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—¿Cómo es tu hogar? —se encontró preguntando Hinata mientras miraba la luna. Se había puesto en una posición mucho más cómoda. No sabía cuánto tiempo había pasado. Sentía como si hubiera pasado mucho y poco al mismo tiempo. Aun se oían los sonidos de la fiesta a su alrededor, aunque cada vez más apagados.
—Blanco y plateado. Rodeado de vacío y estrellas. —dijo Toneri sin abrir los ojos.
—Ya imaginaba que así sería la luna. Pero no me refería eso.
Toneri abrió los ojos.
—Es un portento de ingeniería y arquitectura. Adornado con relieves y florituras de oro y plata. Iluminado con chakra y pavimentado con mármol de diferentes colores. Nada comparado con lo que hayas visto antes. Ni es algo que pueda describir. No soy bueno con las palabras. Tendrás que verlo con tus propios ojos.
Hinata miró sus claros ojos azules, que a la luz de la luna parecían lagos congelados. Fríos y profundos. Suaves y frágiles como cristal lechoso.
—Tus ojos... puedes usar el Byakugan ¿Verdad? Pero aun así, tus ojos lucen… casi normales.
En un acto reflejo, Toneri se llevó los dedos al rostro y acarició con la yema de sus dedos la piel debajo de su ojo derecho.
—Es por mi madre —dijo bajando la mano—. Nació con una mutación del Byakugan. Sus ojos eran de un intenso azul turquesa, más que los míos. Muchos la discriminaron y repudiaron por esos ojos. Fueron su maldición, pero también, su salvación. No era un Byakugan normal. Podía activarlo sin necesidad de que las venas de sus ojos se le hincharan y además de poder ver el sistema de chakra de los demás, también podía ver sus emociones.
—¿Sus emociones?
—Sí. Ella decía que era como ver colores. El odio era negro. La alegría era dorada, la ira roja. La tristeza morada. Para ella las personas eran como lámparas que cambiaban de color a largo del día. Pasando del negro al dorado, mezclándose y creando nuevos colores.
Hinata parpadeo intentando imaginar una visión como aquella. Cada vez que activaba su byakugan el mundo se convertía en un lienzo blanco con motas de chakra azul ¿Cómo sería ver colores? Sería como si un sordo pudiera oír sonidos.
—Suena increíble.
—Lo era. Aunque yo no herede esa habilidad. Ella podía saber las verdaderas intenciones de la gente y ver a través de las mentiras. Entre mi gente, cuyo deporte favorito son las intrigas, ella era invencible y aterradora al mismo tiempo. Por eso la asesinaron.
Hinata abrió los ojos. Conmocionada de que le contara algo tan íntimo de repente.
—Lo siento… —alcanzó a decir.
Hinata tuvo un déjà vu cuando Toneri se acercó y le acaricio el cabello como la primera vez que se encontraron.
—Tu cabello es tan suave como el de ella. Es una de las cosas que mejor recuerdo. De niño solía dormir junto a ella y siempre que me acomodaba junto a ella su cabello acariciaba mis mejillas. —guardo silencio un momento— Tengo que disculparme por eso…
—¿Eh? ¿Por qué? —Hinata lo miró extrañada.
—Cuando nos encontramos por primera vez, acariciar tu cabello me recordó a ella y después de eso, de algún modo esperaba que fueras como mi madre, aunque fuera un poco. Aquello fue muy infantil de mi parte. Supongo que por eso fui tan brusco e impaciente contigo, porque esperaba algo que no eras desde el principio. Por eso me disculpo. Los muertos están muertos. Debería dejar de buscarlos entre los vivos.
Hinata se llevó una mano al pecho. De alguna forma entendía a Toneri, su pasado era una carga igual que el de ella… No, no… compararse con Toneri y decir que se parecían en algo sería ser demasiado arrogante. Toneri le estaba abriendo su corazón por primera vez, intentando liberarse de su carga, intentando seguir adelante. Ella no estaba segura de poder hacer eso. Su pasado era una carga, pero al mismo tiempo, era una carga que no quería soltar. Se aferraba a su pasado, aunque fuera una bola negra llena de espinas. No quería dejarlo ir, porque hacerlo significaría olvidar y perdonar. Y no podía hacer ninguna de esas dos cosas.
—Mi madre también fue asesinada —dijo mirando a Toneri, su voz fría como la luz de la luna—. Yo la mate.
