Capítulo IX: Sin temores
Godric se acerca a Salazar y lo abraza. Sí, de nuevo tienen que volver a estar ocultos. No, no tienen el valor para revelar lo suyo. ¡Han pasado tantos años! A esas alturas de su vida no merece la pena desvelar viejas mentiras.
Pero cuando Salazar le besa suavemente, ambos saben que todo cuanto han vivido ha merecido la pena. Saben que quizá hasta ese vacío de veinte años ha tenido su motivo de ser. Ahora ya no añoran las viejas sensaciones, ahora las disfrutan, porque saben que cualquier beso o caricia podría ser el último.
Tras besarlo, Salazar sale de la habitación, llorando de nuevo.
A Godric eso no le extraña; Rowena acaba de morir y él también llora por ella.
Pero también ha muerto Helena. La mató un viejo pretendiente suyo. Es lo peor que le ha pasado al castillo en mucho tiempo. La sensación de desconsuelo de todo aquel que la conocía es indescriptiblemente. Especialmente para Orión.
Pobre hijo mío, piensa Godric.
Se acerca al espejo. Y, extrañamente, por un segundo le ha parecido que no es su imagen la que ve, sino la de Rowena. Una Rowena joven, fuerte y hermosa, como solía ser cuando la conoció. Pero luego Godric se da cuenta que sólo lo ha imaginado, que es su imaginación.
No puede evitar fijarse en cuánto ha envejecido. Sus cabellos castaños ahora son grises. Igual que los de Helga y Salazar. Y sus ojos… siguen siendo verdes, pero ahora están apagados. Han visto demasiadas cosas que no querían ver. Demasiadas.
Piensa de nuevo en Rowena. Y sí, llora de nuevo. Llora por su amiga, llora por su hija. Llora por la vida que pudo tener y no tuvo.
Pero ahora no puede cambiarse nada. Así que se esfuerza en pensar en que los años que le queden, que pueden ser cinco, diez o veinte, los pasará con Salazar. Sonríe. Salazar estará a su lado; lo estará cuando su espalda se encorve y lo estará cuando exhale su último aliento.
Y ahora nada puede cambiar eso.
