VIX

Sentí su brazo apretar mi vientre y calor en la espalda al acercar su cuerpo. Acaricié su mano e instintivamente nuestros dedos comenzaron a juguetear. Ambos suspiramos y cerré los ojos disfrutando del roce de mi piel desnuda contra la de él, de su aliento en mi nuca y el peso de su pierna derecha sobre las mías. La calidez de su abrazo hacía que el momento se sintiera eterno. Nuestros cuerpos estaban hechos a la medida y al cabo de dos semanas junto a Alex mi mente no dejaba de repetir que haber hecho el amor con él había sido la mejor decisión de mi vida. Aunque para él no significara lo mismo.

¿Qué si estaba arrepentida? Sólo una vez me pasó eso por la mente ya que él me había dicho que no podríamos vernos y yo estaba muriendo de ganas por meterme en su cama. El sexo era adictivo, muy diferente a lo que había escuchado por experiencias ajenas de compañeras de la preparatoria. Disfrutaba su mirada cuando se burlaba de mi vocabulario, su sonrisa pegada a mis labios mientras nos besábamos, el roce de sus dedos sobre mis senos desnudos… en fin. No tenía ni la más mínima idea de por qué rayos me había metido con él pero ya lo hecho, hecho estaba y no me quedaba de otra más que disfrutarlo mientras durara aunque…

Ese era un tema del cual nunca habíamos hablado y no deseaba tocar. Sabía que no era amor, que esas relaciones románticas que surgen de una noche de calentura que Hollywood nos vende a través de sus películas y series televisivas son sólo mera fantasía. Ciencia ficción. Pero a mí me encantaba vivirlas.

— Mmm, ¿qué hora es? —murmuró él con pereza. Tomé mi celular de debajo de la almohada.

— Las 3:20am.

— ¡Mierda! —exclamó muy sin ánimo—. Esos brownies sí nos pegaron —sonreí simplemente y pegué mi cuerpo más al suyo. Él comenzó a acariciarme los senos y pronto me giré para besarlo, aún bajo los efectos de la mágica hierba verde.


— Buenos días, bonita —sentí un beso en la mejilla y al girarme Alex se incorporó sobre mí y empezó a besarme el cuello.

— Mmm… ¿qué hora es? —pregunté sintiéndome extremadamente perezosa.

— Pasa de mediodía.

— Mierda —sonreí y me tapé el rostro. Alex se acercó y me dio un beso en los labios.

— Es domingo, por si no lo recuerdas.

— Sí, no es eso. Es que últimamente he estado muy ausente de casa y Tai… —en ese instante él se movió y rozó su entrepierna en mi muslo. Acaricié su cabello y me eché a reír—. ¿Dos rounds no fueron suficientes anoche? —Alex negó con la cabeza y se acercó a besarme.

No salimos de cama hasta una hora después…


— ¡Hikari! ¿Quieres decirme qué rayos te pasa? ¿De cuándo a acá te convertiste en una adicta al sexo?

— ¡Hey, cállate! —reprendí a Yolei mientras volteaba para cerciorarme de que no la hubieran escuchado.

— ¡Mírate nada más! —dejé el celular sobre la mesa y le di un trago a mi café sintiéndome terriblemente apenada.

— Lo siento.

— Es que yo sigo sin comprender todo el asunto de Alex, ¿sabes? —me encogí de hombros y suspiré. La verdad es que ni yo sabía qué me pasaba, sólo quería estar con él y ya.

— Cuando sabes que estás lista, solamente lo sabes, ¿si? Yo simplemente sentí que era correcto estar con él y no me arrepiento.

— Y me da mucho gusto —dijo haciendo un profundo énfasis en cada palabra.

— ¿Pero?

— Pero has descuidado muchas cosas por él. ¿Cómo va lo de la universidad? —suspiré hondo y le di un trago a mi café.

— Pues ya tengo todo, supongo. En tres semanas estaré volando a California y…

— ¿Kari? —escuché una voz tras de mí y al girarme vi a TK.

— ¡TK! —él se acercó y me abrazó fuertemente.

— Creí que te había tragado la tierra. ¿Qué te has hecho? —sin más se sentí en la silla vacía a nuestro lado. Yolei hizo una mueca de disgusto pero no comentó nada. Ya tendría yo que reponerle el tiempo de amigas…


Tres años después…

Intenté compactarme todo cuanto me era posible. Estaba a una nada de morir por hipotermia y lo peor de todo era que el mismo frío no me permitía moverme para buscar un lugar más caliente.

Estábamos, cuando mucho, a -4 ºC. Afuera caía agua nieve y aún adentro de la bodega alcanzaba a comprender el eco de las goteras cayendo al piso de concreto. Mi estómago comenzó a gruñir ya que llevaba dos días sin comer y en ese preciso instante se me salieron las lágrimas que parecían congelarse a medio camino en mis mejillas.

Tras la muerte de Mandy me hallaba completamente sola. Sola en éste mundo que parecía irse cada vez más al carajo. Un mundo en que tristemente predominaba el machismo.

Mi mente sólo repetía que debía huir de los soldados pese a que no me estaban siguiendo ya. Los estragos que dejaría éste episodio sin duda alguna me afectarían negativamente durante muchos años. Pero no había forma de detenerlo. Estaba condenada a ser prófuga de un ejército que se dedicaba a recolectar mujeres cual si fueran diamantes preciosos para reproducirse. O mejor dicho, abusar sexualmente de ellas.

Me pregunté en ese momento cuántas como yo andarían por ahí en Indonesia o en Australia, vagando sin dirección, guiadas únicamente por el temor de ser capturadas. Cuántas, no tan afortunadas, si es que esa era una palabra que aún podía seguir usándose, ahora sufrían encerradas en alguna habitación maloliente a cuanto individuo entrara a hacer con sus cuerpos lo que les fuera más placentero.

La sola idea me causó nauseas.

En ese momento en que me moví sentí mi pierna dormida y enseguida un calambre en el muslo me hizo caer al piso. Para mi mala suerte se escucharon muchas sirenas que en cuestión de segundos se acercaron. Me arrastré atrás de unos barriles enormes de madera. En el piso había una puerta de madera pero debido a la humedad y mi falta de fuerza no pude abrirla. Escuché ecos de voces seguidos de pisadas profundas que se dispersaban por el lugar. Cerré los ojos deseando que aquello fuera una pesadilla, que no me encontraran o que si lo hacían despertara en ese instante. Seguí halando de la manija oxidada intentando abrir aquella puerta que ni siquiera sabía si tenía salida. Me detuve al escuchar caer una cubeta y pisadas andar cerca de mí. Me apreté el vientre viendo que debido al esfuerzo de moverme la herida se había vuelto a abrir y estaba sangrando. Lloré rogándole a Dios que tuviera misericordia de mí y que aquellos soldados me mataran antes de dañarme de alguna otra forma menos agresiva.

Acto seguido, la presencia de una persona se plantó a un costado mío y mi cuerpo se estremeció tan bruscamente que creí que me daría un infarto.

— ¿Kari? —exclamó una voz familiar y al girarme abrí los ojos sorpendidísima del rostro que veía.

— ¿TK? —llevaba un rifle que estaba apuntando directamente a mi cabeza. Por un instante mi corazón dio un vuelco y sentí que estaba ante un ángel hasta que…

— Lo siento mucho —murmuró con pena alzando su rifle a mi frente.


Capítulo random pero informativo, ¿no? :p Feliz viernes sexual!