compasiva, casi de asco por el leopardo y su vida desperdiciada, siendo un gran guerrero en vida, pero con corazón oscuro. Tigresa se levantó un poco aturdida, impresionada por el poder que empezaba a desarrollar su Po, algo que jamás había visto. Sus ojos verdes refulgían en la oscuridad, mirando ahora a Yalam, que seguía tendido de espaldas contra el suelo.
—¿Qué haremos con este tipo? —Tigresa llegó con Po, y le tomó del brazo cariñosamente, mientras los aldeanos se acercaban, curiosos.
—No sé. Xian debería decidir…
—¡Creen que pueden derrotar a la Cofradía! ¡Ilusos, aunque me maten, el Maestro Toffu arrasará con todos! —Yalam los miraba con una cara desencajada, de locura total— Él y mis compañeros saben perfectamente donde me encuentro, y lo que he visto, gracias a los mutantes, he he he… ¡vendrán a su aldeucha de porquería, y cuando eso pase, desearán no haber…!
Sin un gesto de expresión, Po aplicó el golpe de vacío en el corazón de Yalam, agujereando el pecho y haciendo un cráter en la tierra. El tigre lanzó un resuello de muerte, y por fin, puso los ojos en blanco.
—Sólo decía tonterías. Tenemos que… tenemos que… —Po caminaba como si estuviera borracho.
—¡Po! ¡Po! —exclamó Tigresa, sosteniéndolo de sus brazos. —¿Estás bien?
—S-sí… un poco débil, fue una técnica demasiado peligrosa…
—¡Eres genial, Po! ¡El Guerrero Dragón! —gritó Dai, jubiloso.
—¡Sí! ¡Guerrero Dragón! —Corearon en un murmullo los aldeanos pandas, subiendo de volumen hasta hacer un solo grito de júbilo —¡GUERRERO DRAGÓN!
Todos querían llegar a Po, a darle palmadas en la espalda, abrazarlo. Ying le dio un beso a Dai y a Po, y no los bajaba de «héroes de bambú». Tigresa estaba orgullosa que por fin ganaran una batalla en medio de la gran guerra que alguna vez creían perdida, pero que ahora tenían por delante.
Po, por su parte, estaba feliz, disfrutando de la efímera victoria sobre la Cofradía, pero por otra parte, pensaba en las últimas palabras de Yalam. Si era cierto que Toffu sabía de su ubicación, entonces el tiempo se agotaba mucho más rápido de lo que pensaba. Por el momento no comentó nada, miró a Tigresa como la mujer que amaba más que a nada en la vida, la abrazó y un beso apasionado selló aquella dulce victoria, entre aplausos y vítores de la aldea.
