El mundo tras tus ojos

Capítulo 09 - Estados Unidos

Se podía decir que aquellos habían sido los dos mejores días de su vida. En ningún momento habían puesto nombre a su relación, pero se comportaban como novios en prácticamente sus primeros días. Francis se había tomado muy en serio aquello de llevarle por ahí, de hacerle sentir querido, y se lo agradecía de todo corazón porque de esa manera le había distraído y en pocas ocasiones había vuelto a pensar en la operación. La noche del viernes, después de contarle a Francis toda la historia, se había quedado a dormir en su casa. No hicieron nada fuera de lo normal, cenaron un poco, se echaron en la cama y abrazados hablaron de cosas de la vida de ambos. Se había echado por tierra aquella barrera que en un principio el hispano había impuesto y ahora sentían la necesidad, como si fuera la hambruna, de saber más acerca del otro.

El sábado le despertó el olor a café y tostadas. Abrió los ojos, aturdido, y se frotó el izquierdo con cuidado ya que notaba una sensación punzante. La bandeja de desayuno que vio delante de él logró que se le aflojara la mandíbula y su estómago gruñó, molesto porque su dueño se había quedado en estado de shock y no se ponía a comer para satisfacer sus necesidades. Después de un desayuno distendido en la cama, el rubio le prestó ropa y salieron con coche hacia el norte. Cadaqués era un pueblo de la comarca del Alto Ampurdán, en la provincia de Gerona. Al principio pensó que le iba a llevar a Francia al paso que iba, pero luego se desviaron y empezó a mirar alrededor, curioso, fijándose en las fachadas blancas que había por doquier, con tejas salmón.

Pasaron la mañana paseando por la cala, hablando sin cesar, comentando la apariencia de la gente que veían y los sitios que visitaban. Comieron en un restaurante que había cerca del mar y su mesa daba a una cristalera desde la que podían visualizarlo. Por la tarde volvieron a coger el coche y, en el último momento, hizo un desvío y se paró en Sabadell. Allí estuvieron de nuevo dando una vuelta y entraron en un restaurante de lujo en el cual Antonio tuvo hasta miedo de sentarse. Francis, el maldito, se reía y le decía que se relajara y que lo disfrutara. Eso era fácil de decir, pero no tanto de hacer. Estaba bebiendo de una maldita copa que tenía pinta de valer más que todo lo que llevaba encima en ese momento.

El tiempo había sido bueno aquel día así que por la noche se fueron a la playa a ver la luna y las estrellas en la ciudad condal. El rubio fue el primero que se echó sobre la arena, para tener todo el cielo delante de sus ojos. Antonio hizo lo mismo poco después, tumbándose cerca de él. Ese gesto fue interpretado por Francis y le estrechó y le dio un beso en la frente. Pudo notar que sus mejillas se calentaban más después de aquello y se maldijo por reaccionar de aquella forma a los mimos inesperados del galo. Se inclinó sobre él, miró al galo, descansando sobre el suelo, con el cabello rubio desparramado sobre la arena y los ojos azules, ahora más oscuros por la falta de luz, observándole tranquilamente, y se inclinó para besarle. Aquel gesto llevó a otros muchos más, mientras dejaban atrás cualquier pensamiento que no tuviera que ver con ellos. No olvidaron del todo dónde estaban y por eso, cuando supieron que la cosa se iba a caldear, dejaron la playa y fueron hacia el piso de Antonio, que quedaba más cerca.

Les costó levantarse a la mañana siguiente, pero sabían que era el último día que iban a poder pasar juntos. Otra escapada a un pueblecito, otro paseo, se metieron en un restaurante temático en el cual se estuvieron riendo durante un buen rato por un error que había cometido el francés y luego pasaron un rato echados en un parque, a la sombra de un abeto. Por la tarde volvieron a casa y estuvieron acabando de hacer la maleta de Antonio, a la cual aún le faltaban algunas cosas. Cuando la terminaron, se hizo un silencio tenso, un silencio triste al recordar la realidad, al volver a pensar que a esas horas el lunes ya no estarían juntos. Antonio se sentó al lado del francés, que tenía la vista clavada en el suelo, y miró hacia ese mismo punto.

— Te dije que no era buena idea... —murmuró Antonio.

El hispano no estaba preparado para que tiraran de su brazo y que le abatieran contra la cama. Con las piernas a un lado y el torso inclinado sobre él, Francis le dirigió una mirada severa. No le gustaba cuando volvía con esa cantinela, porque le daba la impresión de que otra vez volvía a pretender que no sentía nada por él. Aunque se lo dijera, no se lo iba a creer, y aún menos con esos días que habían tenido. A pesar de que no hubiera usado las palabras, todas las acciones de Antonio se habían convertido en la señal que necesitaba para confirmar sus teorías.

— Cállate y no finjas que ahora no me quieres ni un poco.

Cuando abrió la boca para decir algo, ni idea del qué, Francis le besó hasta dejarle sin aliento. La cena quedó en un segundo plano y nunca llegó, prescindieron de la ropa, de las frases y se centraron en sus manos, en tocar su cuerpo, en disfrutar de todos y cada uno de los rincones de sus pieles. Les dieron las tantas sumidos en los jadeos, en el placer que el otro le daba y el sudor había pegado el pelo a la piel más cercana. Les daba igual que al día siguiente fueran a estar agotados o que seguramente el vuelo fuera a ser doloroso para Antonio porque le estaba dando mucha caña. Ni cuando el cansancio les venció se separaron, ya que en su interior dormitaba ese miedo que negaban que tuvieran pero que nunca les había abandonado.

El despertador fue como una sentencia de muerte y Antonio tuvo ganas de cavar un agujero y enterrarse. No quería marcharse y la culpa recaía en los hombros de ese tío que estaba a su lado, incorporándose ya de la cama, despeinado, frotándose la cabellera rubia. El francés apoyó la mano sobre la espalda baja de su pareja -por llamarle de alguna manera- y le zarandeó suavemente para que se levantara.

— No quiero irme. Déjame quedarme aquí para siempre. Me da igual si me quedo ciego.

— Antonio, ni se te ocurra empezar ahora a comportarte como un niño de cinco años. Me encantaría que te quedaras, pero no me gusta la idea de que te quedes invidente. Tienes todo pagado ya, hay gente esperándote y todo el mundo tiene puestas sus esperanzas en que esto te hará recuperarte.

— Eres un cabrón —le dijo fríamente.

El hispano se levantó de la cama antes de que Francis pudiera hacer eso mismo, cogió la ropa que habían dejado preparada la noche anterior y se metió al baño. El rubio suspiró pesadamente. No era el comportamiento habitual en él y empezaba a pensar que estaba siendo testigo de la reacción normal por culpa del miedo. Al parecer, Antonio no se podía mantener tranquilo cuando se hallaba sometido a mucho estrés y sus reacciones se habían vuelto explosivas. Él también tenía culpa, porque le había dado dos días en los que se habían unido mucho más de lo que hubiera pensado y ahora le estaba diciendo que si no se marchaba, es que se estaba comportando infantilmente. ¡No tenía ganas de que se fuera, pero tenía que ser el responsable de los dos! ¿Es que se pensaba que cuando llegara a casa iba a hacer una fiesta? Lo más probable es que se echara en el sofá durante media hora, con ganas de llorar y de dormir hasta que fuera el día siguiente, y entonces tendría que levantarse e ir a trabajar porque el mundo era una mierda y así de injusto.

En el baño, Antonio se arrepentía de ese arrebato tan extraño que él mismo había tenido. Los nervios le crispaban y como no se tensara, las manos le temblaban. Le costó dos intentos abrocharse los botones de la parte inferior y una vez vestido se miró en el espejo después de desempañarlo. Tenía mala cara y no porque se encontrara mal, era porque estaba tan nervioso que su cuerpo se veía afectado por ello. Se peinó y se puso unas gotas de colonia, esa que le había dicho a Francis que podía llevarse, ya que no le cabía en la maleta y se había olvidado de mandársela a sus padres. El rubio le había dicho que no se preocupara, que cuando regresara estaría en su piso, para cuando viniera pudiera echársela.

Se quedó quieto, mirándose al espejo, y los nervios le fueron afectando hasta el punto de que su respiración se aceleró. Los puños se crisparon, a los lados de la cadera y se sentía aturdido por todo lo que llegaba a pensar. Iba a abandonar esa casa, iba a abandonar el país en el que nació, iría a un sitio donde la gente hablaba otro idioma, estaría solo, le iban a operar. ¿Y si algo iba mal? ¿Qué pasaba si, a pesar de todo, no se recuperaba? ¿Se decepcionaría Francis? ¿Por qué no se venía con él? ¿Por qué no podía quedarse? Ojalá no hubiese ido nunca en ese coche...

Le daba la sensación de que las piernas le temblaban y que el pecho le pesaba, como si no fuera capaz de conseguir el oxígeno que necesitaba y eso le ardiera. Quería llorar, pero estaba tan aterrorizado que en ese momento no le salía. Se sentó en el váter, al cual le bajó la cubierta antes, y se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en sus muslos y puso las manos cerca de sus sienes. Le estaba dando una especie de ataque de ansiedad y no sabía ni cómo llamar a Francis en ese momento. No fue algo que hiciera falta, el francés se asomó y se lo encontró de esa manera. Le había extrañado que tardara tanto ya que normalmente con diez minutos el español tenía suficiente. Se inclinó delante de él y acarició su cabeza, suavemente, para que no se pusiera histérico.

— Respira con normalidad, ¿vale? Todo irá bien, Antonio.

Pero aún así el español lo que hizo fue rodear su cuello y esconderse en el hueco entre ese mismo y el hombro. Viendo que no iba a lograr que dijera nada en unos minutos al menos, Francis se inclinó y le cargó como pudo. Resopló por la fuerza que tenía que hacer para levantarle y aún así no le dejó ir. Se sentó en la cama y le puso sobre su propio regazo. Acarició su espalda y le susurró palabras cariñosas, tranquilizadoras. Después de media hora, Antonio se apartó y miró hacia un lado avergonzado por todo lo que estaba haciendo esa mañana. En ningún momento le dijo Francis nada, fue a ducharse y salió rápidamente. Se arregló el pelo un poco y se recogió el resto para que no se le despeinara a medida que se le fuera secando.

A las nueve estaban ya listos para salir. El francés tenía en la mano la maleta de Antonio, la cual se había ofrecido a cargar y por mucho que le hubiera dicho no le hubiese cedido. El hispano se quedó estático mirando el que había sido su apartamento durante una temporada y hasta que no sintió una mano sobre su hombro, fue incapaz de dejar atrás aquel sitio que tantos recuerdos tenía. El camino se desarrolló en un inquietante silencio y no hablaron de mucho. Comprobaron que sabían bien a la hora a la que llegaría a Estados Unidos y Francis prometió que le llamaría enseguida. Antonio asintió como toda respuesta. El silencio se había convertido en su mejor baza, si hablaba seguramente empezaría a lloriquear y pedirle que le dejara quedarse.

Por fin llegaron al lugar donde estaba establecido el control, el punto en el que tendrían que separarse. La maleta ya estaba facturada y lo único que tenía en su haber era el maletín donde llevaba su ordenador portátil. Quedaba claro por la expresión de su rostro, por cómo su postura era tensa y artificial, que Antonio parecía un animal al que estaban a punto de abandonar.

— Venga, no pongas esa cara. El viernes por la mañana me tendrás allí, te lo he dicho infinidad de veces. Sheila sabe que es una ocasión extraordinaria y me va a permitir los viajes para verte. Le he salvado el culo un montón de veces, cubriendo infinidad de turnos, es hora de que haga algo por mí. Además, te voy a llamar en cuanto llegues, no creas que me voy a olvidar de ti —aunque esperó a ver si decía algo, Antonio sólo asintió. Su gesto se tornó resignado, se aproximó y besó su mejilla—. Sonríe, Antonio...

Los ojos verdes se abrieron con sorpresa al identificar aquellas palabras, era la frase que siempre le había dicho al principio y que ahora se la devolvía en momentos de necesidad para levantarle el ánimo. Sonrió, entristecido, pero se forzó a hacerlo. El gesto se le contagió al galo, que ahora empezaba a tener ganas de abrazarle y no dejarle marchar. Si empezaban ambos a comportarse como críos, entonces apañados estaban. Antonio se acercó y le besó, lentamente, con cariño y un montón de cosas más que no hicieron falta expresar y, aún así, cuando se retiró, quedando a poca distancia de los labios, decidió que era mejor decirlo en voz alta.

— Te quiero, Francis.

— Y yo a ti —le contestó después de un segundo, el cual necesitó para tragar esa bola que tenía en la garganta y que a ratos amenazaba con no dejarle respirar.

Se produjo un último beso, breve, porque los dos sabían que si cuanto más lo alargaran, más complicado sería. Antonio asió con fuerza el asa del maletín, con las dos manos, dándose coraje. Se despidió, viró sobre sus talones y se puso a pasar el control. Después de pasar el detector de metales y que los guardias de seguridad no le dijeran nada, Antonio se dio la vuelta para echarle un último vistazo a Francis. Se mordió el labio inferior y se dio la vuelta, empezando a caminar hacia la puerta de embarque. Lo que no había esperado había sido ver lágrimas en la comisura de aquellos ojos azules.


El viaje hasta Estados Unidos fue largo y le dejó con una sensación de vacío en el estómago. Dormitó a ratos a pesar de que sabía que no debería hacerlo, puesto que llegaría por la noche. Un par de personas en el trabajo le habían dicho que sí debía dormir, otras que si no debía... No sabía qué opción era la correcta, así que al final decidió dar cabezaditas porque así no pensaba en que no iba a ver a Francis en un buen tiempo. Reservó una habitación en un hotel que quedaba cerca del hospital. Al estar en las afueras, el precio era asequible. El resto de los días iba a pasarlos ingresado, así que ya tendría alojamiento y comida.

Se sentía solo en aquella habitación y no ayudaba nada el hecho de que fuese grande. Se pasaba el día haciéndose pruebas, esperando, intentándose hacer entender con la gente. Luego por la tarde regresaba a su habitación, pedía algo al servicio de habitaciones y se conectaba a ver si Francis estaba. No habían hablado tanto como le hubiera gustado, pero no podía evitarlo, el pobre tenía trabajo que hacer y sus horarios no coincidían.

El día de la operación le temblaba todo. Intentaba que los médicos no se dieran cuenta, pero no hacía falta ser un genio para notar cómo se encontraba. Había pasado una noche horrible, despertándose cada dos por tres y sin poder volver a conciliar el sueño durante un buen rato por culpa del miedo. Aunque hubiese podido, hubiera sido incapaz de comer algo. Miró el teléfono y envió un mensaje a Francis, que sabía que estaría trabajando.

"Me voy al hospital. Te quiero."

Con aquello al menos se quedaba tranquilo, era una especie de despedida sin serlo. Conocía los riesgos, había leído en la red acerca de ellos y los doctores se los habían explicado. Había quedado en que Francis no le llamaría hasta el día siguiente por la mañana, para darle tiempo al menos a recuperarse de la anestesia. Despertó aturdido, sentía un pesado vendaje sobre su ojo izquierdo y al mismo tiempo un sopor impresionante. Era como si le hubiesen arrebatado todas las fuerzas y su cuerpo pesara una tonelada más de lo que pesaba en realidad. Cuando la enfermera vino, le despertó para comprobar que sus constantes eran buenas y que reaccionaba, le preguntó si quería algo y él sólo atinó a pedirle que le dejara el teléfono cerca.

A la mañana siguiente el timbre del aparato le sobresaltó y le sacó del sueño en el que estaba sumergido. Abrió el ojo derecho y tanteó para dar con el móvil. Le costó agarrarlo y tuvo que pensar dos segundos antes de darle a descolgar. Estaba tan cansado que lo primero que hizo fue poner el manos libres y lo sujetó sobre su regazo.

— ¿Cómo está mi español preferido? —preguntó jovialmente la voz del francés al otro lado de la línea—. Espero no haberte despertado.

— Me has despertado y estoy atontado y flojo —contestó con la voz ligeramente ronca.

— ¿Cómo estás? ¿Te duele? —se hacía inconfundible su tono de preocupación. No le podía ver, era capaz de estarle mintiendo mientras se estaba muriendo. Francis podía llegar a ser muy paranoico, así que estaba atento a cualquier cosa que le pudiera demostrar que no estaba diciendo la verdad.

— Te lo he dicho, estoy atontado y flojo. Creo que aún me hace efecto la anestesia que me pusieron, que no fue poca precisamente. Ayer dormí del tirón el resto del día y me parece que hoy voy a hacer lo mismo.

— ¿Y el ojo?

— Vendado, no lo noto porque estoy aún muy drogado, pero la enfermera me ha dicho que me dolerá y que si se hace muy intenso que llame y que me darán sedantes.

— Es lo normal, han operado en una zona muy delicada... —murmuró Francis tras suspirar resignadamente— Yo llegaré el viernes por la mañana a primera hora. Iré directamente al hospital, con la maleta incluso. Voy a alojarme en ese hotel que hay cerca, en el que te hospedaste cuando llegaste. Pero iré a registrarme más tarde, primero necesito verte y darte un beso.

Aunque estaba agotado, el español rió al imaginar a Francis. Era sencillo hacerlo, puesto que el tiempo que había pasado con él había sido más que suficiente para aprender sus manías, aquellas tonterías que le hacían ser quien era. Al otro lado de la línea, el rubio sonrió henchido de felicidad al escuchar a Antonio reír. Había pasado unas largas horas en que todo el cuerpo estaba tenso y no podía dejar de pensar en él, en si estaría bien y rezaba todo lo que nunca había rezado, ya que no era creyente, para que su español saliera de esa sin problemas.

— Estoy deseando que llegues ya... Me han dicho que van a ponerme una cuidadora por si necesito cosas, ya que no debo forzarme, y odio la idea. Quiero que llegues y que me ayudes tú aunque sea durante unos días. Mi inglés está más oxidado de lo que había imaginado.

— Está bien, está bien... Nada de estresarse, ¿de acuerdo? Estás recién operado y quiero que te tomes las cosas con calma. Como empieces a ponerte nervioso, no va a haber quien te aguante y vas a tener que estar así una temporada.

— De acuerdo... Joder, eres peor que mi madre, aunque bueno, ella se ha puesto a llorar por teléfono.

Se mordió la lengua para no darle ninguna pista, porque él había estado a punto de hacer eso mismo sólo por escucharle hablar. Era cierto que su voz sonaba ronca, pero aún así podía conversar y eso ya le parecía todo un éxito. Esa maldita sala de operaciones se había convertido en los últimos días en el sitio más terrorífico al que el español pudiese ir. No estuvieron mucho rato al teléfono ya que Antonio se quedaba callado mucho rato y le pedía perdón porque se distraía. Sabía a ciencia cierta que se debía a la anestesia que aún quedaba por su cuerpo y que le atontaba.

Aquella llamada fue el único contacto que estableció con Antonio desde que éste se había marchado para operarse. El viernes, de buena mañana, Francis, con cara de sueño, se encontraba en El Prat esperando delante de una pantalla a que pusieran la puerta de embarque del vuelo. Suspiró, satisfecho al tener esa información, y arrastró aquella enorme maleta que se había preparado por los pasillos amplios y luminosos del aeropuerto. El viaje se hizo tremendamente pesado sin tener con quién hablar y durante unas cuatro horas se quedó fuera de combate. Leyó, estuvo entretenido haciendo pasatiempos y se puso a ver películas en la pantalla individual que tenía. Eso sí, cuando anunciaron que estaban a punto de aterrizar, Francis se subía por las paredes y tan sólo quería pisar tierra firme.

Una vez fuera, empezó una especie de juego en el que el rubio sorteaba a la gente, arrastrando esa pesada maleta que casi había cogido al vuelo de la cinta, con tal de llegar el primero a la zona de los taxis y coger uno. Le parecía extraño escuchar que todo el mundo hablaba inglés, pero también era lo que menos le importaba. Horas de viaje le habían hecho desear aún con más ganas llegar a ese maldito hospital para ver a Antonio. El trayecto en taxi se le hizo breve, aunque le dolió lo que tuvo que pagar cuando se bajó.

El centro en el que estaba ingresado el español era de ladrillo visto y al principio pensó que el tipo se había equivocado y que le había llevado a una universidad. Luego se dio cuenta de que el cartel anunciaba con la cruz, que lo identificaba como un hospital, así que se encogió de hombros y se adentró. La señora de la recepción no parecía encontrarse en su mejor día y le costó hacerse entender unos tres intentos, lo cual le acercó a la desesperación.

Por los pasillos la gente le miraba raro. A quien le dejaría frío un tío que venía a visitar a alguien cargando una maleta enorme. ¿Se pensarían que iba a meter a alguien dentro para dejarle escapar de aquella especie de prisión deprimente? Llegó al número 202 y llamó a la puerta con los nudillos; era corredera, así que la deslizó sin esperara respuesta. En la cama, incorporado y con un montón de cojines tras su espalda, se encontraba Antonio. Estaba un poco más pálido que la última vez y tenía un pesado vendaje que le cubría el ojo izquierdo. En el brazo del mismo lado tenía una vía en la que se encajaba un tubito, seguramente algún tipo de sedante o suero, ni idea. El chico ladeó la mirada y cuando le enfocó con el ojo derecho, éste se abrió sorprendido.

Francis progresivamente esbozó una sonrisa, la cual se le contagió al hispano. Le vio estirar los brazos hacia él, pidiéndole que se acercara ya que él no podía hacerlo. Soltó la maleta, sin preocuparle si podía caerse o quedar en un mal sitio, se aproximó a la cama y estrechó a Antonio entre sus brazos. Su voz se escuchó ahogada, porque sus labios estaban apoyados contra su hombro. No quería dejarle ir, le daba igual que no se le entendiera, ahora mismo el hispano era lo que más le importaba.

— No te puedes ni imaginar lo que te he echado de menos. Cuando vi tu mensaje al despertarme, diciendo que te ibas al quirófano y supe que no podría hablar contigo en unas largas horas, quise correr hasta aquí para saber cómo estabas.

— Lo puedo imaginar. Para mí no ha sido nada fácil, pero bueno, estoy bien dentro de lo que cabe... Y ahora estás aquí —replicó Antonio con una sonrisa. Casi había olvidado cómo olía el francés, la calidez que su cuerpo desprendía y el tono de su voz cerca de su oreja. Era una pena que todo ese estrés hubiese atenuado esos recuerdos, pero ahora los tenía vívidos en su cabeza.

El francés se separó y pasó una mano por su mejilla, examinándole ahora que le tenía más cerca. Habían pasado pocos días y no es que hubiese perdido demasiado peso, pero sí que se le veía un poco demacrado, por lo que la preocupación emergió sin poder contenerla.

— Estás paliducho... ¿Seguro que te encuentras bien? Puedo llamar a un médico si hace falta.

— No te preocupes. La anestesia que me dieron fue fuerte y me está costando echarla. También me han tenido que dar sedantes esta noche porque el ojo empezó a dolerme una barbaridad, pero ya me lo habían advertido y lo esperaban. Pero no pensé que fuese a ser tan fuerte, la verdad.

En ese momento no supo qué decirle. Le daba pena pensar que pudiera estar sufriendo tanto del dolor post operatorio y ser consciente de que sus palabras no le ayudarían a disminuirlo. Se inclinó y con cuidado, con cariño, besó sus labios. Antonio sonrió un poco contra los del galo, había echado de menos aquel contacto y ser capaz de sentirlo, después de algo tan importante como lo que le había sucedido, era digno de mención. Después de ese contacto los posó sobre la frente, cerca del vendaje.

— A partir de ahora, cualquier cosa que necesites, me la pides. Estoy aquí a tu entera disposición y si tengo que correr hasta alguna tienda para traerte algo que te apetezca, no dudes en pedírmelo, porque lo haré —le contestó con decisión.

— Tampoco soy una mujer embarazada, no exageremos —dijo Antonio tras reír brevemente.

Los días en que Francis estuvo a su lado le ayudaron a recuperar el ánimo. No podía negar que la inquietud seguía latente en su interior, preguntándose si de verdad todo ese sufrimiento que padecía iba a merecer la pena, pero no era tan fuerte cuando el galo se encontraba ahí al lado, contándole los planes que tenía para ellos. En ningún momento hablaron de la relación que tenían, ya que a los dos les daba miedo empezar esa conversación y ver que no tenían lo mismo en mente.

Lo máximo que habían hecho había sido andar lentamente por los pasillos mientras el rubio cuidaba que no se chocara contra nada ni nadie. Después de dos semanas, Francis tuvo que regresar y la despedida fue amarga, casi igual que la otra vez a excepción de las lágrimas, que no hicieron acto de presencia a pesar de que las ganas existían.

— No pasa nada, Francis. Son sólo tres semanas y lo peor ya ha pasado, así que venga. En poco vendrás de nuevo y estaremos juntos. Mientras, cuidarán de mí, tampoco es como si me fuesen a abandonar en una cuneta a mi suerte.

— ¿Estás seguro? Como regrese y estés hecho un vagabundo te juro que me lío a hostias con quien haga falta. Soy capaz, aunque no lo aparente —le dijo lloriqueando.

— Entonces puedes quedarte tranquilo, si alguien me intenta ignorar y necesito ayuda les amenazaré y les diré que si no me echan una mano, mi novio vendrá a por ellos. Eso sí, cuando vayas hacia el hotel tienes que mirar a los enfermeros como si fueses una máquina de matar.

Francis, sin embargo, en ese momento no prestaba atención al resto de su frase. En su mente se le habían quedado un par de palabras y se repetían con eco. Le había dejado atontado por completo el escucharlo y pronto empezó a sentir la imperiosa necesidad de hacer preguntas. El hispano le miraba confundido ya que no sabía a qué había venido aquello.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? No irás a pegarles ahora, ¿verdad? —dijo Antonio.

— ¿Has dicho "mi novio"? —le preguntó a media voz. Como vio que se quedaba desconcertado, el rubio sonrió nerviosamente—. Es que me ha parecido que has dicho que soy tu novio y bueno, quería asegurarme, ¿sabes? Es una tontería, lo sé~ Quizás no me he lavado las orejas bien en estos días. Últimamente me ducho demasiado rápido con tal de llegar aquí pronto. Y sabes que me hubiera gustado poder quedarme aquí, pero eres muy cruel y todos los días me echas porque dices que debo descansar bien y otras tonterías...

— Eh, Francis, para el carro. Te has embalado cosa mala y no hay quien te conteste.

— No sé si quiero escucharlo —murmuró con resignación. Intentaba no emocionarse pero se hacía muy complicado.

— Eso es lo que he dicho. Lo que nos separaba, lo que a mí me hacía echarme atrás era que tenía que operarme y que quizás no iba a sobrevivir, la posibilidad de que no fuera bien... Pero, eh, mírame. Estoy dentro de lo que cabe bien y quiero pensar que eso mismo va a pasar con mi ojo y que recuperaré la visión. Así que no quiero esperar más.

— La próxima vez me lo podrías comentar, ya sabes... Así al menos sabré que somos novios y esas cosas, porque no tenía ni idea.

— Bueno, usted perdone... ¿Es que no quieres? —dijo Antonio mirándole un poco desconcertado—. Creía que quedaba bastante evidente teniendo en cuenta que has cruzado un océano sólo para estar conmigo en el hospital y que en tres semanas volverás. Esto no es un viaje como el que va a la panadería, estamos hablando de dinero.

— Ni lo menciones, lo hago porque deseo estar contigo en este momento y tengo el dinero. Además, de repente me entero de que he ganado lo que más quería, tener una relación con el hombre que hace unas semanas que me trae de cabeza —comentó el galo tras reír brevemente al ver lo que le preocupaba al hombre que tenía en frente.

Saber que compartían algo, que de repente lo suyo tenía nombre, les hizo la separación más dura. Antonio tuvo días infernales en los que el ojo le dolía a horrores y en los que apenas tenía ganas de hablar con Francis. A veces ni le contestaba las llamadas, le colgaba y a la siguiente ya le saltaba el contestador. Le preocupaba y cada vez que se acordaba en el trabajo, el desasosiego le apretaba el pecho y calculaba mentalmente cuánto faltaba para poder estar a su vera. Por suerte, la última semana se notó una mejoría y pudo charlar con él.

Aquella fue la última visita que le hizo a Estados Unidos, los médicos le destaparon el ojo a Antonio en dos semanas y le dijeron que debía irlo abriendo para que el aire le diera. Francis estuvo toda la semana ocupado, así que cuando quiso ir a hablar con su novio a los días y no le encontró conectado a ninguna hora, empezó a darle algo. ¿Por qué no lograba contactar con él? ¿Estaba bien? Había pensado en ir, pero su jefa cargaba con tanto estrés que proponer un nuevo viaje a Estados Unidos parecía un suicidio.

El jueves 20 de marzo, Francis se encontraba arreglando uno de los pedidos, en el mostrador, cuando la puerta se abrió. Levantó el rostro para saludar a su cliente y entonces se encontró allí a Antonio, sonriéndole como si nada. Su ojo se veía que no estaba bien, pero en general estaba radiante, como aquella vez que vino hasta la tienda para preguntarle por qué le evitaba. Se le cayeron las tijeras sobre la madera del mostrador y no pudo decir ni una sola palabra. Caminó hasta estar delante de él y le abrazó, cerrando los ojos y dejándose embriagar por el olor que desprendía.

— Si esto es un sueño, por favor no me despiertes en un buen rato.

El hispano rió y le contó que los médicos le habían dado el alta. Los gastos que tenía allí eran cuantiosos y se encontraba mejor. Tendría que ir a mil y una revisiones, pero los matasanos de España eran suficientemente expertos como para controlar que no fuera a peor y para determinar si estaba recuperando la vista. Le explicó, gesticulando mucho y sonriendo con ilusión, que veía un poco más, que él tenía la corazonada de que iba a ir a mejor. Los expertos decían que era pronto y que seguramente se lo estaba imaginando, pero Antonio proclamaba una y otra vez, con ímpetu, que estaba recuperando la visión.

Poco se equivocaba, realmente. A los meses, gradualmente, su ojo empezó a recuperar la visión que se había obstaculizado por lo que tenía incrustado en el globo. En esa temporada de idílico romance, Antonio y Francis se habían unido incluso más. Ninguno de los dos había estado antes en una relación de ese tipo y a veces, mientras miraban al hombre al que querían, se preguntaban cómo habían podido vivir hasta el momento.


Por enésima vez, sacó el teléfono móvil de su bolsillo y observó la pantalla con el ceño fruncido. Hacía ya veinte minutos que debería de haber estado allí y no había ni rastro de él. Le mandó un mensaje con el tiempo exacto en que tendría que haber hecho acto de presencia, guardó el teléfono y metió las manos en los bolsillos para buscar una temperatura más agradable que la de diciembre.

La ola de frío había hecho caer las máximas y mínimas hasta que Francis había empezado a quejarse de que hacía más fresco que en París. Sólo a su novio se le ocurría llegar tarde en un momento así. ¡Es que ya no hacía falta que viniera...! El hombre con el que habían quedado ya se había marchado y él tenía una carpeta con folios en una mano, los cuales necesitarían una firma de ese idiota tardón.

Le vio a lo lejos, se estaba frotando el ojo izquierdo repetidamente con el ceño fruncido. Llevaba un abrigo oscuro y una bufanda roja le cubría el cuello, esa misma que le había regalado la navidad pasada porque el señor pillaba frío y de paso un constipado que costó que se le fuera una barbaridad. El enfado se redujo por el gesto del ojo y, cuando le tuvo en frente, le miró interrogante.

— Me ha entrado algo y no puedo sacármelo, ayúdame, por favor —le pidió con un tono de voz lastimero. Cualquiera no le hacía el favor cuando hablaba de esa manera.

Tomó las mejillas entre sus manos y con cuidado le apartó la suya, que había estado frotando el párpado. Le hizo abrirlo y después de examinarlo durante un rato, encontró una motita de polvo que era la causante del dolor que le atormentaba. Con cuidado usó el dedo para sacarla, puesto que estaba cerca del lagrimal y la sopló fuera.

— ¡Por dios! ¡Qué alivio! ¡Graci-!

No pudo terminar el agradecimiento porque de repente Francis le había agarrado por el cuello desde detrás y le había inclinado hasta que prácticamente su torso y sus piernas formaban un ángulo de noventa grados. No le importó que se quejara y que manoteara intentando soltarse, él no aflojó el agarre y le dejó así durante un rato más.

— ¡Ayer te dije que no vinieras tarde! ¿Es que hablo para las paredes de mi bien adornado piso? —le regañó, aún sin dejarle ir.

— Lo sé, lo sé... ¡Pero es que una abuelita se cruzó en mi camino e iba cargada de bolsas! ¡Tuve que ayudarla, si no, no hubiera llegado nunca! Me hizo subir a su piso para darme galletas, no podía hacerle el feo. ¡Ay, ay, está bien...! ¡Lo sé! ¡No tengo perdón! ¡Pero me voy a quedar así para siempre como no me sueltes!

— Pues estoy pensando en hacerlo para que al menos, ya que estás en esa posición, puedas hacer algo más provechoso con esa boca que inventarte patéticas excusas~ —dijo Francis molesto.

Aún después de haber dicho algo así, el rubio le soltó la nuca y dejó que se incorporara. El español se la frotaba insistentemente y le miraba como si fuese un animalillo apaleado. Sabía que tenía motivos para estar enfadado, pero de veras que esa abuela tenía una pinta de estar desvalida y no quería que le pasara nada. ¡Podía caerse y romperse la cadera! Ese tipo de lesiones luego no acababan de sanar, así que alguien tenía que hacer eso por ella. Pasaba que él era el único hombre que parecía dispuesto a perder el tiempo y lo malo es que Francis estaba enamorado de ese hombre.

— Perdóname, te juro que quería llegar a tiempo. Te lo puede decir mi vecino, que me ha visto salir. He ido con tiempo, pero la mujer mayor me ha entretenido.

— No sé si te voy a perdonar esta vez, te lo repetí como veinte veces y aún así has llegado tarde...

— Anda, por favooor... Perdóname —le dijo mirándole con ojitos, intentando apelar su compasión. Cuando vio que el francés se cruzaba de brazos y miraba hacia otro lado, indignado, Antonio empezó a preocuparse de veras. Abrazó su cuello, dejando caer parte de su peso sobre el cuerpo de su novio y empezó a frotar su nariz y mejilla contra la piel del francés, por su pómulo, mentón y parte del mismo cuello al que se aferraba—. Franciis... Que yo te quiero mucho, sabes que no lo hago por dejarte tirado. ¿Te crees que no me ha sabido mal venir tan tarde...?

— Eres un tramposo poniéndote así de pelota ahora —le replicó el rubio con rencor. Si se ponía de esa manera era imposible que le pudiera decir que no le perdonaba. Le dio un suave beso y eso hizo que Antonio sonriera al saberse perdonado.

— ¿La has conseguido entonces? —preguntó expectante.

Con delicadez, el francés apartó a su pareja para poder meter la mano en el bolsillo y entonces de ahí sacó una pequeña llave que relució con la luz del atardecer. Los ojos verdes la observaron con fascinación y se le dibujó una sonrisa.

— Mañana tenemos que ir al transportista a ver cuánto nos cobraría por venir a tu piso y al mío. La mudanza siempre es lo más pesado y tendremos que ver dónde metemos todos los trastos que tienes. Entre la guitarra, el micrófono y el teclado que te has comprado...

— El programa que tengo es una porquería. El sonido del piano parecía el de un gato siendo atropellado. Necesitaba algo de calidad para poder vender mejor mis maquetas... —murmuró Antonio tras hacer un puchero. Si lo comparaban, era cierto que el que tenía más trastos era él—. Pero tú tienes mucha ropa, así que yo te hago espacio en el armario y tú me haces espacio para mis cosas.

— Es lo que nos queda, la clave para vivir juntos —se fijó en que otra vez se estaba frotando el ojo así que se apresuró a cogerle la mano y apartársela—. ¿Quieres estarte quieto? Cuando te lo frotas tanto, luego te tiras un rato en que ves un poco borroso —ese comentario le ganó el gesto de reproche del de ojos verdes—. No me mires así, que no soy yo el que dice que ve extraño y al que le da la paranoia.

— Bueno, suficiente que veo casi como antes del accidente, comparado con cómo tenía el ojo antes... Y el médico dice que me pasan esas cosas porque aún no está del todo curado. Aunque haya pasado medio año, estas heridas tardan bastante en cicatrizar por completo.

— Por eso, deja de frotártelo hombre de Dios... —le dijo mirándole con los ojos entrecerrados—. Vamos a tomar algo por ahí. Mañana tenemos hora a las nueve y no creas que voy a ser tan estúpido esta vez. Me iré a tu casa y estaré para despegarte las sábanas.

— Pareces mi madre cuando te pones así —comentó Antonio después de suspirar resignadamente. Se ponía sargento con sus horarios, pero luego le preparaba unos desayunos que estaban para chuparse los dedos, así que no podía quejarse demasiado.

—. Será porque antes pareces un niño de cuatro años. Cinco minutos más, por favooorrrr... —dijo imitando la voz de su novio—. Te he oído ofrecerme favores sexuales con tal de dejarte dormir más y mira que ha sido tentador, pero lo he rechazado porque soy responsable. Cuanto antes vayamos a lo de la mudanza, mejor. No quiero irme al piso nuevo a vivir entre ácaros y sin mis cosas. Tenemos que llevarnos tu cama además, no vamos a dormir en el suelo.

— Vale, vale...

— Así me gusta. De momento la casa es mía, que te conste —le miró y dibujó una sonrisa juguetona—. Siempre puedes pagar el alquiler con tu cuerpo y convertirte en mi esclavo sexual~

— Firmaré ese papel en cuanto lleguemos a casa —dijo Antonio casi al instante, con cara de póquer. Escuchó el suspiro resignado de Francis, el cual se había sentido decepcionado por su rapidez. Él hubiera esperado que le hubiese dicho que vale, que iba a ser su esclavo para siempre. Pero bueno, estábamos hablando del español, no iba a ceder tan fácilmente—. Aunque allí podemos negociar los términos de eso de ser tu esclavo sexual y ver cómo hacerlo legal de alguna manera.

Se le quedó cara de tonto y tuvo que correr para alcanzar al hispano, el cual había empezado a caminar de vuelta a su apartamento. Sonrió con malicia y bajó la vista hasta su trasero. Estaba más que dispuesto a negociar lo que hiciera falta acerca de ese tema. Le pegó una palmada en una de las nalgas y ya se puso a su altura. Antonio había ladeado el rostro y le miraba con las cejas alzadas como diciéndole que se comportara, que estaban en la calle.

— ¿Podemos pedir pizza para cenar y comer en casa? —se fijó en la expresión de escepticismo de su novio y se apresuró a añadir—. Anda, venga, por favoorr... Se me antoja comer masa y queso y lo que sea encima.

— Tienes unos antojos muy raros, el niño nos va a salir deforme como comas tanta basura.

El comentario le mereció un codazo suave en las costillas. Se las frotó y le miró. Había un ligero sonrojo en las mejillas de Antonio, lo podía percibir. En ese momento, como un destello, le vino algo a la cabeza. Sonrió enternecido, se aproximó a él, rodeó su cintura con el brazo y le atrajo contra su cuerpo. Besó su frente con mimo y miró al frente.

— Está bien, comeremos toda la pizza que te apetezca.

Y es que aquella era la mejor manera de celebrar que por fin tenían el apartamento y que iban a empezar una vida en conjunto. Al principio no había caído pero, si lo pensaba fríamente, la primera vez que quedaron para ir por ahí también fue por la pizza. Aquel fue el principio de lo que había resultado algo maravilloso y se preguntaba qué cosas buenas les depararía el destino después de la que tomarían esa noche.

FIN.


Otra historia que se acaba.

Siento haber tardado tanto en escribir pero este noviembre participé en el nanowrimo y no me quedaba tiempo para mucho más.

Espero que la historia os haya gustado. Muchas gracias a la gente que lo ha leído entero, a la gente que la ha puesto en favoritos o follow y, aún muchísimas, muchísimas más gracias a quien ha dedicado tiempo para escribir un review, que son lo que me anima básicamente a seguir publicando capítulo a capítulo.

A la gente que deje review firmado, les contestaré personalmente. A los que dejen review anónimo, muchísimas gracias

Yami Li Jones, no puedo decir que me sienta culpable por haberte arrastrado al Frain ovo... Cuanta más gente, mejor XD Gracias por dejar review, se agradece muchísimo. Espero que este capítulo haya liberado tu nudo en la garganta óvo.

The Rabbit of Moon, xD Ay espero que no llores... O al menos que sea de felicidad xDD. A veces las críticas constructivas el autor no las recibe de la misma manera, dejar críticas es muy complicado y si te gusta, lo que más nos anima es ver las emociones de la gente, cómo les llegas o les emocionan tus historias. Así que no tienes por qué hacer ninguna crítica constructiva si no te sale, este review ha merecido mucho la pena y me ha hecho muy feliz. Gracias por leer la historia y por este maravilloso review ovo

Whiteless, xD bueno lo de Antonio y Lovino fue random. Además ni tenían nada amoroso, por lo que... Me apetecía cambiar, porque normalmente Francis no andaría con Romano y me parecía interesante. Antonio no le denunció porque le quería en el fondo xD Claro que se puede confiar en Francis, en el fondo es responsable y se preocupa por los demás. Me haces muy feliz al ver que te gusta tanto el fic ;v; Gracias por dejar review, más vale tarde que nunca ovo. Merci

Akrakyarot, Lo siento ;v; ... Pero, pero... Pero ahora están juntos y felices. No puedo darles un final trágico porque se me partiría el corazón. Gracias por tu comentario, aunque me sabe mal todo el sufrimiento que padeces D: Siento haber tardado con la actualización

Y eso es todo por esta vez.

Muchas gracias por seguirme otra vez más.

Próximamente, más.

¿Frain? Pues seguro xD

Miruru.